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domingo, 12 de enero de 2014

La “pacificación” de Nicaragua por Estados Unidos o cómo Moncada se volvió presidente

La bandera de general Sandino, capturada por Marines estadounidenses en el año 1932.

Interventores, cipayos y luchadores
La “pacificación” de Nicaragua  por Estados Unidos o cómo Moncada se volvió presidente*
Manuel Moncada Fonseca

En general, es ampliamente conocida la historia que condujo al pacto del Espino Negro suscrito el 4 de mayo de 1927, pero son poco conocidos los pormenores de este tratado que puso fin a la Guerra Constitucionalista de 1925-1926; es decir, el maremágnum de cosas que llevó a José María Moncada a la presidencia en 1929.

Su posición ante la imposición Stimson

Gral. José Ma. Moncada con los militares norteamericanos con los que firmó el famoso pacto del “Espino Negro”. Foto tomada durante ese evento, en la ciudad de Tipitapa, Nicaragua; en donde se encontraron las tropas del Gral. Moncada y los comandantes de las fuerzas interventoras norteamericanas. (Foto original, propiedad de Flavio Rivera Montealegre)

Moncada establece que, en Henry L. Stimson, no sólo hubo deseo de paz sino también determinación para imponerla de cualquier forma, lo que dedujo “por el tono de la citación” que el segundo le hiciera. Ante dicha situación, en las filas liberales, se produjeron acaloradas discusiones. Pero se impuso el convencimiento de que el encuentro a realizarse iba a ser con un representante del presidente Coolidge, y de que hacerlo no importaba porque “lo cortés no quita lo valiente.”

Sin embargo, al emprenderse la marcha hacia el lugar del encuentro, en uno de los retenes, uno de los generales liberales quiso detener los vehículos en que Moncada y su comitiva viajaban. Sonaron disparos, pero se le convenció de la necesidad de conocer la voluntad de Estados Unidos y de “no dar coses contra el aguijón.”

Moncada expresa que, en el encuentro, Stimson le manifestó su deseo de hablar a solas con él; le “insinuó” que las armas debían rendirse y que Díaz debía ser reconocido; le dijo que gracias a Latimer, tenía conocimiento de que él era un hombre capaz no sólo de cumplir con su deber, sino también de llegar fácilmente a un acuerdo favorable a la “Patria”.[1] Antes de la paz de Tipitapa (4 de mayo de 1927), no obstante, Moncada se mostró  indignado cuando a Wiwilí llegaron a ofrecerle dinero para que depusiera las armas, expresando que, bajo ninguna circunstancia, lo haría y que tampoco aceptaría la permanencia de Díaz en el poder.[2] De todos modos, en el encuentro guardó las apariencias.

En este afán, le respondió a Stimson que el Presidente Constitucional de Nicaragua era Sacasa y que Díaz era tan sólo un usurpador; que reconocerlo equivalía a admitir que se había “derramado sangre por ambiciones egoístas y no por la legitimidad.” Con el mismo fin, dio a entender que se vio obligado a aceptar las condiciones señaladas por la amenaza de Stimson de que conseguiría la paz a costa de lo que fuera.

Y siendo inhumano continuar la “guerra con una nación de ciento veinte millones de habitantes”, cuando Nicaragua apenas tenía ochocientos mil, expresó su disposición a rendir las armas, insinuando lo que, en verdad, lo empujaba a dar semejante paso: la “condición de elecciones libres, presididas por marinos y de tratar con el Gobierno [norte] Americano, y no con el de Díaz, que no cumplirá su palabra.”

Los delegados de Sacasa, R. Espinoza, Leonardo Argüello y M. Cordero Reyes, por su parte, manifestaron, según Moncada, que ellos no aceptarían la responsabilidad del desarme; que tenían instrucciones de dejar que el asunto lo resolviera el Jefe del Ejército, quien, a su turno, se apresuró a declarar su disposición para asumir dicha responsabilidad. Sin embargo, en una carta del 5 de mayo de 1927, expresaron su desacuerdo con "todo lo que significaba la continuación de Díaz en el poder” y su protesta contra la determinación de desarme que Estados Unidos tenía. A Moncada le expresaron que las cosas no podían definirse por lo que a él pudiera convenirle. Este último dice no saber si sus correligionarios estaban así desaprobando o no su proceder, anotando que en realidad no se encontraba en un lecho de rosas y que en su “alma había una profunda rebelión.”

Y, justificando su proceder, en un manifiesto, Moncada expresa que el liberalismo había demostrado su poder derrotando al Partido Conservador, pero que todos sus esfuerzos de libertad y su propio honor, a última hora, habían sido anulados por voluntad de Estados Unidos y su Ejército; que no era humano obligar a los nicaragüenses a derramar su sangre “en estéril y triste sacrificio”; y que sus soldados podían inclinarse “ante la fuerza y rendir quizás las armas, pero no la dignidad y el decoro.” Añade que nunca había tenido momento de mayor angustia y meditación que cuando vivió la paz del Espino Negro, porque eso era una pesadilla para su alma  de patriota; y él no tenía valor, ni se sentía con derecho, para resolver, por sí sólo, lo que debía hacer el país entero.[3]

Las vacilaciones de Sacasa

El 7 de mayo  de 1927, Sacasa, en una nota a sus representantes, expresó que estaba en favor de la protesta que ellos habían expresado por la imposición de Stimson, pero que, en las circunstancias creadas, Moncada era el llamado a resolver el problema relativo al ejército. ¿De qué manera concebía Sacasa el arreglo del asunto? No se sabe, porque en su comunicación no dejaba nada en claro. Sin embargo, es sintomático que, en ella misma, dijera que en el mensaje que había recibido de sus representantes no encontraba “claramente expresada la opinión del general Moncada.”

¿Qué esperaba en realidad de éste? No sabemos, pero deploraba que el Gobierno de Estados Unidos persistiera en su propósito de “nulificar los derechos de una nación débil, únicamente por mantener un régimen nacido de un golpe de estado”, el de Adolfo Díaz, violentando así no sólo la constitución de Nicaragua, sino también el tratado centroamericano suscrito en Washington en 1923. Consecuentemente, no era del todo posible, a su parecer, aceptar dicho régimen.[4]

Como puede percibirse, Sacasa, por un lado, dejaba en manos de Moncada el problema del desarme; por el otro, protestaba contra la falta de una posición clara de parte del mismo. ¿Estamos, quizás, ante los dobleces y ambigüedades de un amable liberal tal como lo definía el historiador Roberto Cajina?[5]

Con relación a Moncada, una cosa es indudable: él nunca estuvo autorizado por nadie, más que por su propia ambición, para suscribir la paz del 4 de 1927.[6]

Puntualizaciones de Carlos Cuadra Pasos

Paradójicamente, no otro que Carlos Cuadra Pasos es el que desnuda el trasfondo del pacto del Espino Negro. Éste, según su parecer, fue una doble imposición: la de Díaz y la de Moncada. No hubo trato directo entre las partes beligerantes. Sacasa no aceptó el convenio y más bien abandonó el territorio nicaragüense, como protestante vencido. Y una parte del ejército encabezado por Moncada, desconociendo igualmente lo pactado, se alejó hacia el norte, bajo el mando de Sandino.

En Washington, por otra parte, Henry L. Stimson afirmaba la conveniencia que tenía, para justificar la política de su país en el Caribe, un triunfo del liberalismo en Nicaragua. Más aún, los oficiales de la marina estadounidense abiertamente manifestaban sus simpatías por Moncada, “por el mérito -añade Cuadra Pasos- de haber sido el factor principal para lograr la paz en Nicaragua sin derramamiento de sangre [norte] americana.”. Por lo demás, Moncada no olvidaría que en Tipitapa “floreció su presidencia.”[7] No en vano, por iniciativa “propia”, “espontánea” y “personal”, ya en su cargo de Presidente de Nicaragua, patrocinó la idea -por cierto fracasada- de llamar a Tipitapa con el nombre de Villa Stimson.[8]

De que Sacasa no consintió el desarme firmado en Tipitapa, da cuenta el mismo Moncada. Éste, pretendiendo curarse en salud, señala que Sacasa, Díaz y escritores estadounidenses, entre otros, habían dicho que él no había hecho “bien en la rendición de las armas”  y que incluso se le quería achacar  “la responsabilidad de la intervención en las elecciones”, a la que accedió “se dice, por interés personal.”

Y, con todo, sigue justificando su actitud, afirmando que el deber más alto y excepcional de la vida consiste en persistir, en no morir por heroísmo o por locura, porque la libertad puede encontrarse más tarde y defenderse siempre; los  muertos, en cambio, ante sí, “solamente tienen el sepulcro y la nada”, sin ninguna capacidad para hablar.[9] Y hay que ver que Moncada sí pudo seguir hablando... desde el poder presidencial que había acariciado, como dice Carlos Cuadra Pasos, desde muy joven.[10]

El viejo sueño de la presidencia

Moncada sostiene que Sacasa había autorizado a sus delegados que su nombre fuera propuesto a Stimson como sustituto de Solórzano, porque él era un Senador de la República y porque dicho diplomático lo aceptaría “por tratarse de persona amiga de la influencia [norte] americana en Nicaragua.” Todo porque, lejos de luchar por el restablecimiento del orden constitucional, apoyando la idea de que Sacasa asumiera la presidencia que legalmente le correspondía por renuncia de Solórzano, Moncada aspiró la presidencia para sí mismo.

Mas, queriendo guardar las apariencias, dice haber prohibido toda mención de su nombre como prospecto para la presidencia, porque, de lo contrario, los mismos liberales, con justicia, lo habrían acusado de traidor y porque se habría dudado de la rectitud de su proceder.[11] Pero en Lo porvenir (1898) Moncada ya proyectaba esa ambición de convertirse en mandatario.[12] Y se equivoca al plantear que los demás iban a dudar de su persona, porque, ciertamente, nadie tuvo dudas de que su presidencia floreció en el Espino Negro.

