Portada de antigua versión de Revista Libre Pensamiento

lunes, 12 de enero de 2015

Urdimbre / Amaranta

Urdimbre / Amaranta
Odette Amaranta Vélez Valcárcel

Sobre delicados hilos de lino camina la vida. Desde los pañales hasta la mortaja, pasando por manteles, sábanas, velas de barcos o trajes o vendas…

Los gozos, los viajes, las heridas, las muertes van y vienen, penden, del delgado hilo…

En la antigua Grecia, según Robert Graves, se bordaban las marcas de la familia y del clan en los pañales del recién nacido, y así quedaba establecido su lugar en la sociedad. Se cree que de esa costumbre surgió el mito de las Moiras, según el cual el hilo de la vida se hilaba en el huso de Cloto, se medía con la vara de Láquesis y se cortaba con las tijeras de Átropo.

Como se desprende de esto, entre costureras o hilanderas no solo hay el ligero y suave “coser y cantar”, pues existen husos, varas, tijeras, agujas… instrumentos filosos y punzantes que están detrás de una labor delicada, pero disciplinada e implacable como una guerra.

Lo dicho nos puede conducir también a recordar que las tareas tradicionalmente asignadas a las mujeres no son sinónimo de ánimo apocado o de minúsculos universos cerrados en sí mismos. Si echamos nuevamente una mirada a la mitología, encontramos a la joven Aracné, capaz de bordar las terribles hazañas de Posidón (con belleza y habilidad tan grandes que despertó la envidia de Atenea). Además, ¿no fue gracias al hilo de Ariadna que Teseo evitó perderse en el laberinto y pudo así dar muerte al Minotauro? Inteligentísima Ariadna, como también lo fue Penélope, tejiendo de día y destejiendo de noche.


Siempre me he preguntado si Penélope no hizo también su propio fantástico viaje, su propia Odisea, labrando esa mortaja para su anciano suegro. Viaje lleno de aventuras del espíritu: la angustia, año tras año, por la ausencia de Odiseo; el malestar con respecto al anciano Laertes por usar su mortaja como excusa, como material de un engaño, y además, público; el valor para mantener a raya con este ardid dilatorio a los voraces pretendientes que ocupaban el palacio a todas horas; el temor de ser descubierta, como de hecho ocurrió….  

No por nada, las virtudes atribuidas a Odiseo: “fecundo en ardides”, “ingenioso”, “astuto”, “paciente”, coinciden con aquel epíteto que acompaña siempre a Penélope, “discreta”, es decir, sutil, ingeniosa, astuta, en control de las situaciones.

En la Odisea hay un momento en que su hijo Telémaco le dice caballerosamente: “Vuelve a la habitación, ocúpate en las labores que te son propias, el telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo, y del arco nos cuidaremos los hombres y principalmente yo, cuyo es el mandato en esta casa” (XXI).


Frente a esto no podemos dejar de recordar con una sonrisa que momentos antes, Penélope, inspirada por Atenea, fue quien alcanzó “a los pretendientes el arco y el blanquizco hierro, a fin de celebrar el certamen que había de ser el preludio de su matanza” (XXI). En otras palabras, fue ella quien propuso el reto de disparar las flechas con el arco magnífico de su esposo, reto que, como recordamos, ganó Odiseo bajo la apariencia de un mendigo, para, a continuación, dirigir el resto de las flechas contra todos sus rivales…

Permítanme citar la escena en que Penélope retira el arco de su escondite:

“Penélope subió al excelso tablado donde estaban las arcas de los perfumados vestidos; y tendiendo el brazo, descolgó de un clavo el arco con la funda espléndida que lo envolvía. Se sentó allí mismo, lo tendió en sus rodillas, lloró ruidosamente y sacó de la funda el arco del rey. Y cuando ya estuvo harta de llorar y de gemir, fue a la habitación en donde se hallaban los ilustres pretendientes; y llevó en su mano el flexible arco y la aljaba para las flechas, la cual contenía abundantes y dolorosas saetas” (XXI).

Qué exacta dosis de sensibilidad y cosa amenazante envuelve a Penélope: el arco de Odiseo escondido entre “perfumados vestidos”; el llanto que la quiebra –pero del que luego se repone– quizá porque el arco despierta recuerdos del esposo ausente, y, quizá también, por la idea de muerte que trae asociada (ningún arma es inocente, aun cuando no esté en uso, o lo esté para un juego).

La paciente tejedora de la tela, y la que sostiene en su mano el arma clave para el desenlace, parece volver delicada y aguerrida desde el pasado mítico, y atravesar las páginas del libro que nos reúne esta noche aquí, pues uno de los poemas de Urdimbre, dice: “no asomes a mi cuerpo / blancas armas bajo flores // elijo el sable / al vano intento de ternura / en el incendio”

En otro poema leemos: “soy tijera // filo / hoja metálica / cruda /angulosa // hilo punzante / hecho surco”

Y aún: “dardo / afilada / palabra / enardecido / canto / punzón / en / tus / entrañas”


Pero también en Urdimbre podemos encontrar versos que hablan de ternura y celebración de la vida:

“allí / donde mi perro es un jardín / y la cocina una tina donde dormir”

“recodo de amor / árbol en goce / respiro”

