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martes, 21 de septiembre de 2010

DEL CAPITALISMO AL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI. (Libro completo)


 DEL CAPITALISMO AL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI.
Perspectiva desde la antropología crítica.
(Primera y Segunda entregas)
Mario Sanoja Obediente



Caracas. 2009

A Iraida, mi compañera de vida y de lucha



Índice


PREÁMBULO……………………………………………………………7


PARTE 1:


CRITICA DEL PARADIGMA OCCIDENTAL DEL PROGRESO.


CAPÍTULO 1. El ideal del progreso y la civilización occidental…………24


CAPÍTULO 2. Civilización y Procesos Civilizadores……………………..33


Evolución Cultural, Progreso y Civilización ............................................36


El Paradigma Civilizador de Occidente y las Raíces del Capitalismo… 38


El Capitalismo Mercantil …………………………………………… …56


CAPITULO 3. El Materialismo Histórico y el Paradigma Occidental del Progreso...........................................................................................................64


El Modo de Producción Asiático: otra expresión del clasismo inicial.......... 71


La diversidad cultural de las sociedades clasistas iniciales o asiáticas y las vías hacia el capitalismo y el socialismo.................................................................74


De los pueblos pastores de Eurasia a la Revolución Soviética....................... 74


Mesopotamia, Irak, Turquía.............................................................................79


Egipto y el Mahgreb, las sociedades africanas y el Islam................................82


La India y Pakistan...........................................................................................87


China................................................................................................................90


Japón................................................................................................................93




PARTE 2: CRÍTICA DEL PARADIGMA CIVILIZADOR Y DE LOS PROCESOS CIVILIZADORES AMERICANOS.


CAPÍTULO 4. El paradigma civilizador americano y la Arqueología Social


La civilización suramericana caribeña: procesos civilizadores del Atlántico y el Pacífico..............................................................................................93.


El proceso civilizador clasista andino-pacífico.........................................94


El proceso civilizador amazónico- orinoquense.…………………..…….95


El proceso civilizador caribeño…………… ...........................................101


La civilización norteamericana.


El proceso civilizador clasista mesoamericano…..……………………...102


El proceso civilizador de la costa este de Estados Unidos........................105


El proceso civilizador del suroeste de los Estados Unidos.......................107


El proceso civilizador de la costa noroeste de los Estados Unidos y Canadá


....................................................................................................................107


¿Centroamérica, proceso civilizador autónomo?...........................................108


La imposición forzada del capitalismo……………………………..……109


La Civilización Latinoamericana o Nuestra América...............................111


¿Feudalismo en América?..........................................................................113


El pasado y la interpretación revolucionaria del presente: la arqueología social………..........................................................................................…117


PARTE 3:


PRÁCTICA PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL MODO DE VIDA SOCIALISTA.


CAPÍTULO 5. Estrategia para llegar al Socialismo.....................................128


La abolición de la propiedad burguesa…......................................................134


CAPÍTULO 6. El método nacionalista revolucionario para construir el socialismo


El Estado como práctica socialista.................................................................140


Definición del modelo nacionalista revolucionario…………………….......151


La política cultura socialista: método ideológico para el cambio revolucionario................................................................................................152


El Estad como praxis antiimperialista: motor del desarrollo revolucionario.157


Los estados nacionales de nuevo tipo............................................................158


CAPÍTULO 7. El Neoevolucionismo y la energía: legitimación ideológica del colonialismo...................................................................................................165


CAPITULO 8.Desarrollo socialista vs. Subdesarrollo Capitalista………....169


CAPÍTULO 9. Condiciones necesarias para construir la democracia socialista


La crisis del marxismo en Europa……………………............……………..177


La emergencia del marxismo en Nuestra América…………………............185


BIBLIOGRAFÍA CITADA……………………………………...........……195


Ilustraciones.