Y las acusaciones que Moncada lanzara contra Díaz, llamándolo “Presidente infeliz y cobarde que no ha podido vencer en el campo de batalla, [y] ha pedido el auxilio de los marinos [norte] americanos”, se volvieron en su contra, cuando suplicó la supervisión de las elecciones de 1928, y -asumiendo la presidencia en 1929- la permanencia de las tropas yanquis en suelo nicaragüense.[13]

Por lo demás, es insalvablemente contradictorio que el hombre que “generosamente” había entregado todo "su" capital a la revolución contra Zelaya y al que todo el mundo respetaba por su “honradez” y “patriotismo”,[i] resultara ahora un “infeliz”  y  un “cobarde". Ya instalado en la Presidencia del país, Moncada declaraba que, desde Matagalpa hasta las Costas del Océano Pacífico, la paz reinaba entre los nicaragüenses, excepto en el norte de Jinotega, en la frontera con Honduras (por Telpaneca) y en otros lugares asolados por bandoleros.[14]

Acusaciones contra Sandino

Moncada admite que aceptó el desarme del 4 de mayo  de 1927, así como la permanencia de Díaz en el poder, pero que todo lo hizo forzado y que, sólo en  estas circunstancias, había dado la promesa de que se esforzaría en convencer al ejército de la idea del desarme, lo que asumiría como una “obligación sagrada.” El argumento que utilizaría para eso sería el supuesto “de la imposibilidad de continuar la guerra.” Curiosamente, en el cálculo de que persuadiría a los jefes y a las tropas de la necesidad de la paz en unos ocho días,  hacía la salvedad de uno de los jefes del ejército, de Sandino, pues pensaba que éste, teniendo “ideas muy diferentes” de los demás y de las suyas, se alzaría “con las armas.”

Moncada cuenta que después de la batalla de Laguna de Perlas, Sandino llegó a Puerto Cabezas para solicitarle armas al presidente Sacasa; que al mismo le gustaba hablar de la necesidad de que los ricos fueran combatidos por los pobres, “de que éstos detestaban la propiedad y de otras cosas que son el lenguaje del comunismo” y, por consiguiente, él había tenido razones para negarle las armas que aquél había solicitado. Le achaca haber consentido el desarme, pero, en vez de firmarlo, como hicieran todos los demás, le escribió a él autorizándolo para hacerlo en su nombre.[15]

Señala que, en un encuentro anterior que tuvo con los jefes del Ejército, comprendió la farsa de Sandino, cruzando por su mente la idea de hacerlo prisionero, pero que un sentimiento de humanidad y de honor lo había detenido. Al fin y al cabo, acota, Sandino había compartido con todos la fatiga de la guerra. La diferencia entre ambos radicaba en que en éste privaban los “instintos y su desconocimiento del poder de Estados Unidos” así como “sus exaltaciones y fanatismo”; en él, por el contrario, obraba la voluntad y la conciencia de su responsabilidad.[16]

La realidad del desarme

Reuniendo a la tropa, Moncada manifestó que sabía que sus miembros eran denodados, pero que él carecía del valor para llevarlos al sacrificio, porque detrás de cinco mil marinos habría otros millares, como en 1912. Dijo a sus hombres que a una victoria segura los llevaría -como lo había hecho siempre-, pero que de ninguna manera los conduciría a la muerte segura. Con todo, como jefe estaba obligado a consultarlos, de modo que, si estaban dispuestos a continuar la lucha, él no los abandonaría, que, en ese caso, “iría con ellos al sacrificio.”

Al reunirse de nuevo con sus tropas, el 10 de mayo, Moncada recibió el visto bueno para arreglar “los términos definitivos del desarme general.” Firmaron todos, excepto Sandino. Sin embargo, es sintomático que reconociera que el desarme no era una “tarea tan fácil como Stimson creía. Los soldados llorando rompían los rifles. Ciento setenta hombres dejaron sus armas en el cuartel de Boaco, sin esperar el pago de diez pesos ofrecidos. Se oían entre los jefes voces de rebeldía. El Dr. Carlos A. Morales, Magistrado de la Corte Suprema había encontrado en los puertos de Boaco al General Luis Beltrán Sandoval, el segundo al mando del ejército, en camino para Granada con ametralladoras y soldados. Le convenció de que volviera a los cuarteles.”

Más aún, Moncada señala que, en vez de aprovechar el ofrecimiento de 30 mil córdobas que Stimson ofrecía como pago a los soldados que entregaran las armas ante los marinos estadounidenses, él prefirió marchar a caballo a Teustepe, comprendiendo que las tropas “se hallaban al borde de la insurrección”, la cual podía evitarse con su “presencia y abnegación.”[17]

El relevo histórico

Antes de la Paz del Espino Negro, en noviembre de 1926, Moncada expresó su temor de que los estadounidenses no estuvieran con los liberales por el celo que les producía el apoyo que México le brindaba a sus fuerzas. Por otra parte, se quejó de que Sacasa demorara mucho su retorno a Nicaragua, porque con ello seguían las dificultades del ejército. Y siempre que se le preguntaba sobre su regreso, prometía que lo haría, pero incumplía su palabra, provocando el empantanamiento de los liberales en la Costa Atlántica, cuando, según la convicción de Moncada, el triunfo estaba en el interior del país.

En diciembre del mismo año, Moncada declara que no le molesta la declaratoria de neutralidad de la Costa Atlántica por parte de los marinos. De hecho, en septiembre, él mismo se la había solicitado a Denis. Y confiesa que incluso agradeció su imposición a los interventores, sin percatarse de que el Pacífico también la sufriría. Lo que sí le molestaba era la posición del Departamento de Estado de estimar malos a los liberales y buenos a los conservadores porque eso, a su criterio, era “apasionamiento impropio de parte de una nación tan poderosa como Estados Unidos de América.”

Pensaba que eso había generado “las molestias y desazones que padecieron los marinos y también el Departamento de Estado”, al que la opinión mundial acusaba de imperialismo y de conquistador, así como de provocar a Hispanoamérica; que Estados Unidos, de haber procedido de otra forma, “se habría ahorrado el volcán de odios que dió vida y aplausos, meses después, al bandolerismo de Sandino, terrible y destructor.”

La actitud de Sacasa, de palabra al menos, era distinta. En diciembre de 1926, se quejaba de que por conveniencia de la ocupación estadounidense se había desarmado a su guardia, retenido sus elementos de guerra y prohibido todos sus movimientos. Y todo esto pese a que los intereses extranjeros nunca habían peligrado. Comprendía que las zonas neutrales no eran sino la forma de proteger al gobierno de facto de Adolfo Díaz, quien contaba con efectiva influencia entre los banqueros de Wall Street. Y Díaz, en 1926, según Sacasa, estaba haciendo lo mismo que había hecho en 1912; esto es, recurrir al Gobierno de Estados Unidos “para mantenerse en el poder por tal apoyo.”

Está claro que Moncada anduvo de "ofrecido" desde antes de la suscripción del pacto del Espino Negro. Desde entonces le preocupaba que la imagen de Estados Unidos se deteriorara ante la opinión pública mundial y protestaba porque el Departamento de Estado no había aún captado que liberales y conservadores eran ya esencialmente idénticos. Así las cosas, ya era posible el relevo de unas fuerzas por otras, en el desempeño de ese papel de intermediarios del dominio estadounidense en Nicaragua que los conservadores habían asumido desde 1910. Le tocaba ahora a los liberales asumirlo. Y Moncada, francamente, facilitó de forma extraordinaria las cosas.[18]

2. El derecho de expansión de Estados Unidos

Theodore Roosevelt: "Ningún triunfo pacífico es tan grandioso como el supremo triunfo de la guerra".

Para justificar plenamente su incondicionalidad a Estados Unidos, Moncada plantea su tesis sobre el fracaso de la ley de Cristo.

El fracaso completo de la Ley de Cristo

De todo cuanto leemos en la obra Estados Unidos en Nicaragua, nada dibuja con tanta nitidez la alienación del pensamiento de Moncada como su tesis de que el mundo no ha conocido un verdadero concepto de imparcialidad y de justicia.  Conozcámosla.

Entre los hombres, nos dice, siempre reina la creencia de la superioridad de unos respecto a otros; de unas razas respecto a otras; de unas civilizaciones respecto a otras y de unas inteligencias respecto a otras. El hombre nunca ve la paja en su propio ojo, sino sólo en el ajeno. “Estas reflexiones conducen a la imposibilidad de que en este mundo reine la Ley de Cristo: amaos los unos a los otros.”  El amor entre los hombres, que no se había puesto aún en tela de juicio -ni siquiera en Memorias de la Revolución contra Zelaya-, aparece ahora como un imposible.

Y aunque Moncada reconoce la influencia que la educación tiene en el hombre, en la corrección de sus instintos, señala que, pese a tantos siglos de educación, es poco lo que las naciones se han corregido y que lo probable es que, en el futuro, se asista al “fracaso completo de la ley de Cristo.” Aduce como evidencia la guerra mundial y lo proceloso que es el mundo actual.

“¿Dónde existe la civilización? ¿En qué rincón del planeta los hombres son iguales ante la ley, el connacional y el extranjero?” Tras formularse estas preguntas, el autor plantea: hay que pensar siempre tomando como base la larga y secular experiencia acumulada; el poder pervierte el corazón humano y entre más apoyado se sienta el ciudadano por la fuerza de las escuadras de guerra y los acorazados, más se endurece el corazón humano y más se endurece el pecho contra otros hombres y otros pueblos.

Y ojo con el siguiente reconocimiento: los interventores estadounidenses no han amado a Nicaragua, al contrario, le han provocado mucho dolor y tristeza; todo porque se piensan superiores a nosotros e incapaces de equivocarse. Pero esto es muy distinto a lo que leímos en las Memorias de la Revolución contra Zelaya. Es, de hecho, su diferencia fundamental, porque si en las Memorias de la Revolución contra Zelaya todo lo que Estados Unidos hace se inspira en ideales humanistas.[ii]

En Estados Unidos en Nicaragua, el humanismo es superado por completo por el egoísmo y  por el deseo de dominio de unos sobre otros.

Todo derecho, prosigue, se trate del privado, del público o del internacional, debe basarse en la igualdad. Por ello, si el Almirante Latimer, a nombre de su Gobierno, hundió en el Río Grande las armas y municiones del Ejército Constitucionalista, debió hacer exactamente lo mismo con las armas y municiones que a Chamorro y Díaz les llegaban a las aguas de Corinto. Con ello, Estados Unidos habría salvado a  su patria del odio del resto de América.

Aunque el mundo nunca ha visto con malos ojos el nacionalismo -amor que excluye al resto de los amores de la tierra, según Moncada-, la humanidad sigue sin comprender que la causa suprema de las guerras es ese egoísmo nacionalista. Y Estados Unidos, colmando su poderío hasta el grado de no cometer error, se ha privado del cariño “del resto del mundo”, lo cual representa un “gran peligro para su propia existencia.”  


¿Crítica al egoísmo y la prepotencia del imperio?

Lo que Moncada ha revelado hasta ahora no es, ni por asomo, lo que parece ser; esto es, una crítica al egoísmo y la prepotencia de las naciones poderosas con respecto al resto de los pueblos. Pretende ser tan sólo una forma muy "pragmática" de aceptar la realidad tal cual es; por muy cruda que pueda parecer.

