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jueves, 22 de diciembre de 2016

Revolución, cultura y marxismo

Revolución, cultura y marxismo (1)


Estoy muy impresionado por la presencia del marxismo en el tema que me piden ustedes. Las palabras “cultura” y “revolución” forman parte del lenguaje corriente, pero el marxismo ha estado casi ausente en Cuba durante mucho tiempo. Es una señal muy importante, a mi juicio, que ustedes lo incluyan en sus búsquedas. Hablaré poco de marxismo en esta intervención, pero en realidad en casi toda ella estaré apelando al marxismo, o en diálogo con él.

Es imprescindible conocer y manejar conceptualmente las nociones de revolución, cultura y marxismo, con dos fines básicos, por lo menos: que la conciencia pueda recuperar terrenos que hemos perdido y se vuelva más capaz ante los retos actuales; y trabajar concretamente con esos conceptos y con los valores a los que ellos pueden ser  referidos, tanto en el campo específico que nos toca en cada sector como en las dimensiones más generales de la sociedad, las cuales es ineludible abordar y conocer. Hoy es cuestión de vida o muerte para la Revolución que nosotros aprendamos a pensar, situarnos, valorar y asumir criterios propios; a comprender el movimiento en su conjunto, como pedía Carlos Marx en el Manifiesto Comunista. El compañero Raúl planteó la necesidad de articular y desarrollar un pensamiento propio en su discurso del día 1º en Santiago, reclamo que resulta providencial para nuestro tema.

Debo ser selectivo, aludir a cuestiones que debería exponer en detalle, e incluso ser parcial y omiso. Mi propósito es instigarlos a que sostengamos un diálogo a partir de esta intervención, y alentarlos a que estudien cada vez más. Por las características del asunto que nos reúne resulta imprescindible incluir la dimensión histórica en el análisis; por consiguiente, abordaré elementos que considero esenciales del proceso iniciado en 1959, aunque, como es natural, la actualidad tendrá un lugar principal en nuestro encuentro. Solo insisto en que debemos apoderarnos de la historia del proceso de este medio siglo –que, desgraciadamente, es muy poco conocida–, porque sin ella no se puede pensar bien el presente ni proyectar bien el futuro.

Después de 1945, el capitalismo mundial se vio precisado a realizar cambios y reajustes realmente importantes en su sistema, que se vieron facilitados por el predominio a escala mundial de Estados Unidos en el seno del capitalismo. Su naturaleza, historia, medios y modos de actuar eran más aptos para la nueva transformación que los de los poderes europeos, además de no cargar con el pesado fardo histórico del viejo colonialismo, ni el más reciente del fascismo. Es fundamental para nuestro tema tener en cuenta uno de esos cambios: el gran proceso de democratización de los consumos culturales que emprendió el capitalismo, un instrumento que ha tenido un valor grande y creciente en las reformulaciones de su hegemonía. Por su parte, los demás países independientes que se modernizaban y los nuevos Estados que se constituían a partir de la terminación de los sistemas coloniales se encontraron ante dos necesidades muy difíciles de separar: asumir una cultura que tenía una tendencia cada vez más universalizante, a la vez que defenderse de los efectos desarmantes sobre las culturas propias y de dominio extranjero que aquella portaba. Sin olvidar la gama extraordinaria de especificidades e identidades que albergan estos países –que en numerosos casos u oportunidades se ha vuelto decisiva–, resolver bien ese desafío ha seguido siendo crucial hasta el día de hoy.

También después de 1945 sucedieron revoluciones de liberación nacional profundas y consecuentes en varios países del que comenzaban a llamar Tercer Mundo, las cuales animaron la formación de un nuevo campo ideológico revolucionario e influyeron en un arco afroasiático de posiciones políticas que aspiraban a ser independientes de la influencia de las grandes potencias.

El socialismo y el marxismo habían sufrido un estancamiento en su centro mundial, desde el trágico final del proceso revolucionario bolchevique en la Unión Soviética durante los años treinta. Pero aquel país emergió triunfante de la prueba mortal de la Segunda Guerra Mundial, y su peso decisivo en la victoria sobre el fascismo alemán le aportó un inmenso prestigio, potencialmente extensible al socialismo. Sucedió entonces un segundo desencuentro funesto para la universalización del socialismo revolucionario marxista en el siglo XX, entre lo que podía ser su motor e influencia principales y los movimientos y las ideas de liberación de los pueblos del mundo que el capitalismo había sojuzgado.[2] Después de 1953, la URSS no logró ir más allá en cuanto a cambios que algunos reajustes en su sistema, en el del campo que había constituido con varios países europeos y en el conjunto de organizaciones políticas que lideraba a escala mundial. Pero se convirtió en el rival geopolítico mundial de Estados Unidos, y en ese carácter constituyó un factor favorable para el llamado Tercer Mundo, en formas y medidas diversas.

La incapacidad de continuar desarrollando una nueva cultura, diferente y no solamente opuesta al capitalismo, tarea ciclópea iniciada por la Revolución bolchevique, y la apelación cada vez mayor a elementos de la cultura del capitalismo, fueron decisivas en el proceso histórico de la Unión Soviética. Todo el que pretenda situarse bien como socialista en la actualidad está obligado a estudiar aquel proceso.

Menciono al menos que desde los años veinte las experiencias de resistencias, rebeldías y organizaciones habían producido intentos prácticos y cuerpos de ideas dirigidos al desarrollo del socialismo y el marxismo desde las realidades, las necesidades y los proyectos del mundo colonizado y neocolonizado. Su conjunto configura un acervo cultural revolucionario tan valioso como poco difundido y apreciado.

El triunfo de la Revolución cubana fue un evento formidable. En medio del Occidente burgués, al pie mismo de Estados Unidos, un pequeño país inauguró los famosos años sesenta en enero de 1959. Sus noticias, sus fotos, sus imágenes, conmovieron a América Latina y se expandieron por el mundo. El dirigente máximo del movimiento insurreccional y de la guerra revolucionaria, Fidel Castro, se convirtió en el líder supremo de la Revolución, conductor y radicalizador del proceso, educador político principal, artífice y símbolo de la unidad de los revolucionarios y del pueblo, y uno de los líderes políticos protagonistas en la escena internacional.

Para ilustrar lo que significó la Revolución en cuanto a cambios culturales en una multitud de terrenos, transformaciones que habían sido inconcebibles hasta aquel momento, me detengo un momento en el año 1961.

Aquel año es tan famoso y recordado por la campaña de alfabetización como por la batalla de Girón. La primera fue la vía para la multiplicación de los actores capacitados en el proceso de la Revolución: una masa enorme se apoderó de la palabra escrita y la esgrimió como una conquista de la sociedad liberada, se transformaron los datos esenciales de una parte enorme de la actividad cultural y de comunicación, y una primera generación de jovencitos tuvo su gesta revolucionaria posterior a 1958. La segunda fue la puesta en práctica del armamento general del pueblo que había preconizado Marx como requisito de las revoluciones proletarias, en una apoteosis de sangre y victoria que confirmó la capacidad de defenderse de la Revolución, bautizó al socialismo cubano y legitimó a las Milicias como su principal organización de masas.

En 1961 se hicieron palpables los desgarramientos que implicaba aquel proceso descomunal. Cincuenta y siete mil personas se marcharon por el aeropuerto de La Habana hacia Estados Unidos entre junio y agosto, mientras la disyuntiva heroica se expresaba en formas personales y familiares de rechazos y abandonos, o de nuevas razones de uniones más íntimas y fuertes. Entre los momentos estelares y los avatares cotidianos se desarrollaba una familia nueva, hermosa y enorme: la de las compañeras y los compañeros. Al mismo tiempo, se plasmaba una nueva unidad nacional que llegó a excluir de la condición de cubano a quienes se marchaban del país, y se emprendía –quizás demasiado pronto– un intento de organización política de la Revolución, fallido porque pretendió parecerse demasiado a la que regía en el campo europeo de la URSS.

La cubana fue una revolución socialista de liberación nacional, un tipo de revolución que no aparecía en el alud de textos de marxismo que llegaba a Cuba en esos años. Ese carácter le fue dado por la praxis consciente y organizada, primero de una minoría combatiente que se ganó el apoyo popular, y a partir del triunfo, de cientos de miles de personas que se concientizaban y organizaban, y de un consenso popular muy activo y muy decidido. De ese modo, la Revolución rompió una y otra vez los límites de lo posible, y creó nuevas realidades. Por consiguiente, el hecho mismo de la Revolución, su fuerza y su pervivencia, no se explicaban por un requisito fijado por aquellos textos tan normativos: la obligada correspondencia entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción; más bien lo contradecían. Unir la liberación nacional y el socialismo fue un gran logro revolucionario que Cuba le aportó a la cultura del siglo XX, después de tantas décadas de intentos usualmente frustrados, discusiones estériles y conflictos que más de una vez llegaron a ser trágicos. El concepto de pueblo sirvió para comprender las luchas de clases y patrióticas que se necesitaban, y la acción del pueblo demostró su exactitud sobre el terreno.

En una sociedad con realidades y conciencia social referidas a lo mercantil y al dinero desde su primera gran expansión económica hace más de doscientos años, la política práctica y la conciencia política habían sido sumamente desarrolladas desde las revoluciones por la independencia –que violentaron el curso esperable de la evolución económica– y durante toda la época de la república burguesa neocolonial. En la etapa de los veinte años previos a la insurrección –la segunda república–, la sociedad civil y las dimensiones política e ideológica, con sus soluciones cívico-electorales para los problemas esenciales del país, sus organizaciones y su libertad de expresión, tenían mucho más desarrollo y expectativas que la formación económica burguesa neocolonizada. El resultado era un callejón sin salida.

