Portada de antigua versión de Revista Libre Pensamiento

miércoles, 11 de mayo de 2016

Discurso sobre el colonialismo" Aimé Césaire. Extractos

"Discurso sobre el colonialismo" Aimé Césaire. Extractos

Aimé Fernand David Césaire, nació en Martinica el 26 de junio de 1913; murió allí mismo el 17 de abril de 2008. Fue poeta, político e ideólogo del concepto negritud. Su obra se vio muy marcada por la apología a sus raíces africanas.1

Entre sus poemas, deestacamos el siguiente:

Bárbaro
Es la palabra que me sostiene
y golpea mi caparazón de cobre amarillo
donde la luna devora la sopanda de la herrumbre
los huesos bárbaros
de los cobardes bestias merodeadoras de la mentira
Bárbaro
de lenguaje sumario
y en nuestros rostros bellos como el verdadero poder operatorio
de la negación
Bárbaro
de los muertos que circulan por las venas de la tierra
y vienen a veces a quebrarse la cabeza contra los muros de
nuestras orejas
y los gritos de rebeldía nunca oídos
que giran con medida y timbres de música
Bárbaro
el artículo único
bárbaro el tapaya
bárbaro la anfisbena blanca
bárbaro yo la serpiente escupidora
que de mis putrescentes carnes me despierta
de repente gekko volador
de repente gekko franqueado
y me adhiero también a los lugares mismos de la fuerza
que debereis para olvidarme
arrojar a los perros la velluda carne de nuestros pechos

Aimé Cesaire**

Discurso sobre el colonialismo

En torno a Europa

Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es una civilización decadente.

Una civilización que escoge cerrar los ojos ante sus problemas más cruciales es una civilización herida.

Una civilización que le hace trampas a sus principios es una civilización moribunda.

El hecho es que la civilización llamada «europea», la civilización «occidental», tal como ha sido moldeada por dos siglos de régimen burgués, es incapaz de resolver los dos principales problemas que su existencia ha originado: el problema del proletariado y el problema colonial. Esta Europa, citada ante el tribunal de la «razón» y ante el tribunal de la «conciencia», no puede justificarse; y se refugia cada vez más en una hipocresía aún más odiosa porque tiene cada vez menos probabilidades de engañar.

Europa es indefendible.

Parece que esta es la constatación que se confían en voz baja los estrategas estadounidenses.

Esto en sí no es grave.

[…]

Lo grave es que «Europa» es moral y espiritualmente indefendible.

Y hoy resulta que no son solo las masas europeas quienes incriminan, sino que el acta de acusación es, en el piano mundial, levantada por decenas y decenas de millones de hombres que desde el fondo de la esclavitud se erigen como jueces.

Se puede matar en Indochina, torturar en Madagascar, encarcelar en el África negra, causar estragos en las Antillas. Los colonizados saben que, en lo sucesivo, poseen una ventaja sobre los colonialistas. Saben que sus «amos» provisionales mienten.

Y, por lo tanto, que su amos son débiles.

Y como hoy se me pide que hable de la colonización y de la civilización, vayamos al fondo de la mentira principal a partir de la cual proliferan todas las demás.

¿Colonización y civilización?

La maldición más común en este asunto es ser la víctima de buena fe de una hipocresía colectiva, hábil en plantear mal los problemas para legitimar mejor las odiosas soluciones que se les ofrecen.

Eso significa que lo esencial aquí es ver claro y pensar claro, entender atrevidamente, responder claro a la inocente pregunta inicial: ¿qué es, en su principio, la colonización? Reconocer que esta no es evangelización, ni empresa filantrópica, ni voluntad de hacer retroceder las fronteras de la ignorancia, de la enfermedad, de la tiranía; ni expansión de Dios, ni extensión del Derecho; admitir de una vez por todas, sin voluntad de chistar por las consecuencias, que en la colonización el gesto decisivo es el del aventurero y el del pirata, el del tendero a lo grande y el del armador, el del buscador de oro y el del comerciante, el del apetito y el de la fuerza, con la maléfica sombra proyectada desde atrás por una forma de civilización que en un momento de su historia se siente obligada, endógenamente, a extender la competencia de sus economías antagónicas a escala mundial.

