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martes, 27 de diciembre de 2011

Historia Socio-cultural de la Economía Venezolana: desde nuestros orígenes hasta el presente. PARTE I

   Historia Socio-cultural de la Economía Venezolana: desde nuestros orígenes hasta el presente
Mario Sanoja Obediente

ÍNDICE PROVISIONAL

PARTE I
Las Sociedades Precapitalistas Venezolanas
Introducción                                                                                                 2
Cap.1: La economía política de las sociedades precapitalistas
8
Cap.2: Formaciones económico-sociales precapitalistas                                       
13
Cap.3: El modo de producción y los modos de vida apropiadores
24
Cap.4: La base material de la Formación productora de alimentos o tribal
39
Cap.5: La Formacion económico social productora o Tribal 
54
Cap.6: El concepto de acumulación simple en las sociedades precapitalistas
62
Cap.7: Fases históricas de la acumulación simple en el noroeste de Venezuela
 76

PARTE II
Formacion Social Clasista
Cap.8: La expansión del capitalismo desde Europa Occidental 82
Cap.9: Fases iniciales de la formación social clasista (siglosXVI-XVIII). 
96
Cap.10: La Acumulacion Originaria de capital mercantil            102
Cap-11: Formación de la propiedad territorial agraria   
112
Cap.12: Submodos de los modos de vida coloniales venezolanos                                 
121
Cap.13: Submodo de vida 1: Caracas, lugar central del mercado colonial                          
128
Cap.14: Submodo de vida 3: la Provincia y la ciudad de Maracaibo
146
Cap.15: Submodo de vida 4: la acumulación orginaria de capital en Guayana
158
PARTE III: La Formación Economico Social Clasista Nacional
Cap.16: Colonialidad del poder, modos de vida y estilos de consumo
165
Cap.17: Las reformas liberales de Carlos III: detonante del movimiento de emancipación                    
182
Cap.18: La economía venezolana durante la Guerra de Independencia
195
Cap.19: El modo de vida nacional monoproductor agroexportador: 1830-1935
206
Cap.20: Estilo de vida consumista de la burgues nacional venezolana. Siglo XX
218
Cap.21: El modo de vida nacional petrolero (rentista)                
228
Cap.22: La cultura como instrumento de dominación política
244
Cap.23: El régimen neocolonial de la IV República                    255
PARTE IV: La Revolución Bolivariana
Cap.24: La construcción de un modo de vida socialista venezolano
262
Cap.25: El modo de vida socialista y la diversidad cultural      
273
Bibliografía citada                                                                            
281

Advertencia:

Sobre las abreviaturas en cronología de la parte I:
ANE= antes de nuestra era, equivalente a “antes de Cristo”
ANP= antes de nuestro presente (para el caso actual: año 2010)

AGRADECIMIENTOS

La presente  resume parte  de casi medio siglo de investigaciones científicas, proyecto de vida realizado en común con mi compañera Iraida Vargas-Arenas. Dentro de la división social del trabajo que desarrollamos en dicho proyecto, Iraida profundizo, aparte de la arqueología, en las investigaciones sobre la  filosofía del materialismo histórico, la filosofía la ciencia y la filosofía de la historia, trabajando con maestros como el mexicano Eli de Gortari. Con base a esa experiencia, Iraida formuló en 1990 el esquema cuatricategorial de Formación Economico Social, Modo de Producción, Modo de Vida y Modo de Trabajo para el análisis de la realidad social que utilizamos en esta obra. Ello la condujo finalmente hacia el estudio de problemas contemporáneos como la formación de la sociedad de clases en Venezuela,  el papel de la mujer y el género, de la educación y la ciencia en dicho proceso. Toda esa experiencia, su crítica y sus sugerencias, fueron determinantes en la redacción final de esta obra de la cual creo, sinceramente, ha sido coautora. Debo agradecer también a otra excepcional mujer y amiga, Valentina Alvarez Fabro, Premio Nacional del Diseño, quien me ayudo gentilmente  a darle un formato amigable a este texto. Los investigadores científicos antiguos formados en la mecánica simple de las maquinas de escribir, no somos generalmente versados en la magia de las computadoras y mucho menos en las honduras del diseño gráfico. Quiero expresar  eterna admiración a las mujeres y hombres de mi pueblo venezolano, parte de cuya larga y valerosa historia social me ha tocado investigar y poner en letra.
MSO. Mayo 2010.

INTRODUCCIÓN

En Venezuela, el tiempo histórico de la liberación nacional y la descolonización que se inicia con la Revolución Bolivaria, ya ha producido profundos cambios en la cultura y en los habitos literaria de la sociedad venezolana. La mayoría de los venezolanos (as), particularmente aquellos que estuvieron  sempiternamente excluidos del disfrute de los bienes culturales, de la educación y de esas maravillosas herramientas del conocimiento que son la lectura y la escritura, en los diez primeros años de Revolución Bolivariana se han volcádo ávidamente a leer textos que -según la consideración de las viejas políticas editoriales de la IV República- sólo interesaban a la elite intelectual venezolana: historia, filosofía, marxismo, economía, ciencia política, sociología, antropología, novelas, poesía, etc. Ello nos crea a los intelectuales venezolanos comprometidos con este proceso revolucionario la responsabilidad de responder a ese reto, escribiendo textos que  estimulen la reflexión sobre la realidad venezolana los cuales combinen la seriedad académica con el estilo sencillo y amable que requieren los libros de difusión masificada.

La producción de libros que tratan de estos temas por parte de editoriales como Monte Ávila, El Perro y la Rana y las editoriales sectoriales de otros ministerios e instituciones gubernamentales como el Banco Central de Venezuela, suman millones de ejemplares distribuidos de manera gratuita o a precios solidarios, los cuales hallan su camino hacia los consejos comunales, los consejos obreros, las empresas de producción socialista,  los maestro(a)s, los soldado(a)s y los miliciano(a)s de la Fuerza Armada Bolivariana, los obrero(a)s, campesino(a)s,  los trabajadore(a)s,  los bolivariano(a)s de la clase media y media alta.

Por esas razones, quienes hasta 1998 nos concentrábamos en investigar para producir libros académicos que sólo circulaban en un reducido ámbito intelectual, descubrimos desde entonces la importancia de comunicar a los camaradas de a pie  nuestras experiencias y conocimientos adquiridos en la academia, escribiendo libros y artículos que  contribuyan a formar conciencia política y conciencia histórica. Ello supone incursionar, como ya dijimos, en otro estilo literario en otra manera de orientar el discurso, vinculando la narrativa a lo cotidiano. Cuando nos referimos a lo cotidiano no aludimos a lo superficial e intrascendente: los contenidos de la vida cotidiana, por el contrario, son la concreción de la gran historia en una escala visible y comprensible para las personas.

Animados por todas estas razones, escribimos una historia social de la economía venezolana, donde tratamos de establecer las características de las diversas formaciones y modos de producción que conformaron la sociedad venezolana desde los orígenes del poblamiento venezolano, hace 14.500 años hasta el 1498, fecha en la cual se inició la invasión colonialista europea que introdujo el capitalismo en América y en nuestro país en particular, dando origen a la formación colonial  y neocolonial venezolana y su modo de producción rentista y monoproductor. Ello implica reconocer, como exponemosen esta obra, que la conducta económica y política no es solo característica de las sociedades capitalistas sino también, de otra manera, de las sociedades precapitalistas como las que habitaban el territorio venezolano antes del siglo XVI.

El 5 de Julio de 1811, fecha de la declaración formal de nuestra primera independencia política y administrativa, significó la ruptura con la forma del tiempo histórico colonial español,   el nacimiento de la 1 y la 2da. República y la incorporación de Venezuela al efímero proyecto político de la Gran Colombia. Al disgregarse ésta, a partir de 1830 se inició la III República,  y comenzó a gestarse el  marco ideológico liberal y positivista de la nueva fase histórica de la formación republicana y su modo de producción colonial,  rentista monoproductor y agroexportador, que persistió como dominante hasta inicios del siglo XX. A partir de allí en adelante, se produjo una ruptura definitiva con el antiguo modo de vida colonial, rentista monoproductor y agroexportador, suplantado hasta finales del siglo XX por un nuevo modo de vida neocolonial, nacional  petrolero, con el cual la antigua  monoproducción agropecuaria se articula –por ahora- como un proceso de trabajo.

Los historiadores (as) oficiales de la III y la IV República, trataron de ocultar, minimizar y  restar relevancia a la importancia central que tuvo el aporte tanto de nuestras sociedades originarias como de los esclavos (as) africanos para la formación de la nación venezolana. Cuando hablamos de esclavos (as) africanos no aludimos solamente a los venezolanos fenotípicamente negros, sino también a la enorme mayoría de la población venezolana (el 80%) que somos mulatos y zambos que hemos sido y seguimos siendo todavía, explotados por la burguesía capitalista. Partiendo de esta premisa, trataremos en esta obra  de analizar las líneas generales de los procesos culturales, sociales y económicos, de rebelión popular, que  causaron las transformaciones históricas a partir de la cuales se genera finalmente una ideología y un imaginario colectivo, la llamada cultura del petróleo o modo de vida nacional  petrolero, el cual permite la reproducción de una nueva fase del modo de producción  rentista y mono-productor  que ha legitimado y reforzado el carácter dependiente, desnacionalizado y consumista que caracteriza en la actualidad la formación  nacional venezolana.

Los procesos que serán analizados en  esta obra: la cultura, la sociedad, la producción y la economía, la política y el  poblamiento territorial, -en el pasado y en el presente- serán considerados en términos de procesos de  producción social  de la nación venezolana, en cada uno de los momentos formativos de su compleja realidad sociohistorica. Intentamos en la misma, como ya dijimos, mostrar los procesos sociohistóricos que han motivado el desarrollo de la sociedad venezolana desde los inicios de la vida social organizada en nuestro territorio hace 15.000 años ANP, a objeto de mostrar la dialéctica que sustenta y anima su continuidad histórica.

Es importante resaltar que fue gracias a la adopción de la tecnología y las formas productivas originarias, así como a la confiscación, explotación y utilización de la experiencia creativa de la fuerza laboral indígena como fue posible la estabilización del sistema colonial hispano, creando una síntesis cultural indohispana que luego se enriqueció con el aporte étnico, cultural y laboral de los esclavos y esclavas african@s. La sociedad mestiza que resultó de esa simbiosis histórica estuvo sometida desde los inicios del siglo XVI a una clase dominante, étnicamente blanca europea o criolla mestiza, que en sucesivas encarnaciones gobernó a Venezuela hasta 1998. Esa burguesía ha estado integrada básicamente por comerciantes autistas que solo han pensado en gobernar nuestra patria- de manera egoísta- para su beneficio personal, ajenos a la terrible tragedia de vida que vivió la mayoría de nuestro pueblo hasta 1998. Si hay que buscar un culpable de nuestro atraso y nuestra dependencia colonial, lo encontraremos en esa clase de mercaderes sin patria que no supo o no quiso-cuando tuvo la oportunidad y los medios- crear una patria soberana para beneficio de todos los venezolanos.

Como contrafigura de esa burguesía apátrida, encontramos un sujeto histórico revolucionario integrado mayoritariamente por negros, mulatos, zambos, indios, blancos y criollos -tanto pobres como de la clase media y hasta de la alta burguesía- que desde mediados del siglo XVIII asumió la lucha contra la oligarquía venezolana. Tuvieron que pasar mas de dos siglos para que ese sujeto llegara a organizarse como la fuerza social y política que finalmente logró tomar el poder luego de la rebelión o “caracazo” de 1989 que precedió a la rebelion cívico-militar del 4 de Febrero de 1998 y finalmente a la elección popular de uno de los nuestros, Hugo Chavez Frías, como Presidente de Venezuela y uno de los lideres mundiales del proceso mundial de la descolonización antiimperialista. Hoy día tenemos que referirnos a ese sujeto histórico y a su lider, no solamente como el detonante de profundos procesos de cambio social en Venezuela, sino a nivel regional y mundial, haciendo realidad el mundo que profetizó en el siglo XIX ese arquitecto de sueños que se llamó Simón Bolivar, El Libertador.

Los libros de historia escritos hasta el presente sobre la sociedad venezolana, se han limitado bien a describir eventos y procesos o a hacer la crítica de la “burguesía capitalista” venezolana si es que ha existido algo que  verdaderamente se pueda llamar de esa manera. A partir de 1998 es necesario comenzar a pensar en la transición hacia una nueva etapa que unos historiadores  eclecticos llaman postcapitalista y otros llamamos socialista. El concepto de postcapitalismo tiene muchas lecturas; una podría significar  el anti-imperialismo y el anticolonialismo, procesos que se generan en  los países periféricos al viejo núcleo capitalista desarrollado,  hoy en proceso de descontrucción, que animan las situaciones  revolucionarias que sacuden a Suramérica y El Caribe.

El socialismo en Nuestramerica, debido a la presencia siempre ominosa de las transnacionales estadounidenses, que no del pueblo de los Estados Unidos, tiene que ser necesariamente anti imperialista y anticapitalista o no será nada. Algunos gobiernos de nuestra región intentan ser antiimperialistas, pero coqueteando con el capitalismo, siguiendo las líneas del antiguo socialismo neoliberal europeo -que esta entrado en su crisis existencial final- haciendo caso omiso de lo que ya lo dijo hace miles de años el Maestro Jesús: no se puede servir a dos señores a la vez.

Nosotros nos hemos atrevido a reflexionar en esta obra, sobre el proceso de  transición hacia el socialismo venezolano, como expresión particular  de la diversidad cultural e histórica de los pueblos. El Presidente Hugo Chávez, de manera valiente y decidida, ya ha comenzado a diseñar el proceso para construir las bases concretas de nuestro socialismo. A nosotros nos corresponde –en la medida de nuestras limitaciones- interpretar ese pensamiento a la luz de la experiencia histórica del pueblo venezolano y transformarlo en conocimiento que pueda ser discutido y criticado por los lectores tanto del público general como del académico.

Para armar este relato histórico nos hemos inspirado particularmente en el pensamiento de  quienes fueron nuestros maestros, camaradas y amigos: el gran humanista venezolano del siglo XX Miguel Acosta Saignes, el extraordinario historiador de la sociedad  venezolana que fue Federico Brito Figueroa, el valioso antropólogo,  líder sindical y luchador social Rodolfo Quintero y al acucioso historiador de la economía colonial venezolana, Eduardo Arcila Farías, a quienes con toda humildad dedicamos la presente obra. Hemos acudido también a la extraordinaria obra del nuestro gran amigo, el extraordinario  geógrafo venezolano Pedro Cunill-Grau, cuya sistematización de la geohistoria venezolana del siglo XIX es esencial para comprender los fundamentos sociales del Estado nacional venezolano, así como a los escritos y propuestas originarias del maestro Domingo Federico Maza Zavala  sobre los procesos económicos venezolanos hasta la década de los años noventa del siglo pasado. Igualmente nos consideramos seguidores del pensamiento materialista histórico de Fernand Braudel, cuya obra nos ilumina sobre los  conceptos y la metodología para el estudio, tanto de los orígenes históricos, como del desarrollo del sistema capitalista mundial.

Nos reafirmamos en la obra densa y monumental  de Brito Figueroa, “Historia Económica y Social de Venezuela” expresando, como ya expusimos, la necesidad de incorporar en el análisis socio-histórico de la nación venezolana los milenios de vida social organizada que antecedieron la invasión europea en el siglo XVI, considerando que en la historia de la nación no hay rupturas sino que se trata de un proceso continuo, ya que al mismo tiempo “…nuestro interés no es el fenoménico económico en particular, ni el demográfico en especial, ni las formas de organización social como problema específico, sino las líneas de desarrollo de estos tres fenómenos en cuanto coexisten  en un espacio y tiempo y contribuye a configurar la fisonomía Venezuela desde los siglos coloniales hasta las décadas del neocolonialismo, tratando de relevar lo típico y lo peculiar de la dinámica de esos fenómenos en cada uno de los períodos señalados, que es uno de los fines de la ciencia histórica y no de ninguna de las llamadas ciencias sociales especiales…” (Brito Figueroa  1986 II: 354).


PARTE I
LAS SOCIEDADES  PRECAPITALISTAS VENEZOLANAS

CAPÍTULO 1
La economía política de las sociedades pre- capitalistas

Incluir en una historia socio-cultural de la economía venezolana la historia de los pueblos originarios que comenzaron a hacer vida social organizada hace 14.500 años a.n.p., requiere una introducción particular. Los intelectuales que representan  la historigrafía oficial  tanto de la IIIra como de la IVta República, plantearon como un dogma oficial que la nación venezolana había comenzado a conformarse a partir del siglo XVI, gracias a la acción civilizadora de España. Los indios y negros eran –según dicha historiografía- una especie de arcilla dúctil e inerme que había tomado forma en el molde de la civilización occidental representada en este caso por la España Imperial (Vargas Arenas, 1995).

El enfoque materialista de la dialéctica de la sociedad venezolana hecho por nuestros maestros y sus seguidores, marxistas u otros, ha mantenido y explicado el carácter integral de la historia de nuestro pueblo, poniendo siempre el énfasis en la estructura económica como factor general determinante de su transformación histórica. En el caso de las sociedades precapitalistas  hemos sostenido que la estructura economíca esta determinada, por las relaciones sociales de producción, por calidad de las relaciones interpersonales, por la manera como los hombres y mujeres se asocian para producir, es lo que califica la naturaleza de la estructura económica (Sanoja y Vargas Arenas, 1992, 1995,1999; Sanoja 1997, Vargas Arenas, 1990; Salazar 2003, Gil 2003, Vargas Arenas, et alíi 1997).

La cooperación, la reciprocidad y la solidaridad, que son formas de asociación para el logro de un objetivo común, implican necesariamente determinadas formas de  producir, distribuir y consumir lo producido de una manera suficientemente equitativa como para justificar que se mantengan las relaciones de cooperación o asociación, o lo suficientemente remunerativa como para preferirla a la acción del individuo aislado (Sanoja y Vargas Arenas, 1995: 21-22).

Hasta  recientemente, el estudio de las sociedades consideradas como “tecnológica y económicamente atrasadas”, carentes de trabajo asalariado, con una estructura clasista simple y un bajo nivel de complejidad política, ubicadas generalmente en la periferia de los gobiernos y los mercados nacionales había sido visualizado mayormente como el campo de estudio de la antropología, en tanto que el estudio de la economía se ocupaba exclusivamente de las sociedades modernas que viven bajo un régimen de mercado sometido a la oferta y la demanda.

Para fundamentar ese razonamiento lógico, los indígenas y afrodescendientes así como los inmigrantes pobres de otras naciones latinoamericanas fueron convertidos en los culpables de nuestro atraso histórico, profundizando correlativamente la influencia de la ideología patriarcal para que las mujeres siguiesen recluidas al ámbito privado y excluidas de la vida pública. y se cumpliese la meta de crear un Estado nacional homogéneo eliminando los factores de la diversidad (Vargas Arenas, 2008: 199; prólogo Briceño Iragorry). 

El desarrollo contemporáneo de los movimientos sociales revolucionarios, por el contrario, ha convertido esas sociedades marginales o marginadas, supuestamente atrasadas, que existen en América Latina, en Asia y en África, , en verdaderos sujetos revolucionarios surgidos de la diversidad social y cultural, capaces de poner en jaque a las sociedades imperiales más poderosas como es el caso de muchos paises de aquellos continentes que se hallan confrontados con Estados Unidos y la Comunidad Europea (Sanoja 2010). En el caso particular de Venezuela, las sociedades originarias, las comunidades  coloniales negrovenezolanas, mulatas, zambas y las clases populares en general, fueron excluidas por la historia oficial como factores causales de nuestra historia, representándolas como congeladas en una serie de períodos históricos autocontenidos, más o menos inconexos tales como pre-colombino, colonial, republicano y moderno (Vargas-Arenas 1995: 48-49).  Por esta razón, se ha hecho importante para la estrategia revolucionaria, tanto el estudio histórico integral de las sociedades precapitalistas como la investigación social y económica de las sociedades de estructura comunal indígenas, campesinas o barriales urbanas modernas que existen en el seno de la capitalista.

Para hacer un análisis de la economía política venezolana siguiendo la línea  esbozada, es necesario vincularlo con la historia aquellas sociedades pre-capitalistas, excluidas hasta ahora de los análisis causales procesales. A la luz de esta nueva visión que proponemos de los procesos de cambio social en la economía venezolana aquéllas,  lejos de constituir una reliquia pasan a ser consideradas un factor causal de la dialéctica de dicho cambio, creando un nuevo paradigma donde la historia de la nación venezolana es vista como el resultado de un proceso continuo, animado por el movimiento dialéctico.

La economía política existe porque hay hombres y mujeres viviendo y produciendo en sociedad. Esta premisa es válida para hacer un análisis de la conducta económica de dicha sociedad en un momento determinado de la historia de un país. Para  investigar la causalidad de su estructura, la lógica de  su funcionamiento y su desarrollo histórico, se necesita estudiar la acción  combinada de los diversos factores causales que conforman  su modo de producción, particularmente el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y la naturaleza de las relaciones sociales de producción, donde se asienta y se expresa la infraestructura de la sociedad.

El Modo de Producción -según Godelier- puede definirse como una combinación de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales de producción específicas  que determinan la estructura y la forma del proceso de producción y de la circulación de los bienes materiales en el seno de una sociedad  determinada, al cual corresponden en una relación de compatibilidad y de causalidad estructural, diversas formas  concretas de relaciones políticas, ideológicas, etc. analizadas en su articulación específica (Godelier.1976: 283).

Por las razones expuestas hemos considerado necesario para estudiar la historia social de la economía venezolana,  establecer la estructura de los modos de producción precapitalistas venezolanos, ya que de otra manera no entenderíamos el carácter sincrético indohispano que tuvo el modo de producción  colonial venezolano hasta el siglo XVIII. La economía colonial de subsistencia se fundamentó en la  adopción y conservación de las formas productivas agrarias de policultivo desarrolladas por las sociedades originarias, caracterizadas por la combinación de varios cultivos que eran cultivados en simultaneidad en un mismo conúco, tal como el complejo calabaza-(auyama), maíz, yuca, frijol, ñame, batata, etc-, y frutos de maduración corta como la papaya. La monoproducción agrícola se introduce con la Colonia particularmente en relación al desarrollo de cultivos comerciales tales como la caña de azúcar, café, cacao y tabaco), práctica que se prolongó todo el siglo XIX hasta 1930, cuando surge la monoproducción petrolera como proceso de trabajo dominante del modo de producción en su fase neocolonial.