Fig 1: Posible moneda en bronce en forma de piel de ganado, 2000 a.C........62


Fig. 2. Cuadro cronológico comprarativo; orígen del calcolítico en la región atlantico.mediterranea (Andalusia)..................................................................62


Fig. 3: bases de la formación mercantil europea.............................................64


Fig.4: Juguetes medoamericanos con ruedas............................................... 109


Fig. 5:expansión del capitalismo mercantil hacia America. Siglo XVI.........148


Fig.6: El Imperio Capitalista: siglo XXI........................................................199


Fig.7: el antiimperio: alianzas energéticas del siglo XXI..............................200




PREÁMBULO

I

El desarrollo histórico de los países de Nuestra América refleja los procesos socioculturales generales que han afectado y afectan el desarrollo general de la sociedad humana. La expresión de los mismos, sin embargo, asume formas particulares que reflejan la diversidad histórica de la región. Por esa razón, cuando queremos analizar como ahora las transiciones del capitalismo al socialismo del siglo XXI, consideramos necesario desarrollar, desde la perspectiva de la antropología crítica, una comprensión teóricamente bien informada sobre los procesos históricos particulares que determinaron la formación de la cultura de los pueblos y las naciones en el Viejo Mundo y en Nuestra América.

Como ya ha sido expuesto en torno a este tópico por el filósofo Vega Cantor (2007: 13):


“…pretender analizar los fenómenos culturales como si no tuvieran nexos materiales es una quimera reaccionaria, y más en un continente como el latinoamericano tan lleno de problemas y dificultades de tipo material, como la pobreza, la desnutrición, la enfermedad y el desempleo...”


Esta exigencia tiene muchas implicaciones importantes para la antropología crìtica: la necesidad de desmontar los mitos construidos por el positivismo y el neopositivismo sobre la historia de la humanidad, el origen de la cultura y los procesos culturales e históricos de la llamada civilización occidental, entre ellos el llamado eurocentrismo, los cuales no han servido sino para encubrir la acción genocida y rapaz del capitalismo. Este sistema económico ha sido útil para tratar de consolidar la hegemonía mundial de las naciones de Europa Occidental y los Estados Unido, así como la de Japón y ahora la de Israel, a costa de la pobreza y la miseria de los paises y sociedades que -hasta ahora- hemos estado sometidos a su violencia cultural, económica, mediática y militar (Patterson, 1997; Amín, 1989).


El discurso de la globalización que enmascara esta nueva fase colonial del capitalismo occidental, atenta contra la viabilidad de las naciones y el nacionalismo, contra las culturas nacionales y particularmente contra los esfuerzos de las mismas, como es el caso de UNASUR y el Banco del Sur, para constituirse en bloques de poder alternativos al Grupo de los Ocho países capitalistas centrales. Es preciso, por tanto, que reivindiquemos el nacionalismo de izquierda como estrategia de resistencia y como arma ideológica revolucionaria para nuestras luchas nacionales e antiimperialistas a partir de territorios claramente definidos (Vargas Arenas y Sanoja, 2005; Sanoja y Vargas Arenas, 2005ª, 2008; Vargas Arenas, 2007a; Vega Cantor, 2008: 203).


Para contribuir al logro de aquellos objetivos, los análisis arqueológicos y antropológicos críticos deben tener como referencia espacial, no solamente los límites de los actuales Estados nacionales, sino la latitud de las regiones geohistóricas que se han venido estructurando desde hace milenios y han culminado, en unestro caso particular, con la formación de bloques políticos y económicos concretos en Suramérica, el Caribe y Centroamérica. Con base a estos estudios, la comprensión tanto de los procesos sociohistóricos originarios que han llevado a la formación de nuestras civilizaciones y procesos civilizadores como a las naciones y las modernas comunidades de Estados nacionales en proceso deberían ser el referente para investigar los procesos políticos contemporáneos


Como explicaremos en el curso de la presente obra, nuestra propuesta se apoya en la idea de los clásicos del marxismo de considerar el socialismo como una formación social cuyo sistema económico y social se concreta con la creación de una cultura de la solidaridad social en los pueblos. Ésta tendría como meta la eliminación de su opuesto, la cultura de la injusticia, la pobreza y la desigualdad social que caracteriza el sistema económico social de la formación capitalista. Desarrollaremos también el tema de los orígenes remotos del capitalismo cuyas raíces históricas, de acuerdo con los estudios de la arqueología y la etnología se hallarían en Europa occidental, representados por diversos procesos culturales civilizadores originarios que dieron nacimiento a la llamada civilización occidental y a su expresión socioeconómica: el capitalismo. De la misma manera, analizaremos los diversos procesos culturales civilizadores y los modos de vida originarios de la civilización suramericana caribeña que continúan influyendo en los procesos históricos actuales de los pueblos o grupos de ellos que la integran, los cuales serían el fundamento histórico y cultural del socialismo del siglo XXI.