La revolución liberó al país del poder de la burguesía y del imperialismo norteamericano, de hecho y en la dimensión de la hegemonía, mediante el recurso a desatar y multiplicar una y otra vez las fuerzas del pueblo y del poder revolucionario. Implantó la justicia social a fondo, sin temor y sin fronteras, y sometió a sucesivas destrucciones la división de la sociedad entre élites y masas. A una escala y profundidad que no se habían soñado, se fueron creando una nueva conciencia y una nueva educación política. El cambio de la actitud ante el consumo –que era inducida y reforzada por extraordinarios aparatos de publicidad y marketing– fue realmente ejemplar. Cambió inclusive el sentido de los tiempos, cuando el presente se pobló de una multitud de acontecimientos, el pasado fue requerido para que apoyara a la lucha revolucionaria y revisado, y el futuro dejó de tener plazos cortos y efímeros para las mayorías, y se convirtió en un proyecto liberador muy trascendente que exigía, estimulaba y justificaba, digno de la entrega de los que no les alcanzaría la vida para verlo realizado.

La Revolución tuvo que emprender y llevar a cabo modernizaciones colosales en innumerables aspectos de la vida de las personas, las relaciones sociales y las instituciones, primero por perentorios actos de justicia, pero pronto, como consecuencia de las mismas expectativas que iba creando en una población que crecía sin cesar en capacidades y necesidades. Pero para ser realmente socialista debía emprender al mismo tiempo la crítica del carácter burgués de la modernidad y de las relaciones y contradicciones que existen entre civilización y liberación. Fidel y el Che supieron comprender, actuar y divulgar en ese terreno complejo pero vital, y le abrieron un cauce formidable al radicalismo revolucionario que había planteado tan tempranamente José Martí. La primera revolución socialista autóctona de Occidente supo enfrentarse a todos los colonialismos.

La gigantesca transformación creó la necesidad de un pensamiento trascendente, razón mucho más válida que la asunción del socialismo para comprender el súbito predicamento que alcanzó la filosofía marxista en Cuba. Lo que vengo planteando –y otras cuestiones que no menciono– levantaba desafíos nunca vistos antes al pensamiento y exigía la construcción de una filosofía de la Revolución cubana. Agrego solamente dos requisitos tremendos que confrontó desde el inicio el proceso de transición socialista: actuar, en lo fundamental, yendo más allá de la supuesta “etapa del desarrollo” en que se encontraba el país; y revolucionar una y otra vez las condiciones generales de la sociedad, las relaciones e instituciones principales, la actuación revolucionaria y la propia organización social. Estas dos necesidades siguen siendo condicionantes de la transición socialista hasta la actualidad. La plena conciencia de ellas, y su expresión pública, caracterizó a la dirección revolucionaria. Por ejemplo, el Che dijo: “hemos sustituido la lucha viva de las clases por el poder del Estado en nombre del pueblo”. Concibió a la Revolución como un puesto de mando sobre una economía con apellido, puesta al servicio de los trabajadores y el pueblo al mismo tiempo que dirigida al desarrollo del país y a su defensa.

En la Cuba de los años sesenta existía la conciencia de que aquellas profundas transformaciones serían al mismo tiempo la premisa para desplegar procesos de liberaciones cada vez más profundas y abarcadoras, capaces de subvertir hasta sus propias creaciones previas, en busca de nuevas personas, una nueva sociedad y una nueva cultura. La Revolución franqueó el acceso a un formidable avance de la conciencia que sería suicida olvidar: la certeza de que todas las sociedades que llaman modernas funcionan garantizando la reproducción general de las condiciones de existencia de la dominación de clase y la dominación nacional, y que ellas han sido y son suficientemente competentes y hábiles para reabsorber y reapropiarse procesos que durante una época fueron revolucionarios.

Después de las nacionalizaciones masivas y la batalla de Girón quedó claro y expreso que Cuba era socialista, pero al mismo tiempo se desplegaron serias diferencias y algunos conflictos dentro del campo de la Revolución, acerca de cuestiones fundamentales de la comprensión del socialismo. Todo el pensamiento existente en 1959, cuya riqueza, amplitud y diversidad es conveniente no olvidar, resultaba, sin embargo, insuficiente desde sus propios principios para enfrentar los nuevos retos. Por cierto, en condiciones muy diferentes, estamos hoy ante una insuficiencia análoga.

Había que poner el pensamiento a la altura de los hechos, de los problemas y de los proyectos, porque él debía ser un auxiliar imprescindible, un adelantado y un prefigurador. Sucedió entonces una colosal batalla de las ideas, que después fue sometida en su mayor parte al olvido y que está regresando, en buen momento, para ayudarnos a comprender bien de dónde venimos, qué somos y adónde podemos ir. El democratismo de los años cuarenta y cincuenta, que había contribuido mucho a formar ciudadanos más capaces y exigentes, no pudo encontrar su lugar en medio de la tormenta revolucionaria. El socialismo del campo soviético no podía servirle al propósito liberador; el hecho de ser la URSS el principal aliado que tuvimos y el entusiasmo con que nos abalanzamos sobre el marxismo más bien fueron factores de confusión y perjuicio en los terrenos de la política y del pensamiento. La teoría de Marx, Engels y Lenin había sido reducida por el llamado comunismo a una ideología autoritaria destinada sobre todo a legitimar, obedecer, clasificar y juzgar.

Necesitábamos un marxismo creador y abierto, debatidor, que supiera asumir el anticolonialismo más radical, el internacionalismo en vez de la razón de Estado, un verdadero antimperialismo y la transformación sin fronteras de la persona y la sociedad socialista, como premisas militantes de un trabajo intelectual que fuera celoso de su autonomía y esencialmente crítico. Un marxismo que no se creyera el único pensamiento admisible, ni el juez de los demás.

“Pensar con cabeza propia”, entonces, no era una frase, sino una necesidad perentoria. Pero se trataba de un propósito muy difícil, porque el colonialismo mental resulta el más reacio a reconocerse, porta la enfermedad de la soberbia y la creencia en la civilización y la razón como entes superiores e inapelables. La educación sistemática convencional, y una gran parte de la que se adquiere por medios propios, es una formación para convertirse en un colonizado. Asume formas groseras y formas sutiles. Hay modernizaciones que parecen aportar autonomía, cuando en realidad solamente “ponen al día” los sistemas de dominación. La colonización de las personas sobrevive a la terminación de la colonización territorial y logra perdurar después del cese de la dominación neocolonial. Es una oscura revancha, que un día se despoja de sus disfraces y pasa a reinar.

Sin embargo, la revolución verdadera todo lo puede, y en aquellos años se reunieron las grandes modernizaciones y el ansia de aprender con el cuestionamiento de las normas y las verdades establecidas, la entrega completa y la militancia abnegada con la actitud libertaria y la actuación rebelde, la polémica y el disenso dentro de la Revolución. En todo caso, estaba claro que el pensamiento determinante también tendría que ser nuevo. Por otra parte, para pensar con cabeza propia hay que tener instrumentos. Por eso, leer era una fiebre. Junto a las obras y las palabras de cubanos, una gran cantidad de textos y autores de otros países se consumían o se perseguían.

Es cierto que el dogma y el catecismo, el marxismo como un talismán o como una propiedad privada, seguían vivos y activos, y que cumplían funciones muy diversas, que iban desde darles confianza y seguridad en la victoria futura del socialismo y el comunismo a muchos revolucionarios hasta la de encadenar y empobrecer el pensamiento, imponer autoritarismos y neutralizar voluntades, bloquear iniciativas, crear sospechas, condenar los desacuerdos y, en el terreno intelectual, animar la erudición vacía, la intolerancia y las citas de autoridad. Pero esa doctrina había retrocedido mucho y había perdido legitimidad.

Quiero destacar que existía entonces un gran número de trabajos marxistas latinoamericanos muy valiosos, y seguían apareciendo sin cesar. Entre ellos hubo obras que aportaron mucho, y como marco de esa producción existía entre nosotros y en el continente un ambiente social, político y cultural en el que las nociones marxistas, o las que se le atribuían al marxismo, tenían un amplio espacio de aceptación o de manejo. Los que tenían conocimientos de esa teoría o estaban adquiriéndolos buscaban, leían y discutían con entusiasmo a autores marxistas europeos, asiáticos y norteamericanos, pero con ánimo de volverse más capaces de utilizar el marxismo frente a sus propios problemas y de formular mejor sus propios proyectos y sus estrategias. La mayoría de los jóvenes no conoce la inmensa riqueza de la obra intelectual latinoamericana del tercer cuarto del siglo XX: se les ha privado de ella. Su rescate puede ayudar mucho a que sea posible enfrentar con éxito los desafíos actuales.

La que considero segunda etapa de la Revolución en el poder –de inicios de los años setenta al inicio de los noventa– fue sumamente contradictoria. Por una parte, registró grandes avances en la redistribución de la riqueza, el consumo personal y la calidad de la vida, con salarios reales superiores a los nominales, servicios de educación, salud y otros universales y gratuitos, y un gran desarrollo de la seguridad social. El nivel educacional experimentó un salto gigantesco, quizás único en el mundo para un intervalo tan corto, y una gran parte de la población tuvo a su alcance grandes oportunidades de ascenso, aunque la movilidad social fue algo menor que en los años sesenta. Se lograron las mayores producciones azucareras de toda la historia del país, con un nivel alto de mecanización de la cosecha. El internacionalismo, gran formador de altruismo y escuela superior de socialismo, se expandió y llegó a ser de masas. Pero, por otra parte, Cuba estableció una sujeción económica a la URSS como gran exportadora de azúcar crudo y níquel e importadora de alimentos, petróleo, vehículos y equipos, fórmula que aseguró el presente pero cerró puertas a la autosuficiencia alimentaria y a un desarrollo económico autónomo, a pesar del gran crecimiento de profesionales, técnicos y trabajadores calificados.
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Se produjo una profunda burocratización de las instituciones y organizaciones de la Revolución, y la eliminación de los debates entre los revolucionarios. La ideología dominante en la URSS fue impuesta como el único y legítimo socialismo, y se copiaron parcialmente instituciones y políticas de aquel país. Como los rasgos esenciales del socialismo cubano se mantuvieron, el resultado fue híbrido y contradictorio. Un autoritarismo férreo se abatió sobre la dimensión ideológica y los medios de comunicación, sometidos a dura censura y a algo peor, la autocensura. El pensamiento social fue dogmatizado y empobrecido. Predominaron las ideas civilizatorias sobre las de liberación socialistas. Aunque las características positivas de la etapa les restaban importancia, aparecieron privilegios e intereses de grupos, doble moral, oportunismo o indiferencia, y otros males diversos.

