"... imaginemos que Albert Einstein fuera profesor en la actualidad de una universidad española y se le hubiera ocurrido publicar su Teoría de la Relatividad en la universidad donde investiga y trabaja..."
Los sexenios de investigación o la corrupción de
la inteligencia: Preguntas del Lazarillo de Tormes ante la indiferencia por la
investigación en España
Iván González Cruz
Enviado
por admin1 o Ven, 07/11/2014 - 19:30
¿A
qué se debe su crítica a la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad
Investigadora (CNEAI)?
Los
criterios que aparecen en las Bases de su Convocatoria bastan para que
cualquier persona decente intelectualmente se percate de su tendencionismo y
carencia de rigor científico. Cito textualmente “No se tomarán en consideración:
los libros de texto; las obras de divulgación; las enciclopedias; los artículos
de opinión, antologías o diccionarios comunes”. A ello se suma, entre
otros deméritos según la CNEAI para tener el reconocimiento investigador, el
que un profesor publique una investigación en su Universidad. Para que se tenga
una idea gráfica de esta salvajada que nada tiene que ver con el conocimiento y
la sabiduría, voy a mencionar algunas personalidades que por los criterios
citados de la CNEAI no podrían ser admitidos como investigadores. Ni
Bertrand Russell, connotado matemático y Premio Nobel que desarrolló gran parte
de su labor investigadora en obras de divulgación; ni María Moliner, que hizo
el Diccionario de uso del español, el mejor que yo conozca; ni el
enciclopedista Denis Diderot, símbolo de la Ilustración… podrían llamarse
investigadores según la CNEAI por sus criterios citados anteriormente.
¿Cómo respetar aquello que no se puede respetar a sí mismo?
La
obra, la gran ausente
Tener
una obra de investigación es ya causa suficiente para no ser evaluado
positivamente. Téngase en cuenta que la CNEAI ni siquiera se lee las
aportaciones de los candidatos, sean artículos, capítulos o libros. Juzgan sin
saber. Esto no solo es un fraude, sino una auténtica corrupción en el sistema
universitario español. Imaginemos un profesor que evalúe a un estudiante sin
leerse su examen. Es inadmisible. Pues bien, este es el mensaje implícito que
se da a la comunidad universitaria, a través de la CNEAI, justamente a sus
profesores-investigadores responsables de formar a las nuevas generaciones:
“miente, como hace el sistema que te evalúa a ti, profesor”. Frente a esta
infamia, es preferible vivir en la soledad de la verdad, antes de estar rodeado
de la compañía de la mentira.
Los
Sexenios son hoy un negocio en España
Una prueba de cómo lo que pretendió incentivar la
investigación ha derivado en un oscuro comercio de intereses creados es la
existencia hasta de una Empresa que publicita abiertamente en Internet sus
servicios para ayudar a la obtención de sexenios. Ud. ha de pagar para que le
instruyan sobre cómo burlar a los burladores. Ya que de apariencias
se trata, debe Ud. entrenarse en cumplir los requisitos de ese fatal
nominalismo establecido por los burócratas académicos elegidos por la CNEAI:
vale más parecer que ser. Es escandaloso contemplar cómo muchos profesores se
humillan ante este estado de cosas en vez de denunciarla, y se prestan a formar
parte de un mecanismo infame que los juzga, sí, pero nunca por ni para la
excelencia investigadora. Quizás alguien pueda suponer que se trata de un
asunto menor dentro del cúmulo de problemas que sufre España. Pero es un grave
error subestimar esta podredumbre institucionalizada. Si no se potencia la
investigación y se apoya sinceramente al investigador, se está condenando el
progreso del conjunto de la sociedad.
¿Por
qué denunció en el 2010 en una carta abierta al Ministro de Educación los
criterios y procedimientos de evaluación de los sexenios y años más tarde se ha
presentado nuevamente a ellos?
Muchos
profesores en nuestro entorno universitario están perdiendo sus puestos de
trabajo por no existir créditos docentes que puedan impartir. La
forma directa y eficaz de contribuir a que no sean cesados es obtener los
profesores de un departamento sexenios de investigación, porque esto conlleva
una disminución de la carga docente que otros compañeros han de cubrir, lo que
garantiza dentro del desesperado y desesperante panorama actual, poder mantener
un empleo. En mi caso, esta fue la primera razón de peso que me hizo
reconsiderar presentarme a un trámite administrativo en el que no creo. La
segunda razón importante, es que confío en el mejoramiento humano. Estas
circunstancias me hicieron volver a caer en esa perfecta trampa de la impunidad
que es la Comisión Nacional Evaluadora
de la Actividad Investigadora.
¿Cuál
fue su experiencia esta vez?
