Portada de antigua versión de Revista Libre Pensamiento

lunes, 1 de diciembre de 2014

Chespirito y el Capitalismo

Chespirito y el Capitalismo
Por Marcio Vargas Arana

Viendo el fenómeno causado en la redes sociales por el reciente fallecimiento de Roberto Gómez Bolaños —fenómeno en el cual la comunidad de cibernautas se dividió en dos bandos contrapuestos y con ideas irreconciliables entre ambos, pues por un lado muchos lamentaban su descenso y por otro, muchos más, si bien no lo festejaban, señalaban su lado negativo dentro de la televisión mexicana- me permito meter mi cuchara en el asunto y expresar mi humilde opinión.

El Chavo del 8 con toda su caudal de éxito en México y Latinoamérica contribuyó en nuestros países a generar el mal gusto por la comedia del pastelazo y provocó que muchas generaciones de telespectadores se regodearan y acostumbraran a la simpleza, la ñoñería y la comicidad más rupestre que existe en el medio del espectáculo, esa comicidad de golpes, cubetazos, escobazos, derechazos, la comicidad del ridículo, de la pena ajena, del equívoco, del doble sentido y de la repetición infinita.

El Chavo del Ocho fue (o es, pues aún se sigue transmitiendo), una serie de televisión que explotó la parte más cursi y barata del sentimentalismo y comicidad televisiva, haciendo creer al público televidente que la precariedad es algo divertido, que la pobreza es algo que, si la padecemos, la debemos disfrutar y en ocasiones agradecer. Y no es que queramos negar que tenía sus meritos, no, pero El Chavo del Ocho (y toda su lista de personajes perdedores y tontos), siempre se regodeó en promover el conformismo, el Así Son LasCosas Que Le Podemos Hacer, el callá y obedecé (sino casquín y pipipipipipi), el respeto a la moral católica y la burla de las carencia del otro. De hecho, Roberto Gómez Bolaños, en la vida “real” (es decir, ante el público en entrevistas y programas dedicados a él no sé si en su intimidad), se presentaba con una gazmoñería propia de colegios religiosos y sociedades apolilladas. No es por ello extraño que en el 2006 Roberto Gómez Bolaños apoyara al candidato del PAN Felipe calderón, candidato en ese tiempo a la presidencia de México e integrante de la más rancia y déspota derecha mexicana y responsable en México de la muerte de más de 100,000 mexicanos y la desaparición de más de 50 mil y hablaba de comportarse bien, obedecer las leyes y ser felices a pesar de todo.

Otra de las características negativas del Chavo del Ocho es que hizo creer a muchos que actuar, vivir y socializarse como un ignorante era una forma correcta de vivir, que una persona sin conocimientos podría ser el chistoso de la clase, el ocurrente de la vecindad, el tontito tierno del programa y que vivir así y no pasar de eso, no constituía problema alguno; al contrario, ese tontito puede servir de catalizador de frustraciones de todos los que le rodean ya sea: gritándole, burlándose de él, golpeándolo, regañándolo, despreciándolo, culpándolo de todo (“tenía que ser el chavo del 8”), segregándolo, ignorándolo, humillándolo, en fin, todo el catálogo de lo que ahora le llaman "Bullying."
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Ahora bien, en el contexto de la sociedad neoliberal es claro que el Chavo del Ocho es el arquetipo del pobre “bueno”, menso, dejado, pleitista, crédulo, conformista, “agradecido”, centavero, envidioso, díscolo, perdedor, ignorante, sentimentaloide, rencoroso, metiche, sólo da lástima, pordiosero y católico; es el pobre que no puede aspirar más que a una torta de jamón, el pobre que debe aceptar, sin dudar, su situación; el pobre que debe obedecer a su mayores (y por extensión a sus autoridades) sin poner nunca en duda sus órdenes; el pobre cuya única forma de confrontar al poder económico es golpearlo cada vez que llega a cobrar la renta o partirle los cachetes de marrana flaca al niño popis de la vecindad, hasta ahí. El Chavo del 8 representa a cabalidad al Pobre que nunca crece, ni mental, ni físicamente. El pobre huérfano de todo, que vive así porque así debe ser; el pobre que debe tener miedo a Dios y esperar la recompensa a sus miserias después de su muerte; el pobre cuyas carencias son culpa de él y no del sistema; el pobre que espera el milagro de San Judas; el pobre que nace, crece, se casa, reproduce y muere en su vecindad; el pobre que no necesita dinero para ser feliz; el pobre que es pobre porque así debe ser, porque así lo quiso dios, porque a pesar de todo “vivimos pobres pero vivimos contentos”; ese pobre que le conviene a los gobiernos autoritarios, ese pobre que le gusta a las oligarquías fascistas, ese pobre que no exige nada y le gusta a las autoridades religiosas y televisivas, ese pobre que le tiene miedo al pobre que protesta, reclama y se indigna con la pobreza de los demás.

No lo niego, de niño lo vi y me reí con sus personajes, pero con el tiempo caí en cuenta de todo el trasfondo (tal vez inconscientemente armado o no), de una serie de televisión que con la etiqueta de “humorismo blanco” penetró en la mente de miles de mexicanos y latinoamericanos, contribuyendo, en parte, a la apatía y conformismo que caracteriza a muchos de nuestros pueblos donde ahora miles lamentan su descenso desde su pobreza secular, desde su pobreza económica, desde su pobreza intelectual (la cual probablemente ni es culpa de ellos, sino del sistema), desde su pobreza cultural, desde esa pobreza que Roberto Gómez Bolaños se encargó de beatificar; en una tradición mexicana que él continuó, pues la heredó de las radionovelas, telenovelas y películas mexicanas donde la pobreza siempre ha sido signo de “beatitud” “nobleza” “bondad” estoicismo y “felicidad” (al estilo de la trilogía de “Nosotros los Pobres”), todo ello transmitido a las masas con la única intención de alimentar una conformidad insensible que los mantenga anestesiados para que no pidan lo que en justo derecho les corresponde y la oligarquía les tiene vedado.


Primero de diciembre de 2014.

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