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viernes, 5 de agosto de 2016

La mater del materialismo histórico (De la ensoñación materna al espectro paterno)


La mater del materialismo histórico (De la ensoñación materna al espectro paterno) 
León Rozitchner 

“¿por qué escribo versos? /¿para volver al vientre donde cada palabra va a nacer?/ ¿por hilo tenue? / la poesía ¿es simulacro de vos?/ ¿tus penas y tus goces?/ ¿te destruís conmigo? / ¿por eso escribo versos?” Juan Gelman, “Carta a mi madre”. 

Si nos tomamos en serio el carácter prematuro del nacimiento del hombre a la cultura, quiero decir del niño que nace de vientre de madre y forma con ella al comienzo el primer Uno que sólo el tiempo irá desdoblando y separando. Y reconocemos por lo tanto en nuestro origen la existencia de una etapa arcaica en la infancia donde la carne, materia ensoñada desde el origen de la materialidad humana, organiza las primeras experiencias en unidad simbiótica con el cuerpo que le dio vida, absoluto sin fisuras donde el sueño y la vigilia no estaban separados todavía. Y si pensamos que aquello que ahora llamamos “mundo exterior” al principio se despliega desde adentro hacia afuera, donde una parte de lo ensoñado, puramente subjetiva al principio, queda cuasi encapsulada luego, sin salida, con la intensidad indeleble que tienen para siempre las primeras marcas. Y si al mismo tiempo sabemos que este capullo de imágenes y sensaciones que va floreciendo y se abre en el cuerpo del niño, cuyas raíces se despliegan sin distingo en la tierra de la madre en la que siguen buscando todavía su savia más profunda, esa madre queda contenida como fuente viva en una memoria que, por ser originaria, no tenía espejo para reflejarse porque las palabras como meros signos aún no existían. Y que cuando al fin se hagan dos y se separen, y los cuerpos antes yuxtapuestos se desunan, y el sueño y la vigilia se distancien y el niño se haga hombre, el Uno sensible se mantendrá como el secreto de la unidad imborrable con la madre, aunque la “realidad” de los que sólo sueñan cuando duermen conspire para olvidarla. 

Y como ese hálito ensoñado penetró la materia y se extendió desde ella cubriendo la tierra, entonces su cuerpo expandido se hizo terra incógnita, aunque ese ensueño nos servía de guía porque mientras nos iba abriendo al mundo le daba sentido y ponía su áurea humana a todas las cosas. Y a partir de ella esta experiencia primigenia nutrirá el sentido de todo pensamiento, aunque no nos demos cuenta porque sentirla siempre es como si ya no se la sintiera de sentirla tanto. Y por lo tanto como si no existiera, porque sobre el suelo de lo que hemos soñado en su cuerpo surgirá luego la conciencia cuyo sustento la razón nunca podrá alcanzar a definirlo, porque en su soplo inasible siguen navegando las palabras. Esa madre apalabrada es el continuo sentido vaporoso que emana del cuerpo en el cual se abre lo que llamamos nuestra alma. Y es por eso que el alma no puede ser pensada separada de ella. Porque su estela ensoñada será el origen inconsciente de todo pensamiento: la conciencia, ese éter –para decir algo que denote al afecto como puro sostén inasible que retiene el sentido– en el cual se inscriben todas las palabras, no tendrá conciencia de su propio fundamento sensible, donde lo imaginario y lo afectivo formaban una única y tenue sustancia, emanación sentida de la Cosa. (La palabra “sentido” la acerca, la palabra “significación” la distancia). Esta es la paradoja: decir que un cuerpo habla, y después excluirlo de lo que las palabras dicen, como si el cuerpo no dijera nada. 

