Portada de antigua versión de Revista Libre Pensamiento

domingo, 4 de mayo de 2014

Universidad pública, propiedad privada y especulación financiera

Universidad pública, propiedad privada y especulación financiera
José Carlos Bermejo Barrera

Enviado por admin1 o Ven, 02/05/2014 - 18:52

1. ¿Quién defiende a la universidad pública?

Muchas personas que creen en ella, pero desde luego sus rectores no, ni tampoco los principales partidos políticos españoles o gallegos; y raras veces los sindicatos, sobre todo cuando se trata de los sindicatos de profesores. Para defender la universidad pública, es necesario tener muy claro cuáles son sus funciones: la enseñanza y la investigación, y su carácter de servicio público orientado al bien común y no a la defensa     numantina de los intereses corporativos. La universidad pública, como todo el sistema de la educación pública, es un instrumento esencial para la articulación de la sociedad civil, y el derecho al estudio universitario tiene que ser además un medio de igualación social en el cual los méritos de los individuos sirvan como criterio esencial de su promoción profesional.

No se puede defender la universidad pública, tal y como hacen los rectores y los partidos políticos, ejerciendo una doble moral y practicando un doble discurso según las circunstancias políticas. No se puede defender la universidad pública faltando a la verdad, ocultando todos sus problemas, negándose a reformarla, ni siquiera parcialmente, y desentendiéndose del futuro de miles y miles de titulados a los que se les están ofreciendo centenares de másteres de calidad ínfima y todo un sistema de docencia, amparado en la declaración de Bolonia, que ha supuesto la burocratización enfermiza de la vida universitaria, la degradación del nivel docente y la generalización de las peores técnicas pedagógicas, basadas en el conductismo más romo y en la adoración de los valores del mercado. No se puede defender la universidad pública subordinando el valor de la docencia al de la investigación, predicando la competitividad salvaje entre profesores y grupos de investigación, favoreciendo el acaparamiento de los recursos colectivos en manos de unos pocos, y formando a unos investigadores a los que desde su juventud se les inculca la idea de que lo fundamental es su promoción personal, sea al coste que sea, y que pronto tienen que asumir el principio básico de sálvese quien pueda.

Dice el PSOE (cuyas ideas sobre la universidad, sobre la reforma de su gobierno, sobre la relación de la universidad con las empresas, sobre la reducción de la investigación a los valores mercantiles, y sobre la enseñanza desideologizada y entendida como una técnica neutra, son exactamente las mismas que las del ministro Wert) que ahora defiende la universidad pública. Y lo mismo pretenden decir los rectores. Se quejan estos de que la tasa de reposición de funcionarios amenaza con extinguir a la universidad, pero ocultan los datos sobre la media de edad de los profesores, sobre todo de universidades como la Complutense, que siempre fue “el cementerio de los elefantes” de la universidad española. Los profesores universitarios se jubilan a los 70 años, junto con jueces y registradores de la propiedad, en lugar de a los 65. ¿Por qué el ministro no cambia la edad de jubilación? Pues porque hay muchos profesores universitarios metidos en política que no se quieren jubilar, como el exministro Ángel Gabilondo o el perenne Rubalcaba. ¿En qué perjudica a los rectores la tasa de reposición? No en la calidad de sus plantillas, sino en que no pueden promocionar a los miles de profesores a los que la Aneca da el título cada mes como titular o catedrático, en una imparable carrera de crecimiento de las plantillas en sus niveles superiores. En la universidad no existen plantillas en función de las necesidades docentes. Ningún profesor se puede trasladar de una universidad a otra, ni siquiera en su comunidad autónoma, y equilibrar así la distribución de profesores. Son los propios rectores los que quieren tener a sus profesores cautivos, los que quieren hacer la promoción solo dentro de su propia universidad, y por eso se quejan de la tasa de reposición.

