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viernes, 20 de junio de 2014

No me toques el Mundial

No me toques el Mundial
Carlos Molina Velásquez (*)

Viernes, 13 Junio 2014 00:00

Disculpe el señor, si le interrumpo, pero en el recibidor
hay un par de pobres que
preguntan insistentemente por usted.

Joan Manuel Serrat.

“El fútbol me gusta demasiado, por lo tanto, no te metas con él”. Esta parece ser la justificación de muchas personas usualmente sensibles a las protestas populares, pero que prefieren no apoyarlas si ponen en peligro la Copa del Mundo. Es cuestión de prioridades, dicen: entiendo tus razones, pero me inclino por mis sentimientos (si no sonara demasiado extravagante, uno creería estar escuchando a David Hume).

Otros dicen que están a favor de los fines de las protestas (aumentos salariales, mayor inversión social, ejecución eficiente de las obras de infraestructura), pero rechazan los medios (manifestaciones en las calles, acciones de fuerza para defenderse de la violencia policial, huelgas). “Que protesten, pero sin perjudicar la fiesta mundialista”.

Tal ingenuidad solo es superada por la ignorancia acerca del trato a los ciudadanos en uno de los países más ricos y desiguales del mundo, y sobre cómo emplean la violencia legítima, cuando tienen que defender sus derechos. Decir que rechazamos la violencia “venga de donde venga” no es solidaridad, sino clara y llana irresponsabilidad.

Estamos ante un rasgo esencial de la moralidad estetizante hegemónica: el apoyo a una protesta estaría condicionado por los sentimientos de adhesión o rechazo que provoque. No hay nada novedoso, “posmoderno” o dañino en que los sentimientos jueguen un papel en la moral o la política, pero sí es grave que no se nos eduque para preguntarnos sobre la naturaleza de dichos sentimientos.

Es evidente la importancia de que nuestras elecciones nos hagan sentir bien, provocándonos satisfacciones afectivas o emocionales, etc., pero no todos los sentimientos agradables son razón suficiente para justificar una posición política o moral. Si mi amor por el fútbol no me autoriza a comprar un televisor, matando así de hambre a mis hijos, ¿debería justificar los gastos mundialistas, cuando podrían haber usado el dinero para sacar a la gente de la pobreza?

Con las sensaciones desagradables ocurre algo parecido: no podemos ignorarlas, pero tampoco tienen que decidir por nosotros. Si el malestar que me provoca la violencia callejera no justifica mi falta de solidaridad con quienes la emplean legítimamente, ¿puedo considerar moralmente razonable y aceptable que persigan, golpeen y encarcelen a los protestantes brasileños, si no les han dejado alternativa?

Debemos caer en la cuenta de que las protestas en Brasil apuntan hacia algo mucho más grande que nuestro corazoncito futbolero: de las tres grandes crisis de nuestro tiempo, dos son (a) la exclusión de millones de personas y (b) la cada vez más difícil convivencia —la otra es la imparable crisis ecológica— (Franz Hinkelammert).

Diga lo que diga nuestro pecho, no podemos posicionarnos de modo coherente si no tenemos criterios que vayan más allá de lo que sentimos, amamos u odiamos. Prima facie, cuando miles de personas reclaman nuestra atención, estamos obligados a escuchar y comprender.

(*) Académico y columnista de ContraPunto


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