Y si pensamos que el advenimiento del lenguaje y la racionalidad adulta –lo simbólico, se dice- aparece como si de golpe en su desenfado se instalara todo armado, y el “espíritu” descarnado hecho Verbo inconsútil penetrara en el cuerpo para levitarlo y elevarlo a lo sublime del pensamiento puro. Y se olvidara entonces de una lengua primera, la materna, que la madre le hablaba con palabras cocidas que eran para el niño sólo cuerpo ensoñado que su voz modulaba, y que desde allí se abrió el sentido. Y que sin ella “espíritu” no habría, aunque el lenguaje y el pensamiento desmientan su carnosa existencia originaria donde se prepara, como se dice, “la representación de lo absoluto en lo finito”. De allí el pensar del sufriente, que cree andar sin pensamiento sólo porque siente. 

Si además pensamos que este primer mundo se origina antes de acceder al predominio implacable del tiempo y del espacio “objetivo” que las categorías tajantes del adentro y del afuera, poco a poco aprendidas, marcarán por medio del lenguaje el orden restrictivo y necesario –metros y minutos- al cual deberá someterse las fantasías intemporales e infinitas de la infancia. Y que sólo dejarán de serlo, se cree, porque no concuerdan con el imaginario social en el cual algunas se prolongan travestidas, mientras que las más propias quedan contenidas sin salida porque el espanto que les llega del mundo les veda su paso. 

Y si nos damos cuenta que la lengua llamada paterna en la que todos estamos incluidos, que ordenó con su lógica nuestro pensamiento, en realidad supone necesariamente una “lengua” anterior que la lingüística ha dejado de lado. Y si tratamos de recuperar esa primera lengua, que no tenía palabras que permitieran la separación entre significante y significado, y era diferente por lo tanto a la que ahora hablamos, pero que iba creando sin embargo el lugar más propio de ese intercambio que nos abrió el sentido, y que es necesario suponerla para hablar luego la que ahora hablamos. Y darnos cuenta entonces que esa lengua que la madre vocaliza con el niño fue el fundamento de una experiencia sensible en la cual el sentido -atribuir una cualidad a una cosa- o la significación se formaban, pero que aún no habían alcanzado a construir los significantes sostenidos por la palabra de una lengua orgánica cuya estructura eh-nihilo no se pregunta por la experiencia histórica-arcaica que la ha creado. Y que por ello no se interroga por saber si quizás sin la experiencia materna con el hijo que nació prematuro el lenguaje humano no hubiera existido. 

Entonces, si seguimos pensamos que la matriz de toda lengua hablada tuvo que formarse para cada uno, y también en nosotros, en ese interregno surgente de la propia historia donde todavía el significante coincidía con el significado sin poder distinguirse, -allí donde el sonido rosa melodiosa coincidía con la rosa misma, era la rosa-rosa la misma Cosa en la cual se confundían, porque era allí donde se incubaba la representación-cosa antes de incluirse en la representación-palabra. Y eso porque la experiencia sensible era el soporte del acto de vivirla en ese entremedio que entre los dos se abría: porque el sonido que la modulaba era una saliencia de la Cosa misma. El ensueño materno sería por lo tanto el éter en el cual el sentido circula. Y habría que reconocer, en consecuencia, que el sentido no es algo que se produce en el “espíritu”, porque la palabra en realidad para decirnos algo todavía se enrosca en un sentido encarnado en el cuerpo que se recorta y se despierta cuando las palabras lo tocan. Y si partiendo de esto pensamos que el soporte sonoro del sentido al principio no podría ser arbitrario, como aparece en la lengua ya constituida que Saussure describe, porque los que van a ser luego soportes sonoros arbitrarios fueron sentidos -sentidos sentidos- que sentimos antes. Porque los sonidos eran el sostén melodioso emergiendo dentro del acogimiento materno cuya materia es la de los sueños de los cuales aún no se distinguían, porque el sentido formaba cuerpo con su cuerpo. 

