Portada de antigua versión de Revista Libre Pensamiento

sábado, 15 de noviembre de 2014

EL ÚLTIMO DIARIO (NOCTURNO) DE ANA FRANK

EL ÚLTIMO DIARIO (NOCTURNO) DE ANA FRANK

Winston Orrillo*

Lo primero fue una silenciosa maldición contra mi ausente primo. Él, trabajador de aquella empresa de transportes, tenía la delicada misión de ponerme en un lugar que me permitiera viajar con relativo esparcimiento; es decir, "acomodarme" (para eso estaban sus influencias de "hombre de la casa") junto a una muchacha, o por lo menos, con una que no pasara los decisivos cuarenta.

Pero cuando, al no poder reprimir la curiosidad, pedí la lista de pasajeros, y me encontré -lo primero- con la edad de mi eventual acompañante para aquel viaje nocturno, no pude reprimir el puteo, que, pronto, dio pase a un escepticismo al pensar que, en mi familia, existía algo así como un congénito sentido, más que del humor sano, del llamado "negro".

De modo que me volvió el alma al cuerpo al pensar que mi primo Manuel había decidido jugarme una broma pesada, y no había vacilado al dibujar aquellos '70s" al lado de mi vecina, a fin de hacerme rabiar, como en efecto lo estaba logrando ahora,

Yo había llegado a la agencia de transportes con media hora de anticipación, de modo que los minutos empezaron a caer con ese silencio pesado de los instantes definitivos; tensión que se acentuaba porque venía de una noche en blanco, cosa frecuente en las vísperas de casi todos mis viajes.

El primer contratiempo, sin embargo, fue, aparte de leer aquellos fatídicos "70s", saber que mi primo no llegaría esa noche al trabajo, pues era su "día libre". Nadie, por otra parte, sabía nada de mi maldito boleto, que yo dejara en manos de mi bromista pariente para facilitarle la "operación acomodo".

Total: no estaba mi primo, no estaba el boleto de marras, aunque sí figurara mi nombre al lado de la misteriosa dama, cuyo nombre me importaba un carajo, deslumbrado como volví a ponerme por esos "70", que me empezaron a obseder.

Muy pronto, sin embargo, se arregló aquello de la falta de boleto, pues mi primo tenía muy buenos compañeros de trabajo, que rápidamente corrigieron el error del colega, su olvido lamentable.

En buena cuenta, me improvisaron un boleto con el número que figuraba en la lista de pasajeros, y quedé listo para embarcarme, no sin antes darme cuenta que mis ojos se habían empezado a fijar en una dulce anciana que, rodeada de dos jóvenes (al parecer sus nietos: muchacha y muchacho de ojos azules) se despedía con sosegados gestos, besos menudos, suaves caricias.

Los mecanismos intuitivos estaban con los alambres pelados.

El aspecto de la anciana era extranjero. Y, con esta idea de extranjero, me vino a la memoria lo que había, de inmediato, olvidado por la obsesión de los malditos "70s"...

Lo que había olvidado era el nombre de mi compañera de viaje, que así como la edad, me pareció igualmente un invento jodedor de mi primo, conocedor éste de mis aficiones literarias: el nombre que figuraba al lado del mío era nada menos que el de ANA FRANK! Sí, ANA FRANK... pero de Chafloque, apellido tan norteño como el "espesado" de los lunes, o el cabrito a la chiclayana, o los King­kones de aquella zona del septentrión peruano a la que, precisamente, yo me dirigía.

Ya en el asiento, una primera cuestión me sorprendió. La anciana, que por cierto, era la misma en la que se habían fijado mis intuitivos ojos, había, no sé cómo, llegado antes que yo, y esto le permitió indicarme que mi asiento era el del lado de la ventanilla, cuando, yo, es claro, sabía que, el escogido por mí, era precisamente el otro, el del pasillo, por su mayor posibilidad de moverse, para no estar arrinconado y, en fin, por la eventualidad de que las lunas no estuvieran, correctamente alineadas, y pasara aunque sea un "filtro" de viento nocturno, lo que bastaba para coger un catarro descojonante.

Mas la anciana, con voz suave pero firme, me indicó (me ordenó) que tomara el asiento del lado de la ventanilla.

Perplejo, no sé cómo, me vi, sumisamente, acomodándome en ese asiento que, desde hace varios viajes, sistemáticamente evitaba.

Al poco rato, la voz cascada y con un lejano dejo entre extranjero y loretano (después informaría que su marido era de la selva), volvió a decir algo sobre la distancia o mi propio destino: "¿Usted va a Chiclayo?". ¡Yo me quedo en Guadalupe!".