Lo que sí dice en sentido directo, sin apariencias, es lo relativo a la preocupación por el deterioro de la imagen de Estados Unidos ante el mundo. Desde este ángulo, no hay que preocuparse por todo lo demás, porque ello no es otra cosa que expresión de la necesidad de expansión que una gran potencia como Estados Unidos tiene, aunque, para ello, deba pisotear los derechos de todas las restantes naciones del mundo.


Tras hablarnos del egoísmo nacionalista que, según su entender,  impera en el mundo, en tono “pragmático” plantea:


*Primero, que “no debemos cegarnos” pensando en lo que la humanidad debiera ser según la ley de Cristo, “sino en lo que es.”


*Segundo, que Estados Unidos, siendo una nación poderosa, no puede cruzarse de brazos, y está obligada a expandirse como lo han hecho naciones de Europa y Asía.


*Tercero, que esta nación debe realizar su ideal de grandeza aunque sea a costa del  mundo entero.


*Cuarto, que Nicaragua, ocupando, para bien o para mal, un plano equidistante de Estados Unidos, Europa y Asía, conviene a la defensa del primero y a la del continente americano en su conjunto, y esta defensa podría ser para bien de todas las naciones americanas.[iii]

*Quinto, así sea por desgracia, a Estados Unidos compete mantener la defensa de las tierras americanas de cualquier invasión europea o asiática.[19]

Habiendo conocido sus argumentos a favor del dominio a ultranza de Estados Unidos, nos suena abstracto que Moncada se pregunte sobre las presunciones que Philander Knox tuvo contra Zelaya. Expresa no saberlo, pero que aquél apoyó la revolución contra éste “alegando su sistema de Gobierno” y hasta quiso dividir Nicaragua, cercenándole su Costa Atlántica. Y cuando esto tuvo lugar, Moncada le escribió a Dawson para suplicarle que evitara que ello ocurriera, prometiéndole que Nicaragua podría, a cambio, “ceder a perpetuidad a Estados Unidos el derecho a construir el canal, para evitar todo recelo, y las estaciones navales necesarias a la defensa del continente.” Y aunque el Chamorro-Bryan no fue tan agradable para nosotros, expresa, fue lo suficiente para librarnos de la incertidumbre de la secesión de la Costa Atlántica.

Por lo demás, de acuerdo a Moncada, Nicaragua y Centroamérica entera habían estado bajo el arbitrio de Washington desde el tratado Clayton-Bulwer de 1850 y el  Hay-Pauncefote que lo sustituyó.


Moncada revela que Emiliano Chamorro y Mena lo llamaron para que junto con ellos viajara a Bluefields a plantearle a Estrada que proclamara la independencia de la Costa y solicitara que la nueva república fuera reconocida. Sin embargo, rechazó la idea. Pero para él no quedó claro si ese asunto se había concebido en Washington, o si provenía solamente de Moffat y los conservadores.[20] Según Cuadra Pasos, fue obra de Moffat.[21]


Tres recompensados

En Estados Unidos en Nicaragua hay dos hechos muy curiosos y, además, en extremo, reveladores. El primero de ellos es relativo al momento en que Emiliano Chamorro se convirtió en presidente de Nicaragua, cargo al que accedió entrando “por la puerta abierta y sin oposición”, lo que “era además, una justa recompensa. Había firmado el tratado Bryan-Chamorro” [de 1914].  El segundo hecho es que, en las elecciones de 1920, aunque los cómputos favorecieron al candidato de la llamada coalición, José Esteban González, siendo el Congreso totalmente conservador, declaró ganador a Diego Manuel Chamorro, a quien se le sumaron los votos del otro candidato. “Muy justo el premio -comenta Moncada-. Él había pedido, en 1912, como ministro de relaciones [exteriores], el desembarco de los marinos.”[22]


Ya sabemos que el tercer hombre premiado con la presidencia fue Moncada, aunque él se calle el hecho. José María Moncada, Juan José Estrada, Adolfo Díaz, Emiliano Chamorro, sostiene el Dr. Daniel Alegría en sus Memorias, “todos fueron presidentes, por haber entregado a su patria a los gringos invasores.”[23]

Con base en lo que Moncada expone en sus obras y especialmente en Estados Unidos en Nicaragua, es fácilmente rebatible el supuesto que él, con el Espino Negro, respondió a intereses distintos a los de Estados Unidos, propiamente a los del presidente mexicano Plutarco Elías Calles. Pero ello se afirma, por ejemplo, en un artículo de 1928 en El Correo del Caribe, semanario de Bluefields. En él se acusaba a Moncada de haber recibido instrucciones de ese presidente mejicano para eliminar a Juan Bautista Sacasa como Jefe de la Revolución y para hacerse del Poder. Sin embargo, es indudable que, al firmar la Paz de Tipitapa, Moncada no respondió a otros intereses que a los de Estados Unidos y, especialmente, a los suyos, aunque eso pasó, innegablemente, por la eliminación de Sacasa como presidente.[24] 

3. La visión del interventor

Henry L. Stimson, padre del Espino Negro

Para completar el cuadro de los hechos históricos que condujeron al Pacto del Espino Negro, es oportuno conocer la visión que sobre ellos posee Henry L. Stimson, enviado  especial de Coolidge que se encargó, por medio de ese pacto, de “pacificar” Nicaragua en 1927 y de promover a José María Moncada a la presidencia del país.

Persistencia del hegemonismo estadounidense

Moncada, al igual que Carlos Cuadra Pasos, defiende a ultranza la política hegemonista de Estados Unidos en el continente americano, dibujándola como algo benéfico o como algo dictado por la necesidad de la defensa continental. Pero ¿cuáles son en realidad los principios que rigen las relaciones de esta potencia mundial con sus vecinos americanos? Con la tesis de “América para los Americanos”, expresada en 1823 por el Presidente James Monroe, Estados Unidos escondía su deseo de preservar, para sí mismo, el dominio sobre los pueblos del Hemisferio Occidental.[25] Bien diría más tarde Sandino, “los imperialistas (...) han interpretado la Doctrina de Monroe así: América para los Yankees.”[26]

El Destino Manifiesto, en cambio, abiertamente proclamaba que Estados Unidos estaba destinado por la "Divina Providencia" a dominar sobre las naciones débiles para conducirlas al progreso y la civiliza­ción. El  fenómeno del filibusterismo fue su corolario, tal como sostiene William O. Scroggs. Sobre esta base, se explica la intervención filibustera contra México y Nicaragua, país este último que, de haber o no existido William Walker, habría sido, de todas maneras, invadido por algún representante de Estados Unidos.[27]

Josiah Strong uno de los predicadores del Destino Manifiesto expresaba que los anglosajones impondrían su dominio a toda la humanidad, expulsando a las razas débiles, asimilando a otras y transformando al resto, hasta que el mundo entero se anglosajonizara.[28]

La relación de hegemonía que Estados Unidos mantuvo antes, por su esencia, es igual a la que ahora despliega. Jaime Suchliki, Director de la Revista de la Universidad de Miami “Norte y Sur” dice que siendo una gran potencia, Estados Unidos tiene siempre interés en mantener su influencia en otros países, debiendo para ello mejorar su capacidad para realizar operaciones encubiertas, las que debe ejecutar cuando su seguridad esté cuestionada, cuando la posibilidad de su efectividad exista y cuando otros esfuerzos no surtan los efectos esperados.[29]

El también estadounidense, Noam Chomsky, caracterizando la política exterior de su país, anota, por su parte, que “la mayor preocupación de la política exterior estadounidense es la de garantizar la libertad para robar y explotar.”[30]

Personajes como Carlos Cuadra Pasos y José María Moncada defendieron, aunque no lo confesaran, ese pretendido derecho estadounidense para robar y explotar a los pueblos de nuestro continente. Es más, sin el concurso que personas como ellos brindaron a la intervención estadounidense es difícil concebir que ésta pudiera imponer sus intereses sobre nuestro territorio. En eso radica la trascendencia de ambos.  

El fondo histórico

Henry L. Stimson antes de llegar a Nicaragua en 1927, fue maestro de artes en Yale, Doctor de Leyes en Harvard, Secretario de Guerra durante la Administración de Taft y Coronel del ejército estadounidense. Después de la "pacificación" de Nicaragua, fue gobernador de Filipinas, Secretario de Estado durante la administración de H. Hoover.[31]

Para justificar el intervencionismo de su país, al hacer referencia a lo que él llama fondo histórico de la política de Estados Unidos en Nicaragua, Stimson señala que, en 1821, Centroamérica se libró del yugo de España, mas pronto se evidenció su incapacidad para asumir la independencia y “para una autonomía popular.” Según él, el analfabetismo masivo, reinante en la población, facilitaba el control por fraude, amenaza o fuerza. De esta forma, el presidente y sus allegados dictaban el resultado de las elecciones.

En  tales circunstancias, la fuerza era la única alternativa que tenía el pueblo para librarse del poder de un hombre o de un partido. Por ello, la guerra civil se constituyó, durante casi un siglo, en la parte medular del sistema político reinante. Empujado a la violencia, el pueblo se habituó a ella, de modo  que los males de la guerra civil se tornaron un círculo vicioso en Nicaragua.

En lo que a Estados Unidos respecta, desde la independencia de Centroamérica, todos sus esfuerzos se habían orientado a prestar asistencia para una “metódica autonomía.” Entre esos esfuerzos, Stimson señala las conferencias de paz celebradas por los países centroamericanos en Washington en 1907 y en 1923. En esta última, se acordó el no-reconocimiento a los gobiernos que fueran el resultado de un golpe de Estado o de una guerra civil contra cualquier gobierno legalmente constituido. Y aunque su país no fue parte del tratado, anunció que se sometería a lo que en él se establecía. Con todo, no se pudo atacar la raíz del mal, las elecciones controladas por el gobierno continuaron y la guerra civil siguió, de este modo, siendo “parte esencial del sistema.”

Según Stimson, cuando lo que él llama régimen dictatorial de José Santos Zelaya fue depuesto en 1910, dejando al país en una condición de disturbio y desasosiego peor que cualquiera que se haya conocido durante muchos años, el gobierno estadounidense envió fuerzas navales a Nicaragua con la misión de proteger los bienes y la vida de sus ciudadanos en ella radicados. Y, en 1912, estas fuerzas se tomaron por asalto el casi inexpugnable cerro de Masaya. Se les retiró después de esto. Pero, en Managua, a ruego del Gobierno, permaneció un resguardo de cien hombres hasta agosto de 1925, “sin tomar parte en ninguna riña o violencia.”[32]

El Lomazo

Estados Unidos, según Stimson, durante muchos años, buscó la forma de retirar a los marinos de Managua, pero siempre se topó con la porfía del gobierno nicaragüense. Con todo, había anunciado, varios meses antes de las elecciones de 1924, que haría efectivo el retiro de sus marinos el primero de enero de 1925. Mas, por insistencia del gobierno de Solórzano, se convenció de que podía dejarlos unos meses más a fin de que la nueva administración pudiera estabilizar su situación. El retiro se efectuó hasta en agosto de 1925. Sin embargo, Emiliano Chamorro perpetró un golpe de Estado en octubre de ese mismo año.