En el mismo cajón meten el asunto de las becas, en el cual no se cumplen las leyes en vigor como en muchos casos en las universidades españolas. Existe un órgano creado el 30 de diciembre de 2010 que se llama Consejo de estudiantes universitario del estado, una de cuyas funciones es informar los mapas de titulaciones y establecer los criterios de las becas públicas, Consejo del que forman parte los estudiantes, uno por cada universidad pública, privada o de la iglesia. ¿Se ha reunido este Consejo para fijar los criterios de las becas? Y si no es así, ¿por qué no se ha presentando recurso? Pues porque da la impresión de que las leyes están para no cumplirlas. Los rectores ejercen a la vez el poder legislativo (promueven docenas de normativas que pueden cambiar el sentido de las leyes), ejecutivo y judicial (pueden sancionar disciplinariamente a su personal sin que a los afectados les quede más remedio que recurrir ante la jurisdicción ordinaria). Los rectores ejercen su poder sin límites, y el único freno que parece que les quiere imponer el PP es la asfixia económica, lo que ellos interpretan como su único obstáculo. Solo saben pedir dinero, pero no están dispuestos a admitir ningún cambio que no sea incrementar su propio poder con el sistema autoritario de la gobernanza. Apelan a la demagogia en el tema de las becas diciendo que si los hijos poco brillantes de los ricos pueden estudiar, también deberían poder los hijos poco brillantes de los pobres. Bien, pero a los hijos de los ricos los emplean los ricos; los hijos de los pobres tienen que buscarse la vida a costa de su esfuerzo. Y en nada les ayuda la universidad despreocupándose de la formación de sus titulados, de su paro y cambiando si hace falta del paro de sus titulados la interpretación de las estadísticas.

2. Cleptociencia

Vivimos una época marcada por el pensamiento neoliberal. Tras el hundimiento de casi todos los sistemas socialistas y la creación del capitalismo totalitario en China, en la actualidad todo el mundo alaba los valores del individualismo. Se supone que el individuo aislado es el protagonista de la vida económica, en la que desarrolla sus iniciativas, así como de la vida política, social y afectiva, en la que cada cual tiene derecho a desarrollarse y expresarse según sus necesidades. Se olvida sin embargo que los verdaderos protagonistas de todos los campos de la vida humana no son los individuos, sino las instituciones. El mercado está regido por las instituciones económicas (empresas, instituciones públicas e instituciones financieras), que son las que marcan las reglas del juego. Un inversor aislado puede mover su dinero en la Bolsa, pero ésta es una institución que se rige por unos mecanismos específicos, y que puede ser manipulada no por los individuos aislados, sino por los grandes inversores institucionales, compradores básicos de las acciones y de la deuda pública.

El pensamiento neoliberal es una exaltación de lo que C.B. Macpherson llamó en 1962 la teoría política del individualismo posesivoDe acuerdo con esta teoría, desarrollada en el siglo XVIII, los derechos básicos del individuo serían la vida, la libertad y la propiedad, pero de modo tal que la propiedad a veces tendría prioridad sobre las otras dos. La defensa de la propiedad se consagró en Europa en los códigos penales en los que las penas por los delitos contra ella eran cuantitativamente desproporcionadas en relación con los demás delitos. En la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, pequeños hurtos se castigaban con grandes penas, y el Imperio británico montó una colonia penal de la que nació Australia. Si los condenados hubiesen sido asesinos, violadores o psicópatas, sus descendientes probablemente hubieran generado una sociedad muy problemática. No fue así, y Australia llegó a ser un país muy civilizado porque sus padres fundadores solo habían cometido pequeños hurtos.

El olvido del papel de las instituciones es general en todos los campos. La vida política no la protagonizan los individuos aislados, sino los partidos, y todo el entramado de las instituciones públicas; la religión no es una relación personal de cada individuo con la divinidad, sino que está protagonizada por las diferentes iglesias. Y lo mismo podríamos decir de las instituciones militares, judiciales… La antropóloga Mary Douglas dedicó todo un libro, titulado Cómo piensan las instituciones (1986), a reivindicar el papel esencial de las olvidadas instituciones. No solo existen y tienen unas reglas, sino que siempre están controladas por grupos de personas, ya sea para el bien de la mayoría o en perjuicio de la misma.