La economía política y  la antropología social

Nuestro interés, como ya hemos expuesto, es desarrollar el tema de la historia nacional como un proceso continuo, sin rupturas, incluyendo en el análisis los 14.500 años de vida social organizada de las sociedades originarias venezolanas y la influencia de sus contenidos en la configuración de la sociedad venezolana entre los siglos XVI y XVII. Por esta razón, nuestra toma de posición teórica tiene que aludir al debate existente  entre los antropólogos (as) e historiadores (as) modernistas formalistas quienes sostienen que los análisis económicos modernos son aplicables a la economía antigua, y los llamados primitivistas sustantivistas, quienes niegan la importancia de las relaciones de mercado, la acumulación orginaria de capitales y el comercio a larga distancia en el mundo antiguo (Burling, 1976; Polanyi 1976; Kaplan 1976; Godelier 1976; Eden y Kohl, 1993; Frank, 1993: 385).

Como vemos, los estudios antropológicos sobre las sociedades precapitalistas o no-capitalistas han estado dominados hasta el presente, por una parte, por el paradigma de la antropología culturalista y de la ecología cultural según el cual, de forma instrumentalista o mecanicista, la conducta cultural se crea a través de la relación que la sociedad establece con el ambiente (White, 1949:363-393; 1959:281-302; Vayda, 1969: xi; Rindos, 1984, xiv). Por otro lado, hallamos también el paradigma de la irreductibilidad, según el cual las sociedades pre-capitalistas o no capitalistas sólo pueden ser explicadas en sí mismas. Finalmente, tenemos el marxismo ortodoxo, según el cual las categorías histórico sociales sólo pueden aplicarse a las sociedades capitalistas.

Como expondremos en los capítulos que siguen, nuestra posición como antropólogos marxistas (o que pretendemos serlo) se apoya en las categorías elaborada por Marx y Engels de formación económico-social, modo de producción, modo de vida y modo de trabajo, cultura, y en los conceptos de vida cotidiana, espacio y grupo doméstico, espacio y grupo territorial y región geohistórica propuestos por Vargas Arenas, (1990: 55-80) y Bate (1998: 56-76). Como hemos analizado en trabajos precedentes (Sanoja y Vargas Arenas, 2000), existe abundante evidencia publicada  sobre la  acumulación originaria tanto de capital  expresado en fuerza de trabajo como de capital expresado en bienes materiales  en las sociedades precapitalistas de Nuestra América que permiten  substanciar el debate científico al respecto.

La economía política es la ciencia de las leyes que rigen la producción y el intercambio de medios materiales de vida en la sociedad human. Las condiciones en las cuales se producen e intercambian productos los hombres y mujeres se diferencian de un país a otro, por tanto la economía política no puede significar lo mismos para todas las épocas ni para todos los países. Siendo por tanto la economía política una ciencia histórica, los modos de producción y de distribución tienen validez para todos los períodos históricos a los que sean comunes dichos modos de producción y con las previas condiciones históricas de esas sociedades (Engels 1977:151-152A). 

Todos los hombres y mujeres en todos los tiempos han participado y participan en formas de intercambio, tanto de objetos materiales como inmateriales, tanto de bienes como de servicios. Por esta razón la cultura surge y se desarrolla en los  grupos humanos como consecuencia de su capacidad para simbolizar y para intercambiar así como de la dependencia que tienen los colectivos humanos tanto de la naturaleza como de sus propios semejantes, lo cual alude al intercambio con el medio ambiente natural y el social en la medida que estos le proporcionan los medios para su satisfacción material. (Firth 1977: 51),

El proceso de interacción entre sociedad y medio ambiente para obtener el abastecimiento de  recursos y bienes materiales  con los cuales satisfacer las necesidades sociales e individuales, está mediado por la diversa calidad de las relaciones de producción que nos permiten distinguir entre las sociedades pre-capitalistas y las capitalistas. Las relaciones de producción en las sociedades pre-capitalistas o no-capitalistas, a su vez están inmersas en una diversidad de instituciones económicas y no económicas tales como la religión (la ideología) y el gobierno que median su representación sensible, las cuales pueden ser tan importantes en un momento determinado como las instituciones monetarias y la disponibilidad de tecnologías que aligeren el trabajo de la mano de obra.

Las principales pautas de la economía precapitalista o no-capitalista son la producción, la reciprocidad, la distribución y el intercambio. La reciprocidad socialmente relevante está basada en formas asimétricas de organización social: como forma de integración, la reciprocidad se refuerza y consolida gracias a su capacidad de poder combinar en una misma acción la redistribución y el intercambio como métodos subordinados. (Polanyi 1976:164).

La tierra y el trabajo se integran en el sistema económico, mediante los lazos de parentesco (como en la antigua sociedad tribal, o como en el ayllu andino moderno); en las sociedades de regadío (como en las sociedades clasistas iniciales) donde la tierra era distribuida y las cosechas apropiadas por el señor o el linaje dominante que tenía como locus de poder el templo o el palacio; en la sociedad feudal, la tierra y el trabajo se integraban al sistema económico vía  los  lazos de fidelidad que vinculaban al Señor con los siervos. En una economía pre-capitalista o no capitalista, los productos de la tierra, el trabajo objetivado y los alimentos se convierten en bienes y servicios libres que se distribuyen en los mercados, los cual constituyen el locus físico, territorial donde se produce su intercambio social (Polanyi 1976: 167-168).

La economía pre-capitalista o no capitalista  es distinta, como clase, a la del industrialismo de mercado. La ausencia de tecnología mecánica, de organización omnímoda del mercado y de moneda para todos los propósitos, y el hecho de que las transacciones económicas no pueden emprenderse fuera de la obligación social la hacen diferente a la economía capitalista,  particularmente en cuanto que el individuo, como factor económico, es personal y no anónimo y mantiene su posición económica en virtud de su posición social (Firth 1951: 137.  207).

Durante los dos últimos siglos, el liberalismo produjo como tesis general  la existencia de una organización de la subsistencia humana controlada por  un sistema de mercados formadores de precios. En esa medida, el modelo se prestaba a la aplicación de métodos basados en el significado formal de lo económico, que podría parecer  coincidente con el significado substantivo del mismo. Sin embargo, para el antropólogo (a) social, el historiador (a) o el sociólogo (a), el estudio de la economía se enfrenta también a una variedad de instituciones que no son solamente el mercado, sino también a las células   fundamentales de la sociedad tales como el parentesco y la familia en las cuales esta incrustada la subsistencia humana.

Una de esas instituciones es la conformada por los grupos domésticos o comunidad doméstica, en los cuales el trabajo familiar no es trabajo alienado sino que está condicionado por las  relaciones de parentesco y de comunidad. En las sociedades tribales, los grupos domésticos no son reducibles a unidades de consumo, ya que la mano de obra humana no es superada por la familia ni empleada en un dominio externo, supeditada a una organización y a una finalidad extraña. La comunidad doméstica como tal está comprometida con el proceso económico y en buena parte lo controla. Las relaciones al interior de las familias comunitarias son relaciones sociales de producción. Tanto los bienes producidos como las formas de asignación de trabajo, son estipulaciones domésticas. La producción comunitaria doméstica no es obra de un grupo autónomo de trabajo, ya que los miembros (as) de las familias cooperan con individuos de otras  similares y ciertas tareas pueden ser emprendidas colectivamente a niveles más altos (Sahlins: 1976: 233, 240).


CAPÍTULO 2
Formaciones económico-sociales precacapitalistas

Espacios geohistóricos, formaciones socioeconómicas y modos de producción

El espacio geohistórico venezolano es el punto de inicio de importantes procesos orográficos que definen y modelan el relieve general de la América del Sur. Desde humildes serranías en los estados Lara y Falcón,  el espinazo andino se agiganta y  se multiplica en valles serranos y cordilleras que recorren el litoral pacífico  hasta los archipiélagos australes del continente. Las sabanas, que han sido como el gran corazón de Venezuela,  irrigadas y enriquecidas por las aguas de la cuenca fluvial del Gran Orinoco,  proyectan sus espacios entre las rocas arcaicas del macizo guayanés y  los bloques de gneises y esquistos de la cordillera andina, continuando a la vera de las florestas amazónicas y las planicies brasileñas hasta las nacientes del Amazonas y de allí a las llanuras de Bolivia y Brasil, de Uruguay y Paraguay hasta las pampas argentinas. Por el este, los viejos suelos guayaneses se diluyen en los sedimentos amazónicos en una densa trama  nutricia de ríos y caños que alimentan las grandes arterias naturales del Orinoco y el Amazonas, que desangran en el Atlántico las tierras y los limos del suelo americano.

La centralidad geoestratégica del territorio venezolano dio origen a concepciones antropológicas que definían a nuestro país como una zona de paso de influencias culturales, hacia  el norte de Sur América, las Antillas y América Central (Kidder, 1944: 3) concepción que ha sido refutada por las investigaciones posteriores (Sanoja y Vargas Arenas,1999ª: 187-188). Ese concepto antropológico, denominado Teoría de la H (Dupuy, 1952), fue manipulado  y transmutado en una visión despreciativa de nuestros pueblos y culturas originarios, promovida por algunos historiadores (as) oficiales e intelectuales venezolanos (Sanoja y Vargas Arenas, 1999a: 187-188), como un intento de enmascarar las mismas raíces del concepto de nación venezolana. En tal sentido, dichos historiadores (as)  e intelectuales presentan las condiciones sociohistóricas coloniales creadas por el imperio español a partir de 1492 como el único antecedente de nuestra formación nacional (Vargas 2010). ¿Es que, como se preguntaba el maestro Miguel Acosta Saignes, habíamos sido una tierra condenada a las migraciones  humanas incesantes, donde nunca se habían arraigado culturas, tan estéril  que nunca en ella se habían desarrollado sociedades sedentarias estables, que nunca había madurado aquí ninguna comunidad humana? (Acosta Saignes, 1947).

Las investigaciones arqueológicas de  muchos investigadores (as), incluidas las nuestras, demuestran hoy día que en nuestro territorio, al igual que en el resto de  América, existieron sociedades aborígenes milenarias que transformaron los diversos ambientes y crearon, a través del trabajo social, las  herramientas para dominarlos, las cuales,  mediante sostenidos esfuerzos colectivos, formaron las diversas regiones  geohistóricas que componen la totalidad histórica que es la naciòn venezolana.

El territorio que hoy constituye la base física de la nación venezolana fue colonizado por los grupos humanos originarios que entraron a Suramérica hace quizás unos 28-000 años ANE. Durante los milenios  finales del período Pleistoceno, entre 14.000 y 10.000 años antes de nuestra era, las condiciones climáticas que imperaban en el actual territorio venezolano eran muy diferentes a las de hoy día, hecho que  influyó grandemente en la vida y las culturas de las antiguas poblaciones venezolanas. El Modo de Producción de esas primeras poblaciones estuvo determinado por las cambiantes e inestables condiciones materiales del entorno que caracterizaron la fase final del  período Pleistoceno y los primeros milenios del siguiente, el Holoceno, destacando particularmente la desaparición paulatina de la megafauna pleistocena cuya caza había servido de sustento a las antiguas poblaciones de modo de vida cazador, proceso  que culmina entre 6000 y 3000 años ANE

A partir de 2600 años ANE con el inicio de las sociedades sedentarias, el trabajo social se expresó en logros socioeconómicos y culturales más complejos en las regiones geohistóricas  del noroeste y en los andes  venezolanos que modificaron el relieve natural mediante la construcción de terrazas para el cultivo,  sistemas de canales de riego, estanques para almacenar el agua útil para el cultivo, complejos de montículos y terraplenes  como basamento para las viviendas, redes de calzadas e itinerarios, talleres para la producción de bienes terminados suntuarios o de uso cotidiano, sistemas calendáricos para medir los solsticios y demás, como fundamento material de las sociedades políticamente complejas con relaciones de tipo estatal, que existían para el momento de la llegada de los  conquistadores castellanos (Sanoja y Vargas Arenas, 1992,1999a; Salazar, 2003).

La Naturaleza, ya humanizada por el trabajo  de las sociedades indígenas,  fue  leve y pródiga primero con  los europeos conquistadores, luego con los mestizos y criollos que comenzaron a sembrar las raíces étnicas y culturales del futuro Estado nacional venezolano. De esa unidad histórica entre el paisaje, la sociedad y la cultura, surgiría siglos más tarde el proyecto bolivariano de integración latinoamericana, difundido en hombros de los soldados de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, a través de la red de caminos e itinerarios milenarios trillados por chasquis, por los mensajeros  indígenas precursores de la integración de nuestros pueblos.

Desde el mismo momento en que mujeres y hombres se congregaron para vivir como grupo social, la existencia común sólo fue posible sobre la base de la toma de decisiones que definirían el destino del colectivo. Un individuo (a) viviendo solo es autónomo en sus escogencias; los aciertos y errores de sus decisiones sólo le incumben a él o ella. La vida  en  comunidad—por el contrario—se fundamenta inicialmente en el consenso, el cual se transformó cualitativamente en la medida que comenzaron a surgir formas de autoridad y luego de poder que conformaron una manera distinta de vivir en sociedad basada en la aceptación voluntaria o coercitiva de un código de conducta social que regía toda la vida del colectivo.

A partir de las formaciones sociales más antiguas de recolectores, cazadores y pescadores,  hasta las sociedades agroalfareras que existieron de manera autónoma hasta el siglo XVI, las comunidades originarias venezolanas tuvieron que tomar decisiones cruciales para su subsistencia, las cuales, por otra parte, ejercieron una influencia decisiva en la conformación de sus modos de vida, en las formas  de organizar la vida social para la producción, en la distribución, el cambio y el consumo de los bienes materiales  necesarios para reproducir su existencia: así como vivían y producían, así eran. La localización de sus campamentos y aldeas implicaba una escogencia racional, no sólo del lugar donde se iban a asentar, sino también de los  recursos  naturales de subsistencia de los cuales iba a depender su vida, del tipo de vivienda que debían construir, de los modos de trabajar, es decir de las maneras de relacionarse para ejecutar procesos de trabajo que requerían tecnologías que debían conocer o desarrollar para apropiar o producir los bienes que sustentarían su vida cotidiana.

Las formaciones sociales precapitalistas—particularmente las de la América Tropical—han sido generalmente analizadas  como  si sus actividades de subsistencia y reproducción social consistiesen en una pura relación explotadora del ambiente natural,  como si fuesen no-económicas. Todas las poblaciones aborígenes  --debemos decir--  economizan, en el sentido económico. El trabajo, como actividad  social genérica, es la condición natural de la existencia humana, independiente de las formas sociales, del tipo de intercambio de materias que exista entre la sociedad y la Naturaleza (Marx 1980:56).  Cada vez que los grupos humanos actúan,  cada vez que trabajan,  deben escoger entre objetivos que compiten entre sí, pues la gente no puede hacer todo de una vez,  y es preciso elegir entre lo que se debe hacer ahora y lo que se debe dejar para otra oportunidad.

Como ha expresado Mészáros (2009:84) “...el verdadero significado de la economía humana no puede ser otro que economizar sobre la base del largo plazo...”.afirmación de la cual se infiere que el tiempo  es también un recurso que debe ser economizado. En tal sentido,  el tiempo invertido en el trabajo material es un acto económico, al igual que aquel que se utiliza—por ejemplo—para la conversación y los rituales que influyen  subjetiva u objetivamente en el mejoramiento de la capacidad productiva.  De esto se desprende que lo económico no equivale exclusivamente a lo material. Fabricar los instrumentos de caza, los de cultivo, reparar una red de pesca, el derecho a ejecutar un rito de iniciación, coordinar efectivamente una tarea colectiva de producción,  llevar a cabo un rito funerario, etc.,  aunque referidos a diferentes ámbitos de la vida social, son actividades y  servicios que tienen directa o indirectamente un sentido económico para el mantenimiento y la reproducción de la vida cotidiana.

Las  Formaciones Económico Sociales precapitalistas.

Nuestro análisis de los pueblos precoloniales venezolanos como parte de una historia social y cultural de la economía venezolana, se fundamenta en la tésis que considera la historia como un proceso integral, sin rupturas. Las consecuencias sociales y culturales de la conquista y colonización –así como las condiciones cualitativas  de los grupos aborígenes, quienes conjuntamente con los afrovenezolanos y los europeos formaron la base social del orden colonial influyeron también, posteriormente, en la formación de nuestro Estado Nacional venezolano (Vargas-Arenas 1999: 20).

Para establecer una base conceptual que nos permita el  estudio científico  de aquel proceso, es necesario utilizar categorías y conceptos históricos que tengan validez para analizar la existencia y las acciones de las diferentes sociedades que lo integran. En tal sentido, como consecuencia lógica del avance del conocimiento sobre realidades concretas, las categorías históricas empleadas por  marxismo nos permiten dar cuenta de la realidad social venezolana en los distintos momentos históricos, reactualizándolas en algunos casos y en otros haciendo explicitas algunas usadas por los clásicos pero no definidas expresamente (Vargas-Arenas 1990:55)

Formación Económico- Social y Modo de Producción

Al igual que las otras categorías de análisis histórico marxistas, la de formacion económico social (FES) refleja los caracteres esenciales y fundamentales de los procesos sociales de la realidad sensible en un momento concreto de la temporalidad histórica; la categoría refiere, por tanto, a una sociedad concreta.El Modo de Producción (MP) es la esfera social de reproducción  económica de la vida material de una determinada formación social, el cual incluye asimismo el modo de reproducción material general de una sociedad.

El Modo de Vida

Las categorías que explican los procesos fundamentales más generales de FES y MP, tienen un correlato en la categoría Modo de Vida, toda vez que dichos procesos generales se expresan de manera particular; en consecuencia, con la categoría Modo de Vida es posible abordar la existencia de ciertas maneras particulares de organización de la actividad humana dentro de una FES, a ciertos ritmos de estructuración social y, en consecuencia, al cumplimiento de las leyes específicas que rigen para la formación social en la cual se expresan. Cada modo de vida, por tanto, supone una línea particular de desarrollo de la FES, siendo una de esas líneas la que posee mayor capacidad dinámica para el cambio o la transformación social.

El Modo de Trabajo 

Refiere a la forma de producción y reproducción de la vida material  de las poblaciones que practican  un determinado  modo de vivir, a los diversos procesos de trabajo, concretos y particulares en los cuales se objetiva el trabajo y la creatividad de los seres humanos de una determinada FES.  Las relaciones sociales de producción que lo sostienen, así como los modos imaginarios de producción  (superestructura) que sancionan  la conducta social, económica y política de los individuos, constituyen  elementos que dinamizan o retrasan el cambio histórico. 

Un concepto relacionado al de Modo de Trabajo podría ser el de las  denominadas “Prácticas Socioeconómicas”, acuñado por marxistas españoles,  las cuales refieren a la reproducción de las condiciones materiales  e “...incluyen aquellas actividades destinadas a la obtención, procesado y/o conservación de alimentos y a la fabricación y mantenimiento de implementos, cuyo destino originario se orientó a la satisfacción de las exigencias mínimas de la vida social: alimento y cobijo para los agentes sociales...” (Castro et al, 1996: 38-40).

La de Modo de Vida podría quizás ser vista como una categoría heurística, en tanto no se genere una teoría general sobre los mismos, tarea que necesita explorar su definición—incluso en las formaciones socioeconómicas más complejas como la Capitalista—donde la variedad de intereses y ritmos de la conducta, de la actividad social y material de los pueblos enmascara y desafía un análisis categorial de este tipo.

Formaciones Económico-sociales Precapitalistas Originarias Venezolanas

Desde el mismo momento cuando mujeres y hombres se congregaron para vivir como grupo social, la existencia común sólo fue posible sobre la base de la toma de decisiones que definirían el destino del colectivo. Un individuo viviendo solo es autónomo en sus escogencias; los aciertos y errores de sus decisiones sólo le incumben a él o ella. La vida  en  comunidad—por el contrario—se fundamentó inicialmente en el consenso, el cual se transformó cualitativamente en la medida que comenzaron a surgir formas de autoridad y luego de poder que conformaron un tipo distinto de sociedad basada—no solo en la aceptación voluntaria, pero también en la coercitiva—en un código de conducta social que regía toda la vida del colectivo.

A partir de las formaciones sociales venezolanas más antiguas de recolectores, cazadores y pescadores,  hasta las sociedades tribales agro-alfareras que existieron de manera autónoma hasta el siglo XVI, las comunidades originarias venezolanas tuvieron que tomar decisiones cruciales para su subsistencia, las cuales, por otra parte, ejercieron una influencia decisiva en la conformación de sus modos de vivir, en las formas  de organizarse socialmente para producir, en las maneras de distribuir, cambiar y consumir los bienes materiales  necesarios para reproducir su existencia; así como vivían y producían, así eran. La localización de sus campamentos y aldeas implicaba una escogencia racional, no sólo del lugar donde se iban a asentar, sino también de los  recursos naturales de subsistencia de los cuales iba a depender su vida, del tipo de vivienda que debían construir, de los modos de trabajar, en suma, de las maneras de relacionarse para ejecutar tecnologías que debían conocer o desarrollar para apropiar o producir los bienes que sustentarían su vida cotidiana.

La Formación Socioeconómica  Apropiadora venezolana

Para nosotros, como hipótesis explicativa, la categoría Formación Social Apropiadora designa a las primeras formas de organización de la sociedad humana. La organicidad existente entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción se expresaba en ella como la contradicción manifiesta entre la precariedad estructural de la economía, ya que no se controlaba la reproducción biológica de los bienes naturales objetos de apropiación (animales y plantas), con  las necesarias relaciones de reciprocidad social que se implementaban para tratar de resolver  los riesgos y la inestabilidad constantes dentro de los cuales se desarrollaba la vida social (Vargas Arenas, 1990; Bate, 1986:5-3).

La apropiación de recursos naturales para la subsistencia, constituyó la forma económica más antigua desarrollada por los grupos sociales para proveerse los materiales y bienes necesarios para su reproducción social, mediante la extracción directa de los recursos naturales del ambiente a través de procesos de trabajo orientados hacia la pesca  marina y riparia, la caza terrestre, marina y riparia, la recolección terrestre, marina y palustre.  Esos procesos de trabajo se realizaban empleando una diversidad de instrumentos creados con el propósito exclusivo de obtener recursos vegetales y animales para la alimentación y la manufactura de los objetos de uso cotidiano: instrumentos cortantes o puntiagudos  líticos,  de concha o de hueso  para arrancar de la tierra raíces, tubérculos, recolectar semillas y frutos comestibles o medicinales, maderas y fibras, construir trampas, armas arrojadizas y redes  para atrapar peces, mamíferos y aves, mediante los cuales obtener proteínas para la alimentación, pieles  y huesos para fabricar vestidos e instrumentos de trabajo, bolsas para el acarreo y cuerdas, etc.  (Sanoja y Vargas Arenas ,1995: 27-37).