Temiendo por sus vidas, Sacasa primero, y Solórzano después, abandonaron el país. El congreso desplazó a los liberales y a los conservadores moderados y, en su lugar, colocó a partidarios de Chamorro. Este asumió la presidencia el 10 de enero de 1926, lo que, según Stimson, ocurrió a pesar de la protesta de Estados Unidos y en contra de la amonestación que el Gobierno de su país realizó amparándose en las conferencias de 1907 y 1923.

Con todo, Emiliano Chamorro, aún a sabiendas de que su Gobierno no sería reconocido por Estados Unidos y por ningún país de Centroamérica, persistió en su propósito. Pero, para agosto de 1926, la situación de Nicaragua, después de diez meses de éxito para Chamorro, se puso otra vez tan inquieta que Estados Unidos se vio nuevamente compelido a enviar a Bluefields y Corinto barcos para proteger a sus ciudadanos y sus intereses, aunque sólo después de múltiples solicitudes hechas en su propio territorio.

Mientras Chamorro se mantuvo en el poder, según Stimson, el gobierno estadounidense no dejó de ejercer presión moral sobre él “para inducirlo a retirarse.” Y pese a que lo llama dictador, es curioso que ese dictador-usurpador no fuera obligado por la fuerza a dejar el poder como se había hecho contra Zelaya y luego contra Madriz. Ello, además, pese a que Chamorro estaba violentando los tratados de 1907 y 1923 “que él mismo había firmado como delegado.”

No fue sino hasta en octubre de 1926 que, en el buque estadounidense “Denver”, surto en Corinto, Estados Unidos lo obligó a renunciar. En su lugar, el Congreso nicaragüense, que estaba totalmente  bajo su control, nombró al senador Uriza, quien de antemano había sido nombrado por él en ese poder como segundo.

El silencio que Stimson guarda respecto al involucramiento de su país en El Lomazo contrasta con los hechos históricos expuestos por otras personas. Sofonías Salvatierra apunta, al respecto, que no está claro si Chamorro perpetró este golpe de Estado de acuerdo con el embajador estadounidense, bajo el entendido de que, sustituyendo o eliminando a Carlos Solórzano, le haría entrega inmediata de la presidencia a Díaz, lo que Chamorro no hizo, haciéndose designar presidente por el Congreso.

“El caso es que el Departamento de Estado no lo reconoció, aunque los oficiales de la intervención, en el aspecto económico, no le pusieron ningún obstáculo, ni en las aduanas, ni en el banco, ni en el ferrocarril.”[33] Cuadra Pasos, hablando del asunto, corrobora que la legación estadounidense “miró con simpatía este golpe militar.”[34]

Salvador Mendieta, quien fuera por tan sólo siete días ministro de Solórzano, señala como cómplices de ese golpe de Estado a Adolfo Díaz y a Carlos Cuadra Pasos, quienes fueron adversarios de la candidatura de Solórzano y enemigos del Gobierno de la Transacción y estaban, además, ligados por intereses económicos a Chamorro. Y Denis, señala Mendieta, se había encargado de introducir a Adolfo Díaz como reemplazo de Chamorro. No está de más decir que esa figura de la intervención estadounidense fue vinculada en Estados Unidos con el fascismo,[35] hecho reconocido por un escritor como Neill Macaulay, que no está del todo comprometido con la izquierda.[36]

Nombramiento y reconocimiento de Díaz

Estados Unidos rechazó a Uriza por ser electo por un congreso afín a Chamorro. Así las cosas, este poder del Estado hubo de reunirse otra vez  para elegir a un nuevo presidente y, el 10 de noviembre de 1926, Adolfo Díaz fue nombrado como primer designado. La elección no podía favorecer a Solórzano, pretexta Stimson, porque éste se encontraba en California y Sacasa en Guatemala. El segundo había sido expulsado de Nicaragua aproximadamente un año antes. Por consiguiente, su país reconoció a Díaz el diecisiete de noviembre del mismo año.

No pudiendo negar la constitucionalidad de Sacasa, Stimson aduce que los suyos no iban a presentarlo al público como el presidente por la ley. Ello pese al reconocimiento de que tanto Solórzano como Sacasa habían sido víctimas de la violencia de Chamorro. En lo que sí insistieron fue en que si alguno de los ausentes debía ser colocado en el puesto de presidente, ese tenía que haber sido Solórzano y no Sacasa.

En todo caso, el reconocimiento de Díaz como presidente legítimo de Nicaragua fue inmediatamente seguido por Gran Bretaña, Francia Alemania, Italia y España, así como por El Salvador, Guatemala y Honduras. Y sólo dos semanas después del reconocimiento yanqui, en diciembre, agrega Stimson, apareció Sacasa en Puerto Cabezas, rodeado por unos cuantos acompañantes, proclamándose a sí mismo “Presidente Constitucional de Nicaragua y General en Jefe de las fuerzas revoltosas”, siendo entonces reconocido por México en ese cargo.[37]

Stimson oculta tres cosas importantes: una que Solórzano renunció a la presidencia de la república; dos que siendo Sacasa el Vicepresidente y no habiendo renunciado a su cargo estaba facultado, como en efecto lo hizo, para reclamar para sí la presidencia de Nicaragua; tres que Sacasa no reclamó la presidencia hasta en diciembre de 1926, lo hizo antes, después de que Solórzano renunciara a dicho cargo.

En efecto, Solórzano renunció a la presidencia comprendiendo la inutilidad de un derramamiento de sangre. Sacasa, por su parte, se había refugiado en El Salvador, país al que llegó, según se dice, disfrazado de sacerdote, organizando su gabinete de Gobierno en México. De él formaron parte el Dr. Leonardo Argüello, Jerónimo Ramírez Brown y Rosendo Argüello padre, quien renunció a dicho gabinete al momento en que a él se integró José María Moncada, hombre al que consideraba talentoso, pero “oportunista que ponía los ojos en Washington y no en su conciencia para guiar su derrotero.”

Es más, en una carta, Rosendo Argüello padre llama a Moncada “otro Díaz”; alguien presto a entregar las armas sin replicar al momento en que el yanqui se lo indicara. Rosendo Argüello hijo, a su vez, dice que Sacasa ya había adquirido compromisos en esta línea y que hasta otro tipo de presión pudo haber de por medio para que ratificara el nombramiento de Moncada como Jefe del Ejército.[38]

El pretexto estadounidense para negarse a aceptar que Solórzano o Sacasa pudieran asumir la presidencia de Nicaragua fue el hecho real que ninguno de ellos se encontraba en Nicaragua y, en tal concepto, alguien distinto a ellos debía gobernar el país. Díaz fue ese alguien. Con ello se desconocieron los tratados de 1907 y los de 1923, pese al compromiso estadounidense de respetarlos.

Y, extrañamente, dos días antes de que Estados Unidos lo reconociera como presidente, Díaz, el 15 de noviembre de 1926, solicitó la "protección" de los marinos estadounidenses, pretextando que la situación del país colocaba en peligro los bienes de estadounidenses y de otros extranjeros residentes en Nicaragua, y que todo ello ocurría sin que el gobierno de su país pudiera hacer nada para evitar tal orden de cosas.

Cuando en enero de 1928 se realizaba en la Habana la VI Conferencia Panamericana, plantea Gregorio Selser, para la mayoría de los Estados americanos en Nicaragua “no existía aún un gobierno que  mereciese  llamarse tal.”[39]

Justificación de las zonas neutrales

Stimson sostiene que la protección de vidas y propiedades de extranjeros en Nicaragua se dejó en manos del almirante Latimer, quien recurrió a un modo usualmente practicado para situaciones similares; esto es, estableciendo zonas neutrales en las cuales no se registraran combates y donde, por tanto, los extranjeros y sus propiedades estuvieran resguardados. Por otra parte, procedió con especial cuidado para evitar que se violaran los derechos de las partes beligerantes.

Y respondiendo a los críticos de la política indicada, Stimson anota que esos “críticos han dicho que nuestro gobierno deliberadamente estableció estas zonas para el propósito de estorbar las operaciones de los revoltosos evitándoles capturar las ciudades que ellos, de otro modo, podrían haber tomado.”[40]

¿No es cierto acaso? Hasta el mismo Moncada, que no se cuenta entre los críticos del imperialismo, en su obra Estados Unidos en Nicaragua, habla de que las zonas neutrales estorbaron a los liberales. Es más, como ya hemos visto, él mismo sugirió su puesta en práctica, pero no se imaginó que ello iba a abarcar tanto el Atlántico como el pacífico.[41]

Al respecto, el autor estadounidense Lejeune Cummins, contemporáneo de Sandino que tuvo la oportunidad de consultar el diario privado de H. L. Stimson,  escribe: “Latimer trató de limitar el campo geográfico de la lucha demarcando en territorio nicaragüense lo que llamó “zonas neutrales”. Y lo hizo a sabiendas de que en esa forma ayudaba a los conservadores y hacia perder a los liberales posiciones estratégicas que habían ganado, como también las facilidades que entonces tenían para abastecer a sus tropas de víveres y pertrechos de guerra.”[42]

Las partes beligerantes, la población y sus expectativas

Durante la administración Coolidge, a Stimson se le encomendó la “pacificación” de Nicaragua. Éste cuenta que, en su país, la mayoría de las manifestaciones políticas “venían de los partidarios revoltosos.” Ya en Nicaragua, pudo percibir, no obstante, que los soldados de ambos ejércitos eran, en gran medida, reclutados entre las clases bajas. Los reclutas, siendo forzados a pelear, desconocían la causa por la cual lo hacían.

Como resultado de ese tipo de reclutamiento, las deserciones en ambos ejércitos fueron constantes, al grado que el país se fue gradualmente llenando de hombres desorganizados, pero armados, originando así el desorden y el bandolerismo reinantes. Para muchos de estos hombres, resultaba más fácil vivir en Nicaragua que trabajar, hecho que se facilitó por la posesión de armas y por la desorganización de la autoridad.

Contrastando con lo anterior, en distintas partes de su obra, Stimson vende una imagen espléndida de Moncada. Ello fue seguramente el vehículo para promocionarla, más que en Nicaragua, en Estados Unidos; todo con miras a postularlo como candidato a la presidencia de nuestro país entre los personeros del Gobierno estadounidense. No por casualidad, comparando a las fuerzas contendientes, escribe:

“Las fuerzas conservadoras eran más numerosas, los liberales tenían en Moncada, el jefe más diestro.” Y agrega: “El general Moncada (...) en aquellos tiempos había puesto él mismo en informe, públicamente defendido el derecho de los Estadosunidos (sic) para intervenir en Nicaragua y concurrir al establecimiento del orden y la libertad.”

