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lunes, 7 de octubre de 2013

Pecado original y castigo: justificación de la opresión y del dominio global

Pecado original y castigo: justificación de la opresión y del dominio global
Manuel Moncada Fonseca

El eterno pecado original

Nadie nace pecador, ni santo. Nadie es ni una, ni otra cosa. Las personas, como los procesos que impulsan, poseen virtudes y defectos, salvo las que se sitúan, a sí mismas, por encima del bien y del mal; presentándose como dioses para cometer las peores atrocidades que los anales históricos registran, justo porque en ellos no hay rastro de humanidad.

Es inconcebible que se admita que seres que están a años luz de su nacimiento, carguen de antemano, pero muy de antemano,  la marca del pecado. Ello es no sólo inconcebible, sino profundamente perverso. Así, de forma insospechada, a los pueblos se les ha inculcado siempre la sumisión, la aceptación acrítica de todo lo que el poder estatal opresor imponga, tenga ello carácter económico, político, espiritual, seglar o de cualquier tipo. Y si se trata de un poder foráneo, con mucha mayor razón.

Partiendo del supuesto que la humanidad de conjunto es de por sí pecadora, no sólo se supone una falsa redención que, secularmente, se ha ofrecido, sino también el castigo real a la misma. En una cosa tan sencilla como la del pecado original,  descansa no sólo que, a condición de una obediencia ciega, podamos “redimirnos” del mismo, sino también el castigo más grande para las naciones que nunca hayan oído u oigan hablar del Señor, llámese este Imperio Romano, Español, Inglés o Estadounidense, poder entre poderes... o, apenas, una sede del poder global…

Lo bueno y lo malo son cosas relativas, que no relativistas; esto es, que no son absolutos, pero tampoco son meras elucubraciones subjetivistas. Dependen de las percepciones de cada momento histórico; de las tradiciones culturales y, hoy, en gran medida, de lo que los grandes poderes globales de carácter militar, industrial, petrolero, farmacéutico, mediático etc. impongan como “bueno” o “como malo”. De ahí que, con suma frecuencia, a la víctima se le presenta como “verdugo” y a éste como “víctima”.

No se trata, desde luego, de ver las cosas en blanco y negro, a lo maniqueo. No. El punto es otro. Se trata de la necesidad de asumir una posición definida ante quienes tratan de imponer su voluntad, su razón, sus leyes y su orden a los pueblos. Por lo demás, la visión maniquea no es responsabilidad de los pueblos, sino de sus verdugos internos o foráneos.

Bosques “habitados por indios…” no por el “hombre”

EEUU, desde siempre, ha presentado la conquista del territorio sobre el que hoy se asienta, a partir de su supuesta excepcionalidad entre los pueblos que habitan el orbe. Un compendio oficial de la historia de este país, refiriéndose a la corriente migratoria de Europa a América del Norte, refiere que la misma fue poderosa y edificó “una nueva civilización en un continente otrora salvaje”. Y desarrollando la idea expresa: “Lo primero que vieron los colonos de la nueva tierra fue un panorama de bosques espesos. A decir verdad, esos bosques estaban habitados por indios, muchos de ellos hostiles, y a la amenaza de sus ataques habría de sumarse a las penalidades de la vida diaria.” Y desde luego, según esta versión de los hechos históricos -antes de la conquista de las 13 colonias que constituyeron EEUU sobre territorio ajeno-, México, las indias Occidentales y América del Sur, se habían convertido en florecientes colonias españolas. Un detalle, para nada insignificante, merece traerse a colación; a saber, lo que expresara John Smith, fundador de la colonia de Virginia, en 1607: “Nunca el cielo y la tierra estuvieron más de acuerdo en enmarcar un lugar para que el hombre la habite.” [1]

Así las cosas, América toda, se puede colegir a partir de lo leído arriba, no estaba habitada por el “hombre”, sino por “indios”; y éstos eran, en buena medida, “hostiles”. Luego, eran pecadores y, como tales, debían ser castigados… Había que echarlos sin piedad de de sus tierras; arrebatarle sus bienes, diezmar a su población y reducirlos a la esclavitud.