Todo proceso de trabajo crea condiciones materiales para la producción  y reproducción de la vida social; se imbrica en un proceso general de producción e intercambio y supone formas específicas de relaciones sociales y técnicas para localizar las fuentes de materias primas a partir de las cuales se fabricarán los instrumentos de producción, se trabajará en el diseño de las formas que reportarán la mayor efectividad en el trabajo; planificar y escoger las opciones que deberán seguirse, individual o colectivamente, para cumplir exitosamente las tareas apropiadoras, éxito que dependerá de los conocimientos que tengan los participantes sobre la distribución territorial y el calendario biológico de los recursos naturales de subsistencia.

La división técnica del trabajo en la sociedad apropiadora se traslapaba con la división sexual de las tareas productivas. Las labores de recolección de plantas,  animales, fruto, de las materias primas, el mantenimiento y la reposición  de la mayor parte de los bienes que constituían el principal sostén de la vida cotidiana, incluyendo el espacio y la vida doméstica en su generalidad, eran usualmente tareas circunscritas al sitio de habitación y a su entorno inmediato. Estos objetivos de corto plazo, que se repetían inexorablemente cada día, parecen haber sido la tarea de las mujeres; al mismo tiempo, la reproducción biológica  y el mantenimiento del grupo social (prácticas socioparentales) eran objetivos a largo plazo donde el cuerpo de la mujer era su medio e instrumento de producción (Castro et al, 1996: 37-38).

La caza y la pesca, en sus diversas variantes, representaban formas de apropiación cooperativa que podían tener su escenario lejos del espacio habitado, dependiendo de los hábitos de vida de las especies seleccionadas, pero fundamentalmente de la estrategia general de apropiación que decidía la banda. Ello fue  determinante para la ubicación de los campamentos en la vecindad o no de ríos, lagos, pantanos, mares, etc., e incidía en la cualidad de los modos de trabajo necesarios y convenientes para reproducir las condiciones cotidianas de trabajo y de existencia.

En las sociedades antiguas, particularmente en la denominada por Bate (1986; 1998: 83-86) “comunidad primitiva de  recolectores-cazadores-pescadores pretribales”, los estudios de la realidad concreta permiten establecer la existencia de diversos modos de vida que dan cuenta de la dinámica histórica de dicha FES. Ello no significa que exista un proceso evolutivo mecánico, sino que los mismos permiten captar la serie posible o necesaria de cambios históricos  requeridos para que ocurrieran los cambios de magnitud y cualidad que transformaron finalmente dicha formación (Vargas Arenas, 1990: 55-67, 1997).

La Formación Económico Social Apropiadora venezolana, que denominamos de recolectores-cazadores-pescadores resume las características de una sociedad  donde no existían clases sociales y cuyo modo de producción, es decir, cuya esfera  de reproducción económica de la vida material carecía de una producción sistemática de excedentes. El mismo se fundamentaba en la apropiación de los recursos naturales de subsistencia y de los medios naturales de producción y en una organización social para el trabajo normado por relaciones de reciprocidad  y  cooperación entre los individuos de una misma o de diferentes bandas de recolectores-cazadores. 

Lo distintivo de esta formación social era que las relaciones de producción eran de naturaleza colectiva;  la propiedad se establecía sobre la fuerza de trabajo y los instrumentos de producción en tanto que podían existir formas de posesión colectiva de carácter consensual sobre los productos de la tierra o de las aguas que eran los  principales medios de producción  Este hecho básico generó  diversas formas de organización social para la producción, en cuyo séno se fueron gestando las condiciones históricas que finalmente transformaron a esta formación  económico social.

La apropiación de alimentos requirió  la existencia de un territorio conocido en cuanto a su contenido y dinámica. Los grupos humanos apropiadores no vagaban incesantemente sin rumbo buscando cualquier alimento; atribuirles estas características que no tiene ni siquiera la vida de los animales inferiores, sería como condenarlos a un interminable proceso de experiencias no repetitivas.  El conocimiento del territorio donde habitaban era esencial para que las bandas de recolectores-cazadores pudieran organizar las rutinas de vida—espaciales y temporales—que aseguraban el acceso a fuentes de aprovisionamiento previsibles y seguras, creándose así derechos territoriales que regulaban tanto la utilización del territorio como las manera de acceder a las mismas fuentes territoriales de aprovisionamiento por parte de  otras bandas de individuos.

Una banda sería la agregación de individuos o grupos familiares reunidos para garantizar—a través del trabajo cooperativo—la reproducción de su vida social  (regulado por las relaciones sociales) mediante la apropiación de recursos de subsistencia en un determinado territorio (explotación del ambiente natural  aplicando determinadas tecnologías, división técnica del trabajo).  Las relaciones sociales, especialmente las formas de reciprocidad y cooperación, y las de solidaridad, eran las que determinaban la praxis histórica de estas sociedades. Como señala Marx al respecto,  “...se manifiesta [la producción] como una doble relación, de una parte como una relación natural y de otra como una relación social (...) un determinado modo de producción lleva siempre aparejado un determinado modo de cooperación o una determinada fase social...”  De igual manera, establece dicho autor que el modo de cooperación es “...una fuerza productiva (...) que condiciona el estado social” (Marx, 1982, I-XI: 269).

Los ambientes naturales representan objetivamente un sistema de relaciones inter-específicas, donde los seres humanos participan también en cuanto que especie biológica. Pero a diferencia de las otras especies biológicas, la colectividad de bandas apropiadoras  tenía una percepción del ambiente que estaba mediada por los referentes sociales a partir de los cuales se planteaban su relación con el entorno (Childe, 1981: 260-262). La  escasez, la riqueza o abundancia de recursos naturales devenía utilizable, apropiable, sólo en función de dicha percepción social que dependía  --a su vez—del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas del colectivo. Es en función de este factor que se ejercerá la forma de posesión o usufructo del territorio a su disposición. En este sentido, es claro que el ambiente natural es un objeto socialmente construido en cada etapa histórica del desarrollo de la sociedad.

El poder es un mecanismo social compulsivo que média las relaciones entre un individuo o grupo de ellos y el resto de la comunidad, vía procesos formales de acción socialmente sancionados, el cual comienza a institucionalizarse  a partir de la Formación Económico Social Tribal o Productora de Alimentos. En la sociedad apropiadora, la naturaleza cooperativa de las actividades productivas estaba íntimamente entrelazada con las relaciones parentales. Cuando una persona asumía el papel de supervisor (a) de una actividad determinada en función de su mayor destreza, ello  le confería autoridad,  pero no tenía un estatus social diferente al de los otros (as) y la autoridad sólo duraba el mismo lapso que lo hacía la dicha actividad. En tal sentido, no podía reclamar posesión de la fuerza de trabajo aludiendo a su capacidad de decidir la forma que  asumía el cambio, la distribución y el consumo de lo producido por el grupo social.

Cuando el locus  de  la autoridad  era débil,  el acceso a los recursos naturales de subsistencia podía ser  indiscriminado, individual, no coordinado, expresándose también en formas individuales de consumo. Por el contrario, cuando el locus  de autoridad tenía o comenzaba a tener fortaleza, la capacidad de poseer (que no ser propietario de)  la fuerza de trabajo del grupo doméstico, y de programar cotidianamente las tareas orientadas al usufructo de los recursos de subsistencia, comenzó también a tener el derecho de disponer del destino y la forma de distribución de lo producido (Sanoja y Vargas Arenas, 1995: 37-46)

Las relaciones  sociales de producción no constituyen un elemento estático, sino que poseen un movimiento igual que las fuerzas productivas. Definidas como la cualidad esencial de la sociedad, aquéllas pueden transformarse de manera revolucionaria, expresando la intensificación de todas las contradicciones de la sociedad, dando así origen a la transformación de la calidad, o  al cambio interno, profundo, esencial de las sociedades. Pero no todas las relaciones sociales que establecen los seres humanos son de producción; se conforman como un sistema junto con otras relaciones sociales consideradas como secundarias con respecto a las primeras que son fundamentales (Vargas Arenas, 1990: 65).

En la sociedad apropiadora, la deserción a la banda de uno o más individuos, si bien no interrumpía ningún proceso de trabajo, mantenía en equilibrio inestable la viabilidad del colectivo. Una de las características de esa sociedad parece haber sido, entonces,  la capilaridad permanente entre individuos de diferentes colectivos sociales, mecanismo que permitía conseguir el reemplazo de la fuerza de trabajo faltante. Pero para que la sociedad apropiadora pudiese tener pertinencia histórica, debió generar caracteres antagónicos a la precariedad  de la producción material y de las relaciones sociales que también son materiales: el desarrollo de formas de solidaridad planificada, mecanismos que no podrían surgir de manera espontánea e inconsciente. La generosidad, el deseo de compartir no son características innatas al ser humano; son, por el contrario, formas de relación creadas y transmitidas socialmente que funcionan bajo determinadas condiciones de necesidad.  Para ello se requería la existencia de acumulaciones significativas de autoridad entre algunos de los componentes del colectivo que sancionaran—de alguna manera—la transgresión de las normas de solidaridad. Un locus  de autoridad establecía diferentes clases de solidaridad: entre él y los otros y los otros entre sí. La autoridad garantizaba la solidaridad grupal, pero al mismo tiempo se alejaba de ella, propiciando y estimulando la transgresión a la autoridad.  Este carácter dialéctico de las relaciones sociales, si bien propiciaba el movimiento de las contradicciones sociales al interior de una banda, debía ser controlado, ya que las condiciones precarias de la vida de una comunidad apropiadora requerían de manera necesaria la fijación o estabilidad de la fuerza de trabajo en las unidades productivas—las bandas—, y fortalecer  y regular dentro de ellas la reciprocidad, fundamentalmente la económica. 

Autoridad y transgresión aluden a diferentes clases de solidaridad: los que tenían autoridad se manejaban solidariamente entre sí, de la misma manera que los transgresores, que también pertenecían al colectivo, eran solidarios entre sí. La transgresión era, transitivamente hablando,  otra forma de solidaridad, una forma de negación, una solidaridad contrastante que en un determinado momento podía devenir, a su vez, autoridad., expresión de la relación orgánica entre las necesidades materiales y las formas que implementaban los agentes sociales para satisfacerlas, revirtiendo la materialidad  que esa autoridad anterior estaba regulando y haciendo posible (Bate, 1986, Sanoja y Vargas, 1995: 37-46; Sanoja, 1993; Bender, 1989).

La autoridad garantizaba el funcionamiento de la reciprocidad en el sistema de producción, distribución y consumo de los bienes cotidianos de la comunidad apropiadora. Ello podía materializarse, por ejemplo, designando un lugar particular para  depositar, distribuir, procesar y consumir los alimentos dentro del espacio doméstico,  para depositar los desechos producidos como consecuencia de esta actividad. Mediando la fuerza de trabajo, vía la producción, la distribución y el consumo, se trascendía la reciprocidad simple entre mujeres y hombres para dar paso a la constitución de un grupo primario, de una verdadera comunidad, reforzando también las prácticas sociales, las normas que determinaban el acceso a la posesión colectiva del objeto de trabajo, del medio natural socialmente percibido que formaba la base de la producción extractiva, estableciendo la supremacía del todo sobre las partes.

El esfuerzo que hacían los grupos apropiadores para sobreponerse a la precariedad económica,  ampliando el espectro de actividades productivas, generaba también la disolución de aquel carácter esencial de la formación. La necesidad de gestionar la movilización de un número suficiente de fuerza de trabajo que no comprometiera la capacidad de supervivencia del colectivo supuso el control del modo de reproducción biológica y—por tanto--  de parte de la función  social de las mujeres. Como de ellas dependía también la reproducción de la vida cotidiana, el  modo de mantenimiento del espacio doméstico, de los hijos (as) que se incorporarían al contingente laboral, en fin, el crecimiento  numérico de la población y el establecimiento de las líneas de descendencia parental que expresaban las relaciones sociales de reproducción,  ellas  debían ser controladas. Por una parte, a través de una desvalorización de su papel protagónico en el desarrollo de la sociedad, reduciéndolas a una especie de esclavitud consensual,  y por la otra, creando los textos orales (mitos, tradiciones, creencias) que justificaran  históricamente esta esclavitud, estas relaciones sociales desiguales, en el plano de la conciencia social (Estévez  y Vila, com. pers. 1997; Castro et al, 1996: 37-38).

Las relaciones sociales al interior de la sociedad apropiadora, o de la sociedad simplemente,  han sido pues desiguales prácticamente desde sus orígenes. De la misma manera, las relaciones intersocietarias eran desiguales, no en el plano de los individuos, sino de las unidades sociales. Algunas de éstas tenían mejor o mayor capacidad  que otras para percibir la integridad  territorial y temporal de los ecosistemas que conforman una región determinada, y de rotar y organizar la fuerza de trabajo a los fines de obtener un mayor rendimiento material de la gestión de esa fuerzas productivas. Se producía así un proceso de creación de valor, valor de cambio,  que se apoyaba en el conocimiento cada vez mejor y mayor de la importancia económica y social, tanto de los recursos naturales como de la organización del grupo social  para explotarlos con el mayor beneficio (Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 46-51).

Una consecuencia de lo anterior fue la sedentarización de la comunidad, única manera de mantener y acrecentar su inversión de trabajo social objetivada en viviendas,  medios individuales y colectivos de producción,  posesión de un espacio territorial, independencia y/o control de los valores producidos por otras bandas o colectivos vecinos. Este proceso de acumulación es el que va generando el punto de cambio de la sociedad apropiadora. Cuando finalmente éste aparece como consecuencia de la producción controlada de alimentos,  con base en la agricultura o la ganadería, dicha acumulación,  que expresa la materialidad del desarrollo de las fuerzas productivas, preside el cambio de calidad y cantidad que señala el fin de una formación social y el nacimiento de una nueva.

CAPÍTULO 3
El Modo de Producción  y los Modo de Vida Apropiadores

Para las mujeres y los hombres que integraban  la Formación Social Apro­piadora, la Naturaleza era el objeto donde se invertía el trabajo y los esfuerzos, donde se establecían los mecanismos de coopera­ción de la banda para optimizar el producto extraído del ambiente. Puesto que este último no era una totalidad homogénea en cuanto a contenidos sino que, por el contrario, era discontinuo en cuanto a la calidad y cantidad de contextos ecológicos que lo integraban, la inversión de trabajo social para explotarlo y las formas de organización para dirigir ese trabajo se manifestaban como diferentes calidades de la esencia apropiadora. “Así como producen y reproducen sus condiciones de vida, así serán los modos de vivir los hombres” (Marx-Engels, 1982.: 19).

El Modo de Vida, el modo de vivir, si bien es la manera como una determinada formación social se materializa en el mundo sensible, su forma particular de ser siendo, es el Modo de Producción correspondiente, vale decir, su esfera de producción y reproducción de la vida material, lo que define la calidad de sus contenidos. Por otra parte, las maneras particulares como los hombres y mujeres cazadores-recolectores  trabajaban, la forma como reproducían cotidianamente las condiciones en las cuales se daba su trabajo, los instrumentos de producción que fabricaban, las relaciones técnicas de trabajo que establecían entre sí, constituyeron los modos de trabajo que, a su vez, dentro del marco de unas mismas relaciones sociales de producción, establecían las diferencias entre los diversos modos de vida de una misma formación social. El modo de trabajo, a su vez, se materializaba vía el proceso de trabajo el cual, según Marx (1982: 136), “…es la actividad racional encaminada a la producción de valores de uso, la asimilación de las materias naturales al servicio de las necesidades humanas, la condición general del intercambio de materias entre la naturaleza y el hombre…”.

La manifestación más sensible de un modo de vida es –finalmente- la vida cotidiana de los individuos, sus rutinas de existencia, las cuales al mismo tiempo son la expresión sensible de los cambios que se van produciendo en ella, el motor que dinamiza y activa el movimiento de transformación de la esencia de la totalidad del Modo de Vida y de la Formación Social: el Todo está en el Todo.

Los Modos de Vida de los  Antiguos Cazadores  Recolectores en Venezuela

Las primeras evidencias materiales datadas con C14 indican, hasta ahora, que la antigüedad de la FES apropiadora venezolana, como ya hemos visto, se remontan a 14.200 años ANP.  Se trataba de bandas seminomádicas de bandas de  recolectores-cazadores  que vivían en campamentos estacionales. Su modo de producción apropiador se fundamentaba en la caza terrestre especializada, la pesca y la recolección marina o terrestre, actividades reguladas por unas relaciones sociales de producción comunitarias, recíprocas, cooperativas y solidarias.

Con base a los modos de trabajar hemos definido la existencia en Venezuela de tres modos de vida: El Modo de Vida de los Cazadores Especializados, el Modo de Vida de los Recolectores, Pescadores y Cazadores y el Modo de Vida de los Pescadores -recolectores y Cazadores Litorales.

El Modo de Vida de los Cazadores Especializados

La caza especializada se manifestó como un modo de vida cuyo modo de trabajo se caracterizó por la realización de procesos de trabajo que se articulaban con la existencia de particulares concentraciones contingentes de recursos de fauna terrestre, para cuya captura y consumo los hombres y mujeres cazadores-recolectores desarrollaron complejos de instrumentos de producción manufacturados con sofisticadas técnicas para el trabajo de la piedra. Las concentraciones de la megafauna terrestre pleistocena que existían en el centro occidente de Venezuela en los actuales estados  Zulia, Falcón, Lara y Carabobo, conformaban un componente fundamental de la subsistencia cotidiana. Gracias a la existencia de formaciones forestales y sabaneras que les proporcionaban alimentación a los grandes herbívoros, relictos de manadas de mastodontes, estegomastodontes, megaterios, caballos, grandes desdentados, camélidos, lobos, y otros, pudieron sobrevivir en ellas—hasta ca. 6000 años ANP--. La fauna pleistocena, conjuntamente con otras especies faunísticas modernas devino objeto de apropiación, cuya captura, destazamiento de las carcasas y la distribución y consumo de su carne fueron fundamentales para la sobrevivencia  Los cazadores complementaban su ingesta calórica con la recolección de especies vegetal silvestres comestibles (Cruxent y Rouse, 1961: 79-80; Rouse y Cruxent, 1983: 27-37; Ochsenius y Gruhn 1976: 91-103; Sanoja y Vargas Arenas, 1992ª: 41-44, 1992b: 35-41; Sanoja, 1963: 21-23).

El Modo de Vida de los Recolectores, Pescadores y Cazadores

A diferencia del Noroeste y la costa centro-oriental de Venezuela y en general del litoral pacífico suramericano, ni en la cuenca del Orinoco, ni en la cuenca amazónica, como tampoco en el planalto y el litoral atlántico brasileño existen hasta ahora evidencias de megafauna pleistocena como la que constituía el objetivo fundamental del  modo de trabajo de los cazadores-recolectores especializados en  Venezuela. Las poblaciones de recolectores, cazadores pescadores que colonizaron aquellas vastas regiones -y en particular la cuenca del rio Orinoco- entre 10.000 y 2000 años ANP, (Sanoja y Vargas-Arenas 2006:49-65) se  apropiaron posiblemente de recursos naturales territorialmente más estables y predecibles que aquellos rebaños de grandes herbívoros pleistocenos, tal como los que ofrecía la fauna neotrópica: venados, pecaríes, tapires, chigüíres o capibaras, morrocoyes, tortugas acuáticas, roedores, caimanes, manatíes, peces, bivalvos marinos y de agua dulce, gasterópodos terrestres, aves, tubérculos, rizomas, raíces y frutas diversas, lo cual les permitió, desde períodos muy antiguos, desarrollar procesos de sedentarización en aldeas  semipermanentes, procesos  de  domesticación de plantas útiles y comestibles,  así como cambios correlativos en las relaciones de producción y en la superestructura que se expresaron en el desarrollo muy temprano de una rica estética rupestre (petroglifos, pinturas) tanto cavernaria como al aire libre (Schmitz, 1987).

El modo de vida de los pescadores recolectores y cazadores litorales

El modo de vida de recolectores pescadores y cazadores litorales surge en Venezuela en 7000 años ANP, una vez que los grandes cambios climáticos que ocurrieron en el mundo al final del período Pleistoceno e inicios del Holoceno, determinaron la transformación de las condiciones materiales de vida que habían hecho posible la existencia de los cazadores especializados. Los pueblos que habitaban en el noreste con este modo de vida, en general, más flexibles, pudieron adaptarse y sobrevivir en  las condiciones climáticas cambiantes del Holoceno, para sentar las bases de la FES Tribal productora de alimentos en Venezuela.

La vida de las comunidades humanas ligadas a este  modo de vida dependía, en gran parte, como era característico de toda la FES, de los recursos naturales de subsistencia y que, en este caso,  fueron los bosques de manglar. Especies tales como la Ostrea rizophora y la Melongena melongena Linnée, constituyeron el soporte fundamental de la alimentación cotidiana, conjuntamente con la pesca de peces estuarinos, sirénidos y, ocasionalmente, tiburones.

El ecosistema de manglar ofrecía una dinámica de vida importante para el desarrollo  y la variabilidad de los procesos de trabajo ligados a la apropiación, debido a que reunía en una sola unidad espacial componentes tanto vegetales como de fauna que proporcionaban los elementos fundamentales para el mantenimiento de la vida cotidiana. Aún en condiciones de explotación intensiva, el bosque de manglar tiene la capacidad de regenerarse en un lapso relativamente corto, por lo cual una comunidad humana que lo utilizase con moderación, podía desarrollar una forma de vida social estable por un largo período.

Vistas desde esta perspectiva, las actividades productivas de los recolectores marinos no podrían considerarse simplemente como una apropiación indiscriminada de los recursos naturales, sino más bien como una organización de tareas y procesos de trabajo que se basarían en la estimación del tiempo que necesitaban las distintas especies vegetales y de fauna para regenerarse luego de una explotación continuada durante varios años.

Una consecuencia social de esa percepción social sobre el ambiente y  su utilización parece haber sido la definición de espacios territoriales dentro de los cuales podrían llevarse a cabo los programas de apropiación para la subsistencia y el establecimiento de bases o campamentos estables para el procesamiento, distribución y consumo de los recursos naturales de subsistencia.

En el bosque de manglar, los recolectores marinos tenían a su disposición diversas fuentes de materia prima: maderas, resinas, fibras, pigmentos, y muchas otras, así como un extenso conjunto de recursos proteínicos tales como bivalvos, gastrópodos, peces, reptiles, aves, aparte de los mamíferos terrestres que, de cierta manera, actuaban como predadores de los recursos naturales del manglar.
Al igual que en el oriente de Venezuela, hacia 5580 años ANP p (3800 años ANE), encontramos también en las regiones litorales cubiertas por bosques de manglar del actual estado Falcón comunidades humanas relacionadas con un modo de trabajo apropiador orientado hacia la recolección y la pesca marina o palustre, el cual,   posiblemente, surgió como una transformación cualitativa de los antiguos cazadores recolectores especializados  del interior. Al igual que en Paria, los extensos bosques de manglar que existían en la desembocadura de los ríos  Tocuyo, Aroa y Yaracuy y  en las lagunas costeras del noreste de Falcón albergaron a poblaciones recolectoras pescadoras cazadoras. Éstas fabricaban rústicas herramientas de piedra utilizadas como percutores, manos y piedras de moler,  recolectaban bivalvos y gasterópodos de manglar y cazaban tortugas y caimanes (Cruxent y Rouse, 1961; Sanoja y Vargas-Arenas: 2007c: 91).