Ahora adviértase la forma en que Stimson trata de justificar la intervención de su país en contra del nuestro. Señala que dada la situación de total desacuerdo existente en Nicaragua, era más que claro que su pacificación no podría lograrse por los ejércitos enfrentados, que trabajaban a favor de la anarquía. Y, de no ser por la presencia de los marinos, esta tendencia se habría acelerado infinitamente.

Tras alabar a Moncada y justificar la agresión armada de su país en contra del nuestro, Stimson sostiene que había plena aceptación de los estadounidenses entre la población de Nicaragua, viéndolos “como una activa ayuda para sacarlos de este desacuerdo y sus penosas consecuencias.”  Observa, además, que los jefes de ambos partidos buscaban afanosamente la intervención de su país y estaban interesados en asegurar  “el supremo interés de los Estados Unidos en el establecimiento y protección de un ordenado y responsable gobierno en todo Centroamérica.” Esto implicaba, entre otras cosas, el desarme general de toda la población y la creación de una fuerza policial apartidista que sustituyera a las fuerzas que el gobierno usualmente utilizaba “para aterrorizar y controlar las elecciones.”[43]

Dilema del interventor: ¿Cómo violentar las leyes sin violentarlas?

Eberhardt, Latimer y Stimson, según revela el último, actuaban al unísono en un mismo objetivo.  Más aún, todas las cuestiones las consultaban con Díaz y los integrantes de su gabinete de Gobierno, de los que recibían cooperación. El memorándum que, según Stimson, Díaz puso en manos de estadounidenses el 22 de abril de 1927, contenía las bases de lo que se firmaría en Tipitapa varios días después:

*Paz general y desarme simultáneo de ambos partidos ante estadounidenses.

*Amnistía general, regreso de los expatriados y restitución de las propiedades a los confiscados.

*Participación de los liberales en el gabinete de Díaz.

*Organización de una guardia civil apartidista y comandada por oficiales estadounidenses.

*Intervención estadounidense en las elecciones de 1928 y en las de los años subsiguientes, con poder policial para hacer efectiva la intervención.

*Permanencia de una fuerza de marinos para hacer efectivo lo anterior.

A pesar de su condición de incondicional del dominio estadounidense en Nicaragua, es dudoso que Díaz haya sido el que presentara estas bases de paz a los interventores. Lo más seguro es que Stimson se las haya presentado a él, dado que fue enviado a Nicaragua precisamente con ese objeto. Desarme y permanencia de Díaz en el poder, son asuntos que, con toda probabilidad, se habían decidido previamente en Estados Unidos.

Según Stimson, Díaz le había expresado su disposición para retirarse del cargo si la causa de la paz lo requería. Pero él, basándose en sus investigaciones, estaba convencido de que lo conveniente para el establecimiento de la paz inmediata era la continua permanencia del segundo en la presidencia. ¡Y sabía lo que hacía!

Díaz estaba dispuesto a licenciar al ejército; a dar los pasos necesarios en lo ejecutivo y lo monetario para la creación de una guardia “apartidista” y para elegir como oficiales de la misma a los estadounidenses que recomendara el presidente estadounidense. Aceptaba, asimismo, que los Consejos de Elección estuvieran presididos por estadounidenses y que se encargaran no sólo de las urnas electorales sino también de utilizar los servicios de la guardia “para prevenir el desorden y la continuación.”

Y ¡vaya novedad! Stimson señala a continuación que los antecedentes de Díaz, en lo atinente a sus relaciones con Estados Unidos, “hacían ver que en su palabra se podría confiar.” Solamente gracias a esta seguridad, añade, “y no de otro modo Díaz permanecería en su empleo.” En otras palabras, la única razón para mantenerlo en el poder era su absoluta adhesión al dominio yanqui en Nicaragua.

Para la intervención había, sin embargo, un problema que sortear: alcanzar  la paz sin violentar la Constitución de Nicaragua. Pero ello era técnicamente imposible porque el nombramiento de un suplente de Díaz, de acuerdo a la Constitución vigente, la de 1911, implicaba “una fatal demora y la creación inmediata de nuevas controversias políticas, aún peores que aquellas que surgieron sobre la legitimidad de la presidencia de Díaz.” Además, la persona que lo sustituyera debía ser electa por el Congreso, pero el que lo había elegido a él había concluido su período. Y la guerra hizo lo suyo impidiendo el establecimiento de uno nuevo.

No había así salida alguna: actuar a espaldas del Congreso para elegir al sucesor de Díaz hubiera conducido, inevitablemente, a la violencia y al descontento de los muchísimos liberales que rechazaban a Díaz; y realizar nuevas elecciones era imposible sin que hubiera paz, mientras, por otro lado, la anarquía avanzaba cada día más.[44]

Con base en estos argumentos -dignos de un sofista- sólo es posible llegar a la siguiente conclusión: la única salida ante todo esto era mantener a Díaz en el poder. Y esto no representaba, según Stimson, peligro alguno, porque los jefes militares liberales le habían expresado que la idea era aceptable para su partido, aunque por todo la que habían dicho públicamente, no podían pronunciarse a favor de ningún convenio con Díaz.

Conferencia con los delegados de Sacasa y con Moncada

Sacasa en abril de 1927, declinando llegar a la conferencia con Stimson, había anunciado el envío del Dr. Rodolfo Espinoza, del Dr. Leonardo Argüello y del Dr. Manuel Cordero Reyes. El primero era Ministro de Relaciones Exteriores de Sacasa y, además, su asesor principal; el segundo era un conocido jefe liberal, y el tercero era el secretario privado de Sacasa. Los delegados de este último, según Stimson, rechazaron con vigor cualquier sentimiento antiestadounidense de parte de las fuerzas liberales o cualquier actitud hostil de México.[45] Aseguraron que su partido reconocía la zona de legitimidad de interés e influencia que Estados Unidos tenía, la cual se ensanchaba hasta Panamá.

Pero había un punto sobre el cual no se pronunciaban: el atinente a la permanencia de Díaz en el poder. A pesar de todo, pidieron contactarse con Moncada, lo que alegró a los representantes estadounidenses porque les daba  a ellos la posibilidad de hablar con él. Los delegados de Sacasa le enviaron comunicación del asunto para invitarlo al encuentro.[46]

Atiéndase lo que Stimson revela al respecto. Sintió la sensación -sostiene- de que, de este encuentro, dependerían muchas cosas, porque:

*Primero,  Moncada era la fuerza vital de la guerra y, como soldado y como hombre de letras, era una figura sobresaliente en el ámbito de Nicaragua.

*Segundo, a pesar de su identificación con el liberalismo, no vaciló en oponerse a la dictadura zelayista en 1909.

*Tercero, conduciendo la difícil campaña de 1926-1927, se había ganado el respeto de todos los observadores militares.

*Cuarto, no tenía los reparos técnicos (léase éticos) que sí tenían los jefes civiles de su partido para aceptar un compromiso substancial.

Stimson concluye así: “Yo no estaba defraudado.” Y el 4 de mayo, mientras los tres oficiales estadounidenses que habían llegado desde la montaña con Moncada estaban algo fatigados, éste “estaba ya listo para el asunto.” Durante quince minutos, conferenció con los delegados de Sacasa, quienes le comunicaron que, después, se reunirían con Stimson. Con éste habló en inglés de forma inusitadamente fluida y sencilla.

Y, en menos de treinta minutos, se entendieron y aseguraron la paz, cuyos términos Moncada ya había leído y aceptado en todo menos en un punto: el relativo a la continuidad de Díaz en el poder. Pero, expresaba que lo aceptaría con la condición de que Stimson, en una carta, explicara que la supervisión electoral de 1928 se realizaría bajo el entendido de que Díaz terminaría su período y de que esto no podría objetarse de ningún modo. Añadía que su intención era usarla para convencer del desarme a su ejército.

La  carta fue escrita y enviada. En ella se reafirmaban los términos de paz ya conocidos. Se hacía hincapié en que Estados Unidos estaba listo para custodiar las armas de los que estuvieran dispuestos a entregarlas “y para desarmar enérgicamente a aquellos que no lo hicieran así.” Stimson le aclara a Moncada, no obstante, que la inclusión de la última oración no representaba una amenaza para las tropas disciplinadas que estaban bajo su mando, sino para los bandoleros que estaban esperando cualquier oportunidad para dedicarse al merodeo.

Lo extraño es que el mismo Moncada justificó su firma de la paz tomando como base la amenaza proferida por aquél. Pero más paradójico resulta que los que no fueron amenazados se desarmaran, en tanto que los amenazados se mantuvieran con las armas en la mano.

Recibiendo la carta, Moncada le expresó a Stimson que los liberales no podían creer que el gobierno de Estados Unidos fuera capaz de hacer una promesa para luego incumplirla, y que los jefes del ejército se empeñarían en convencer a sus hombres de que la “promesa de elecciones limpias” sería “colmada.”[47] Y así fue efectivamente.

Un “bandolero” y dos “grandes patriotas”

La  paz fue suscrita con esas condiciones por todos los jefes liberales menos por Sandino. Pero, según Stimson, había descontentos en ambos bandos. Algunos conservadores pensaron que Díaz se estaba comportando con mucha generosidad; y algunos sacasistas estimaron traidor a Moncada. El pueblo en general no se equivocó, mostrándose contento con el desarme.[48] Sin embargo, como sabemos, el mismo Moncada, en su Estados Unidos en Nicaragua, desmiente a Stimson en eso del contento general con el desarme. En todo caso, si eso era efectivamente así ¿cómo pudo Sandino mantener su campaña desde 1927 hasta 1933? 

Al respecto, no está de más que traigamos a colación lo que Alejandro César, Ministro de Nicaragua en Washington, declaró el 9 de Enero de 1928: “Parece que las masas liberales de Nicaragua deben estar dando su apoyo al General Sandino, pues de otro modo resulta difícil de explicar la extensión y la gravedad que está tomando el movimiento dirigido por él (...) cuenta con el apoyo de numerosos liberales, pues si no fuera así no podría operar en la forma tan atrevida y tan eficaz  como lo hace.”[49]

Pero claro, para Stimson en Nicaragua sólo hay dos grandes patriotas: “Uno Conservador y otro Liberal, cada uno dispuesto a sacrificar su ambición personal e interés de partido, para el más alto bienestar de su país; y uno y otro dispuesto a confiar en el honor y buena voluntad de los Estadosunidos (sic), Adolfo Díaz y José María Moncada.”

