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miércoles, 24 de agosto de 2016

La ideología y los sueños húmedos de la derecha nicaragüense


La ideología y los sueños húmedos de la derecha nicaragüense
Por Tortilla con Sal

23 agosto de 2016

Entre los restos del naufragio de la oposición de derecha al gobierno sandinista de Nicaragua es difícil distinguir algún asomo de programa económico independiente de la ideología imperialista en bancarrota de los Estados Unidos. El académico y ex embajador de Nicaragua en los EEUU y Canadá, Arturo Cruz, trató de mitigar un poco esa limitación mostrando algún vestigio de rigor intelectual en un ensayo de 2013 titulado "La reforma política en Centroamérica: ¿Está en riesgo la institucionalidad democrática?". Hace poco, Cruz revivió sus argumentos en una serie de charlas con el título de “La caja chica se complica”.

En síntesis, el argumento de Cruz explica el éxito ampliamente reconocido de la gestión del Gobierno Sandinista como el resultado de su habilidad para combinar unas políticas de libre mercado sanas con su capacidad para satisfacer las crecientes demandas, tanto de las propias bases sandinistas, como las de los amplios sectores del pueblo que antes apoyaban a los partidos de la derecha liberal, en un sistema que Cruz etiqueta como "populismo responsable". Sin embargo, dice Cruz, con el virtual colapso de la ayuda Venezolana a causa de la crisis económica y la caída de los precios del petróleo, al Gobierno Sandinista ya no le alcanza la "caja chica", necesaria para hacer funcionar el sistema, lo que podría dar lugar a un período en el que su control del poder político sería puesto a prueba. El académico se ve obligado a hacer una serie de omisiones a la hora de probar su punto; en realidad, su serie de charlas debería haber llevado el título de "Yo, haciendo de tripas corazón".

El argumento de Cruz sirve como una apología de la clase capitalista de Nicaragua y su expresión política derechista en un período histórico en el que las clases populares empobrecidas han emergido como sujetos económicos, además de políticos e ideológicos. En 200 años de historia independiente, las élites capitalistas centroamericanas han sido incapaces de formular un proyecto político propio y soberano, dependiendo mayormente de las redes imperiales de influencia política y económica. Ahora la derecha política de Nicaragua necesita argumentos contra la emergencia de una sociedad revolucionaria y soberana. Los argumentos de Cruz ofrecen un alibi poco convincente para ese fracaso histórico de la burguesía, tanto en lo político como en lo intelectual. Cruz tiene una visión elitista de las mayorías empobrecidas del pueblo nicaragüense como una masa de "clientes" con poco sentido de la ciudadanía y cero conciencia estratégica de sus necesidades. Este es un extracto de lo que Cruz escribía allá por el año 2013:

"Hoy, las expectativas de consumo de los nicaragüenses son indiscutiblemente modestas (lo que debería facilitar la repartición de aquello que es escaso), pero también son inmediatas, ancladas al presente, con poca consideración para el futuro, sin capacidad para un mínimo de abstracción. El cliente -contrario al ciudadano, que espera mucho de su gobierno, pero no lo que él puede resolver con su ingreso familiar-, está atento a lo más básico, a la libra de frijoles, a la lámina de zinc, convencido que la función principal del gobierno es servirle de muleta."

Más claro, echarle agua: Le importa un comino que las familias empobrecidas vivan en la miseria más deshumanizadora, lo importante, según Cruz, es que miren más allá de su hambre y de sus techos con goteras y que se comporten como "verdaderos ciudadanos". A decir verdad, éste argumento de Cruz explica en gran medida por qué el apoyo a los partidos de derecha en Nicaragua ha colapsado.

Lo que Cruz hace es refritar una distorsión hace ya tiempo desacreditada acerca del uso que hace Nicaragua del financiamiento para el desarrollo de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). Si hay algo que ese financiamiento para el desarrollo no es, es precisamente una "caja chica" para tapar agujeros, sino más bien un marco bien regulado para el comercio justo basado en principios solidarios. Parte de ese marco implica que la mitad de las importaciones nicaragüenses de petróleo venezolano son pagadas al contado mientras que el resto es pagado a lo largo de 20 años a una tasa de interés concesional, liberando así recursos para combatir la pobreza. Hasta el FMI se vio obligado a admitir que el financiamiento al desarrollo del ALBA no aumenta las obligaciones de deuda soberana del país. El financiamiento del ALBA a Nicaragua ha sido estructurado de una manera equivalente a un programa de gasto deficitario (déficit spending) imposible de realizar dentro de los mecanismos de ayuda al desarrollo y deuda dominantes en Occidente.

Ideólogos académicos como Arturo Cruz, tal vez de manera deliberada, omiten reconocer que la compleja estrategia socialista de redistribución de la riqueza y de reducción de la pobreza del Gobierno Sandinista es un proyecto dirigido a fortalecer las bases económicas del país así como el ingreso nacional. Esta estrategia ha creado un creciente mercado interno para las empresas nicaragüenses al mismo tiempo que ha generado muy necesarias inversiones productivas, por ejemplo, para acabar con la dependencia de Nicaragua del petróleo para la generación de electricidad. Lo más probable es que el propio Cruz conozca esto muy bien, y que la élite que representa, que por años se ha beneficiado de estas políticas, también lo sepa. Lo que les molesta es la amenaza a su averiada ideología de libre mercado que representa la democratización económica implementada por el gobierno del Presidente Daniel Ortega. De ahí su reconfortante, auto-justificador pero en última instancia fallido recurso a una falsa distinción entre clientes y ciudadanos.

La oposición derechista de Nicaragua se reconforta de manera perversa con las intratables dificultades que Venezuela está enfrentando gracias a la dramática caída de los precios del petróleo, la guerra económica del imperio y errores propios (que, por ejemplo, discutimos aquí), las que no son un secreto para nadie. Sin embargo, en el caso de Nicaragua, una de las prioridades políticas de la Segunda Fase de la Revolución Sandinista iniciada a partir del año 2007, fue precisamente la de diversificar las relaciones comerciales y de desarrollo. Esa política partía de la experiencia de los problemas derivados del bloqueo económico de los Estados Unidos en los años 80s del siglo pasado, por ejemplo, la excesiva dependencia de la ayuda de la Unión Soviética y sus aliados. Comprometido con el principio de un naciente mundo multipolar, el Presidente Daniel Ortega, desde el inicio de su segunda presidencia en 2007, desarrolló relaciones independientes con un muy diverso conjunto de naciones dispuestas a llevar adelante proyectos de desarrollo en el país. Esa política también creó mercados de exportación que las clases capitalistas nunca antes habían tenido.

Pero la omisión más importante sobre la economía realmente existente en Nicaragua que hace gente como el ex-embajador Cruz, es la de su democratización, el papel jugado por gente común y corriente que se organiza económicamente a nivel de base. A pesar de haber perdido el poder político en 1990, la Primera Fase de la Revolución Sandinista tuvo un impacto económico muy significativo para el país en términos históricos. La Revolución no solo extirpó el tumor económicamente debilitante del imperio de la familia Somoza, sino también, de manera efectiva y dramática, llevó adelante la redistribución de la riqueza. Ni la pérdida del poder político en 1990 ni el subsecuente período de gobiernos neoliberales disfuncionales entre 1990 y 2007 pudieron eliminar esos logros históricos. Bajo el régimen de Somoza, las propiedades de 50 manzanas o más constituían la mitad de la tierra arable del país. Hoy, ese número es sólo de el 18%, el resto permaneciendo en las manos de pequeños agricultores y cooperativas, tanto de sandinistas como de ex-contras.

La unidades familiares, asociativas y cooperativas en Nicaragua, referidas como una "economía popular, no-capitalista" son uno de los principales actores económicos en el país, contribuyendo con cerca de un 53% del PIB calculado según la producción (y con más del 60% del PIB basado en el ingreso disponible), a la vez que emplea a un 70% de la fuerza de trabajo. En Nicaragua, donde 90% de los alimentos consumidos son de origen nacional, 85% de la comida es producida por cooperativas. En el sector servicios, actividades como el transporte público están totalmente controladas por cooperativas. Con 50,000 socios, el banco cooperativo CARUNA se ha convertido en un importante recurso financiero, independiente del sector financiero privado. En el comercio minorista, los mercados populares son los principales distribuidores de bienes importados a la población. En esos mercados, los comerciantes organizados trabajan codo a codo con las autoridades (por ejemplo, combatiendo movidas especulativas o garantizando la seguridad en todos los sentidos) a la vez que concentran la mayor parte de las remesas familiares que los nicaragüenses fuera del país le envían a sus familiares, haciendo así una realidad de la vieja consigna revolucionaria de "¡Solo el pueblo salva al pueblo!"

Como lo escribe el científico social nicaragüense Orlando Núñez, "si el socialismo es definido como el control de los productores asociados sobre la economía, entonces Nicaragua cuenta con una fuerte base para emprender el camino" de construir dicho orden social. (1)

Esas son las realidades que académicos de derecha como Arturo Cruz ignoran cuando hablan acerca del futuro de la economía nicaragüense. Le esquivan el bulto al fracaso estratégico de la oposición derechista derivado de la evidente realidad de que el libre mercado capitalista excluye a las mayorías empobrecidas del país. Por el momento, la clase empresarial de Nicaragua, siguiendo el dinero, continúa apoyando el exitoso programa de democratización económica inclusiva del Gobierno Sandinista, con más diversificación del comercio exterior y un ritmo sostenido de inversión en infraestructura de todo tipo. Los argumentos de Cruz, esencialmente son una pobre disculpa por las políticas que destruyeron la economía de Nicaragua durante 17 años hasta que Daniel Ortega llegó al gobierno por segunda vez en enero de 2007 y le dio vuelta al país. Ahora, junto con la de su socio del ALBA, Bolivia, Nicaragua consistentemente se ubica entre las economías con mejor desempeño en América Latina.

