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jueves, 18 de septiembre de 2014

El trébol del borriquito



El trébol del borriquito
José Carlos Bermejo Barrera

Enviado por admin1 o Lun, 15/09/2014 - 19:40

“Borriquito como tú, que no sabes ni la u, borriquito como tú, yo sé más que tú”, cantaba Peret, recientemente fallecido, y rezaba la canción infantil. Podríamos decir que, en la universidad actual, los profesores somos unos borriquitos a los que se nos dice constantemente “yo sé más que tú”. “Yo sé cómo se enseña y tú no, yo sé cómo se gestiona y tú no, y yo sé cómo se investiga y tú no”. Da la impresión de que los profesores, que somos los que sabemos algo de una pequeña parte de un saber, en realidad no sabemos nada y tenemos que admitir la tutela de los que, no sabiendo nada de algo, afirman saberlo todo de todo. El secreto de su éxito está en lo que podíamos llamar el trébol del borriquito, con sus tres hojas: docencia, gestión e investigación, que tienen la misma forma para cualquier clase de trébol y que pueden crecer bajo cualquier clima.

Las universidades actuales, y no solo las españolas, viven bajo la tiranía del discurso de la gestión. Se llama gestión, gestión de todo, a una técnica aparentemente neutral y racional que permite controlar cualquier proceso y a cualquier grupo social. Un gestor eficiente sabría lo mismo organizar un ejército – y así es como el ejército de los EE.UU. va de desastre en desastre en sus últimas campañas militares – que mejorar el funcionamiento de un hospital, reorganizar la plantilla de una empresa o decir cómo se enseña mejor cualquier cosa, cómo se investiga igual de bien cualquier tema, y cómo se publica cualquier cosa con el mismo formato y en las mismas revistas. Abby Day ha escrito un libro, How to get research published in journals, que ya conoce numerosas ediciones, en el que recomienda a los científicos “gestionar” sus publicaciones para mejorar su currículum partiendo de la idea de que hay que publicar lo que las revistas quieren en la forma en que lo piden, y no pretender investigar ni lo que es más importante ni lo que es más interesante. El investigador dejaría así de ser un experto guiado por la lógica de su ciencia para convertirse en un vendedor de sus mercancías a aquellos compradores que le den un mayor beneficio. Equipos de los grandes grupos editoriales científicos, que no son investigadores, dan cursos y conferencias a los investigadores enseñándoles a publicar. Los investigadores aceptan que son unos borriquitos que no saben ni la u y están dispuestos a que se la enseñe quien bien la pronuncia.

Si esto es así en el campo de la publicación, también lo es en el campo de las evaluaciones de los currículos para conseguir las acreditaciones como funcionario, hechas con plantillas uniformes por quienes también saben pronunciar bien la u; y lo mismo ocurriría en el campo de la administración y el gobierno académicos, donde los gestores profesionales capaces de organizarlo todo han conseguido o bien arrinconar a los académicos, o abducirlos, tal y como se supone que hacen los marcianos cuando nos secuestran en sus platillos volantes. Y como todo trébol tiene tres hojas, solo falta la hoja docente, en la cual la forma ha conseguido prescindir del contenido de tal modo que el que sabe algo se lo calla y el que no lo sabe o lo enseña o le dice al primero cómo tiene que enseñarlo.

¿Cómo se consiguió convertirnos en borriquitos a los colectivos de profesores? Manipulando sus resortes psicológicos más profundos; el orgullo de un profesor consiste en demostrar que él sabe más que los demás, y que por eso los puede educar, y si se ponen tontos mandarlos callar. Desde la Antigüedad, filósofos y oradores gustaban de enfrentarse verbalmente. Cuenta una anécdota que unos niños le plantearon a Homero la siguiente adivinanza: “Los que matamos los dejamos, y los que no matamos los llevamos”. Homero no supo cuál era la respuesta (los piojos), y humillado por unos niños, se murió inmediatamente de vergüenza. Todos sabemos que la esfinge de Tebas le propuso a Edipo, héroe y patrono del psicoanálisis, una adivinanza: “¿Quién es el ser que primero anda a cuatro patas, luego a dos y luego a tres?”. El hombre, contestó Edipo, y la esfinge, humillada, se tiró por un barranco.

Los enfrentamientos entre abogados en los tribunales, oradores en las asambleas, filósofos en las discusiones y clérigos en las universidades medievales, formaron todo un rito en el que, en estos duelos verbales alguien resultaba ganador y alguien perdedor. En todas estas profesiones el prestigio consiste en saber más que el otro, hablar mejor que el otro, arrinconarlo contra las cuerdas, y derrotarlo convenientemente, dejándole claro que es un borriquito que no sabe ni la u. Este tic discutidor y oratorio fue y sigue siendo la clave de la vida académica, y quien gana en él es el que se hace con el trono de Tebas como Edipo o con el poder académico y político. No cabe duda de que el debate público, la exposición de los hechos y el contraste de las teorías son la clave del avance científico y de la vida pública. En estos debates debe haber claridad, publicidad y deseo de hallar la verdad y el bien común. Esto precisamente es lo que ha desaparecido de la vida política mundial y de la vida académica gracias al discurso de los supuestos expertos, que son los únicos que afirman poder hablar con autoridad de todo con sus métodos abstrusos y vacíos, y que han conseguido anular intelectualmente a los profesores ofreciéndoles pequeños incentivos. Ellos no ganan en el concurso de las adivinanzas, ni siquiera convencen con sus argumentos. Ellos ganaron desde el momento en que consiguieron que todos asumiésemos que somos unos borriquitos que no sabemos ni la u. Tururú.


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