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domingo, 29 de enero de 2017

El tablero se ha movido: ¿es eso bueno o malo?

Imagen de RT

El tablero se ha movido: ¿es eso bueno o malo?
Carlos Molina

Sábado, 28 de Enero del 2017

La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha modificado muchas cosas. No solo los ciudadanos de ese país siguen con temor y temblor sus movimientos, también lo hacen millones de personas en países fronterizos (México) o “cercanos” (El Salvador). Por otro lado, a medida que pasan los días, asistimos a la transformación de los equilibrios de poder en el mundo entero, con la aparición de “interesantes protagonistas” (Rusia y China).

El tablero se ha movido, pero este movimiento aún no es claramente percibido por muchos críticos del nuevo presidente. Veamos, por ejemplo, lo que sucede con su anuncio de que Estados Unidos se retirará de varios acuerdos comerciales y de cooperación económica. ¿Es eso bueno o malo? ¿Deberíamos insultarlo o aplaudirle? Desde hace varios años, los movimientos “antiglobalización” lucharon contra el neoliberalismo y se opusieron a tratados como el CAFTA. ¿Qué dirán ahora? ¿No era eso lo que querían, el rechazo de los TLC? Bajo esta “lógica”, Donald sería “un buen tipo”. Sin embargo, algo nos dice que sus decisiones causarán toda clase de problemas. Entonces, ¿Trump ya no sería “tan bueno”?

La debilidad de estas “conclusiones” ―aparentemente válidas las dos― tiene su origen en la tendencia a evaluarlo todo en términos de “bueno o malo”, que en realidad no sirve para hacer distinciones útiles. Algo de esa matriz se percibe en las propaganda “antiTrump” que lo contrapone a un Obama convertido en “caballero gentil” y santo de traje y corbata. Frente a esta tontería, un poco de “memoria histórica” sería buena para poner en su sitio a los presidentes anteriores ―entre los que hay varios criminales de guerra y destructores de naciones― y quizás entonces podríamos hacer comparaciones que sirvan.

Otra limitación de muchos críticos es la poca o nula importancia que le dan a los problemas que enfrenta el proyecto neoliberal, al ascenso de nuevos nacionalismos y a la crisis de la supremacía estadounidense, escenario heredado por Trump de sus antecesores. En realidad, el tablero ya estaba movido cuando llegó el nuevo Mr. President y a él le toca ver cómo resuelve una partida que se le complica cada vez más. Por un lado, Rusia ha llegado a disputar el papel hegemónico de Estados Unidos, asumiendo el rol de “pacificador” que se atribuyera Bush padre, en su momento. Pero no nos engañemos, las propuestas de paz rusas en Siria son un duro golpe a los intereses estadounidenses y europeos en la región. Por su parte, China está lista para asumir su rol de líder económico mundial y ya hay declaraciones de sus dirigentes en esa dirección.

Con un tablero movido en su contra y dos contrincantes que juegan muy bien al ajedrez de la lucha por la dominación mundial ―y con vocación imperialista―, ¿debería extrañarnos que Estados Unidos se comporte como matón de barrio? Parafraseando a Slavoj Žižek, son “tiempos interesantes”. Ojalá terminen pronto.

(*) Académico y columnista de ContraPunto

http://www.contrapunto.com.sv/opinion/columnistas/el-tablero-se-ha-movido-es-eso-bueno-o-malo/324

viernes, 15 de abril de 2016

Vecino asesino

Vecino asesino

Jueves, 14 de Abril del 2016

No hace falta ser pacifista para oponerse a que grupos civiles armados se encarguen de la seguridad pública. Las armas no son el problema, sino las manos que las empuñarán. La violencia que sufren las comunidades es un asunto serio y deben enfrentarlo los profesionales de la seguridad. Incluso dejando a un lado a delincuentes, psicópatas y cobardes, los habitantes de las colonias carecen de la formación necesaria para semejante tarea y no es algo que se adquiere de la noche a la mañana. No solo se trata de aprender a disparar, sino de saber cuándo se debe usar un arma y cuándo no. Esto último distingue al profesional del matón de barrio.

