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viernes, 12 de julio de 2013

Establecimiento y frustración del proyecto burgués nacionalista de Zelaya (1893-1910)


Establecimiento y frustración del proyecto burgués nacionalista de Zelaya (1893-1910)
Manuel Moncada Fonseca

I. El liberalismo progresista


Arribo de los liberales al poder. La burguesía nicaragüense nació prácticamente con la producción cafetalera, introducida a nuestro país a mediados del siglo XIX. Propiamente a través del cultivo, comercialización y financiamiento del café, Nicaragua quedó definitivamente incorporada al mercado mundial capitalista, como una pieza más de la división internacional del trabajo, impuesta por las potencias capitalistas.

Durante los años posteriores a la intervención de los filibusteros estadounidenses, en el llamado período de los treinta años (1858-1893), la burguesía fue convirtiéndose gradualmente en la clase económicamente dominante. Sin embargo, el poder político estuvo entonces en manos de la oligarquía tradicional, representada por los conservadores. Se generó así una contradicción entre la base económica del país -capitalista incipiente en su base- y la superestructura estatal, de tintes marcadamente feudales. En consecuencia, era necesario un ajuste histórico entre base y superestructura para el libre desenvolvimiento de las relaciones capitalistas de producción. Impulsada por esta necesidad, la burguesía cafetalera creó el Partido Liberal.[1]

Inconforme por ocupar un plano secundario dentro de los regímenes conservadores, dicha clase canalizó el descontento popular "desatado por la pretensión continuista del conservador Roberto Sacasa por mantenerse en el poder."[2]

Es claro que el descontento contra el conservatismo tenía sus raíces fundamentalmente en las violentas expropiaciones de tierra que la oligarquía tradicional practicó contra los productores directos, a fin de disponer de tierras aptas para el cultivo cafetalero; así como en las distintas leyes por ella promulgadas, que obligaban a los expropiados a trabajar por la fuerza como jornaleros. La más notable expresión de ese descontento fue la Guerra de las Comunidades, desatada por los indígenas de Matagalpa en 1881 por espacio de 7 meses. En esta "Guerra de los indios" participaron más de 7000 hombres que llegaron hasta León y El Sauce.[3]

La importancia de esta gran rebelión indígena consiste, señala Carlos Fonseca Amador, en que -amén de haberse constituido en un síntoma visible de la descomposición del régimen conservador- sirvió de "antecedente de la colosal guerra de guerrillas que cerca de medio siglo después encabezaría Augusto César  Sandino. Tómese en cuenta que la zona de Matagalpa está ubicada en uno de los extremos de la amplia región del país en que llegaron a operar las guerrillas sandinistas".[4]

El descontento popular sirvió, pues, como factor determinante para que los liberales pudieran escalar el poder político, al que arribaron el 11 de julio de 1893, tras una guerra abierta en la que participaron las masas trabajadoras al grito de "basta de oprobio". Ante esta situación, de nada valió la mediación de Lewis Baker, representante de Estados Unidos en Nicaragua, orientada a impedir la caída de la oligarquía conservadora.[5]

José Santos Zelaya, protagonista principal de la lucha contra los conservadores, llevó a cabo una reforma mediante la cual puso fin a los obstáculos que éstos le habían impuesto a la producción cafetalera. Con ello mismo, se produjo el ajuste histórico entre el poder económico y el poder político. Este último pasó a corresponderse plenamente con el primero, del que la burguesía liberal se había hecho con anterioridad.

Impulsados por los precios favorables del grano del café en el mercado capitalista mundial, los conservadores, a mediados del siglo XIX, dieron inicio a la producción cafetalera. Pero la ambición de riqueza y poder los condujo, más que a promover el libre desarrollo capitalista del país, a incrementar el latifundismo, lo que multiplicó la existencia de tierras ociosas y subutilizadas.

Por si esto fuera poco, otorgaron grandes privilegios económicos, políticos y sociales al clero católico. La explicación de semejante hecho radica en que la función ideológica desempeñada por este sector de la clase dominante lo transformaba en un auténtico poder dentro de la estructura social, puesto que inculcando la conformidad de los oprimidos con su suerte, prestaba un caro servicio a la clase dominante en su conjunto, servicio que le era "generosamente" recompensado.