Siguiendo esta línea de pensamiento, trataremos también de sistematizar, desde la perspectiva de la antropológica crítica, la explicación de otro paradigma del desarrollo social alternativo al de la civilización occidental, el denominado por Marx como modo de producción asiático, para que dicha discusión nos ayude a entender el surgimiento de los socialismos del siglo XXI en Nuestra América y a sustentar una propuesta teórico-metodológica particular para la construcción de un modo de vida socialista venezolano. Dicho modo de vida debería representar la transformación revolucionaria de las condiciones de dependencia económica y política, y la ruptura definitiva con la desigualdad y la injusticia social de cinco siglos de dominio colonial y neocolonial del imperio que es expresión de la civilización occidental europea y estadounidense.


La fuente de nuestra inspiración son los logros de la revolución bolivariana misma, la realización concreta de los objetivos sociales y políticos que se llevan a cabo en Venezuela bajo la dirección de nuestro Presidente Hugo Chávez Frías. Analizados desde nuestra perspectiva y de nuestra experiencia como investigador en antropología, no podemos menos que hacer honor al pensamiento revolucionario y la voluntad nacionalista del actual líder venezolano, carismático y brillante, quien ha logrado enrumbar nuestro pueblo hacia un destino soberano, socialista, democrático y participativo.

II

El interés por escribir este ensayo comenzó en Julio de 2007. La Universidad de los Andes, Venezuela, me invitó en aquella fecha para dar la clase magistral inaugural del curso de Doctorado en Antropología, del cual he sido también profesor, por lo cual me pareció importante dar a los estudiantes mi visión como antropólogo del interesante proceso de liberación nacional que vive hoy nuestro país y en general casi todos los países de Nuestra América, como nos denominó José Martí, el apóstol bolivariano de la independencia de Cuba.


Ya habíamos escrito en años anteriores un trabajo académico sobre el tema del evolucionismo y el neo-evolucionismo (Sanoja, 1987), pero no fue sino a partir de nuestras reflexiones conjuntas con Iraida Vargas-Arenas sobre el tema de la Revolución Bolivariana y el Humanismo Socialista del Siglo XXI, (Sanoja y Vargas-Arenas 2008), cuando consideré armar una propuesta teórica que permitiese ubicar nuestra experiencia revolucionaria venezolana dentro del ámbito de la historia de las ideas y –sobre todo- resaltar su importancia como referencia para los procesos de liberación nacional emprendidos por otros pueblos de Nuestra América.


Aquella reflexión cobraba particular importancia en este momento cuando los pueblos de la América Meridional, como los llamó Simón Bolívar, estamos viviendo uno de los momentos más trascendentes de nuestra historia, librando el combate por obtener nuestra definitiva independencia política, cultural y económica del Imperio Angloamericano que hoy, Enero de 2009, parece vivir su fase terminal. Por esa razón, creimos necesario ampliar dicho texto y escribir este ensayo. En él comenzamos por este preámbulo que recoge la propuesta general y -como exponemos en los capítulos 1 y 2- continuamos haciendo la crítica del concepto del Progreso y analizando las raíces remotas del capitalismo, partiendo del conjunto de proceso civilizadores culturales originarios de la cultura neolítica europea una civilización, sobre cuyos hombros surgió finalmente en el siglo XVI una formación capitalista, cuyo sistema económico-social se impuso a la fuerza -a partir de entonces- sobre las civilizaciones originarias americanas, asiaticas y africanas. Desde ese momento comienza a forjarse la relación de dependencia –cultural, política, económica, y tecnológica- de los pueblos de Nuestra América con el llamado Primer Mundo, lo que denomina Dussel (1998)el segundo paradigma de la modernidad, por lo cual creemos necesario hacer la crítica histórica de la teoría de la Evolución Cultural y del Progreso que son la justificación ideológica del proyecto mundial de dominación hegemónico capitalista, tema que ha sido analizado in extenso por el antropólogo mexicano Héctor Díaz Polanco (1989).