La violencia actual no se puede combatir sin armas, decir lo contrario es una ingenuidad. Pero las armas solo podrán ser efectivas si se someten al derecho y las leyes, en ese orden. La Policía Nacional Civil (PNC) y, en casos excepcionales, las fuerzas armadas son las únicas instancias legítimas para desempeñar tareas de seguridad ciudadana y aún no hemos llegado al punto en el que debería ser de otra manera. Incluso aceptando sus limitaciones, policías y soldados bien preparados y con salarios decentes son lo más cercano a los profesionales que necesitamos. Por el contrario, un “Cuerpo de Defensas Comunales”, como el que propone el partido GANA, sería un lamentable retroceso.

Parece que el gobierno del FMLN ya olvidó la triste experiencia de las “defensas civiles”, esos semilleros de criminales armados hasta los dientes y protegidos por la impunidad que les brindaba su carácter “civil”. En nuestro país recordamos a las defensas civiles con el inequívoco nombre de “escuadrones de la muerte”. La “Sombra negra” y otros grupos de exterminio presuntamente constituidos por “ciudadanos honrados” son solo una versión más de esa barbarie, pero algunos irresponsables insisten en presentarlos como medida necesaria e incluso ética.

El argumento más importante en contra de grupos civiles armados y defensas comunales es que serán inútiles: no resolverán el problema de la delincuencia y seguramente lograrán incrementar la brutalidad y la zozobra ciudadana. Al escuchar a quienes “hablan en nombre de los buenos”, deberíamos recordar que, así como la presunta inocencia, la decencia y la capacidad deben probarse con hechos.

El canal Investigation Discovery transmitía una serie repleta de morbo: “Vecino asesino”. Si el gobierno no rectifica, pronto podríamos tener nuestro propio reality sórdido. Basta ver la clase de vecinos que solemos tener, no solo porque frecuentemente “se esconden” delincuentes entre ellos, sino también por la variada gama de motivos que hasta “el más honesto” acostumbra invocar para usar pistolas, desde un problema con el parqueo hasta la amenaza melenuda que corteja a “su princesa”.

Aún es tiempo de reconsiderar lo manifestado y recuperar la sensatez. El gobierno debe asumir su responsabilidad con la ciudadanía fortaleciendo la PNC y profesionalizando a las fuerzas armadas, trabajando por el respeto del Estado de derecho y exigiendo a sus funcionarios que lo respeten.

(*) Académico y columnista de ContraPunto

http://www.contrapunto.com.sv/#!/opinion/columnistas/Vecino-asesino/38

martes, 24 de noviembre de 2015

París, 13 de noviembre: ¿solidaridad sin análisis político?

París, 13 de noviembre: ¿solidaridad sin análisis político?

Carlos Molina  


Domingo, 22 Noviembre 2015


Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del nuevo moralismo apolítico y “postideológico”. Buena parte de los llamados a la solidaridad por los recientes ataques en París evitan analizar lo sucedido. Son expresión de un moralismo light que no toma partido, que se resiste a distinguir entre las víctimas o a preguntarse las razones por las que han sido asesinadas. Piensan, quizás, que indagando en las causas terminarán por justificar el terrorismo. Como si la ceguera fuese una especie de escudo contra la dureza de corazón. 

Es posible que estos buenazos simplemente sean incapaces de ver la diferencia entre “comprender” y “justificar” un hecho de ese tipo. Hay que notificarles que podrían condenar los atentados sin tener que negarse a entender por qué suceden, por qué ahí, por qué ahora, quiénes son los responsables, etc. Claro, para eso se requiere información y por información me refiero a prensa seria y responsable, artículo escaso en estos días.