(1) “La tempestad política de la izquierda latinoamericana”, Orlando Núñez Soto, Revista Correo #44, March-April, 2016.

Comienzo del fin del Acuerdo Transpacífico (TPP)


24-08-2016

Un ánalisis desde Chile
Comienzo del fin del Acuerdo Transpacífico (TPP)

Punto Final

El gobierno chileno, que suscribió en febrero pasado el TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica), tenía en agenda su ratificación por el Legislativo durante el año, trámite que tras diversos desvíos y obstáculos ha comenzado a postergarse con posibilidades de replegarse a los últimos meses del año. Los escenarios político y social internos se han enrarecido y el global está en un interregno. Las elecciones en Estados Unidos, que se celebrarán en noviembre próximo, serán una fecha clave que definirá el futuro de este Tratado. Porque es en EE.UU., eje y promotor de esta nueva oleada de tratados comerciales globales, donde se despliegan las mayores incertidumbres. Los dos candidatos a la Presidencia, Hillary Clinton y Donald Trump, han declarado su rechazo al TPP, lo cual sellaría su suerte.

En este trance, Chile, como pieza subordinada del imperio, esperará movimientos externos antes de decidir. Esta es la percepción que tienen en la Plataforma Chile Mejor sin TPP, instancia que agrupa a 130 organizaciones sociales que se oponen a la ratificación del Tratado. Pese a ello, según la Plataforma, Chile no está totalmente libre de la vigencia del tratado aun con un eventual rechazo parlamentario. “Para su entrada en vigencia, el TPP debe ser ratificado al menos por los Parlamentos de seis de los países suscriptores, los que deben a su vez representar al menos el 85% del PIB del total de países miembros. Estados Unidos representa el 67%, lo que implica que sea una condición necesaria que EE.UU. apruebe el TPP para que este entre en vigor”.

El actual escenario, que trasciende tanto el accionar del Poder Legislativo como, a partir de ahora, la capacidad de presión de las organizaciones, se ordena en torno a los factores interno y global. Ambos frentes juegan en contra de este tratado de última generación, que ensanchará la desregulación de mercados y reforzará la protección de inversiones en favor de las grandes corporaciones con evidentes y comprobados efectos sobre los trabajadores y consumidores.

El análisis sobre el frente interno que realiza Chile Mejor sin TPP apunta al muy desfavorable clima social y político para el gobierno, el cual se presenta poco propicio para continuar empujando un tratado comercial de tal magnitud e implicaciones negativas para las comunidades. Sin duda, afirman, un nuevo foco de conflicto social se abriría para el Ejecutivo. En este escenario hay que considerar también el bajo apoyo político al gobierno, que a inicios de agosto marcó mínimos históricos, con una presidenta bajo el 19 por ciento de apoyo y un gabinete con escaso 13 por ciento. Todo ello agregado al inminente ingreso en un periodo electoral, que a partir de octubre, con las elecciones municipales, no dará tregua en adelante.

En este escenario de pequeños conflictos políticos y crecientes movilizaciones sociales, el rechazo al TPP, que se extiende a más de un centenar de organizaciones representativas de numerosos territorios y sectores, tiene también una de sus múltiples puntas instalada en el masivo repudio ciudadano y laboral a las AFP. En medio del fragor por un cambio al sistema de capitalización individual, la Fundación Sol advirtió que una eventual ratificación del TPP por el Congreso cerraría aún más las posibilidades de cambiar el modelo previsional para dar paso a un sistema de reparto administrado por el Estado, en cuanto el TPP refuerza las protecciones a las inversiones extranjeras.

PROTECCIÓN DE INVERSIONES

A TODO EVENTO

En documentos del TPP conocidos a través de WikiLeaks y otras filtraciones, uno de los puntos más riesgosos que derivarían en graves daños y efectiva pérdida de soberanía para los Estados, son los recargados poderes traspasados a las corporaciones, en su gran mayoría estadounidenses. Bajo las normas de solución de controversias propuestas por el TPP, las grandes empresas pueden demandar a los Estados ante un tribunal comercial internacional por introducir nuevas leyes -desde las que protegen al consumidor a cambios como pretende la ciudadanía con el sistema de AFP- que dañen sus inversiones y negocios.

La Plataforma Chile Mejor sin TPP advierte que el mecanismo que el tratado establece permite a las empresas transnacionales situarse en un nivel de igualdad frente a los Estados y tiende a favorecer las reclamaciones de las empresas, pues se presentan en instancias de arbitraje como el Ciadi (tribunal del Banco Mundial) que hoy se encuentran fuertemente cuestionadas por su sesgo en favor de las grandes transnacionales. Esto, porque al considerar como base jurídica de sus decisiones solamente los tratados de protección de inversiones, dejan al margen las leyes del Estado acusado y otra normativa del derecho público internacional. Asimismo, la composición de los tribunales arbitrales favorece a la empresa querellante, la que designa uno de los tres jueces e interviene en la designación del presidente. Esto sucede además dentro de un listado de abogados cuya objetividad ha sido cuestionada, puesto que existe una verdadera industria del arbitraje motivada por los elevados honorarios de estos jueces, a lo que se añade que muchos de ellos han sido empleados de grandes multinacionales, lo que constituye un grave conflicto de intereses.

En mayo pasado, la activista altermundista Susan George hizo unas reflexiones en torno al hermano gemelo del TPP, que es el TTIP (Asociación Trasatlántica para el Comercio y la Inversión), entre Estados Unidos y la Unión Europea, pacto sin duda más simétrico que el de marras al cual Chile se ha suscrito. Para George, estos tratados son un regalo para las grandes corporaciones transnacionales ya que se les da la libertad de denunciar a los gobiernos si no les gustan las leyes que éstos aprueban.

Existen muchos ejemplos de la judicialización para la protección de las inversiones aún sin el TPP o el TTIP. El gobierno de Egipto, cita George, aumentó el salario mínimo y entonces Veolia, una empresa francesa, demandó al Estado al sentirse obligada a aumentar sus costos laborales. Ecuador, en tanto, no autorizó que una empresa petrolera norteamericana pudiera perforar en una zona concreta. Ecuador ha sido castigado con una multa de 1.800 millones de dólares.

Otro episodio de evidente sesgo empresarial ha sido el bullado caso de Metalclad Corporation contra México bajo las normas del Nafta o Tratado de Libre Comercio de América del Norte. El tribunal arbitral resolvió en 1997 contra México por la negación del permiso municipal para comenzar a construir un proyecto minero y la declaración que hizo el Estado mexicano de convertir la zona en un Parque Nacional. Entonces México fue obligado a indemnizar daños con 16,7 millones de dólares.

EL PERVERSO VINCULO TPP Y AFP

El caso de las AFP se ajusta a la perfección a estas condiciones. Es un negocio que administra más de 180 mil millones de dólares, concentrado en pocas manos y transnacionalizado. Hoy tres AFP, Provida (MetLife) Habitat (Cámara de la Construcción) y Capital (grupo internacional Sura), administran casi el 80 por ciento de los fondos de los trabajadores chilenos. Junto a éstas, aparece Cuprum (del grupo internacional Principal) y Planvital (controlada por el grupo italiano Generali).

El TPP mejora sin duda la protección de los inversionistas al incorporar el criterio de la expectativa legítima de ganancia, utilizado por los tribunales arbitrales para expandir su competencia. Sin perjuicio de que el TPP aclara que el mero hecho que un gobierno afecte la expectativa del inversionista no es suficiente para constituir un reclamo, el TPP reconoce expresamente que la expectativa de legítima ganancia merece protección, perjudicando la posición de los Estados en los juicios arbitrales.

Todo lo anterior tendrá consecuencias negativas para Chile. Para empezar, el menoscabo de la capacidad regulatoria de los Estados. Debido a ello, distintas organizaciones, no sólo en Chile, sino en todos los países participantes, e incluso autoridades de la ONU, han llamado a rechazar el TPP.

EL FACTOR GLOBAL

Pero es sin duda el factor externo el que juega con más fuerza en contra del TPP. Las declaraciones de los dos candidatos a la Presidencia de Estados Unidos han reconocido que el TPP, del mismo modo que otros tratados de libre comercio, como el mismo Nafta, han eliminado millones de puestos de trabajo, los que se han ido a otras latitudes junto a las inversiones. En sus discursos, Clinton y Trump -al prometer revitalizar la economía y la creación de empleos- han apuntado a los acuerdos comerciales globalizadores como el factor que ha deteriorado la economía estadounidense. Por ello, ambos rechazan el TPP.