Nuestra toma de posición teórica alude igualmente al debate existente entre los antropólog@s e historiador@s modernistas formalistas quienes sostienen que los análisis económicos modernos son aplicables a la economía antigua, y los llamados primitivistas sustantivistas, quienes niegan la importancia de las relaciones de mercado, la acumulación orginaria de capitales y el comercio a larga distancia en el mundo antiguo ( Burling, 1976; Polanyi 1976; Kaplan 1976; Godelier 1976; Eden y Kohl, 1993; Frank, 1993: 385). Como veremos en el desarrollo de nuestra propuesta en los capítulos que siguen, nuestra posición como antropólogo marxista o que pretende serlo, se apoya en los conceptos elaborados por Marx, todavia en proceso de desarrollo, de modo de producción y formación económica y social, así como en los de modo de vida y modo de trabajo propuestos por Vargas-Arenas (1990). Como hemos analizado en trabajos precedentes (Sanoja y Vargas-Arenas, 2000), existe abundante evidencia publicada sobre la acumulación originaria tanto de capital expresado en fuerza de trabajo como de capital expresado en bienes materiales en las sociedades precapitalistas de Nuestra América que permiten substanciar el debate científico al respecto.

III

Hacer la crítica de la teoría del Evolucionismo Cultural, implica también hacer la crítica de los conceptos fundamentales que soportan el paradigma de la modernidad: el Progreso y la Civilización. Hemos creído relevante discutir el tema de las civilizaciones originarias americanas, ya que no podemos hablar de la soberanía de nuestros pueblos si no damos cuenta primero de las causas de su singularidad histórica. Hemos utilizado igualmente el concepto de proceso civilizador, emitido originalmente por el famoso antropólogo brasileño Darcy Ribeiro, porque permite establecer el flujo dialéctico de los procesos originarios tanto culturales identitarios como nacionales que confluyen para constituir la especificidad de los pueblos de Nuestra América, frente a las tendencias globalizadoras neoliberales que intentan desdibujar nuestra presencia en el escenario mundial.


No es nuestra intención introducirnos en un debate profundo sobre las tesis de la dependencia y el subdesarrollo en Nuestra América. Para los fines de la presente discusión, tratamos de centrarnos en el concepto de relación centro-periferia existente entre el núcleo de países capitalistas desarrollados y los menos desarrollados, sujeto que ha sido debatido y analizado in extenso –a nuestro juicio- en obras capitales como The Modern World System: Capitalist Agriculture and the Origins of the European World Economy in the Sixteenth Century, por Immanuel Wallerstein (1974), y Civilization & Capitalism. 15th-18th Century, por Fernand Braudel (1992). De la misma manera tratamos de analizar la terrible consecuencia que ha tenido y tiene dicha relación centro-periferia apoyándonos en las numerosas y profundas reflexiones que sobre el tema han elaborado divers@s científic@s sociales en muchas partes del mundo entre los cuales destacamos particularmente dos extraordinarios ensayos seminales: Las Venas Abiertas de América Latina (1973) de Eduardo Galeano, libro que sacudió la conciencia de nuestra generación al demostrar como Nuestra América era para el capitalismo simplemente el objeto de la explotación, el medio de producción y reproducción del sistema, y América Nuestra, Integración y Revolución (2007) de Luís Britto García, uno de los análisis más sólidos sobre la realidad contemporánea de Nuestramérica y el Caribe.