Vuelco liberal hacia el Conservatismo

Compartiendo con Díaz y Moncada la tesis de que la seguridad de su país está colocada por encima de cualquier soberanía e independencia ajenas, no extraña del todo que el pacificador de la Nicaragua de 1927 los tenga en tal alta estima.[50] En alta estima tiene al segundo, igualmente, Anastasio Somoza García para quien José María Moncada es un hombre de “mente previsora”, su cerebro, el “de un político sagaz”, que con el Espino Negro actúa como “el eslabón fuerte que ató el honor de los Estados Unidos de Norte América a la justicia de un pueblo.”  Es un “reconocido estratega y valeroso militar.”[51]

Con toda razón, en diciembre de 1928, antes de hacerle la entrega formal de la presidencia a José María Moncada, Adolfo Díaz expresó:

“El Partido Conservador aparece en este momento vencido por su propia obra, y sin embargo, en el campo de la ideología, su triunfo ha sido definitivo. Sus adversarios [los liberales] han tenido que rectificar, adoptar sus ideales, adaptarse a las formas de los nuevos tiempos, en fin, han tenido que colocarse en un plano esencialmente conservador y confesar con los hechos que en el litigio que sostuvimos por diez y ocho años (...) nosotros llevábamos la razón y nos asistía la justicia, que nuestra mira era verídica, la única que cabría seguir dentro de las posibilidades y dentro de las realidades de la Patria y de la época.”

Y al entregarle la presidencia a Moncada, el primero de enero de 1929, Díaz ratificando esas palabras, expresó: “Tras diversos ideales concurríamos a un sólo deseo: el bienestar de la Patria.” (?)[52]

Todo se reduce, pues, a que el pensamiento y la acción de los liberales se habían trocado esencialmente conservadores y, en tal sentido, ellos no tenían más interés en asumir posiciones nacionalistas. Efectivamente, a partir del momento en que viera abortado su proyecto nacionalista, la otrora progresista burguesía liberal, comprendiendo que su suerte futura estaba irremediablemente ligada al mercado mundial capitalista, particularmente al estadounidense y, por ende, a la política de ese mercado, buscaría la sustitución de los conservadores en su papel de intermediarios del dominio imperialista en Nicaragua.

Todo estriba, como otrora apuntara Sergio Ramírez Mercado, en que la intervención yanqui castró a liberales y conservadores por igual de sus restos de pudor nacional, y borró en ellos toda idea de soberanía y de proyecto nacional. Con el fin del régimen zelayista, nos dice, el liberalismo, como modelo de desarrollo independiente, vio agotadas sus posibilidades históricas, al coincidir con el desarrollo de la política imperialista estadounidense de expansión e intervención militar, orientadas a defender la aplicación de la Doctrina Monroe.

La última posibilidad del liberalismo como modelo de desarrollo nacional hubiera sido rechazar la paz de 1927 y colocarse a la cabeza del pueblo para resistir la intervención y combatir al conservatismo, pero el liberalismo representado por Moncada, acotaba Ramírez, no hacía más que mostrar las huellas de la castración de 1912. Y añade que habiéndose agotado el liberalismo como modelo de desarrollo, e igualados los liberales a los conservadores, se agotó también la posibilidad de que ellos, como partidos y sobre todo como clase, pudieran ofrecer una repuesta a la independencia nacional, negada precisamente por su complicidad.

Mas las cosas no tienen para Ramírez sólo una causa externa, sino también interna, ya que aunque políticamente el agotamiento del liberalismo y del conservatismo se determinaba por la intervención, también obedecía a la incapacidad de estas fuerzas para proponer un modelo de desarrollo socioeconómico viable para el país.[53]

Pero en todo este vuelco liberal hacia el conservatismo, como bien dice Carlos Cuadra Pasos, el papel de Moncada fue determinante: “hizo evolucionar a su partido en redondo hacia una política de amistad con el Gobierno de los Estados Unidos.”[54]

4. La Guerra Constitucionalista, Moncada y Sandino


Premio al guerrerismo y la traición

Stimson sostuvo atrás que los observadores internacionales reconocían la gran capacidad de Moncada en la conducción de la Guerra Constitucionalista (1926-1927). Sin embargo, Rafael de Nogales Méndez, quien fuera general de su país y visitara Nicaragua durante los años de la gesta de Sandino, en su libro El Saqueo de Nicaragua, amén de sostener exactamente lo contrario, desenmascara la política estadounidense contra los países centroamericanos y, particularmente, contra el nuestro. Desnuda en primera instancia la hipocresía de Frank B. Kellog, a quien inmerecidamente, señala, en un solemne cónclave, concedieron el premio Nóbel de la paz:

“Me pregunto si [los que se lo otorgaron] lo hacían a sabiendas de lo que estaba ocurriendo en Nicaragua (...) Me temo que no. Si lo hubieran hecho, quizás hubieran meditado un minuto. Porque la rapiña aniquilaba a Nicaragua. Una guerra sangrienta estaba allí desencadenándose. Reinaba en Nicaragua la opresión. El privilegio estaba sofocando los derechos humanos en aquel país.”

El autor anota que mientras Kellog recibía su premio, por lo bajo, estaba en el plan de fomentar la guerra. Marines con sus ametralladoras, sus destructores y cañoneras se encontraban protegiendo el trust del banano y otros intereses estadounidenses. “Los diplomáticos de revólver al cinto y blindados de hierro”, en cambio, estaban empeñados en garantizar una elección que favoreciera a un puñado de traidores nicaragüenses dispuestos a seguir al pie de la letra la voluntad de Wall Street y del Departamento de Estado.

Sacasa y la conversión de Moncada en jefe del Ejército

Mientras la Guerra Constitucionalista se desenvolvía en el Atlántico y el Pacífico, Sacasa había permanecido ocioso durante tres meses en Guatemala, esperando el apoyo de Washington. Fue incapaz de escuchar a Beltrán Sandoval, quien en nombre del Ejército Constitucionalista, llegó a esa nación centroamericana a pedirle que volviera a Nicaragua a restablecer el Gobierno Constitucionalista. Volvió hasta en noviembre, cuando en el Ejército se dudó de su buena fe.

De regreso en Nicaragua, se estableció en Puerto Cabezas, donde asumió la Presidencia provisional del país. En cuanto a normas sociales, Sacasa era un gentleman, señala Nogales Méndez, a quien le impresionaron “su personalidad y sus buenos modales”, aunque no le había parecido “un hombre de carácter. Ni tampoco sincero.”

Según este autor colombiano, Beltrán Sandoval fue el primero en levantarse en armas en Bluefields, el 2 de mayo de 1926;[55] y fue él y no Moncada el que  libró la batalla de Laguna de Perlas, tras la cual las victoriosas fuerzas constitucionalistas, que él encabezaba, cruzaron Nicaragua por la Costa del Pacífico.

Nogales Méndez basa su afirmación en un resumen escrito sobre la Guerra Constitucionalista, que se había publicado en La Noticia del 11 de junio de 1927, y en el hecho de que su contenido no fue nunca refutado por Moncada. Por eso, Sandoval no le reconoció jamás su supuesta condición como Jefe del Ejército Constitucionalista. Tampoco lo hizo el resto de los oficiales superiores, razón por la cual el Comando del Ejército “fue igualmente dividido entre Beltrán Sandoval y Moncada.”

En un informe aparecido igualmente en La Noticia el 8 de junio  de 1926, el General Parajón declaraba que junto con sus hombres, a partir de ese momento, se estaba poniendo bajo el mando de Moncada y Sandoval “los dos jefes del ejército de Sacasa.” Pero, según Nogales Méndez, Moncada no fue en realidad el Comandante en Jefe del Ejército constitucionalista. Y jamás hubiera participado en las conversaciones secretas, ni en la firma de convenios con Stimson -que le sirvió como medio para traicionar la Guerra Constitucionalista- si Sacasa no lo hubiera nombrado “Secretario de Guerra, con plenos poderes.”

Sacasa, consciente o inconscientemente, al parecer por miedo a que Sandoval pudiera hacerse del control total del Ejército Constitucionalista, colocó a Moncada en esa posición. Además, era insólito que lo nombrara en el cargo de Secretario de Guerra, sabiendo que había traicionado “la Causa del Liberalismo Nicaragüense cada vez que podía.”  

En el afán de evitar que Beltrán Sandoval y sus tenientes Plata, Mora, Miller y Escamilla ocuparan Matagalpa y que Sandino se les uniera enseguida, Moncada ejecutó su plan premeditado de colocarse a la cabeza del Ejército Constitucionalista. Se vio tan “tan precipitadamente ansioso” de sacar a sus tropas fuera de la ruta de Matagalpa -refirió su secretario Heriberto Correa a Nogales Méndez-  que, a causa de ello, por poco sacrifica a su convoy de municiones. Y tras haber sido casi eliminado en la vía Tierra Azul-Boaco-Tipitapa, decidió negociar con Stimson con el fin de  ganarse su  apoyo  en las elecciones de 1928.

Desde la presidencia, contra los patriotas sandinistas

Convertido en presidente, Moncada ordenó a los habitantes de los distritos afectados por la guerra concentrarse en puntos determinados, bajo la advertencia de que todo el que se encontrara fuera de esas zonas sería sancionado sumariamente, lo que según Nogales Méndez, demostraba la inseguridad que Moncada tenía en su posición.

Las fuerzas de ocupación habían recurrido, con frecuencia, a ese “método atrabiliario”, sin que parecieran comprender que el establecimiento de campos de concentración suele tener efectos indeseables, no sólo desde el punto de vista moral, sino también militar. Ello ocurre sobre todo, anota el autor colombiano, cuando hay de por medio ofrecimientos de recompensa a los que lograran capturar, vivos o muertos, no sólo a los patriotas sandinistas sino también a “desertores de la Guardia Nacional, una fuerza (…) que Moncada organizó para ayudar a los marines a liquidar a Sandino y sus compañeros de armas.”

Respecto a la causa del viaje de Sandino a México, de la que supo por referencias que éste le hiciera directamente, Nogales Méndez explica lo que sigue: se trataba en realidad de seguirle el juego a Moncada, quien como nuevo presidente, había anunciado oficialmente que si aquél ponía fin a su lucha, los marinos yanquis se retirarían de inmediato y el país podría entonces disfrutar de un auténtico gobierno democrático. La verdad es que Sandino no hizo otra cosa que ocultar sus parques y fusiles, dispersar a sus hombres y marcharse temporalmente a México. Como los marines continuaron en su país, regresó a él a reemprender la lucha.