Continuando con mi análisis, constato que la hipocresía es reciente; que ni Cortes al descubrir México desde lo alto del gran teocali, ni Pizarro delante de Cuzco (menos todavía Marco Polo frente a Cambalud) se reclaman los precursores de un orden superior; que ellos matan, saquean; que tienen cascos, lanzas, codicias; que los calumniadores llegaron más tarde; que la gran responsable en este ámbito es la pedantería cristiana por haber planteado ecuaciones deshonestas: cristianismo = civilización; paganismo = salvajismo, de las cuales solo podían resultar consecuencias colonialistas y racistas abominables, cuyas víctimas debían ser los indios, los amarillos, los negros.

Resuelto esto, admito que está bien poner en contacto civilizaciones diferentes entre sí; que unir mundos diferentes es excelente; que una civilización, cualquiera que sea su genio último, se marchita al replegarse sobre ella misma; que el intercambio es el oxígeno, y que la gran suerte de Europa es haber sido un cruce de caminos; y que el haber sido el lugar geométrico de todas las ideas, el receptáculo de todas las filosofías, el lugar de acogida de todos los sentimientos, hizo de ella el mejor redistribuidor de energía.

Pero entonces formulo la siguiente pregunta: (ha puesto en contacto verdaderamente la colonización europea?; o si se prefiere: de entre todas las formas para establecer contacto, ¿era esta la mejor?

Yo respondo no.

Y digo que la distancia de la colonización a la civilización es infinita, que de todas las expediciones coloniales acumuladas, de todos los estatutos coloniales elaborados, de todas las circulares ministeriales expedidas, no se podría rescatar un solo valor humano.

Habría que estudiar en primer lugar cómo la colonización trabaja para descivilizar al colonizador, para embrutecerlo en el sentido literal de la palabra, para degradarlo, para despertar sus recónditos instintos en pos de la codicia, la violencia, el odio racial, el relativismo moral; y habría que mostrar después que cada vez que en Vietnam se corta una cabeza y se revienta un ojo, y en Francia se acepta, que cada vez que se viola a una niña, y en Francia se acepta, que cada vez que se tortura a un malgache, y en Francia se acepta, habría que mostrar, digo, que cuando todo esto sucede, se está verificando una experiencia de la civilización que pesa por su peso muerto, se está produciendo una regresión universal, se está instalando una gangrena, se está extendiendo un foco infeccioso, y que después de todos estos tratados violados, de todas estas mentiras propagadas, de todas estas expediciones punitivas toleradas, de todos estos prisioneros maniatados e «interrogados», de todos estos patriotas torturados, después de este orgullo racial estimulado, de esta jactancia desplegada, lo que encontramos es el veneno instilado en las venas de Europa y el progreso lento pero seguro del ensalvajamiento del continente.

[….]

Y este es el gran reproche que yo le hago al pseudohumanismo: haber socavado demasiado tiempo los derechos del hombre; haber tenido de ellos, y tener todavía, una concepción estrecha y parcelaria, incompleta y parcial; y, a fin de cuentas, sórdidamente racista.

¿Adónde quiero llegar? A esta idea: que nadie coloniza inocentemente, que tampoco nadie coloniza impunemente; que una nación que coloniza, que una civilización que justifica la colonización y, por lo tanto, la fuerza, ya es una civilización enferma, moralmente herida, que irresistiblemente, de consecuencia en consecuencia, de negación en negación, llama a su Hitler, quiero decir, su castigo.

Colonización: cabeza de puente de la barbarie en una civilización, de la cual puede llegar en cualquier momento la pura y simple negación de la civilización.

[….]

Estos hechos prueban que la colonización, repito, deshumaniza al hombre incluso más civilizado; que la acción colonial, la empresa colonial, la conquista colonial, fundada sobre el desprecio del hombre nativo y justificada por este desprecio, tiende inevitablemente a modificar a aquel que la emprende; que el colonizador, al habituarse a ver en el otro a la bestia, al ejercitarse en tratarlo como bestia, para calmar su conciencia, tiende objetivamente a transformarse el mismo en bestia. Esta acción, este golpe devuelto por la colonización, era importante señalarlo.

¿Parcialidad? No. Hubo un tiempo en que se sentía vanidad por estos mismos  hechos y en el que, seguros del futuro, no se andaba con rodeos al contarlos.

[….]

En torno a los colonizados 

Pero hablemos de los colonizados.

Veo claramente lo que la colonización ha destruido: las admirables civilizaciones de los aztecas y de los incas, de las que ni Deterding, ni la Royal Dutch, ni la Standard Oil me consolaran jamás.

