Portada de antigua versión de Revista Libre Pensamiento

martes, 6 de marzo de 2018

Las políticas de género mataron al erotismo

Las políticas de género mataron al erotismo 
Cuca Casado



Presentación de Revista Libre Pensamiento

La crisis del sistema de Libre Empresa  -nombre eufemístico  que, entre  muchos otros, adopta el capitalismo para ocultar su naturaleza proterva-, crisis que éste en apariencia puede resistir sin límites, se traduce como terrible pesadilla para las naciones del mundo, debido ante todo a la virulencia que el Capital está reasumiendo a escala global, con repercusiones en los diversos ámbitos que la vida social comprende, desde lo económico, lo político, lo cultural, hasta los planos ético y moral.

Abarca, incluso, las relaciones normales de pareja que, hoy, prácticamente, se proscriben por estimárseles cual si de algo anómalo y retrógrado se tratara. En este campo tan complejo de las relaciones entre el hombre y la mujer, lejos de colocarse  los diversos asuntos que a ambos atañen en el terreno de la reflexión madura, en vez de eso, en lo que respecta, póngase por caso, al machismo, simplemente, se estima al hombre en general su único portador y se exime de ello a la mujer en general. Y lo peor, se libera de esta terrible lacra al sistema opresor que la concibe, alimenta y promueve: el Capital. 

Mas las cosas están llegando a desbordar el conjunto de límites existentes entre el hombre y la mujer, para pasarlos a una dimensión de divorcio declarado entre ambos, anatematizando al hombre en absoluto, a quien se le enjuicia y se le culpa de cuanto ocurra. Todo eso mientras el capital sonríe gozoso por  el colosal embrollo que provocan sus medios abundantes y diversos en la psiquis del ser humano, destinado a generar la guerra pervertida entre los géneros para apartar, de modo decisivo, a las personas de la lucha en su contra.   Esa guerra es parte consustancial de la guerra de todos contra que genera el mundo de las trasnacionales

Fin de la presentación
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Las políticas de género, esta ola de corrección política y puritanismo, afectan tanto a los hombres como a las mujeres. Destruyen a los hombres, en tanto que hombres, con igual fiereza que a las mujeres. Éstas se envilecen cuando se desentienden de los problemas que afectan a los hombres, caen en una falta de empatía que las degrada como mujeres y, sobre todo, como personas, algo que induce a los hombres a despreocuparse de los problemas de ellas. Y así entramos en un circuito perverso que nos divide. 

Pero esta construcción de dos mundos separados, hombres y mujeres, no es nuevo; se materializó ya en la Conferencia de Beijing (1995), en cuya resolución aparecen mujeres y hombres como dos especies sin conexión entre ellas. La conferencia aprobó por unanimidad la Declaración y la Plataforma de Acción de Beijing, con la incorporación de un nuevo mecanismo de actuación denominado “gender mainstreaming” o transversalidad de la perspectiva de género. Esto quiere decir que se adoptarían todo tipo de medidas políticas para reorganizar la vida de las personas, adoptando siempre una perspectiva de género. Así comenzaron a decaer las relaciones intersexuales y a debilitarse el erotismo, llegando a un punto de casi no retorno. 

Masculinidad y feminidad: en vías de extinción 

Estas políticas ya no admiten la existencia de hombres y mujeres: se decreta la estricta igualdad. Pero no una igualdad sociopolítica sino una igualdad psicobiológica que impone una androginia general. Al mismo tiempo, se persigue la masculinidad, se asocia todo lo masculino al mal y se confunde con el machismo. 

Incluso en países como España, la ley castiga con especial virulencia al hombre por el hecho de serlo (Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género). Todo ello ha creado un estado de inseguridad y miedo entre los hombres, que resulta destructivo, con diferentes manifestaciones, una de las cuales es la disfunción sexual. Profesionales, como la psicóloga clínica Alejandra Godoy, califican esta disfunción como la inminente epidemia del siglo XXI entre hombres jóvenes. La virilidad está en peligro. 

Por su parte, la mujer también va siendo despojada de su naturaleza sexual, convirtiéndose en mano de obra de un mercado de esclavitud disfrazada. Los actuales movimientos sociopolíticos transforman a las mujeres en eternas víctimas resentidas con los hombres. Se fomenta un rencor y un odio hacia lo masculino que se han convertido en androfobia. Incluso se intenta convencer a las mujeres de que es necesario “deconstruir” lo masculino. Y esta deconstrucción es aceptada por muchos hombres como forma de resarcir, no sus pecados, sino los cometidos supuestamente por algunos de sus antepasados, opresores y misóginos. 

A su vez, ciertos sectores feministas fomentan el lesbianismo político o lo que es lo mismo, abogan por que el lesbianismo sea una alternativa positiva a la heterosexualidad para las mujeres. Hasta la propagación de la vida (la maternidad) es considerada ya un freno, un conflicto que impide la expresión libre de la vida, toda una paradoja. La feminidad también está en peligro. 