Comparando a ambos personajes, Nogales Méndez plantea que si Moncada era un maniquí, Sandino resultaba “popular por su justicia y por ahorrar a las poblaciones civiles cualesquiera cargas indebidas.” Resultaba, asimismo, “famoso por su gran severidad.” Y valorándolo desde el punto de vista militar, señala: “Para un observador militar avezado resulta que los métodos de Sandino son los de un jefe militar que, como Abd-el-Krim en los desiertos de Marruecos, sabe cómo adaptar los métodos europeos a las condiciones locales.” [56]

El apoyo de Stimson a la candidatura de Moncada

Debemos, regresando un poco en el tiempo, preguntarnos ¿cómo vieron los conservadores el apoyo estadounidense a la candidatura de Moncada?

Denis, en Memorándum a Díaz aparecido en la Publicación Liberal que, en más de una ocasión, hemos consultado, le expresaba, entre otras cosas, que la situación en EEUU no favorecía a los conservadores, ya que Stimson tenía más o menos ganados a Kellog y a White a favor de la candidatura de Moncada porque éste “sería un pro-americano.” Y en Managua se esperaba que el panorama favorable a Moncada que había en Washington, se repitiera igual entre los marinos y la legación estadounidense. Los liberales expresaban que estas cosas eran dichas sólo por los celos que entre los conservadores provocaba el aprecio que Stimson tenía por el candidato liberal.

En noviembre de 1927, Alejandro César se quejaba ante el Departamento de Estado de la forma en que la prensa de EE.UU estaba asumiendo una actitud favorable a la candidatura de Moncada, lo que podría interpretarse, decía, como señal de que el propio gobierno estadounidense estaba colocado en ese mismo plano. Agregaba que, en distintas oportunidades, funcionarios de EE.UU en Nicaragua habían elogiado al candidato liberal en discursos públicos. Y en carta a Díaz, del 8 de noviembre de 1917, Alejandro César expresa, abiertamente, algo que en su correspondencia al Departamento de Estado sólo insinuaba:

“No hay duda que Mr. Stimson favorece abiertamente a Moncada por simpatías personales o tal vez en virtud de promesas que no conocemos”,  agregando que  en el Departamento de Estado “Stimson es bastante oído.”

Falsa neutralidad de EEUU respecto a los candidatos nicaragüenses

Tratando de guardar las apariencias, Frank B. Kellog, en entrevista realizada en enero de 1928 con Carlos Cuadra Pasos, anotaba que él tenía informes acerca de la creencia, existente en Nicaragua, en la inclinación del gobierno de su país por uno de los candidatos y, propiamente, por el liberal. A esto Cuadra Pasos respondió que esa era una opinión que circulaba “en las masas.” Kellog, expresó entonces que, de ser necesario, no habría problema en repetir que su país estaba asumiendo una posición neutral respecto a los candidatos.

Tomándole la palabra, y para asegurar que, en efecto, tal sería el proceder estadounidense, Cuadra Pasos sugirió que, por medio de la legación de Estados Unidos en Nicaragua, “se expidiera una declaración (...) pública confirmando la imparcialidad de los EEUU.” Su interlocutor respondió que, en Washington, lo haría por escrito. Pero, tal como se infiere de la entrevista, el gobierno de Díaz estaba más que claro de que los funcionarios estadounidenses estaban haciendo campaña electoral a favor de Moncada.

Alejandro César, en cable que enviara a Díaz desde Washington, en octubre  de 1928, expresaba: “tengo datos alarmantes parcialidad Guardia Nacional y atentados liberales obtenidos Departamento de Estado (...) Diga si liberales o guardias han impedido inscripción conservadores algunos lugares.”[57]

Y a pesar de que la Publicación Liberal señalaba que eso era sólo intriga de César porque la Guardia Nacional estaba en disposición del gobierno nicaragüense para guardar el orden y la legalidad, dicha institución estuvo, desde su creación en 1927, bajo la influencia y control estadounidense.

Pero no sólo la parte conservadora señalaba a Moncada como el candidato predilecto de Estados Unidos. En un escrito de octubre de 1928, firmado por Luis Felipe Corea, se plantea que la Transacción como mixtura política, amén de dar, tras bastidores, su apoyo al moncadismo, había llevado a buena parte del Partido Liberal Histórico a claudicar y, consecuentemente, había conducido a que la intervención extranjera entrara en una nueva etapa.

Los oscuros convenios de los cuales se derivaron esas consecuencias, agrega Corea, tienen como única finalidad repartir “las prebendas o acomodos que puedan granjearse del poder público”, sin pretender de ningún modo favorecer a la democracia moderna, ni al progreso en provecho, preferentemente, del obrerismo industrial y de las masas del pueblo. Y, poniendo en duda las declaraciones hechas por funcionarios estadounidenses con relación a la candidatura de Moncada, dice -con un signo de interrogación al final- lo que sigue:

“… el Secretario de Estado Kellog reiteró que el gobierno de Washington no intenta escoger ningún candidato para presidente de Nicaragua o en influenciar en las elecciones que se verificarán en enero (?)”, pero sostiene que la nominación de  Moncada fue producto del fraude y no de la voluntad del Partido Liberal.[58] Y como bien dice Lejeune Cummins, “el resultado de las elecciones fue un triunfo del Departamento de Estado.”[59]

Traición versus resistencia

No fue nada casual que, desde el propio inicio de su actividad revolucionaria, Sandino apreciara con nitidez la naturaleza entreguista de las clases criollas, llamándolas canallas, cobardes y traidoras.[60] Tampoco lo fue que él haya sido el único, de entre los Jefes del Ejército Liberal o Constitucionalista, que se opuso a deponer las armas contra los interventores y sus lacayos, manifestando, bajo la amargura que lo embargó tras el Espino Negro, que el “pueblo nicaragüense de aquella Guerra Constitucionalista esperaba su libertad.” [61]

Moncada, con su traición, había provocado la desmoralización de los soldados de su ejército. Con demagogia convenció a sus generales de que la paz del Espino Negro significaba el triunfo completo de las fuerzas liberales, ya que, con ello, supuestamente, se restablecería el orden constitucional y el Partido Liberal estaría de nuevo en el poder.[62] Y este hecho, el que todos los generales -menos uno- aceptara la paz del Espino Negro, provocó el desaliento general en las filas del Ejército Constitucionalista.

Las masas habían sido el elemento motor de esta guerra, que tuvo un desenlace inconsecuente debido a que la hegemonía de la misma  la tuvieron los liberales. Pero las causas que las habían llevado a alzarse en armas no se habían esfumado. Hacía falta que alguien les transmitiera el ánimo de continuar la lucha y les demostrara, con su propio ejemplo, estar dispuesto a cualquier sacrificio en aras de salvar a Nicaragua. Ese alguien fue Sandino, quien, sobreponiéndose a todo, decidió resistir, al decir de Sergio Ramírez, "más con ánimos de sacrificarse como un ejemplo futuro, que con pretensiones de una victoria militar.”[63]

Con su traición, Moncada estuvo a punto de provocar una prolongada frustración de la lucha popular. Por el contrario, con su inquebrantable decisión de encabezarla y continuarla, Sandino evitó que dicha posibilidad se realizara, logrando, en 1933, expulsar a los invasores yanquis del suelo nicaragüense. Moncada, no obstante, logró su cometido: “ganó” las  elecciones de 1928 y, en enero de 1929, asumió la presidencia de la República, durante la cual, bajo su propio padrinazgo, se gestó la dictadura somocista, que tendría en Sandino a la primera de sus víctimas.

El sandinismo naciente es parte de esas fuerzas que obligaron al imperio a revisar su estrategia de dominación en el Hemisferio Occidental, naciendo así la Política de Buena Vecindad, que prohijó en América Latina, como dice Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, a dictaduras tan sanguinarias como la somocista.[64] Pero, en todo caso, es improbable, sino en extremo difícil, que esto pudiera materializarse sin el debido concurso que hombres como Moncada prestaron siempre al interventor.

Moncada, entre otras cosas, sacó a Somoza García del anonimato, lo nombró primer Jefe Director de la Guardia Nacional y, al parecer, se encargó de empujarlo luego al asesinato de Sandino y al derrocamiento de Juan Bautista Sacasa, para colocarlo en la Presidencia de Nicaragua.
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*Artículo publicado inicialmente en Revista de Historia y Ciencias Sociales, bajo el título: "Antecedentes de las elecciones que llevaron a José María Moncada a la presidencia". Una publicación del Departameto de Historia UNAN-Managua, Nicaragua.  N0. 9, II Semestre 2006.


[i]  Manuel Moncada Fonseca. “Los líderes de la Revolución contra el Liberalismo Progresista, según José María Moncada”. http://librepenicmoncjose.blogspot.com/2013/03/los-lideres-de-la-revolucion-contra-el_3.html
 [ii] La revolución contra Zelaya. Memorias del Gral. José  María Moncada. Masaya Nicaragua  193 (?). Original Mecanografiado por Apolonio Palacios, durante la administración Moncada.
[iii]. Esto se contradice con el postulado del autor que  dice que la humanidad no puede vivir, por su egoísmo, de acuerdo a la ley de Cristo y con el planteamiento de que Estados Unidos está llamado a expandirse aún a costa del resto de las naciones del mundo.



