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miércoles, 9 de abril de 2014

Corporaciones transnacionales y el gobierno global

MIÉRCOLES, 9 DE ABRIL DE 2014

Juan Francisco Coloane 

Especial para ARGENPRESS.info

Observando la coyuntura en torno a Ucrania, Crimea, Siria y Corea del Norte, por citar los conflictos de más difusión, la actual tendencia de los equilibrios en política internacional está determinada por el diseño económico del capital transnacional.

La confrontación en esas regiones refleja que la geopolítica es cada vez más geo-economía. Las naciones con mayor tutelaje sobre las Corporaciones Transnacionales que dominan la economía global y que son precisamente las que forman gran parte de la Alianza Trasatlántica, comienzan a enfrentar a las naciones ubicadas fuera de esta alianza, aquellas impulsando sus propias corporaciones de llegada global emergentes, como son los casos de China, Rusia, India, Sudáfrica y Brasil y otras naciones fuera de esa alianza con sus economías en alza.

De las 100 Corporaciones Transnacionales con activos de mayor envergadura en el extranjero, alrededor de 90 reconocen como base a países que forman la Alianza Transatlántica y principalmente son Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Holanda, Italia, Japón (aliado No OTAN), Bélgica, Luxemburgo y España. La disparidad en el poderío de alcance global es enorme respecto al resto de los países, factor para tomar en cuenta en el análisis de la tensión internacional.

Uno de los factores determinantes en las relaciones internacionales, tanto las que se desenvuelven a través de los canales estatales o privados, proviene cada vez más de la inversión extranjera y del papel en su manejo que le corresponde a las Corporaciones Transnacionales (CT). Las cadenas de valor mundiales coordinadas por las CT representan aproximadamente el 80% del comercio mundial (UNCTAD.2013).

Esto significa que gran parte del volumen de capital circulando por el mundo se origina en estas corporaciones. Este enorme flujo de recursos es en sí mismo un determinante mayor a la hora de la suma y resta en cualquier economía dependiente de la inversión extranjera.

El capital de las CT conforma un sistema mundial de bienes y servicios que se transan en procesos productivos fragmentados a través de un intenso comercio fronterizo. El circuito de insumos y productos adquiere vida en redes y franquicias manejadas por contratistas y los bienes y servicios que lo componen, en su gran mayoría pertenece a consorcios privados. Todo ello existe porque al nivel macro, el capital corporativo transnacional además de ser el principal propietario del circulante, diseña y controla.

La implicancia consiste en que cualquier modificación mayor de política económica doméstica y con mayor razón, de política económica internacional, estará sujeta a ese flujo de capitales que proviene de las CT, especialmente las privadas.

Esta circulación se rige cada vez más por los vaivenes y ritmos del mercado mundial de capitales que por las indicaciones de los organismos que tradicionalmente han formulado políticas como son la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Estos organismos diseñaron en las últimas cuatro décadas los destinos económicos de una gran masa de países dependientes del capital foráneo y dictaron sus políticas económicas. Hoy, por la omnipresencia del poderío monetario de las corporaciones transnacionales, esos organismos apenas mantienen cierta “potestad” de entregar algunas indicaciones y estándares para las economías de los países en vías de desarrollo y para los países más desarrollados en crisis, como es el caso de los países menos favorecidos con las políticas económicas de la Comunidad Europea.

El panorama de imbricación entre el capital corporativo transnacional y las economías nacionales, es el sueño realizado de Jacques Maisonrouge, uno de los más influyentes presidentes de la IBM. En 1974 señalaba que el mundo de las corporaciones globales necesita de una contraparte, una especie de entidad tripartita compuesta por miembros de la fuerza laboral, el Gobierno y la representación de compañías transnacionales, quienes sentarían las bases de las nuevas reglas del juego. (Barnet, R.J.1974).

A partir del ajuste estructural a las economías de la década de 1980 que, en principios como ajuste fiscal, privatización y desregulación, deberían ser permanentes, las reglas del juego de la globalización también implicaban desarrollar uniformidad de gobiernos en los países con el objeto de instalar una sola entidad económica de nivel mundial y finalmente un gobierno global unificado.

La transformación institucional de los estados para darle dirección y legitimidad a ese proceso de ajuste, requiere de su equivalente en el gobierno y en consecuencia en lo político. Ese determinismo económico no es un artificio teórico sino que es la condicionante fundamental para la gobernabilidad de la globalización que se ha expresado esencialmente en su dimensión económica.

A. W. Clausen ejecutivo del Bank of America y que después encabezó el Banco Mundial, señalaba que la expansión de la conciencia de la globalización ofrece a la humanidad quizás la última chance real de construir un orden mundial que sea menos coercitivo del que ofrece el estado-nación (1974). Se bien se observa como una noción un tanto apocalíptica, claramente no está refiriéndose a la desaparición del estado-nación de su país, Estados Unidos, que es el país madre de las corporaciones globales.

El orden mundial actual, sin la bipolaridad soviético-estadounidense, es el que atisbó el genio globalizante de Clausen. Para él y los que abogan el modelo de globalización basado en el actual sistema económico desregulado y ultra corporativo para proteger la rentabilidad del capital privado, la ideología que debe primar no es el internacionalismo sino que el anti nacionalismo, “colocando a la corporación transnacional por sobre la identidad nacional”. (Barnet, R.J.1974).

Las funciones de paz de la ONU en la década de 1980 estaban prácticamente moribundas y la OTAN era la mejor alternativa para la seguridad de Europa Occidental. Con el estallido de la guerra en los Balcanes en la década de 1990, esa tesis se comprobó y por implicancia se ha hecho extensiva a la noción de que la seguridad global debería estar a cargo de una fuerza única por razones de racionalidad económica.

La idea de una fuerza global de seguridad no es nueva. Fue planteada en los años 70 con el advenimiento de las corporaciones globales modernas. En ese tiempo ya se pensaba que Naciones Unidas podría ejercer un rol de contraparte global y que al mismo tiempo pudiera funcionar como un brazo armado para mantener paz y seguridad a nivel mundial Sin embargo había reservas por la cantidad de representatividad de países subdesarrollados en el organismo y también por las características del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que nunca ha tenido el beneplácito de las corporaciones transnacionales.

En esa línea, la seguridad global debería privilegiar un sistema de gobernabilidad que fuera lo más uniforme posible, basado en un esquema de protección con códigos e instrumentos adoptados por las naciones.

Como forma de uniformizar en lo más básico los requerimientos del absolutismo económico global, el cemento ideológico que podría nutrir y legitimar un sistema único de gobierno, es expandir la doctrina de los derechos humanos y aquel concepto de libertad que opera con mayor fluidez cuando no existen desigualdades significativas, particularmente las económicas.

Por la tendencia situacional global, que coloca a la corporación transnacional por sobre la identidad nacional, este esquema doctrinario de protección a los derechos humanos y la libertad -abierto en la apariencia-, ha sido un instrumento que al final privilegia a los que han sido siempre más poderosos, particularmente las naciones con tradición colonialista. La excusa para intervenir o acosar países como Siria. Corea del Norte. Venezuela, Cuba. Myanmar, Irán, y China, son los Derechos Humanos, dentro de la lógica del común denominador para el gobierno global de las Corporaciones Transnacionales. Es así que identidades, culturas, nacionalidades, raíces, tradiciones, forman la retaguardia o desaparecen en la carrera desenfrenada por la máxima rentabilidad del capital sin fronteras.


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