Clinton, que lidera las encuestas, afirmó que, de ganar en noviembre, se opondrá al TPP para defender el empleo en EE.UU. “Detendré cualquier acuerdo comercial que destruya trabajos y rebaje los salarios, incluido el TPP”, declaró en un acto de campaña, en referencia a las insinuaciones de que podría cambiar de opinión una vez que llegue a la Casa Blanca, puesto que lo defendió cuando era secretaria de Estado en el gobierno de Barack Obama. “Me opongo ahora, me opondré tras las elecciones y me opondré como presidenta”, insistió.

En su discurso, en una zona otrora emblemática del desarrollo industrial estadounidense y hoy muy golpeada por los efectos de la globalización y los acuerdos comerciales, Clinton explicó parte de su plan económico: “Demasiadas empresas han presionado para lograr acuerdos comerciales para poder vender sus productos en el extranjero y, en su lugar, se trasladaron fuera”, con la consiguiente pérdida de empleos estadounidenses. Como efecto de este fenómeno, la riqueza se ha concentrado de forma inédita en los dueños del capital llevando a su vez a la pobreza a millones de trabajadores hoy precarizados y desempleados.

Como medida económica, Clinton propone “invertir diez mil millones de dólares en asociaciones ‘Hazlo en EE.UU.’ para apoyar un renacimiento manufacturero” en el país.

Las propuestas, tanto de Trump como de Clinton apuntan hacia un cambio sustantivo en las políticas económicas de EE.UU. en las últimas décadas, impulsadas por las grandes corporaciones en busca de menores costos de elaboración bajo el amparo de sus gobiernos y los organismos financieros internacionales. Estas declaraciones, que intentan ganar apoyo electoral entre los atemorizados trabajadores, sin duda van a contrapelo de los intereses de los grandes capitales, por lo que despliegan un gran manto de duda sobre su real aplicación. Porque es un hecho que la globalización financiera, industrial y comercial ha fortalecido y empoderado a las grandes corporaciones norteamericanas.

Pese a ello, está la otra cara, la que padecemos desde Chile y todos los países al sur de Estados Unidos: la concentración de la riqueza, el aumento de la desigualdad y el malestar social. El TPP, que sólo busca amplificar estas contradicciones extremas del capital, detona rechazos en el mismo establishment del imperio. Pero en países dependientes como Chile sus políticos corruptos continúan con un discurso servil y engañoso que sólo favorece a las grandes compañías.

Publicado en “Punto Final”, Chile, edición Nº 858, 19 de agosto 2016.



http://www.rebelion.org/noticia.php?id=215851

martes, 23 de agosto de 2016

LA HISTORIA DE UNA FOTO QUE NADIE SE ATREVIÓ A CONTARLE


Lunes, 22 de agosto de 2016

¿Quién es realmente el "fotógrafo" Mahmoud Raslan?
LA HISTORIA DE UNA FOTO QUE NADIE SE ATREVIÓ A CONTARLE
POR ADAY QUESADA 

CANARIAS SEMANAL

En el curso de estas últimas semanas la prensa occidental está tratando desesperadamente de poner en un primer plano de la política internacional a la guerra de Siria. Con ello se intenta paralizar los avances conseguidos por el ejército sirio sobre los grupos ultraconservadores financiados hasta ahora por Arabia Saudita, Turquía y los países occidentales afines a la OTAN (...).
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El rápido desarrollo de los acontecimientos en Siria, claramente favorables al gobierno de Al Assad, ha puesto de nuevo en alerta a todo el consorcio mediático internacional.

En el curso de estas últimas semanas, la prensa occidental está tratando desesperadamente de poner en un primer plano de la política internacional a la guerra de Siria. Con ello se intenta paralizar los avances conseguidos por el ejército sirio sobre los grupos ultraconservadores financiados hasta ahora por Arabia Saudita, Turquía y los países occidentales afines a la OTAN.

Durante el transcurso de la guerra en Siria han muerto decenas de millares de niños. No es una novedad, aunque los medios occidentales durante los últimos años hayan situado las noticias al respecto en un segundísimo plano. Ha sucedido algo similar al silencio hermético que ha impedido que aparecieran noticias referentes a los degollamientos masivos de cristianos y clérigos católicos a manos de los yihadistas reaccionarios. Por cierto, que también el Vaticano y sus más altas jerarquías fueron cómplices en el pasado de ese cerrado silencio en torno a las sangrientas penalidades de sus hermanos en Cristo, hasta que el último Papa Francisco I se decidió a contar algunos aspectos -ni siquiera los más horripilantes- de la masacre de los católicos sirios durante los tres últimos años. Sólo través de los videos publicados en YouTube pudimos conocer las dimensiones verdaderas de ese holocausto.


UNA FOTO DE PRIMERA PLANA

Ahora, una nueva polémica se ha desencadenado en torno a la fotografía de un niño sirio cubierto de polvo y sangre. La foto en cuestión era una más de las miles de instantáneas impactantes, resultado de la enorme tragedia que ha tenido que sufrir el pueblo sirio por una guerra que le fue impuesta desde el exterior.

La fotografía de Omran Daqneesh, se hizo viral en las redes sociales convirtiendo a un confundido y desesperanzado infante en el símbolo de la tragedia humanitaria que socava las ilusiones del pueblo sirio. Los motivos que han provocado la enorme difusión de la fotografía están claros. El propósito es situar de nuevo en la picota al gobierno sirio, y de esa forma tratar de paralizar su exitosa ofensiva en contra los terroristas del Estado islámico.

¿QUIÉN EL EL FOTÓGRAFO?

Pero hay otro aspecto que no mucha gente ha tenido la oportunidad de conocer. ¿Quién es el autor de la desgarradora imagen?


Su nombre es Mahmoud Raslan. Personalmente se presenta como fotógrafo e, incluso, como "periodista". Sin embargo, usuarios de Twitter le han quitado la capucha. El tal Raslan podría tener estrechos nexos con rebeldes pertenecientes al grupo terrorista Harakat Nour al-Din al- Zenki, un grupo islamista que participa en el conflicto armado en Siria.

Una foto publicada en "Offguardian.org" recoge el momento en el que Mahmoud Raslan sonríe felizmente ante la cámara, mientras que a sus espaldas puede verse un tanque de guerra y un rebelde islámico. Igualmente una serie fotográfica publicada por la organización, muestra al "periodista" acompañado por miembros del grupo al- Zenki, vistiendo la misma camisa azul que tenía el día en que fotografió a Omran, el niño de Alepo. Esta agrupación de rebeldes sirios es responsable de la decapitación de Abdullah Tayseer un niño palestino el pasado mes de julio. (Ver la foto 1 a la izquierda) En aquella ocasión, tras la amenaza de Estados Unidos de retirar su apoyo logístico, los terroristas se justificaron diciendo que la víctima era en realidad un combatiente de una fracción del ejército del presidente sirio Bashar al- Assad.


No hay medio de comunicación visual, oral o escrito que no haya publicado en Occidente la fotografía del niño Omran Daqneesh. Desde el punto de vista profesional fue algo sorprendente, pues el documento fotográfico ni siquiera resultaba llamativo si se lo compara con los miles que ha generado la guerra en Siria. Pero de lo que sin embargo estamos seguros es que ninguno de ellos nos relatará la verdadera historia de la tragedia que ha sufrido el pueblo sirio, ni tampoco la biografía del "periodista" Mahmoud Raslan. Y es que así están las cosas.

http://canarias-semanal.org/not/18888/la-historia-de-una-foto-que-nadie-se-atrevio-a-contarle/

La educación popular, camino de liberación

23-08-2016

Entrevista con Oscar Jara Holliday, sociólogo y educador popular
La educación popular, camino de liberación

Oscar Jara Holliday nació en Perú, pero vivió los últimos treinta años en Costa Rica y Centroamérica. El sociólogo y educador popular es uno de los mosqueteros de la experiencia de la Red Alforja (junto a Carlos Núñez, del Imdec de Guadalajara, y Raúl Leis, del Ceaspa de Panamá, entre otros compañeros y compañeras). Trabaja en el Centro de Estudios y Publicaciones de Alforja en CEP en Costa Rica, y ha sido reelegido para la presidencia del Consejo de Educación Popular de América Latina y el Caribe (Ceaal).

¿Cómo empezaste a vincularte a la educación popular?

“Empecé en los años 70, trabajando con grupos juveniles en barrios populares de Lima. Vivía en uno de esos barrios, y empezamos a hacer un periodiquito, a tener reuniones, a hacer sesiones de cine. Traíamos de la embajada cubana películas que proyectábamos en la calle. Fueron las primeras experiencias buscando que la gente se organizara. Se iniciaba el gobierno de Juan Velasco Alvarado. Había muchos cambios en el país, y me inserté en esa dinámica.

Estudiando en la Facultad de Filosofía, dijeron que había un curso para enseñar un método de alfabetización de un brasileño que estaba en Chile y que se llamaba Paulo Freire. Al terminar el curso había que hacer una práctica. Empecé en el barrio, con cinco señoras. Fue mi primer grupo de alfabetización. Ahí me empecé a dar cuenta de la importancia del diálogo, del encuentro con las compañeras, partir de las situaciones y palabras concretas, y lo que era el proceso pedagógico. Luego fui a trabajar a Huancayo, y apareció la necesidad de alfabetización en algunas comunidades. Como yo tenía supuestamente experiencia, me llevaron allá. Cuando estaba en esas, surgió un gran proyecto en el norte del Perú, el Cipca, para la promoción de la participación campesina en la Reforma Agraria. Las grandes haciendas estaban siendo cooperativizadas, y la idea era que los obreros agrícolas pasaran a ser los propietarios y gestores de las nuevas haciendas. En ese trabajo había formación técnica, administrativa, y de alfabetización. Realmente ahí aprendí lo que era la alfabetización porque trabajé con compañeros y compañeras que ya tenían un manejo más detallado del método y de la propuesta.