Existe una curiosa institución en España, la universidad pública, cuyo costo es superior a los 15.000 millones de euros anuales, en la que el individualismo posesivo está creciendo de una forma asombrosa. De acuerdo con él, profesores, investigadores y aspirantes a serlo se consideran protagonistas exclusivos de la vida institucional. Si se midiese las veces que muchos profesores utilizan el pronombre “yo” y los posesivos de primera persona, descubriríamos la importancia que le dan a su ego. Es normal oír cosas como “la universidad está muy mal, pero a mí no me importa porque yo tengo lo mío”; “yo tengo mis proyectos”; “yo tengo un gran índice de citas”; “porque mi currículum…”. Estos protagonistas de la vida académica predican la guerra de todos contra todos y luchan por monopolizar los recursos de todo tipo que el Estado ofrece a sus instituciones. Podríamos decir que hay profesores que hasta padecen una especie de síndrome de Diógenes, porque si les dejasen se quedarían con todo: proyectos, plazas de investigador para sus grupos, plazas de profesor para sus asignaturas, aparatos, libros, y hasta edificios. El límite de su ambición solo lo frena la ambición de los demás. En contra de lo que pueda parecer, no existe un libre juego competitivo entre todos estos individualistas posesivos, porque, de la misma manera que el mercado lo controlan las instituciones, los juegos académicos de reparto de proyectos, medios y dotación de plazas forman parte de un entramado institucional que en el caso de la Universidad, como en el de todas las demás instituciones conocidas en la historia, está controlado por determinados grupos de personas, que son las que ejercen la autoridad y las que distribuyen los recursos. El problema no es que a las universidades las controlen grupos de personas, lo que es inevitable, sino que las controlen para el beneficio colectivo o para la creación de pequeñas oligarquías que van devorando a la institución, consolidándose como un grupo de poder que actúa como si fuesen propietarios de una empresa, que no existe porque es una institución pública, y de la que ellos no tiene el derecho de propiedad.

Todas las oligarquías están regidas por la ley de Michels, que afirma que para mantenerse en el poder necesitan ofrecer una cooptación limitada, es decir, que alguna gente pueda aspirar a integrarse en ellas. Pero solo unos pocos, porque de lo contrario dejarían de ser oligarquías. Sabemos que existen oligarquías financieras, económicas, militares, políticas y de todo tipo. El problema es que cuando grupos de funcionarios se convierten en una oligarquía dentro de una institución pública, esa institución va directamente camino del desastre entonando alabanzas al mercado, al emprendimiento y a la iniciativa que teóricamente permitiría a algunos hacerse ricos gracias al conocimiento, y a sus conocidos.

3. Activos tóxicos en Fonseca

Poca gente sabe hoy que la contabilidad se inventó en la Edad Media. Los conceptos en los que se basa son muy sencillos pero permiten analizar la vida económica de cualquier institución: familia, convento, empresa, ejército o estado. De acuerdo con las normas de la contabilidad, debemos distinguir en los bienes de una institución el activo, que puede ser disponible o líquido o estar consolidado o inmovilizado, y el pasivo, que también puede estar consolidado o ser un pasivo circulante. El activo es lo que uno tiene, y el pasivo lo que debe, y el activo y el pasivo circulantes tienen que equilibrarse en cada ejercicio económico. Es decir, que debemos poder pagar cada año nuestras deudas y cubrir nuestros gastos con los ingresos de que dispongamos, ya sean por nuestro trabajo o por las rentas e inversiones de nuestros bienes. Una institución, como un monasterio medieval, una casa noble o una universidad actual, puede disponer de un enorme activo consolidado pero no poder cubrir sus gastos anuales por carecer de ingresos líquidos suficientes. En este caso, la única solución que le queda es deshacerse de una parte de esos activos o endeudarse. Es muy sencillo: una familia hipotecada tiene un activo inmovilizado que es su casa, y un pasivo inmovilizado que es lo que debe al banco en su hipoteca; si llega el momento en el cual con su dinero líquido no logra equilibrar su activo y su pasivo circulantes, esa familia se queda sin casa y en la calle.