Origen del cultivo en Venezuela

La fase final de los modos de vida de los pescadores recolectores y cazadores litorales en Venezuela representa –a la luz de los campos de cultivo que aparecen en dicha fase—el desarrollo de una nueva interpretación social del entorno natural: el río,  las lagunas, el manglar, las sabanas, las  selvas semidecíduas o tropicales de altura,  las selvas húmedas de las montañas.  La explotación conjunta o estacional de dichos ecosistemas requería una planificación de objetivos a corto, mediano y largo plazo para rotar y organizar la fuerza laboral en la ejecución de diversos procesos de trabajo  que implicaban novedosas técnicas e instrumentos de producción así como una nueva organización social y, posiblemente, diferentes medios imaginarios de producción. En consecuencia, podemos afirmar que la práctica de la agricultura obligó a los grupos humanos a una reestructuración de la producción y de las formas de distribución, cambio y consumo de los  valores de uso y de cambio. Ocurrió, en consecuencia básicamente la transformación de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales de producción, manifestada en la presencia de nuevos contenidos en la propiedad y nuevas formas de posesión, así como en los procesos de cooperación y reciprocidad.

Pequeños objetos fálicos o vaginiformes tallados en placas de micaesquisto se hallan usualmente asociadas con la basura doméstica de los fogones (Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 319-323; 1999c: 156-157) de los sitios de habitación de los pescadores recolectores y cazadores litorales y parecen indicar posibles mediaciones relacionadas con el género, la fertilidad y circuitos internos de distribución dentro de los grupos sociales. Dichas asimetrías,  relacionadas muy posiblemente con la apropiación diferencial, vía el consumo, de alimentos o materias primas naturales que pertenecerían a diferentes esferas sagradas –femeninas o masculinas- del entorno natural, parecen haber  jugado un importante papel en la estrategia apropiadora y en la reproducción biológica del grupo social, así como en las normas que regulaban la reciprocidad. Los alimentos ideológicamente relacionados con las divinidades femeninas o masculinas que sólo podían ser apropiados por personas del género correspondiente, parecen haber comenzado a asumir una nueva identidad cultural al ser socializadas mediante la cocción en los fogones colectivos (Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 340-346). Podemos observar igualmente, al analizar la vida ceremonial de esas comunidades, que los muertos eran enterrados dentro del espacio doméstico, posiblemente dentro de cestas luego de descarnar sus huesos y pintarlos de rojo con ocre, posiblemente como manera de probar su posesión del suelo que habitaban vía un culto a los ancestros. Otras evidencias apuntan hacia la existencia de prácticas canibalísticas que deben haber desarrollado hacia el primer milenio ANE.

En esta fase se observa en el noreste de Venezuela  evidencias de intercambio de materias primas y bienes manufacturados entre diferentes  aldeas tales como la sal, gubias y hachas de concha para la manufactura de embarcaciones, pendientes en concha marina, núcleos de hematita que tenían gran importancia en los rituales funerarios,  puntas de flecha y arpones de hueso, manos cónicas,  platos y hachas  de piedra pulida que se encuentran presentes en aldeas de recolectores ubicadas en las ciénagas del río San Juan, delta del Orinoco, en las antiguas aldeas de recolectoras que existían en las vecindades de Carúpano, Edo. Sucre. De igual manera, los platos y las manos cónicas de piedra, conjuntamente con gubias y hachas de concha marina están presentes en las aldeas de recolectores de la costa de Anzoátegui y en las orillas del lago de Valencia (Cruxent y Rouse, 1961: 198-199; Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 325-332). 

Todo lo anterior parece indicarnos  que desde fechas muy tempranas se habían  constituido redes para el intercambio de valores de uso entre las comunidades apropiadoras venezolanas del litoral noreste, elemento fundamental para la constitución de una de las regiones geohistóricas cuya influencia sigue gravitando en la historia moderna de la sociedad venezolana y caribeña. Se trataba, en suma de la fase inicial de un nuevo modo de producción, de nuevas relaciones sociales de producción que van a ser características de la Formación Económico Social Tribal o Productora de Alimentos.

El cuidado y/o  cultivo de plantas comestibles se desarrolló de manera independiente en diversas regiones del globo a partir de una matriz de pueblos recolectores cazadores, como fue el caso en la región del golfo de Paria en el litoral noreste de Venezuela. La intensificación y la consolidación del cultivo de plantas como proceso de trabajo fué paralela a la intensificación de los contactos entre grupos humanos con diversos niveles de desarrollo socio-histórico. En el caso de la región de Paria, tales contactos se hicieron más intensos hacia inicios de la era cristiana, cuando pueblos de FES Tribal o Productora de Alimentos, que ya vivían en la región sub-andina oriental de los Andes, el Medio y Bajo Orinoco migraron hacia el noreste de Venezuela, absorbiendo a las poblaciones recolectoras cazadoras del litoral, síntesis a partir de la cual se desarrollaron nuevos procesos de trabajo basados en el cultivo de la yuca amarga, la pesca, la recolección marina y la caza terrestre que se difundieron posteriormente hacia las Pequeñas y Grandes Antillas (Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 340-357, 1999c: 164; Veloz Maggiolo, 1991; Boomert, 2000).

Si analizamos el proceso de desarrollo y  diversificación de los modos de vida recolectores cazadores observaremos que, si bien existió una tendencia general hacia la complejización de la sociedad,  no todos los modos de vida evolucionaron con la misma velocidad. Dentro de la Formación  Apropiadora se gestaron diversos modos de vida que, aunque eran cualitativamente similares al inicio, en un determinado momento algunos de ellos  produjeron  sustanciales cambios  de calidad y magnitud —autogestados y/o inducidos—que terminaron por transformarlos  en modos de vida cualitativamente diferentes y, las zonas donde se manifestaron, devinieron áreas centrales caracterizadas por una intensificación de los procesos de cambio histórico,  los cuales hicieron implosión, originando una gran acumulación de innovaciones  sociales y técnicas, que se expresaron en la  diversificación, especialización y complejización de los procesos de trabajo al interior de uno o más de los modos de vida.

Ese proceso de acumulación de cambios sociales y sociotécnicos propositivos, que implicaron un mayor desarrollo de las fuerzas productivas, denota la mayor capacidad que poseyeron ciertos grupos humanos  para organizarse socialmente,  para explotar  coordinadamente y—eventualmente—llegar a modificar los ambientes naturales en los cuales vivían, aumentar  cualitativa y cuantitativamente su producción para la subsistencia, transformándose en  centros que dinamizaron a otros grupos con modos de vida  cuyo desarrollo era menor y  que constituían su periferia en un momento histórico determinado, dando lugar a regiones geohistóricas reunidas por complejas redes de intercambio y distribución de valores de uso. Ello se expresó como el punto de transformación, de cambio histórico de dicha formación social, dando inicio a una nueva de contenido y forma diferentes.

La disolución de la Formación Económico-social apropiadora

La disolución de la FES apropiadora, aunque significó la desaparición de la cualidad de sus modos de vida, no implicó que los procesos de trabajo que habían caracterizado a sus modos de trabajo cesaran, puesto que éstos se integraron a las subsecuentes formaciones sociales como  formas socieconómicas. Vemos así  como se mantuvieron en el noreste, en los llanos y en la amazonia  venezolana en etnias como la guayqueri,  la guarao, la taparita, chiricoa, yaruro o pumeh y yanomami asimiladas, primero a la sociedad tribal y luego a la sociedad colonial y finalmente a la nacional (Sanoja y Vargas Arenas, 1995:359-382; Sanoja, 1993: 44-51, 1988). La descripción de tales formas socioeconómicas modernas nos permite, de cierta manera, recrear el modo de trabajo de los antiguos recolectores cazadores venezolanos y comprender cómo es posible que persistan grupos humanos que si bien no produjeron ningún proceso de acumulación de innovaciones  sociales y/o técnicas de diversificación, especialización y complejización de los procesos de trabajo característicos de la antigua formación  económico-social cazadora recolectora de la cual formaron parte hace milenios de años, queden hoy como un relicto de épocas antiguas dentro de la formación socio-económica clasista nacional venezolana.

Los puméh (yaruro)

Los datos etnohistóricos  del siglo XVI sobre la vida de las comunidades nomádicas y seminomádicas que todavía vívían de manera autónoma en las sabanas del Orinoco para aquella fecha, así como  nuestra experiencia vivida en 1961 entre los pumeh y los sáliva del Capanaparo, Edo. Apure, Venezuela, nos permitieron  evaluar la diversidad de grupos humanos que integraban la comunidad de recolectores cazadores en dicha región. Por una parte,  hallamos en los siglos XVI y XVII un tipo de comunidad nomádica restringida integrada por guahibos y chiricoas (Stock lingüístico arawako; Sanoja y Vargas-Arenas, 1992: 158-163), quienes se agrupaban formando pequeñas bandas móviles que totalizaban aproximadamente seis u ocho familias nucleares, unos treinta individuos. La banda viajaba junta durante la estación seca viviendo en paravientos ocasionales construidos con ramas de árboles, cazando, pescando y recolectando plantas silvestres reuniéndose con otras emparentadas en una vivienda comunal  o base permanente durante la estación de lluvias y formando así una familia extensa. Practicaban la caza terrestre y la recolección de especies botánicas silvestres, en tanto que la caza y la pesca parecen haber tenido una importancia menor en las actividades de subsistencia. Los hombres se dedicaban particularmente a la caza y la  pesca, mientras que las mujeres recolectaban diariamente los frutos de la palma y las raíces silvestres del “guapo” (Maranta arundinacea), cuya fécula mezclaban con la obtenida del corazón de la palma moriche llamada “munacapana” y la de la yuca dulce (Manihot esculenta) para hacer pan.

Los  yaruro o puméh (Stock lingüístico paleo-chibcha), los betoi (stock chibcha grupo motilón), los guamo y guamontey (Stock lingüístico guamo) y taparita (Stock lingüístico otomaco) conformaban una comunidad nomádica con base central, la cual podía llevar parte del año una vida transhumante cazando, pescando y recolectando y descansar parte del mismo en una localidad  que podía no ser siempre la misma (Sanoja y Vargas-Arenas, 1992: 158-163).

Los waika o yanomama

El cuadro del estado de las misiones capuchinas catalanas del Caroní en el siglo XVIII, da cuenta de varias misiones donde se hallaban reducidos indígenas solamente pertenecientes a la etnia denominada antiguamente waika o guayka, hoy yanomami: Santa Rosa de Lima de Cura, Santa Magdalena de Currucay, San Juan Bautista de Avechica y la Misión del Ángel Custodio de Ayacuá (Carrocera, 1979: 162-165). Según la opinión de los misioneros capuchinos de la época, los guaika eran considerados como una tribu montañera adicta a los hábitos nomádicos (Carrocera, 1979: 334).

A comienzos del siglo XX, el etnólogo alemán Koch-Grümberg, quien estudió la vida de los pueblos waika y shirishana, consideraba ambos como “…una antigua capa de población de esas regiones que, repartida en pequeñas hordas, muchas veces enemistadas entre sí,  sin domicilio fijo, verdadero, se pueden encontrar entre las fuentes de los pequeños tributarios  hasta el lejano Alto Orinoco al Oeste y que antiguamente vivían de de la caza, la pesca y las frutas silvestres…” (1979: 214).

Casi un siglo más tarde aquellos mismos pueblos, conocidos hoy como yanomami,  siguen viviendo en las regiones inter-fluviales e invierten el 40% de su tiempo lejos de conucos y aldeas, acampando en la selva donde cazan y recolectan para sobrevivir (Good, 1995: 119). Según el mismo autor, hay hipótesis que asumen  que el origen de la etnia yanomami se halla en la Sierra Parima (Good, 1995: 118). Wilbert, por su parte (1961: 238-242), considera que los waika o yanomami  podrían ser relicto de las poblaciones paleoamericanas que poblaron originalmente a Suramérica, las cuales se habrían separado hace 4500 años ANP, de los warao o guarao, otro pueblo arcaico vinculado a los primeros pobladores de Suramérica que hoy viven en el Delta del Orinoco.

Los warao y los yanomami, según Wilbert y Layrisse (1999: 26) son 100% Di(a-), esto es, Diego-negativos, lo cual los ubicaría entre los descendientes de las primeras oleadas de pobladores paleo-asiáticos (paleo- mongoloides) que llegaron al continente americano y a Suramérica, vinculándoles igualmente con las poblaciones cazadoras recolectoras del Caroní y el Bajo Orinoco, en general conocidas arqueológicamente en nuestro estudio. Esoss pobladores originarios fueron clasificados por Greenberg como pertenecientes a la familia linguística chibcha-paezana, cuyos descendientes están distribuidos desde la Florida y la Baja Mesoamérica a través del norte de Colombia, el delta del Orinoco y el suroeste de Venezuela hasta el Brasil Central y Argentina (Greenberg, 1987: 335,389).

CAPÍTULO 4
La base material de la Formación Productora de Alimentos o Tribal

El paso de la formación social apropiadora, recolectora, cazadora, pescadora,  hacia una tribal productora de alimentos significó un cambio histórico trascendental en la historia de la sociedad venezolana, cambio que supuso un proceso previo de fijación a la tierra. Como dice Marx, en la sociedad recolectora cazadora el concepto de utilización de los recursos naturales para la subsistencia  se refiere a la cantidad y calidad de los productos que produce el suelo, no al suelo mismo. Nadie es propietario del suelo ni de las manadas  a ser capturadas ni de los frutos a ser  recolectados. Las sociedades sedentarias productoras, por el contrario,  requieren poseer ambas cosas: el suelo y su producto para  devenir en propietarios del suelo,  en la medida que el trabajo social invertido sobre el mismo y en la domesticación de plantas  se transforma en cosechas y eventualmente en rebaños de animales  también domesticados sobre los cuales  ejercen la propiedad. Ésta se materializa en las relaciones sociales de propiedad vía el parentesco consanguíneo,  que garantizan un acceso igualitario a la producción y el consumo de materias primas solamente a aquellos que forman parte de la misma unidad genético-social (Vargas Arenas, 1989).

El potencial para las transformaciones históricas no es inducido mecánicamente por la localización aleatoria de un grupo social en un ambiente rico en recursos naturales, sino por su capacidad de apreciar la interconexión operativa  que existe  entre los diferentes nichos y ecosistemas, así como por su habilidad de organizar el trabajo colectivo para explotarlos de manera simultánea o diferida (Flannery, 1968; Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 257-261, 333-348, 1999b: 161-164). Debe existir, pues,  previamente, la capacidad de  definir socialmente el ambiente, de visualizar la Naturaleza como un objeto para el trabajo social, lo cual presupone  la sedentarización del o de los  grupos humanos. La sedentarización, a su vez,  propicia la intensificación de las relaciones intersubjetivas e interpersonales que estimulan la aparición de loci de autoridad en las mismas que actúa para gestionar los procesos de trabajo y así resolver los conflictos y transgresiones sociales.

La noción de sistema agrario

El cultivo o domesticación de las especies naturales no es una variable causativa autónoma, sino una consecuencia de los procesos ampliados de sedentarización, del desarrollo de las fuerzas productivas y de la producción de espacios sociales que consolidan la territorialidad.Para que se produzca la domesticaciòn de plantas, es necesario que previamente se haya producido también la “domesticación”, la socialización de la gente como comunidad sedentaria (Sanoja 1989b;). Las condiciones externas favorables no imponen mecánicamente  una adaptación cultural: es sólo a partir de los cambios que se generen en las condiciones internas (socioculturales) de una sociedad, que se pueden producir cambios que representen una revolución en sus condiciones internas y externas (Vargas-Arenas1985;  Sanoja y Vargas-Arenas 1995).

La domesticación de plantas en Suramerica la entendemos como un derivado de la milenaria colonización territorial que emprendieron sus habitantes originarios y de la fase de consolidación de la vida sedentaria que ocurrió hacia 5000-4000 años ANP, coincidente a su vez con el establecimiento de las principales familias linguisticas suramericanas. Así como para entonces los grupos originarios vinculados a las familias protoarawak, protoGe, protocaribe, prototupí y prototucano ocupaban predominantemente la región centro-atlántica, la región centro-pacífica suramericana estaba ocupada predominantemente por grupos originarios de las familias lingüísticas chibcha, aymara y quechwa (Sanoja 2006:26).El patrón de distribución y concentración territorial de la mayoría de las especies botánicas y animales domesticables, respondía también - en líneas generales- a la dispersión territorial de los grupos de familias lingüísticas mencionadas. De esta manera, se crearon modos singulares de asociación proactiva entre determinadas formas socioculturales y ciertos recursos de flora y de fauna que –por causas naturales- predominanaban en las regiones que los grupos humanos colonizaban.

Considerada desde esta perpectiva, podemos ver la agricultura como una actividad productiva en la cual los hombres y mujeres, a través de la utilización de un instrumental apropiado y la acumulación de un cuerpo de experiencias relativas al crecimiento y desarrollo de determinadas plantas útiles, el conocimiento sobre la forma de reproducir  artificialmente los ciclos naturales y de la fuerza de trabajo para llevar a cabo toda la secuencia  de actividades tecnoeconómicas para el apoyo y mejoramiento  de esa actividad productiva, logran obtener la cantidada necesaria de energía para reproducir su existencia y romper la dependencia del grupo social de los procesos de ampliación natural de la biota. 

Como sistema, la agricultura constituye un conjunto finito de relaciones entre elementos que son constantes tales como los suelos, el clima y los cultígenos, y otros elementos variables tales como los medios e instrumentos de producción y la fuerza de trabajo, que se objetivan formando un sistema agrario. En  un sistema agrario hay plantas o cultígenos dominantes que tiene mayor valor calórico por peso y por área cultivada, las cual pueden ser consideradas como un valor económico y social que llega a determinar ciertas formas de conducta cultural, social y económica dentro del grupo humano (Sanoja, 1997: 20-23).

La invención de la agricultura en el litoral noreste venezolano

La invención de la agricultura y el desarrollo de la vida sedentaria fue un proceso que ocurrió independientemente en diversas regiones de Suramérica y particularmente en el territorio venezolano. El noreste de Venezuela –como hemos visto- parece haber sido uno de esos centros originales del cultivo, evidenciado por la presencia de herramientas agrarias tales como hachas y azadas líticas, majadores cónicos y morteros circulares para procesar alimentos vegetales, los cuales aparecieron entre las poblaciones recolectoras pescadoras cazadoras que habitaban alrededor de la laguna de Campoma, estado Sucre, hace 4600 años (Sanoja 1989 a, 1989 b).

El descubrimiento de la agricultura estuvo fundamentado en el oriente de Venezuela  en la domesticación plantas vegetativas como la yuca (Manihot esculenta Crantz)  y otras raíces y tubérculos silvestres endémicas de la región tales como el ocumo (Dioscorea sagittifolia), el lairen (Calathea alluia), el guapo (Maranta arundinacea) y la pericaguara (Canna edulis). El orígen del cultivo  se dio en un contexto sociocultural que ya indicaba la existencia de aldeas sedentarias. Los habitantes de las mismas explotaban de manera orgánica  un conjunto de  variados ecosistemas:  el marino, donde pescaban y recolectaban moluscos marinos;  el fluvial del caño Chiguana, donde pescaban peces y cazaban caimanes; el ecosistema de manglar, donde pescaban peces y recolectaban ostreas y gastrópodos y cangrejos;  el palustre, donde pescaban y cazaban diversas aves; los suelos arenosos húmicos en torno a la laguna de Canpoma, donde  desarrollaban al parecer sus cultivos, y los boeques tropicales secos  que  rodean la cuenca de la laguna, utilizados como campos de caza de venados, váquiros, tigres, etc.. (Sanoja y Vargas-Arenas, 1995:253-261; 1999c: 163).

El sedentarismo parece haber sido la condición necesaria para el desarrollo de mecanismos de solidaridad social capaces de  mantener una disponibilidad permanente de fuerza de trabajo organizada con base a relaciones de cooperación simple. Así como la fluidez y la inestabilidad estructural de la fuerza de trabajo caracterizaban a las bandas de recolectores, cazadores pescadores, en la Formación Social Tribal Productora de alimentos, por el contrario, el desarrollo y el mantenimiento de la sedentarización comenzó a fundamentarse en la acumulación de fuerza de trabajo.

En el caso particular de la región de Paria,  el sedentarismo fue la necesaria precondición para que las comunidades humanas pudiesen  explotar sistemáticamente los recursos naturales existentes en el agregado de ecosistemas existentes en el golfo de Cariaco. En este caso, la estabilización de la población debe haber sido el resultado de las relación existente entre el tamaño de la fuerza de trabajo y  sus posibilidades objetivas de conservar un nivel suficiente de reproducción natural de los componentes bióticos  de los ecosistemas y nichos hasta que una forma controlada de reproducción como el cultivo de plantas, capaz de ofrecer resultados en cantidades y períodos  predecibles de acuerdo con la calidad y la cantidad del trabajo social invertido, subordinó todas las otras actividades económicas: la caza, la pesca, la recoleción de vegetales, etc. (Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 294-298).

La intensificación y consolidación del cultivo de plantas  se dio paralelamente a la intensificación  de los contactos entre grupos humanos con diferentes niveles de desarrollo sociohistórico. En el caso de Las Varas, golfo de Paria, Edo. Sucre, Venezuela,  donde los instrumentos agrícolas y las herramientas para el trabajo de la madera utilizada en la fabricación de embarcaciones tales como hachas, azadas, manos de moler cónicas, piedras de mortero  y  azuelas en piedra pulida o en concha marina están presentes desde hace 4600 años antes de presente,  los contactos de estas poblaciones  con otros grupos aborígenes recolectores que ya vivían en la costa oriental de Venezuela  y en la cuenca del lago de Valencia se remontan, por lo menos, a 2600 añosANP (600 años ANE).

Ello indica que las poblaciones recolectoras, pescadoras, agricultoras ya poseían para entonces itinerarios de viaje que les permitían movilizarse e interactuar con poblaciones lejanas, propiciando el intercambio a larga distancia de diversas materias primas estratégicas. Entre éstas destacaba la sal marina, que abundaba de manera natural en las salinas de Araya,  la concha del Strombus gigas y la Cassis sp, utilizada para fabricar hachas y azuelas para el trabajo de los sólidos fibrosos, adornos ceremoniales, cuentas de collar,  anzuelos, etc. De la misma manera se difundió posiblemente  el conocimiento de la tecnología para desbastar y pulir  la piedra, esencial  para manufacturar hachas, azadas y hachuelas de buena calidad y, en fin,  de los componentes sociales  que eran básicos para consolidar la  vida sedentaria, las actividades agrícolas y artesanales y el desarrollo consecuente de la conciencia social de las comunidades (Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 324-332).

