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martes, 27 de septiembre de 2016

VAIVENES IDEOLÓGICOS EN JOSÉ MARÍA MONCADA TAPIA. 1era parte.

VAIVENES IDEOLÓGICOS EN JOSÉ MARÍA MONCADA TAPIA. 1era parte. 
Manuel Moncada Fonseca

Palabras preliminares

Lo que presentamos a los lectores es parte de nuestra tesis de maestría Pensamiento y Acción de José María Moncada del año 2000. Corresponde al segundo de seis capítulos de los cuales consta la misma. En su forma original el capítulo señalado lleva por nombre MaterialismoSin ahondar mayormente, dejamos indicado que hay muchas dudas sobre la autoría intelectual del mismo en obras como Lo Porvenir y otras. Ni que decir tiene que más allá de los aspectos progresistas que hubo en sus primeras obras -en las que ya se advierten, sin embargo, elementos de corte reaccionario-, Moncada adversó al proyecto nacionalista de José Santos Zelaya y José Madriz uniéndose a la llamada revolución conservadora en su contra (1909-10); fue suscriptor del Pacto del Espino Negro (1927) y, sin exageraciones sea dicho, fue padre y defensor del régimen de Anastasio Somoza García.

1. Comprensión del desarrollo social

La fuerza propulsora de la inteligencia

En Lo porvenir, suerte de obra literaria, Moncada refiere que el propósito que se ha impuesto consiste en “demostrar que las fuerzas individuales y sociales son el resultado de la voluntad humana.” De entrada, hay acá un punto de partida en el pensamiento del autor que nos sirve de puntal para desentrañar las concepciones que él, aparentemente al menos, poseyó en algún momento sobre el desarrollo social. 

Partiendo de la idea expuesta, podría pensarse que, para él, la voluntad humana es una especie de auto-engendro, algo que se forja por sí mismo. Empero, nos dice que la fuerza propulsora de la inteligencia se halla en tierra y no fuera de ella. A lo anterior, añade el desdoblamiento dialéctico que descubre en la percepción humana, anotando que lo amargo para uno, es dulce para otro; que lo bueno para éste, es malo para aquél, que mientras uno ama algo, un segundo lo aborrece. Ello se explica a partir de que el hombre se ve guiado y determinado por su medio. En esto le atribuye un papel decisivo a la enseñanza recibida, de la cual, según su parecer, depende que al hombre lo envuelva la luz o la sombra. 

Sosteniendo la idea de la evolución y desarrollo de las cosas y, particularmente, la del ser humano, Moncada plantea que “el verdadero bracmán no nace sino que se hace.” De la misma forma, “los niños vienen al mundo con los sentidos y la inteligencia en embrión (...) No trae nada el niño al nacer, sino material. Su cerebro germina en ideas con las impresiones del mundo.” Y, aunque habla de la grandeza de la madre como labradora del alma del niño, descarta que ésta se forje gracias a la intervención de algún principio sobrenatural. La madre es la encargada de formarla, encaminarla y dirigirla. 

El alma crece inmortal porque, cuando el hombre muere, la deja en sus obras, en la enseñanza. Y concluye: “Es el alma humana en el sublime concepto de la creación, la obra del cerebro, la obra del hombre.” 

Como puede constatarse, la creación del alma no es acá el resultado de ningún soplo divino, sino obra del cerebro humano. Y no de un cerebro y de un hombre aislados de la naturaleza, sino en pleno contacto con ella. Por eso anota: “Vengan el sol, el aire, el agua, el huracán sobre nosotros, así se vive y así se vence.” En consecuencia, es la experiencia la que hace al hombre, la que le enseña, la que forja su voluntad, su intelecto y su alma. 

De ahí que el autor acote: “la naturaleza humana se pierde cuando no aprende el buen discernimiento, con los estropiezos de la vida.” 

El amor familiar antes que la fe

El materialismo percibido en el autor no se agota con lo expresado. Otras tesis por él expuestas tales como la de la indestructibilidad de la materia; la de que fuera del amor no existe ni cielo ni dios; la que mantiene que todo se ejercita y desarrolla y que, al nacer, sólo se trae materia y seis sentidos en embrión (vista, olfato, gusto, tacto, oído e inteligencia que los encierra a todos) y la que reza que el morir es eterno porque es también vivir, un resultado de la “transformación continua de la materia”, son otras claras manifestaciones de lo mismo. 