Masculinidad y feminidad se quiebran. El fundamento de los vínculos primarios o pre-políticos falla. La conexión con nuestro cuerpo y la vida afectiva horizontal se pierden en esta lucha sociopolítica. Lucha animada por el sistema que nos segrega y nos confina a ser un colectivo de lo igual, de personalidades neutras, simplificadas, sin aristas, sin conflicto ni originalidad. 

Se trata del principio de lo igual como norma, que destruye todo rastro de alteridad, mientras crea un sujeto narcisista en grado superlativo. Esta obsesión por lo igual y por disociar al hombre de la mujer, el cuerpo del espíritu, la razón de la emoción, no solamente empobrece al individuo; también establece una barrera infranqueable para el Eros. 

La agonía del Eros 

En su ensayo, La agonía del Eros, Byung-Chul Han se pregunta el motivo del actual enfriamiento de la pasión. Considera este filósofo que el Eros está amenazado por las enormes oportunidades y por la idea ilusoria de libertad sin fin. Hoy día no se buscan las mejores experiencias sino el mayor número de ellas, con el objetivo único de rendir sexualmente hasta satisfacernos al máximo. El axioma de la abundancia en el proceso de selección implica que prestemos escasa atención a lo que ya tenemos y a lo que vendrá. 

Eros siempre significó una movilización total del yo, una capacidad esencial para entrar en conexión con otras personas, mejorando así la existencia propia y ajena. Pero la actual organización social conduce al enfriamiento del erotismo por considerar el amor como un sostén social del yo, en el marco de una cultura emocional guiada por el discurso psicoterapéutico, la cultura de la autoayuda, las políticas, la publicidad y el consumo. 

Como señala Juan M. Blanco en Disidentia, “los modernos medios de comunicación, como la televisión y más recientemente Internet, actúan como potentes cajas de resonancia de una cultura del ¡mírame!”. Por un lado, se maximiza la autoadmiración y, por otro, se elimina la otredad: rasgos propios de la sociedad narcisista del yo. 

Valores como la igualdad, la autonomía y la razón, centrales en la modernidad, censuran el Eros hasta el punto de contemplarlo con repulsión e, incluso, cinismo. Los efectos de Eros, el amor, que nos confirman como seres humanos y sociales se están debilitando en la era moderna, conduciendo al fracaso. 

Toda búsqueda de la pareja, de la relación ideal, suele ir acompañada de fracasos, que hoy día no se aceptan: tan sólo el éxito constante. Pero estos fracasos no se deben generalmente a una inmadurez derivada de pérdidas tempranas (infancia) sino a la infantilización de la etapa adulta, a la creación de una sociedad de personas “que exigen cada vez más de la vida pero entienden cada vez menos el mundo que los rodea“. 

La infantilización está causada por el exceso de información y de consumo, por el repetido mensaje de “si quieres, puedes”. Se trata de una cultura de constante comparación igualatoria, que rechaza lo distinto y lo negativo: una sociedad positivista que no contempla el fracaso. 

En realidad, son las órdenes institucionales las que generan nuestros caprichos y sufrimientos, a través de un cambio profundo en las reglas del amor. Por un lado, se radicalizó la idea de igualdad y de libertad personal; por otro, se separó lo sexual de lo emocional. Y este cambio se apoyó en un modelo que prioriza el bienestar emocional y sexual, sacando partido de las relaciones sin vivir los sentimientos. 

En palabras de Eva Illouz “la competencia sexual generalizada transforma la estructura misma de la voluntad y del deseo, y este último asume las propiedades del intercambio económico, o sea, que empieza a regularse según las leyes de la oferta y de la demanda, de la escasez y la sobreabundancia”. 

Recuperar lo vinculante 

Cómo no va a decaer el erotismo si vivimos en una era en la que la vida horizontal se encuentra ausente, se mercantiliza y tecnifica la búsqueda de relaciones, se presenta la biología de la mujer como inferior y se tacha al hombre de violento y agresivo. Lo erótico ha dado paso a una hipersexualización donde han desaparecido los rituales de cortejo, galanteo y seducción. Y se reprime el instinto de procreación en aras de un trabajo asalariado, vendido como ideal de éxito pero que destruye la vida interior. 

Cómo no va a debilitarse el erotismo si la legislación y las estructuras del Estado impulsan sexismos políticos victimizando a la mujer y persiguiendo al hombre. Si se lleva a cabo un adoctrinamiento institucional y se construyen patrones cerrados de conductas sexuales de lo igual. 

En esencia, Eros es el encontrarse con el otro, recibir al otro y entregarse. Si nos quitamos las lentes politicistas de la moderna sociedad ideológica, tal vez entonces recuperemos los vínculos con Eros. Y tal vez así recuperemos la capacidad de dialogar, de entablar una relación con lo distinto y de salvar lo bello. Salvar a Eros es, en definitiva, recuperar lo vinculante. 

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