Esa mezcla de suavidad y determinación nos conmueve en el libro de Odette. Las mismas suavidad y determinación de quienes hilan porque saben que tanto como acariciar texturas, también hay que medirlas con precisión, cortarlas con las tijeras, atravesarlas con las agujas una y otra vez…

En ese contexto podemos anotar también que los brevísimos versos de Urdimbre se distribuyen en la página formando delgadas ondas o líneas verticales u horizontales, y contribuyen así a crear la sensación de un bordado, pero un bordado sutil, una belleza sin alardes, con pocos pero exactos elementos, con esa humildad que es más bien propia del hilo de las bastas, ese encandelillado que no está hecho para verse, pero que sostiene todo desde su “invisibilidad”. Por eso en este pequeño libro, las pocas y cortas palabras escritas siempre en minúsculas, las pausas o silencios, trabajan sobre las páginas y hacen que ellas relumbren con la pureza de las telas, de los lienzos.  La fina diagramación de interiores, a cargo de Camila Bustamente, es perfecta para el ánimo del libro, así como los sugerentes dibujos de Rosamar Corcuera, Carlos Alberto Ostolaza y Martín Zavala, y el diseño de portada de Mari Gho.

Urdimbre está divido en tres secciones, y podría decirse que cada una de ellas refleja una etapa de la vida. En cierta forma, están implicadas / imbricadas aquellas Moiras a las que aludí, pues se extienden en el tiempo, dan una idea de origen y de trayecto…

Por ejemplo, hebras presenta –como sugiere el nombre– líneas sueltas, breves, casi apuntes al vuelo, sensaciones, imágenes. Hay algo como el balbuceo inicial de los niños, algo de su feliz ir y venir de palabras: “era solo volando bajo el mar”, “azul por tu ventana”.

En nudos hay un tono joven de rebeldía, un querer definirse distinta de los modelos, lo cual –dicho sea de paso – no debe ser sencillo para la voz poética en tanto que –como autora– Odette es nieta e hija de poetas admirables como Gustavo y Rosina Valcárcel. Pero ello otorga mayor mérito a su propuesta estética. Incluso, el hecho de firmar sencillamente Amaranta podría interpretarse como una forma de afirmar su singularidad. Los poemas aquí muestran mayor tensión, son nudos, precisamente. Los versos que cité hace un momento sobre las tijeras o dardos, visibles o escondidos… son de esta parte.

La tercera y última sección, tramas, parece apuntar a un universo más adulto. En esta parte los poemas son ligeramente más extensos y trabajados. Aquí, la poeta se ausculta y se describe físicamente:

“tierno animal mi esqueleto / cóncavo cráneo / anida al cerebro / falange / falangina / falangeta / dueño es / mi peroné /eterna clavícula / afilado coxis / grávido esternón / vértebra tras vértebra / mis delicados huesos / armadura atrapada / en blando cuerpo”.

Es interesante observar aquí cómo vuelve la oposición de lo blando y lo fuerte en esa imagen de “armadura” contenida en la blandura del cuerpo. Una armadura que, a su vez, está hecha de “delicados huesos”.

Unida a esa exploración física  va la exploración estética, la relación con las palabras (“amo / las / palabras / y / el cuerpo / que las / nombra”). En esta sección el término “palabras” vuelve una y otra vez. Ellas vertebran o sostienen o, más propiamente, hilvanan el quehacer poético. Idea que se ve reforzada con el epígrafe  “Hablar es hilar y el hilo teje al mundo”, de Cecilia Vicuña.

Seguramente esto es lo que también comprendieron los antiguos pobladores de la ciudad sagrada de Caral, pues como parte de sus rituales religiosos, ellos quemaban en sus templos objetos fabricados con hilos de algodón, que, por su forma y uso, los arqueólogos han denominado “Ojos de Dios”.

Antes de despedirme, me gustaría leerles un precioso fragmento de Las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino, en el que se nos describe una ciudad fantástica, cruzada de hilos:

“En Ersilia, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros, según indiquen las relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar entre medio, los habitantes se marchan: las casas se desmontan; quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos.

Desde la cuesta de un monte, acampados con sus trastos, los prófugos de Ersilia miran la maraña de los hilos tendidos y los palos que se levantan en la llanura. Y aquello es todavía la ciudad de Ersilia, y ellos no son nada.

Vuelven a edificar Ersilia en otra parte. Tejen con los hilos una figura similar que quisieran más complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después la abandonan y se trasladan aún más lejos de sus casas.

Viajando así por el territorio de Ersilia encuentran las ruinas de las ciudades abandonadas, sin los muros que no duran, sin los huesos de los muertos que el viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma”.

Lo que perdura en Ersilia, entonces, son los hilos. Los delgados hilos que simbolizan las relaciones entre las personas, y que pueden ser sencillas o complejas pero siempre más duraderas (valiosas o determinantes) que los recios muros o la misma muerte.

Los hilos que nos hablan de vínculos estrechos, de afectos indestructibles.

A partir de hoy, la urdimbre del bello y delicado libro de Odette hará que no lo olvidemos.
                                                                                 
                
Gracias.

Rossella Di Paolo

MAC, Barranco, 15 de diciembre 2014

                                                                                             

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