En efecto, al clero se le recompensaba permitiéndosele la extracción de recursos económicos de diversas fuentes:

a) De las escuelas.
b) Del control que ejercía sobre los cementerios, defunciones,  nacimientos, etc.
c) De las rentas que cobraba por sus posesiones territoriales (las llamadas manos muertas).
d) Del cobro de diezmos y primicias (lo que afectaba seriamente a la producción agrícola).
e) De lo que el propio Estado tomaba del presupuesto nacional para entregárselo.[6]

Zelaya atentó contra toda la oligarquía, es decir, tanto contra los conservadores como contra el clero católico: incorporó un gran número de tierras ociosas y subutilizadas a la producción cafetalera, incrementó la fuerza laboral y dispuso la separación de la Iglesia con respecto al Estado. Esto último se tradujo en que la Iglesia se vio privada de la posesión de tierras, del control que había ejercido sobre los centros de enseñanza y los servicios públicos, así como de la posibilidad de adquirir fondos del Estado o del cobro de diezmos y primicias. Sus privilegios anteriores fueron, por consiguiente, abolidos por la constitución liberal de 1894.[7] El desmantelamiento del viejo aparato estatal le costó al nuevo poder encabezado por Zelaya la animadversión de los conservadores y la Iglesia. 

Los enemigos del Zelayismo estimaban que éste se había divorciado de la "opinión nicaragüense en la cuestión religiosa" y que la nueva constitución había implantado la "persecución religiosa".  Todo porque en está última se establecía que en Nicaragua no se podía "legislar protegiendo ninguna religión, ni prohibiendo su libre ejercicio" y que la ley no amparaba las asociaciones que constituyeran un poder que obligara "a una obediencia ciega contraria a los derechos individuales" o que impusiera "votos morales de clausura perpetua".[8]

En correspondencia con sus ideas adversas al Zelayismo, "los sacerdotes -escribía Enrique Morales Urbina, un enemigo del liberalismo citado arriba- desde los púlpitos invitaban a sus feligreses a la desobediencia civil; sus prédicas estaban destinadas a promover un cambio de gobierno y el retorno del conservatismo en el poder."[9]

Contradicciones entre el Zelayismo y el imperialismo estadounidense. Las fuerzas que a lo interno del país se oponían al proyecto liberal no representaban un verdadero peligro para la existencia del régimen que lo impulsaba. Por el contrario, en la oposición abierta de Estados unidos a dicho proyecto fue donde realmente se hacía sentir la amenaza de arrojarlo por la borda, lo que, en efecto, esta potencia pudo lograr entre 1909-1910. Pero el choque entre el régimen liberal y el imperialismo estadounidense no estalló de inmediato. Es más, al inicio, hubo entre ellos buenas relaciones. 

El Gobierno de Zelaya permitió al capital estadounidense realizar inversiones directas en la explotación minera, maderera, bananera y en algunas actividades de transporte. Estados Unidos, por su parte, apoyó al Gobierno liberal en las acciones que desembocaron en la "reincorporación" de La Mosquitia al territorio de Nicaragua, en 1894; apoyo que estuvo condicionado por la necesidad experimentada por el imperialismo yanqui de frustrar la aspiración de Inglaterra de apoderarse del potencial canalero de Nicaragua.

No obstante, los giros nacionalistas dados por la administración de Zelaya en sus últimos años, provocaron el rechazo yanqui a su proyecto. Manifestaciones claras del carácter nacionalista que adoptó la burguesía liberal -por lo cual entró en conflicto abierto con Estados unidos- fueron:

1. Su política orientada a fortalecer la soberanía nacional y su franco rechazo a la política de las cañoneras, conocida también como política del gran garrote.  "En Centroamérica -que es un sólo hogar -escribía Manuel Maldonado,  un partidario de su Gobierno- cuando no hemos apelado a las armas para establecer las fronteras de nuestros derechos y de nuestras obligaciones hemos recurrido al arbitraje de extraños, arbitraje que si descendiera a tutela vendría a ser un peligro para el porvenir".[10]  Los Morgan, los Harriman, los Rockefeller y los Vanderbilt -escribía- "obran a impulsos del instinto más que del sentimiento, y por eso sacrifican el interés general en aras del interés particular y cuando a algunos de esos pulpos sociales se le ve hacer un donativo sonoro  a un instituto de beneficencia -como acaba de hacerlo Rockefeller, el jefe del trust de petróleo, según lo refieren los diarios norteamericanos- hay que dudar señores, de la honestidad de esos donativos, hay que sospechar más bien que ellos son suaves movimientos tentaculares para atraer al pueblo y adormecerlo entre sus brazos; y una vez adormecido, estrangularlo y una vez estrangulado, vampirizarlo extrayéndole hasta la última gota de sangre... "[11]