Nuestro ensayo, de manera muy modesta, intenta --en su primera parte-- discutir la forma cómo una escuela de pensamiento sobre la naturaleza y origen de la Cultura, el Evolucionismo Cultural, representa en verdad la ideología de la modernidad que ha intentado legitimar la relación desigual, colonial existente entre el núcleo de países desarrollados y los nuestros. En el siglo XVI, según Stern (1988), Europa resolvió la crisis general causada por el colapso del Feudalismo gracias particularmente a su expansión colonial hacia Nuestra América, lo cual le permitió constituir una economía mundo capitalista y consolidar el núcleo duro de la misma: un sistema político absolutista, un sistema productivo empresarial y una fuerza de trabajo asalariada local, hiper explotada, en los campos de la agricultura, la ganadería y la industria, mientras que explotaba también los pueblos de la periferia, Nuestra América y Europa Oriental mediante procesos de trabajo esclavistas o serviles –cuya eficacia había sido probada en Europa Occidental desde la Antigüedad Clásica- para aumentar la producción de tejidos de lana y algodón, bienes de consumo directo, cereales, azúcar, café, cacao, maderas, hierro, carbón, metales preciosos, etc. España y Portugal en particular, fungían como un eslabón intermedio para succionar los recursos primarios producidos en las regiones de Nuestra América, Asia y África para enviarlos luego al resto de Europa.


Aquella relación comercial parasitaria de las metrópolis con sus satélites de la periferia meridional, y con la periferia nuestramericana, asiática y africana, permitió a los imperios europeos extraer de nuestros pueblos todas las riquezas y recursos posibles:


“...Solamente entre 1503 y 1660, llegaron al puerto de San Lúcar de Barrameda 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. La plata transportada a España en poco más de siglo y medio, excedía tres veces las reservas europeas... Con estas magnitudes colosales arranca la acumulación primitiva de capital en Europa... Al nuevo Mundo solo le quedan socavones de minas vacías, osamentas de millones de seres sacrificados a la minería y a la agricultura de plantación... Medio milenio después, todavía la producción esencial de América es de “materias primas”...” (Britto García, 2007: 77).


Gracias a esta explotación inmisericorde de nuestros recursos logró Europa, pues, consolidar un proceso regional de acumulación originaria de capitales, el cual le facultó -en términos de cultura, ciencia y tecnología- para ponerse a la cabeza del resto de los pueblos que colonizaban y expoliaban. En el caso particular de Nuestra América, los enclaves coloniales locales constituidos por las oligarquías criollas mercantilistas se modernizaron también cultural, tecnológica y económicamente, según los valores capitalistas europeos, para dirigir y apropiar su parte del proceso de explotación de las clases medias y las mayorías pobres de Nuestra América. Estas oligarquías siguen conformando hoy día la principal causa histórica del atraso y la pobreza de Nuestra América, en lo que diversos autores han denominado como “relaciones de producción feudales” (Laclau, 1971).


A diferencia de la colonización española y portuguesa de Nuestra América, llevada a cabo mayormente por individuos aislados, la colonización inglesa y europea en general de los actuales Estados Unidos significó, no solamente una transferencia organizada de poblaciones completas, sino también de tecnologías productivas industrialistas y agrarias que eran entonces de última generación. Estas poblaciones europeas transplantadas exterminaron casi completamente a los pueblos americanos originarios e introdujeron una masa considerable de esclavos africanos (al igual que hacen hoy día con los inmigrantes llamados hispanos) para llevar a cabo los trabajos serviles, sobre todo en la agroindustria del algodón, que la sociedad capitalista angloamericana necesitaba para proyectar su desarrollo como potencia capitalista. Ello produjo la formación de un nuevo proceso civilizador capitalista más dinámico y moderno el cual, en el siglo XIX, comenzó a competir con el proceso civilizador capitalista europeo originario hasta finalmente dominarlo y absorberlo en el siglo XX, conformando así la fase hegemónica mundial del llamado Imperio o Civilización Occidental (Sanoja y Vargas-Arenas, 2005: 19-25).


Recapitulando sobre lo anterior vemos, a partir del siglo XVI, que la expansión geográfica del capitalismo mercantil fuera de Europa Occidental se tradujo en la conquista, subordinación y sojuzgamiento de poblaciones humanas que habían vivido por milenios, libres y autónomas. La expansión de la formación capitalista determinó la instauración de una compleja relación colonial entre los nuevos imperios que se estaban formando en Europa Occidental tras el colapso de la sociedad feudal y su novedosa e inmensa periferia integrada por América, Asia, África y Oceanía.