Todo lo cual nos llevaría a decir que las significaciones arcaicas van surgiendo en la coalescencia de afectos, sabores, olores, saliencias rugosas o lisas, cavidades húmedas de un cuerpo erógeno pleno de pregnancias y fragancias que los dedos voraces excavan para atraparlas antes que se desvanezcan, imágenes confusas superpuestas, ritmadas y conglomeradas por la melodía sonora de la voz materna que sintetiza y ordena el caos de las sensaciones y de las cualidades. Y que así se fueron abriendo camino los enlaces creadores de un sentido que incluye lo disperso y lo organiza: construye el primer “concreto sentido”, esa originaria síntesis de lo múltiple o esa unidad de lo diverso. Y que por eso debe estar supuesto como prolongado en lo “concreto real pensado” que Marx expone en su metodología científica cuando nos describe “esa iluminación general donde bañan todos los colores, y que les da su singularidad. Ese éter particular que determina el peso específico de todo lo que existe en él de saliente”. ¿De qué materia está hecha ese éter del materialismo dialéctico?

Y si pensamos que ese imaginario denso aunque simple, intenso aunque acotado, que el tiempo ritmado irá diluyendo aunque sus nervaduras sean conservadas, fue surgiendo en cada enlace vivido que se abría en el cuerpo erógeno donde las cualidades se iban desplegando enlazadas para decantarse en el sostén de un continuo ensoñado, y allí entonces otras nuevas podían inscribirse –como todavía lo hacemos cuando vemos algo. Entonces este resplandor vidente excede al pensamiento y lo que lo sostiene cuando piensa algo es la misma urdimbre de ese tenue tapiz mágico e invisible del que la tecnología racional cristiana, ahora cartesiana, quiere separarnos para que veamos sólo cosas desnudas, cosas puramente cosas despojadas del ensoñamiento que las sigue sosteniendo. Nos sorprende que la razón, como razón absoluta en la que culmina, no quiera saber nada del comienzo ensoñado del cual ha partido. Eso sucede porque la premisa de la metafísica es: al principio era el verbo. Entonces el ensoñamiento materno se hace invisible porque el afecto que lo sostiene fue suplantado por el espectro patriarcal que nos curó de espanto y es como si, tocado por el principio del tercero excluido, hubiera desaparecido para desvanecerse en el aire.

Y por eso pensamos que para enfrentarlo tenemos que comprender cuál fue el derrotero que su razón nos oculta: saber que el desarrollo humano desde el estadio prematuro del nacimiento del niño es el único origen histórico que, a diferencia de todos los otros que nos son externos tanto en el espacio como en el tiempo, sólo lo encontramos como indudable y vivo dentro de nosotros mismos –porque la historia recomienza cuando uno nace. Entonces es pensable que cada niño que nace como niño humano reproduce el primer nacimiento del hombre que también nació como niño prematuro y tuvo una madre que hizo posible que lengua humana hubiera más tarde. Si la madre no hubiera abierto con el hijo el espacio del ensoñamiento que es la trama del pensamiento, ninguna lengua hubiera podido crearse, porque no habría habido una materia ensoñada en la cual inscribirse. No hubiera existido un materialismo histórico.

Por eso no podemos menos que seguir pensando que el afecto es el que contiene el sentido, y si cuando pensamos no se reaviva para sostenerlo, y no sentimos que conmueva el cuerpo, dejamos de lado la prolongación ensoñada del cuerpo materno que es el “elemento”, el “éter” que da sentido pleno al pensamiento aunque sea “abstracto”, así como silenciamos el sonido originario de las palabras al leerlas sin que ni siquiera se muevan los labios. Y siguiendo este razonamiento podría decirse que todo afecto entonces sería un condensado apretado, ceñido, de experiencias vividas pasadas, porque cuando lo sentimos y queremos decirlo aviva en sordina la epifanía primera que le sigue dando el matiz de su origen. Y si había simbiosis con la madre, no por eso lo que estaba unido dejaba de ampliarse para espejarse en lo que la madre sentía, diapasón que vibraba en un unísono que era como si uno solo sintiera, en un espacio sensitivo abierto entre ambos, y allí se desplegaba con su voz la sinfonía de todos los sentidos que se prolonga en nosotros todavía. Y deberíamos pensar entonces que el amor materno sigue sosteniendo, y se despliega, en todas las relaciones adultas generosas, fraternas y amorosas.