La invención de la agricultura en la cuenca del Orinoco

Las investigaciones de Vargas-Arenas en el sitio La Gruta, Edo. Guárico, margen izquierda del Orinoco Medio, pusieron de manifiesto en la excavación  N°4,  la existencia  de una alfarería muy rústica, temperada con ceniza o carbón. La antigüedad del contexto arqueológico donde se recuperó la misma, esta datado por una fecha de C14 de 3320 +  100 años ANP o1370 +  100 años ANE (Vargas-Arenas, 1981: 409, Gráfico 7). La fecha mencionada representa también una referencia temporal para entender el proceso de sedentarización que habría comenzado a producirse en las poblaciones recolectoras cazadoras que habitaban las sabanas y selvas de galería del Medio y Bajo Orinoco, así como también la existencia de formas incipientes de cultivo, probablemente plantas vegetativas, endémicas en aquellas regiones.

Otras poblaciones de antiguos recolectores cazadores del Bajo y Medio Orinoco parecen haber comenzado a utilizar también, desde períodos muy tempranos, alfarería de calidades diversas. Tal es el caso de la muestra localizada en la Cueva de Las Patillas,  fechada en 2810+  160 años ANP, 810 años ANE,  en el abrigo rocoso G-8, Bajo Caroní, Edo. Bolivar (Sanoja y Vargas-Arenas, 2006: 60). En una fecha similar, 2605+ 85 años ANP, 655 años ANE, se hallaron igualmente fragmentos de alfarería atemperada con desgrasante orgánico o núcleos de arcilla en el sitio arqueológico Agüerito, serie Cedeñoide, Edo. Guárico (Zucchi y Tarble, 1984), lo cual parece indicarnos un proceso generalizado hacia la sedentarización entre los diversos grupos humanos que conformaban la sociedad de recolectores cazadores del  Medio y Bajo Orinoco (Sanoja y Vargas-Arenas, 1999a:130-131; 2007: 15SAJA).

La invención de la agricultura en el noroeste de Venezuela

Así como podemos definir con claridad histórica las áreas de invención de la domesticación y el cultivo de plantas en la mitad oriental de Venezuela, en el noroeste y el occidente de Venezuela en general podemos establecer que el cultivo y el procesamiento del maíz, ya lo practicaban los grupos originarios subandinos larenses por lo menos desde 2500 años ANP, en la región de Carora (Sanoja 2001: 2-19). Estos grupos humanos, tenían una estrecha vinculación cultural con las poblaciones originarias andinas del noroeste de Colombia y el norte del Ecuador, donde hacia 4200 años ANE (6200 años ANP) los grupos orginarios ya practicaban una agricultura mixta de maíz, papas y frijoles (Rodríguez 2005:22), acompañada en ciertas regiones por el cultivo de la yuca.

La presencia de alfarería asociada con el cultivo de plantas o el cultivo de plantas sin alfarería, ya no es una ocurrencia aislada en el norte de Suramérica y en Venezuela en particular; por el contrario, cada vez más nuevos datos lo confirman. Corroborando lo anterior, hallamos que para 2650 años ANP, 650 años ANE, la evidencia arqueológica hallada en el sitio Caño Grande, región de selva tropical llluviosa del suroeste del lago de Maracaibo, Edo. Zulia, nos indica la presencia de una alfarería tosca con desgrasante vegetal (ceniza y tallos de plantas), de color grís, con decoración modelada aplicada, sin indicios directos o indirectos de cultivo o procesamiento de plantas (Sanoja y Vargas-Arenas, 1992: 68, 1999a: 99; 2007c: 15), de la misma manera, como ya ha sido reseñado para el sitio Las Varas, la presencia para 4600 ANP de instrumentos agrícolas manufacturados en piedra pulida, con ausencia de alfarería, o presencia de alfarería rústica en el conchero Guayana, 3500+90 ANP, 1550+ 90 ANE, golfo de Paria, sin estar asociada con evidencias de cultivo Con base a estas referencias podríamos concluir que, al menos en Venezuela, la fase final de la Formación de Cazadores Recolectores o Apropiadora no fue una mutación mecánica hacia la Formación Tribal Productora: algunos modos de vida –como ya hemos señalado—dieron un paso adelante hacia  una nueva forma de sociedad.

La historia precolonial, narrada desde el testimonio arqueologico, muestra  en la vida de nuestras sociedades originarias las existencia de procesos de colonización territorial que constribuyeron no solo al mestizaje étnico, sino también a la fusión de conceptos  e ideas sobre la tecnología agraria y artesanal así como también de la estética, lo cual se tradujo en la conformación de sistemas agrarios mixtos y la creación de las regiones geohistóricas que caracterizaban la sociedad originaria precolonial venezolana (Sanoja y Vargas-Arenas 1999ª: 15-16).

En el el período que va desde 1730 hasta 650 años ANE, la región media del rio Orinoco fue el asiento de una diversidad de poblaciones que se ubicaron en los llanos al suroeste del actual Estado Guárico. Esta porción de los Llanos Centrales se encuentra cruzada por la extensa red fluvial que conforman los ríos Chirgua, Portuguesa y Apure, conformando un espacio geográfico con grandes potencialidades para el desarrollo de la vida social: sabanas, suelos aluviales muy ricos, selvas de galería, playas, raudales y recursos naturales muy abundantes y variados (Vargas Arenas,  1981).  Dicha red fluvial permite la comunicación entre la cuenca del Orinoco y el piedemonte oriental de los Andes venezolanos, donde ya vivían grupos agroalfareros cultivadores de maíz desde por lo menos el último milenio ANE (Sanoja, 2001), propiciando los contactos e intercambios entre aquellas poblaciones agroalfareras subandinas y las orinoquenses (Sanoja y Vargas-Arenas, 2007c: 93-95), dando nacimiento a nuevas tradiciones culturales regionales.

El contacto entre aquellas poblaciones aborígenes orinoquenses con las del noreste de Venezuela aumentó en intensidad hacia finales del último milenio ANE y comienzos de la era cristiana, cuando poblaciones agroalfareras que ya vivían en el  Medio y Bajo Orinoco desde 1000 años antes de Cristo se movieron hacia la región de Paria desplazando y/o absorbiendo a las poblaciones indígenas que ya vivian alli desde mediados del Holoceno (Sanoja, 1979; Vargas-Arenas, 1981, 1990; Sanoja y Vargas-Arenas, 1983, 1995, 1999 a: 159-16; 1999-b: 164; 2007c:94-95).

Los pueblos andino-orinoquenses que llegaron a Paria ya conocían y practicaban tanto el cultivo del maíz como el de la yuca amarga y su transformación en casabe desde el año 1000 antes de la era cristiana (Vargas-Arenas, 1979; Sanoja, 1997:173-184; Sanoja y Vargas-Arenas, 1983: 235-24, 1995: 349-357). Al llegar a Paria, los orinoquenses -que ya poseían la  técnica de la navegación y la pesca fluvial en el Orinoco y el Apure- asimilaron rápidamente los conocimientos que habían desarrollado desde hacia 5000 años ANP las poblaciones originarias de Paria y Margarita sobre la navegación costanera y de alta mar, la tecnología de la pesca marina y palustre, los conocimientos agrícolas y la tecnología para fabricar  instrumentos líticos pulidos tales como azadas, hachas y manos de moler. De esta manera, los pueblos de la nueva formación social se tribalizaron y generaron rápidamente, de manera simbiótica,  un nuevo modo de vida tribal mixto con un modo de trabajo basado en la recolección y la pesca marina y palustre, la caza terrestre y el cultivo y procesamiento del maíz, de la yuca amarga para transformarla en casabe y el cultivo de otros tuberculos autoctonos como el ñame, la batata, el lairén y la pericaguara (Canna edulis).

Aprovechando  el conocimiento de la navegación de alta mar y de los itinerarios marinos creados por las antiguas poblaciones de recolectores marinos y cultivadores parianos, lor portadores de este nuevo y vigoroso modo de vida, conocido culturalmente como Tradición Saladoide,  pudieron colonizar rápidamente las Pequeñas y Grandes Antillas. Es a partir de este momento cuando comienza a consolidarse la macroregión geohistórica antillana, la cual  abarcaba, alrededor de 400 años después de Cristo, el oriente de Venezuela, las Pequeñas Antillas y las Grandes Antillas hasta la isla de Cuba (Vargas-Arenas, 1990:182-215).

El sistema agrario de la semicultura: domesticación y cultivo del maíz

Cuando se habla generalmente sobre la domesticación y el cultivo del maíz (Zea mayz), se sostiene que las razas andinas de dicha planta habrían migrado desde Perú y Bolivia hasta México y América Central o viceversa, olvidando al exponer dicho esquema difusionista que –de ser correcto- las diversas razas de maíz habrían debido atravesar más de 40° de latitud existentes entre ambas regiones, formando sucesivamente nuevas razas de híbridos. A este respecto, las evidencias paleobotánicas sugieren que hacia 4000 años ANE existían una o dos razas de maíz en México y tres –muy diferenciadas- en la región andina, indicando la existencia de procesos evolutivos independientes en ambas regiones. Sin embargo, en el área colombiana no se hallan razas o residuos de razas de maíz vinculadas con la región peruana o boliviana, excepto quizás la raza Pollo que podría tener afinidades morfológicas con el Chapalote o Nal-Tel de Mesoamérica o el Confite Morocho de Perú (Roberts at alíi, 1957; Mangelsdorf y Sanoja, 1965), representando la idea de un sustrato de maíz arcaico que habría existido desde México hasta los Andes Centrales (Bonavía y Grobman, 1989: 466;  Sanoja, 1997: 83; Sanoja y Vargas-Arenas 2007c:95-97).

La evidencia indica que razas de maíz con rasgos arcaicos como el Pollo, siguieron siendo cultivadas en algunas regiones sin ser prácticamente modificadas en su morfología genética o física hasta 1964, cuando hicimos la recolección de mazorcas en conucos campesinos de  la región del Mucuchíes profundo, Edo. Mérida  (Mangelsdorf  y Sanoja 1965), quizás por la ausencia de otras razas más avanzadas con las cuales realizar los cruces o por la existencia de otras plantas alimenticias como la yuca, que complementaban la baja productividad de la raza arcaica de maíz Pollo.

En el occidente de Venezuela parecen haberse producido también otros procesos locales de domesticación secundaria de plantas endémicas como el maíz. Ello estuvo relacionado, al parecer, con la presencia de poblaciones  humanas tribales agroalfareras complejas surgidas de contextos formativos del noroeste de Suramérica, las cuales parecen haberse asentado en el valle de Carora y otros valles subandinos del estado Lara  entre 1000 a.C. y 500 a.C. (Sanoja, 2001; Sanoja y Vargas, 2007d) y en el piedemonte oriental andino.

Las investigaciones de Zucchi en el sitio La Betania, Edo. Barinas, han mostrado de manera consistente la presencia de comunidades aborígenes tribales en los Llanos Altos Occidentales, quienes habrían comenzado hacia 230 años ANE el cultivo de la raza de maíz Pollo, cuyas mazorcas procesaban utilizando piedras y manos de moler. La presencia de budares de barro son indicadoras también del cultivo de la yuca amarga (Manihot esculenta Crantz), evidenciando la coexistencia de la vegecultura con la semicultura, la pesca fluvial y la caza terrestre (Zucchi, 1967, 1968, 1972 a y b, 1973, 1976).

La presencia  efectiva de manos y piedras para moler el maíz se encuentra atestiguada desde 300 antes de años ANE (2300 años ANP) en el sitio Camay, valle de Carora, Edo. Lara, donde se  utilizaban también como parafernalia mortuoria. En varios casos el cráneo de los difuntos, generalmente mujeres, descansaba sobre el metate, en tanto que las manos de moler se colocaban sobre la región ventral del cadáver (Basilio, 1959: 184; Sanoja, 2001: 14), evidenciando la estrecha relación existente entre el género y el modo de mantenimiento doméstico, la cosecha y el procesamiento del maíz así como la importancia que todo ello tenía para la definición de la importancia del estatus social de las mujeres dentro de la comunidad.

Las evidencias arqueobotánicas  tienden a demostrar la existencia generalizada en el occidente de Venezuela del maíz reventón arcaico como el Pollo,  emparentado con otros maíces arcaicos  como el Nal Tel de Mesoamérica y  el Confite Morocho  de los Andes Centrales, en ciertos nichos localizados en el piedemonte oriental y  septentrional de los Andes venezolanos. Las fechas C14 indican que en el valle de Quíbor el maíz  ya era cultivado por lo menos entre 1105  y 1790 de la era cristiana (Mangeldorf y Sanoja, 1965; Sanoja y Vargas-Arenas, 1992a: 128, 1999a:50, 1997: 104). Mazorcas de maíz Pollo fueron también recolectadas en diversos otros sitios arqueológicos localizados tanto en los valles templados de la Sierra de Mérida fechados en el siglo X de la era cristiana  (Wagner, 1967) y en los llanos altos occidentales hacia 230 años ANE (Zucchi, 1967).

El maíz Pollo, por otra parte,  tiene  en Colombia una presencia limitada a las vertientes orientales de la Cordillera Oriental en los Departamentos de Boyacá y Cundinamarca,  formando una especie de área de distribución que abarcaría la vertiente oriental de los Andes venezolanos, incluyendo  los valles subandinos  de Lara y Trujillo, asi como los valles alto andinos de la Sierra de Mérida.

En la región de Popayán, Colombia,  también  se reporta la existencia de un maíz  que era llamado por los indígenas con el nombre de morocho, de mazorca pequeña que se recogía dos meses depués de haberlo sembrado.  En el valle de Carache, estado Trujillo, el maíz Pollo estaba acompañado de otras variedades como el Clavo y el Huevito. El primero es un maíz adaptado a las alturas intermedias entre 1000 y 1200 m.snm., cuyo origen  parece hallarse también en las razas arcaicas de maíz reventón. El suroeste de Venezuela parece pues haber sido un área  importante para el  cultivo del maíz Pollo, donde constituía  un elemento importante de la dieta cotidiana de las poblaciones (Sanoja, 1997: 104; Wagner, 1967; Roberts et alíi, 1957: 45-50). Tanto en las aldeas indígenas de los valles subandinos, así como en las de las riberas de Orinoco, la yuca y el maíz eran cultivados simultáneamente, reforzando así la ingesta alimenticia.

El maíz Pollo fue muy popular en la subsistencia de los pueblos originarios del occidente de Venezuela, un tipo de maíz blando utilizado para elaborar la chicha o panes como las cachapas o las arepas. A este respecto podemos decir que durante el siglo 11 de la era cristiana, en algunos contextos arqueológicos del valle de Quíbor, estado Lara,  las mazorcas de maíz Pollo estaban asociadas con budares de forma oval que conservaban  todavía, adheridos a su superficie,  vestigios de la masa de maíz (Sanoja y Vargas Arenas, 1999 a: 41). 

En las regiones altoandinas y los valles subandinos, aparte del maíz, los pueblos originarios cultivaban  la papa (Solanum tuberosa), el apio (Arracacha  arracacha),  la auyama, los  frijoles, ajíes, y diversos frutales como la lechosa (Papaya carica) (Sanoja y Vargas Arenas, 1999 a: 43). En diversas zonas de los actuales estados Lara y Falcón, plantas autòctonas como el maguey  (Agave cocuy), fueron utilizadas por los pueblos originarios no solo como un alimento complementario, sino también para confeccionar bebidas alcohólicas (Gonzáles Batista, 2002).

El cultivo del maíz  Pollo y de los frijoles (Canavalia sp.)  ya existía en el Orinoco Medio desde el año 400 antes de Cristo (Sanoja y Vargas,:1992a: 128; Sanoja, 1979:264-266; 1997: 181-182; Roosevelt, 1980:; 239), según el hallazgo de  granos, mazorcas de maíz  calcinado y piedras de moler en los sitios de Corozal y Ronquín, estado Guárico. El maíz Pollo podría corresponder con el llamado maíz de dos meses (Febres Cordero, 1946), señalado por los cronistas, que se utilizaba preferentemente entre los Otomacos para fabricar  arepas mezclando la masa de maíz con manteca de caimán y poya (polvo de arcilla cocida), así como bebidas fermentadas como la chicha,  la cual cumplía una función a  la vez nutritiva y social, parte importante de las fiestas y celebraciones colectivas. Entre los Otomacos, Guamos, Paos y Yaruros el maíz de dos meses denominado onóna, era cultivado por las mujeres en los suelos aluviales que quedaban expuestos alrededor de los lagos o a lo largo de los ríos, luego de las crecidas anuales. Dos meses después de haberlo plantado ya obtenían mazorcas maduras, de manera que podían alcanzar hasta seís cosechas al año (Gumilla, 1993: 152-154; Acosta Saignes, 1954: 63; Roth, 1917: 218- 233).  Los Cumanagotos cultivaban también un maíz blando, de mazorca pequeña,  que se cosechaba en cuarenta días, denominado amapo (Civrieux, 1980: 156).   

La cosecha del maíz cultivado requería poder contar con técnicas de conservación y almacenamiento de las mazorcas para el consumo diferido. Uno de los procedimientos más comunes era el ahumado de las mazorcas, mediante el cual se  lograba reducir la humedad  natural de los granos y hacerlos más resistentes a los hongos y las plagas. Otra técnica  existente entre los Otomacos era la de enterrar durante días las mazorcas de maíz, u otros frutos, en cavidades que practicaban a la orilla de los ríos. Ello contribuía -al parecer- a darles también un cierto punto de maduración antes de su consumo o utilización (Gumilla, 1993: 153).

El sistema agrario de la vegecultura: domesticación de la yuca amarga

La  domesticación de la yuca amarga y la invención del casabe fueron dos eventos muy  importantes en la historia de la ciencia y la tecnología aborigen. En el noreste de Venezuela, sitio Las Varas, localizado sobre la laguna de Canpoma, Edo. Sucre, la presencia de numerosas azadas,  hachas petaloides de piedra, manos conicas y vasijas de piedra hacia 4600 años ANP (2600 años ANE) indica que la domesticación y cultivo de plantas comestibles ya se había iniciado entre las poblaciones de cultivadores, cazadores recolectores de la laguna de Campoma (Sanoja y Vargas Arenas, 1995: 294-298).

Según Sauer (1952, 1965), el proceso de domesticación de la Manihot esculenta o yuca podría encontrarse en la cuenca del río Orinoco, planta que podría haber sido originalmente endémica  de la periferia de las selvas semidecíduas en ambientes riparios o costeros (Harris, 1972, 1969: 10-12), como sería el caso del los suelos arcillosos que rodean el sitio Las Varas y el sitio El Bajo, en los cuales hoy día se cultivan diversas variedades de Manihot.

El cultivo de la Manihot esculenta  y la manufactura del pan de casabe ya era practicada al sureste de Paria  por los pueblos originarios que habitaban la costa del actual distrito Noroeste de Guyana, margen derecha de la desembocadura del rio Orinoco. En el sitio arqueológico Hossororo Creek, en Guyana, la presencia de fragmentos de budares permite inferir que aquellas poblaciones originarias ya habían domesticado la yuca y fabricaban pan de casabe hacia 3550 +  65 años ANP, 1600 años ANE (Williams, 1997: 244; Sanoja,  1997: 162-1; Sanoja y Vargas-Arenas 2007c: 97-99).

Los pobladores de la aldea aborigen de Barrancas, Edo. Monagas, ubicada sobre  la margen izquierda del rio Orinoco habian domesticado la yuca amarga  y fabricaban el casabe hacia  3000 años ANP, o sea 1000 años ANE (Cruxent y Rouse 1961-I: 255; Rouse y Cruxent 1963: 84; Sanoja 1979:309-324,1997: 175-178). En el sur del lago de Maracaibo, por otra parte, la presencia de fragmentos de budares para cocer las tortas de casabe, asì como de manos de moler, parece indicar la existencia de una forma temprana de cultivo mixto de maíz y de yuca para 2650 años ANP, esto es 650 años A.C., la cual se mantuvo hasta bien entrado el siglo XVIII, continuando hasta el presente ANE (Sanoja y Vargas Arenas, 1992: 67-68; Sanoja, 1997: 184; Vargas-Arenas, 1976Onia).

La invención del pan de casabe

La  invención del pan casabe fue un importante evento  en la historia de la tecnología alimenticia aborigen y el fundamento de un proceso civilizatorio,  que introdujo modificaciónes radicales en los modos de vida de las comunidades originarias de la América Tropical. Las raíces de yuca en sus dos variedades, la amarga o la dulce, pueden conservarse naturalmente bajo tierra hasta el momento cuando se las necesita, pero  el casabe, que es un alimento cultural fabricado por las mujeres tribales, conformaba una reserva móvil alimentos que podía ser almacenada en las viviendas, transportada e intercambiada como un valor de uso en los procesos de trueque o comercio entre las comunidades aborígenes cuando era necesario (Sanoja, 1997: 127-137).

El proceso de manufactura del pan de casabe, esto es, la transformación de las raíces de yuca en un alimento producido por el trabajo humano, parecer haber sido una innovación tecnológica desarrollada por las mujeres, ya que fueron ellas quienes ejecutan todo el proceso, comenzando con la cosecha de raíces. Las raíces de la variedad venenosa o amarga de la yuca son las más utilizadas para fabricar harina (mañoco)  y casabe, debido a su alta concentración de almidón. Las raíces de la variedad “dulce”, si bien se pueden transformar también en harina,  producen un casabe duro y fibroso,  menos comestible. Por esta razón, era necesario mantener separadas las plantas de ambas variedades, ya que no tienen rasgos morfológicos que las identifiquen. Según la experiencia de campesinas venezolanas modernas que cultivan la yuca en conucos alrededor de la laguna de Canpoma, Edo. Sucre, Venezuela, “el palo” o tallo de la yuca amarga, que es de género masculino, se reconoce en que tiene “ojos”, es decir, que las bases del los pecíolos están muy juntas y éstos son más gruesos que los de la variedad dulce, que es de género femenino, la cual  tiene los “ojos” más separados. Pueden también diferenciarse  por el color del pecíolo de la hoja, pero todas estas diferencias solo tienen validez cuando se compara un conuco y otro de la misma región (Sanoja y Vargas Arenas, 1995: 353). El carácter “venenoso” o  “dulce” de las raíces parece estar vinculado más bién a factores locales, posiblemente a las condiciones del suelo (Sanoja, 1997:109-115).