Desde mediados de los años ochenta, Fidel lanzó una campaña política e ideológica llamada de “rectificación de errores y tendencias negativas”, que trató cumplir esas tareas, recuperar el proyecto original de la Revolución en las nuevas condiciones, profundizar el socialismo y enfrentar a tiempo la fase final, que nuestro líder preveía, de la URSS y el llamado campo socialista. Pronto se desencadenaron aquellos eventos tan desastrosos e indecorosos, pero no pudieron arrastrar consigo a la Revolución cubana, que demostró así su especificidad y sus cualidades. La maestría y la firmeza del líder y la abnegación y la sabiduría política del pueblo, unidos, impidieron la caída del socialismo cubano. Sin embargo, resultó inevitable la abrumadora crisis económica y de la calidad de la vida de los primeros años noventa, que precipitó el final de la segunda etapa de la Revolución en el poder y cambió los datos principales de la situación.

La gran acumulación cultural revolucionaria propia ha seguido siendo decisiva para el sistema cubano hasta hoy, aunque en buena parte lo es de otro modo. Pero en una medida muy grande y creciente, somos hijos de estos últimos veinte años.

Desde el inicio de la gran crisis la forma de gobierno tuvo que concentrar más el poder, y lo esencial de la política fue la cohesión firme entre ese poder y la mayoría del pueblo, que lo identificaba como el defensor del sistema de justicia social y transición socialista, y de la soberanía nacional. Así fue de hecho, pero no se desató una lucha ideológica que enfrentara el desprestigio mundial al que se estaba sometiendo al socialismo y reivindicara el socialismo cubano, y aunque pudieron expresarse públicamente criterios revolucionarios diferenciados, no se alentaron los debates que tanto necesitaba la nueva situación. Porque desde esos primeros años noventa se pusieron en marcha importantes transformaciones de la vida, las relaciones sociales y las conciencias dentro de la sociedad cubana, que han erosionado una buena parte de la manera de vivir que conquistó el socialismo en Cuba, y de las representaciones y valores que le correspondían. Esos cambios han sido paulatinos durante más de veinte años, hasta hoy.

La ofensiva de Fidel al inicio del siglo XXI pretendió frenar desigualdades y reforzar al socialismo. Sin embargo, tuvo la insuficiencia grave de abandonar prácticamente la apelación a una divulgación política e ideológica que relacionara las medidas que se tomaban con las características socialistas que conservaba la mayor parte de la vida social y con la necesidad de defender y desarrollar el socialismo. Dejó de existir un pensamiento estructurado que operara como fundamentación del socialismo en Cuba y, por consiguiente, se vieron perjudicadas las prácticas relacionadas con él en la política, la educación, los medios, la divulgación, la vida cotidiana. Esas dos ausencias se han ido instalando en la cultura cubana.

En la actualidad existe una gran franja cultural en el país que es ajena a la Revolución. Y dentro de la cultura cubana está instalado el rasgo constituido por una despolitización que al inicio –en los primeros noventa– contenía elementos de crítica política o de desilusión; después, ha buscado sus posturas y su legitimidad en la actividad individual, las profesiones, oficios y grupos de pertenencia, y también ha pretendido encontrar referentes en una supuesta tradición nacional, tornada aséptica y expurgado su enorme y tantas veces decisivo componente cívico y político. En el período reciente, la despolitización es asumida por sectores de población con naturalidad y sin explicaciones.

Esa posición privilegia los asuntos personales y las relaciones familiares y de pequeños grupos, y suele creerse ajena a las militancias y las contaminaciones políticas. En unos, expresa el cansancio o la falta de interés en lo político; en otros, los afanes de la vida del hombre económico, aunque también se combinan las motivaciones. No hace política, pero desempeña, sin duda, funciones políticas: en un campo aparentemente inocuo ayuda a socavar las bases espirituales y morales del socialismo en Cuba. Convive en paralelo con las convicciones políticas y las costumbres arraigadas durante el proceso iniciado en 1959, como conviven en paralelo en nuestra sociedad un enorme número de relaciones sociales, representaciones y valores socialistas y capitalistas, pero disimula como ninguno sus consecuencias antisocialistas y antirrevolucionarias. Podría llegar a formar parte de la formación de una ideología conservadora de clase media.

Es necesario conocer este proceso de despolitización, sus rasgos y sus tendencias, para actuar con eficiencia respecto a él. Por el componente reactivo que ha tenido, en relación con la politización extremada que rigió durante un largo período la vida del país –que podía llegar a ser agobiadora–, prefiero distinguir el apoliticismo respecto a otro proceso que en las últimas dos décadas ha registrado una expansión y un afianzamiento crecientes: la conservatización social. Esta última tiene análogas características y consecuencias respecto a lo político y al antisocialismo, pero parece ser aún más neutra que la despolitización, como la portadora de modas, comportamientos, satisfacciones y normas que tienen su referente en algo que porta el aura de lo intemporal. En suma, como una “vuelta a la normalidad” de la sociedad.

La conservatización compite por ser la rectora de los valores y del buen gusto, de la imagen social y de los criterios, del juicio que cada quien se forme acerca de sí y de los demás, de la concepción del mundo y de la vida en nuestra sociedad. Este cáncer es pariente cercano de otro mal que nos corroe, de apariencia más moderna: el enorme consumo de productos culturales norteamericanos. En 2011 escribí un texto acerca del enfrentamiento crucial que vive el mundo, en el que incluía, como es imprescindible, la guerra cultural mundial, estrategia principal del imperialismo en ese conflicto. Permítanme hacer una larga cita de ese texto, en aras de nuestro objetivo:

Cuba no está fuera de esa guerra: somos un objetivo especial de ella, porque los expulsamos de aquí y hemos resistido con éxito al imperialismo durante más de medio siglo. Ellos quieren restaurar en Cuba el capitalismo neocolonizado, y para nosotros no hay opciones intermedias.

Una entre otras tareas sería trabajar contra las formas cotidianas en que se siembra, difunde y sedimenta ese control, sobre todo las que parecen ajenas a lo político o ideológico, e inofensivas. Por ejemplo, a través del consumo de un alud interminable de materiales se intenta norteamericanizar a cientos de millones en todo el planeta, en cuanto a las imágenes, las percepciones y los sentimientos. A veces tratan cuestiones políticas, con enfoques variados –aunque prima el conservatismo–, pero la proporción es ínfima en relación con las cuestiones no políticas. Lo decisivo es familiarizar y acostumbrar a compartir con simpatía las situaciones, el sentido común, los valores, los trajines diarios, los modelos de conducta, la bandera, las aventuras de una multitud de héroes, las ideas, los artistas famosos, los policías, la vida entera y el espíritu de Estados Unidos. Sin vivir allá ni aspirar a una tarjeta verde. Es suicida quien cree que esto es solamente un entretenimiento inocente para pasar ratos amables.

¿Qué es noticia al servicio de la dominación, para qué, cómo se trabaja, cuánto dura? En este campo tan crucial para la ideología coexisten los análisis espléndidos o rigurosos de especialistas, que lo muestran o explican muy bien, con el tratamiento que suele darse en la práctica a la información y la consecuente formación de opinión pública. Se ven y se oyen materiales que constituyen propaganda imperialista acerca de los hechos que realizan contra los pueblos, sin hacerles ninguna crítica, o se repiten sus términos, como el que le llama “servicio internacional” a su ejército de ocupación de un país. No basta con hacer divulgación o propaganda antimperialistas, si ellas conviven con mensajes imperialistas y fórmulas confusionistas. (…)

No es posible ser ciego: están tratando de convertir en hechos naturales hasta sus mayores crímenes, en asunto de noticias sesgadas y empleo de palabras más o menos comedidas. Su apuesta es lograr que los activistas sociales y los intelectuales y artistas que son conscientes y se oponen queden solos y aislados en sus nichos, y sus productos sean consumos de minorías, mientras las mayorías conforman una corriente principal totalmente controlada por ellos. El apoliticismo y la conservatización de la vida social son fundamentales para el capitalismo actual.[3]

Es impresionante cuánto material que responde a esa campaña imperialista ocupa espacio en medios de comunicación que pertenecen al Estado cubano. Es vital crear conciencia acerca de esto, y sobre todo actuar en contra de algún modo que sea efectivo. En general, el mundo de lo político y el de lo apolítico están viviendo en paralelo, con escasos conflictos y aparentemente sin generar cambios en la situación. Como esto no genera confrontaciones, podría parecer innecesario que quien se sienta revolucionario vea con alarma lo que sucede y actúe en consecuencia. Ese sería un error muy grave. En realidad, esa calmada convivencia solo contribuye a reforzar un proceso sumamente peligroso de desarme ideológico que está en marcha en nuestro país.

A contrapelo de lo anterior, en estos últimos años se ha producido un positivo aumento de la politización en sectores amplios de población, que pone parcialmente en acción el nivel tan extraordinario de conciencia política que posee el pueblo cubano. Emergen sectores no pequeños de jóvenes politizados o con deseo de estarlo, que rechazan el capitalismo. Una parte de ellos podría ir integrando una nueva intelectualidad revolucionaria. Ha crecido bastante la expresión pública de criterios diferentes dentro del cauce del socialismo, pero la socialización de un pensamiento que trate las cuestiones esenciales sigue sin ponerse a la orden del día.