Y esto sucede porque estos primeros enlaces permanecen para siempre inscriptos como marcas indelebles, soporte más denso de todo lo que luego habría de inscribirse como puramente subjetivo, origen de nuestra mismidad, antes que los espectros del mundo exterior al desplazarlas se convirtiera en un mundo extranjero interior y nos distanciara dentro de nosotros mismos. Y apareciera instaurada la “escisión del yo” y el “fetichismo” que Freud reconoce como el fundamento de la estructura psíquica, ese con el cual comienza nuestra adecuación al mundo social y “objetivo” al convertirnos en sujetos llamados escindidos. Y si nos preguntamos qué quedaron de esos enlaces cuando nos vamos haciendo adultos ¿no debiéramos afirmar entonces con toda contundencia que la materialidad ensoñada, fundamento primero de todo sentido, no desaparece nunca y seguirá siendo el soporte que la lengua patriarcal oculta al desplazarla –salvo cuando intenta reavivar la memoria más profunda, y entonces se hace poesía?

Y uno se explica entonces cómo la experiencia arcaica con la madre pudo ser negada y pudo pensarse como la Nada, el Vacío, el punto Cero de la palabra o “el Gran Huevo del caos”, si el ensueño del ordo amoris del cuerpo materno fue suplantado por el espectro persecutorio del derecho paterno que sostiene la palabra que siempre es “de jure”, aunque jure en vano. ¿Qué mueve al espíritu, aunque vital lo llamen, si la “razón” ignora la experiencia prematura que lo hizo posible? A las dos lenguas –lengua materna y palabra paterna- algo debe sostenerlas para que puedan existir, y entonces la “palabra” patriarcal debe moverse metamorfoseando el mismo elemento etéreo y afectivo (en tanto afecto que sostiene el sentido) de la “lengua” materna originaria, sin la cual esa palabra no existiría, ahuyentada por el espectro del terror patriarcal que la suplanta sin reconocerla como estando en el origen del pensar humano. Por eso la lengua materna es el fundamento de la materialidad histórica, que existe mientras haya hombres vivos: mientras los hombres hablan, imaginan, piensan o sienten, porque es un continuo ensoñado presente en la simultaneidad viviente de todos los hombres que hacen que ella sea.

Y si nos preguntamos entonces ¿cómo suplanta una lengua a la otra? la respuesta es sólo una: el terror las separa. En vez de evocar prolongando el ensueño vivido con la madre donde su infinitud se temporaliza, debe hacerlo ahora en la estela pavorosa del espectro persecutorio racional del padre que borra sus huellas. La imagen espectral del padre externo debe agigantarse para desplazar la imagen aborigen materna -que se confunde en el principio con la nuestra propia.

Por eso, pensamos, no se logra relegar desplazando a la lengua corpórea materna sólo al suplantarla con la palabra “espíritu” o “alma”, como si esta palabra que nos dice tanto se sostuviera por sí misma. Si la lengua materna se sostiene en el ensoñamiento que emana de la relación de ambos cuerpos, el de la madre y del niño al principio unidos, cuando pasa a convertirse en “espíritu” debe sostenerse en la emanación corpórea evanescente de algo que también lo sostenga. Pero ahora es como si ese sostén sin sostén -relación sin relación, decía Hegel- viniera desde afuera, cadena de significantes que la lengua patriarcal soporta, como la piedra grabada soportaba las leyes divinas que Jehová le dictó a Moisés al bajar del monte. En verdad lo que sostiene al espíritu ahora es el espectro afectivo e imaginario del padre amenazante, circulando en la misma onda que la madre, que aniquila el sentimiento amoroso del ensoñamiento, y suplanta a la madre viva por una madre muerta. Pero el espectro velado sigue llevando adentro el fantasma de la madre, porque el pavor lucha contra el ensueño en su mismo elemento. El espectro es siempre alucinado: ocupa el lugar donde la madre falta, el de su ausencia borrada, y aparece allí donde el poder quiere suplantarla. Pero el sostén ensoñado materno es indestructible. No olvidemos que en su “ética material de los valores” el judío converso Scheler, que hilaba fino, afirmaba que la “materialidad“ de los valores más excelsos consistía en el afecto que los sostenía.