Pasamos tres meses recorriendo las comunidades de la zona del Bajo Piura, en Catacaos, viviendo en donde nos dieran lugar. La idea era recoger el universo vocabular de las personas y registrarlo. Había cientos de palabras que yo nunca había escuchado, sobre cientos de cosas que no conocía. Empezamos a ver cómo era la vida en el campo, cómo la nombraban, y a partir de ese universo vocabular fuimos creando las palabras para la alfabetización”.


APRENDER ENSEÑANDO

“Ese proceso fue fundamental. Me permitió entender que parecía que uno iba a enseñar, pero que en realidad lo que uno hacía era ir a aprender de la gente y su cultura. Ellos nos estaban alfabetizando a nosotros sobre su manera de ver el mundo. En las noches nos poníamos a cantar, a escuchar leyendas. Había grupos de teatro. Se diseñó un programa de matemáticas concientizadoras, porque la gente tenía interés en aprender las cuentas para que no los engañaran a la hora de pesar los productos y el algodón.

Había una zona del Alto Piura donde no se estaba aplicando todavía la Reforma Agraria y los hacendados empezaron a sacar las máquinas. Hubo un gran movimiento de tomas de tierras campesinas. Nos fuimos involucrando. Fue mi entrada en la práctica política y de lucha social. Empecé a vincular esta idea de movilización, defensa de los derechos, recuperación de la identidad, como elementos de la educación popular. Entendí que organización popular y educación popular no pueden ir desvinculadas. El desarrollo de la conciencia tiene que provenir de la propia práctica organizativa.

El tema del algodón te conectaba inmediatamente con el mercado internacional. De un hilito de algodón uno podía dar la vuelta al mundo, viendo las condiciones de trabajo, las inversiones financieras. Descubrimos que los temas, aunque parecieran muy pequeñitos y locales, estaban conectados con una realidad global. Ahí fue donde el pensamiento de Paulo Freire se fue haciendo cada vez más parte de la manera como yo empezaba a ver las cosas. Siento que Pedagogía del oprimido , así como La educación como práctica de la libertad , me dieron luces para entender lo que estaba viviendo. No fue que estudié la teoría de la educación popular, y después vi cómo se hacía. Fue como un hilo donde se vinculó esa práctica, con estas comprensiones teóricas. Por un lado Paulo Freire, por otro la Teología de la Liberación. Yo tuve el privilegio de estar en el grupo de la UNEC (Unión Nacional de Estudiantes Católicos) que se reunía a discutir elementos de la Teología de la Liberación. Gustavo Gutiérrez venía con los borradores de lo que después iba a ser el libro Teología de la Liberación , para leer y discutir con nosotros. Esa entrada a Paulo Freire, a Gustavo Gutiérrez, coincidió con el curso de filosofía que hicimos sobre La Ideología Alemana , y los Manuscritos Económico Filosóficos de Marx. Fue una tríada que me revolvió la cabeza, el corazón, y creo que es el origen de esta pasión que es impulsar aprendizajes”.


LA EXPERIENCIA DE ALFORJA

La experiencia de educación popular en América Latina se formó con los aportes de Alforja. Cómo analiza esa experiencia.

“Un elemento muy importante fue cómo el contexto nicaragüense nos convocó en esos años. La Revolución Sandinista fue como una llama, una luz que se encendió en muchas partes, y generó una actitud de solidaridad que hizo que llegáramos gente de varios países a trabajar allá. Raúl Leis coordinaba el Comité de Solidaridad con Nicaragua en Panamá, Carlos Nuñez en Guadalajara; con el obispo Samuel Ruiz en Chiapas y con el obispo Sergio Méndez Arceo de Cuernavaca, estaban en un comité de solidaridad con Nicaragua en México. Yo estaba con Esteban Pavletich y Lucía Silva, en el comité peruano. De ese trabajo nace la idea de ir a Nicaragua y ahí nos encontramos con compañeros del Cencoph de Honduras, que trabajaban en comunicación popular, de Idesac de Guatemala, que tenían un trabajo con organizaciones campesinas, y de Funprocoop de El Salvador, que tenían un largo trabajo con comunidades. Nicaragua fue una especie de crisol, donde se fundió lo que cada quien traía.

Después del 79, cualquier iniciativa nos colocaba en dimensiones insospechadas. Llegamos una vez a charlar con Fernando Cardenal, que dirigía la Cruzada Nacional de Alfabetización de Nicaragua, y nos dijo: ‘Quiero que me apoyen en el programa de post-alfabetización. Van a haber 700 mil personas alfabetizadas, y no tenemos diseñado qué pasará después’. Le dijimos: ‘Nosotros tampoco sabemos qué se puede hacer, pero nos ponemos a trabajar con usted’. Luego vino Freddy Morales, que estaba en el Instituto de Reforma Agraria y nos dijo: ‘Necesitamos hacer un proceso de capacitación para los 150 mil obreros agrícolas de las empresas de Somoza, que han sido estatizadas, y necesitamos generar formación técnica, política, organizativa’. Le dijimos igual: ‘No sabemos cómo, pero vamos’. Fueron proyectos muy concretos que nos juntaron. Se fueron fundiendo los saberes que traía cada quien al calor del proceso. En menos de un año hicimos 19 talleres conjuntos con distintos sectores. Cada uno nos abría un mundo nuevo, nos daba dimensiones que en ninguno de nuestros países podíamos haber abordado, y generaba mucho entusiasmo, mucha emoción. No había límites para el tiempo, la dedicación, etc.

Regresábamos después a nuestros países, y eso que habíamos aprendido queríamos hacerlo. Teníamos que redefinir y recrear lo que habíamos aprendido. En el año 82 se nos ocurrió hacer un encuentro de sistematización y creatividad. Identificamos 19 talleres que habíamos hecho, y analizamos: ¿Cuáles fueron los contenidos? ¿Cuáles las metodologías? ¿Cuáles han sido las técnicas? ¿Cuáles son las diferencias entre técnicas y metodologías? ¿Cuál es la diferencia entre apropiación y aprendizaje? Ahí nace esta idea de la sistematización de experiencias, como fuente de construcción de nuestros propios aprendizajes”.



PARTIR DE LA REALIDAD

“Analizamos que el punto de partida siempre tenía que ser la realidad, lo que la gente piensa y sabe. Empezamos a hablar de ‘partir de la práctica’. A partir de ahí teníamos que desarrollar el proceso de teorización. Ir generando conceptos desde la práctica. Y no valía quedarse en la teoría, sino que eso lo teníamos que volver a poner en la práctica. Así se generó esta propuesta de ‘partir de la práctica, teorizar, y volver a la práctica para transformarla’.

Luego eso se redujo a la idea de que la metodología de la educación popular era una cosa de tres pasos. La otra reducción, fue a partir del hecho de que lo más visible eran las técnicas. Nosotros desarrollando esas técnicas participativas, sacamos un libro: Técnicas participativas para la educación popular, que tuvo la responsabilidad de hacer creer que el centro de la educación popular era hacer técnicas. Fue un periodo en el cual hubo mucha difusión, pero también mucha simplificación, lo que quitó el sentido pedagógico-político central al proceso de educación popular. Ése fue el aporte contradictorio de ese periodo. Después nació el Ceaal, y muchos de los centros de educación popular nos afiliamos. Empezamos a descubrir procesos más globales de educación popular. Se llamaban de ‘educación de adultos’, porque en el contexto de las dictaduras que existían sobre todo en el Cono Sur, no era lo mismo decir ‘yo trabajo en un programa de educación popular’, que ‘yo trabajo en un programa de educación de adultos’.

Hemos ido descubriendo, que los procesos de educación popular son participativos, críticos, creadores, y tienen que responder a las dinámicas organizativas, políticas, culturales, de cada contexto. Segundo, que las técnicas son una herramienta, pero que si no se ubican dentro de una dimensión de largo plazo, de incidencia política, pueden ser muy entretenidas, pero no logran el objetivo político. Tercero, que los procesos de intercambio entre las personas son muy importantes, pero no sólo las grandes ideas, los proyectos, sino también las afinidades, los encuentros. La educación popular feminista nos permitió desarrollar la dimensión de la subjetividad -la intersubjetividad- expresar más nuestras emociones, valorar los encuentros personales como algo muy importante que vincula lo público con lo privado. Por otro lado, el acercamiento a gente que estaba haciendo otras formas de producción de conocimientos, nos ha ido abriendo a nuevas maneras de repensar cómo investigar.

En ese proceso surge la sistematización de experiencias como un componente muy importante de los procesos de educación popular. Es decir que las prácticas de lo que estamos haciendo es una fuente esencial para construir aprendizajes, de manera sistemática, organizada, que nos permita apropiarnos de lo que hacemos, y dialogar desde las prácticas no de forma descriptiva, sino intercambiando aprendizajes.