Pero “otras razones” podrían ser distintas de la ignorancia. Me llamó mucho la atención cierto uso del argumento “todas las víctimas son importantes”. En lugar de emplearlo para indicar que llevamos varios años asistiendo a la barbarie protagonizada por los EEUU y la OTAN en el Medio Oriente ―“¿y todo ese montón de muertos no importa también?”―, parece que cumple la función inversa: “no me pidas que compare, porque no hay comparación posible”. Pero no se trata de un simple conteo de muertos “en uno y otro lado”, sino de entender que las decenas de un lado son el resultado de los cientos de miles en el otro. La comparación no solo es posible, sino necesaria.

Otros se sienten más cómodos apelando a La Barbarie, con mayúsculas, y a su rostro más publicitado por CNN: terrorista, islámico, árabe, sirio... Piensan que en “esa parte del mundo” los niños vienen con un AK-47 bajo el brazo. Del pasado colonial francés no quieren saber nada. “Eso fue hace mucho”, dicen. “Y tampoco viene a cuento que occidente haya creado, vestido y alimentado al Estado Islámico”. Así hablan.

También están los que arguyen que no se puede analizar un acto demencial, que ante las masacres la razón enmudece. Es mejor que sepan que las guerras no las hacen los locos sino la fría y calculadora racionalidad, y el voraz apetito de las potencias que no están dispuestas a compartir las riquezas del mundo. Hay que sospechar de quienes hablan de locura, sobre todo si veneran ese “noble legado occidental” llamado “modernidad” o “ilustración”. Frente a estas, piensan, los “enemigos de occidente” (sic) solo pueden ser locos o endemoniados.

Todas estas simplificaciones pierden el rumbo. La distinción moral entre quienes invaden un país ―la Francia de Sarkozy y Hollande― y quienes luchan contra el invasor ―Libia destruida por el primero y Siria que resiste al segundo― es totalmente relevante para nuestra solidaridad. Esta será moral y política o no será.

http://www.contrapunto.com.sv/opinion/columnistas/paris-13-de-noviembre-solidaridad-sin-analisis-politico

martes, 24 de febrero de 2015

Elecciones 2015: Dale la vuelta a tu argumento


Elecciones 2015: Dale la vuelta a tu argumento
Carlos Molina Velásquez (*) 
Lunes, 23 Febrero 2015

Carlos Molina Velásquez

¿Votarías por quien no conoces bien, solo porque te gusta su rostro, porque es joven (y no viejo) o porque es un desconocido (o no tan conocido) aspirante a diputado? Quizás estés convencido de que si un diputado “es malo” se debe a que obedece a una “línea partidaria”; por el contrario, si sus decisiones en la Asamblea fuesen “independientes” estaría garantizado que al país le iría mejor. En ese caso, ¿conoces realmente lo que cada diputado ha hecho en la Asamblea, si sus decisiones te favorecieron o no? ¿Sabes cuáles son los intereses (partidarios y no partidarios) de los nuevos aspirantes? Si no quieres botar tu voto, más vale que tengas respuestas razonables a estas preguntas. Más te vale. 

También fuera bueno que consideres otras cuestiones. La idea gratuita y peregrina de que votar por la bandera de un partido es algo poco democrático aparece, precisamente, cuando ARENA está en crisis. Ya es un cuento viejo: cuando a la derecha le va mal, comienza a criticar el sistema que ella misma ayudó a construir y a decir que es mejor cambiarlo. Claro, eso le resulta más sencillo que aceptar sus errores y enmendarse. Podemos entender que esto último no lo tiene fácil, pero no tenemos por qué tragarnos sus patrañas. No hay que confundirse: más que un aluvión de “demócratas desinteresados”, en el fondo de todo esto se agazapa la derecha taimada de siempre. ¿Estás dispuesto a seguirle el juego?