Entonces quizás haya que pensar que la poesía no es el lugar donde el “habla habla”, como pretendía Heidegger, para decirnos que era el Ser el que allí hablaba en nuestras palabras. Mejor sería decir, quizás, que la palabra poética habla prolongando en nosotros la lengua materna: convierte en lengua viva una lengua que fue dada por muerta. Retornar al sentido aborigen para decir desde lo más hondo lo inaudito, tratar de actualizar el ensoñamiento de las primeras palabras de una lengua perdida en la misma lengua que hablamos, reencontrar el sentido desde la infancia ya ida: “Para volver al vientre donde cada palabra va a nacer?”. Quizás por eso puede seguir preguntándose Juan Gelman cuando recibe el galardón patriarcal más alto : “¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?” Así entonces, como pensamos, la palabra de moneda corriente es la que dice que “la vida es sueño”, pero sueño vivido como si fuera la realidad misma, sin conciencia de ser sueño todavía -aunque así la haya titulado otro poeta- , y hay detrás de él otro sueño escondido aún sin palabras, a las que el poeta le pone las suyas para que la madre vuelva a hablarnos y reverdecerla como siempre viva. En la poesía-poesía es siempre la madre la que vuelve a hablar de profundis desde el habla originaria. Entonces podría decirse que la poesía abre nuevamente, para que florezca, la materialidad humana ensoñada primera, sin la cual el sentido mágico de la vivencia poética no existiría. –y la vida cantante y sonante tampoco.

Y si sabemos que al principio el anhelo primero no reconoce espera porque vive en el sin tiempo del instante absoluto: basta desearlo para alcanzarlo, aunque luego la ausencia real del objeto de la satisfacción alucinada lo defraude. Pero aparece en su esplendor que los místicos llaman divino cuando la alucinan en estado de trance: posesos poseídos que el ensueño acoge. Ellos la hacen presente al sentirse llenos en el instante fugaz del acontecimiento que transgrede al tiempo, y al invocar al Padre es la madre –bienaventurados- la que viene en silencio, puesto que quedaron solos, nuevamente a acogerlos. Porque estamos pensando que lo arcaico, que quedó amurallado dentro de uno mismo luego de abrir el camino donde el sentido ensoñado transita, es el surco afectivo materno que el espectro alucinado del padre recorre luego de cerrarle el camino a la madre. Y por eso sabemos, cuando el terror aparece, que entonces se transforma lo ensoñado en espectro de muerte, y se obscurecen todos los colores y todos los sentimientos se entumecen. Porque lo espectral es lo “real” ya desarrollado y sirve de soporte a todas las relaciones llamadas sin impudicia “materiales” y sólo nos queda, como dice Marx del residuo del trabajo: “una misma objetividad espectral”. El terror ha barrido al ensueño y suplantó con el pavor patriarcal al afecto materno.

Y sucede lo que nos pasó a todos nosotros: cuando el terror amenaza desde afuera se produce el retorno súbito, esquivando el tiempo para buscar cobijo, al origen de la satisfacción de la primera infancia cuyo lugar el amor de la madre abrió en nosotros, cuando aún no había ni tiempo ni espacio objetivo desde el cual ahora el furor amenaza. Y entonces, por un tiempo al menos, nos quedamos a resguardo, tranquilos. La religión cristiana, que es el complemento del terror globalizador que evangeliza al mundo, se apoderó de la infancia arcaica y allí, en el mismo sitio, nos puso una madre nueva, una madre Virgen, para desplazar a la primera, caliente y gozosa, y en lo más profundo de nosotros volvemos a encontrar, como la Iglesia y el poder necesitan, una madre que habla la misma lengua que el espectro del padre. Quedamos sitiados adentro y afuera: no hay escape. Por eso el cristianismo necesita que exista una sola lengua, y que digan lo mismo el adulto y el niño. El ensueño materno fue suplantado por una pesadilla siniestra, para que siendo grandes seamos como niños de pecho nuevamente. El lugar vaciado de savia materna lo sobrevuela ahora el Padre sin rostro de Hamlet: el resplandor inmisericorde y vengativo del espectro paranoico que acusa a la madre de haberlo traicionado.