Últimamente hay una voluntad de vincularnos con los movimientos sociales por la defensa de los territorios, contra las represas, la defensa ambiental, las luchas populares contra las empresas transnacionales. Nos estamos redefiniendo. Tenemos acuerdo en la definición de que los procesos de educación popular tienen que ser impulsados desde los movimientos, no desde las ONGs, y que tenemos que ser parte de esos procesos”

Publicado en “Punto Final”, Chile, edición Nº 858, 19 de agosto 2016.



Tomado de 

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=215849

lunes, 22 de agosto de 2016

Sí que hay alternativas al determinismo económico y/o tecnológico


Sí que hay alternativas al determinismo económico y/o tecnológico

21/08/2016

Este artículo es una crítica a un pensamiento que se está extendiendo, no solo entre las derechas neoliberales sino también entre amplios sectores de las izquierdas, de que las políticas que se están aplicando, y que están dañando el bienestar y la calidad de vida de las clases populares, son las únicas posibles, siendo éstas atribuibles a la globalización de la actividad económica y/o a la revolución tecnológica/digital. El artículo también indica que estas políticas neoliberales son consecuencia de intervenciones políticas que responden a intereses específicos de aquellos establishments que están controlando tanto los Estados-nación como las instituciones supranacionales.

Uno de los posicionamientos más extendidos en la cultura política y económica del país es que la globalización de la economía a nivel mundial ha hecho imposible llevar a cabo políticas a nivel del Estado-nación, y muy en particular aquellas que están encaminadas a mejorar la calidad de vida de las clases populares que, por cierto, constituyen la mayoría de la población en cada Estado-nación. La famosa frase de que “no hay alternativas” se convierte en un muro frente a cualquier intento de cambio. De esta manera, el desmantelamiento de los servicios públicos del Estado del Bienestar y el descenso de los salarios y de la estabilidad laboral, con el consiguiente deterioro del estándar de vida de la mayoría de la gente, se presentan como inevitables e inalterables. Por desgracia, un número creciente de movimientos sociales y partidos políticos progresistas están también aceptando esta interpretación de la realidad, concluyendo que, a no ser que haya un cambio global (bien sea de la Eurozona, o de la Unión Europea, o del mundo capitalista), es poco lo que se puede hacer para cambiar tales políticas.

En otras ocasiones, este determinismo económico es sustituido o complementado por otro determinismo, este de carácter tecnológico, que asume que los cambios tecnológicos son los que están configurando nuestras sociedades, sin que podamos hacer mucho para cambiarlo. Así se asume –contra toda evidencia empírica existente- que los avances tecnológicos en la automatización del trabajo están destruyendo puestos de trabajo, abocándonos a un futuro sin puestos de trabajo.

Ni que decir tiene que estas explicaciones deterministas están promovidas por las estructuras de poder responsables del enorme descenso de la calidad de vida y bienestar de las poblaciones, que promueven estas explicaciones para ocultar las causas reales de esta situación, que no son ni económicas ni tecnológicas, sino políticas, es decir, el control del poder económico, financiero, político y mediático por parte de estas estructuras, que se benefician enormemente de la situación actual y que, a través precisamente de los Estados-nación y las estructuras supranacionales que ellos controlan, están configurando esta globalización y/o esta tecnologización.

Los Estados-nación continúan siendo clave

Un ejemplo claro de lo que estamos hablando son los mal llamados tratados de libre comercio que sistemáticamente favorecen a unas clases sociales de los Estados-nación a costa de otras clases sociales de los mismos Estados-nación. La aplicación, por ejemplo, del NAFTA (el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, EEUU y México) benefició a las clases empresariales de los tres países a costa de las clases populares de cada país. La evidencia de ello es abrumadora. Grandes empresas manufactureras basadas en EEUU (donde el salario mínimo es de 7,25 dólares por hora) se desplazaron a México (donde tal salario mínimo es de solo 58 céntimos), disparando sus beneficios empresariales, que beneficiaron a sus directivos y accionistas, a la vez que destruyeron millones de puestos de trabajo, devastando estados industriales como Ohio, Michigan y Pennsylvania, entre muchos otros. Por otra parte, estas inversiones extranjeras en México, aun cuando crearon empleo, también destruyeron mucho más empleo, al causar el colapso de muchas empresas locales mexicanas que no pudieron competir con las grandes empresas transnacionales, creando así un elevado desempleo en México, que incrementó el flujo migratorio de aquel país hacia EEUU (ver Murdering American Manufacturing: ‘Strictly Business’).

Un tanto parecido ha ocurrido con el General Agreement on Tariffs and Trade (GATT), y ocurrirá con el tratado entre EEUU y la Unión Europea. No es por casualidad que los establishments financieros y económicos de los Estados-nación a los dos lados del Atlántico Norte sean favorables a tales tratados y sean precisamente las clases populares las que se oponen a la globalización económica y financiera. La globalización económica es un fenómeno predominantemente político, y responde a fuerzas políticas que se ejercen a través de los Estados y, a través de ellos, en las entidades supranacionales. Los países escandinavos, debido a su pequeño tamaño, son los países más “globalizados” (es decir, integrados en la economía internacional) de Europa y, sin embargo, están entre los países que tienen salarios mayores y los Estados del Bienestar más avanzados, y ello se debe a causas políticas, no económicas: el gran poder de las izquierdas en tales países, habiendo estado gobernados por coaliciones de partidos progresistas durante la mayoría del periodo post Segunda Guerra Mundial. Este es el punto clave del que los “globalistas” parecen no darse cuenta.

Un tanto parecido ocurre en cuanto al determinismo tecnológico. Como bien ha subrayado Anthony B. Atkinson en su libro sobre desigualdades (Inequality: What Can Be Done?), atribuir estas desigualdades a cambios tecnológicos es ignorar que estos cambios están configurados, a su vez, por las coordenadas de poder que controlan su diseño y su aplicación. No es por casualidad que estos cambios tecnológicos acentúen todavía más las desigualdades, pues en una sociedad desigual la introducción de nuevas tecnologías acentúa aún más las desigualdades, pues su acceso no está igualmente distribuido.

Las consecuencias sociales de estos cambios

Branko Milanovic, hace un par de años, en sus clases en el Programa de Políticas Públicas y Sociales de la Universidad Pompeu Fabra, acentuó que la globalización configurada por las políticas públicas de corte neoliberal y que han sido impuestas a los dos lados del Atlántico Norte por los establishments financieros, económicos, políticos y mediáticos de cada uno de estos Estados, han ido configurando unas sociedades muy parecidas a las existentes en el continente de América Latina a finales del siglo XX, cuando el neoliberalismo era la ideología dominante en aquel territorio. Había el 16% ó 21% (el 1% más un 15% ó 20%) superior, que era la clase cosmopolita (ligada al capital internacional, claramente articulada con el capital de los otros países dominantes del norte, centro y sur de las Américas), unas clases medias en claro descenso, y una clase trabajadora muy local, poco cosmopolita y claramente amenazada por tal globalización, al ver sus intereses sacrificados constantemente en aras de la supuesta competitividad y globalización. Esto es lo que hoy está ocurriendo a ambos lados del Atlántico Norte. No es, por lo tanto, sorprendente que haya un rechazo procedente de estas clases populares hacia los establishments político-mediáticos, meros instrumentos de los establishments financiero-económicos en cada Estado-nación.

Este rechazo, que alcanza dimensiones de gran hostilidad, está siendo canalizando por dos fuerzas políticas de signo diferente y en muchas ocasiones opuesto, aunque puedan tener elementos en común. La base electoral de tales movimientos anti-establishment es la clase trabajadora (la misma clase que había desaparecido de la narrativa oficial, que había sido sustituida por la clase media) de estos países.

Una de estas fuerzas políticas es la respuesta de carácter predominantemente nacionalista, en un intento de recuperar la identidad perdida (consecuencia de la globalización) interpretando (erróneamente) tal globalización como internacionalización. En realidad, el Tratado de Libre Comercio entre EEUU y la UE será la americanización de la vida política, cultural, financiera y económica de los países de la UE. La otra fuerza política es la que intenta cambiar las relaciones de poder de clase dentro de cada Estado para así poder establecer otro tipo de globalización que sería la auténtica internacionalización. La polarización política que estamos viendo en Europa en los dos lados opuestos del espectro político es un indicador de la expresión de estas dos respuestas a la llamada globalización.


http://www.tercerainformacion.es/opinion/opinion/2016/08/21/si-que-hay-alternativas-al-determinismo-economico-yo-tecnologico




domingo, 21 de agosto de 2016

¿Por qué nos conviene estudiar la revolución rusa?

¿Por qué nos conviene estudiar la revolución rusa?



21/08/2016

Hay varias razones que hacen necesario que estudiemos de nuevo la historia de la revolución rusa. La primera de ellas, que nos hace falta hacerlo para dar sentido a la historia global del siglo XX. Una historia que, tal como la podemos examinar ahora, desde la perspectiva de los primeros años del siglo XXI, nos muestra un enigma difícil de explicar. Si utilizamos un indicador de la evolución social como es el de la medición de las desigualdades en la riqueza, podemos ver que el siglo XX comienza en las primeras décadas con unas sociedades muy desiguales, donde la riqueza y los ingresos se acumulan en un tramo reducido de la población. Esta situación comienza a cambiar en los años treinta y lo hace espectacularmente en los cuarenta, que inician una época en que hay un reparto mucho más equitativo de la riqueza y de los ingresos. Una situación que se mantiene estable hasta 1980: es la edad feliz en que se desarrolla en buena parte del mundo el estado del bienestar, un tiempo de salarios elevados y mejora de los niveles de vida de los trabajadores, en el que un presidente norteamericano se propone incluso iniciar un programa de guerra contra la pobreza.