Mientras, se han emprendido transformaciones que pueden ser decisivas respecto a la existencia misma del socialismo cubano, al mismo tiempo que continúan tendencias que vienen del curso de las últimas dos décadas. Se han tomado y se toman medidas económicas muy importantes sin que haya discusión desde una u otra posición en economía política, porque no se invoca ninguna. Un pragmatismo descarnado es la regla, salpicado por algunas palabras que reiteran que lo que se hace es para el socialismo o en nombre de él. Existe un divorcio total entre las reflexiones críticas y las preocupaciones que expresan revolucionarios socialistas –entre los cuales hay cierto número de dirigentes–, por un lado, y por otro numerosas informaciones y trabajos de opinión que aparecen en medios que pertenecen al Estado, ciegos ante lo que les parece negativo o inconveniente, y aferrados a tópicos que ya no son y a otros que nunca fueron.

Una parte de los aparatos encargados de lo político, del Estado y de otras organizaciones e instituciones sociales, alberga numerosas deficiencias. Entre ellas están la indiferencia ante el deber de apoyar tanto las críticas justas como las iniciativas positivas de las personas conscientes, una inercia descomunal y el ocultamiento o la pasividad ante lo mal hecho. A muchos efectos, es como si hubiera dos países.

Cuba vive una pugna cultural crucial entre el capitalismo y el socialismo. Ella se libra de un modo pacífico que es ejemplar, pero lo que está en juego es la naturaleza del sistema y de la manera de vivir que han regido en este país desde 1959. Hoy tenemos enfrente dos riesgos: a) que no triunfe el socialismo; b) que en algún momento se rompan los equilibrios que rigen esa pugna.

El discurso del compañero Raúl el 1º de enero constituye también, a mi juicio, un llamado a que se plasme la ofensiva política socialista que es tan necesaria. El pueblo cubano ha ejercido la justicia social, la libertad, la solidaridad, el pensar con su propia cabeza, y se ha acostumbrado a hacerlo. A pesar de los enemigos, las insuficiencias y los errores, nos hemos vuelto más capaces de satisfacer las exigencias provenientes de las capacidades y los valores adquiridos por la humanidad durante el siglo XX que los pueblos de la mayor parte del mundo.

Para enfrentar con éxito la contienda cultural que está en curso me parece imprescindible hacer expresa, fortalecer y desarrollar la alianza entre un poder político que mantenga sus fuerzas y esté dispuesto a someterse a un proyecto socialista participativo que lo vaya convirtiendo en un poder popular, y la cultura, que es una dimensión descollante de la vida nacional y al mismo tiempo constituye un potencial capaz de ponerse en acto, si se trabaja en el campo cultural con una combinación de plan y de voluntad revolucionaria, y se eliminan serios obstáculos que confronta. Esa alianza sería una de las fuerzas principales en una batalla que tendrá dos objetivos: impedir que las personas y la sociedad sean sometidas a un modo de vida y de organización social de explotación, injusticias sociales y cesiones de soberanía; y volver capaces a las personas y la sociedad de desplegar sus cualidades y sus capacidades para defender y desarrollar una sociedad solidaria y socialista.

No será suficiente la crítica más atinada y profunda. Para ser viables y para triunfar estamos obligados a crear una nueva cultura diferente y superior a la del capitalismo. Que logremos ser “cultos y políticos” al mismo tiempo y en las mismas personas será un avance fundamental, porque mostrará que nos estamos dotando de facultades y potencialidades para triunfar en la más difícil de las pruebas que existen en el mundo actual. Será también indicio y anuncio de un tiempo que tendrá que venir, en el que la política no “atenderá” a la cultura, sino que será una de las formas de la cultura.

Tengamos conciencia política del momento histórico en que vivimos y lo que se juega en él. Cada día somos más y adquirimos más conciencia, en esta hora de Cuba, y podemos ir condensando nuestras ideas, sentimientos y prácticas en la formación de un bloque intergeneracional. Entre innumerables tanteos, puede ser que estemos participando en las primeras etapas de la puesta en marcha, desde muchos lugares diferentes, de lo que mañana llegará a ser un nuevo bloque histórico.

Unas palabras finales acerca del pensamiento y del marxismo, como les prometí al inicio.

Resulta obvio que en Cuba es necesario y urgente un pensamiento que sea idóneo para analizar en toda su complejidad la situación actual y las tendencias que pugnan en ella, los instrumentos, las estrategias y tácticas, el rumbo a seguir y el proyecto. Ese pensamiento es uno de los elementos indispensables para que se mantenga la manera de vivir que construimos con tantas creaciones y tantos esfuerzos y sacrificios, y lo haga del único modo que en última instancia le es posible al socialismo: mediante el despliegue de sus fuerzas propias y sus potencialidades, y la capacidad dialéctica de revolucionarse a sí mismo una y otra vez. Sería suicida suponer que un pragmatismo afortunado nos salvará: la sociedad socialista está obligada a ser intencionada, organizada y, si es posible, planeada. En la acera de enfrente, hasta el sentido común es burgués. Nosotros tenemos que combinar bien el realismo terco con la imaginación.

Necesitamos ser capaces de elaborar una economía política al servicio del socialismo para la Cuba actual y la previsible, y desarrollar en todos sus aspectos un pensamiento social crítico y aportador, capaz de participar con eficacia en la decisiva batalla cultural que se está librando. Ese pensamiento tendrá que ser socialista, es decir, superior a la mera reproducción esperable de la vida social, y si sabe utilizar el marxismo tendrá a su favor el instrumento más avanzado con que puede pensarse la liberación humana y social.

Entre el final de los años ochenta y los primeros noventa, el tiempo del proceso de rectificación, la gran crisis económica y el desprestigio mundial del socialismo, no solo naufragó en Cuba el mal llamado marxismo-leninismo: se produjo un alejamiento bastante generalizado de todo el marxismo. La historia de las dos décadas siguientes ha registrado una gran diversidad en ese campo. Minorías sumamente valiosas y esforzadas han estudiado, hecho docencia, expuesto, utilizado y publicado marxismo, en una labor de rescate y desarrollo muy difícil, porque en la mayor parte del sistema de enseñanza y de la divulgación que hacen algunos medios tiene en su contra el conservatismo, la rutina o la inercia, esta última un mal nacional actual que ya es comparable al burocratismo en su alcance nefasto. El marxismo ha recibido muy escasa atención en el trabajo, el lenguaje y los medios políticos e ideológicos, y seguramente le ha parecido de mal gusto mencionarlo a los que no se arriesgan a nada que no se les oriente o les parezca aprobado previamente, y a las víctimas o los seguidores de la avalancha de productos culturales que padecemos, propagadores del modo de vida, los sentimientos, los valores y los pensamientos, de la cultura, en suma, del capitalismo.

Nos ha favorecido mucho el soplo de aire fresco en el terreno teórico que acompañó a la rectificación y al desastre, y el ambiente de permisividad en ese campo que se implantó a continuación. Pero ahora que cada vez lo necesitaremos más, no podemos cometer el error de asumir cualquier cosa que se presente como marxismo. Me extendí un poco al caracterizar aquel tiempo del pensamiento en que fue necesario y se logró asumir una filosofía para la Revolución cubana, porque hoy se vuelve necesario repetir aquel logro, y nada que sea menor nos servirá. Como sucede siempre, tendrá que ser muy creativo y muy abierto y receptivo a las opiniones diversas, pero será de otro modo, enfrentará otros problemas, utilizará otros instrumentos, elaborará nuevas tesis y desempeñará papeles mayores que los de entonces en la elaboración cultural de un socialismo que considerará al del siglo XX como un socialismo primitivo. Si alcanzo a verlo, me sentiré muy feliz.

[1] El 10 de enero de 2014 hablé sobre el tema del título en el espacio Catalejo, de la Unión de Periodistas de Cuba, a un grupo numeroso de miembros, presididos por Antonio Moltó. Estoy muy agradecido por los criterios y las preguntas tan valiosos vertidos por los participantes, y las gentilezas y el espíritu fraternal de aquella tarde. Redacté y agregué algunos párrafos a mis palabras, en modesta retribución a los que trabajan tanto, conscientes de la importancia que tienen sus tareas para nuestra sociedad.


[2] El primero sucedió en los años veinte-treinta, en los tiempos de la Internacional Comunista.

[3] Fernando Martínez Heredia: “Contra el capitalismo”, 1º de septiembre de 2011. Fue publicado en medios digitales.
https://lapupilainsomne.wordpress.com/2014/02/10/revolucion-cultura-y-marxismo-1/

viernes, 1 de julio de 2016

Acerca de Palabras a los Intelectuales, 55 años después



01/07/2016

Acerca de Palabras a los Intelectuales, 55 años después

"Dentro de la revolución todo" quería decir: "los que somos revolucionarios activos tenemos derecho a pensar y a leer lo que nos dé la gana"
Me preocupa mucho que la circunstancia de la cual es hija Palabras a los intelectuales [1] haya sido olvidada. Fue el 30 de junio, en pleno verano de aquel 1961, cuando salieron legalmente por el aeropuerto hacia Estados Unidos casi sesenta mil personas en tres meses. Es decir, un sector que podía viajar en avión se marchó, horrorizado ante la victoria de los revolucionarios en Girón. El desfile de las unidades de milicianos y rebeldes del 1º de Mayo –con artillería y tanques– duró desde el amanecer hasta la noche. Una semana después, fue nacionalizada toda la educación en el país. La fiebre producida por los hechos recientes se alimentaba de dos años y medio de acontecimientos trascendentes casi diarios. Por ejemplo, la administración de las grandes rotativas había pasado a la Imprenta Nacional de Cuba desde marzo de 1960; entre mayo de ese año y los inicios de 1961 desapareció o fue nacionalizada la mayoría de los medios de comunicación, que eran de propiedad privada.