Veo bien aquellas civilizaciones -condenadas a desaparecer- en las cuales la colonización ha introducido un principio de ruina: Oceanía, Nigeria, Nyassaland.

Veo menos claramente lo que ella ha aportado.

[….]

Entre colonizador y colonizado solo hay lugar para el trabajo forzoso, para la intimidación, para la presión, para la policía, para el tributo, para el robo, para la violación, para la cultura impuesta, para el desprecio, para la desconfianza, para la morgue, para la presunción, para la grosería, para las elites descerebradas, para las masas envilecidas.

Ningún contacto humano, solo relaciones de dominación y de sumisión que transforman al hombre colonizador en vigilante, en suboficial, en cómitre, en fusta, y al hombre nativo en instrumento de producción.

Me toca ahora plantear una ecuación: colonización = cosificación.

Oigo la tempestad. Me hablan de progreso, de «realizaciones», de enfermedades curadas, de niveles de vida por encima de ellos mismos.

Yo, yo hablo de sociedades vaciadas de ellas mismas, de culturas pisoteadas, de instituciones minadas, de tierras confiscadas, de religiones asesinadas, de magnificencias artísticas aniquiladas, de extraordinarias posibilidades suprimidas.

Me refutan con hechos, estadísticas, kilómetros de carreteras, de canales, de vías férreas.

Yo, yo hablo de millares de hombres sacrificados en la construcción de la línea férrea de Congo-Ocean. Hablo de aquellos que, en el momento en que escribo, están cavando con sus manos el puerto de Abiyan. Hablo de millones de hombres desarraigados de sus dioses, de su tierra, de sus costumbres, de su vida, de la vida, de la danza, de la sabiduría.

Yo hablo de millones de hombres a quienes sabiamente se les ha inculcado el miedo, el complejo de inferioridad, el temblor, el ponerse de rodillas, la desesperación, el servilismo.

Me obnubilan con toneladas exportadas de algodón o cacao, con hectáreas plantadas de olivos o de vinas.

Yo, yo hablo de economías naturales, armoniosas y viables, economías a la medida del nativo, desorganizadas; hablo de huertas destruidas, de subalimentación instalada, de desarrollo agrícola orientado en función del único beneficio de las metrópolis, de saqueos de productos, de saqueos de materias primas.

Se jactan de los abusos suprimidos.

Yo, yo también hablo de abusos, pero para decir que a los antiguos -tan reales- se les han superpuesto otros, igualmente detestables. Me hablan de tiranos locales devueltos a la razón; pero yo constato que en general estos hacen muy buenas migas con los nuevos tiranos y que, de estos a los antiguos y viceversa, se ha establecido, en detrimento de los pueblos, un circuito de buenos servicios y de complicidad.

Me hablan de civilización, yo hablo de proletarización y de mistificación.

Por mi parte, yo hago la apología sistemática de las civilizaciones paraeuropeas.

Cada día que pasa, cada denegación de justicia, cada paliza policial, cada reivindicación obrera ahogada en la sangre, cada escándalo sofocado, cada expedición punitiva, cada autocar de la Compaña Republicana de Seguridad, cada policía y cada miliciano, nos hacen sentir el precio de nuestras ancestrales sociedades.

Eran sociedades comunitarias, nunca de todos para algunos pocos.

Eran sociedades no solo antecapitalistas, como se ha dicho, sino también anticapitalistas.

Eran sociedades democráticas, siempre.

Eran sociedades cooperativas, sociedades fraternales.

Yo hago la apología sistemática de las sociedades destruidas por el imperialismo.

Ellas eran el hecho, ellas no tenían ninguna pretensión de ser la idea; no eran, pese a sus defectos, ni detestables ni condenables. Se contentaban con ser. Ni la palabra derrota ni la palabra avatar tenían sentido frente a ellas. Conservaban, intacta, la esperanza.

A pesar de que estas sean las únicas palabras que puedan aplicarse, con toda honestidad, a las empresas europeas fuera de Europa, mi único consuelo es que las colonizaciones pasan, que las naciones solo dormitan un tiempo y que los pueblos permanecen. 

* Wikipedia. Aimé Césaire
** Siana González. Discurso sobre colonialismo de Aimé Césaire [Reseña] https://milinviernos.com/2012/04/15/discurso-sobre-colonialismo-de-aime-cesaire-resena/
*** Texto de referencia: Césaire, Aimé (2006), Discurso sobre el colonialismo, Madrid: Ediciones Akal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Follow by Email

Seguidores

Páginas vistas en total