Todo esto se acabó en los años ochenta, a partir de los cuales vuelven a crecer los índices de desigualdad, que superan los del inicio del siglo, hasta llegar a un punto que ha llevado a Credit Suisse a denunciar hace pocos meses que el setenta por ciento más pobre de la población del planeta no llega hoy a tener en conjunto ni el tres por ciento de la riqueza total, mientras el 8'6 por ciento de los más ricos acumulan el 85 por ciento.

¿Qué ha pasado que pueda explicar esta evolución? Thomas Piketty sostiene que la desigualdad ha sido una característica permanente de la historia humana. Os leo sus palabras: "En todas las sociedades y en todas las épocas la mitad de la población más pobre en patrimonio no posee casi nada (generalmente apenas un 5% del patrimonio total), la décima parte superior de la jerarquía de los patrimonios posee una neta mayoría del total (generalmente más de un 60% del patrimonio total, y en ocasiones hasta un 90%)".

La desigualdad de los patrimonios, que se traduce en una desigualdad de los ingresos, marca, según Piketty, el curso entero de la historia, en la que las tasas de crecimiento de la población y de la producción no han pasado generalmente del 1% anual, mientras el "rendimiento puro" del capital se ha mantenido entre el 4% y el 5%. Estas consideraciones le llevan a una interpretación formulada rotundamente: "Durante una parte esencial de la historia de la humanidad el hecho más importante es que la tasa de rendimiento del capital ha sido siempre menos de diez a veinte veces superior a la tasa de crecimiento de la producción y del ingreso. En eso se basaba, en gran medida, el fundamento mismo de la sociedad: era lo que permitía a una clase de poseedores consagrarse a algo más que a su propia subsistencia". Que es tanto como decir que la civilización, la ciencia y el arte son hijos de la desigualdad.

Después habría venido, en el siglo XX, una etapa en la que las reglas del juego parecían estar cambiando, como consecuencia sobre todo, sostiene, de las destrucciones causadas por las dos guerras mundiales y por las conmociones sociales, que llevaron a ese mínimo de la desigualdad que se ha producido entre 1945 y 1980. Pero la normalidad se restableció a partir de los años ochenta, hasta llegar a la extrema desigualdad actual. De este hecho arranca su previsión de que en el transcurso del siglo XXI, es decir hasta 2100, el crecimiento de la producción será apenas de un 1,5 por ciento y nos encontraremos en una situación en que la superioridad de los rendimientos del capital volverá a ser como antes y se habrá restablecido la normalidad. Todo lo que termina con una conclusión pesimista: "No hay ninguna fuerza natural que reduzca necesariamente la importancia del capital y de los ingresos procedentes de la propiedad del capital a lo largo de la historia".

Ahora bien, yo he vivido en esta edad anterior a 1980 en que éramos muchos, yo diría que muchos millones en todo el mundo, los que pensábamos que las reglas del juego estaban cambiando permanentemente en favor de un reparto más justo de la riqueza, y que valía la pena esforzarse para seguir avanzando en esta dirección. Es por eso que me niego personalmente a aceptar que lo que pasó en este medio siglo de mejora colectiva fuera simplemente un accidente, y pienso que hay que examinar de cerca los acontecimientos del período que va de 1914 a 1980, introduciendo en el análisis los factores políticos que carecen por completo [en] el libro de Piketty, donde, por poner un ejemplo, la palabra "sindicatos" aparece una sola vez (en la página 471 de la edición original francesa).

Esta otro tipo de exploración de la evolución de la desigualdad en el siglo XX, en clave política, debe comenzar forzosamente por el gran cambio que representó la revolución rusa de 1917. ¿Por qué digo un "gran cambio"? En 1917 había una larga tradición de luchas obreras encaminadas a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, y existía una amplia tradición en apoyo del "socialismo", aunque sólo un intento de aplicarlo a la realidad había llegado a cuajar, el de la Commune de París de 1871, que duró poco más de dos meses y nos dejó como legado un himno, la Internacional, que anunciaba que "el mundo cambiará de base".

Pero la verdad era que, desde finales del siglo XIX, tanto la lucha de los sindicatos como la actuación política de los partidos llamados socialistas o socialdemócratas había renunciado a los programas revolucionarios para dedicarse a la pugna por la mejora de los derechos sociales dentro de los marcos políticos existentes, con voluntad de reformarlos, pero no de derribarlos. El caso del SPD alemán, del partido socialdemócrata que podía considerarse como legítimo heredero de Marx y de Engels, es revelador. En los años anteriores al inicio de la Primera Guerra Mundial era el partido que tenía más diputados en el parlamento alemán, contaba con más de un millón de afiliados y con un centenar de periódicos, pero no se proponía hacer la revolución, sino que aspiraba a obtener un triunfo parlamentario que le permitiera reformar y democratizar el estado. De modo que, cuando se produjo la declaración de guerra, los socialistas votaron los créditos y procuraron mantener la paz social, aconsejando a los trabajadores que, mientras durase la guerra, dejaran de lado las huelgas y los conflictos.

Situados en esta perspectiva no cuesta entender que lo que pasó en Rusia en el transcurso de 1917 significara una ruptura, un paso adelante inesperado, que mostraba que un movimiento surgido de abajo, de la revuelta de los trabajadores y de los soldados, podía llegar a hacerse con el control de un país y hacerlo funcionar de acuerdo con unas reglas nuevas. Porque lo más innovador de este movimiento fue que, desde los primeros momentos, desde febrero -o marzo, según nuestro calendario- de 1917 no actuaba solamente a partir de un parlamento, sino que se basaba en un doble poder, una parte esencial del cual la formaban los consejos de trabajadores, soldados y campesinos, que comenzaron entonces a construir una especie de contra- estado.

Añadamos a esto que el proceso aceleró rápidamente, sobre todo por iniciativa de Lenin, que proponía renunciar al programa de una asamblea constituyente, es decir, el sistema parlamentario burgués donde todo contribuía, decía él, a establecer "una democracia sólo para los ricos"- y pasar directamente a otra forma de organización en que el poder debía estar en manos de consejos elegidos desde abajo, con una etapa transitoria de dictadura del proletariado - porque no era previsible que los privilegiados del viejo sistema aceptaran su desposesión sin resistencias- que llevaría finalmente a establecer una sociedad sin estado y sin clases.

Para los millones de europeos en 1917 estaban combatiendo en los campos de batalla, y que habían descubierto ya que esa guerra no se hacía en defensa de sus intereses, la imagen de lo que estaba pasando en Rusia era la de un régimen que había liquidado la guerra de inmediato, que había repartido la tierra a los campesinos, que otorgaba a los obreros derechos de control sobre las empresas y que daba el poder a consejos elegidos que debían ejercer de abajo arriba.

El nuevo emperador de Austria-Hungría, Carlos I, le escribía el 14 de abril de 1917 al Kaiser: "Estamos luchando ahora contra un nuevo enemigo, más peligroso que las potencias de la Entente: contra la revolución internacional". Carlos -que, por cierto, fue beatificado en 2004 por el papa Woytila- había sabido entender la diferencia que representaba lo que estaba pasando en Rusia: se había dado cuenta de que aquel era un enemigo "nuevo", que no había que confundir con lo que significaban las revueltas, manifestaciones y huelgas que se habían producido, y seguían produciéndose en aquellos momentos, en Austria y Alemania.

Porque es verdad que en los dos países se estaban produciendo tantos movimientos de protesta que hicieron nacer entre los bolcheviques rusos la ilusión, totalmente equivocada, de que la revolución se podía extender fácilmente en la Europa central. No llegó a haber una revolución ni siquiera en Alemania, que era donde parecía más inminente. Pero el miedo de que pudiera producirse fue lo que explica que a principios de noviembre de 1918 los jefes militares alemanes decidieran que habían de acabar la guerra para poder destinar las fuerzas a aplastar la revolución. Fueron los militares los que, ante la necesidad de satisfacer las exigencias que el presidente norteamericano Wilson ponía para negociar la paz, destituyeron el emperador y optaron por pasar el poder a un gobierno integrado por socialistas, con la condición, pactada previamente entre los jefes del ejército y el del Partido socialista, Friedrich Ebert, que "el gobierno cooperará con el cuerpo de oficiales en la supresión del bolchevismo".

Los temores de los militares tenían suficiente fundamentos, ya que parecía que si en algún lugar podía repetirse la experiencia soviética era en la Alemania de noviembre y diciembre de 1918, cuando en Baviera y Sajonia se proclamaban "repúblicas socialistas", y en Berlín se reunía un congreso de los representantes de los Consejos de trabajadores y de soldados de Alemania donde, entre otras cosas, se reivindicaba que la autoridad suprema del ejército pasara a manos de los consejos de soldados y que se suprimieran los rangos y las insignias. La gran victoria de Friedrich Ebert fue conseguir que el congreso de los consejos aceptara la inmediata elección de unas cortes constituyentes, que permitieron asentar un gobierno de orden y desvanecieron la amenaza de una vía revolucionaria.

