Por WINSTON ORRILLO
“La
luz de la amistad crece como la luna/ La noche lagrimea con el rocío/
Mi madre tierra, mi amor la lluvia./ Huayrasuncu, huayrasuncu,/
(Corazón de viento, Corazón de viento)/La luna vomitando
esta locura/
Babea rabias de tiempos viejos/ Habla de aguas sucias…/
Tú, generosa luz. Yo, fuego inapagable../
Te declaro amigo de las estrellas,/
Hermano y amigo de todos nosotros…”
¿Alguien
puede poner en duda que se trata de algo escrito por un poeta? En efecto, “Corazón de viento”,(Editorial ARSAM,
2014) la nueva novela de Dimas Arrieta (Piura, Huancabamba, El Faique, 1964) es
una vasta obra narrativa –más de 300 páginas- en la que fulge un mundo
mágico-religioso, pleno de poesía y de misterio que, detrás de la historia de
don Manuel Eugenio Ramírez Noblecilla, patriarca paradigmático de aquellas
tierras, desenvuelve una reflexión sobre el destino de una cultura, de un modo
de ser, evidentemente mellado por la llegada del “conquistador”.
La
temática se desenvuelve en un pleno realismo, pero dentro de lo denominado real-maravilloso, que no le impide a
MERN formar una familia ejemplar, con una pareja varios quinquenios menor que
él, pero después de haber dejado una serie de hijos en un –le llamaríamos-
“primer tiempo”, que incluye, por lo demás, quince vástagos procreados en una
estación vital, que atraviesa en el fantástico universo de las Capullanas.
Cosme
Chinguel –apellido de notable actualidad en los días que corren- es un viejo
cacique vernáculo que le arrienda a nuestro protagonista, unas tierras que van a ser la base de su
futura propiedad, pero todo dentro de un universo de profundo respeto tanto por
él como por el Taytay, un jefe indígena dotado de poderes adivinatorios y cuya
capacidad de ver el “futuro” es constantemente invocada.
A
don Manuel Eugenio le llaman, precisamente, Huayrasuncu
–“Corazón de viento”- con una suerte de respeto y admiración por sus cualidades
humanas, ciertamente distintas y distantes de la retahíla de hacendados
ambiciosos que medraban en los alrededores, en aquel anfractuoso tiempo.
He
aquí un ejemplo de uno de los más intensos –e interesantes- discursos de Cosme
Chinguel. Empieza hablando el protagonista:
“Con
su mano izquierda me tomó la mano derecha y como siempre empezó a llamarme Huayrasuncu, una y varias veces. Me
decía que siempre estoy cuando él me llama, aparezco cuando es necesario
refrescar con mi presencia. Así es el viento, lo llaman para airear las
cosechas y él llega. Y empezó a silbar con unos silbos finísimos y me decía que
así él llamaba al viento.//En eso todos vimos que un viento soplaba por las
afueras de la casa, movía los techos, bandereaba los árboles. Cosme, desde su
posición, echado en su cama, decía una y otra vez: ahí estás y aquí estás, Hauayrasuncu, hermano, Huayrasuncu, merecedor de los grandes
cariños… y empezó con la prédica de sus deseos mi amigo Cosme: - Sabrán cumplir
estos deseos, tanto los hijos míos, como los de mi amigo Huayrasuncu, pues ustedes sabrán negociar las tierras que hoy ya
son de mi amigo Huayrasuncu, porque
así yo quiero decirle, porque así me lo dijo el Taytay que lo llamara. Las
tierras hoy son de tus hijos y tuyas, hermano Huayrasuncu. Mis hijos firmarán las escrituras más adelante… Qué se
viene y qué se vendrá, Huaurasuncu. No lo sabemos ¿ o sí? Los cerros caminan,
los cerros amparan, los cerros hablan entre ellos, Huayrasuncu. Yo seré un cerro, tú serás un cerro, Huayrasuncu. Ya viene la hora, ya entra
la muerte. Ya viene llorando, se vienen enfriando mis piernas, mi cuerpo se
adormece, mis brazos ya no responden; ya no siento las manos, Huayrasuncu. Mi lengua empieza a
adormecerse, ya me voy, ya me fui, a-di-ooss.”
Y,
como éste, hay varios capítulos en los que medra la poesía en el relato. Pero,
asimismo, se halla lo que, según Horacio, sería lo utile dulci: lo útil con lo dulce, lo provechoso con lo agradable,
porque uno aprende a la vez que se deleita con las páginas de Dimas Arrieta.
Veamos, pues.