La prensa de la ciudad de La Habana poseía una riqueza y una diversidad extraordinarias. Empresas privadas publicaban más de una docena de diarios nacionales, varios de ellos con decenas de páginas y secciones en rotograbado, y otros más pequeños pero muy ágiles. Estaban llenos de informaciones, reportajes, crónicas, secciones, comics. En las ciudades y pueblos de la isla había un gran número de diarios. Entre las revistas, la semanal Bohemia tenía una gran calidad, era la más leída e influyente y la más importante de su tipo; circulaba de México a Venezuela, y llegaba a Buenos Aires. Bohemia había sido sistemática opositora a la dictadura. No debemos olvidar que el consumo de esos medios era, con mucho, la actividad intelectual más extendida e importante de la mayoría de la población, de escolaridad precaria y muy poco consumidora de libros.

Aquel medio de tanta amplitud y alcance tenía a su cargo tareas principales de socialización de la palabra escrita y hablada, esta última a través de un formidable conjunto de emisoras radiales, nacionales y regionales, que gozaba de una audiencia y una influencia descomunales. La novedosa televisión, pionera en América Latina, abría otra fuente de consumo cultural con imágenes en uno de los países del mundo con mayor asistencia de la población al cine. Llegaba a todo el país y avanzaba en numerosos terrenos a una velocidad impresionante. Los medios cumplían funciones de la mayor importancia para el equilibrio tan complejo que implicó la reformulación de la hegemonía de la dominación después de 1935, durante la segunda república. La libertad de expresión tan amplia que existía era, a la vez, una gran conquista ciudadana y un instrumento delicado de manipulación de la opinión y de desmontaje de resistencias y rebeldías.

Pero desde enero de 1959 estaban cambiando los sentimientos y las ideas, las motivaciones y los actos, en todas las esferas públicas, cada vez con más fuerza, extensión y profundidad. El universo de los medios –como le llamaríamos ahora– tenía que transformarse a fondo, como tantos otros campos de la sociedad. Durante su vertiginoso proceso de eventos y cambios, la Revolución trabajó con los medios que existían y con los que ella misma fue creando, en el curso de contradicciones y conflictos crecientes. La intensificación de los enfrentamientos apresuró la crisis y el final de aquel sistema, mediante la expropiación de casi todas las empresas privadas de medios de comunicación. El Estado cubano se hizo cargo de ellas.

¿Cómo ilustrar la trascendencia de esos hechos? En los días de “Palabras a los intelectuales” habían desaparecido, al mismo tiempo, el mundo empresarial en una actividad especializada que en Cuba contaba con más de siglo y medio de existencia, y un proceso de libertades de expresión de tipo capitalista que había comenzado ochenta años antes, en la última etapa del régimen colonial. El periodismo de las dos últimas décadas del siglo XIX contó con un mar de publicaciones, que creció mucho en la primera república. Desde 1922 se incorporó un nuevo medio, la radio.

Aquella época terminó en 1960-1961. No hay que confundirse: cierto número de medios siguió existiendo, y buena parte de sus trabajadores continuaron en ellos. La nacionalización de los medios es el hecho histórico general; la vida, el contenido y otras muchas cuestiones de los medios en los años que siguieron a aquella configuran otros hechos en un marco más concreto, con sus cambios y permanencias. Además, cabían las excepciones. Por ejemplo, en La Habana la emisora COCO, “el periódico del Aire”, de Guido García Inclán –un periodista que tenía un gran prestigio cívico–, continuó diciendo más o menos lo que le daba la gana durante varios años más. El diario El Mundo, nacido con el siglo, una empresa moderna y muy notable en el periodismo cubano durante la primera república, fue mantenido como entidad independiente por la Revolución, ahora en manos de antiguos activistas católicos, patriotas revolucionarios. Allí tenía una sección el sacerdote Carlos Manuel de Céspedes, y recuerdo una polémica fraternal que sostuvo con el joven profesor de marxismo Aurelio Alonso, acerca del origen de la vida. El Mundo fue destruido por un acto de sabotaje en 1969.

Opino que al periodizar la historia de los medios de comunicación durante la Revolución nos encontramos una primera etapa de poco más de dos años y una segunda que dura diez años, hasta inicios de los años setenta, coincidiendo su final con otro que es general, el de la primera etapa de la Revolución en el poder.

Durante aquellos tres años del 59 al 61, la gente se fue apoderando de su país: empresas, escuelas, tierras, bancos. Y reivindicaron su condición humana, su dignidad, su ciudadanía y su esperanza. La riqueza social comenzaba a ser repartida entre los miembros de la sociedad. Pero todo era muy complicado y difícil. Por ejemplo, en un momento dado amenazaron quebrarse las relaciones entre la ciudad y el campo, algo imprescindible para que se pueda vivir en ciudades. Se rompieron para siempre las relaciones de subordinación que habían regido las vidas de la gente de abajo, las mujeres, los jornaleros, los obreros, los negros, los desempleados. No hay manera de describir bien cuántos significados tuvo eso. Un orden social es una maquinaria muy compleja, gigantesca, pero con mecanismos delicadísimos en los que basa su funcionamiento, su reproducción, su manejo de las contradicciones y los conflictos, y el consenso de las mayorías a ser dominadas y vivir del modo en que vive cada clase y cada sector.

Aquel orden se fue desbaratando al mismo tiempo que era identificado y repudiado por las mayorías, y en 1961 ya estaba aplastado y era despreciado. La Revolución reunía en su cauce tremendo victorias inigualables, necesidades sin cuento, urgencias graves, desórdenes y disciplina, dolorosos desgarramientos íntimos y familiares, desbarajuste de las estructuras y organizaciones, desafíos mortales, un descomunal sentido histórico y un hambre insaciable de personas capaces.

La batalla de Girón fue el gran triunfo del pueblo entero liberado y armado. A veces el artista resulta más capaz de hacer síntesis –y más acertado– que el científico social, como cuando Sara González canta: “¡nuestra primera victoria, nuestra primera victoria!”. Para la clase alta y amplios sectores de clase media fue, tenía que ser, el certificado de su derrota. Su respuesta más socorrida fue con los pies. Entre ellos se marcharon la mitad de los médicos y un gran número de profesionales y de técnicos. El pueblo en revolución vivía en eterna tensión, cambiaban las relaciones sociales y las ideas que las personas tenían sobre ellas, se tomaban decisiones y se realizaban esfuerzos que hubieran sido impensables tres años antes. Desde 1960 existían bandas contrarrevolucionarias en el Escambray y otros lugares del país; en su mayoría era gente de pueblo que peleaba contra la revolución que pudo haber sido su revolución. Algunos ponían bombas en La Habana, provocaban incendios, asesinaban milicianos. Es decir, se desplegaba ante todos el correlato inevitable del poder popular: la virulencia de la lucha de clases.

Como todos saben, el imperialismo norteamericano ha sido el protagonista principal de la contrarrevolución, desde el inicio hasta hoy, con saña criminal y con método, combinados. Lo ha hecho contra la más elemental decencia, y a veces también contra su propia eficiencia. El pueblo de Cuba lo sabe y no lo olvida, porque ha vivido y sufrido todo este proceso. Después de Girón, Estados Unidos decidió que para derrocar a la Revolución cubana sería necesaria una escalada de agresiones múltiples, y de ser necesario forzar la decisión mediante la agresión directa, con sus fuerzas armadas. Una cantidad enorme de jóvenes cubanos con buenas cualidades tuvo que dedicarse a la defensa del país. Se multiplicaron las escuelas militares, muchos batallones de milicias se convirtieron en unidades militares y se crearon los tres ejércitos. Lo fundamental para la Revolución durante la primera mitad de los años sesenta fue la defensa, aunque al mismo tiempo se realizaron las tareas más asombrosas en otros terrenos.

La declaración de que la revolución era socialista y democrática, de los humildes, por los humildes y para los humildes, se la hizo Fidel en la calle a una multitud armada. Todos cantaron a continuación el Himno Nacional y se dio la orden a todos de regresar a sus unidades militares. La primera orden del socialismo cubano fue: “marchemos a nuestros respectivos batallones”.

El proceso revolucionario era el centro de la vida intelectual del país en 1961. En junio ya la Revolución controlaba directamente todo el sistema escolar y todos los medios de comunicación, y se planteaba la necesidad de transformar la Universidad; seis meses después se promulgó la ley de reforma universitaria. Al tiempo que la Revolución derrotaba a la invasión de Girón, los alfabetizadores invadían a Cuba entera, hasta el último rincón. El mayor y más trascendente hecho intelectual de 1961 fue la Campaña de Alfabetización. Fue un acontecimiento intelectual y político incomparable por su contenido, su alcance transformador y su trascendencia. La alfabetización puso a una enorme parte de la población cubana en posesión de la palabra escrita, enriqueciendo así en un grado muy alto su condición humana, su socialización y sus capacidades, y multiplicó los actores revolucionarios capaces de comprender mejor lo que sucedía, el sentido de su lucha y las razones de su causa, y de participar en las discusiones, las ideas y el proyecto de la Revolución.

Los protagonistas intelectuales de 1961 fueron las decenas de miles de muchachas y muchachos alfabetizadores. Los héroes intelectuales del año 61 se llaman Conrado Benítez y Manuel Ascunce, y la canción de tema intelectual más importante comienza así: “Somos la Brigada Conrado Benítez / somos la vanguardia de la Revolución…”

Ese era el país y esa era la coyuntura cuando se celebraron las reuniones de intelectuales en la Biblioteca Nacional. Me extendí tanto porque me parece necesario. Las artes tienen una importancia excepcional en las sociedades, por su naturaleza, su valor y sus significados para las personas y sus funciones sociales, pero es imposible entender nada de las artes si no se sitúan en sus condicionamientos, en cada caso determinado históricamente. En aquel verano en que sucedían tantas cosas, la Revolución pretendía crear y desarrollar sus instituciones políticas, estatales y sociales. Cuba socialista necesitaba una asociación que reuniera a los escritores y artistas, un partido político de la Revolución, un aparato estatal apropiado, una asociación de agricultores y otras muchas instituciones. Por eso me falta todavía mencionar un condicionamiento de aquellas reuniones.