—'No se lo he preguntado!"—, me dio ganas de decirle, pero preferí callar, arrellanarme en mi in­deseado asiento y estirar las piernas para dormirme de inmediato.

Creo que no habría pasado ni una hora de viaje, cuando fui despertado bruscamente por un golpe que me llegó a la parte baja de la pelvis.

La anciana se había acomodado imperiosamente, ofreciéndome —ordenándome tomar— su gelatinoso trasero que, sin embargo, en un rítmico, imperceptible movimiento, fue adquiriendo como un aire de ruta envolvente, de música wagneriana en cuyo bosque de siniestras walquirias sentí que era, en forma irremediable, capturado.

Perplejo, al principio no supe qué hacer. Avergonzado siquiera porque me pasaran por la cabeza —y por la sangre— ideas eróticas respecto a tan venerable matrona, preferí concentrarme más y más en mi (desde entonces) desasosegado sueño.

¡Imposible, no podía volverlo a conciliar! Me dediqué, entonces, a observar de reojo a mi acompañante. La sentí proferir extraños grititos, agitar los brazos, 'tentar las más diversas posiciones, arreglarse los trapos: en fin, mil cosas, menos, ostensiblemente, dormir.

Mientras tanto, yo percibía que el cuerpo de la señora germana (porque para esto yo había escuchado un breve diálogo con una pasajera vecina, en el que ella se identificaba como de ese país, y más concretamente 'de Baviera" —la maldita tierra de Hitler, mascullé para mis adentros); mientras tanto, el cuerpo de la pai­sana del Führer —ya no me cabía la menor duda— buscaba el mío afanosamente.

En un momento determinado, la tuve casi encima de mí, En esos instantes, las infinitas arrugas de su rostro, y su aspecto venerable, sufrieron una espantosa metamorfosis: ¡yo me sentí víctima de una gorgona o de cualesquiera de esos monstruos mitológicos que, con figura femenina (¿por qué será no cesaba de preguntármelo?) tientan, atrapan y descuartizan a los desprevenidos viajeros!

Una repugnante mezcla de placer, sorpresa e inenarrable miedo, me atravesó la garganta cuando percibí que mi propio miembro escapaba de mi bragueta que, la verdad absoluta, no recuerdo cómo se había abierto de par en par.

Sentí que podía estar enfrente de mí,mirándome, y que mi alucinado adminículo intentaba horadar el gastado pantalón de la anciana, debajo del que su cuerpo había cobrado una voraginosa cadencia.

Al abrazarla con las piernas, pareció reaccionar y me retiró, con suma delicadeza y cortesana afabilidad, una de ellas que ya tenía encima de su ruinosa cintura.

Esto me asustó, y parecióme que todo se debía a una horripilante pesadilla, y que, entonces, Ana Frank no era sino un cliché literario, quizá incentivado por una reciente lectura de Sophia, obra maestra de Styron.

Pero, lamentablemente, la verdad inconcusa era que, a mi costado, a cuatro horas de camino de Lima, con dirección al Norte del país, una añosa alemana jadeaba y me invitaba y se retiraba alternativamente, de mi ya —ahora— desenfrenado ataque sexual.

De vez en cuando, las luces de esos malditos pueblos que bordean la carretera, o de grifos sucesivos, me permitían ver el seráfico rostro de la anciana, lo cual morigeraba mis arrestos fáunicos, y entonces me venía la seráfica imagen de mi fallecida abuela, a la que, por, otra parte (reparé con alarma) tánto se parecía esta provecta cuando eléctrica dama teutona.

Ya con mi abuela al costado, la cosa cambiaba. No podía evitar el recuerdo de los doce hijos que tuvo; y el rostro —siempre huidizo— de mi abuelo, esmirriado, fugitivo, disminuido frente a ella: era como comparar a una fruta de campo pleno —mi abuela— con una flor de invernadero —mi abuelo—. La verdad es que yo no pude nunca concebirlos juntos, en las altas tareas del tálamo (por lo menos en las épocas en que conocí a ambos: ya bien entrados en sus respectivos ocasos).

La sagrada memoria de mi abuela, me conducía —¡Oh, magno, irreversible lenitivo!— a una suave modorra, de la que era nuevamente despertado, en forma violenta, por otro empujón —caderazo— de la impaciente y vetusta walquiria, que no parecía dispuesta a concederme tregua alguna; aunque cuando yo iniciaba, conscientemente —con esa conciencia crepuscular, por cierto, en la que se desenvolvían todas estas pesadillescas acciones— un ataque frontal, ella se daba suficiente maña como para ponerse en guardia y hacerme emprender una discreta cuanto imponente retirada.