La crisis financiera mundial del 2008 sacó a la luz un concepto económico que hasta ahora era insólito: el activo tóxico. Se llama activo tóxico a aquel conjunto de bienes que se ha adquirido mediante créditos que ya no se pueden reembolsar y que no es posible vender por su valor de compra. Esos activos tóxicos en España son ese millón de pisos con los que se ha quedado la banca, rescatada por el Estado a costa de muchas familias que se han quedado sin casa y sin ingresos. No deja de ser curioso que en nuestra universidad también existan activos tóxicos, que son de dos tipos: los inmuebles construidos mediante créditos y las plantillas generadas en una determinada situación que en muchos casos están sobredimensionadas y que constituirán por muchos años un lastre para el futuro de nuestra universidad. Y todo esto está directamente relacionado con el milagro económico del I+D+i, hermano gemelo de la burbuja inmobiliaria, y con la idea de la antigua ministra Garmendia de la “universidad corazón”: una universidad cuyos latidos producen empresas por generación espontánea.

Una universidad pública se financia básicamente de la renta del Estado, que detrae de los productos del trabajo y del capital los ingresos con los que ha de prestar sus servicios. Cada universidad recibe buena parte de sus ingresos de esta manera, y los complementa con las matrículas de los estudiantes y otras partidas que cuantitativamente suponen una cantidad muy reducida. ¿Cómo funciona la contabilidad del I+D+i? Pongamos un ejemplo. Supongamos que en una universidad con 2.500 profesores, 500 se dedican básicamente a investigar. Todos cobran sus nóminas completas del presupuesto, como el resto del personal, y disponen de edificios, medios materiales, aparatos, bibliotecas, cuyos gastos de mantenimiento cubre la propia universidad. Si esos 500 profesores fuesen una unidad económica, sus activos consolidados serían cero, y los líquidos el dinero que obtengan de sus proyectos y contratos, de los que la universidad, para gran disgusto de los investigadores, detrae una pequeña parte, conocida como “impuesto revolucionario”, por lo que se puede decir que solo tienen beneficios. Cifran su orgullo en la publicación de artículos en revistas internacionales, artículos que ellos ofrecen gratis a revistas que su universidad suscribe a precios millonarios.

Cuando se hace un proyecto, se presupuestan todos los gastos: contratación de personal, aparatos, reactivos, libros, viajes… Y esos gastos tienen que ejecutarse al final de ese proyecto. A veces se da el caso de que algunos profesores que cobran sus sueldos completos tienen ingresos paralelos detraídos legalmente de sus proyectos y contratos, aunque también es cierto que otros no lo hacen. Para que esos 500 profesores se autofinanciasen con sus proyectos, habría que pagar con ellos toda su nómina, el valor de los terrenos de sus edificios de investigación, el coste de los mismos y los gastos financieros que generaron, suponiendo que sus gastos corrientes se cubran con el dinero que la universidad les detrae. Si esos profesores quieren, como se está haciendo, que las plantillas crezcan a base de nuevos profesores prácticamente exentos de docencia, acabarían asfixiando a su propia universidad, que tendría que pagar cada vez más nóminas y seguir construyendo más edificios, sin beneficiarse del presupuesto de los proyectos, que es para investigaciones concretas. Los llamados edificios de investigación son activos tóxicos, porque generan cargas financieras, no son amortizables ni pueden ser vendidos, y las plantillas de investigadores que se reproducen en proporción geométrica también son activos tóxicos porque si se diese el caso de que se quedasen con muy poca financiación de sus proyectos, se despediría a los contratados pero no a los profesores funcionarios, que son los que controlan este sistema.

Puede uno vivir por encima de sus posibilidades, y también morir por la misma razón. Cuando nos tenemos que enfrentar a un hecho de nada sirve la nostalgia, ni mucho menos decir que si las cosas hubiesen sido de otra manera ya no serían como tozudamente son.

4. Derivados del demonio en Fonseca

La expresión “derivados del demonio” fue acuñada por N. Dunbar en su libro publicado por la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard en 2011. ¿Qué son los derivados del demonio? Nada más ni nada menos que los productos financieros diseñados por brillantes matemáticos y físicos que llevaron a la economía financiera global al borde la bancarrota. La historia es la siguiente.

