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miércoles, 22 de octubre de 2014

La corrupción como instrumento político e ideológico de los poderes económicos: la trama

La corrupción como instrumento político e ideológico de los poderes económicos: la trama
Manolo Monereo

by ADMIN on 18 OCTUBRE, 2014  

” El país necesita una revolución democrática que haga real y efectivo lo que dicen las Constituciones: que el poder reside en la soberanía popular. No será fácil, pero la revolución, para ser realmente democrática, tiene que romper con la trama oligárquica que gobierna de facto nuestro presente y controla e impide nuestro futuro como personas libres e iguales”.

Para entender lo que pasa aquí y ahora es necesario hacerse siempre la siguiente pregunta: ¿cómo mandan los que no se presentan a las elecciones? Es un viejo y siempre actual problema. Refleja la contradicción orgánica entre la democracia y el capitalismo, es decir, entre un sistema político que se fundamenta en la igualdad jurídico-formal de las personas y una formación económico-social organizada en base a una desigualdad estructural de poder, renta y riqueza entre clases y grupos sociales.

Las relaciones entre democracia y capitalismo han sido siempre conflictuales y, periódicamente, ambas lógicas político-sociales se hacen más antagónicas y contrapuestas, coincidiendo, no es casual, con graves crisis económicas del capitalismo.

Volvamos a la pregunta: ¿cómo mandan los que no se presentan a las elecciones? Si observamos con cuidado los tenedores de las tarjetas negras de Bankia, ¿qué vemos? La cooptación de la entera clase política por los poderes económicos. El instrumento fundamental: la corrupción.

Lo que asombra —aquí también hay clases— no es que la derecha política sea corrupta (esto se sabe desde siempre: es una de sus características genéticas, por así decirlo) sino que una parte significativa de la izquierda social y política se deje atrapar en la madeja de intereses corporativos y en los conflictos de los varios grupos de poder en el entorno del PP y lo haga por dinero, mucho, hasta muchísimo para la gente normal, pero calderilla para los que mandan y no se presentan a las elecciones.

El bipartidismo imperfecto (PP y PSOE más la burguesía vasca y catalana) ha sido esencial. Los que mandan y no se presentan a las elecciones necesitaban garantías de que sus intereses nunca serían cuestionados y volvieron a lo de siempre: dos partidos que se turnaban, en beneficio de los intereses generales de la oligarquía dominante, garantizados, en último término, por su corrupta majestad el rey.

Como siempre, es decir, en las permanentes y, por ahora, inevitables restauraciones borbónicas, la derecha lo era de verdad; la izquierda era un sucedáneo, con el objetivo específico de impedir el surgimiento y desarrollo de una izquierda verdadera.

Aquí deberíamos afinar y ver lo nuevo, lo singular, de la corrupción en esta fase concreta. Se suele decir, se repite una y otra vez, que siempre habrá corrupción, que es algo natural al ser humano y a la política. No estoy de acuerdo: este tipo de capitalismo monopolista-financiero lleva en su seno y necesita de la corrupción para mantenerse y desarrollarse. Esta es la novedad. Se dirá que es el capitalismo en general, y seguramente es verdad, pero hay que esforzarse en profundizar y en delimitar lo específico de la fase.

El neoliberalismo, capitalismo senil y depredador, sitúa en su centro, en su modo normal de funcionamiento, la especulación, los negocios fraudulentos, la información privilegiada, el expolio de lo público y el ataque a los derechos económico-sociales. La frontera entre lo legal e ilegal desaparece conforme se llega a la cúpula de los poderes económicos-financieros y solo se hace evidente cuando se baja a la base de una sociedad, en el lugar donde habitan, luchan y sufren los hombres y mujeres normales. La legalidad aplicada contra las personas, contra las clases subalternas, de nuevo, “clases peligrosas”.

No me gusta el término casta. ¿Por qué? Porque no anuda, no engarza y no relaciona a los poderes económicos y mediáticos con la clase política. Parecería que la corrupción es cosa de los políticos y solo de ellos. ¿Y los corruptores?, ¿dónde están?, ¿quiénes son?, y ¿para qué compran los poderosos a los políticos? Todo esto desaparece y se pone el foco en los representantes de los ciudadanos, ligando política con corrupción, libertades públicas con expolio del Estado. Por esto prefiero el término trama, precisamente, para poner de manifiesto que existe una relación subjetivamente organizada y necesaria entre el poder del dinero y los políticos del régimen bipartidista.

Para que los gobiernos realicen y practiquen políticas contrarias a los intereses mayoritarios tienen que ser corrompidos, anulados y sometidos. Gobernar termina siendo, en la Unión Europea del euro, el arte para conspirar contra los ciudadanos y formar parte de la antipolítica organizada desde la cúspide del poder corporativo y mafioso de las finanzas.

Hay un juego perverso. Los poderosos someten a los políticos. Los medios de comunicación, casi siempre controlados por los que mandan y no se presentan a las elecciones, se hacen eco de los escándalos y denuncian, con razón, a los representantes de los ciudadanos desde una lógica que oculta las necesarias relaciones entre los corruptores poderes económicos y sus subalternos políticos corrompidos.

La ideología que se crea es del mayor interés para la oligarquía: la política es corrupción, luego hay que dejársela a los que viven de ella y el resto, la ciudadanía, a lo suyo, a aguantar y al sálvese como se pueda. Abandonar lo colectivo, privatizar lo público y renunciar a la emancipación social y política. Es el “no te metas en política”, que nos aconsejaban nuestros padres, duramente escarmentados por el terror franquista.

Los “neoliberales de todos los partidos” suelen insistir en que los culpables de la corrupción son los políticos y que su origen está en que el Estado interviene mucho y tiene demasiado poder. Su receta es conocida: más liberalizaciones, más privatizaciones, más desregulaciones. Lo más significativo del asunto es que a más predominio de los grupos de poder económicos, más corrupción, más degradación de la sociedad civil, mayor concentración de renta y riqueza, mayor fuerza de los oligopolios y prostitución del mercado como institución social.

El país necesita una revolución democrática que haga real y efectivo lo que dicen las Constituciones: que el poder reside en la soberanía popular. No será fácil, pero la revolución, para ser realmente democrática, tiene que romper con la trama oligárquica que gobierna de facto nuestro presente y controla e impide nuestro futuro como personas libres e iguales. Esto también depende de nosotros: hacer lo necesario posible y diseñar un futuro con sentido para los hombres y mujeres de carne y hueso.


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