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martes, 10 de junio de 2014

Declive imperial: el fascismo camuflado del Occidente

Declive imperial: el fascismo camuflado del Occidente
Tortilla con sal

Enviado por tortilla en Lun, 06/09/2014 - 12:29

tortilla con sal, 6 de junio 2014

Cuando los dirigentes occidentales se reunieron el 6 de junio pasado para conmemorar el asalto 70 años antes para liberar Europa de la ocupación nazi, hubo varios detalles que los medios occidentales no mencionaron. El más obvio fue que la fuerza militar que más hizo para derrotar a la Alemania Nazi no fue la estadounidense ni la británica, sino el Ejército Rojo de la Unión Soviética. Tampoco se mencionó que 
las corporaciones estadounidenses colaboraron activamente con la Alemania Nazi hasta la entrada de Estados Unidos a la guerra al lado de Gran Bretaña en 1942. Otro detalle que fue obviado durante la conmemoración del 6 de junio fue el papel clave en el victorioso asalto de las fuerzas coloniales de los aliados occidentales compuestas por cientos de miles de tropas de África y de Asia. 

Son muchas las contradicciones históricas en relación al comportamiento de los genocidas gobiernos occidentales en la Segunda Guerra Mundial. Este conflicto estuvo lejos de ser una guerra por la liberación de la humanidad. Eso se demostró con el uso de las bombas atómicas contra cientos de miles de civiles en Japón. Inmediatamente después vinieron las masacres coloniales perpetradas en Corea, Argelia y Madagascar, entre otros países víctimas del imperialismo occidental.

Sin embargo, la contradicción más vergonzosa de la celebración de este 6 de junio pasado, fue que todos los dirigentes occidentales actualmente apoyan un régimen fascista en Ucrania. Es un régimen que ha lanzado una guerra genocida contra las poblaciones de habla rusa de las nuevas repúblicas de Donetsk y Lugansk. Gran parte de las fuerzas ucranianas apoyadas por los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN son milicias nazis.

La falsa propaganda occidental en relación a los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial no debería de sorprender a nadie. Los medios occidentales siempre han ofrecido una versión sesgada de la historia para hacer sus sociedades aparecer mejores de lo que son. Lo que asusta ahora es la narrativa demencial que ofrecen, una narrativa que insulta la inteligencia y el sentido común de cualquier persona consciente de las realidades mundiales de hoy en día.

Aquí, es relevante recordar las palabras del aspirante preferido de Franklin Roosevelt a ser el candidato del partido demócrata para la Presidencia de los Estados Unidos en 1944, su Vice-Presidente Henry A. Wallace. Relativamente progresista, Wallace perdió la candidatura ante Harry S. Truman a causa de la oposición del sector corporativo del partido Demócrata y de sus sectores racistas del Sur de Estados Unidos. El 19 de abril 1944, Wallace escribió un artículo en the New York Times con el título "El Peligro del Fascismo Americano”.

Wallace observó, “El fascista americano prefiere no usar la violencia. Su método es el de envenenar los canales de la información pública. Para un fascista el problema jamás es cómo presentar la verdad al público sino como usar las noticias para mejor engañarlo y así lograr que entregue más dinero y más poder al fascista y sus compinches.” Wallace habría podido estar escribiendo hoy, porque sus palabras corresponden exactamente al quehacer de la derecha a lo largo de las Américas del Norte, del Centro y del Sur.

De hecho, los nazis ucranianos son aliados naturales del Presidente estadounidense, Barack Obama. El régimen de Obama combina un Estado de seguridad nacional coercitiva con el poder de una clase corporativa criminal en la tradición clásica del fascismo europeo y latinoamericano. La sigilosa retórica falsa y venenosa de Obama refleja de manera ejemplar el peligro de que Henry Wallace advirtió hace setenta años. La tóxica narrativa occidental es que las acciones del Occidente siempre son benignas, justas, honradas y virtuosas mientras sus militares invaden, torturan, masacran, y facilitan el terrorismo en todo el mundo desde China y Corea del Norte, hasta  Asia Central, Siria e Irán, pasando por África, y en América Latina, principalmente a Cuba y Venezuela.