Por otro lado, el desprecio del voto por bandera es inseparable de la crítica “desquiciada”, poco fundamentada y visceral a los partidos políticos, a los políticos de carrera y a la política en general. A tal punto ha llegado este desatino que algunos profesores de ciencias políticas (o algo así) piensan que ser político e inmoral es lo mismo, y algunos políticos repiten (en serio) que no deberíamos considerarlos como tales. El último caso de este desorden mental es el candidato del lema “un político menos”. ¡Con este mismo lema anda pidiendo nuestros votos!

Bajo ciertas condiciones, el voto por rostro podría ser bueno, pero esto no es razón suficiente para descalificar el voto por una bandera que, más allá de los colores, representa una historia, un proyecto y un programa que puede convencernos e ilusionarnos (o quizás no). En realidad, no existe ninguna “maldad esencial” en la política, tampoco los partidos son instituciones perversas a priori. Al estar constituidos por personas, es a la condición humana compleja y lábil a la que debemos interpelar.

Realmente, es más seguro y recomendable evaluar la labor de los partidos y tomar decisiones políticas responsables marcando su bandera. Por el contrario, y considerando nuestra realidad política, atacar el voto por bandera con argumentos débiles y propuestas dudosas —como la supuesta superioridad del voto “por rostro” o ese disparate llamado “voto cruzado”— solo puede obedecer a una estrategia maliciosa, un acto desesperado o pura distracción.

(*) Académico y columnista de ContraPunto


Envío del autor

viernes, 15 de agosto de 2014

El verdadero problema no es que Palestina sea “otro país”

El verdadero problema no es que Palestina sea “otro país”
Carlos Molina Velásquez (*)

Viernes, 15 Agosto 2014

Muchas personas molestas por el viaje de Sigfrido Reyes usan argumentos racionales y bien justificados: el viaje es un despliegue innecesario, más propagandístico que útil para los palestinos y supone el gasto de fondos públicos que pudieron usarse mejor.

Sin embargo, no todos los “indignados” emplean los mejores argumentos y algunos son sencillamente inaceptables. Especialmente, me preocupa la afirmación de que no cabe protestar por la violencia en Palestina cuando en El Salvador padecemos la propia. Esto se basa, a su vez, en la idea de que primero debemos resolver los problemas de nuestro país y solo después podríamos ocuparnos de los problemas de otros países.

Quien señala que “la solidaridad —y la justicia, el respeto, la amistad— comienza en casa” quizá quiere decir que no se puede ser universalmente altruista si no se experimenta la generosidad en sus relaciones familiares, de amistad y entre conciudadanos, lo cual suena aceptable. Pero es un error pensar que nuestras obligaciones morales con quien vive al otro lado del mundo estarían condicionadas a que “todo funcione bien en nuestro barrio”. Tal “lógica” no es solo ingrata sino también estúpida, como veremos enseguida.

En estos días, millones de personas en el mundo entero condenan la barbarie israelita en Gaza y muchos miles se han movilizado a favor de los palestinos. Los mueve la convicción de que tienen una obligación moral con los que sufren violencia e injusticias, y lo que los une a ellos es su humanidad compartida. Podemos no estar de acuerdo con esta solidaridad, pero no hay duda del carácter moral de su naturaleza.

En el caso de los salvadoreños, francamente, la posición cerril de “en mi casa primero” resulta de una combinación de ignorancia de nuestra historia y cierta actitud mezquina cercana a la brutalidad. Sin el fluir constante de la solidaridad, la guerra civil que transformó este país para siempre habría sido imposible; y fue esa solidaridad surgida frente al horror de las masacres del Ejército, o ante el asesinato de Romero y los jesuitas, la que nos dio aliento, esperanza y la tan ansiada paz.

Una manera de demostrar que en verdad aprendimos algo de nuestro dolor es que luchemos para evitar que se repitan estos horrores, en el lugar que sea. Hace poco, los hermanos colombianos nos pidieron contribuir con nuestras experiencias a su proceso de paz. ¿Por qué nos extraña que en El Salvador se realicen marchas y se tomen medidas diplomáticas contra las políticas genocidas de Israel?