2. Su propósito de fomentar la economía nacional. Con dicho fin, inició la construcción de una vía férrea que uniría al Atlántico con el Pacífico.[12] Se opuso a las pretensiones de la United Fruit Company de apoderarse del total de las plantaciones bananeras del país que, en un 85%, pertenecían a los pequeños propietarios; anuló concesiones -realizadas anteriormente por su Gobierno- a compañías estadounidenses, a las que privó de algunos derechos monopólicos sobre la importación de bebidas alcohólicas a Nicaragua y sobre la tala de árboles de madera preciosa en el Atlántico; amenazó reiteradamente a las compañías mineras con tomar medidas semejantes[13] y rechazó los compromisos financieros que quisieron imponerle los banqueros estadounidenses al país.[14] Debe considerarse, además, el hecho que Zelaya se negara a que Estados Unidos obtuviera el Golfo de Fonseca y el potencial canalero de Nicaragua.[15]

3) Su lucha por el restablecimiento de la unidad centroamericana, disuelta a partir de 1838. Desde su ascensión al poder, la burguesía nicaragüense comenzó a promover la existencia de gobiernos liberales en Centroamérica. Precisamente en diciembre de 1893, 1.600 refugiados de Honduras  -que habían sido armados y equipados por el régimen zelayista-, apoyados por 300 soldados de éste Gobierno, cruzaron la frontera y, en marzo de 1894, impusieron en la Presidencia al general liberal Policarpio Bonilla. Todavía más, en junio de 1895, Zelaya junto con Bonilla y el Gral. Rafael Antonio Gutiérrez de EL Salvador, materializaron -aunque de manera muy efímera- sus planes unionistas, al conformar en Amapala, Honduras, "La República Mayor de Centroamérica".[16]

4. Sus contactos con el capital europeo. En 1909, el Gobierno de Zelaya recibió un empréstito por 1.5 millones de libras esterlinas, a través del Sindicato Ethelburg.[17]

5. Su supuesta propuesta oficial a compañías japonesas para que estudiaran la posibilidad de construir un canal interoceánico por Nicaragua. Al margen de que esto fuera o no cierto, la verdad es que "la sóla posibilidad de que el gobierno de Zelaya pudiera negociar con otras potencias rivales [de Estados Unidos] la construcción probadamente viable de un canal competidor por Nicaragua, precipitó el envío de la marinería norteamericana a las costas nicaragüenses, así como la redacción de la nota Knox cuya insolencia cumplió el objetivo llano de terminar con el gobierno nacional burgués de Zelaya".[18]

Derrocamiento del liberalismo progresista. Nada, pues, de lo anteriormente señalado podía ser del agrado de un gobierno que, desde 1823, había proclamado la tristemente célebre Doctrina Monroe, sintetizada en la frase "América para los americanos", lo que, al decir de Sandino, quería decir "América para los yanquis".[19] El mismo presidente Taft declaró sin rodeos: "Es obvio que la doctrina Monroe es más vital en las cercanías del canal de Panamá y la zona del Caribe que en cualquier otra parte".[20]

Por algo el Libertador de América, Simón Bolívar, afirmó en 1829 que "Estados Unidos parecen estar destinados por la providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad".[21] Tampoco extraña que 14 años antes, en 1815, expresara que nuestros vecinos del Norte "resultaron espectadores apáticos de nuestra lucha".[22]

Y si en los albores del siglo XIX, no siendo aún "dueño" del Caribe, Estados Unidos declaraba que América le pertenecía, a fines del siglo XIX, habiendo ya establecido su hegemonía en el Caribe - después de apoderarse de Cuba y Puerto Rico en 1898- y estando de por medio el Canal de Panamá, no iba, naturalmente, a estar dispuesto a que en Centroamérica un gobierno -el de Zelaya o cualquier otro- se opusiera a sus designios e invitara a sus rivales europeos o japoneses a realizar inversiones de capital en Nicaragua, o, lo que es peor, pudiera concertar, con una o varias potencias europeas o con el Japón la construcción de un nuevo canal.