Ahora, los Estados Unidos y sus aliados en Europa y el Pacífico están en un gran dilema. Sus mentiras ya no pueden encubrir el fracaso de su modelo económico y político. A pesar de la incesante propaganda oficial, categóricamente se puede afirmar que no ha habido una recuperación económica en Estados Unidos desde el colapso financiero del 2008. Lo único que han hecho es inflar de manera artificial los precios de los activos corporativos y de la vivienda. La economía productiva sigue colapsada.

En el mes de mayo pasado, el empleo finalmente recuperó los niveles de 2007. Pero en este año 2014 hay 10 millones de personas más que han entrado al mercado laboral. La mayoría de los empleos son de medio tiempo y de baja remuneración. El nivel de desempleo con la medida amplia U-6 es de más de 12% pero la participación económica de la población alcanza niveles históricamente bajos.

Es cierto que en el sector de la vivienda, los precios de los inmuebles han recuperado los niveles de 2007. Pero en cambio, el gasto de consumo está casi a los niveles de la recesión de 2000. Desde 2010, las solicitudes de hipotecas para poder comprar una casa no han aumentado. Las ventas de las viviendas se sostienen por las compras de las instituciones y las corporaciones, no por las de las familias que verdaderamente necesitan una vivienda digna.

La otra fuente de dinamismo en la economía estadounidense debería ser el sector empresarial. Las bolsas de valores están llegando al fin de un estupendo auge sostenido por la intervención del banco central estadounidense, la Reserva Federal. La Reserva Federal ha suministrado más de tres millones de millones de dólares a tasas de interés de casi cero, para ser más exactos, de 0.1%, a los sectores financieros estadounidense y europeo. Es por ese motivo que las ganancias corporativas están a niveles récord. Las corporaciones sacan préstamos baratos para ganar enormes excedentes especulativos en los mercados internacionales.

Pero esas ganancias son percibidas por un grupo reducido de alrededor de veinte instituciones y grandes empresas, principalmente bancos. El resto de los cientos de empresas cotizadas en las bolsas de valores estadounidenses están en pésimo estado, luchando para sobrevivir. Ya se han agotado las ventajas otorgadas por el rescate del 2008 y el sostenimiento de liquidez en los mercados. La evidente realidad es que la gran mayoría de la población no tiene suficiente dinero discrecional para aumentar sus compras. Por ese motivo la economía no puede crecer.

El gran logro económico del régimen corporativo de Barack Obama es el de haber demostrado contundentemente durante seis años que es posible destruir los niveles de vida de una población aún con una tasa de inflación bajísima. Solo es necesario consolidar la desigualdad social y económica asegurando que los salarios queden estancados o disminuyen a la vez que se aumenta la productividad de una manera desproporcionada a favor de las élites oligárquicas. Ahora ese vergonzoso logro de Barack Obama y sus compinches corporativos les ha conducido a un impresionante callejón sin salida.

Las dos alternativas son las de seguir o no seguir sosteniendo el sector corporativo por medio de un continuo flujo desmedido de dólares sin un fondo productivo para justificarlo. Si siguen con esa política, corren el riesgo de destruir el valor del dólar a nivel internacional de tal manera que perderían la histórica ventaja de la hegemonía del dólar como moneda de referencia global. Eso implicaría un reordenamiento revolucionario del mundo financiero y comercial. Empero, si no siguen con la política de apoyar su sector corporativo para así proteger la hegemonía del dólar, habría un colapso en los valores bursátiles y muchas empresas irían a la bancarrota.

A todo esto hay que agregar el hundimiento de todas las profecías optimistas que anunciaban un resurgimiento de los EE.UU. como gran productor de petróleo, capaz de dejar atrás su dependencia del crudo importado. A fines de mayo, el diario estadounidense Los Angeles Times anunciaba que el petróleo técnicamente recuperable del mayor yacimiento estadounidense de esquisto bituminoso (petróleo no convencional producido a partir de ciertas rocas), ubicado en Monterrey, California, habían sido sobrestimados en nada más ni nada menos que un 96%.

