Portada de antigua versión de Revista Libre Pensamiento

sábado, 5 de octubre de 2013

NOTA PERSONAL POR ALVARO CUNHAL

NOTA PERSONAL POR ALVARO CUNHAL
Isabel Monal
                                                                                                                    
Álvaro Cunhal, en su dimensión de figura destacada del movimiento revolucionario mundial, se me hizo presente con la eclosión de la Revolución de los Claveles. Fue con aquellos acontecimientos, los cuales él mismo tanto contribuyó a desencadenar, que se puso en evidencia su excepcional estatura de luchador, de analista incisivo y de preclaro conformador de tácticas y estrategias; un conjunto de méritos que lo catapultó a los primeros planos internacionales.

Hombre de ideas y político lúcido anclado en los principios, Cunhal inició sus empeños revolucionarios desde muy joven. Mostró, a través de su larga trayectoria, la inseparable unidad ‑en las condiciones de su tierra en aquellos años-, entre la oposición contra el fascismo y la lucha por el cambio radical más profundo, ambas esenciales en la búsqueda de una sociedad democrática y socialista. Se  trataba de la necesidad de la revolución antifascista imbricada a una revolución democrática liberadora en camino hacia el socialismo. El, y el Partido Comunista bajo su dirección, trabajaron por la unión de fuerzas diversas y se convirtieron en uno de los motores impulsores tanto de la eclosión de la Revolución de Abril como de su radicalización posible y necesaria, en particular junto con los oficiales más avanzados de aquel movimiento.

Su visón sobre aquella experiencia once años después evidenció una vez más su perspicacia política y de lealtad a los principios. Supo a lo largo de los años que siguieron a Abril elaborar juicios profundos y equilibrados sobre el devenir y los resultados de aquel intenso proceso revolucionario. No dejó de ver siempre sus conquistas y logros, pero también develó ‑como correspondía y la realidad mostraba-, sus insuficiencias e indecisiones, los errores de cálculo y las debilidades del proceso como tal. Sus juicios y valoraciones no dejan de moverse dentro de la lógica del análisis marxista de clases y de las profundas motivaciones de las diferentes tendencias, actores y motivaciones. Su ejercicio crítico constituye una esencial práctica de revolucionario, aquella que Marx reclamaba como propia de las revoluciones y de los revolucionarios, los cuales vuelven sobre sus acciones y sobre los procesos para analizarlos críticamente y detectar e identificar sus desaciertos e insuficiencias.

En una significativa entrevista de 1987 introdujo su escalpelo analítico para ver, con perspicaz visión retrospectiva, el devenir del proceso de los Claveles. Se trataba de no permitir ni las tergiversaciones interpretativas o valorativas pero tampoco la equivocada complacencia o el conformismo. Comprendía que no se podían admitir las deformaciones de los acontecimientos como aquellas que menospreciaran en su justa medida las conquistas democráticas alcanzadas o las bases que se lograron sentar a pesar de que esos logros quedaran alejados de muchas aspiraciones esenciales del proceso o de que este finalmente se enrumbara por caminos reformistas bajo la traición socialdemócrata; un  descarrío que no pudieron evitar las fuerzas revolucionaras dentro de las cuales él y su Partido actuaban. Su interesante criterio en aquella entrevista era que la Revolución, como tal, no había en realidad terminado, esto es, que aunque muchos de sus objetivos ya habían sido en gran medida realizados, otros quedaban todavía pendientes en la agenda transformadora. Defendía la idea de que la revolución estaba viva porque las conquistas alcanzadas estaban también vivas, como era el caso de la reforma agraria o la legislación laboral a la que consideraba una de las más progresistas de la Europa Occidental; asimismo destacaba en esta lista, que se contaba con poder local y democrático y con un movimiento obrero sólidamente organizado. Pero, claro, su penetrante visión no podía tampoco obviar aquello que se perdía; once años de política contrarrevolucionaria, insistía, estaban en la mirilla de su análisis, en un llamado de atención, en un alerta a sus compatriotas para continuar la lucha. Por eso prevenía que las fuerzas reaccionarias y contrarrevolucionarias estaban activas y existía el peligro que su acción condujera a la restauración; una restauración que desembocaría en el acrecentamiento del poder económico y político de los monopolios y los terratenientes, ligados como estaban, además, al imperialismo extranjero. Este conjunto analítico suministraba, a su juicio, elementos para convencerse de la necesidad de mantener las bases revolucionarias de la organización política, y obligaba, asimismo, al enfoque realista sobre la condición del país en aquel contexto. Junto con otros muchos elementos, este tipo de reflexiones permitía mantener los fundamentos revolucionarios de los militantes y de las masas más concientes. Esos ejercicios incisivos y multifacéticos, con visión siempre de revolucionario, y el rico manejo de los matices y contradicciones dialécticas se convertían, entonces, en factores claves para el desarrollo y profundización de la consciencia política de las masas en aquellas circunstancias, y dotaban a la organización política de fundamentos más sólidos y acertados para la conducción de la lucha.