Las plantas de yuca  presentan una gran capacidad de introgresión por lo cual, una vez cultivadas, es preciso separarlas de  otras variedades  silvestres las cuales tienen generalmente raíces muy delgadas y poco productivas. La única forma de diferenciar y separar en un conuco las dos variedades de yuca mencionadas y evitar la introgresión con otras especies menos productivas, es evitando la floración. Esta solución fue descubierta por las biotecnólogas indígenas  originarias al inventar la reproducción por esquejes o tallos, proceso que llevó,  prácticamente, a la clonación de las plantas: el esqueje de una yuca amarga  o de una dulce sólo reproduciría la misma línea de variedad, separando la planta del resto de la biota y obligándola a depender de los cuidados humanos para  su reproducción.  De la misma manera, al impedirse la floración, la planta acumula más almidón en sus raíces, haciéndose así más productiva como alimento.  Este proceso de ingeniería genética es lo que se conoce propiamente como domesticación.

Para manufacturar el pan de casabe fue necesario, en primer término, que las mujeres, que siempre fueron yerbateras y herbolarias conocedoras de las virtudes de los vegetales, descubriesen el principio de los químicos naturales de la planta  -el ácido prúsico- que determina la toxicidad de la yuca amarga y –en segundo término- el diseño de los medios físicos para eliminarla. La cadena de gestos técnicos enumerada requería una serie de dispositivos mecánicos para llevar a término el procesamiento de las raíces de yuca: el uso de un instrumento cortante para pelar dichas raíces, y un rallo. Este instrumento ha sido documentado arqueológica y etnográficamente como una tabla de madera sobre cuya superficie se adhieren -mediante el uso de una resina vegetal- microlascas cortantes de jaspe, chert u otro tipo de roca cristalina, que desgarran la pulpa de la raíz al frotarla contra él. El paso siguiente es exprimir la pulpa en un sebucán o tipiti para extraer el yare  o jugo venenoso utilizando una compleja cesta cilíndrica flexible—tejida según el principio del resorte—para extraer el ácido prúsico de la pulpa. De seguido se coloca la pulpa exprimida en una cesta circular o wa’pa para secarla al sol. Finalmente, la masa se transforma en granos que son  cernidos utilizando otra cesta circular que sirve de cedazo, el manare,  para obtener una harina de grano fino. Por último, la harina es cocida en un plato circular  de arcilla, el  budare o buren, que es colocado sobre fuego apoyándolo en topias del mismo material, para que el calor transforme el almidón en un pan en forma de torta circular, de unos 3 mm de espesor y de un diámetro que puede alcanzar hasta 70 cm. 

Todos estos procesos innovadores necesitaron la invención previa  de otro complejo de técnicas físico químicas y mecánicas como la alfarería y la cestería, y haber observado y ensayado -quién sabe cuantas veces- con distintas especies de plantas para diseñar, finalmente, un alimento creado artificialmente  para mejorar la calidad de vida de la sociedad. Podríamos hablar con propiedad, de una  acumulación de conocimientos científicos—entendiendo por ciencia el conocimiento exacto y razonado de las cosas—aplicado a la producción de valores de uso, como es en este caso el casabe,  así como de valores de  uso y /o de cambio  como la alfarería.

Al igual que en el caso del maíz, donde el agua donde se han hervido los granos se fermenta para convertirla en un licor, la chicha, el jugo exprimido de la yuca amarga también se fermentaba  para producir bebidas alcohólicas como el chachirí,   utilizado para el consumo en eventos rituales y sociales.

Es muy probable, como ya se explicó, que esta primera fase de la domesticación de la yuca se hubiese producido en el noreste de Venezuela alrededor de 4600 años ANP (Sanoja, 1989: 526-531). Esa fecha significaría también el inicio de la disolución de la Formación Apropiadora y el preludio de la Formación Tribal Productora de Alimentos. Aunque los cambios  de magnitud se producen con mayor rapidez sólo cuando se dan los cambios  correlativos en la calidad, en este caso las relaciones sociales de producción, podemos decir que se produjo una transformación histórica de la sociedad. Ello ocurrió en Venezuela hacia 3000-2800 años ANP, cuando la gente de la Fase Barrancas  inventó o adoptó el proceso de transformar el alimento natural representado por las raíces de la yuca, en un alimento diseñado y construido por humanos (Sanoja, 1979: 320.).

CAPÍTULO 5
La Formación Económico-Social Productora o Tribal

El sedentarismo fue la condición necesaria para poder desarrollar mecanismos de solidaridad social, capaces de  mantener una disponibilidad permanente de fuerza de trabajo organizada con base a relaciones de cooperación simple. Así como la fluidez y la inestabilidad estructural de la fuerza de trabajo caracterizaban a las bandas de recolectores, cazadores pescadores, en la formación social productora, por el contrario, el desarrollo y el mantenimiento de la sedentarización comenzó a fundamentarse en la acumulación de fuerza de trabajo.

Como hipótesis explicativa hemos propuesto que la Formación Productora o Tribal se desarrolló como consecuencia de un proceso transformador que implicó el paso de sociedades con una economía apropiadora a una productora de alimentos.  Esta revolución se identifica por un cambio fundamental: la incorporación de los medios naturales de producción a los contenidos objetivos de  la propiedad colectiva. De esta manera, la expresión jurídica de las relaciones sociales de producción, las relaciones de propiedad, se definirán ahora por un nuevo contenido: aunque el régimen de propiedad continúa siendo colectivo en su forma, el contenido objetivo de lo que se posee y se es propietario experimenta un cambio fundamental, toda vez que los miembros de la sociedad—como colectivo—pasan ahora a ser propietarios de los medios naturales de producción, del objeto de trabajo, puesto que en éste existe trabajo objetivado, trabajo pasado invertido en la creación de un paisaje social. El trabajo objetivado resume los medios de control ejercidos por la comunidad sobre los procesos de reproducción de las especies vegetales y animales que sustentan la reproducción  biológica y social (Vargas Arenas, 1990: 93-113, Sanoja, 1993: 27-44).

La revolución que significó la producción de alimentos  conlleva—en lo que a división técnica del trabajo se refiere—el desarrollo de nuevos instrumentos y medios de producción, así como a procesos de producción de alimentos y de valores de uso, de diversificación e intensificación de las prácticas sociales pues, al tener ahora plusproducción de alimentos, algunos individuos podrán dedicarse a desarrollar procesos de trabajo que no estén ligados directamente a la producción de bienes primarios.

La  tendencia creciente hacia la sedentarización  convierte la presencia de la aldea en la base física central  del espacio territorial de las unidades sociales. La fijación en el espacio induce al surgimiento de procesos de  explotación especializada de los diversos biotopos o nichos ecológicos  del espacio territorial, así como al control de los medios de producción natural. Ello posibilita igualmente  producir  cierta reserva de alimentos así como también  establecer relaciones de complementaridad económica vía el intercambio de valores de uso con otras comunidades, permitiendo  espaciar los ciclos de producción-consumo.

Los contenidos de la reciprocidad  y de la cooperación para el trabajo se transforman, ya que al no existir precariedad económica aquéllos sirven ahora para asegurar la propiedad de los medios naturales de producción, el mantenimiento en las unidades productivas y la reproducción—más o menos controlada—de la fuerza de trabajo dentro de ellas.

La fase de consolidación de la sociedad tribal se caracteriza por cambios sustanciales en los sistemas de distribución, cambio y consumo, observándose que comienza a restringirse el acceso colectivo e igualitario a lo producido, mientras que—paradójicamente—se hace más necesaria la complementariedad económica entre aldeas. Se objetivan ritmos diferenciales de desarrollo de las fuerzas productivas entre diferentes aldeas; surgen grupos de especialistas organizados que son productores  secundarios, así como de individuos del sector terciario que gestionan de cierta manera  la circulación de valores de uso—bienes terminados o materias primas—entre las diversas comunidades tribales.

Las redes de circulación, pero sobre todo las variaciones de desarrollo entre aldeas,  permiten también, de cierta manera, el establecimiento y la consolidación  de relaciones  políticas entre los miembros de una misma comunidad, donde un linaje o segmento social adquiere control sobre la fuerza de trabajo y sobre su producción vía el tributo o el don. El don,  la donación de bienes materiales o servicios  producidos mediante el trabajo social invertido por la comunidad, juega un papel central en la consolidación de las relaciones de poder  entre los  linajes dominantes de la sociedad tribal jerárquica.  En este sentido, el concepto de acumulación referido a las sociedades antiguas solo podría ser entendido tomando en consideración  que lo que se acumula es el trabajo mismo. Parafraseando a Marx podríamos decir entonces: El Trabajo en cuanto medida del valor es la forma necesaria de manifestarse la medida del valor inmanente en las mercancías (producto del trabajo social): el tiempo de trabajo (Marx, 1982: 80-89).

En general, el desarrollo de las diferencias de rango que conducen a la consolidación de  estructuras y relaciones sociales asimétricas se apóyan en el control que ejerce un determinado segmento social sobre los puntos nodales de las redes de distribución de valores de uso. Los segmentos o grupos dominantes de las sociedades desiguales no pueden subsistir o mantenerse en el tiempo como unidades aisladas; por una parte, requieren de la apropiación, como don o  tributo, del trabajo objetivado, del  servicio de los segmentos sociales  sometidos a su  dominio, a cambio  --a su vez—de servicios y valores de uso. Por la otra,  necesitan la existencia de redes regionales de circulación de valores de uso (puesto que la complementariedad económica es un rasgo estructural de esta sociedad) que los consolida vis a vis de sus pares en otras comunidades similares  de la región y, al mismo tiempo, los separa internamente de sus individuos controlados.Por ello, en esta sociedad, cuando los mecanismos de diferenciación social adquieren importancia histórica, la contradicción igualdad-desigualdad económica es finalmente resuelta a favor de esta última, condición que supone la disolución definitiva de la Formación Tribal.

La sociedad tribal venezolana podría considerarse, de acuerdo a las premisas anteriormente expuestas, en dos grandes fases de desarrollo histórico:

a) La fase  que denominamos igualitaria,  caracterizada por decisiones colectivas, el acceso igualitario  a lo producido (exceptuando las diferencias internas entre sexos) y la existencia de formas colectivas de consumo.
b) La fase que denominamos estratificada o jerárquica, donde se objetivan formas de poder político y la sociedad se diferencia en rangos o estamentos, institucionalizándose la desigualdad  entre linajes o segmentos sociales dominantes y el común de los individuos de la comunidad (Vargas Arenas, 1990).

En otras regiones de la América antigua, tales como los Andes Centrales y Mesoamérica, la fase jerárquica de la sociedad tribal evolucionó hacia formas estatales autóctonas y hacia sociedades  muy complejas (clasistas iniciales), donde una sola clase social era propietaria de los medios de producción (la sacerdotal o teocrática), mientras  que la otra se constituyó como una clase de productores directos (los campesinos (as) y artesanos (as). Esa sociedad conformó  estados autóctonos americanos, los cuales desaparecieron en el siglo XVI bajo los embates de la conquista castellana, siendo sustituidos por otra sociedad de clases y por un Estado colonial característico del capitalismo periférico que se gestó partir de aquella fecha.

En el caso venezolano,  la ausencia de suficientes elementos autodinámicos, de tensiones sociales internas y externas, debido a la baja densidad demográfica y a lo extenso del territorio, aunado a la ubicación periférica del territorio venezolano en relación a los centros de  desarrollo de las formaciones estatales autóctonas americanas, determinó la existencia de procesos de cambio sociohistórico muy lentos.

La fase igualitaria de la sociedad tribal en Venezuela se expresó en tres modos de vida: un Modo de vida Igualitario Vegecultor,  un Modo de Vida Igualitario Semicultor y unel Modo de Vida Igualitario Mixto. Cada uno de estos modos de vida ha sido definido por Vargas Arenas (1990: 108-113) con base a su modo de trabajo, a las configuraciones particulares del proceso productivo general. La fase jerárquica, por su parte, la ha considerado como expresada en un solo modo de vida: el Jerárquico Cacical.

El Modo de Vida Igualitario Vegecultor 

Un modo de vida igualitario vegecultor se desarrolló de manera característica entre las poblaciones aborígenes que vivían en las tierras bajas del noreste de Venezuela. Sus orígenes están íntimamente vinculados con las poblaciones recolectoras-cazadoras del noreste de Venezuela y el noroeste de Guayana, particularmente con las del Modo de Vida III definido por Sanoja y Vargas-Arenas (1995: 251-332) para la region de Paria. Noreste de Venezuela. Como expusimos anteriormente, desde 4600  años antes del presente ya  se observan en el sitio de Las Varas, región de Paria, evidencias de la utilización de instrumentos agrícolas.

Es posible que aquellas antiguas comunidades hubiesen comenzado a cultivar cultígenos endémicos como la yuca (Manihot esculenta Crantz), el ocumo (Xanthosoma saggitifolium), el lerén (Calathea allouia), y la pericaguara (Canna edulis), cuya producción controlada vino a reforzar  el potencial  y la variedad de recursos naturales de fauna de los cuales ya disponían. Las evidencias ciertas de la domesticación de la yuca amarga, de las técnicas  para fabricar casabe y para manufacturar la alfarería, se encuentran en el sitio de Hossororo Creek, Fase Alaka, Distrito Noroeste de Guyana, hacia 3800 años antes del presente. Ellas consisten en fragmentos de budares  de barro cocido  utilizados para cocer las tortas de casabe,  hecho que representa una importante innovación, tanto en el campo de la genética de plantas como de la tecnología de alimentos aborígenes (Sanoja, 1997: 109-115, 162; Wlliams, 1992: 233-251).

Es muy probable que esta primera fase de la domesticación de la yuca se hubiese producido en el noreste de Venezuela alrededor de 4600 años antes del presente (Sanoja, 1989: 526-531). Ello significaría también el inicio de la disolución de la Formación Apropiadora y el preludio de la Formación Tribal o Productora de Alimentos. Aunque los cambios  de magnitud se producen con mayor rapidez, sólo cuando se dan los cambios  correlativos en la calidad, en este caso las relaciones sociales de producción, podemos decir que se ha producido una transformación histórica de la sociedad. Ello ocurrió en Venezuela hacia 3000-2800 años ANP, cuando la gente de la Fase Barrancas  conoció el proceso de transformar el bien natural representado por las raíces de la yuca, en un alimento diseñado y construido por humanos (Sanoja, 1979: 320).

El modo de vida igualitario vegecultor es el que presenta el más bajo nivel de desarrollo histórico de las fuerzas productivas dentro de la FES Tribal. La asociación de los cultivos vegetativos con la técnica del conuco y  la agricultura migratoria, frenó las  posibilidades de crear una suerte de capital agrario significativo, de  elevar el nivel de la producción por encima del nivel de subsistencia. Las aldeas relacionadas con un modo de vida tribal igualitario, similar al descrito y analizado, consistían generalmente de una o varias casa comunales, habitadas cada una por familias extensas. Cada unidad familiar, cada aldea era autosuficiente. En consecuencia, los intercambios de valores de uso eran limitados,  así como muy pocas las posibilidades de llegar a crear unidades sociales  organizadas territorialmente.

Debido al carácter segmentario de la sociedad, lo cual lleva a la necesidad de disponer de un amplio espacio en torno a la aldea para practicar la agricultura itinerante, los contactos entre las comunidades eran esporádicos y laxos, inhibiendo la formación de liderazgos  tribales sólidos.  Aunque las aldeas de vegecultores eran capaces de generar plusproductos, éstos no eran lo suficientemente importantes como para gestar otras formas de división del trabajo diferentes a la división doméstica del trabajo por edad y sexo. En suma, debido al bajo rendimiento del modo de trabajo, el crecimiento de la población poseía un punto crítico: cuando ponía en peligro la capacidad de autosustentación, la comunidad se dividía creándose una nueva aldea que reproducía las mismas características de la comunidad madre (Vargas Arenas, 1990: 108; Sanoja y Vargas Arenas, 1992: 223).

A pesar del carácter autárquico de las aldeas, se observa la presencia de  cierto tipo de intercambios de valores (consustancial con la complementariedad económica), utilizando una especie de moneda conformada por cuentas de hueso, de concha o de azabache (lignito) denominadas “quiripa” o “quitero”,  pectorales de jadeíta o adornos de oro.  Dicho intercambio parece haber estado vinculado al desarrollo de algún tipo de relaciones de poder, ya que la acumulación de una gran cantidad de sartas de quiripa o quiteros  confería  prestigio social a su poseedor (Acosta Saignes, 1954:83,245; Vargas Arenas et al, 1993: 42-45; Gasson, 2000:581-610).

El origen de las poblaciones con un modo de vida igualitario vegecultor, como hemos visto, se remonta a la fase de disolución de la Formación Apropiadora 4600-3200 años antes de ahora. Las primeras poblaciones de agricultores-recolectores-cazadores fabricantes de alfarería de aparente filiación arawaka,  conocidos arqueológicamente como Tradición Barrancas y Tradición Ronquín, aparecieron en el Bajo Orinoco hacia 3000 años antes del presente y, para comienzos de la era cristiana, ya habían llegado a ocupar toda la cuenca del río,  así como la cuenca del lago de Valencia, el noreste de Venezuela y las islas de  Margarita y Trinidad, regiones estas últimas donde se fusionaron con los antiguos pueblos  agricultores-recolectores-pescadores (Vargas Arenas, 1990: 182; Sanoja y Vargas Arenas, 1992ª: 77-80, 1995: 359-382).

En 1700 años antes de ahora, año 300 de la era, incursionaron en el Orinoco nuevas poblaciones, de posible filiación caribe, conocidas arqueológicamente como Tradición Arauquín.  Para el siglo 12 de la era cristiana ya habían sometido a su control a todas las poblaciones del Medio y Bajo Orinoco,  las de la costa oriental y las de la costa central de Venezuela, incluyendo las de las islas caribeñas venezolanas (Vargas Arenas, 1990: 182,-183; Sanoja y Vargas Arenas, 1992b: 116-117).

El Modo de Vida Igualitario Mixto 

Este modo de vida caracterizó a aquellas poblaciones cuyo modo de trabajo integraba formas de producción de alimentos basadas en el cultivo  simultáneo de la yuca y el maíz, aunado a la práctica de la caza, la pesca y la recolección marina, riparia o terrestre.   El rendimiento  combinado de las mismas les confería al parecer mayor capacidad para generar un cierto nivel de plusproductos alimenticios. La vegecultura, junto con la caza, la pesca y la recolección, sustentaban la reproducción  de la vida cotidiana. El cultivo, el almacenamiento y el procesamiento del maíz,  connotan la existencia de relaciones técnicas de trabajo  y calendarios agrícolas diferentes a los que poseía la vegecultura, así como la creación de un capital agrario (Vargas Arenas, 1990: 110).

Un modo de vida igualitario, cuyo modo de trabajo se sustentaba básicamente en la combinación vegecultura y semicultura, podría convertirse—por ejemplo—en el antecedente histórico  de uno jerárquico ya que los diversos modos de vida de una misma formación pueden presentarse coetánea o sincrónicamente,  sucederse o coincidir con las fases de desarrollo del modo de producción correspondiente y constituir, por tanto, secuencias históricas.

El modo de vida igualitario mixto se asocia generalmente en Venezuela con la construcción de obras de terracería agrícola, particularmente campos de camellones o montículos de cultivo. En el primer caso,  los camellones forman sistemas reticulares, usualmente conectados con un curso de agua, donde se represa el agua derivada de aquél, bien mediante drenajes o por las crecidas estacionales. De esta manera, se creaba artificialmente un nicho de carácter palustre donde convivían los peces, las aves,  las plantas, los moluscos terrestres, los pequeños mamíferos y roedores que pululaban en la vecindad de las viviendas humana (Sanoja 1997:188-193; Sanoja y Vargas-Arenas 2007c: 101-105).

Aunque las plantas crecían en la superficie de los camellones, sus raíces estaban cerca del agua acumulada en los canales que separaban uno del otro. Ello permitía un mejor control de la reproducción de las plantas, así como la posibilidad de tener varias cosechas anuales,  aumentando así la capacidad de generar plusproductos de alimentos.  La inversión de trabajo en la creación y mantenimiento de un capital agrario fijo, incidía igualmente en el nivel de sedentarización de las comunidades, y la posibilidad de mantener --eventualmente—un sector de productores secundarios de bienes y/o servicios: artesanos (as),  shamanes o sacerdotes, guerreros, etc. Ello fue correlativo, en el caso venezolano con la construcción de complejas obras de terracería, no solamente para los campos de camellones, sino para la construcción de viviendas y estructuras ceremoniales monticuladas, calzadas, etc.

Las poblaciones vinculadas a este modo de vida se localizaron principalmente en los llanos del suroeste de Venezuela y en la cuenca del lago de Valencia entre 700 y 1500 de la era cristiana (Vargas Arenas, 1990: 110-112; Sanoja y Vargas Arenas, 1992b: 131-132; Sanoja, 1993: 32-33, 1997: 173-184; Spencer et al, 1994; Redmond y Spencer, 1994; Zucchi, 1974, 1976, 1979; Zucchi y Denevan, 1974).

El Modo de Vida Igualitario Semicultor

Este modo de vida poseía, en términos cualitativos, mayor potencialidad para gestar un cambio revolucionario en la sociedad, ya que con el predominio cualitativo y cuantitativo del cultivo del maíz sobre la yuca y otras plantas vegetativas se hizo necesaria una sedentarización total, aumentando la complejidad y efectividad de los instrumentos de producción. Ello se manifiesta por la presencia de obras de infraestructura agraria: sistemas de camellones, de montículos y terrazas agrícolas, acequias, silos para el almacenaje del plusproducto o excedente de alimentos, etc. Como correlato  o condición social de lo anterior, se profundiza la importancia del rango social, permitiendo el aparecimiento de un sector de la población que se encarga de planificar y hacer cumplir la producción, pero también de apropiarse de parte del sobre-trabajo de los productores primarios.

Las manifestaciones más tempranas de este modo de vida se encuentran entre los grupos autóctonos que ocupaban los valles  subandinos del noroeste de Venezuela, hacia   +2200 antes del presente o 200 años antes de la era cristiana. En los valles altos  de la serranía andina, las primeras aldeas igualitarias semicultoras aparecen, hasta el presente, entre  los siglos IX y X de la era cristiana, permaneciendo hasta bien entrado el siglo XVI (Wagner, 1967;  Vargas Arenas, 1969, 1990: 112; Sanoja, 1997).

El Modo de Vida  Jerárquico  Cacical (Fig.2)

El Modo de Vida Igualitario Semicultor puede corresponder  --y de hecho corresponde en Venezuela—con la fase de desarrollo estratificada de la FES. La dirección de la producción, que  fue indispensable para la consolidación de una economía productiva, requirió de una gestión cada vez más estructurada y centralizada. Era importante—para poder anticipar el éxito de las cosechas—tener un conocimiento y una certeza cabal de los ciclos de crecimiento de las plantas y de la sucesión de los equinoccios. Al mismo tiempo, al intensificarse el sedentarismo los grupos humanos debían profundizar las relaciones intercomunitarias e intertribales dentro del marco de una reciprocidad ampliada, a los fines de hacer posible el intercambio  de valores de uso y la complementación económica (Vargas Arenas, 1990: 113-120; Sanoja, 1993: 34-37; Vargas Arenas et al, 1993; Sanoja y Vargas Arenas, 1987: 201-212; Toledo y Molina, 1983: 187-200).