Mientras tanto los Freikorps, unos cuerpos paramilitares de voluntarios reclutados por los jefes del ejército, que estaban integrados por soldados desmovilizados, estudiantes y campesinos, dirigidos por tenientes y capitanes, y que actuaban con el apoyo del ministro de Defensa, el socialista Gustav Noske, hacían el trabajo sucio de liquidar la revolución. Comenzaron reprimiendo a sangre y fuego un intento prematuro de revuelta que tuvo lugar en Berlín el 5 de enero de 1919, y que terminó con el asesinato de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburgo, y siguieron luego disolviendo violentamente los consejos de trabajadores y de soldados y liquidando la república soviética de Baviera. No se suele destacar lo suficiente la importancia que tuvo este movimiento contrarrevolucionario que se extendió por Alemania, Austria, Hungría y los países bálticos, con la estrecha colaboración de unos dirigentes políticos que estaban movidos por un terror obsesivo de la revolución rusa. Quizás os sirva para valorarlo saber que estos cuerpos llegaron a contar entre 250.000 y 400.000 miembros.

La revolución quedó así aislada en Rusia, lo que no preocupaba demasiado. Ingleses y franceses se cansaron pronto de apoyar a los ejércitos blancos que luchaban contra los soviéticos y lo dejaron correr, preocupados por reacciones como la revuelta de los marineros de la flota que los franceses habían enviado el mar Negro. Lo que realmente les preocupaba era la posibilidad de que el ejemplo soviético se extendiera a sus países: temían sobre todo el contagio.

El malestar de los años que siguieron al fin de la Gran Guerra en Francia, en Inglaterra (donde en 1926 se produjo la primera huelga general de su historia), en España (donde de 1918 a 1921 se desarrolla lo que se llama habitualmente el "trienio bolchevique") o en Italia (con las ocupaciones de fábricas de 1920) no llevó a ninguna parte a movimientos revolucionarios que aspiraran a tomar el poder. En Italia, por ejemplo, tanto el partido socialista como el sindicato mayoritario se negaron a apoyar actuaciones encaminadas a la toma del poder. De esta manera la ocupación de las fábricas no podía llevar más allá de la obtención de algunas concesiones de los patrones. Pero el miedo a la revolución "à la rusa" estaba muy presente en el imaginario de los dirigentes de la Europa burguesa, y los sindicatos aprendieron pronto a usarla para negociar con mayor eficacia las condiciones de trabajo y los salarios.

Las mejoras en el terreno de la desigualdad que se fueron consiguiendo posteriormente, desde la década de los treinta, no se explicarían suficiente sin el pánico al fantasma soviético. Cuando la crisis mundial creó una situación de desempleo y de pobreza extremas, se recurrió a dos tipos diferentes de soluciones. En países donde la amenaza parecía más grande, como eran Italia y Alemania, los movimientos de signo fascista comenzaron disolviendo los partidos y sindicatos izquierdistas violentamente.

En el caso de Alemania, Hitler repitió en 1934 el pacto con el ejército que Ebert había hecho en noviembre de 1918. Ante la amenaza que representaban las tropas de las SA, que querían sacar adelante las promesas revolucionarias de los programas nazis, los militares avisaron a Hitler de que o bien detenía el asunto él o lo haría el ejército por su cuenta. Los militares colaboraron dando armas a las SS para el exterminio de las SA que se produjo a partir de la noche de los cuchillos largos, el 30 de junio de 1934. Pero quizá lo más interesante sea la justificación que Hitler dio de su actuación en este caso, al decir que había querido evitar que se volviera a producir en Alemania un nuevo 1918.

En otro caso en que las consecuencias de la crisis eran de una gravedad extrema, como era el de los Estados Unidos, la solución consistió en establecer una política de ayudas y de concesiones en el terreno social, dentro del programa del New Deal. Se suele ignorar que los años que van de 1931 a 1939 fueron un tiempo en los Estados Unidos de grandes huelgas y de graves conmociones sociales. Con motivo de una de estas huelgas, Los Angeles Times escribía: "La situación (...) no se puede describir como una huelga general. Lo que hay es una insurrección, una revuelta organizada por los comunistas para derribar el gobierno. Sólo se puede hacer una cosa: aplastar la revuelta con toda la fuerza que sea necesaria".

Aparte de estas luchas, los trabajadores estadounidenses utilizaban también para defenderse de la crisis medidas de auto-organización: en Seattle el sindicato de los pescadores intercambiaba pescado para frutas, verduras y leña. Había 21 locales, con un comisario delante, para hacer estos intercambios. A finales de 1932 había 330 organizaciones varias de auto-ayuda para todo el país, con 300.000 miembros.

Sin este contexto de luchas sociales no hay forma de encontrar una explicación racional del New Deal y de sus medidas de ayuda, como la Civil Works Administration, que llegó a dar empleo a 4 millones de trabajadores, o el Civilian Conservation Corps, que cogía jóvenes solteros y los llevaba a trabajar en los bosques pagándoles un salario de un dólar al día para trabajos de recuperación o de protección contra las inundaciones. Todo esto se hacía bajo la vigilancia inquieta de los empresarios, que veían por todas partes la amenaza del socialismo. De hecho, el miedo a la clase de giro a la izquierda que les parecía que se estaba produciendo con Roosevelt generó una fuerte reacción que es lo que explica que en 1938 se fundara el Comité del congreso sobre actividades anti-americanas, encargado de descubrir subversivos en los sindicatos o entre las organizaciones del New Deal. El macartismo no es un producto de la guerra fría, sino la continuación del pánico contra lo rojo nacido en los años treinta.

Tras el fin de la segunda guerra mundial, en 1945, el miedo a la extensión del comunismo en Europa parecía justificada por el hecho de que los años 1945 y 1946 los comunistas obtuvieron más del 20 por ciento de los votos en Checoslovaquia, en Francia (donde fueron el partido más votado) y en Finlandia, y muy cerca del 20 por ciento en Islandia o en Italia. No había en ninguno de estos casos [hubo] propósitos revolucionarios por parte de los comunistas, porque, paradójicamente, el propio Stalin se había convertido a la opción parlamentaria, y aconsejaba a los partidos comunistas europeos que no se embarcaran en aventuras revolucionarias.

La guerra fría tenía el objetivo de crear una solidaridad en la que los Estados Unidos ofrecerían a sus aliados la protección contra el enemigo revolucionario, del que sólo ellos podían salvar, con su superioridad militar, reforzada por el monopolio de la bomba atómica. Detrás de este ofrecimiento de protección había el propósito de construir un mundo de acuerdo con sus reglas, en el que no sólo tendrían una hegemonía militar indiscutible, sino también un dominio económico.

Mantener este clima de miedo a un choque global contra un enemigo, el soviético, que podía aplastar cualquier país que no estuviera bajo la protección de los estadounidenses y de sus fuerzas nucleares, era necesario para sostener este control político global, y para hacer negocio, de paso.

Aparte de eso, sin embargo, la necesidad de hacer frente a lo que temían realmente, que no eran las armas soviéticas, sino la posibilidad de que ideas y movimientos de signo comunista se extendieran por los países "occidentales", los llevó a todos a recurrir a políticas que favorecían un reparto más equitativo de los beneficios de la producción y a un abastecimiento más amplio de servicios sociales universales y gratuitos: son los años del estado del bienestar, los años en que encontramos los valores mínimos en la escala de la desigualdad social.

Desde 1968, sin embargo, se empezó a ver que no había que temer ningún tipo de amenaza revolucionaria, porque ni los mismos partidos comunistas parecían proponérselo. En el París de mayo de 1968, en plena euforia del movimiento de los estudiantes, que estaban convencidos de que, aliados con los trabajadores, podían transformar el mundo, el partido comunista y su sindicato impidieron cualquier posibilidad de alianza y se contentaron pactando mejoras salariales con la patronal y recomendando a los estudiantes que se fueran a hacer la revolución a la Universidad. Al mismo tiempo, los acontecimientos de Praga demostraban que el comunismo soviético no aspiraba a otra cosa que a mantenerse a la defensiva, sin tolerar cambios que pusieran en peligro su estabilidad.

A mediados de los años setenta, a medida que resultaba cada vez más evidente que la amenaza soviética era inconsistente, los sectores empresariales, que hasta entonces habían aceptado pagar la factura de unos costes salariales y unos impuestos elevados, comenzaron a reaccionar. La ofensiva comenzó en tiempos de Carter, impidiendo que se creara una Oficina de representación de los consumidores, por un lado, y abandonando los sindicatos en la defensa de sus derechos, por otra, y prosiguió con Reagan en Estados Unidos, y con la señora Thatcher en Gran Bretaña, luchando abiertamente contra los sindicatos. Como consecuencia de esta política comenzaba de nuevo el crecimiento de la curva de la desigualdad, que se alimentaba de la rebaja gradual de los costes salariales y fiscales de las empresas.

¿Se puede considerar una simple coincidencia que la mejora de la igualdad se haya producido coetáneamente a la expansión de la amenaza comunista -o, más exactamente, del miedo a la amenaza comunista- y que el cambio que ha llevado al retorno a las graves proporciones de desigualdad que estamos viviendo hoy coincida con la desaparición de este factor?

Y déjenme insistir: no me estoy refiriendo a la amenaza de la Unión Soviética como potencia militar, que nunca existió (las diferencias de potencial militar en favor de los Estados Unidos eran enormes, pero eso se escondía al público, que de otro modo quizá no habría aceptado tan mansamente los gastos y las restricciones que comportaba la guerra fría). Me estoy refiriendo a la amenaza, para decirlo con los términos usados para afianzar estos miedos, del "comunismo internacional"; al miedo a la subversión revolucionaria.