Ese yacimiento fantasma representaba alrededor de dos tercios de las supuestas reservas de petróleo de esquisto de la nación. Es decir, que el discurso aquel de unos EE.UU. libres de la dependencia del petróleo extranjero y de una OPEP irrelevante en el plano geopolítico, no han resultado ser más que cuentos, fantasías estadísticas, probablemente mantenidas por aquellos interesados en meterse en el bolsillo los jugosos contratos de explotación del quimérico esquisto (y otros intereses similares). Lo cierto es que el control del petróleo ajeno sigue siendo un factor de primer orden en la geopolítica estadounidense.

Esto queda comprobado con el nombramiento de Hunter Biden, hijo del vicepresidente de EE.UU., Joe Biden, como director y principal abogado de la petrolera Burisma Holdings Limited, con fuertes intereses en el este de Ucrania, donde las tropas nazis de Kiev, aliadas de la OTAN, están sometiendo a la población civil de las provincias independentistas a lo que cada día se parece más a un baño de sangre. Por otro lado, la obsesión de la Casa Blanca en el derrocamiento del gobierno bolivariano dirigido por Nicolás Maduro en Venezuela, se puede comprender bajo una luz mucho más clara si se toma en cuenta que Venezuela es el cuarto proveedor de petróleo a los Estados Unidos, con más del 9% de sus importaciones totales de crudo. Las reservas de petróleo de Venezuela se calculan ser entre los más grandes del mundo.

Es este desesperado contexto económico doméstico en los países del Occidente el que en gran parte impulsa su extremadamente peligrosa política externa imperialista. Si uno mira la lista de países mal vistos por Estados Unidos y sus aliados, o tienen muy importantes recursos naturales, o están ubicados en zonas de interés estratégico o, en el caso de Rusia, China y Brasil, son rivales que amenazan el dominio global del Occidente. Aparte de esos países gigantes, se trata en este momento, en mayor o menor grado, de Argentina, Bielorrusia, Bolivia, Corea del Norte, Cuba, Ecuador, Irán, Líbano, Nicaragua, Siria, Venezuela y Zimbabwe entre otros.

En todos estos casos, la agresión occidental, liderada por los Estados Unidos está estrechamente ligada al fracaso económico en Estados Unidos, Europa y Japón. Estados democráticos podrían resolver sus problemas económicos por medio de una redistribución equitativa de la riqueza. Pero los países de Occidente son democracias solo de forma. A nivel del poder fundamental, sus poblaciones son dominadas por oligarquías corporativas avariciosas.

En el caso de Estados Unidos especialmente, se trata de una variedad de lo que algunos llaman “fascismo suave” o “fascismo-lite”. En la medida que esa condición política avanza, las dementes mentiras de los líderes occidentales y sus medios serán cada vez más evidentes. Hay una relación directa entre las mentiras y fantasías promulgadas sobre las economías domésticas de los países occidentales y las mentiras sobre sus crímenes a nivel internacional.

Para el Occidente no hay vuelta atrás. Es un enorme zombi, un muerto que camina. No va a recuperar su antiguo prestigio e influencia a nivel global. Solo le queda su incuestionable dominio destructivo militar. El degenerado excedente de su poder financiero se consume a sí mismo. Su significativo poder productivo está en declive relativo al de sus rivales internacionales.

A pesar de su desesperada apuesta por el gas de esquisto que es una falsa solución de muy corto plazo, Occidente tiene un crónico déficit de materia prima y recursos energéticos. Para la humanidad se trata de un desastre ambiental anunciado impulsado por la demente avaricia de las élites occidentales. Frente a la insistente agresión destructiva occidental, la mejor esperanza para la humanidad es la resistencia antiimperialista actualmente de pie en América Latina, en Siria, Líbano e Irán, en partes de África, y ahora en Rusia y China también.


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