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viernes, 2 de septiembre de 2011

La carcoma: carta abierta a la Vicerrectora Eva Castro Caridad, con motivo de su marcha

La carcoma: carta abierta a la Vicerrectora Eva Castro Caridad, con motivo de su marcha
José Carlos Bermejo Barrera



Enviado por admin1 o Xov, 01/09/2011 - 10:22
 
“Tres personas pueden guardar un secreto si dos de ellas están muertas”

Benjamin Franklin, Poor Richard’s Almanac.
 

Querida Eva: decía el viejo Cicerón que le faltarían los días si quisiese contar a las personas buenas a las que les ha ido mal y a la malas a las que les ha ido bien (De natura deorum, 5), y el viejo Cicerón, que vio desaparecer las instituciones de la república romana y cómo pasaban a ser sustituidas por el poder personal, sabía muy bien lo que decía. También afirmaba que la historia es una maestra para la vida. Y por esta razón como profesor, como compañero y como estudioso del mundo antiguo, al igual que tú, querría ofrecerte estas reflexiones en voz alta.
 

Nosotros, a los que nos llaman “de letras”, quizás debido a que seamos de los pocos que aún saben leer; nosotros, que leemos libros viejos en idiomas raros, podemos aún permitirnos el lujo de contemplar al mundo con el desapasionamiento que nos proporciona la distancia, y observarlo con una mirada a la vez tierna y desencantada, pensando quizás que así también nos podrá ver alguien en un lejano futuro cuando ya no estemos en él.
 

Cuentan nuestros viejos libros que hubo una vez un gran imperio, el Imperio de Roma, que murió contemplando extasiado su propia perfección. A partir del siglo III d.C. el Imperio romano comenzó a ser cada vez más eficaz en su administración, a la que vez que se iba descomponiendo. Creció el número de funcionarios y se incrementó el control de cada parte del territorio, de cada persona y de cada bien. Aumentó el número de las leyes, se las sistematizó y se las estudió. Y así nació una corte imperial, en la que en torno a la figura omnipotente y omnipresente del emperador se crearon cargos con nombres que hoy en día nos pueden parecen pomposos, a la par que absurdos.

 

Vivió el emperador rodeado por gentes como el “conde de los sagrados dispendios”, el “prefecto de la sagrada alcoba”, el “conde de las cosas privadas”, el “conde de las cosas públicas”, el “secretario de las cartas griegas”, o el “secretario de las cartas latinas”. Y así todo se gobernó, todo se reguló. Se reguló el ancho de las franjas de púrpura que algunos podían llevar en sus togas, cuáles habían de ser sus telas, quién podía llevar una corona de oro, y con cuántos rubíes o cuántas perlas, ya fuese el emperador, la emperatriz, o alguna que otra mujer que supiese ascender en la corte, como la inefable Teodora.
 

Y como a tal señor tal honor, el emperador se vió necesitado de profesores, oradores o gramáticos que cantasen sus alabanzas. Para ellos se crearon algunas cátedras públicas con el fin de que sus ocupantes compusiesen panegíricos, es decir, discursos laudatorios con los que se solía recibir al emperador o a las cada vez más numerosas autoridades cuando visitaban una ciudad, una región o un palacio.
 

Creían los panegiristas que sin ellos el emperador no podría subsistir. Y por eso estaban seguros de que sus cantos a la bondad del gobierno y a las virtudes de quienes lo ejercían sólo podrían ser el digno tema de unos letrados tan cultos como ellos, que eran quienes con sus palabras de adulación creaban la verdadera dignidad de quien los nombraba y los mantenía. Uno de estos gramáticos, originario del norte de África y de nombre Aurelio Agustín, llegó un día a la corte imperial a Milán con el fin de poder obtener una cátedra y hacer a la vez carrera política, pero se quedó muy asombrado cuando, al entrar en una basílica, vio a un personaje, un clérigo llamado Ambrosio, que estaba leyendo un libro en silencio. Como en esta época los libros se leían en voz alta, Agustín se quedó conmocionado al observar que se podía leer con la boca callada, y poco a poco se dio cuenta que debía leer sus libros en silencio.
 

Agustín dejó la ciudad y se fue al campo y, según fue profundizando en la filosofía y abandonando la oratoria y las pretensiones de medrar en la corte , llegó a la conclusión de que el poder y el saber tenían que ser incompatibles, de que el poder político y el ansia por las riquezas eran dos caras de la misma moneda, a las que a su vez solía ir unida la búsqueda desmesurada del placer sexual.
 

