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sábado, 8 de abril de 2017

Las revoluciones, lejos de saltar al vacío, deben escalar lo posible

Imagen tomada de La Pupila Insomne

Las revoluciones, lejos de saltar al vacío, deben escalar lo posible 
Manuel Moncada Fonseca

Pretender la perfección es un despropósito rotundo. Igual ocurre con la búsqueda de repuestas definitivas sobre el universo, el mundo en que vivimos y la sociedad humana. En el marco de probabilidades, se nos ofrece lo perfectible, no así lo perfecto como algo dado para siempre. 

Las preguntas son incomparablemente más que las repuestas. Éstas, en el mejor de los casos, apuntan a la verdad, pero ésta tarde o temprano también se volatiliza; es relativa, no absoluta. 

Vivimos para acercarnos a lo que llamamos dicha, felicidad. Sin embargo, eso sólo es dable enfrentando y superando la adversidad. No siempre se logra, pero la lucha en su contra debe ser persistente, sin desmayo. 

Es muy profundo el daño que genera el afán de perfección. Porque al no materializarlo, la frustración se apropia de las personas y de las fuerzas que, ansiando su realización, no la ven llegar jamás. Y terminan confundiendo el camino. Por eso, la emprenden contra todo y contra todos. Se aíslan o se definen en favor de lo que, de plano, no representa ni salida ni alternativa para el bienestar humano. 

La mayor de las veces, los procesos de transformación social tienen en su contra el puritanismo, no propiamente de los pueblos, sino de fuerzas que pretenden ser sus impulsores sin serlo del todo o muy poco. De pronto, hablan al mejor estilo occidental, aspirando a la desideologización y la despolitización, en aras de pretendidos procesos donde quepan todas las fuerzas y clases sociales. ¿Para quién trabajan? Es obvio. 

Sí, lo es. Sobre todo cuando observamos sus más aciagas consecuencias; entre otras, la justificación del genocidio y de la destrucción de naciones. La experticia en este campo le pertenece, entre otros, a Santiago Alba Rico, un “comunista” otánico, como muchos otros en Europa y, potencialmente, en América Latina. En ésta, propiamente, se trata de las fuerzas que no ven la diferencia entre los procesos progresistas y revolucionarios de la región, y los proyectos invasores de Occidente en su contra. 

En buen cristiano, esto significa, ceguera ante la dantesca perspectiva de que la región pueda ser arrasada y destrozada por el potencial militar del Pentágono y la OTAN como sucedió con Libia, Afganistán, Iraq, Yemen, Palestina… Los golpes de Estado, como los de Honduras, Paraguay y Brasil hablan también con terrible diafanidad. 

Los gobiernos atados a lo cipayo a EEUU, aunque sean resultado de elecciones, representan, de igual manera, resultados nefandos. Entregan todo, territorio, riqueza dignidad, logros sociales y más a quien, desde afuera, les dicta lo que les “compete”. Argentina, Chile, Honduras, Guatemala y México son ejemplos palmarios de lo afirmado. 

Por maniqueo que pueda parecer, la situación internacional impuesta, diseñada y puesta en práctica a imagen, semejanza y voluntad imperial, empuja a la humanidad a tomar partido, no diremos entre el “bien” y el “mal”, sino entre lo deseable y lo, por entero, indeseable para las naciones. 

Así las cosas, las vacilaciones, titubeos y medias tintas, no caben. O se está con la humanidad o se está con los genocidas, las aves de rapiña y los esclavistas modernos. De otro modo, o se está con los pueblos, sus aspiraciones y su amor a la libertad en el más amplio sentido de la palabra, o se está con el 1 % de la población global. 

La estrategia del todo o nada, no conduce a parte alguna. De hecho abona a la causa enemiga. Se queda anclada en viejos discursos. Se aferra a esquemas superados. Teoriza hasta el hartazgo, sin vincular sus postulados a la práctica. Es lo que ha ocurrido con un sin número de partidos que se han llamado vanguardia, pese a tener poco o ningún poder de convocatoria. No han conocido lo que los tienta en sueños, pero no en la realidad: la toma del poder.

Ignorando las circunstancias prevalecientes, la izquierda del todo o nada se vuelve fundamentalista, haciéndole el juego a la derecha global y local. 

Ni que decir que lo planteado no es cuestión de qué gobernante progresista o revolucionario nos resulte simpático o aceptable. En política, si se es maduro, las definiciones en favor de un cambio que beneficie a la mayoría de la población, sobrepasan cualquier infantilismo izquierdista. 

Más aun, las alianzas deben sobreponerse a lo que cada persona o fuerza diga ser. Puede llamarse marxista-leninista, cristiano, islamista, creyente, ateo, como se quiera. Lo que importa es al lado de qué fuerzas se colocan en la práctica. 

Con todos los errores que cometan como seres humanos, Correa, Evo, Daniel, Maduro, Raúl y una serie de líderes progresistas, son infinitamente superiores a aquéllos que abonan por la rendición de América Latina ante la perversidad encarnada por quienes controlan y utilizan muchas o todas las teclas del poder mundial en provecho de ese uno por ciento de la población global: los bien “ponderados” líderes occidentales, particularmente de EEUU y su ombligo inseparable, el sionismo. 

Hoy, más que nunca antes, las revoluciones, lejos de saltar al vacío, deben escalar lo posible; partir de las circunstanciadas no sólo devenidas de la tradición popular, sino también de la secular opresión de clase y de la difusión de la ideología que a ésta corresponde. 

Con sentido de gradualidad, en la medida de lo posible, deben abrir surcos alternativos dentro de los marcos del sistema opresor, sin caer en la tentación de acomodarse de modo reformista a él, comprendiendo, por el contrario, que se está ante una larga transición al socialismo. 

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