Presenté
en la convocatoria de 2012 dos tramos, es decir, doce años de investigación. Me
concedieron el primer sexenio, -este otorgamiento tiene sus antecedentes en la
citada carta abierta al Ministro de Educación de España en el 2010- el segundo
no. La explicación para que se me denegara el segundo sexenio es que las
aportaciones eran “artículos derivados de congresos, su impacto no se considera
suficientemente relevante”. Ninguna de estas obras procedía de congresos y no
eran artículos, sino cuatro libros y un artículo. Los libros eran: Lezama-Michavila:
arte y humanismo [Edición crítica] -Instituto Valenciano de Arte
Moderno, 2006, ISBN: 84-482-4402-8-; El libro perdido
de Aristóteles. (Estudio de la Poética) -Universidad Politécnica de
Valencia, 2009, ISBN: 978-84-8363-380-9-; Diccionario del
actor [Sistema de Konstantin S. Stanislavski] en tres tomos,
-Universidad Politécnica de Valencia, 2009-2010, ISBN: 978-84-8363-507-0-; Los
secretos de la creación artística. La estructura órfica -Biblioteca
Nueva-Siglo XXI editores, 2011, ISBN: 978-84-9940-255-0-; y el
artículo Lezama y el cinematógrafo -Revista Letral,
2010, ISSN: 1989-3302, recogido después en el libro José
Lezama Lima. La palabra extensiva (Editorial Verbum, 2011)-. Envié un
recurso al Ministerio de Educación cuya respuesta me la hicieron llegar un año
y medio después. Esta vez admitían que se trataba de libros, pero insistían en
no conceder el reconocimiento investigador. La justificación en esta ocasión
era que El libro perdido de Aristóteles “pese al interés que
puedan tener los contenidos”, y el Diccionario del actor “pese
a la valoración positiva al tratarse de una obra amplia y extensa” estaban publicados
por mi Universidad. Respecto al “demérito” a priori de publicar en la propia Universidad,
imaginemos que Albert Einstein fuera profesor en la actualidad de una
universidad española y se le hubiera ocurrido publicar su Teoría de la
Relatividad en la universidad donde investiga y trabaja -como hacen tantos
otros investigadores dentro y fuera de España-, nos encontraríamos que una vez
más habría que informarle al señor Einstein que lamentablemente para el
Ministerio de Educación de España no es un investigador por haber publicado en
su centro de investigación. Todo esto es tan impensable y perverso, y
sin embargo, hay que ver cómo se ha ido afirmando esta mentalidad en el tiempo
para tristeza de la cultura y gloria de la mediocridad. ¿No tiene autoridad
científica y autonomía académica una Universidad para publicar sus
investigaciones? ¿Acaso no existen en la universidad española directores de
departamentos, especialistas y expertos para decidir qué se debe editar o no?
Acerca del “impacto”, una última observación. En el ámbito de la ciencia puede
tal vez hablarse de impacto pues el descubrimiento de una vacuna salva millones
de vidas, por lo que su “impacto” es evidente. ¿Pero cuál es el impacto en las
humanidades y en el arte? El único criterio a tenerse en cuenta es la obra en
sí realizada, y su “impacto” pertenece al tiempo, siendo su valoración siempre
una cuestión de perspectiva, donde influyen diversos factores que escapan a
nuestro control, a no ser el de la calidad y seriedad de la obra misma.
¡Cuántos pensadores, escritores y artistas han sido revalorizados después de
muertos, algunos incluso después de siglos! ¡Y cuántos que se tenían por
“maestros” hoy están completamente olvidados! ¿Quiere esto decir que unos eran
válidos y los otros no? No. Es, insistimos, una cuestión de perspectiva, donde
además intervienen las aspiraciones o ideales de una época. ¿Quién puede
determinar entonces en el arte y las humanidades lo que será un referente, un
acontecimiento futuro? Esta es una pretensión ignorante, cuando no sectaria,
más propia de una vocación dictatorial, totalitaria.
Se
refería Ud. antes a la CNEAI como una “perfecta trampa de la impunidad”
Sí,
porque la opacidad de los criterios que rigen la aprobación o no de un sexenio
impide que si usted acude a un contencioso administrativo le den la razón, aun
teniéndola, porque, cómo arbitrar en una materia tan subjetiva como establecer el grado de
importancia de un libro teórico, una escultura o una partitura musical.
Es cínico por tanto dar esa opción de justicia en las Bases de la Convocatoria.
Saben que así nunca se podrá hacer justicia.
Qué
hacer
Despertar.
¿Por qué cuando se conoce lo que hay que hacer bien, se hace mal? Las
consecuencias de persistir en un error de esta categoría son inimaginables porque
compromete la enseñanza y la investigación, que son la única esperanza objetiva
de edificar para todos, con mayúscula, una nación.
¿Debe
desaparecer la CNEAI?
Lo
que debe desaparecer son los criterios anticulturales y los evaluadores
retrógrados en la sociedad. Si se quiere afirmar la investigación lo que hay
que dar son recursos a los investigadores y estímulos a su labor. La verdad
estará siempre en la obra, más allá de los censores. La CNEAI, como está
concebida, es una vergüenza, un insulto a la inteligencia y a la creación. Hay
premios, como el suyo, cuyo Premio es no tenerlo.


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