Sin embargo, Moncada, a ratos, parece contradecirse a sí mismo. Expliquemos de qué se trata: si en lo esencial su pensamiento se revela materialista, a veces, no obstante, parece resbalar al idealismo. Ello se observa desde Lo porvenir. Aunque para este caso, bien visto el asunto, se está sólo ante una falsa impresión. Al hablar, por ejemplo, la madre del personaje central de la obra se experimenta esa contradicción aparente a la que hacemos referencia. 

En efecto, al conocer que su hijo se ha dado de golpes con otro joven, ella se siente defraudada. Pero, al saber que el proceder del suyo es obra de la indignación causada por las ofensas que el otro pronunciara en su contra declara a la madre de éste lo siguiente: 

“...me parece tan noble y tan grande su proceder, que yo olvidé a Dios, y le pido perdón por esta desobediencia a sus leyes. ¿Cómo se puede llegar hasta Dios, señora, si no pasan los hijos primero por adorar a sus padres? (...) La criatura al nacer no ve más que unos ojos que le dan luz y unos labios que lo besan: Los de la madre.” 

El amor a los progenitores, a la familia, queda, pues, colocado por encima del amor a Dios. Y en tal concepto, aún cuando la que habla es la madre del personaje central de la obra, persona sin duda creyente, Dios ocupa en ella un plano, evidentemente, secundario. Mas lo que acá interesa remarcar es la forma en que la religiosidad es valorada: antes que Dios está la familia; antes que el amor a él, el amor a los familiares. Primero está el hijo, después, la fe en el creador.

Luzbel como creador de la libertad y del amor


Veamos un segundo ejemplo de lo dicho. Al hablarse del cielo, éste no aparece como el reino absoluto de la felicidad y la armonía. Es, por el contrario, un lugar de cadenas y tiranía; de leyes que se dictan al estilo de los sultanes turcos. Y es Luzbel quien enciende la rebeldía para librarse de las cadenas que, allí, lo atan. Con él, se inicia la lucha contra la tiranía y, por ello, es el padre de la libertad. Es más, al conocer que Dios ha creado los mundos, la tierra y a los hombres, de un modo sublime se rebela, “va al Paraíso y descubre el cielo a Eva”, encendiendo “en su corazón la vida”, y creando “algo más grande que la materia: el amor.” Es, pues, injusto que la Humanidad lo maldiga, pues su “genio (...) diole la existencia.” Bajo su inspiración, los hombres comenzaron a luchar contra el despotismo y a ejercitar su inteligencia.



Descubrimos acá una moraleja importante: La rebelión encierra, en sí, fuerzas sobrehumanas que son las que despiertan a los hombres. La esclavitud los duerme. Por ello la exclamación: “No haya fanatismo ni fe ciega, ni cosas sagradas. Crea el hombre en su poder, confíe, emprenda, desafíe, dude y descifrará lo infinito, con lo infinito conocerá a Dios.” 



A nuestro juicio, aunque en lo que acabamos de leer haya una admisión de la existencia de Dios, predomina, en todo caso, una concepción que dista mucho de aquéllas que, en verdad, mantienen, bajo los más diversos argumentos, esa creencia. Por lo demás, cabe preguntarse: ¿Cómo se debe comprender acá, en lo que hemos citado del autor, el concepto "dios"? ¿Acaso como sinónimo de "infinito" o, quizá, sólo estemos ante la duda sobre su existencia? En la obra se lee que dudar de Dios no debe estimarse un crimen, pues sólo “con la duda puede alcanzarse [le] algún día.” Pero ¿es material la naturaleza divina? Veamos: “Todos los elementos naturales deben reducirse a uno solo, universal e infinito, a dios, materia creadora y origen de todas las causas.” 

De la infancia humana a la servidumbre 



Moncada explica la evolución humana a partir de la idea que concibe la desaparición de los imperios como resultado de la lucha por la existencia que impera entre los hombres. Éstos conforman una especie animal de una ferocidad mayor que la observable en las demás; las que, al contrario de la nuestra, no se destruyen a sí mismas. Estamos, por tanto, frente a un fenómeno sin igual, pues, sólo el hombre posee esa costumbre. [1] 



La evolución humana, en grandes líneas, se presenta del siguiente modo:



En los albores de la sociedad, se conocen la libertad, el trabajo, las leyes, el gobierno conformado por consejos de ancianos; es inexistente la idea del origen divino. El jefe no es sino el que guía los pasos de la tribu y el que dirige sus batallas, aunque goza de ciertas prerrogativas. 