[1] Moncada, J.M. Estados Unidos en Nicaragua. Tipografía Atenas. Managua D.N. Nicaragua C.A. 1942. pp. 4-7.
[2] Selser, Gregorio. Sandino General de Hombres de Libres. EDITORIAL DE CIENCIAS SOCIALES, CIUDAD DE LA HABANA, ,1981.Tomo I. p. 193.
[3] Moncada, J.M. Estados Unidos en Nicaragua. Ob. cit.  pp. 7-13.
[4] Ibíd. pp. 14-15.   
[5] Véase introducción a la obra de Juan Bautista Sacasa ¿Cómo y  por qué caí del poder? Vanguardia 1988. pp. 9-39.
[6] No  puede pasarse por alto el hecho de que a la Guerra Constitucionalista los liberales se sumaran sólo tres meses después de que la misma estallara como producto del descontento y la rebeldía espontáneos del pueblo. Menos que pueda pasar desapercibida la forma inconsecuente en que Sacasa y Moncada la conducían. Con relación a esto último, debe recordarse: a) Que Sacasa salió huyendo de puerto Cabezas, dada la presión de la marina estadounidense, en diciembre de 1926; b) la negativa de Sacasa y Moncada para entregarle armas a Sandino; c) el rechazo de ambos a la propuesta que éste les hiciera para abrir un frente de guerra en Las Segovias; d) el intento de asesinato de Sandino por parte de Moncada; e) la orden que éste diera para evitar que soldados de otras columnas se pasaran a la comandada por Sandino; y por último, f) el desenlace reaccionario que tuvo la Guerra Constitucionalista, el 4 de mayo de 1927, que tuvo en Moncada a su protagonista principal.) Selser, Gregorio. Sandino General de Hombres Libres. Ob. cit. pp. 198, 200, 218-219. Selser, Gregorio. Nicaragua: de Walker a Somoza. Mex Sur Editorial S.A.1984. pp. 156-157.
[7] Cuadra Pasos, Carlos.  Historia de Medio Siglo. Ediciones El pez y la serpiente. 1964. pp. 140, 146, 155.
[8] La Gaceta. Sección Editorial. “Discurso Oficial Pronunciado por el Dr. Julián Irías, Ministro de Relaciones Exteriores, en Villa Stimson, el 4 de mayo  de 1930”.  Managua, lunes 5 de mayo  de 1930. p. 770. 
[9] Moncada. J.M. Estados Unidos en Nicaragua. Ob. cit. pp. 36, 38. 
[10] Cuadra Pasos,  Carlos. Historia de Medio Siglo. Ob. cit. p. 160.  
[11]  Moncada, JM. Estados Unidos En Nicaragua. Ob. cit. pp. 18-19.
[12] El personaje central de esta obra, representando al mismo Moncada, cuenta que en un momento determinado de su vida, representantes de su pueblo le pidieron que aceptara la candidatura para la presidencia de su país. Al respecto de esta invitación dice: “Acepte. ¡Qué no hace uno por la patria!”  Y,  más adelante, vuelve a la carga con esto: “Por modo espontáneo y casi unánime, llamáronme los pueblos  (...) al ejercicio del Poder Ejecutivo de la República”. Moncada, José María. Lo Porvenir. Segunda edición. Managua, Tipografía Alemana de Carlos Heuberger. 1898. pp. 129, 133.
[13] Moncada. J.M. Estados Unidos en Nicaragua. Ob. cit. p. 20. 
[14] Nota editorial. “Declaración del Presidente de la República, General José María Moncada”. La Gaceta. Diario oficial. Nº. 12. Managua, martes 15 de enero  de 1929.  p. 85. 
[15] Sandino aclara que conociendo a Moncada sabía que una conferencia con él significaría su muerte, por esa razón le dijo al Jefe del Ejército Liberal que lo autorizaba a firmar en su nombre. Román, José. Maldito País. Ediciones el pez y la serpiente. Managua, Nicaragua. Edición definitiva, 1983. p. 123.
[16] Moncada, J. M. Estados Unidos en Nicaragua. Ob. cit. pp. 23-26.
[17] Ibíd. pp. 25-29.
[18] Ibíd. pp. 93-94,107, 109, 114,120-121.
[19]  Ibíd. pp. 125, 127-129, 131-132, 136-137.  
[20] Ibíd. 137-139, 151-152, 155. 
[21] Cuadra Pasos Carlos. Obras. Obras I. Colección Cultural Banco de América. Serie Ciencias Sociales. pp. 326-327.
[22] Moncada, José María. Estados Unidos en Nicaragua. pp. 195-196.  
[23]  "Memorias  del doctor Daniel Alegría Rodríguez". En: Flakoll, D.J., Alegría, Claribel. Nicaragua: La revolución Sandinista Una crónica política 1855-1979. Serie popular era. Imprenta Madero S.A. México D.F. 1982. p. 44.
[24] Valle, Francisco del. “El Espino Negro”. El Correo del Caribe. 28 de enero de 1928.
[25] Entre los postulados principales de esta doctrina figuran: “(1) ‘Los continentes americanos por la libre e independiente condición que han adoptado y sostenido, no habrán de considerarse como sujetos de futura colonización por ninguna potencia europea”. (2) “El sistema político de las potencias aliadas es esencialmente distinto... del de los Estados Unidos... consideraremos todo intento de su parte por extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como un peligro para nuestra paz y seguridad”. (3) “No intervenimos ni intervendremos en las existentes colonias o dependencias de ninguna potencia europea”. (4) “En las guerras de las potencias europeas en asuntos que se relacionen con ellas mismas no tomaremos ninguna parte, ni es compatible con nuestra política hacerlo". Reseña de la Historia de los Estados Unidos. Servicio Informativo y cultural de los Estados Unidos de América. Sin fecha de edición.  p. 74.
[26] Sandino, Augusto C.  El Pensamiento Vivo.  Tomo 1. Editorial Nueva Nicaragua, 1984. p. 271.
[27] Scroggs, William O.  Filibusteros y  financistas. La Historia de William Walker y sus asociados. Colección Cultural Banco de América. Serie Histórica Nº1, PINSA. Nicaragua, 1974. pp. 3-5, 98.
[28] Véase: Selivánov, Valentín. "La Expansión de EEUU en América Latina". En: Historia de las Intervenciones Norteamerica­nas. Obra en dos tomos, Tomo II.  Redacción de "Ciencias sociales Contemporáneas". Academia de Ciencias de la URSS, Moscú, 1982. p. 15.
[29] Suchlicki, Jaime. “Carta del editor”. En: Norte y Sur. Revista de las Américas. Miami. Noviembre-Diciembre 1994, Summit of the Americas. Las Américas se reúnen para forjar el futuro. p. 2. John Spainer, otro estadounidense, en su obra La  Política Exterior Norteamericana a partir de la segunda Guerra Mundial, plantea que Estados Unidos no sobreviviría como país democrático si estuviera rodeado de “mares totalitarios”; si los valores democráticos no prosperaran en otras naciones. En tal concepto, la meta de esta gran potencia no es sólo su seguridad sino también la de “una América democrática”. Spainer, John. La  Política Exterior Norteamericana a partir de la segunda Guerra Mundial. Grupo Editor Latinoamericano. Colección Estudios Internacionales. Buenos Aires, Argentina. 1991. pp. 14, 17.
[30] Chomsky, Noam. Nuestra pequeña región de por aquí. Política de seguridad de los Estados Unidos. Managua, Nueva Nicaragua. 1988. pp. 17-19, 29.
[31] Stimson, Henry. La Policía Yanqui en Nicaragua. Versión española y notas por Alberto Canales. Editorial Nicaragüense. Managua, Nicaragua, América Central. 1965. (La traducción correcta del título del libro es la Política Yanqui en Nicaragua).Véase el Prólogo. p. 9.
[32] Ibíd. pp. 11-17.
[33] Salvatierra Sofonías. Sandino o la Tragedia de un pueblo. Madrid 1934. p. 39
[34] Cuadra Pasos, Carlos. Obra. Tomo II. Colección Cultural Banco de América.  Serie Ciencias Humanas. 1977. p. 306.
[35] Selser, Gregorio. Sandino General de Hombres Libres. Tomo I. Ob. cit.  pp. 126-128, 145. 
[36] Macaulay, Neill. Sandino. Traducción de Luciano Cuadra. EDUCA. 1970. p. 266. 
[37] Stimson, H.L. La Policía yanqui en Nicaragua. Ob. cit. pp. 20-23.
[38] Argüello, Rosendo R. Doy Testimonio. CIRA. Colección testimonio. Talleres DIESA, Managua, Nicaragua, 1987. p. 10.
[39] Selser, Gregorio. Sandino General de Hombres Libres. Tomo I. Ob. cit. p. 404. 
[40] Stimson. H. L.  La Policía Yanqui en Nicaragua. Ob. cit. p. 25.
[41] Moncada, José María. Estados Unidos en Nicaragua. Ob. cit. p. 121.
[42] Cummins, Lejeune. Don Quijote en burro. Editorial Nueva Nicaragua 1983. p. 18.
[43] Stimson. H. L.  La Policía Yanqui en Nicaragua. Ob. cit. pp. 29-30, 32-35.
[44] Ibíd. pp. 37-39.
[45] Gregorio Selser desenmascara la pretensión de ligar la lucha sandinista con la supuesta intromisión bolchevique de México en los asuntos internos de nuestro país, haciendo ver que esa acusación contra México se relacionaba más con la mira de los intereses estadounidenses en la Nación azteca que con los que tenía en la nuestra. El Pequeño Ejército Loco. Sandino y la Operación México Nicaragua. Editorial Nueva Nicaragua. 1986.
[46] Ibíd. p. 40. 
[47] Ibíd. pp. 41-43, 46.
[48] Ibíd. p. 48.
[49] Selser, Gregorio. Sandino General de Hombres LibresTomo I. pp. 397-398.
[50] Stimson, H. L. La policía Yanqui en Nicaragua. Ob. cit. pp. 49, 51-66.
[51] Somoza. A. El Verdadero Sandino o el Calvario de las Segovias. Edi. Y Lito. San José, S.A. Managua, Nic. C.A. 1976. pp. 17-18.
[52] Cuadra Pasos. Historia de Medio Siglo. Ob. cit. pp. 157-158.
[53] Ramírez, Sergio. "Sandino y los partidos políticos". Sesión inaugural del curso académico 1984. CNES–UNAN, Comité Nacional Pro-Conmemoración del 50 Aniversario  de la muerte del General Augusto César Sandino. pp. 10, 13-14, 19-20, 25.
[54] Cuadra Pasos. Obras II. Colección Cultural Banco de América. Serie Ciencias Humanas. Colección Cultural Banco de América. Serie Ciencias Humanas. 1977. p. 308.
[55] Sandino anota que a Beltrán Sandoval se le atribuye el levantamiento de El Rama del 4 de mayo de 1926, pero en realidad quien lo encabezó fue el General Adán Gómez, al que, por no saber leer ni escribir, Moncada y Sandoval le robaron sus glorias. Román, José. Maldito País. Ob. cit. p. 123.
[56] Nogales Méndez, Rafael. El Saqueo de Nicaragua. Ediciones Centauro, Caracas, Venezuela. pp. 55-57, 66, 71, 73,  154, 198-199, 206- 207, 278. 
[57] Publicaciones del Partido Liberal Nacionalista.  Segunda parte. Editorial la hora. Managua, Nicaragua. Marzo de 1962.   pp. 94-95, 110-111, 120-123, 193-194.
[58] Voces de Alerta del Dr. Luis Felipe Corea. Managua, octubre  de 1928.  pp. 2, 6, 8.
[59] Cummins, Lejeune. Don Quijote en burro. Editorial Nueva Nicaragua, 1983. p. 45.
[60] Sandino C., Augusto. El Pensamiento vivo. Tomo I. Editorial Nueva Nicaragua, 1984. p. 79.
[61] Ibíd. p. 98.
[62] Maraboto. Emigdio. Sandino ante el Coloso. Managua. Ediciones Patria y Libertad. Febrero, 1980. p. 12.
[63] Ramírez, Sergio. "El Muchacho de Niquinohomo". En: Ramírez, Sergio. El Alba de Oro. Siglo XXI editores. Segunda edición 1984. p. 32.
[64] Chamorro Cardenal, Pedro Joaquín. Estirpe Sangrienta: Los Somoza. Talleres de Artes Gráficas. Managua, Nicaragua, diciembre de 1978. p. 248.

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