En consecuencia, Estados Unidos dio su apoyo a los conservadores para alzarse en armas contra el gobierno de Zelaya. Extrañamente, "el cónsul norteamericano en Bluefields, Thoomas C. Moffat, estaba de antemano enterado de la revolución y telegrafía al Departamento de Estado el 7 de octubre de 1909, que estallaría el día siguiente y que el nuevo gobierno solicitaría inmediatamente el reconocimiento de Washington".[23]

Al año siguiente, 1910, cuando los conservadores estaban a punto de ser derrotados definitivamente, los marinos yanquis -que de antemano habían establecido un bloqueo naval sobre la ciudad de Bluefields e impuesto que los derechos aduanales que se captaban en este puerto pasaran a los "revolucionarios"- desembarcaron e impidieron a las fuerzas del Gobierno atacar Bluefields. Esto posibilitó a los conservadores reorganizar sus fuerzas y luego, con la ayuda militar estadounidense, asaltar el poder.[24]

Los gobernantes locales, desde 1910 hasta 1979, no fueron más que simples intermediarios del dominio imperialista sobre Nicaragua, lo que contrasta enormemente con las posiciones que asumió la burguesía liberal en la época de Zelaya y José Madriz. No fue Zelaya un representante de los intereses del pueblo, y es cierto que su política "ofrece contradicciones notorias muy propias de un nacionalismo burgués. Sin embargo, ello no debe ocultar -señala Carlos Fonseca Amador- la entereza con que hace frente al recrudecimiento de Estados Unidos contra Nicaragua".[25]

Jaime Wheelock y Luis Carrión concluyen que "fue durante el período de gobierno de Zelaya que la burguesía por única vez en su historia representó de manera más o menos adecuada los intereses nacionales, reflejo de su condición, efímera, de clase progresiva y portadora junto con el proletariado agrícola de las nuevas relaciones de producción".[26]

II. El agotamiento estratégico del liberalismo

A partir del momento en que viera abortado su proyecto nacionalista, la otrora progresista burguesía liberal, comprendiendo que su suerte futura estaba irremediablemente ligada al mercado capitalista mundial, particularmente al estadounidense y, por ende, a la política de este mercado, buscaría la sustitución de los conservadores en su papel de intermediarios del dominio imperialista en Nicaragua.
  
La exclusión de la regla fue Benjamín Zeledón, quien, en 1912, encabezó una insurrección nacional contra la intervención estadounidense y acusó a Estados Unidos de haber sentado "un precedente único en Derecho Internacional: el de suprimir los despotismos interiores de un país para establecer despotismos exteriores".[27] Excepto Zeledón, la lucha ulterior -afirmaba el Partido Renovador Autonomista en 1932- se redujo "a una pugna de conservadores y liberales igualmente traidores por hacerse preferir dentro de la servidumbre de la plutocracia de Estados Unidos".[28]

Erigida en el verdadero poder tras el trono conservador, esta plutocracia pudo disponer en su provecho de las fuentes de ingreso del Estado nicaragüense, ejerciendo sobre ellas un control absoluto.[29] Bastaron para ello la imposición de empréstitos forzosos y el empleo de mecanismos fraudulentos que imposibilitaran al Estado pagar la deuda contraída. Así, por ejemplo, los banqueros yanquis prohibieron al Gobierno conservador la elevación de las tarifas aduaneras.
 
Bajo estas condiciones, ¿cómo  iba a poder el deudor pagarle al acreedor si éste, de antemano, le impedía echar mano de los recursos disponibles?  Esto no era más que la diplomacia del dólar en acción, proclamada en 1912 por el presidente estadounidense William Taft, el mismo que derrocó al gobierno de Zelaya.