Pero, ¿cómo se llega entonces a la descomposición de la sociedad humana? Viéndose desde su infancia rodeada por elementos naturales hostiles, la humanidad se ve obligada a defenderse, a atacar, a luchar por su existencia. Se vuelve feroz y perversa. Por otra parte, la lucha entre las tribus origina la elección de los jefes respectivos. Con ello, se optimiza el orden del combate y se facilita la huida. 


Pero, arrastradas por sus jefes, y no pudiendo explicarse los fenómenos que las rodean, las tribus comienzan a creer en el origen divino del poder e inventan las causas fantásticas de las cosas. Comienza la divinización de los fenómenos, objetos y procesos de la realidad material, como los movimientos sísmicos, la luna, el sol, las estrellas, los animales. Y a medida que los hombres afirman su creencia en lo sobrenatural, en ese mismo grado, van perdiendo la fe en sí mismos, en sus poderes, que son auténticamente grandes y los capacitan para “romper las puertas de lo infinito.” 

Se establece así la servidumbre y la dignificación, el enaltecimiento y la coronación de las autoridades. De igual forma, aparece el amo, la soberbia, el tirano, la dinastía, la esclavitud, los guardias, el maltrato a la mujer. Las leyes se consagran, el sacerdocio empieza a fanatizar, y si la nación surge, su esplendor es de muerte. 

Desconociendo el origen real de las cosas y del poder, y entregándose a la tarea de buscarlo más allá de lo físico, la imaginación popular se enferma y se aferra a la fe y a la obediencia. Deificando a los caudillos, comienza a erigirles altares. De esta suerte, se construyen palacios para divinidades invisibles, se afianza el sacerdocio, nace el sumo pontífice y surgen los misterios, los sacrificios humanos y la cólera divina; los consejos de ancianos, como instrumentos para deliberar, desaparecen; los derechos relativos a la vida y a la hacienda se suprimen. 

Y pese a las calamidades que aparecen en su evolución, sólo a partir de esta línea evolutiva el género humano puede comprender el origen de la hacienda, el capital, el derecho sobre lo que se posee y sobre lo que ha conquistado con su lucha. De la misma forma, llega a comprender la verdad del anarquismo como doctrina errónea, destructiva y tiránica y, finalmente, el hecho de que el hombre antes de poseer la tierra debe conquistarla. Pero ante el desaliento y el temor que lo han envuelto a lo largo de siglos, el hombre se ha aferrado a la idea de que la distribución de la fortuna depende de caprichos ciegos y de leyes inmutables dictadas por la providencia. 

Todo se llega así a centralizar en la figura del rey -un ser divinizado- y en los sacerdotes, quienes junto a los doctores de la ley se adueñan de la totalidad de los bienes, lo que se estima mandato de los dioses. Sin embargo, las castas dominantes, compuestas por amos y sacerdotes, se acobardan y degradan, se tornan pérfidas y ambiciosas, se limitan a gozar de los bienes terrenales que el pueblo ha creado y llegan a creer en el supuesto de su origen divino. 

Con el establecimiento de la servidumbre, se instaura la fuerza que destruye a las naciones. Las conquistadoras viven de las conquistadas. Este yugo externo, impuesto a los pueblos, es moral y físico a la vez. Y, aunque la humanidad labra su propio destino, la idolatría la lleva al punto de comprender las cosas de un modo sectario, intransigente, ciego y fanático. “Augusto se convierte en Dios, le adoran ya los mortales.” Empero, es predecible la ruina de los imperios que se engrandecen a costa de la sangre de los pueblos. España, por ejemplo, recibe de América riquezas, pero de ella obtiene también la muerte. Nace, como todos los imperios, esclavizada por el rey y por el Papa. Roma, Constantinopla y Francia comparten con ella el mal de los siglos: la servidumbre. [2]

Viviendo a costa de multitud de siervos y enriqueciéndose con lo que despojan a los conquistados, los poderosos no se dedican más al cultivo de la tierra, tal como lo hacen en los primeros tiempos. En efecto, mientras crece su ciudad, los romanos se esmeran en trabajar la tierra con sus propias manos, sienten respeto y admiración por la mujer -sobre todo por la madre- y desprecio por el oro. El romano primitivo se consagra al hogar, a la tierra y, por lo mismo, a la patria. Gracias a él, se originan las grandes virtudes que admiran al mundo. Respeta y adora a su madre. 