Así pasarían unos doscientos kilómetros más: la fatiga me hacía cabecear y cabecear, y nuevamente los arrestos voraces de mi onírica acompañante; y cuando yo volvía a lo mío...

En un momento me pareció sentir su mano par­kinsoniana hurgando en mi entrepierna: fue una sensa­ción fugaz, casi como un rito druídico del que, cuando quise tomar conciencia, va se había esfumado y, en su lugar, quedaba el rostro hierático de la anciana, su roncar —casi un graznido— y la asquerosa sensación de su chompa o chal o no sé qué envoltorio de mierda,  de aquellos que usan las viejas para las nocturnas travesías, por pequeñas que éstas sean.

En uno de esos bruscos despertares, y acuchillado por el frío del borde de la ventana —al que fui obligado a arrimarme (ya lo dije) por la inicial prepotencia germánica de mi compañera de viaje— creí darme cuenta que, por un huequito del cielo, empezaba a nacer la lechosa claridad del alba.

Sentí que ella podía ser —no sé por qué— mi salvadora.

Y en efecto, conforme aquel punto de leche fue, en el horizonte, convirtiéndose en una mancha cada vez más distinguible, los empujones, los arrestos, la fuerza de los golpes —caderazos, ya lo dije— de la vieja teutona, fueron disminuyendo.

Pude entregarme a una relativamente sobresaltada modorra.

Habíamos ya pasado Chimbote. Tnijillo fue dejado atrás, y, en esa recta, fatigosa ruta que conduce hacia los pueblos del más alto septentrión, la luminosidad del alba fue inundando el autobús.

Yo tuve la clara sensación de que estas luces disolvían esa suerte de campo de concentración en el que había estado durante la noche entera; y que la llegada del día transformaba el rostro de mi carcelera —que bien podía haber sido, en su lejanísima juventud, una de esas robustas e implacables caporales de los Auschwitz o Dachau; aquellas que tenían, a su "servicio exclusivo", a los famélicos prisioneros, uno de los cuales acababa de ser precisamente yo.

De modo que esta Ana Frank apócrifa —de Chafloque— fue disolviéndose, poco a poco, como una vela que lentamente se consume con la llegada sigilosa del alba liberadora.

El raído pueblo de Guadalupe fue alcanzado por nuestro ómnibus, ya en pleno pecho de la joven mañana. Yo con apenas un tembloroso ojo medio abierto, alcancé a distinguir el descenso de mi cancerbera que, antes de abandonar su tenaz emplazamiento a mi costado, me hizo la ofrenda de un discreto regüeldo, y de una soberbia descarga de gases, que no pudo menos que hacerme evocar las cámaras letales donde, apenas ocho lustros antes, moría la homónima, y seguramente antónima, autora de aquel Diario, que yo había sórdidamente evocado durante la noche esperpéntica, que felizmente se iba alejando, conforme se perdía, por las calles retorcidas de esta villa polvosa, la figura elefantiásica de la paisana del autor de Mein Kampf. 
_____________

*Doctor en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Escritor, periodista. Profesor Principal en las Universidades de San Marcos y San Martín de Porres. Dos veces Mención Honrosa en el concurso de cuentos de la revista “Caretas”.
Premio “El Poeta Joven del Perú”, 1965

Premio Nacional de Periodismo, 1969.

Ha publicado tres libros de Cuentos: Barrios Altos, 1965; El hombre que escribía en el asfalto, 1986; y El último diario(nocturno) de Ana Frank, 1986

Obra parcialmente traducida al inglés, francés, italiano, búlgaro, ruso, rumano, coreano.

Tiene en prensa en editorial San Marcos un libro titulado: “Winston Orrillo: Cuentos (casi) completos

Ha sido Jurado en el Concurso Internacional de Literatura de la Casa de las Américas.

Tiene más de veinte libros de poemas y ocho de ensayos político- culturales, entre los que destacan: “Vallejo periodista paradigmático”, “Los géneros periodísticos en Vallejo”, “Biografía y biología de Juan Croniqueur”, “Mariategui Juvenil: el cronista”, “Imperialismo y medios masivos de comunicación”, “La pedagogía reaccionaria de Walt Disney”

Ha viajado por casi todo el mundo en misiones culturales.

Lima, 1941

EL PROFETA ATACURI

Para Mariella Trejos v Jorge Billouru

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