En 1911 se impusieron los primeros empréstitos a Nicaragua. Por medio de ellos, a los prestamistas estadounidenses se les cedieron las aduanas y la dirección del Banco Nacional; por los de 1912, los conservadores comprometieron, además, los ferrocarriles, de cuya dirección se apoderaron los banqueros. Entre 1913 y 1917, al imperialismo no le bastó con tener el control de las aduanas, de los bancos y de los ferrocarriles y, en consecuencia, decidió adquirir su propiedad.[30]
  
Por cierto, pese a que el ferrocarril y los vapores nacionales estaban valorados en tres millones de dólares, fueron vendidos a los banqueros por sólo un millón de dólares.[31]. No teniendo más que ofrecer a sus amos extranjeros para saldar las deudas contraídas ante ellos, los gobernantes conservadores vendieron la zona del canal mediante el Tratado Canalero Chamorro-Bryan, suscrito en 1914.

La ilegalidad de este tratado era admitida en Estados Unidos hasta por los defensores del dominio que su país ejercía en América Latina. El senador Borah, por ejemplo, en su discurso de enero de 1917, expresó: "El Tratado Chamorro-Bryan es un quebrantamiento incalificable de los más elementales principios de decencia internacional. Fue hecho por nosotros mismos. El llamado Gobierno de Nicaragua no tenía poder ni autoridad para celebrarlo".[32]

Tampoco puede pasar desapercibida, si se desea ahondar sobre la esencia interventora, sanguinaria y rapaz del imperialismo, la declaración que hiciera al retirarse, ante el mismo Senado, el general Smedley Butler, quien estuvo al mando de la ocupación militar de Nicaragua en 1912. Dijo "que sentía vergüenza y deshonra por todo cuanto había tenido que hacer porque debió hacerlo contra pueblos indefensos, sencillos, amantes de su patria, y porque debió hacerlo -agregó- para beneficio de los banqueros de Wall Street, de mercaderes, de estafadores y políticos que sólo buscaban enriquecerse utilizando el pabellón de Estados Unidos."[33]

La involución de la burguesía liberal. Pero veamos el actuar político de los intermediarios de la dominación imperialista en Nicaragua. Ya se había señalado que la burguesía liberal, desde su desplazamiento del poder en 1910, no tuvo más opción que la de aceptar la tutela del capital estadounidense, ante el cual se postró para implorarle la devolución del poder político. Y no contando inicialmente con el apoyo yanqui, acudió de nuevo a las masas, a fin de desplazar a los conservadores del poder y convertirse ella misma en la fuerza que administrara económica, política y socialmente a Nicaragua en nombre del capital estadounidense.

Alejandro Cole Chamorro sostiene que los enfrentamientos entre liberales y conservadores se debían "a cuestiones sonsas como la conquista temporal del poder"; que los grandes perdedores de esa lucha eran los obreros y los campesinos -pues eran enviados a los campos de batalla a sacrificarse inútilmente- y que liberales y conservadores habían desgobernado Nicaragua y diezmado a la población.[34]

En 1924, en comicios supervigilados por los marinos yanquis, triunfó la fórmula libero-conservadora de Carlos José Solórzano y Juan Bautista Sacasa, la que se enfrentó con la facción chamorrista del conservatismo. El Departamento de Estado reconoció de inmediato al nuevo poder, constituido oficialmente en enero de 1925.

Con esta mixtura política se buscaba estabilizar la situación política del país, por un lado, evitando la confrontación armada entre las facciones de la clase dominante y, por el otro, prescindiendo de la presencia directa de los marinos estadounidenses, pues uno y otro factor provocaba el desborde de la lucha popular.

Sin embargo, deseando impulsar a los conservadores a tumbar al Gobierno de la Transacción, Estados Unidos -que aún desconfiaba de las fuerzas liberales-, en agosto de 1925, retiró sus tropas de nuestro país. Y tan sólo dos meses más tarde, en octubre, Emiliano Chamorro - perdedor de las elecciones de 1925- perpetró un golpe de Estado conocido como El Lomazo, poniendo así fin al inestable Gobierno de la Transacción.