C.F. Gauss (1777-1855), un brillante astrónomo, matemático y físico alemán, descubrió que el comportamiento de la bolsa se ajustaba a una función que se podía representar gráficamente con su famosa campana. Podemos representar el funcionamiento del mercado bursátil mediante una gráfica con dos ejes perpendiculares. El horizontal representaría el tiempo y el vertical el dinero o valor de una acción. Como agente bursátil yo intentaré comprar una acción, que correspondería a un punto de la línea, en un momento inicial en el que tenga el precio más bajo y venderla cuando tenga el precio mayor en lo alto de la campana, para volverla a comprar cuando su precio nuevamente se desplome. El valor de la acción en ese intervalo de tiempo se representaría mediante una curva como esta. Si añadimos más intervalos de tiempo veremos cómo se suceden una serie de campanas formando una onda de subidas y bajadas del precio de la acción. Pensaron los matemáticos y los físicos que si unimos en un paquete varios valores podemos negociar con los llamados derivados. Un derivado es un conjunto de valores construido de tal forma que los riesgos de pérdidas llegarían a ser casi nulos, puesto que si una de sus partes pierde valor, la subida del valor de otras partes compensaría esa pérdida.

Los matemáticos y físicos de partículas trabajan con leyes estadísticas que permiten predecir el comportamiento de millones de partículas. Una partícula atómica es como un derivado financiero. Posee una serie de propiedades medibles: masa, carga, spin…, y se desplaza en el espacio-tiempo como una onda. Se pensó que las leyes de la mecánica cuántica podrían funcionar para la bolsa, sin tener en cuenta que la bolsa es humana y compleja y que la política, la guerra y factores psicológicos como los pánicos financieros pueden hacerla imprevisible. Siguiendo esas leyes se creyó descubrir la “cópula gaussiana”, que permitiría sincronizar millones de ondas bursátiles de tal modo que los derivados se comportarían en el mercado como ondas cuyos ritmos se equilibran mutuamente. Como el mercado bursátil, gracias a internet, es continuo las veinticuatro horas del día y los parámetros a manejar son enormemente complejos, se recurrió a los ordenadores para planificar la compra venta de acciones en tiempo record. El sistema era perfecto, decían los matemáticos financieros, pero falló, como señala Dunbar, debido al “síndrome del corazón roto”, título de una canción de Johnny Cash, compuesta poco después de morir su esposa y poco antes de morir él mismo. Y es que el hundimiento de unos valores precipitó el del sistema por dos razones. Primero porque el dinero es finito y la rentabilidad tiene límites, y después porque la economía es humana y el pánico y la confianza son en ella dos factores básicos.

La riqueza de la universidad creció a la par que la burbuja financiera, y en ella algunas personas llegaron a creer que se podría producir un milagro similar al de la “cópula gaussiana”. Consistiría en que la suma de ingresos de muchos tipos: proyectos, contratos, patentes, venta de cursos, creación de empresas, ingresos por turismo académico (visitas, alquiler de alojamientos), unidos a los ingresos fijos que proporciona el estado y a la mejora de ingresos por las tasas de matrícula, se armonizaría permitiendo compensar un enorme incremento del gasto en plantillas e inversiones en equipamiento y construcción de edificios. Hubo sin embargo una diferencia, y es que los físicos, matemáticos y economistas de la universidad, competentes en sus propios campos, no construyeron modelos matemático-financieros para predecir el futuro económico de su universidad. Fue todo lo contrario. Todo se hizo a ojo de buen cubero y basándose en la confianza. En la confianza de que nunca llegaría a faltar la financiación, porque siempre estaría detrás el Gran Hermano del presupuesto del Estado. Un presupuesto que, llegado el momento, también hizo crac.

Los brillantes matemáticos, economistas, fisicos e informáticos que crearon los sistemas de la matemática financiera trabajaban en un mundo terriblemente competitivo, en el que un día o unas horas podían suponer el hundimiento de una empresa o un país por culpa de las fluctuaciones del mercado, fácilmente manipulables. Ellos planificaron la liquidación de un banco como Lehmann Brothers, gestor básicamente de fondos de pensiones, que tuvo lugar en un solo día, en el que sus directivos se fueron a casa blindados y sus clientes quedaron casi en la ruina, como nuestros compradores de preferentes. Sus medios informáticos le permitieron hacerlo.

Esto no fue así en nuestras universidades públicas, blindadas prácticamente a las fluctuaciones del mercado y casi a la realidad. En ellas no hubo planificación sino solo ilusiones y confianza ciega. Sus expectativas financieras no se diseñaron con cópulas gaussianas, sino basándose en el viejo cuento de la lechera. Y como en él al final se rompió el cántaro.


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