Desde el triunfo de enero de 1959, la unidad política se fue situando en el centro de la estrategia de Fidel, en dos planos: la unidad del pueblo y la de los revolucionarios. La primera tuvo como base original la identificación masiva con el Ejército Rebelde, el máximo líder y el movimiento revolucionario. Entre 1959 y 1961, esa base se amplió una y otra vez, al mismo tiempo que se definía y cambiaban aspectos de su contenido y su composición, según se iba desplegando la revolución socialista de liberación nacional iniciada el 1º de enero. El pueblo del 61 no es igual al pueblo del 59.

La unidad de los revolucionarios tuvo su prólogo en los meses finales de la guerra, alrededor del polo que estaba próximo a obtener la victoria. En el curso de 1960 fue definida como unidad entre el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el Partido Socialista Popular. Fidel había completado su liderazgo y era el máximo referente popular, el eje, el símbolo, el principal impulsor y el jefe de ambas instancias de la unidad. En medio de esa coyuntura ganó mucha fuerza la idea –que pecó, a mi juicio, de apresuramiento– de que era necesario tener un partido político de la Revolución que, además de expresar la unidad, tuviera una estructura muy definida y unas funciones importantes. Ese partido debía salir de una instancia recién fundada, las Organizaciones Revolucionarias Integradas, que la gente llamó “la ORI”.

Pero las ORI no supieron expresar la vocación y los logros de unidad entre los revolucionarios, porque se convirtieron en el instrumento de un grupo sectario y ambicioso que pretendió, en pleno Caribe, expropiar la revolución popular y convertir al país en una “democracia popular” como las que dirigía la URSS en Europa. El desvío del rumbo revolucionario y los malestares, contradicciones y conflictos que ese hecho generó eran una realidad dentro de otra en el proceso que se vivía.

Las reuniones de intelectuales celebradas en la Biblioteca Nacional estaban muy relacionadas con el objetivo de la Revolución de crear una asociación nacional de los intelectuales y artistas, pero estaban condicionadas por todo lo que he dicho. Por tanto, expresaban también esos condicionamientos y eran un teatro de ellos, aunque está claro que lo principal era la actividad misma a la que se dedicaban los convocados, y las cuestiones específicas que ellos estaban viviendo y dirimiendo. Todos los participantes actuaron de acuerdo con sus conciencias de lo que hacían y lo que querían, sus motivaciones y sus intereses inmediatos, sus ideologías, sus ideales trascendentes y sus prejuicios y creencias del día. Eso es lo que sucede en todos los eventos que después se considerarán históricos. Si analizamos con cuidado todo el material de aquellos meses referido a este campo, por lo menos hasta el Congreso de fundación de la UNEAC, en agosto, podremos tratar de establecer el significado que tuvieron entonces los acontecimientos y las declaraciones. Casi siempre existe una historia de selecciones, olvidos y utilizaciones de cada evento histórico, que configura ella misma sus realidades, discernibles respecto al hecho original. Ellas tienen sus sentidos y sus funciones, pero no hay que confundirlas con lo que sucedió originalmente.

Los intelectuales y artistas estaban sometidos a tensiones extraordinarias en aquel verano. Desde su triunfo, unos habían participado y otros apoyado o aplaudido a una revolución vertiginosa, hecha de cambios profundos, desafíos a Goliat, alegrías de pueblo y justicia evidente. Pero además de su inmensa rectoría moral, sus hechos excepcionales y su inagotable capacidad movilizadora, ahora la Revolución parecía haber comenzado a encargarse de todo. Prácticamente todos los medios para comunicarse estaban en sus manos, la mayor parte del trabajo intelectual y artístico debería transcurrir dentro de sus instituciones o de su orden, y el ámbito cultural en su conjunto recibiría sus orientaciones. Y todo sucedía mientras la extrema agudización de la lucha de clases llevaba a muchas personas a decisiones que afectaban totalmente a sus vidas, convertía en hostilidad los desacuerdos y a los juicios en definiciones de amigos o enemigos.

Por si fuera poco, el socialismo según los usufructuarios de las ORI incluía un control político del contenido de las artes y unas valoraciones sobre ellas que gozaban de una muy bien ganada mala fama. En la URSS se habían cometido represiones criminales contra artistas e intelectuales, y en aquel momento sus adeptos en el mundo tenían todavía por artículos de fe dogmas como el del llamado realismo socialista. La Revolución contaba con varias instituciones culturales propias que ya adquirían obra y prestigio, pero no con una elaboración ideológica en ese campo que pudiera funcionar como norma, si es que alguien con autoridad creyera que una norma general fuera necesaria. No existía unidad entre las personalidades de la cultura, ni la dirección del país les encargaba –al conjunto o a algunos de ellos– la conducción del sector. El sectarismo y el dogmatismo trataron entonces de imponerse, en nombre de la unidad y de lo que supuestamente era el legítimo socialismo.

Muchos intelectuales sentían zozobra ante aspectos de la situación y de lo que podía depararles el futuro cercano. Tenían razones para sentirla, porque en el campo cultural hubo funcionarios autoritarios, maniobras sectarias y dogmáticas, abusos e injusticias: esos hechos formaban parte del problema. Me imagino que cuando Virgilio Piñera dijo que él debía hablar primero, por ser el que más miedo tenía, Fidel quizás debe haberse sonreído para sí y pensado: “y yo soy el que más dolores de cabeza tengo”. Piñera expresaba el lícito temor de un intelectual maduro acostumbrado a trabajar solo y defender su dignidad en un mundo hostil, pero me niego a creer que era un intelectual que vivía sobre una nube, ciudadano únicamente de la república de las letras. Invito a releer su carta a Jorge Mañach de 1942, en la que el joven Virgilio le expone lo que piensa sobre los deberes sociales del intelectual, la cultura cubana en aquel tiempo posrevolucionario y el sentido cívico que tiene su revista Poeta. Le enrostra a Mañach el significado de su actuación pública –“no hay cosa más difícil para una nueva generación que toparse con que la precedente ha capitulado”, le dice– y le devuelve el dinero que ha pretendido aportar al novel editor.[2] Notable poeta, prosista y dramaturgo, Piñera dona a la revolución que nace una pintura maestra de las miserias de la sociedad burguesa neocolonial en su Aire frío, una obra de teatro descollante que admirábamos los jóvenes de aquellos años.

Los intelectuales reunidos en la Biblioteca Nacional no constituían un areópago de tontos cultísimos a los cuales Fidel iluminó, ofreciéndoles en dos frases rotundas y brillantes la orientación de la política cultural desde la no historia, de una vez y para siempre, que es lo mismo que decir de una vez y para nunca. Fidel ha sido extraordinariamente grande, entre otras causas, porque sus interlocutores no eran tontos, y porque él supo cabalgar sobre sus circunstancias históricas, obligarlas a andar en una dirección determinada y darle permanencia y trascendencia a lo que pudo haber quedado en unos nobles intentos y un conjunto de anécdotas para ser contadas.

Opino que el objetivo de las palabras de Fidel en la Biblioteca era mantener abierto el diálogo revolucionario con los intelectuales y artistas, defender abiertamente la libertad de creación frente a los dogmas, respaldar a todo el que echara su suerte con la Revolución y evitar que el sectarismo-dogmatismo consumara un desastre en ese campo. Al mismo tiempo, se proponía sostener la primacía de la Revolución frente a cualquier problema específico, y por consiguiente su derecho a controlar la actividad intelectual y la libertad de expresión en todo lo que resultara necesario, reclamar a los intelectuales tener fe –o confianza– en la revolución, respaldar al Consejo Nacional de Cultura sin dejarle someter a su pleno arbitrio el campo cultural y fortalecer la política de institucionalización estatal y de organizaciones sociales que llevaba hacia la constitución de una Unión de Escritores y Artistas.

Fidel habla aquí como el dirigente máximo de la Revolución, y logra mantener una relación íntima entre los principios, la estrategia y la táctica en medio de una situación política e ideológica muy compleja. Su largo discurso mantiene siempre un tono persuasivo, maneja argumentos y trata de influir y convencer. No ordena ni comunica decretos, no condena al documental PM y es muy cuidadoso en cuanto a no pretender que unos u otros tengan la razón, reconoce que se han expresado pasiones, grupos, corrientes, querellas, ataques, que incluso hay víctimas de injusticias. No utiliza nunca expresiones como las de “problemas ideológicos” o “servir consciente o inconscientemente al enemigo”, que han sido tan funestas para la cultura en el curso de la revolución. Al contrario, su discurso contiene gran cantidad de giros como estos: “la Revolución no puede ser, por esencia, enemiga de las libertades”; “la Revolución no le debe dar armas a unos contra otros”: “cabemos todos: tanto los barbudos como los lampiños…”; “tenemos que seguir discutiendo estos problemas (…) en asambleas amplias, todas las cuestiones”.

Fidel reivindica el derecho del Gobierno Revolucionario a fiscalizar lo que se divulga por el cine y la televisión en medio de una candente lucha revolucionaria, por la influencia que esos medios pueden tener en el pueblo. Pero también matiza esa exigencia: “lo puede hacer equivocadamente –dice–, no pretendemos que el Gobierno sea infalible”. Y sabe inscribir las discusiones de la Biblioteca en el marco de los hechos portentosos que está viviendo el país en el campo cultural.

Todos recordamos las frases famosas: “…dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada (…) ¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la revolución: todo; contra la revolución, ningún derecho.” Las proposiciones que son repetidas hasta el cansancio y sin atender a su significado, como si fueran rezos, pierden su valor, cualquiera sea su autor. Si recuperamos todo el discurso que pronunció Fidel aquí hace cincuenta años, contiene, a mi juicio, la defensa de la posición revolucionaria cubana, de un poder muy reciente e inexperto en medio de una pelea tremenda, frente a las tendencias elitistas y frente a la pretendida “pureza ideológica” que enarbolaban las ORI. La idea del intelectual honesto, valioso en sí mismo, que no milita en la revolución, le permite a Fidel hacer planteamientos fundamentales respecto a los problemas reales que confronta la transición socialista: “La Revolución debe tener la aspiración de que no solo marchen junto a ella todos los revolucionarios (…) la Revolución debe aspirar a que todo el que tenga dudas se convierta en revolucionario (…) la Revolución nunca debe renunciar a contar con la mayoría del pueblo.”