Este golpe de Estado desbordó la paciencia del pueblo nicaragüense, que se alzó contra los conservadores el dos de mayo de 1926, según Sofonías Salvatierra, completamente desarmado.[35] A este levantamiento espontáneo del pueblo -que, por varios días, tuvo en su poder la ciudad de Bluefields- se le denominó Guerra del Machete. A la par de este levantamiento del pueblo en Bluefields, se produjo otro en El Rama y la toma de La Cruz de Río Blanco.[36] La guerra se vio antecedida por una serie de movimientos armados contra los gobiernos conservadores: La insurrección de Massó Parra (1913); un ataque a los cuarteles de Bluefields (1914); toma de la Casa de Gobierno (1915); movilizaciones en la frontera de Costa Rica (1919); dos combates en la frontera de Honduras (1920); dos invasiones desde este país (1921); “conspiración de Lara” y fuertes disturbios en León y Chinandega (1922); disturbios durante las elecciones (1924).[37] 

Durante este mismo período (1913-1926), hubo grandes huelgas contra la empresa bananero Cuyamel Fruit Company, las empresas madereras (1921), y contra la Cukra Development (1922 y 1926). La diplomacia del dólar, esgrimida, primero por Taft, luego por W. Wilson, Warren Harding y ahora por Calvin Coolidge, no tuvo empacho en reprimirlas.[38]

La espontaneidad y la dispersión de la lucha popular que ahora estallaba, la Guerra Constitucionalista, fue pronto capitalizada por la burguesía liberal, la que convertida desde tiempo atrás en una fuerza proimperialista, comenzaba a observarse por el gobierno estadounidense como la carta de relevo del conservatismo, totalmente desprestigiado ante la nación nicaragüense.
 
No hay que pasar por alto que, después de todo, los liberales no habían sido los promotores de la Guerra Constitucionalista, sino los sectores populares, a los que aquéllos deseaban conducir al simple derrocamiento de Adolfo Días y no al del régimen opresor que él encabezaba. En realidad, con la Guerra Constitucionalista los liberales pretendían  presionar a Estados Unidos a desistir, de una vez por todas, de los conservadores, como fuerza intermediaria de su dominación, y a colocarlos a ellos en esta posición.

En este sentido, no puede perderse de óptica el hecho que, tras El Lomazo, mientras los trabajadores de la United Fruit Company daban inicio a la Guerra Constitucionalista, el liberal Sacasa se dirigió a EEUU para solicitar la presidencia ante el Departamento de Estado. Los liberales nicaragüenses residentes en este país le exigieron ponerse a la cabeza de la lucha armada, pero Sacasa respondió: "No es esa la forma como yo quiero regresar a Nicaragua. Los [norte] americanos son responsables de todo... y ellos están obligados a mandarme allí en uno de sus barcos de guerra, darme la posesión de la Presidencia de la república, y eso es precisamente lo que estoy esperando."[39]

Tampoco puede pasar por alto el hecho de que la Guerra Constitucionalista haya sido iniciada por los liberales sólo tres meses después de que estallara realmente como producto del descontento y la rebeldía espontáneos del pueblo. Menos que pueda pasar desapercibida la forma inconsecuente en que Sacasa y Moncada conducían la guerra.

Con relación a esto último, debe recordarse: Cómo Sacasa salió huyendo de puerto Cabezas, dada la presión de la Marina yanqui, en diciembre de 1926; la negativa de Sacasa y Moncada para entregarle armas a Sandino; el rechazo de ambos a la propuesta que éste les hiciera para abrir un frente de guerra en Las Segovias;  el intento de asesinato de Sandino por parte de Moncada;[40] la orden que éste diera para evitar que soldados de otras columnas se pasaran a la comandada por Sandino;[41] y por último, el desenlace reaccionario que tuvo la Guerra Constitucionalista, el 4 de mayo de 1927.

Invasores, conservadores y liberales se apresuraron a poner término a la guerra debido a que ésta amenazaba con transformarse en un movimiento que, por su creciente masividad y por las simpatías también crecientes hacia la Columna Segoviana que Sandino comandaba, hubiera escapado totalmente del control que pudo, durante cierto tiempo, ejercer sobre ella la burguesía liberal. Sólo así es posible explicarse que, tras esa guerra entre opresores, estallara la del propio pueblo contra el dominio imperialista y sus lacayos.