Bernardo de Vargas Machuca (1555-1622), soldado y capitán castellano que llegó a América en 1578, siguiendo a Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), debatiendo sobre la legitimidad de la conquista de América, expuso; 1) que las guerras que los españoles desataron contra los nativos eran justas; 2) que estimándose a éstos menos entendidos, se les obligaba a someterse a los más prudentes, los conquistadores y, en consecuencia, que de no proceder conforme a ello, a los nativos se les podía hacer la guerra. Para Sepúlveda era lícito desatar guerras contra pueblos que, para él, eran “siervos por naturaleza”, debiendo por su “barbarie”, someterse a las naciones “más cultas y civilizadas”.[2]

Mentís contra la deformación de los hechos históricos

Mas el mismo opresor es, no pocas veces, quien con propósito de informar a sus superiores o de registrar en su diario personal sus propias vivencias, revela la verdad sobre el oprimido. Así, Colón, en relación con los arawuaks antillanos -muy parecidos según Howard Zinn a los indígenas del continente-, anotó en su diario algo muy distinto al supuesto de la condición hostil del nativo del llamado Nuevo Mundo (concepto que sutilmente encierra su origen colonial):

“Nos trajeron loros y bolas de algodón y lanzas y muchas otras cosas más que cambiaron por cuentas y cascabeles de halcón. No tuvieron ningún inconveniente en darnos lo que poseían… Eran de fuerte constitución, con cuerpos bien hechos y hermosos rasgos… No llevan armas, ni las conocen. Al enseñarles una espada, la cogieron por la hoja y se cortaron al no saber lo que era. No tienen hierro. Sus lanzas son de caña… Serían unos criados magníficos… Con cincuenta hombres los subyugaríamos a todos y con ellos haríamos lo que quisiéramos.” [3]

En una línea distinta, la autora Laurette Sejourne habla de “la singular lealtad” de los nativos americanos; pues a todo lo largo del proceso de “conquista no se registra un solo caso de españoles muertos después de haber recibido hospitalidad, cuando su desaparición hubiera salvado millares de vidas”. Todo lleva a pensar, sostiene la misma autora, “que para los autóctonos era inadmisible un ataque sin previa declaración de guerra y la manera como dejan perder invariablemente todas las buenas ocasiones de deshacerse de sus agresores obliga a pensar que la traición [por parte del conquistador español] fue un arma más eficaz todavía que el arcabuz o que el cañón”.[4]

“Comunidad Internacional” y “Clero Secularizado”

Conectado estrechamente a la idea del castigo al pecador, está una multiplicidad de conceptos engañosos. La comunidad internacional debe entenderse como el conjunto de todos los seres humanos, sin excepción. Sin embargo, justamente para facilitar que las posiciones de los poderes globales imperantes se vean como la encarnación de la voluntad de todas las personas del orbe, se habla incasablemente de una “Comunidad Internacional” que siempre se reduce a los gobernantes de las naciones más poderosas de Occidente.

Habla Obama y a la par habla Hollande, los guerreristas más furibundos del momento, y habla así la “Comunidad Internacional”. Dos o tres personas, si incluimos a Cameron, definen en este momento, en nombre de todas las demás, quién es tirano y quién es demócrata; quién es genocida y quién es rebelde. Pero los países en que desgobiernan estos tres personajes endiosados representan menos del 8 % de la población mundial.[5] Y ellos, por sí mismos, a nadie.

Y aparece acá, nuevamente, lo del pecador que debe ser castigado y lo del rebelde que, al menos mientras se castiga al primero, debe ser elogiado y, no sólo eso, sino también entrenado, financiado y armado hasta los dientes. Y como parte inseparable del Señor Todopoderoso al que la humanidad debe rendir pleitesía y obediencia, ahora aparece un “Clero Secularizado”, tal como dice con toda claridad la autora Ángeles Diez Rodríguez:

El caso de Siria es uno de los más paradigmáticos en los que desde el 2011 se evidencia con claridad el papel legitimador de la guerra jugado por ciertos intelectuales de izquierda. Una parte importante de éstos ha optado por servir de coro a la guerra mediática contra Siria investidos de una áurea ilustrada y cargados de principios morales de factura occidental. Desde sus púlpitos en los medios alternativos pero también en los masivos elaboran explicaciones, justificaciones y relatos que presentan como principios éticos cuando en realidad se trata de su opción política. Ridiculizan y simplifican, manipulan y tergiversan la opción de los militantes antiimperialistas e incluso se permiten enmendar la plana a los gobiernos latinoamericanos que, defendiendo la soberanía y el principio de no injerencia, se oponen a la guerra contra Siria.”[6]

Las grandes mentiras provienen, en lo esencial, de Occidente y sus incontables medios de incomunicación que todo lo exageran, lo abultan, lo deforman o lo inventan con propósitos siempre aviesos. Por lo demás, si buscamos la verdad como absoluto no existe. De ahí que cada quien busque una opción: con el imperio o con la humanidad. Acá no caben las medias tintas, los términos medios. Nos quedamos, pues, con el relato que los pueblos tienen de la realidad y no con el de ese “Clero Secularizado” del que habla críticamente Ángeles Diez Rodríguez, mismo que presenta como rebeldes angelicales a unos mercenarios que actúan con una brutalidad que supera a cualquier otra en la historia.