Pensaba también Agustín que podía existir una comunidad de personas en la que la búsqueda de la verdad podía ir unida a la búsqueda del bien común, en la que unas personas pudiesen trabajar para otras y transmitir su legado de conocimientos y los frutos de sus obras a quienes les vendrían a relevar en el mundo. Agustín murió en el norte de Africa, cuando su ciudad, Hipona, estaba sitiada por los vándalos en ese imperio que se considerada a sí mismo racional, perfecto y destinado a perdurar para la eternidad.
 

Al imperio romano le pasaba lo mismo que le pasa a la madera cuando está colonizada por las termitas. Las termitas son unos insectos fotófobos, no les gusta trabajar a la luz pública, pero poco a poco van corroyendo las maderas, las vigas y las casas por dentro, dejando, eso sí, las superficies impolutas, hasta que llega un día en el que todo se derrumba, como el imperio romano, corroido por todo tipo de tensiones económicas, sociales y militares bajo su brillante apariencia de púrpura, oro y autocomplacencia. Las termitas tienen en sus colonias a obreros, u obreras, especializados, que segregan ácidos que les permiten hacer pequeños canales en la piedra y poder pasar así de una casa a otra, extendiendo poco a poco su dominio.
 

Nosotros, como estudiosos del pasado y como profesores del presente, sabemos lo peligrosos que pueden ser los bárbaros cuando se alían con quienes gobiernan el mundo para sí, en su propio beneficio y contemplándose a sí mismos, arrobados por su propia perfección. También sabemos lo dañinas que pueden ser las termitas, sólo aletargadas por el frío del invierno.
 

Nosotros, los que ante todo somos profesores y no nos avergonzamos de ello, sino al contrario, conocemos el valor de la educación, el valor del conocimiento, y sabemos cuál es nuestro deber y a quién nos debemos, y también sabemos a quién no tenemos que servir. Nosotros, los que ante todo somos profesores, sabemos que es posible gobernar bien, si se hace racionalmente, que se pueden hacer leyes razonables, pero también irracionales, y que el objetivo del gobierno es el logro del bien común, y no la satisfacción de la libido dominandi de los gobernantes, como decía Aurelio Agustín. Y por eso, como él, sabemos cuándo tenemos que retirarnos a esperar que lleguen los vándalos, o que las termitas acaben su trabajo. Pero eso sí, seguiremos intentando salvar lo que aun pueda quedar del conocimiento en los viejos y en los nuevos libros, intentando enseñarlo e intentando salvar lo que aun quede de nuestras instituciones.
 

En el año 1933, cuando en Alemania ya les empezaba a ir más que bien a muchos malos, una chica judía que había realizado su tesis doctoral sobre Agustín abandonó Alemania para no volver nunca más. Ella pudo ver como todas las tradiciones culturales y académicas de su pais quedaron arruinadas y fueron prostituidas al servicio de una causa política demencial, que sin embargo fue apoyada por la mayor parte de sus compatriotas y aceptada con entusiasmo por la inmensa mayoría de los profesores, los científicos, los intelectuales y los juristas de la que había sido la nación más culta de Europa y la creadora de sus mejores tradiciones científicas.
 

Sería más adelante esta chica una de las más importantes filósofas políticas del siglo XX. Por eso sería bueno acabar esta carta con unas palabras suyas, especialmente oportunas en este momento y que deberíamos no olvidar.
 

Decía Hannah Arendt:
 

“La educación es la clave en la que tenemos que decidir si amamos lo suficientemente al mundo como para responsabilizarnos de él e intentamos salvarlo, o lo dejamos arruinarse. Y también para saber si apostamos por su renovación y admitimos que será inevitable la llegada de lo nuevo y lo joven. Del mismo modo es también en la educación donde tendremos que decidir si amamos lo suficientemente a nuestros hijos para no expulsarlos de nuestro mundo y dejarlos ir a la deriva, arrancándoles de sus manos la oportunidad de hacer algo nuevo, algo que nosotros no podíamos preveer, o bien los preparamos para su misión de renovar nuestro mundo común”.


Hannah Arendt: Between Past and Future, Penguin Books, New York, 1968, p. 196.



La educación superior fue, y debería seguir siéndolo, la misión fundamental de la universidad, acosada ahora por los vándalos, como lo estuvo en su tiempo el Imperio Romano, y, como el resto de nuestra sociedad, también carcomida por las termitas



http://firgoa.usc.es/drupal/node/49802

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