A Días se le permitió culminar su período presidencial y Moncada recibió su gratificación por la paz del Espino Negro: el primero de enero de 1929 asumió la primera magistratura del país. El liberalismo y el conservatismo ya estaban, pues, unidos al mismo cordón umbilical mediante el cual se amamantaban: la intervención imperialista. No por casualidad, antes de entregar la presidencia a Moncada, Días, en un discurso de diciembre de 1928, ante el Congreso Nacional declaró:

"El Partido Conservador aparece en este momento vencido por su propia obra, y sin embargo, en el campo de la ideología, su triunfo ha sido definitivo. Sus adversarios [los liberales] han tenido que rectificar, adoptar sus ideales, adaptarse a las formas de los nuevos tiempos, en fin, han tenido que colocarse en un plano esencialmente conservador y confesar con los hechos que en el litigio que sostuvimos por diez y ocho años (...) nosotros llevábamos la razón y nos asistía la justicia, que nuestra mira era verídica, la única que cabría seguir dentro de las posibilidades y dentro de las realidades de la Patria y de la época."[42]

Y al entregar la presidencia a Moncada, el primero de enero de 1929, Días expresó: "...tras diversos ideales concurríamos a un sólo deseo: el bienestar de la Patria.” (?)[43]

Es curioso que el "pacificador" y "civilizador" de Nicaragua en 1927, el señor Stimson, en 1945, "en su calidad de Ministro de Guerra  del Presidente Truman, había tenido que ordenar  el disparo de la bomba que destruyó Hiroshima matando ancianos, mujeres y niños."[44]

Como puede apreciarse, la historia había llevado a las clases reaccionarias locales, particularmente a la burguesía, al agotamiento; es decir, a un punto en el cual se quedarían atascadas para siempre. En adelante, ya no podrían, ni tampoco desearían, mover un sólo dedo para salvar a Nicaragua de la intervención extranjera. Por eso mismo, no estarían más en capacidad de presentar nuevamente un proyecto de corte nacionalista, tal como lo hiciera el Zelayismo entre 1893 y 1910.

"La última posibilidad dialéctica del Partido Liberal hubiera sido –señalaba otrora Sergio Ramírez- rechazar el desarme para enfrentar la intervención y enfrentar a los conservadores; pero la dirigencia liberal, que Moncada representaba no hacía sino enseñar las cicatrices de la castración de 1912".[45] En consecuencia, en lo sucesivo, la lucha por la defensa de la soberanía nacional sólo podría ser competencia del pueblo nicaragüense. Es más, intereses nacionales e intereses populares comenzaron desde entonces a coincidir de manera plena. No casualmente, Sandino, ya en su primer manifiesto (el de San Albino) expresó que su espada defendería el decoro nacional y daría redención a los oprimidos.[46]

Representando el sentir de los oprimidos, Sandino afirmaba:

"Conservadores y liberales, son una bola de canallas, traidores y cobardes, incapaces de dirigir a un pueblo patriota y valeroso".[47]

"La clase trabajadora de toda la América Latina sufre hoy una doble explotación: la del imperialismo, principalmente el yanqui y la de las burguesías nativas o sea los capitalistas nacionales explotadores."[48]

La Unión Centroamericana quedará "desligada de elementos burgueses quienes todo el tiempo han querido inculcar el sometimiento de los pueblos al imperialismo yanqui."[49]

"Los capitalistas (...) son los primeros y directamente responsables de cuanto ha venido pasando en Nicaragua, porque ellos trajeron a los mercenarios yanquis al territorio nacional."[50]