Dejadme que cite un testimonio de extraña lucidez que supo ver por dónde podían ir las cosas muy bien, ya en el año 1920. El testigo es el de Karl Kraus, que escribió entonces: "Que el diablo se lleve la praxis del comunismo, pero, en cambio, que Dios nos lo conserve en su condición de amenaza constante sobre las cabezas de los que tienen riquezas; los que, a fin de conservarlas, envían implacables los otros a los frentes del hambre y del honor de la patria, mientras pretenden consolarlos diciendo y repitiendo que la riqueza no es lo más importante de esta vida. Dios nos conserve para siempre el comunismo para que esa chusma no se vuelva aún más desvergonzada (...) y que, al menos, cuando se vayan a dormir, lo hagan con una pesadilla".

Y es que buena parte de lo que llamamos progresos sociales, desde la revolución francesa hasta la fecha, está estrechamente asociado a las pesadillas de las clases acomodadas, obligadas a hacer concesiones como consecuencia del miedo a perderlo todo a manos de los bárbaros. La abolición de la esclavitud, por ejemplo, no se explicaría sin el pánico que produjo la matanza de los colonos en Haití durante la revolución de 1791. Que resulte que en la actualidad hay en el mundo más esclavos que en 1791 (la cifra actual de los trabajadores forzados se calcula que oscila entre los 13 y los 27 millones) obliga a hacer algunas reflexiones sobre el significado de lo que los libros de historia llaman abolición de la esclavitud.

Nada comparable, sin embargo, con el pánico que provocó desde su inicio la revolución rusa, y que se ha mantenido persistentemente tanto en el terreno de la propaganda política como en el de la historia. Aún hoy los hechos de Ucrania son aprovechados para rehacer la misma historia de la amenaza al mundo libre. En un artículo de una revista erudita de historia de la guerra fría que estudia las organizaciones "stay behind", que Estados Unidos y Gran Bretaña montaron en Europa para poder oponerse a un posible ascenso comunista, la más conocida de las cuales es Gladio, que preparaba una respuesta violenta en Italia si los comunistas ganaban unas elecciones, el autor trata de justificar que siguieran incluso después de la desaparición de la Unión Soviética y argumenta que, con la agresión rusa actual en Ucrania, tiene lógica mantener "algunos de los mismos elementos de seguridad" de la guerra fría. O sea que el anticomunismo dura incluso después de la muerte del comunismo.

Nos hemos nutrido de la historia criminal del comunismo, que se nos sigue repitiendo cada día, y nos ha faltado, en cambio, conocer en paralelo una historia criminal del capitalismo que permitiera situar las cosas en un contexto más equilibrado. El estudio de la revolución rusa, como veis, es necesario para entender la historia del siglo XX, y la situación a la que esta historia nos ha llevado.

Hay, sin embargo, más motivos que hacen necesario este estudio, a los que me referiré brevemente porque el tiempo no da para más. Uno de los más importantes es el de dilucidar porqué el proyecto social de 1917 terminó fracasando. Y no me refiero al hundimiento final de la estructura política de la Unión Soviética después de 1989, sino a la incapacidad de construir ese modelo de una sociedad libre y sin clases que se había planteado al inicio de la revolución.

Es un tema que nos obligará a revisar toda una serie de cuestiones, empezando por la crisis de marzo de 1921, cuando se celebraba el décimo congreso del partido comunista, mientras los trabajadores de Petrogrado se declaraban en huelga, con el apoyo de los marineros de la base de Kronstadt, no sólo por razones económicas, sino en demanda de más derechos de participación, y de nuevas elecciones a los soviets, que se habían convertido, en el transcurso de la guerra civil, en una simple cadena de transmisión de las órdenes dadas desde arriba por unos mandos que no habían sido elegidos.

Tendremos que explorar después qué significaba realmente el programa de la planificación tal como lo estaban elaborando, hasta 1928, los hombres que trabajaban en el Gosplan, y la forma en cómo su proyecto fue pervertido por Stalin, que lo convirtió en un instrumento para un proyecto de industrialización forzada, que tenía que ir acompañado de una política de terror encaminada a someter a amplias capas de la población a unas condiciones de trabajo y de explotación inhumanas.

O tendremos que investigar las razones del fracaso del proyecto de las democracias populares en 1945, del que hablaba Manfred Kossok, que lo vivió, evocando "aquellos años de las grandes esperanzas, de las visiones, de las utopías -la [del] fin del imperialismo en 10 o 20 años, liberación de todos los pueblos, bienestar universal, paz eterna- unos años de ilusiones heroicas: el socialismo real como el mejor de los mundos". Un proyecto del que decía Edward Thompson: "este fue un momento auténtico, y no creo que la degeneración que siguió, en la que hubo dos actores, el estalinismo y occidente, fuera inevitable. Pienso que hay que volver a ocuparse de esto y explicó que este momento existió". Hay, en efecto, que estudiar todos estos momentos diversos en que las cosas pudieron ser diferentes.

Y hay un aspecto central de esta cuestión que habría que examinar con detenimiento. ¿Tenía viabilidad el proyecto de Lenin de crear una sociedad sin clases, que implicaba abolir no sólo el aparato del estado sino el trabajo asalariado? No hace mucho que Richard Wolff, profesor emérito de Economía de la Universidad de Massachusets, repasaba diversos momentos de la historia de las revoluciones –la abolición de la esclavitud, el fin del feudalismo, la revolución socialista de 1917- y mostraba que cada una de ellas había aportado beneficios y libertades, pero que todas habían acabado dejando el terreno abierto a una nueva forma de explotación (en el caso de 1917, la de un capitalismo de Estado) porque no habían sabido entender que la sola forma de abolir la explotación es acabar con la extracción de los excedentes del trabajo de las manos de los que lo producen.

Para Wolff esto se consigue con formas de organización cooperativas y apunta a un movimiento bastante interesante de formación de pequeñas cooperativas que se desarrolla actualmente en los Estados Unidos. Pero olvida un aspecto que Lenin tenía suficientemente en cuenta: que a fin de abolir la explotación lo primero que hace falta es haber despojado del poder político a los que resultarían perjudicados con este cambio. Podría servir de ejemplo lo ocurrido con Mondragón, que muchos, incluyendo el mismo Wolff, presentaban como el modelo de una alternativa. Puedes hacer lo que quieras montando cooperativas, grandes o pequeñas, pero no cambiará nada si mientras tanto tienes en Madrid un Montoro que tiene a su disposición todo el poder del estado para modificar las reglas como le convenga.

Otra propuesta que sería interesante considerar, pero de la que conocemos todavía demasiado poco, es la de Abdullah Öcalan, el dirigente del PKK kurdo, aprisionado por los turcos desde 1999, que hace unos años propuso la fórmula del confederalismo democrático, que propone reemplazar el estado-nación por un sistema de asambleas o consejos locales que generen autonomía sin crear el aparato de un estado. Hoy este proyecto tiene una primera plasmación en Rojava, la zona del norte de Siria donde se ha instalado el que un reportaje de la BBC califica como "un mini-estado igualitario, multi-étnico (porque encierra en pie de igualdad kurdos, árabes, y cristianos), gobernado comunitariamente". Son justamente los que están combatiendo para reconquistar la ciudad de Kobane. Os recomiendo que veáis este documental de la BBC -lo encontrareis tanto en Google como en YouTube, con el título de "Rojava: Sirya’s secret revolution".

¿Por qué hablo de estas cosas, que parecen muy lejos del estudio de la revolución de 1917? He dicho antes que debíamos estudiarla para llegar a entender nuestra propia historia; pero es evidente que este estudio no lo veo como un puro ejercicio intelectual sin fines prácticos. La utilidad que puede tener, que debe tener, es la de ayudarnos a rescatar de aquellos proyectos que no tuvieron éxito -por errores internos y por la hostilidad de todas las fuerzas que se oponían a los avances sociales que promovían - lo que pueda servirnos aún para el trabajo de construir una sociedad más libre y más igualitaria. Porque me parece indiscutible que el propósito que movió a los hombres de 1917 era legítimo. Como dijo Paul Eluard: "Había que creer, era necesario / creer que el hombre tiene el poder / de ser libre y de ser mejor que el destino que le ha sido asignado". Y pienso que necesitamos seguirlo creyendo hoy.

(Conferencia pronunciada por Josep Fontana en el acto de presentación de la comisión del centenario de la Revolución Rusa)

* Josep Fontana, miembro del Consejo Editorial de SinPermiso, es catedrático emérito de Historia y dirige el Instituto Universitario de Historia Jaume Vicens i Vives de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Maestro indiscutible de varias generaciones de historiadores y científicos sociales, investigador de prestigio internacional e introductor en el mundo editorial hispánico, entre muchas otras cosas, de la gran tradición historiográfica marxista británica contemporánea, Fontana fue una de las más emblemáticas figuras de la resistencia democrática al franquismo y es un historiador militante e incansablemente comprometido con la causa de la democracia y del socialismo.


Fuente: Sin Permiso.

Tomado de Tercera Información

http://www.tercerainformacion.es/opinion/opinion/2016/08/21/por-que-nos-conviene-estudiar-la-revolucion-rusa

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