Castigando el pecado

Los grandes justicieros celestiales se encargan de castigar a “Satanás” y sus “seguidores”, de ahí que si a Iraq llegaron por la cabeza de Saddam Hussein, junto a él, debían liquidar a 1.450.000 personas; provocar 4.700.000 refugiados; dejar a 5.000.000 de huérfanos; 3.000.000 de viudas y causar 1.000.000 de desaparecidos.[7] Ello sin contar con los efectos catastróficos que ocasionan y ocasionarán, por mucho tiempo, las bombas de uranio empobrecido lanzadas sobre el territorio iraquí.

Contra Libia, en 2011, se coludieron 42 países; desataron 8751 ataques aéreos y bombardeos desde barcos.[8] El resultado fatal inmediato de ello fue, según los registros de la Cruz Roja Internacional, la muerte de 160.000 personas,[9] cantidad porcentualmente elevada de la población si se considera que esta nación árabe cuenta con sólo 6.597.960 habitantes.[10]

¿Puede extrañar que un cardenal secularizado y una sacerdotisa de la misma calaña hicieran prácticamente suyas estas palabras de un reportero otánico al que entrevistaran tras la “liberación” de Libia; a saber que los “rebeldes” debían “agradecimiento genuino” a los interventores yanqui-europeos, propiamente “hacia Francia, Estados Unidos y la OTAN”, “porque entienden”, no es para menos, “que nunca habrían ganado si no hubiera sido por esta intervención extranjera.”?[11]

En Siria, los muertos son, por lo menos, según el Secretario general de la ONU, Ban Ki-moon (el mayor cómplice de imperio fuera de la OTAN y del Consejo de Inseguridad de la ONU), más de 100.000 personas;[12] muertes que ese representante del clero secularizado ya citado, blandiendo una maltrecha argumentación, endosa por entero a Bashar all Assad: “con independencia de que haya usado o no armas químicas contra su propio pueblo, el régimen dictatorial de la dinastía Assad es el responsable primero y directo de la destrucción de Siria, del sufrimiento de su población y de todas las consecuencias, humanas, políticas y regionales que se deriven de ahí.”[13] Sólo le faltó decir “¡He dicho! Yo SAR”.


Notas:


[1] Servicio Informativo y Cultural de los Estados Unidos de América. Reseña de la Historia de los Estados Unidos.
[2] Castañeda, Felipe. “La Imagen del Indio y del conquistador en la Nueva Granada: el caso de Bernardo de Vargas Machuca”. http://ciruelo.uninorte.edu.co/pdf/eidos/4/3_La%20imagen%20del%20indio.pdf
[3] Howard Zinn. La otra historia de los Estados Unidos. Siete Cuentos Editorial. New York. Marzo de 2001. p. 9.
[4] Sejourne, Laurette. América Latina. I Antiguas culturas precolombinas. Historia Universal Siglo XXI. 1973. pp. 46-47.
[5] Général Dominique Delawarde. «Siria: injerencia deliberada, pretexto dudoso”.
[6] Ángeles Diez Rodríguez.   “Intelectuales al servicio de la guerra contra Siria”. http://www.cubadebate.cu/especiales/2013/09/19/intelectuales-al-servicio-de-la-guerra-contra-siria/
[7] Dirk Adriaensens. La escandalosa contabilización a la baja de los civiles muertos en Iraq”. http://www.iraqsolidaridad.org/2013/docs/Dirk_muertos_iraq_2013.html
[8] Manuel Moncada Fonseca. Complicidad con  las fuerzas que destruyeran y siguen destruyendo Libia. http://librepenicmoncjose.blogspot.com/2012/01/complicidad-con-las-fuerzas-que.html
[9] Thierry Meyssan. «La diplomacia debe conducir a una victoria de Siria y una paz duradera».
http://www.voltairenet.org/article180377.html
[11] Patricia Rivas y Santiago Alba Rico. “Lo que sucedió en Bengasi y otras ciudades de Libia del 17 al 20 de febrero fue una rebelión popular”. Entrevista a Reed Lindsay, reportero y realizador del documental Benghazi Rising. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=142387[12]  “La ONU confirma más de 100.000 muertos en la guerra de Siria”.
[13] Santiago Alba Rico. “Siria: la intervención soñada”. http://rebelion.org/noticia.php?id=173276

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