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jueves, 26 de febrero de 2015

MATILDE GAMARRA RIVERO EN SUS “GRANDES ALMACENES”


UN BUEN DEBUT NARRATIVO
MATILDE GAMARRA RIVERO EN SUS “GRANDES ALMACENES”
Por Winston Orrillo

Se trata, Grandes almacenes (Grupo Editorial Arteidea, 2014) del primer libro en prosa de Matilde Gamarra Rivero, quien hasta el momento había publicado, con relevante aceptación cuatro poemarios, y, por lo pronto, ya anuncia su primigenia novela: Los límpidos colores.

Ella, sanmarquina neta –titulada en docencia en la especialidad de Lengua y Literatura- amén de la lírica y la narración, asimismo ejerce el periodismo y la docencia para la que estudiara.

Nacida en Lima (en los Barrios Altos, de donde procede, asimismo, esta cronista) ella hace un tiempo reside en Miraflores, pero las raíces se hallan en esa zona tradicional y entrañable de nuestra Metrópoli, un tanto venida a menos por los consiguientes problemas socioeconómicos, pero que, a pesar de ello, mantiene una personalidad sui géneris; la que se trasunta en este libro que, por momentos, tiene un sabor de elegía o de una suerte de proustiana “A la recherche du temp perdu”.

Por ello, particularmente para quien esto escribe, fue un periplo deleitoso acompañar a la autora y sus peculiares personajes por su discurrir en la Gran Ciudad Invadida y Destruida, pero que, aquí y acullá, mantiene un encanto, una exudación que Matilde no deja de transmitirnos, con una prosa tachonada de nostalgia y de tratamiento entrañable del tema de esa Lima que se fue hace ya bastante tiempo.

Sus personajes más relevantes Yésika, Léider, Rosamary y, particularmente, Claudito, son como evanescencias de un territorio asendereado por una vida que fue, pero que, en algunos aspectos, particularmente en los que la autora nos presenta, persiste.

Bares, restoranes, calles, jirones, plazas, iglesias, avenidas: todo fluye lleno de una vida que la narradora sabe iluminar con el carácter entrañable de su prosa y de su punto de vista.

Equivocadamente, se consigna en la contra carátula que se trata de cuatro cuentos: en realidad, Grandes Almacenes y Mi mamá se llamaba Elenita, pueden ser novelas breves o relatos, como se quiera. Pero su dimensión escapa, largamente, a la extensión de un cuento y, sobre todo, a su estructura.

Grandes almacenes, el texto que da título al volumen, narra la historia de Yésika, una muchacha de origen humilde que socialmente sube al aprovechar de su belleza, con una actitud que tiene mucho de reivindicación y de cobrarse lo que la vida le hiciera a ella. El relato se sustenta en la narración de las vicisitudes de aquélla, junto con una suerte de monólogo interior donde se nos va dando la clave del porqué Yésika es como es, lo que devino en la resultante de su arribismo inverecundo.

En fin, creo que es un personaje polémico, según la perspectiva desde la que se le vea. Esperemos otros comentarios.

Algo que nos fascina en el libro es el lenguaje coloquial del que la autora hace gala, y que ayuda, enormemente, a que la lectura sea placentera: “…desde que te conocí te agarré un camote, hijito…” “Así que Yésika, sin proponérselo, sin ir a gimnasio alguno, solamente con aceptar cuando le proponían chacachaca, podía lucir una silueta ideal, fashion, propia de una ejecutiva que anhela continuar escalando posiciones en la empresa…”

En la pimera pieza narrativa, la que da título al libro, es preciso anotar la sutil crítica a la deshumanización del trabajo en estos “grandes almacenes” que no son otros que el espejo de los malls que proliferan hogaño.

En cuanto a las técnicas, la autora las usa libremente: la ubicua tercera persona, en la figura del narrador omnisciente, y los monólogos interiores, así como el cruzamiento de los puntos de vista de sus personajes.

Es particular, sin embargo, la estructura de “Mi mamá se llamaba Elenita” que es una suerte de incoercible monólogo interior que intenta reproducir el caótico pensamiento del protagonista, Claudito, que no separa nada y todo lo entrevera. Su aventura existencial, sin embargo, queda bien delimitada: desde la cumbre hasta el abismo en que concluye: y todo por culpa –él quiere así hacérnoslo saber- de una madre no un poco tonta sino “muy tonta”, que no aceptó la propuesta del padre del protagonista para que éste viva con él, lo tenga su cargo, mientras que, a su lado –al lado de ella- le hace pasar la mar y morena a Claudito Apéstegui-Fernández Castillejo que, de propietario de unas hectáreas en la selva, acaba durmiendo en un coche abandonado del que pasa, directamente al botadero.

“Historias de gatos” me llevó al equívoco de pensar que trataría de mis adorados mininos, pero no era sino la narración de las aventuras “techeras” de los protagonistas que, por otro lado, nos muestran una de las vigentes realidades más significativas de hoy: la vida en las otrora casonas del Centro de Lima, hoy tugurizado y convertidas en una suerte de conventillos.

Matilde Gamarra Rivero, pues, debuta con muy buen pie en la prosa de ficción, lo cual nos hace esperar, con ansiedad, su anunciada novela.


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