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martes, 8 de julio de 2014

Individualidad versus individualismo

Individualidad versus individualismo
Manuel Moncada Fonseca

Ninguna persona que se precie de ser en verdad tal, bajo circunstancia alguna, debe negarse a sí misma. No hablamos de individualismo, asunto por completo detestable, por ser la variante negativa de la individualidad. 

Las personas vivimos en familia, en un barrio, en una ciudad, en el campo, en un país, en un continente, en el mundo.  De ahí la necesidad de que aprendemos a convivir; a tolerarnos mutuamente, mas no en el sentido neoliberal, aceptando como válida cualquier acción, por nefasta que resulte, lo  que, de fondo, se vive pregonando, a todos los vientos, por la ideología burguesa, se disfrace o se vista de mil formas.

No debemos ser individualistas, egocéntricos, ni mucho menos misántropos. Debemos practicar la solidaridad, la hermandad, el amor al prójimo, aunque jamás hacia las “personas” que hacen daño terrible a las demás; a ésas, francamente, debe odiárseles por lo que hacen, sobretodo, cuando han perdido todo vestigio de humanismo: genocidas, destructores de países enteros, opresores, interventores,  usurpadores de bienes sociales y de los bienes de la naturaleza. 

La individualidad, cuando se le comprende positivamente, es lo único que poseemos para ser libres y vivir dignamente. Es lo que nos vuelve plenamente personas. No se es persona por el simple hecho de vivir en sociedad; se es sólo a condición de que ella no se diluya, desde ninguna óptica, en lo familiar, lo colectivo, lo institucional, lo partidario, etc. Se es libre junto a otros y otras, junto a multitudes, junto a la humanidad entera, pero jamás, desconociéndonos como individuos particulares. Ello equivale a autoenajenación. 

Poseemos siempre, lo admitamos o no, seamos o no conscientes de ello, una posición ideológica dada; una inclinación política definida; una forma de comprender el mundo; etc., etc. Ello no es, en sí mismo, ni bueno, ni malo. Lo que sí resulta inadmisible es que, en aras de supuestos  intereses colectivos, se niegue a las personas o, peor aún, éstas se nieguen a sí mismas. Es lo propio del capitalismo en todas sus variantes, porque no hay, en este sistema social, ninguna variante que posea verdadero rostro humano; al menos no lleva jamás lo que pueda haber de humanista, en una u otra variante del mismo, hasta las últimas consecuencias. 

Pero este mal, el de negar a las personas reales, puede ocurrir en mayor o menor medida, aunque como ajeno a su naturaleza, por lo tanto como vicio, entre fuerzas e instituciones progresistas o revolucionarias. De ahí la necesidad de la crítica constructiva, rehusándose de plano, eso sí, a hacerla en los medios del enemigo, como suelen hacerlo los renegados a quienes dichos medios se ofrecen con más que sospechosa “generosidad”. 

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