Y si pensamos que ese mundo primero vivido con la madre, que la memoria conserva, es el que san Agustín califica como “la vida feliz” que todos los hombres por el hecho de serlo han vivido, que se actualiza para el santo en la entrega divina mientras le adjudica a Dios-Padre la leche materna. Y si sabemos, porque Marx lo escribe, que él mismo, siendo ateo, reconoce con un dejo de melancolía a la infancia de la humanidad como “la atracción eterna del momento que no volverá nunca más”. Y más tarde nos invita a que “imaginemos” a todas las fuerzas de hombres libres y conscientes “como una fuerza de trabajo social” que se regularían por relaciones productivas racionales, producción y consumo para la subsistencia que dependerá del “nivel histórico de desarrollo de sus productores”, depuradas de toda ensoñación mítica, y allí entonces cada uno recibiría de acuerdo a su necesidad y daría acorde con su capacidad. Pero esa forma social, tan humana como difícil de ser recreada, es la que en la infancia del niño todo hijo vive con la madre mientras ella lo amamanta y lo arrulla, donde le da todo al hijo sin pedir nada a cambio, sin equivalente, por amor al arte, sólo por el gusto amoroso de colmarlo en el acto en que al darse ella misma se colma, potlatch donde se usu-fructúa toda la riqueza y se la gasta en el placer compartido sin calcular nada -incluida la “parte maldita”, ese excedente suntuoso que el Capital no tolera. Porque esa reverberación inconsciente pero sentida como viniendo desde los socavones de la memoria arcaica -“como una fuerza”, una sola fuerza ahora pensada “de trabajo social”- es la que le da el matiz melancólico a su lamento: “la atracción eterna”, por lo tanto fuera del tiempo, del “momento” vivido, por lo tanto situado en el tiempo, que “no volverá nunca más”.

Entonces volveríamos al deseo. Pero también sabemos que hay deseos y deseos, palabra que por querer decir tanto termina, al final, por decir nada. Deseos eran los de antes, no esos que aparecen después de aceptar la amenaza de castración del padre, cuyo simbolismo penetra en la lengua para transformarla en lengua independiente del cuerpo. Ser deseado por el deseo del otro, ese que instaura la historia entre amos y esclavos, es un deseo sólo de conciencia: al superar a la Naturaleza para que el Espíritu muestre en los hechos su desprecio por la vida del cuerpo, en ese comienzo metafísico de la sociabilidad humana es la madre como naturaleza despojada de historia a la que se renuncia y a la que desprecia. La historia para el cristiano Hegel comienza como lucha a muerte, post festum, luego de que lo más importante haya sucedido, y allí se origina la figura abstracta del Otro en la filosofía, que sigue viva porque se sabe esclava y lo adopta como modelo para no pensarla. Ese Otro que sólo tiene conciencia para desear y ser deseado en su conciencia, es el hijo expósito de una madre ausente, que no la tuvo para protegerlo. El Ser del cual habla la metafísica no sería entonces sino el resplandor espectral tenebroso del padre que la ha desplazado y la ha convertido en naturaleza inorgánica: en naturaleza muerta.

Sin embargo, lo sabemos todos, sólo hay ganas, deseo verdadero, cuando la percepción está aureolada con la coronita que la memoria ensoñada de la infancia le pone a los seres y a las cosas. Sentido que seguimos buscando en el mundo exterior donde, creemos, el sueño y la alucinación estarían ausentes de las cosas que vemos, porque se confunde con la Cosa misma para que sea esa cosa, comprada con dinero, la Cosa de reemplazo. Si la Cosa hablara diría: todas las cosas se han prostituido cuando el Capital las conforma y les da su nueva forma “fetichista” en la cual aparece la paradoja marxista de un misticismo puramente racional, sin mistos, es decir sin otro misterio. Pero las cosas adquiridas como mercancías reciben esa forma mística sólo cuando las sobrevuela desde más arriba el espectro del Dios-Padre abstracto cristiano, que desplazó al ensueño materno que les da a las cosas del mundo su valor humano.