“..les
pidió que hicieran llamar a los descendientes del Taytay. Quería verlos y
preguntarles sobre los significados de estos símbolos o figuras casi
geométricas. Pero él les llamó textos, parecidos a un escrito occidental. (Se
refiere a lo que aparecían en una suerte de mantas “pununas”- que aquél le
regalara). // Son espacios textuales –decía el viejo- tienen otras formas y otros sentidos para apropiarnos de sus mensajes
y significados…..// Tarde reparó en eso, dijo que lo primero que él tenía que
haber hecho es aprender a leer este tipo de soportes textuales. Llegó a la conclusión de que era como
entender esta inmensa cultura que recién él se dio cuenta que estaba iniciando
un descubrimiento.// Qué fácil, se dijo el viejo, hubiera sido el haber
conocido esta interioridad, no hubiera existido violación a sus modos de vida
ni distanciamiento de su cultura. ¿Dónde
está la barbarie y lo salvaje? ¿Civilización es negarle a otro su existencia?
¿De qué mundo tan perverso y ególatra venimos y nos hemos formado? ¿Por qué
tenemos esta idea de descubrimiento cuando solo se ha conquistado?”
Creo
que el presente es el centro de esta
excelente novela, que, por cierto abunda en capítulos narrativos que son una
delicia, y que explican la formación de Manuel Eugenio, bajo la égida de su
adorado tío Teodoro, quien le legara un substrato ideológico tendente a la
defensa de la libertad, la justicia y la igualdad entre todos los hombres,
máxime en una época –la novela se desenvuelve en las primeras décadas de 1800-
en la que medraban la esclavitud y la servidumbre.
La
obra está atravesada por las premoniciones, no siempre promisorias del Taitay,
las que se hallan, precisamente en las referidas pununas que, tarde, Manuel
Eugenio se dio cuenta que debería haber intentado decodificar. Por ello la
tragedia, la traición adobadas al lado de la codicia y numerosas intrigas,
conforman la trama de esta novela, cuyo epicentro se sitúa en la no siempre
apacible hacienda Palambla, fundada, a puro pulso por el protagonista y que
deviene en el centro de su mundo y desde la que se irradia los buenos aires que
son característica del personaje principal de este relato destinado –a juicio
del suscrito- a ser uno de los paradigmáticos de la nueva narrativa peruana.
Culto
y pago munificente a su lar nativo, Dimas Arrieta nos entrega un corpus
narrativo que está destinado a perdurar.
Porque
perdurables son estas palabras que el autor pone en boca de su personaje
principal y que, sin duda, no podemos dejar de compartir:
“El viejo mascaba en su silencio estas
interrogantes, estos hallazgos sobre todo al mirar sus viejas pununas. ¿Cuánto
conocimiento se ha perdido?, se decía una y tantas veces; ¿qué distancia tan
brutal nos ha separado en un mismo espacio? ¿Qué mundos tan lejanos dentro de
uno solo? ¿Cuánto cuesta una reparación espiritual y cultural? ¿Cómo podemos
entendernos si negamos sus existencias?
¿Cómo podemos vivir bajo estos espacios, si no convivimos con sus
costumbres, con sus tradiciones? ¿Cómo podemos ser felices si nos negamos a
nosotros mismos, excluyendo a los demás?”
Es
entonces que Andrea le dijo a Clarita, la esposa, que el viejo Manuel Eugenio
estaba “desvariando”, pero ella, que lo conocía muy bien, respondió que
“se callará, que no hablará eso, que más
bien su marido había llegado a tener una sabiduría tomando en cuenta las
informaciones que le habían dado sus viejos amigos. –Es un hombre completo –le dijo a
la nuera- con todos los atributos, encima es sabio”.
El
arribo a la sabiduría del protagonista es el punto cenital de esta novela, que
se inscribe en las preseas de la narrativa peruana contemporánea.
Su
autor, Dimas Arrieta, es un lirida en
ejercicio que, al arribar a los cincuenta años –nació en 1964- ha publicado
cinco estimables poemarios y, en prosa, Camino a las Huaringas, El reino de los
guayacundos y El Jardín de los
encantos, parte de una trilogía de novelas dedicadas a las artes ocultas
del Ande piurano. Recientemente, asimismo, lanzó Los fantasmas del Estadio Nacional, pequeña narrativa dedicada al
horror vivido en el coloso José Díaz, en 1964. Es licenciado en Educación y
ejerce la docencia en la Facultad de Humanidades de la Universidad Federico
Villarreal, cuyo Departamento Editorial comanda; y, además, con artículos de
crítica literaria colabora en diferentes diarios y revistas del Perú y el
extranjero. En su haber, asimismo, figuran varios destacados premios
literarios.


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