La mujer romana es en todo igual al hombre. Al inicio, éste le confía a ella la crianza y la educación de los hijos, sobre todo, durante los primeros años. Pero basta que Roma se torne conquistadora y conozca la riqueza y el lujo, para que sus ciudadanos: abandonen la labranza, que se convierte en asunto de siervos; encarguen la educación de sus hijos a los esclavos y su crianza a las nodrizas. De esta suerte, todo se prostituye. Mas, con ello, se crean las condiciones que llevan a Roma a su caída. [*] 

La naturaleza como maestra del hombre 

Los seres amigos, como la vaca y el ave, llevan al hombre a crear los buenos espíritus y, luego, las legiones de ángeles buenos. De forma semejante, aparecen los malos espíritus. Por eso, es racional atribuirle a las leyendas, cuyo surgimiento se basa en principios sensibles, la calidad de ser un medio directo de experimentación para la enseñanza verdaderamente objetiva. Las leyendas explican el origen de las ideas, cómo éstas pasan de los objetos al cerebro, y cómo la naturaleza y la experiencia se convierten en la fuente real del conocimiento humano. La que habla de los hermanos Caín y Abel es un producto de la sabiduría; un consejo social que se consagra al momento en que, a lo interno de una colectividad, los hombres comienzan a matarse unos a otros. 

El cerebro humano nace, en consecuencia, virgen. Sólo al colocarse frente al mundo lo aprende todo. Por otra parte, la naturaleza enseña al hombre a desenvolverse en el medio que lo envuelve. La abundancia de árboles lo lleva a construir las cosas de madera; la de piedra, a construirlas de piedra. Pero, allí donde el hombre no se enfrenta a una naturaleza hostil, careciendo del acicate de la lucha, allí su despertar intelectual es más tardío. Por la misma razón, los descendientes de las clases pudientes siempre degeneran. 

En realidad, sólo en la medida en que sea capaz de trabajar, de arriesgarse y de emprender acciones, sólo en esa medida el hombre es capaz de formarse a lo grande. Y su capacidad de amar entrañablemente sólo nace cuando ha derramado lágrimas y ha hecho las cosas con su propio esfuerzo laboral. 

La naturaleza es, además, la que, gracias a su asombroso contraste, genera el contraste de las civilizaciones humanas, el de su arte y literatura. Los montes, valles, ríos, mares, cielos y horizontes inspiran el canto. La invención de la escritura da inicio a la educación escrita, como conocimiento codificado recibido por los miembros de las clases privilegiadas, mediante sentencias, leyes y parábolas recopiladas por tradición de generación en generación. 

La civilización es, en consecuencia, resultado de la naturaleza humana, naturaleza que, según el autor, es única para todos los tiempos y pueblos, con lo que niega su carácter histórico. En ella, el comercio y el espíritu de conquista son, al parecer, las fuentes inevitables de la corrupción de las costumbres. [†] 

La fuente de la moral se encuentra en el trabajo y en la adquisición de las cosas gracias al esfuerzo propio. El vicio es creado por el dinero que se obtiene recurriendo a cualquier medio. Las sociedades que no se educan cobijadas por la moral y el trabajo están condenadas a la muerte. La moral se sujeta a la ley que rige toda evolución. [3]
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[*] . Obsérvese que, en lo expuesto, a la par de posiciones, indudablemente, progresistas, ya se detectan ideas de manufactura claramente reaccionaria, como la relativa al ataque al "anarquismo", al que se estima doctrina errónea, destructiva y tiránica. 
[†]. Repárese en lo que acá Moncada expresa del comercio, pues, ya lo veremos pronto idealizándolo. 
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[1]. Al respecto de la lucha por la existencia, Herbert Spencer escribe: "Lo mismo pasa con los organismos sociales. Hay que reconocer que la lucha por la existencia entre las sociedades ha sido el instrumento de su evolución. Ni la fundición y refundición de grupos pequeños en un grupo mayor, ni la organización de grupos compuestos y doblemente compuestos, ni el desarrollo simultáneo de los factores de existencia más larga y más elevada que produce la civilización, hubieran sido posibles sin las guerras de tribu a tribu y luego de nación a nación". Spencer, Herbert. Instituciones Políticas. Tomo primero. La España Moderna. Madrid 1894. p. 94.
[2]. Moncada, José María. Lo porvenir. Ob. cit. pp. 6-7, 9, 35, 36, 38-39, 41-42, 51, 53, 56, 58, 69, 111,123,147,150-152, 175-179, 182,185-186.
[3]. Moncada, J. M. Escuela de lo Porvenir. Ob. cit. pp. 16, 19-20, 24, 46-47, 50-52, 65-66, 79,96-97,105,112-113,115-117. 

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