Yo veo la trascendencia de Palabras a los intelectuales en el conjunto de la intervención de Fidel y en los objetivos que tuvo, y no solo en la frase famosa. A mi juicio, esa frase atendía a lo esencial de aquella coyuntura, y no al propósito imposible de enunciar un principio general permanente de política cultural. Opino que resultó trascendente porque supo relacionar muy bien las actividades intelectuales y artísticas con la gran revolución que estaba sucediendo en Cuba, y porque estableció una forma honesta y clara –revolucionaria– de relación entre el poder y los intelectuales, que ha sido transgredida innumerables veces, pero sigue ahí, enhiesta, con su prestigio y su alcance, como una meta a conquistar.

Aquellos que en 1961 éramos apenas unos jóvenes revolucionarios estudiosos utilizamos con entusiasmo a nuestro favor la frase famosa de Palabras… En nuestra interpretación, “dentro de la revolución todo”, quería decir: “todos los que somos revolucionarios activos tenemos derecho a pensar, a expresar libremente nuestros criterios y a leer lo que nos dé la gana”. Y no sería honesto soslayar que compartíamos la convicción popular de que, en ningún terreno, se podía permitir nada contra la Revolución.

En la etapa reciente se ha venido multiplicando la información pública acerca del proceso de la cultura en los primeros años del poder revolucionario, a través de documentos personales, testimonios, reediciones de trabajos polémicos de entonces y algunos textos de análisis. Ese hecho tan positivo nos puede ayudar mucho a la imprescindible tarea de recuperar la memoria, y sobre todo a que los jóvenes se apoderen del proceso histórico de la cultura durante este medio siglo y de la totalidad del proceso histórico de la Revolución. Es una necesidad ineludible. Hay que saber bien quiénes somos, de dónde venimos, a qué herencia no debemos renunciar, qué enemigos y qué combates han tenido y tienen una y otra vez ante sí los que pretendan ejercer sus cualidades y realizarse como individuos en el mismo proceso en que crean un medio social que fomente el crecimiento y el desarrollo de la libertad y la justicia social: una sociedad que conquiste liberaciones, en la que sea factible gozar y repartir entre todos los bienes, la belleza y la imaginación. Para poner en marcha esa aventura maravillosa, Palabras a los intelectuales puede ser convocada también, y constituir un instrumento sumamente valioso.
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Notas

[1] El 30 de junio de 2011 hice una intervención en el acto de conmemoración del cincuentenario de “Palabras a los intelectuales”, en el teatro de la Biblioteca Nacional. “José Martí” en el que Fidel pronunció su famoso discurso. Ella fue reproducida entonces en medios digitales, y hoy está en proceso de edición por la revista Cauce, de la UNEAC de Pinar del Río. Cinco años después, la proximidad y las circunstancias del aniversario me han motivado a basarme en aquel texto para escribir este, que lo revisa, amplía y anota, sin abandonar sus afirmaciones principales.

[2] La carta se publicó en La Gaceta de Cuba núm. 5, La Habana, sept/oct 2001, pp. 3-4.

Palabras a los Intelectuales, intervención de Fidel Castro

Cubadebate

Texto completo en:

http://www.lahaine.org/acerca-de-palabras-a-los

viernes, 28 de noviembre de 2014

Cuba entre tres imperios

Cuba entre tres imperios

27 noviembre 2014 

Ernesto Limia enfrenta con mucho éxito en este libro -Cuba entre tres imperios-una paradoja cubana actual: la ciencia de la Historia, que es la más desarrollada entre las sociales en Cuba, registra grandes avances en numerosos aspectos y obtiene monografías de mucha calidad. Pero, al mismo tiempo, se registra un cambio muy negativo a nivel de la sociedad. Un pueblo que tenía un enorme aprecio por su historia y la consideraba parte muy importante de su ser nacional, rasgo que a partir de 1959 fue potenciado a un grado altísimo por sentimientos y convicciones revolucionarios masivos, un pueblo que fue escolarizado y dio un salto colosal en sus niveles educacionales en solo treinta años, ha visto disminuir sus conocimientos y su interés por la historia nacional a un grado realmente alarmante.

Advierto dos causas principales de ese hecho, diferentes entre sí. Una es el grave deterioro de nuestro sistema escolar, dentro del cual el de la Historia sería un caso, y la otra es la apreciable disminución del orgullo de ser cubano. Esta última es la peor, porque afecta a uno de los pilares básicos de las capacidades de resistencia, combate, sacrificios, desarrollo como seres humanos, patriotismo e internacionalismo que han asegurado la fuerza y la permanencia de Cuba soberana y socialista frente a tantas dificultades, carencias y errores, y frente a Estados Unidos, que es el mayor enemigo de Cuba y de la Humanidad.

La Historia es uno de los terrenos en los cuales Cuba se está dividiendo peligrosamente en dos sectores que van separándose: una élite y una masa, algo que es propio de las sociedades capitalistas, y no de la sociedad que hemos venido construyendo. No me toca analizar aquí las circunstancias en que esto sucede, pero sí expresar en primer lugar mi alegría porque Cuba entre tres imperios (1) es una demostración práctica de que ese no es un destino fatal, y es un ejemplo de cómo una investigación histórica de extraordinaria calidad puede exponerse en un libro muy atractivo para todos los lectores, sin perder nada de sus cualidades científicas.

Por cierto, cuando comenzó aquí el proceso de universalización de la Universidad, hace cuarenta y cinco años, bajo la dirección del Rector José Miguel “Chomi” Miyar, la orientación respecto a los libros de texto para trabajadores era que debía encargarse su redacción precisamente a los docentes que tuvieran mayor calificación y experiencia en la materia en cuestión.

La erudición tiene aspectos peligrosos, pero no debe ser sinónimo de aburrimiento, de utilizar muchos datos y tener pocas ideas, o de pedantería bien organizada. El autor ha sabido combinar de manera maestra tres elementos: informaciones relevantes muy poco conocidas y lecturas sagaces de documentos y bibliografías; un sistema de valoraciones, inferencias y llamados de atención que nunca desfallece a lo largo de la obra; y una narración sumamente amena, que invita al lector a interesarse por el tema y a querer conocer más.

La historia de Cuba con escritura y centros urbanos, que comenzó a partir de su colonización por europeos, no empieza con la toma de La Habana por los ingleses, que es precisamente donde termina este libro de Limia. Esa idea fue hija del interés de una clase dominante, que logró convertir aquella frase en un lugar común de la historia tradicional. Pero la cultura del pueblo cubano hace rato que es mayor de edad, y necesita incorporar bien el conocimiento del decurso comenzado con esa colonización, la conversión de la isla en objeto de un poder ajeno e impuesto, la fase inicial del capitalismo en el mundo —en la cual el Caribe tuvo un papel descollante—, y los modos como los países europeos que iban convirtiéndose en potencias se enfrentaban entre sí por las riquezas naturales, los negocios y las posiciones estratégicas del mundo colonial.

Esa es la época en la que Cuba era “antemural y llave”, es decir, fortaleza militar y centro de comunicaciones de un valor fundamental para el imperio español en el que llamaban Nuevo Mundo. Y al mismo tiempo era un lugar de notables intercambios mercantiles con otros colonizadores de las pequeñas islas del Caribe y de áreas continentales, y una referencia siempre importante en las cartas de navegación y en los mapas de los políticos y los militares europeos.

La obra ha sabido comenzar precisamente por el principio, cuando los primeros actores del drama histórico ni siquiera sospechaban que se encontrarían. Limia nos explica quiénes eran realmente los europeos que vendrían a “descubrirnos”, cómo apenas se articulaban en un solo Estado y construían una hegemonía dentro de él cuando se expandieron tanto y tan bruscamente. Así podemos ver qué características suyas marcaron sus fuerzas, sus ideas y sus limitaciones, y cómo influyeron en nuestro país cuando apenas era considerado una posesión y una parte de un imperio. Y nos expone datos esenciales acerca de la población de Cuba que sería “descubierta” por aquellos, a la luz de un buen número de investigaciones recientes acerca de los que vivían en esta isla, la terrible hecatombe que los abatió mediante el proceso llamado “la conquista” —e inclusive “la evangelización”— y las acciones de resistencia contra el ocupante que realizaron en aquella primera etapa.

Limia presenta claramente sus credenciales: lo que preside la historia que comienza es el colonialismo, y la posición de su libro es anticolonialista. Quiero resaltar esto, porque desde el punto de vista científico me parecen dos requisitos imprescindibles: para intentar una comprensión efectiva de ese proceso histórico; y para la relación inevitable que existe entre la obra intelectual y las posiciones ideológicas y las funciones que ella tiene, sea o no consciente de ello el autor. También quiero destacarlo porque están en curso en esta década las celebraciones del quinto centenario de la fundación de las primeras villas.

En general no existen lenguajes inocentes, y en particular tampoco existe una historia inocente. La que se intenta popularizar alrededor de estas celebraciones del inicio de la colonización de Cuba es una historia conservadora y más bien propia de colonizados de la mente y de los sentimientos. Las primeras villas fundadas por los que le dieron permanencia al supuesto descubrimiento de Cuba parecen unos hitos felices de la historia de un pueblo maleable, solamente apto para recrear a los turistas y admirar las baratijas de los Colón del siglo XXI. Hoy se le sigue llamando a este gran crimen histórico “el encuentro de las dos culturas”, en medios que pertenecen al Estado cubano. La torre de Iznaga, en Trinidad, nos ha sido presentada como el romántico espacio de un drama de celos por una amada entre dos hermanos que eran dueños de esclavos, y no hay una sola mención de los miles de seres humanos literalmente molidos junto con la caña del valle de Trinidad, de aquellos que no tuvieron derecho a tener ningún amor.