La aparición -hacia inicios de la era cristiana-  de formas centralizadas de poder para planificar y llevar a término las tareas productivas colectivas, influyó para la gestación de relaciones jerarquizadas. Una de las características de la sociedad tribal fue la permanencia de las unidades sociales y territoriales definidas por el parentesco consanguíneo. El proceso de disolución de aquélla requirió—a su vez—de la disolución de ese vínculo parental existente entre los linajes o segmentos  dirigentes o dominantes y el común de la gente, la transformación de las jerarquías tribalmente organizadas en estructuras más diferenciadas donde el parentesco perdía su función en el nivel  político y el económico  (Ekholm y Friedman, 1980: 69), de forma que dichas relaciones devinieron entonces plenamente políticas.

El carácter político de la sociedad no estaba referido solamente a  una aldea, sino a conjuntos de ellas que funcionan dentro de relaciones de sometimiento y subordinación. El trabajo social se especializó,  apareciendo artesanos (as) productores de bienes que simbolizaban el rango, el prestigio de los linajes o segmentos dirigentes; aparecen individuos individuos que “gestionaban” la adquisición, transformación distribución de las materias primas y bienes terminados, actuando como distribuidores de plusproductos, planificadores del trabajo manual, los cuales no eran productores primarios a tiempo completo.

De esta manera, comienzan también a gestarse distinciones entre aldeas: aquéllas que poseían mayor desarrollo de los instrumentos y medios de producción y en consecuencia una mayor capacidad para  producir y distribuir valor comenzaron a actuar políticamente sobre las demás, fundamentándose en el mayor desarrollo de sus fuerzas productivas.

Los individuos con mayor rango social -como fue el  caso con los caquetío del noroeste de Venezuela- comenzaron a reservarse para sí parte del patrimonio colectivo, mediante formas de coerción y subordinación, para que pudiera darse la apropiación del sobretrabajo bajo la forma de tributos, apoyados en órdenes militares  que defendían el territorio tribal,  garantizaban la anexión de nuevos territorios y mantenían el control de la fuerza de trabajo, así  como del trabajo objetivado en bienes manufacturados o alimentos  La ideología legitimaba -a nivel de la conciencia- la posición superior de los estamentos dirigentes,  a través de la práctica reiterada de rituales y ceremonias que garantizaban la transmisión hereditaria de las posiciones privilegiadas y la aceptación de la sociedad desigual como un hecho natural (Salazar 2003: 73-100).

Las sociedades jerárquicas no se podían mantener sin que existiera  una red de relaciones de intercambio de valores. El tributo extraído dentro del territorio político de un linaje dominante, servía para mantener y justificar las relaciones de dominación al interior del mismo; pero las relaciones de intercambio entre aquellos linajes atendían la producción y circulación de valores, cuya acumulación  asignaba prestigio o rango social. Esta red de relaciones unificaba a los individuos de la comunidad que se encontraban sometidos, a las comunidades que podrían considerarse igualitarias independientes, si bien amistosas, con las aldeas de mayor jerarquía. Surgen así los llamados cacicazgos o señoríos que integraban las unidades sociopolíticas mayores que existían en el siglo XVI en Venezuela.

Ejemplo de lo anterior podrían ser las unidades territoriales de las sociedades jerárquicas que existieron en los Llanos Altos del suroeste de Venezuela, las cuales estaban constituidas- para 760-900 años de la era cristiana- por aldeas cercada por empalizadas y fosos defensivos que encerraban grandes montículos y plataformas de habitación construidas con tierra apisonada, las cuales estaban a su vez asociadas con sembradíos,  particularmente los denominados campos elevados para el cultivo (ridge-fields), así como con extensas redes de calzadas que permitían la comunicación entre los diversos centros poblados, incluso en la temporada de lluvias cuando las aguas de los ríos crecidos inundaban toda la extensión de la sabana.

Las unidades domésticas que ocupaban aquellas aldeas estaban integradas por personas con diferentes estatus sociales: gente principal y servidores (Gasson 1998). La gente principal de los cacicazgos barineses obtenía diversas materias primas exóticas y bienes suntuarios provenientes en particular de los valles altoandinos. ¡Que podían ofrecer esta en intercambio a los pueblos vecinos? El cultivo y el procesamiento de los hojas de tabaco (Nicotiana tabaco), cultivo originario de esta región,  ya era seguramente practicado entonces por los aborígenes barineses, el cual constituyó  un producto vinculado a la vida ceremonial de la mayoría de las etnias precoloniales venezolana y particularmente de la región andina, como lo testimonian las evidencias arqueológicas. 

Consumido bajo la forma de cigarros o de picadura para pipas manufacturadas con arcilla, las hojas de tabaco formaban quizás parte importante de los circuitos de intercambio a larga distancia entre los pueblos originarios del occidente de Venezuela. Es importante acotar a este respecto que el antiguo pueblo indígena llanero de Achagua, luego llamado San Salvador del Puerto de Casanare, fue un importante centro para el comercio, especializado también  en la manufactura y distribución de las cuentas discoidales de concha conocidas como quiripa,  utilizadas posiblemente como moneda para los intercambios (Gasson 2000: 593). A partir del siglo XVII, como explicaremos más adelante, el tabaco barinés domesticado por los grupos originarios hace más de 1500 años antes del presente , se convirtió en uno de los principales productos de exportación de la economía venezolana de plantación.

Otro indicador arqueológico que alude a la existencia de las sociedades jerárquicas, es la asociación de los sitios de habitación con extensas necrópolis. En determinados sectores de las mismas se enterraban los cuerpos de ciertos individuos acompañados  de un profuso ajuar funerario. En el caso del valle de Quíbor (200 años d.C; +, 1750 años ANP), éste estaba compuesto por objetos de uso ceremonial: collares, pectorales, pendientes, brazaletes, cubre-sexos y figuras biomorfas talladas en hueso, conchas marinas y ámbar, jadeíta , serpentinita y chert, vasijas de barro de forma diversa,  cestería,  pequeños templetes construidos con madera, bajo los cuales se colocaban los cadáveres, objetos eran manufacturados por especialistas en talleres locales (Vargas Arenas et al, 1993; Gil 2003).

Las conchas marinas llegaban al valle de Quíbor, Edo. Lara, desde el litoral de los actuales estados Yaracuy y Falcón, el Golfo de Venezuela y posiblemente también desde las islas ubicadas frente al litoral venezolano. El ámbar provenía al parecer de yacimientos ubicados en el Edo. Falcón o tal vez de las Antillas Mayores; la serpentinita, la jadeíta y el chert,  muy probablemente de la región andina (Wagner y Schubert 1972); el asfalto, substancia utilizada como pegamento, provenía al parecer de los yacimientos naturales de la cuenca del lago de Maracaibo, sobre todo de la corta oriental. La manufactura de los bienes que conformaban el ajuar funerario era realizada por un grupo de individuos que poseían tecnologías y modelos estéticos comunes, por especialistas que trabajaban con una planificación y coordinación comunes.

En el caso del valle de Quíbor, la necrópolis funcionaba como una especie de mercado,  cuya dinámica permitía sacar de la circulación, mediante el consumo no reproductivo, los valores de uso producidos por los y las especialistas. Ello hacia posible mantener una demanda y una producción constantes de valores de uso y de cambio, así como una demanda de materias primas que estimulaba y mantenía abiertas las redes de intercambio con otros grupos tribales, cacicazgos o señoríos vecinos, reforzando la base territorial del sistema. Simultáneamente, el mantenimiento de la producción de estos valores de uso y de cambio reforzaba las relaciones asimétricas y de jerarquía al interior de la sociedad local, al mismo tiempo que profundizaba la división social del trabajo (Vargas Arenas et al, 1997: 326).

Una sociedad  similar estratificada sobre las mismas bases en varios rangos, incluso uno cuasi  servil, existía en las regiones altas de Nueva Guinea a la llegada de los primeros europeos, donde los jefes basaban su poder en el monopolio del comercio de las conchas traídas desde la costa a través de una red de intercambios entre grupos (Ekholm y Friedman, 1980: 67).

Para comprender mejor el surgimiento de los modos de vida tribales jerárquicos en Venezuela y su proyección hacia  la formación socio-económico clasista y su modo de producción que emergen en el siglo XVI con la conquista española, es necesario discutir y comprender lo que hemos llamado el proceso de acumulación simple en la sociedad originaria precapitalista, ya que nos permitirá comprender mejor los fundamentos del proceso de acumulación originaria colonial del noroeste de Venezuela y la causalidad histórica de la sucesión de modos de vida que caracterizan a la FES Clasista desde el siglo XVI hasta inicios del siglo XX.

CAPÍTULO 6
El Concepto de Acumulación Simple en las Sociedades Jerárquicas

El concepto de acumulación originaria (Marx I 1982: 607-608)  forma también parte importante de nuestros análisis de la historia económica pre-capitalista. Tal como  expresó Rosa Luxemburgo (1967), el proceso de acumulación como tal ha existido en toda la historia de la sociedad, y es la calidad del mismo la que determina el ritmo diferencial de la evolución histórica de los pueblos. En las sociedades pre-capitalistas dominaba la acumulación de fuerza de trabajo que, junto con la tierra era la fuerza productiva más importante, concepto que sirve para explicar  en la arqueología social las causas del desarrollo histórico desigual entre las sociedades originarias con base al proceso de acumulación de fuerza de trabajo. Autores como Chayanov que ha investigado en comunidades campesinas contemporáneas lo que se denomina el modo de producción doméstico, fundamenta igualmente su propuesta teórica sobre los procesos diferenciales de desarrollo comunal en la acumulación e intensificación diferencial de la fuerza de trabajo (En Sahlins 1972: 87-99).

La economía -en términos de la economía clásica- es una ciencia social que estudia la conducta humana expresada como una relación entre ciertos objetivos sociales y medios escasos para lograrlos que tienen usos alternativos. Sin embargo, es evidente –como hemos expuesto en párrafos anteriores- que todas las acciones humanas no se dan de manera exclusiva en la esfera económica, sino que comparten un aspecto económico, un aspecto social, uno cultural y uno político, los cuales pueden ser analizados desde el punto de vista de alguno de los factores confluyentes. Comentando la opinión de diversos autores en relación a las dimensiones sociales que inciden en la economía, Braudel (1992, 3: 17-20) observa al respecto:

“The theory of the autonomous economy in advanced capitalism [and would add in early capitalism too] is now regarded as no more than an academic convention (…) in history everything is connected; and economic activity in particular cannot be isolatated either from the politics and values which surround ít, or from the possibilities and constraints which situate it...” (La teoría de una economía autónoma en el capitalismo desarrollado [y podría añadirse también en el capitalismo temprano] se considera ahora como sencillamente una convención académica…en la historia todo está conectado; y la actividad económica en general no puede ser aislada ni de la política ni de los valores que la rodean, o de las posibilidades y presiones que la limitan…” (Traducción nuestra).

La cita anterior nos revela la capital importancia de todas las dimensiones de la vida social para el estudio de las formaciones sociales antiguas de la América Tropical y particularmente las del Caribe, las cuales por mucho tiempo fueron categorizadas por los diversos autores como economías naturales, al asumirse que las actividades de subsistencia consistían en respuestas culturales a la relación interactiva del ser humano con el ambiente natural (Vayda, 1969), o subsumiéndolas dentro de aquellas propuestas que consideran los cambios históricos como una sucesión temporal de transformaciones en las normas ideológicas de las comunidades aborígenes (Rouse,1941: 13-23).

Es oportuno recordar, igualmente, la opinión de los antropólogos sustantivistas quienes sostienen que las sociedades pre-capitalistas no funcionan de acuerdo a parámetros económicos, o que, en todo caso, la economía está subsumida dentro de la estructura social, por lo cual no podemos aplicarles directamente la teoría económica occidental (Llobera, 1980: 220). La economía política, donde se sustenta la presente discusión, visualiza a los individuos no como un homo economicus aislado, sino como un sujeto social inmerso, determinado y determinante, dentro de la totalidad de la historia humana mediante su trabajo, materializado bajo diversas formas de relaciones sociales (Godelier, 1976: 9-18).

La acumulación originaria es el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción. Marx le llama originaria porque forma la prehistoria del capital y del régimen capitalista de producción, desempeñando en economía política el mismo papel que desempeñó en teología el pecado original   (Marx 1982-1: 607). Analizando con criterio retrospectivo los procesos económicos y de cambio sociohistórico en las sociedades antiguas o precapitalistas, vemos que la  acumulación como proceso genérico  existe—por lo menos—desde el advenimiento de las sociedades jerárquicas o de las clasistas iniciales, cuando ya aparecen de manera inequívoca las evidencias de división social del trabajo.

Ninguna sociedad podría transformarse sin haber generado primero la materialidad de su futuro nuevo estado. ¿Cuál es el factor estratégico de los procesos de acumulación, a partir de los cuales se genera el cambio histórico?: diríamos que el trabajo, pero no cualquier tipo de trabajo sino el trabajo social  que produce los valores de  uso y de cambio. A este respecto, señala  Marx , los valores de cambio  de las mercancías, no representan más que funciones sociales  de las mismas,  no tienen ninguna relación con sus propiedades naturales intrínsecas. La sustancia social   que es común a todas las mercancías  es el trabajo social invertido en producirlas. Quien produce un objeto para su consumo personal y directo crea un producto, pero no una mercancía (Marx, 1982-1: 29-35). 

La acumulación de productos en las sociedades antiguas, que devienen mercancías, es sólo un factor secundario de la acumulación económica que llamaremos  tentativamente simple;  en ésta, el factor sustantivo es el trabajo social, la apropiación, el control de la fuerza de trabajo mediante lo cual se poseía también su trabajo objetivado que generaba o podía generar prestigio y poder político.

Las condiciones para la disolución de la Formación Histórico Social Recolectora Cazadora y el advenimiento de la Formación Histórico Social Tribal o Productora  residían  en la creación de formas sociales de autoridad y de control sobre la movilidad de la fuerza de trabajo, característica estructural de dicha sociedad, transformando la contingencia de la principal fuerza productiva, el trabajo social, en permanencia (Vargas Arenas, 1989: 6-8,1990: 170-172; Sanoja y Vargas Arenas, 1995: 334-339).

La función de aquellas formas era la de promover la integración del mayor número de personas dentro de comunidades estables como manera de poder optimizar la gestión del tiempo de trabajo y, en consecuencia, el rendimiento de la fuerza laboral en la ejecución de los diversos procesos de trabajo que suponía la nueva forma de organización social, cuya reproducción estaba fundamentada en el cultivo de plantas, la caza, la pesca, la recolección, la obtención de materias primas y la manufactura de bienes de consumo personal y/o colectivo. Ello supuso también una división social del trabajo desde diferentes puntos de partida: la familia, el sexo, el género, la edad, la comunidad, la tribu, el territorio, etc., para la estructuración de modos de vida cuyas partes integrantes esenciales eran los hombres y las mujeres así como las relaciones que ellos establecían, fundamento del desarrollo de la principal fuerza productiva: el trabajo social (Engels, 1975: 50-54; Marx, 1982: 156-176).

No pudo haber en esta formación social desarrollo de las fuerzas productivas sin acumulación continuada de fuerza de trabajo. Si ello no hubiese ocurrido, tampoco se habría podido generar el cambio histórico. Es importante a este respecto acotar las observaciones que hiciera en torno a ello Rosa Luxemburgo en sus textos críticos de El Capital:

“Hasta ahora sólo hemos considerado la acumulación desde el punto de vista de la plusvalía y del capital constante. El tercer factor (...) es el capital variable (...) que [verdaderamente] no son los medios de subsistencia de los trabajadores, sino la fuerza viva de trabajo para cuya reproducción son necesarios aquellos medios. Por consiguiente, entre las condiciones fundamentales de la acumulación figura un incremento del trabajo vivo (...) conseguido, en parte, prolongando e intensificando la jornada de trabajo (...) pero fundamentalmente (...) con un aumento del número de trabajadores ocupados... ” (en Palerm, 1986: 93).

El incremento de la población ha sido considerado por autores como Boserup (1972: 118) “...como el proceso que conduce hacia la adopción de sistemas mas intensivos de cultivo de plantas en las comunidades primitivas y hacia un aumento del producto agrícola total...,”, el cual, bajo ciertas condiciones, puede generar un verdadero crecimiento económico en un determinado territorio, facilitando la división del trabajo y la distribución de las comunicaciones y la educación. No obstante, el crecimiento demográfico y sus consecuencias son vistos por Boserup como una especie de voluntarismo colectivo, como una tendencia natural de la sociedad. El crecimiento demográfico per se sin estar enmarcado en el necesario desarrollo en complejidad de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales de producción no podría producir un verdadero crecimiento económico, ya que la tendencia sería, por el contrario, a una fragmentación cíclica de las comunidades una vez alcanzado el nivel de saturación demográfica (Sanoja y Vargas Arenas, 1992: 222-223; figs. 11,12 y 13). Si aquella propuesta fuese cierta,  India y China deberían constituir en la actualidad las sociedades más avanzadas del primer mundo.

Como hemos expuesto en párrafos anteriores, el paradigma que mantiene la teoría arqueológica positivista o neopositivista –expresado en la tesis de Boserup- es que el desarrollo de la sociedad sólo pudo haberse producido por la presión demográfica, cuyo efecto habría determinado la adopción y posterior  intensificación de la agricultura. Nuestro postulado es que sin una previa acumulación y organización de la fuerza laboral y la consecuente apropiación de su trabajo por parte de uno de los segmentos de la comunidad local o regional, no es posible que se generase la transformación de las bandas de recolectores, cazadores, pescadores en una sociedad tribal igualitaria o en una estratificada.

Un ejemplo de lo anterior se expresa en el trabajo de Moseley (1975) sobre la costa central del Perú, donde el autor trata de demostrar que es posible el desarrollo inicial de comunidades complejas partiendo de la intensificación, no de la agricultura, sino de la pesca y de la recolección marina, cuando en realidad, en palabras del mismo autor, dicho cambio histórico fue posible gracias a: “... intercommunity labor forces that could only be mobilized and managed by a central authority” (1975: 112) y a “... the synchronized labor of multitudes of individuals whose actions were subservient to and under the direction of a coordinating authoritative body” (Moseley 1975: 102).(“…la intercomunidad de las fuerzas de trabajo que solo podían ser movilizadas y gestionadas por una autoridad central…y a la labor sincronizada de multitudes de individuos cuyas acciones estaban sometidas a y bajo la dirección de un cuerpo coordinador autoritario…” (Traducción nuestra).

Ello deja claro que el aumento de la población o la calidad y la cantidad de los recursos materiales existentes en una región determinada pueden ser la condición, más no la causa del cambio histórico. La sociedad no conforma un fenómeno inmutable, sino un proceso en desarrollo, infinito e inagotable,  y en consecuencia el desarrollo social opera dentro de las relaciones que unen y determinan a los seres humanos entre sí y con su ambiente natural, relaciones que poseen un carácter contradictorio: el agente causal de la transformación es social, interno, en tanto que la acción o grado de contingencia del entorno también se transforma como consecuencia del cambio histórico del ser social, de los colectivos humanos, de forma que el medio natural es captado, percibido socialmente en las distintas épocas según las necesidades y capacidades que poseen los seres humanos (Habermas, 1979; Marx y Engels, 1982:19;Vargas-Arenas, 1986, 1989: 10-12; Zeidler, 1987: 328-330;Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 51-61).

Un sistema político -a lo cual alude la exposición anterior- implica el establecimiento de normas comprensivas apoyadas en las relaciones de poder existentes para la distribución de papeles sociales y de los  bienes que tienen no solamente valor económico, sino también político, por parte de grupos específicos de personas que participan de la vida pública para lograr sus objetivos (Schwartz, 1995: 8). Basándonos en esta premisa, podríamos constatar que, a partir de la consolidación de la Formación Tribal, la estabilización de las comunidades sedentarias y la producción social de los medios de subsistencia necesarios para su reproducción, la sociedad requirió de mecanismos políticos más complejos para que las élites o ciertos linajes pudiesen lograr la acumulación y el control de la fuerza laboral, apoyándose en una ideología de la dominación que no existía en antes, orientada a legitimar la extracción de plustrabajo y de los recursos de sus propias poblaciones (Assadourian et al, 1974: 30; Friedman, 1984; Zeidler, 1987: 334). El objetivo político perseguido era reducir la movilidad espacial e intercomunitaria de las personas, y a mantener agregadas en comunidades estables el mayor número posible de gente, de manera de establecer así una mejor gestión del tiempo social y del trabajo de la fuerza laboral. Podríamos citar también, en apoyo de lo anterior, la posición de Terray (1984: 103), quien nos dice:

“..the efficiency of the labour-processes and the scope of its capability to transform nature are a direct function of intensive human labour. Consequently, the control of men and thus the possibility of organizing their cooperation on a large scale is the key to economic, power...” (“…la eficiencia de los procesos de trabajo y la dimensión de su capacidad para transformar la naturaleza están en función directa de la intensidad del trabajo humano. Consecuentemente, el control sobre los hombres y por tanto la posibilidad de organizar su cooperación en gran escala, es crucial para lograr el poder económico…”. Traducción nuestra)

La producción de bienes materiales en las sociedades jerárquicas tenía como objetivo  no sólo la satisfacción  de las necesidades de la subsistencia inmediata, sino también constituía el proceso histórico en el cual se fundamentó el desarrollo del trabajo social (de las relaciones sociales de producción) como principal fuerza productiva.

Economía y ceremonialismo en la sociedad  clasista inicial

Cuando el desarrollo de las fuerzas productivas agudizó las contradicciones internas de la Formación Histórico Social Tribal o Productora  se generó la necesidad de un nuevo tipo de relaciones sociales de producción basadas en una división social del trabajo, entre el trabajo manual de los productores directos y el conocimiento especializado de los trabajadores intelectuales, cuyo uso se convirtió en factor del desarrollo de la productividad del trabajo: medición del tiempo y predicción de eventos climáticos claves para la agricultura, procesamiento de metales, construcción de sistemas de irrigación, manejo de los procesos de intercambio extracomunales, organización militar, etc. Para mantener esos especialistas, cuya actividad se hacía necesaria y fue monopolizada por la organización central de la sociedad, se requirió que los productores directos transfirieran parte de su producción, a través del sistema jerarquizado de toma de decisiones y uso de la fuerza de trabajo, con lo cual la transferencia permanente de plustrabajo o plusproducto se convirtió en un sistema social de enajenación de excedentes, esto es, en explotación clasista (Bate, 1998: 88-89).