Eso no lo ve la economía política. Y eso más bien sucede porque el ensoñamiento, que inauguró la historia desde lo materno y les devuelve su sentido humano originario, refulge en toda presencia de sentido pleno. Y nos daremos cuenta que este ensoñar está activo, aunque en sordina, hasta en el mundo material “objetivo” el cual, sólo porque somos hombres y tenemos un alma, se hace visible envuelto con las formas y los anhelos de esa experiencia de la infancia definitivamente ida. No se puede hablar entonces de materialismo, de cuerpo humano, si no recuperamos el “sentido” que, por ser histórico, la experiencia ensoñada con la madre le agrega para siempre a la materia. Deseada e imposible al mismo tiempo, porque esa coincidencia que la religión reanima sólo vuelve en el presente en las figuras que el cristianismo ofrece, siendo así que la madre arcaica se fue para siempre. Pero digamos algo más para que quede claro. Que ese pasado de imposible retorno se haya ido para siempre, no por eso debemos entender –como la religión invita- que aspiramos a mantenerlo vivo tal cual fue vivido con su realidad absoluta en la primera infancia, acompañado como va ahora con nuevas figuras supletorias de aquellas antiguas que ocuparon su sitio. Y que nos lleva a seguir buscando lo perdido en el mundo infinito, como si aquél mundo pleno que dejamos al dejar la infancia, sin fisuras y sin tiempo, fuere el mismo que la religión nos ofrece, rechazando éste compartido que estamos viviendo con los otros cuerpos.

Porque en verdad esos ensueños de la infancia arcaica fueron transformados, con la misma materia de la fantasía, en espectros que la alucinación inviste de poderes inmisericordes para que el pensar no se pase de la raya rompiendo la barra que separa al significante del significado. Porque el amor recíproco y el acogimiento amoroso sin equivalencias de la madre al hijo, y el reconocimiento de su existencia como formando parte de la suya, eso queda congelado como si no fuera posible que se realizara en la sociedad adulta.

Y será por eso que la experiencia arcaica con la madre, negada pero siempreviva, sin embargo insiste: se convierte así en la cantera o en la reserva oculta de la cual extraen la reflexión metafísica y ética sus nociones abstractas, negando la experiencia sensible de la infancia, ahora sublimada: Dios, el Ser, lo absoluto, lo infinito, lo trascendente, el espíritu, etc. Y entonces quedan convertidos en meros etéreos conceptos ideales, esqueletos mustios del cuerpo materno aniquilado –y con el suyo el nuestro. No decimos que el Ser sea la madre, decimos que al concepto “ser” sólo podemos pensarlo desde ella, porque es la premisa sensible de todo pensamiento. La experiencia con el cuerpo de la madre fue sustituida por un cuerpo de palabras, acariciadas en la poesía, cortadas por el filo de la razón patriarcal en la metafísica y en la reflexión teórica a la que siempre esa otra dimensión le falta. Las cualidades sensibles y ensoñadas de la madre se han travestido y convertido en cualidades espectrales de los conceptos puramente “simbólicos” del pensamiento. Lo absoluto del sin tiempo materno se ha metamorfoseado en el absoluto eternamente abstracto de esos conceptos.

Y para decirlo en pocas palabras: ¿ustedes creen que podemos seguir pensando –y viviendo- sin caer en la cuenta que la castración, de la cual se dice que nos habilita a la vida como seres pensantes, no fue entonces solamente simbólica, que por el contrario nos marcó el cuerpo y que, quizás por eso, nuestra palabra ha quedado tan fláccida? ¿Y por eso algunos filósofos a la moda que se las saben todas acudan nuevamente a llamarla “viril” para ocultarlo? 

http://cipec.nuevaradio.org/b2-img/LeonRozitchnerLamaterdelmaterialismohistrico.pdf

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