III. Notas y citas

[1]. Lanuza, Barahona, Chamorro. Economía y Sociedad en la Construcción del Estado en Nicaragua. ICAP, San José, 1983. p. 156.
[2]. Fonseca, Carlos. Viva Sandino. DEPEP FSLN, 1984. p. 141.  
[3]. Wheelock Román, Jaime. Raíces Indígenas de la Lucha Anticolonialista en Nicaragua. Siglo Veintiuno Editores S.A. México, 1979. pp. 109-118.
[4]. Fonseca, Carlos. Ob. cit. p. 40.
[5]. Ibíd.
[6]. Lanuza, Barahona, Chamorro. Ob. cit. pp. 30-31.
[7]. Ulloa Juan Manuel y otros. Apuntes de Historia de Nicaragua. Tomo I, UNAN, Departamento de Ciencias Sociales, Sección de Historia, 1980. pp. 30-31.
[8]. Morales Urbina, Enrique. “El liberalismo de Zelaya y la Iglesia católica”. Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación. Biblioteca "Armando Joya Guillén", Banco Central de Nicaragua. Mayo. Julio 1987.  p. 34.
[9]. Ibíd.
[10]. Maldonado, Manuel. “Por la corte de Cartago”. En: Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación. Biblioteca "Armando Joya Guillén", Banco Central de Nicaragua. Ob. cit. p. 63.
[11]. Ibíd. p.  67.
[12]. Fonseca Carlos. Ob. cit. pp. 48-53.
[13]. ¿Nicaragua: Glorioso Camino a la Victoria. Redacción de "Ciencias Sociales Contemporáneas".  Academia de Ciencias de la URSS, Moscú 1982. pp. 29-31.
[14]. Wheelock Román, Jaime. Nicaragua: Imperialismo y Dictadura. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1980. pp. 107-108.
[15]. Nearing, Scott; Freeman, Joseph. La Diplomacia del Dólar. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana 1973. p. 190.
[16]. Ulloa, Juan Manuel y otros.  Apuntes de Historia de Nicaragua.  Ob. cit. p. 32.
[17]. Nicaragua: Glorioso Camino a la Victoria.  Ob. cit. p. 30.
[18].  Wheelock Román, Jaime. Nicaragua: imperialismo y Dictadura.  Ob. cit. p. 108.
[19]. Sandino, Augusto C.  El Pensamiento Vivo.  Tomo I. Editorial Nueva Nicaragua, 1984. p. 271.
[20]. Fonseca, Carlos.  Ob. cit. p. 46.
[21]. Glinkin, A. El Latinoamericanismo contra el Panamericanismo. Editorial Progreso, Moscú, 1984. p. 23.
[22]. Antiasov, M.V. El Panamericanismo: Ideología y Política.  Editorial "Pensamiento", 1981. p. 12 (edición en ruso).
[23]. Nearing, Scott Freeman, Joseph.  Ob. cit. p. 190.
[24]. Ibíd. p. 192.
[25]. Fonseca, Carlos. El documento “Refutación a las afirmaciones del Presidente Taft”. Boletín del Archivo General de la Nación. Ob. cit.  Ob. cit. p. 22.
[26]. Wheelock, Jaime; Carrión, Luis. Apuntes sobre el desarrollo económico y social de Nicaragua. Secretaría Nacional de Propaganda y Educación Política del FSLN, Managua, julio de 1980. p. 26.
[27]. Selser, Gregorio. “Zeledón y Sandino”. En Boletín del Archivo General de la Nación. Nº 4-5.  Julio-diciembre 1980. p. 21.
[28]. Del Partido Renovador Autonomista al pueblo de Nicaragua. “El más glorioso soldado contemporáneo de las libertades americanas”. (Hoja suelta custodiada en el Archivo General de la Nación). En: El Sandinismo Documentos BásicosInstituto de Estudios del Sandinismo. Editorial Nueva Nicaragua, 1983. p. 240.
[29]. Escobar, José Benito.  Ideario Sandinista. DEPEP-FSLN,  1984. p. 8.
[30]. Bolaños, Pío. Génesis de la Intervención Norteamericana en Nicaragua. Editorial Nueva Nicaragua, 1984. pp. 53-54.
[31]. Quijano, Carlos. Nicaragua: Ensayo sobre el Imperialismo de los Estados Unidos. Editorial Sandino, Montevideo. Reproducción fotostática. p. 86.
[32]. Amador, Armando. Un Problema de Centroamérica: La Construcción en Nicaragua de un Canal Interoceánico.  Talleres Gráficos MERSIFRICA, Caracas, Venezuela. p. 37.
[33]. Selser, Gregorio. Sandino General de Hombres Libres. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1981. Tomo I, p. 6.
[34]. Cole Chamorro, Alejandro. 145 años de Historia Política  de Nicaragua. Editora Nicaragüense. Managua, Nicaragua CA, 1967. p. 85.
[35]. Salvatierra, Sofonías. Sandino o la Tragedia de un Pueblo. Talleres Litográficos Maltez, Representaciones S.A.  Marzo de 1980. p. 36.
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[45]. Ramírez, Sergio.  Sandino y los Partidos Políticos. Lección Inaugural del Curso Académico 1984.  CNES-UNAN. p. 8.
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[50]. Ibíd. p. 200.

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