Es legítimo posicionarse contra una “línea Sigfrido” que, como su homónima nazi, apunta a que será inútil, meramente propagandística y onerosa. Pero hay que dejar de usar el viaje para atacar la legitimidad moral de la solidaridad que no reconoce fronteras, millas náuticas, etnias o credos religiosos. Quien insista en esta lógica aldeana y miserable no ataca realmente al diputado del Frente, sino al núcleo mismo de nuestra humanidad.

(*) Académico y columnista de ContraPunto


viernes, 20 de junio de 2014

No me toques el Mundial

No me toques el Mundial
Carlos Molina Velásquez (*)

Viernes, 13 Junio 2014 00:00

Disculpe el señor, si le interrumpo, pero en el recibidor
hay un par de pobres que
preguntan insistentemente por usted.

Joan Manuel Serrat.

“El fútbol me gusta demasiado, por lo tanto, no te metas con él”. Esta parece ser la justificación de muchas personas usualmente sensibles a las protestas populares, pero que prefieren no apoyarlas si ponen en peligro la Copa del Mundo. Es cuestión de prioridades, dicen: entiendo tus razones, pero me inclino por mis sentimientos (si no sonara demasiado extravagante, uno creería estar escuchando a David Hume).

Otros dicen que están a favor de los fines de las protestas (aumentos salariales, mayor inversión social, ejecución eficiente de las obras de infraestructura), pero rechazan los medios (manifestaciones en las calles, acciones de fuerza para defenderse de la violencia policial, huelgas). “Que protesten, pero sin perjudicar la fiesta mundialista”.

Tal ingenuidad solo es superada por la ignorancia acerca del trato a los ciudadanos en uno de los países más ricos y desiguales del mundo, y sobre cómo emplean la violencia legítima, cuando tienen que defender sus derechos. Decir que rechazamos la violencia “venga de donde venga” no es solidaridad, sino clara y llana irresponsabilidad.

Estamos ante un rasgo esencial de la moralidad estetizante hegemónica: el apoyo a una protesta estaría condicionado por los sentimientos de adhesión o rechazo que provoque. No hay nada novedoso, “posmoderno” o dañino en que los sentimientos jueguen un papel en la moral o la política, pero sí es grave que no se nos eduque para preguntarnos sobre la naturaleza de dichos sentimientos.

Es evidente la importancia de que nuestras elecciones nos hagan sentir bien, provocándonos satisfacciones afectivas o emocionales, etc., pero no todos los sentimientos agradables son razón suficiente para justificar una posición política o moral. Si mi amor por el fútbol no me autoriza a comprar un televisor, matando así de hambre a mis hijos, ¿debería justificar los gastos mundialistas, cuando podrían haber usado el dinero para sacar a la gente de la pobreza?

Con las sensaciones desagradables ocurre algo parecido: no podemos ignorarlas, pero tampoco tienen que decidir por nosotros. Si el malestar que me provoca la violencia callejera no justifica mi falta de solidaridad con quienes la emplean legítimamente, ¿puedo considerar moralmente razonable y aceptable que persigan, golpeen y encarcelen a los protestantes brasileños, si no les han dejado alternativa?

Debemos caer en la cuenta de que las protestas en Brasil apuntan hacia algo mucho más grande que nuestro corazoncito futbolero: de las tres grandes crisis de nuestro tiempo, dos son (a) la exclusión de millones de personas y (b) la cada vez más difícil convivencia —la otra es la imparable crisis ecológica— (Franz Hinkelammert).

Diga lo que diga nuestro pecho, no podemos posicionarnos de modo coherente si no tenemos criterios que vayan más allá de lo que sentimos, amamos u odiamos. Prima facie, cuando miles de personas reclaman nuestra atención, estamos obligados a escuchar y comprender.

(*) Académico y columnista de ContraPunto


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