Aquella clarividencia para entender el mundo en que se vivía –y del que el propio Portugal formaba parte-, junto a otros factores interpretativos, contribuirían a que tanto él como su Partido no se dejaran arrastrar por la ola de reformismo y oportunismo que sumergió a una buena parte de las izquierdas europeas; les permitía, igualmente, no sucumbir a los falsos cantos de sirena del eurocomunismo. Y lustros después, hasta el final de su vida, tampoco se dejó encantar por las “nuevas” fórmulas de los recientes reformismos, algunas de cuyas tendencias llegaron hasta el abandono puro y simple del marxismo y de toda idea de transformación de la sociedad capitalista; una tendencia que se acrecentó y profundizó, en particular, con la caída del socialismo esteuropeo y la desintegración de la URSS. Cunhal no abandonó al marxismo ni al leninismo, no claudicó ni cayó en el oportunismo como tantos otros, bajo el pernicioso argumento de supuestamente modernizar la izquierda, es decir, no enfrentar al imperialismo y no oponerse al capitalismo. Ante la caída de  aquella experiencia socialista, comprendió que era cuestión de extraer, por el contrario, las lecciones oportunas, redefinir lo que fuera preciso, pero en todo momento dentro de los principios y la lealtad revolucionarias.

Esa lealtad a los principios no fue tampoco, en otro sentido, inhibidor de la necesidad del análisis crítico de la experiencia soviética y de las causas profundas de su debacle. A ello iba unida la tesis de que el socialismo soviético no era el único posible para el ejercicio de la dominación del proletariado, ni tampoco constituyó la forma única y obligatoria para un Estado socialista. En consecuencia, en su línea para Portugal, no se trataba en ningún momento de copiar ni a los soviets ni a las llamadas democracias populares. Estas reflexiones enlazan con la temática del Estado y la toma del poder político, central para el marxismo; una temática a la que dedicó estudios, reflexiones y esfuerzos analíticos, entrelazando la indagación teórica con el estudio de las condiciones históricas y concretas de su país y el contexto europeo donde ésta se desarrollaba. Y era lógico este interés, pues como sabemos, fue una temática central de Marx y Engels, y después de Lenin; el proletariado no podía en verdad simplemente actuar y ejercer su domino a través de formas y tipos políticos propios de la burguesía y el capitalismo; pero la gran cuestión, que se escudriñaba ante los acontecimientos históricos que vivía, era precisamente llegar a concebir ese nuevo tipo de Estado y de dominación política. Portugal tendría, sin duda, que ser también creador a partir de su propia historia y condiciones, sin dejar por ello de extraer las enseñazas pertinentes de otras experiencias, en particular las europeas. Todo un racimo de problemáticas se entrelazaba en este caso. Pensar y escudriñar la naturaleza del Estado y de la democracia, alcanzar la comprensión en profundidad del carácter del Estado burgués, tanto por su naturaleza como por la política que aplica, he ahí una de las grandes tareas que se impuso. Sin duda la cuestión del Estado y la toma del poder eran centrales para la revolución, y la teoría y la praxis estaban obligadas a enfrentarlas como tal. El marxismo, así, tenía que mantenerse como algo vivo, no como un conjunto de teorías estáticas y fijadas en el tiempo. Vista de esa manera, era que la concepción de Marx podría mantenerse como el instrumental de análisis y de acción transformadora de la realidad social, y, a su vez, enriquecer constantemente la teoría y adaptarla a las nuevas situaciones y circunstancias. En la teoría, como sabemos, no sólo resultan importantes las respuestas sino también las preguntas, las cuestiones que se plantean. Por eso, estas temáticas, con su conjunto de problemáticas, son un indicio significativo del trabajo y la elaboración teórica de Cunhal, porque significan un índice de la comprensión de lo histórico-social, de cómo funcionan y se entrelazan los factores, cómo se expresa y se movilizan las clases sociales, etc.

Pero cuando Álvaro Cunhal se me hizo presente en aquella nueva dimensión con la Revolución de los Claveles, lo hizo también en su proyección de internacionalista, de hombre íntimamente hermanado con todas las causas justas de la humanidad y de los oprimidos. Y en aquel momento brilló, junto a las otras figuras revolucionarias de Abril, como anticolonialista y consecuentemente antiimperialista. Entonces pudo desplegar en la praxis, con mayor fuerza, la manera de conjugar en un solo haz unitario la lucha de su pueblo contra el fascismo y el capitalismo con los afanes anticoloniales y de liberación nacional de los países africanos que quedaban todavía como viejas posesiones del colonialismo portugués. Conocía muy bien, y lo había incorporado hasta los tuétanos, aquella enseñanza de Engels ‑que Marx ratificó y Lenin llevó a un grado más completo de desarrollo-, de que el pueblo que oprime a otro no podrá él mismo ser libre. Fue así que mostró su profunda y lúcida comprensión de la dialéctica entre lucha y cambio social y liberación nacional. En su caso, precisamente, desde las mismas entrañas de la Metrópoli. La historia reciente de las antiguas colonias y, en particular, de Angola, no podría comprenderse sin la acción de los oficiales revolucionarios y de las fuerzas y dirigentes políticos que contribuyeron a que, al menos en aquel primer momento, las antiguas colonias pasaran a manos de las fuerzas más radicales que venían luchando desde hacía años, e impidieron que fueran las fuerzas pro imperialistas y neocolonialistas quienes se hicieran del poder en aquellas circunstancias.


Recordar hoy a Alvaro Cunhal, en su centenario, significa, por todo ello, confirmarnos en nuestras convicciones revolucionarias de lucha y por un marxismo vivo y creador.

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