Cuba entre tres imperios nos conduce por una travesía que dura casi tres siglos. El tema está claro desde el título. La isla, convertida a la fuerza en una colonia de un Estado europeo, fue ocupada y utilizada atendiendo solamente a los beneficios que les reportaba a gobernantes y empresarios, a las ganancias y el poder obtenidos de ella. Las colonias no tienen historia, mientras no sean capaces de forjarla ellas mismas.

No existía todavía la noción de concierto de potencias, y el mundo europeo del capitalismo en expansión combinaba sin cesar la guerra y el mercado. La metrópoli española alcanzó su cénit como potencia durante el primer siglo de la colonia de Cuba, el XVI, pero libraba al mismo tiempo una contienda contra sus rivales europeos y contra los límites férreos que le creaba su propia actuación. El oro, la plata y los tercios de España eran protagonistas en Europa, pero Francia, Inglaterra y los nacientes Países Bajos la desafiaban. El poderío de Francia será mayor en el continente en el siglo XVII, pero Inglaterra crecía inexorablemente y se fue imponiendo en el siglo siguiente. Mientras, la decadencia española se iba acentuando, también sin remedio.

Cada paso de la acumulación y el desarrollo del capitalismo, cada guerra o alianza europea, tenían significados inmediatos para la vida de Cuba, a tal grado que puedo afirmar que Ernesto Limia ha realizado una de las aproximaciones históricas más valederas a la historia de la isla en esos tres siglos, al relacionarla tan íntimamente con las acciones, las relaciones y los conflictos de aquellos tres imperios.

La estructura y el contenido de la obra están regidos por la narración, esa virtud central de los libros de Historia. Limia se revela como un maestro del relato, que sabe hilar con el concurso inexcusable del dominio del idioma, la sucesión seleccionada de hechos, el manejo muy riguroso de resultados de investigaciones y reflexiones, la invitación a emplear bien su tiempo que le hace al lector una narración que enseña y es muy amena a la vez, y el encanto de pasajes que motivan al espíritu y le reclaman que a su vez piense y se haga nuevas sugerencias.

Pongo un ejemplo, que me recordó que la historia es maestra, como decían los romanos, y también que más nos vale ser buenos alumnos.

El escocés William Patterson, marino, gran negociante y uno de los fundadores del Banco de Londres, le presenta un proyecto al rey de Inglaterra en 1697, que él considera trascendental: debemos conquistar el Darién, porque el istmo de Panamá sería fundamental para crear allí un sistema de paso de mercancías que tendría alcance mundial. Con ello derrotaremos al imperio español, solos o en alianza con otros poderes europeos, y alcanzaremos un control a escala mundial. Pero es indispensable también conquistar La Habana de manera permanente, porque Cuba, que es una de las mejores y más extensas (islas) no solo de América sino tal vez del mundo, y que encontrándose casi a igual distancia de los dos grandes continentes de América, el septentrional y el meridional, es como la llave natural del golfo de México y el centinela o guardián no poco respetable de la navegación de aquellas aguas, la convertirán en un punto de singular importancia… (2)

Pero si no lo hacemos, previene, el día no está muy distante en que América (…) se apoderará en primer lugar de aquel istmo y después de las islas (…) Y de aquí resultará que los angloamericanos, colocados en una situación intermedia entre el este y el oeste del Nuevo Mundo, podrán construir el imperio más poderoso y extendido que hasta ahora se haya visto en el mundo (…) y reunirán por medio del comercio, por donde quiera que pasen, las más grandes riquezas. (…) Entonces Inglaterra, a pesar de su gloria y sus libertades, será solo conocida en el mundo por el recuerdo de su historia, como lo es hoy Egipto. (3)

El Rey no le hizo caso a Patterson, los escoceses apelaron a enviar una expedición al Darién por su cuenta, fueron derrotados por la naturaleza y su país se hundió en una profunda ruina. Entonces, en 1707, su parlamento aprobó que se reunieran ambos países y se creó el Reino Unido de la Gran Bretaña.

Por su parte, Limia agrega:

Nuestra suerte estaba echada: ya no podía pensarse en las guerras de conquista entre las potencias imperiales por la redistribución de América sin pensar en utilizar a Cuba como punto de avanzada y aprovisionamiento. En este contexto, a la puja por nuestro país se incorporaría un nuevo actor, germen del imperio más poderoso de la tierra: las Trece Colonias inglesas de Norteamérica. (4)

La creciente Inglaterra puso su ambición en Cuba en aquel siglo XVIII. Pero ya hubo otra historia diferente durante el medio milenio transcurrido desde el final del libro de Limia hasta hoy. Esta lectura me hace pensar en cuánto nos ilumina conocer los eventos y los procesos, que pueden ser tan disímiles como el apoderamiento de Panamá por Estados Unidos y la construcción allí de un canal interoceánico, por un lado, y la creación del pueblo cubano mediante su propia epopeya en la última parte del siglo XIX, su revolución socialista de liberación nacional sesenta años después y la estrategia cubana actual en desarrollo en la zona de El Mariel, mientras se está produciendo la ampliación de capacidades del canal de Panamá.

Un gran acierto de esta obra es la utilización de la voz de los actores a través de huellas que ellos mismos dejaron cuando todavía no sabían que devendrían históricos. Fragmentos de documentos personales, actas de reuniones, declaraciones, utilizados con mesura, ilustran los eventos que se narran y ofrecen datos muy valiosos que casi siempre están ausentes en la Historia tradicional. Esto le ilumina al lector un aspecto decisivo para entender los hechos históricos en sí mismos, a partir de los sentimientos, intereses, creencias, valoraciones, pasiones, motivaciones, aprensiones, audacias, argumentos. A partir, en fin, del mundo de los que entonces efectivamente actuaron. El trabajo con los datos y los análisis correspondientes a esa dimensión de la realidad histórica investigada, bien integrado con los que ubicamos en la otra realidad, la de los hechos mismos, le permiten al autor disponer de la materia sin la cual no es factible hacer ciencia de la historia y articularla.

Limia utiliza también el testimonio, lo que le añade riqueza y amenidad a la exposición. Cristóbal Colón habla, la noche de su llegada a la isla, pero sobre todo lo hacen desconocidos: un vecino de La Habana en 1598, un tripulante de la Flota un siglo después, un marino francés en 1740.

No debo referirme a otros valores que contiene la obra, para dejar tiempo a lo mejor, que será el intercambio que tendremos a continuación. Pero quisiera tocar muy brevemente dos cuestiones. La primera es que con actividades como esta que ustedes han organizado y con libros como el que nos ofrece Ernesto Limia estamos enfrentando un desafío tremendo que ya tiene encima nuestro país: el de la reafirmación del patriotismo. Cuba va entrando en una etapa de dilemas y alternativas diferentes, pero entre las que sobresale la que existe entre el socialismo y el capitalismo, teatro de una lucha cultural abierta en la que se pondrá en juego nuestro futuro. El socialismo cubano tiene una profunda necesidad de apelar al patriotismo, hilo conductor de la hazaña maravillosa protagonizada por este pueblo en el último siglo y medio, y no servirán de nada los rituales vacíos y los lenguajes pequeños de un patriotismo formal y simplón.

El nacionalismo ha sido un factor formidable para que hubiera Cuba y para sostener sus realidades y sus proyectos, pero el nacionalismo tuvo que ser especificado a lo largo de nuestra historia como vehículo del radicalismo revolucionario que levantó por sobre todo la unión de la libertad con la justicia social. Diferentes situaciones, luchas, condicionantes y proyectos no han modificado, sin embargo, esa continuidad esencial. Por esto hay que reivindicar el patriotismo de honda raíz popular, el que está comprometido con la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, porque un nacionalismo sin apellidos suele ser manipulado para servir a un régimen contrario a las mayorías, y convertido en una función de la dominación capitalista.

La otra cuestión es hacer una propuesta: que este sea uno de los libros de texto de la enseñanza media superior, y de las carreras universitarias en las que la Historia de Cuba se brinda como servicio. Está lleno de datos que se necesita que conozcan y manejen los estudiantes, y de valoraciones de historiador. En vez de aquellas viejas narraciones hermosas, omisas, erróneas, imprecisas, acríticas respecto al material historiográfico, Ernesto Limia utiliza los medios, los métodos y los requisitos de exposición de la ciencia histórica actual. Usa los tipos de aproximación, los lenguajes, los datos, las mediciones, los fecharios y los auxilios técnicos de la historiografía. Contiene un gran número de temas que no se tratan, o casi, en los libros de texto, y los trata sumamente bien. Y todo lo pone al servicio de hacer divulgación como ella debe ser, de muy alta calidad. Debemos abogar porque se desarrolle más una corriente de obras con estas características.

Este es un magnífico ejemplo de lo que debe ser la bibliografía a nuestro alcance, para que cumpla su función, y le deje a la docencia la suya. A mi juicio, la docencia debe ser un lugar de compartir y estimular los pensamientos y la capacidad de pensar, de ejercitarse en identificar y entrar en relaciones con un conjunto de temas, de problemas, de preguntas y sugerencias, de métodos, y un lugar en el que los docentes logran establecer con los alumnos relaciones que les permitan cumplir su función de formadores.

Notas

(1)En la presentación de Ernesto Limia Díaz: Cuba entre tres imperios: perla, llave y antemural, Casa Editorial Verde Olivo, La Habana, 2014. Facultad de Filosofía, Sociología e Historia de la Universidad de La Habana, 11 de noviembre de 2014.
(2)Ibídem, p. 151.
(3)Id.
(4)Id., p. 152.

(Tomado de Dialogar Dialogar)


http://www.cubadebate.cu/opinion/2014/11/27/cuba-entre-tres-imperios/#.VHjO1TGG_Ds

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