En muchas sociedades clasistas iniciales precapitalistas, la importancia de la producción de bienes materiales, indicadora del nivel de organización de la fuerza laboral, se encontraba subsumida dentro manifestaciones ceremoniales aparentemente desprovistas de significación económica. Debido al peso excesivo que se le concede generalmente a la conducta simbólica en ciertos análisis antropológicos, se hace difícil en general entender, por ejemplo, el sentido de muchos elementos rituales observables en las sociedades antiguas que enmascaran actos económicos. Es muy conocida, por ejemplo, la práctica funeraria de la sociedad Paracas, en el sur del Perú, de enterrar los cadáveres de los difuntos amortajados con decenas de metros de telas hermosamente tejidas. ¿Un gasto superfluo de trabajo, tiempo y materia prima?

Según Moseley (1975:68), la fabricación de textiles en el precerámico de la costa central del Perú implicaba el cultivo intensivo y regular del algodón a los fines de proveer la materia prima utilizada para la manufactura de dichas  telas, lo cual significaba también la existencia de una división del trabajo integrada por grupos de mujeres cultivadoras, recolectoras y empacadoras dedicadas particularmente a preparar la materia prima bruta, cardadoras e hilanderas que procesaban la materia prima transformándola en hilos de diferentes calibres y también tiñéndolos con distintos colores. Finalmente, en el tope de la pirámide, se hallaban las tejedoras que diseñaban y manufacturaban las telas. Todas esas actividades combinadas constituían un proceso de trabajo especializado que llegó, en un cierto momento, a desbordar el contexto puramente doméstico para asumir un carácter social y económico más importante, donde las mujeres y los textiles eran esenciales para el funcionamiento de la estructura general de la sociedad imperial (Murra, 1962).

El enterramiento de un difunto en la necrópolis de Paracas implicaba un alto consumo no reproductivo de cestas y telas de diferentes tipos producto del trabajo femenino: la canasta de estera donde reposaba el fardo funerario, las fajas tejidas que formaban el turbante o “llauto” y la profusión de mantos que rodeaban al cadáver y formaban el fardo funerario propiamente.

Según Alcina Franch (1978: 238), los fardos que envolvían a los cadáveres estaban formados por bandas de tela que podían alcanzar hasta veinticinco metros de largo y cinco de ancho, tejidas muchas veces con hilos de seis colores diferentes para formar complejos diseños decorativos. Para elaborar los fardos que envolvían las 429 momias excavadas en Paracas, reportadas por el autor, se habrían utilizado alrededor de 10725 m. de tejidos, ¡casi once kilómetros de tela! La cantidad de metros de tela sacada de la circulación representaba, obviamente, el producto de numerosas horas de trabajo invertidas por las artesanas en el tejido, el hilado, el teñido de los hilos, el cardado, la recolección y el cultivo del algodón, la fabricación de agujas de hueso o madera, la manufactura de los tintes, etc.,  sector importante de individuos, fuerza laboral que se hallaba quizás sujeta al control del linaje familiar dominante de la respectiva comunidad.

El consumo no reproductivo de bienes manufacturados mantenía y ampliaba la división social del trabajo, proveía ocupación regular para un gran número de personas, al mismo tiempo que retroalimentaba la posición política y el prestigio de la (s) unidad (es) familiar (es) que poseía la fuerza laboral. Al mismo tiempo, la expansión regional del culto vinculado con el ritual mortuorio servía de vehículo para el intercambio y la circulación de los tejidos entre otras comunidades vecinas. No debemos olvidar que el consumo no reproductivo que se llevaba a cabo en las necrópolis de Paracas incluía también láminas de oro y cobre, hachas de piedra pulida, abanicos de plumas, collares de cuentas, vasijas de cerámica, huesos de llama, ovillos de hilo de algodón y de lana, mazorcas de maíz, etc., lo cual implicaba igualmente la inversión de un apreciable número de horas de trabajo social por parte de especialistas vinculados a otros procesos de trabajo. ¿Se trataba quizás también  de un gasto superfluo de trabajo, tiempo y materia prima?

En la mayor parte de las sociedades  antiguas americanas precapitalistas, estas tendían a ser fundamentalmente autosuficientes, por lo cual cada comunidad producía prácticamente lo mismo que sus vecinas. Motivado a ese carácter simétrico de la producción y a lo imperfecto de los sistemas de intercambio a larga distancia de bienes terminados y de materias primas,  la posibilidad de  desarrollar la complejidad  de la fuerza laboral  propiciando la división social del trabajo mientras que al mismo tiempo se estimulaba la producción de excedentes y se justificaba así la existencia de núcleos de autoridad y de poder centralizado, era realmente mínima dentro de una sociedad autárquica con un mercado de consumo muy reducido para la producción no subsistencial. Pero, en el caso de las sociedades jerárquicas, la producción de bienes suntuarios era el producto de una cadena de procesos de trabajo que se iniciaban con la producción o recolección de la materia prima, de manera tal que en la emergencia de una sociedad clasista, ciertos grupos de individuos que tenían capacidad para monopolizar esos recursos y las habilidades específicas para transformarlas, utilizaban su posición de poder para “acumular” una fuerza laboral que  trabajase en la elaboración final de aquellos bienes a cambio de otros bienes y servicios.

Lo anterior podría teorizarse diciendo que para que se diera la emergencia de una sociedad clasista inicial, el disfrute de una posición privilegiada en relación a la apropiación (o acumulación)  de ciertos recursos naturales específicos y/o de conocimientos o habilidades especiales relacionados con procesos de trabajo específicos, proporcionaba a determinados grupos sociales favorecidos la posibilidad de acumular fuerza de trabajo y poder mediante el uso monopólico de la misma (Cornell, 1988: 65) 

Para mantener en el largo plazo el desarrollo del trabajo social como fuerza productiva, era necesaria  la creación de un  “mercado” con demanda fija y previsible para los bienes suntuarios que no formaban parte de la producción  para la subsistencia cotidiana. Como ya se expuso anteriormente, las grandes necrópolis de Paracas—al igual que las del valle de Quíbor, Edo. Lara--  conformaban lo que podríamos llamar “un mercado para bienes de consumo no reproductivo”, mediante el cual era posible sacar de la circulación grandes  inventarios de valores de uso que, de otra forma, como en el caso de Paracas,  podían crear un cuello de botella en la producción textilera local, en la producción de lana y algodón,  en la estructura laboral, en la jerarquía política  y—en general—en la pervivencia de la comunidad misma, al suspenderse la continuidad del proceso de  producción, distribución y consumo no reproductivo.

Por esa razón bajo el Imperio Inka se instituyó una política de Estado en relación a la producción excedentaria textil, la cual establecía las normas “…para la asignación de lana que el Estado hacia rutinariamente a las tejedoras, o amas de casa, con el fin de conseguir tejidos para sus propios fines…” (Murra, 1975: 168-69), entre los cuales aquel autor menciona los vestidos o uniformes para el ejército incaico, la acumulación de tejidos para ser quemados en las ceremonias rituales, para donarla a los ejércitos vencidos (la solidaridad obliga), a los kuraka o administradores locales, etc., subrayando la importancia del uso interesado de los textiles en una variedad de situaciones sociales y políticas (Murra, 1975: 164).

En el caso concreto del valle de Quíbor, Edo. Lara, Venezuela, podemos observar que para satisfacer  la demanda de materias primas tan específicas y distantes como el Strombus gigas, la Cassis, la  Olivela, los escafòpodos,  la Charonia, etc., se establecieron  extensas redes de intercambio que servían para acopiar materia prima dentro una esfera geográfica determinada, así como también para la circulación de valores de uso y cambio, de mercancías,  la mayor parte de las cuales eran consumidas también en el mercado no reproductivo interno, o circuladas como don a través de las mismas redes de intercambio (Vargas-Arenas et alíi, 1997: 324-330; Antzack y Antzack,  2006: 323-337).  

Como resultado de lo anterior, se creaba, a nivel regional, una esfera de producción, cambio y  consumo en la cual participaban comunidades humanas con diferentes desarrollos de las fuerzas productivas: las recolectoras de las conchas marinas,  las que aseguraban su transporte hasta el valle de Quíbor y las que finalmente trasformaban la materia prima en mercancías. Una vez producidas, aquéllas  que no se consumían localmente volvían a  ser distribuidas en sentido inverso, enriquecidas con todos los costos añadidos de transporte y producción, para engrosar la acumulación de valores de uso  en otros linajes dominantes de la región, proceso del  cual dependía la reproducción del poder que detentaban los linajes dominantes, y quizás la existencia misma del sistema político (Sanoja y Vargas-Arenas 2007c: 106-115) 

CAPÍTULO 7
Fases históricas de la acumulación simple en Venezuela

Analizando  en perspectiva el desarrollo histórico de la Sociedad, podemos observar que en la Formación Histórico Social  Recolectora-Cazadora venezolana,  el requisito esencial para su disolución residía en el diseño de formas de autoridad y de control de la fuerza de trabajo. Aquéllas estaban orientadas –como parece haber ocurrido en la aldea de Las Varas, Edo. Sucre hace 5000-4600 años ANP-  a reducir la movilidad de los individuos, agregar en comunidades  estables el mayor número posible de gente, como manera de poder establecer una gestión del tiempo y la fuerza de trabajo que debía ser invertida en los diversos procesos de trabajo que suponía una nueva economía de subsistencia basada en el cultivo de plantas, la caza, la pesca y la recolección,  la búsqueda de materias y la manufactura de artesanías diversas. Ello suponía  también una división del trabajo desde diferentes puntos de partida: la familia,  el sexo, la edad, la comunidad, la tribu, el territorio, etc., la estructuración de un sistema de producción, cuyas partes integrantes son los hombres y las mujeres y sobre cuyas relaciones sociales se afirma el desarrollo de las fuerzas productivas (Engels, 1975: 50-54, Marx 1982: 156-176). No puede haber desarrollo de las fuerzas productivas sin acumulación  continuada de fuerza de trabajo; si eso no ocurre, tampoco podrá generarse el cambio histórico.

A partir de la Formación Tribal, el sedentarismo apoyado en la producción de alimentos, la caza, la pesca, la recolección, requirió de mecanismos cada vez más complejos para el control de la fuerza de trabajo. Las formas de autoridad basadas en el prestigio fueron derivando hacia formas de poder político, no ya de un individuo sino de segmentos de  la sociedad, linajes, que asumieron la gestión de la vida comunal organizada en rígidas relaciones de parentesco que subsumían o enmascaraban las verdaderas relaciones sociales de producción. El proceso se manifiesta a partir de entonces, no sólo en el control de la fuerza de trabajo, sino también en el del objeto de trabajo mismo, que es la tierra, y en el trabajo objetivado que en ella se ha invertido. Los linajes dominantes poseían la tierra y organizaban su usufructo en nombre de la comunidad; controlaban la distribución de la producción agrícola, la caza la pesca, la producción artesanal  y los procesos de intercambio  intra y extracomunitarios, vía la aplicación del código de ley consuetudinaria que eran las relaciones de parentesco, las relaciones sociales de producción y el código de sanciones y restricciones  a la conducta individual representado, a nivel de la conciencia,  por los mitos, creencias y tabúes. Todo ello representaba, en fin, como una especie de privatización de los espacios  sociales colectivos que habían constituido el sustento de la vida cotidiana igualitaria.

Cacigazgos y Señoríos

La fase de disolución de la Formación Tribal está caracterizada por el surgimiento de formas de acumulación de excedentes que aluden, no solo a la producción de alimentos sino a la de artesanías y materias primas que tienen valor de cambio en las relaciones de producción de intercomunitarias, reservando un segmento—para sí—parte de ese producto general, del trabajo objetivado, como don  que fungía de tributo.

Los Cacicazgos y Señoríos que distinguen esta fase de disolución estaban ya conformados por linajes dominantes, generalmente endógamos, con una clara definición del poder político que les confería el rango para apropiarse, gestionar y canalizar otros  linajes dominantes y a la gente del común. Las partes que integraban estas relaciones  interactuaban de manera tal que los  intercambios de bienes y servicios  servían para reforzar los vínculos sociales., particularmente los de dominación o poder. El don  colocaba a los recipendarios en posición de deudores, deuda que podía requerir un pago específico o una obligación social. El  valor de la misma estaba matizado más bien por consideraciones económicas a largo plazo: regularidad de las transacciones, seguridad  en el mantenimiento de las relaciones que se establecían, etc., que por la obtención de ganancias materiales inmediatas (Salazar 2003: 94-100).

La descripción que hace Federmann sobre  las dotes  que poseian los aborìgenes de la provincia de Variquecemeto (Barquisimeto) para el comercio, podrìa complementar nuestra interpretación  del don como manera de establecer  una relación de amistad  con otro pueblo, basada en obligaciones sociales mutuas:

“...Las aldeas de esta provincia de Variquecemeto nos han dado, de buena voluntad y sin ser forzados a ello,  cerca de tres mil pesos de oro, lo que equivale a cinco mil florines del Rhin, pue son un pueblo rico y comerciante...” Traducción e itálicasnuestras   ( (Federmann 1832: 103). Lamentablemente, los conquistadores europeos nunca entendieron ni honraron aquella forma civilizada de relaciòn social.

Otro ejemplo de lo anterior podría ser el proceso de integración  del poder secular con el religioso que existía en el noroeste de Venezuela para el siglo XVI. Aunque una aldea o grupo de aldeas estaba gobernada por un cacique o señor local, cada una estaba sometida a un jefe principal o Diao,  al cual se le consideraba depositario de grandes poderes mágico-religiosos. Gran cantidad de aldeas le rendía tributo en especies, y se le consideraba como un dios, ordenador y disponedor de los fenómenos naturales: la lluvia, el granizo, los truenos y relámpagos; él propiciaba la fertilidad de la tierra y actuaba como árbitro o juez en las disputas que surgían entre las comunidades sujetas a su influencia, dispensando favores y ayuda a sus tributarios. Se desplazaba en una hamaca o litera llevada en hombros por sus servidores, para que sus pies no tocasen la tierra. Estaba apoyado en una jerarquía o posible linaje de adscripción hereditaria y en órdenes militares que se distinguían por diferentes símbolos emblemáticos (Vargas Arenas 1990: 254-261, Sanoja y Vargas 1992a: 189-190; Salazar 2003:99).

El espacio de los Señoríos del Noroeste de Venezuela: ¿Región Geohistórica o Economía Mundo?

El espacio geográfico, la región geohistórica  --propiamente dicha—considerada como fuente de análisis no está confinada solamente a los aspectos materiales; incluye todas las esferas de la realidad social que intervienen  en, y son a la vez intervenidas por  el  desarrollo histórico de los procesos económicos. Aplicado al estudio de las sociedades antiguas, el concepto de región geohistórica permite visualizar la historia de estos pueblos como realidades dinámicas, cuyas acciones contribuyeron a consolidar los fundamentos de la nación venezolana. Así mismo,  alude a la posibilidad de orientar el análisis hacia la definición de las realidades económicas y sus correlatos sociales en referencia a espacios geográficos concretos.

Braudel, razonando en términos similares, considera que una economía mundo (no la economía mundial) es “...una suma de áreas individualizadas, económicas y no económicas, reunidas; generalmente representa un territorio extenso (en teoría la región más coherente en un período determinado, en una región específica del globo), la cual usualmente se extiende más allá de los límites de otras grandes divisiones históricas” (Braudel 1992-3: 24). Traducción nuestra). “…Una economía mundo  - -dice el autor--  ocupa una región determinada, fácil de descubrir puesto que tiene límites definidos los cuales varían poco en el tiempo; invariablemente tiene un centro. En el caso de presiones internas y externas puede haber cambios en el centro de gravedad. La existencia de  una economía mundo está distinguida por la presencia de una jerarquía: el área es siempre una suma de economías individuales, algunas pobres, otras modestas con una comparativamente rica en el centro. Como resultado, hay desigualdades, diferencias de voltaje que hacen posible el funcionamiento del todo…”  Esta es una antigua e incurable división que existía mucho antes del tiempo de Marx...” (Braudel 1992-3: 26. Traducción nuestra)

La definición de  una economía mundo en los términos anteriores recoge—como hemos visto—los fundamentos del concepto de región geohistórica (Vargas Arenas 1990: 80, Sanoja y Vargas-Arenas 199a, Tovar 1986, Medina 1986). En el análisis de las sociedades antiguas, dicho concepto nos permite visualizar una dimensión mucho más compleja y humanizada de los procesos históricos, económicos y sociales que caracterizan la formación de las sociedades antiguas venezolanas, particularmente la manera como surgen los diversos centros que animan el desarrollo de aquellos procesos regionales, conformando  activas periferias que reflejan y transmiten con intensidad diversa los flujos de  actividad social y económica.

Siguiendo aquellas líneas de razonamiento,  podríamos considerar que en la región integrada por los valles de El Tocuyo, Quíbor, Carora y el Valle del Turbio (hoy Barquisimeto), la antigua sociedad jerárquica parece haber funcionado  desde comienzos de la era cristiana como el centro de una región geohistórica, de una economía mundo, núcleo hacia el cual confluían muchos los vectores del intercambio de recursos naturales y donde éstos eran transformados en valores de uso y de cambio, y una vasta periferia que comprendía por lo menos los territorios de los actuales estados Yaracuy, Carabobo, Falcón, Zulia, Trujillo y Mérida, sin mencionar la periferia posiblemente más  lejana: el valle de los caracaj, nuestras actuales Dependencias Federales y las remotas islas antillanas.

El lugar central de aquella georegión, conformado por El Tocuyo, Carora y Barquisimeto (y podríamos añadir también nosotros, Quíbor),  constituyó a partir del siglo XVI un triángulo histórico que sirvió como base para  la colonización hispana del  centro-occidente de Venezuela y para uno de los más importantes procesos de acumulación originaria que contribuyó a la consolidación de la formación clasista: “…El Tocuyo y Barquisimeto fueron lugares de aprovisionamiento, convertidos luego en puntos fijos de población...  Las tres ciudades fueron agrícolas y ganaderas, y paso de transición hacia todas las demás tierras...” (Morón 1954: 34, 60) y para la conquista y la colonización de los valles de la costa central,  particularmente en valle de los caraca’j que habría de ser el lugar central de la Provincia de Caracas, origen –como veremos- del Estado colonial caraqueño (Sanoja y Vargas-Arenas 2002)

El modelo de poblamiento colonial venezolano: causas históricas.

La ubicación del lugar central de la región geohistórica del noroeste  de Venezuela parece haber fluctuado  relativamente poco con el tiempo. Desde  el siglo II hasta aproximadamente el siglo VII de la Era, el centro de la misma parece haber estado ubicada entre los valles de Quìbor y del Turbio (actual Barquisimeto Edo. Lara); a partir del siglo VII de la Era y hasta el siglo XV de la misma, el núcleo parece haber estado ubicado en el valle de  Morere (actual Carora) Edo. Lara, donde se observa  para entonces la mayor concentración de capital agrario: terrazas agrícolas,  estanques, sistemas de regadío,  aldeas o talleres colectivos para la molienda de granos, para la fabricación de tejidos de algodón; sistemas de grandes aldeas monticuladas con representación de diferencias jerárquicas; distribución desigual de determinados recursos alimenticios entre la población de las diversas aldeas (Sanoja y Vargas-Arenas 1999ª RGeo: 19-50; Molina y Monsalve: 1985;  Salazar 1998, 2003). 

La periferia de aquel lugar central parece haber estado conformada, en este caso, por una área  de desarrollo sociohistórico más o menos equivalente que cubría territorio de los actuales estados Trujillo, Lara y Falcón. Al sur, se desarrollaron otros sistemas similares, quizás de menor extensión, cuyos centros parecen haber estado—respectivamente—en los valles  andinos de la Sierra de Mérida (Gordones y Meneses 1992),  en los valles andinos del estado Trujillo y en el piedemonte andino que empalma con los llanos de Barinas y Portuguesa.  En la periferia noroeste, hallamos sistemas regionales de desarrollo construidos en torno a la cuenca del Lago de Valencia, cuya periferia incluía el valle de Caracas, el área de Los Teques,  el litoral central y el piedemonte sur de la Cordillera de la Costa, ligados a los llanos centrales, más allá de los cuales comenzaba una extensa y poco desarrollada periferia que colindaba con el río Orinoco,  ocupada en buena parte por comunidades de recolectores-cazadores, excepto en los enclaves del Medio y Bajo Orinoco donde se había formado otro sistema de menor desarrollo, integrado por sociedades igualitarias. La naturaleza de esta región geohistórica, como veremos, se reflejará en el modelo que seguirá el  poblamiento de Venezuela desde entonces, hasta el presente. (Kidder 1944, Sanoja y Vargas 1993,  Vargas Arenas 1990, Vargas Arenas et al 1993, Sanoja y Vargas Arenas 1987; Toledo y Molina 1987, Molina y Monsalve 1985, Wagner 1967).

En esta visión de conjunto,  observamos el desarrollo del sistema económico de la sociedad jerárquica como un conjunto orgánico, una totalidad integrada por diversas esferas de actividad humana, donde la economía y la producción material se enlazan con la sociedad, la política,  la religión, la cultura,  etc., donde ellas interactúan para promover o limitar su desarrollo.

Una demostración de la importancia  de la utilización del concepto de región geohistórica que nos explica  la existencia de una economía mundo en el noroeste de Venezuela desde comienzos de la era cristiana hasta el siglo XVI, la cual conformaba el lugar central de las sociedades originarias del noroeste de Venezuela. Por esa razón,  el centro de gravedad del dispositivo de conquista y colonización territorial  pudo ubicarse  y desarrollarse rápidamente en en el triangulo formado por las actuales ciudades de El Tocuyo, Carora y Barquisimeto. Juan de Villegas fundo la ciudad de El Tocuyo a mediados de 1545, Barquisimeto en 1552 y Carora por Don Juan del Tejo en 1569 convirtiéndose en el centro de todo el proceso poblador (Morón 1979: 105), ocupando el humanizado y desarrollado por las sociedades jerarquicas originarias que ya habían alcanzado alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas hacia comienzos de la era cristiana, es decir, 1500 antes de la llegada de los españoles.  Ello hizo  posible que en un breve lapso de 23 años los españoles construyesen la base de partida para conquistar y colonizar el valle de los Caracaj y la región centro norte de Venezuela que se hallaba en manos de la Nación Caribe, utilizando seguramente las redes de alianzas eintercambios con otros pueblos y regiones que  habían establecido las sociedades caquetías originarias desde siglos atrás (Sanoja y Vargas-Arenas2002: 56-69). 

Una vez instalado ya el fundamento de la  sociedad colonial en el siglo XVII, fase que hemos definido como el modo de vida indohispano, las relaciones que necesariamente se tejieron—vía España, ahora si—con la economía mundial, centrada en Inglaterra, Holanda y Francia, el desarrollo de las cuales exigió desplazar el centro de poder hacia  el centro Caracas-La Guayra, transformadas ahora en el pivote terrestre y marítimo de la Provincia de Venezuela.

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