Los pueblos americanos colonizados, particularmente los de Mesoamérica, Suramérica y el Caribe, proporcionaron a aquellos imperios materias primas que los europeos e incluso los asiáticos no poseían o no poseían en cantidad suficiente. Entre estos últimos se cuentan los metales preciosos como el oro y la plata, las piedras preciosas y las perlas, recursos sobre los cuales se construyó posteriormente la riqueza de las naciones e imperios de Europa e incluso de Asia.


La adopción y utilización por la población europea de cultígenos americanos tales como el maíz (Zea mays), la papa (Solanum tuberosa), el tomate (Lycopersicum esculentum), el cacao (Theobroma cacao), el algodón (Gossypium barbadensis), el tabaco (Nicotiana tabacum) contribuyeron a mejorar la calidad de vida de los pueblos de Europa y Asia azotados secularmente -hasta entonces- por hambrunas cíclicas. Por otra parte, aquellos productos no perecederos que no podían ser cultivados en Europa tales como el cacao, el tabaco, el café, el algodón, etc., y derivados de las mismos como las melazas, el azúcar y otros, se convirtieron en commodities, materias primas de uso comercial que estimularon el surgimiento de bolsas de comercio para la especulación comercial con productos de ultramar (Braudel, 1992-I: 1, 2 y 3; Sanoja y Vargas, 2005: 13-15). Hoy día proveemos a Estados Unidos, a Europa y el mundo entero con mineral de hierro, carbón, salitre, petróleo, gas, uranio, titanio, tungsteno, níquel, germanio, etc., para su posterior reelaboración como bienes manufacturados que importamos a un costo superior al de nuestras materias primas (Britto Garcia, 2007: 77).


A partir del siglo XVIII en Europa occidental, con el triunfo definitivo de la burguesía, la asimetría en el desarrollo histórico existente entre las metrópolis y su periferia colonial comenzó a ser racionalizada por las elites burguesas como el producto de una superioridad innata de los pueblos y la civilización europea sobre los pueblos periféricos, particularmente los pueblos indígenas y mestizos que conformaban el dominio colonial español en América. A este respecto, Hegel (1978; 192) escribió que en los Estados Norteamericanos (Estados Unidos de inicios del siglo XIX), enteramente colonizados por europeos industriosos, el Estado era una institución meramente externa cuyo fin era proteger la propiedad privada. Los españoles, por el contrario, conquistaron y tomaron posesión de Suramérica ocupando posiciones políticas vía la rapiña. La inferioridad de los aborígenes que constituyen la mayoría de la población –decía aquel autor- era manifiesta (Hegel 1978: 191).


Con el surgimiento en Europa occidental del pensamiento antropológico y la creación de la escuela de la Evolución Cultural en el siglo XIX, se trató de dar una explicación científica a la supremacía material, intelectual y política alcanzada por la civilización occidental, proponiendo para ello la existencia de un paradigma del progreso universal inspirado en la historia de Europa, proceso evolutivo por el cual tendrían que pasar todos los otros del mundo para igualar el nivel de desarrollo material e intelectual alcanzado por los europeos y angloamericanos. Dicho paradigma del progreso alentó y legitimó una nueva expansión colonial capitalista de Europa hacia África y Asia y de Estados Unidos hacia su periferia nuestramericana y las islas del Pacífico Sur.


Pensadores anticapitalistas como Carlos Marx y Federico Engels también aceptaron la validez de aquel paradigma civilizador occidental, aunque proponiendo para el mismo la existencia de una nueva etapa en el desarrollo de la sociedad, el Comunismo, la cual significaba la abolición de la propiedad burguesa. El comunismo, fase final y superior del progreso de la humanidad, surgiría en un tiempo futuro como consecuencia del desarrollo máximo de las fuerzas productivas del capitalismo y el predominio de la clase trabajadora sobre la burguesía (Marx y Engels, 2008).

IV

El tiempo es el modo de existencia de la materia. Tiempo y movimiento, unidad fundamental de la dialectica de los contrarios, son conceptos inseparables que solamente se explican dentro del espacio, el cual a su vez indica también cambios de posición ya que la materia se mueve a través del espacio. La cantidad de maneras como el movimiento que es el socialismo puede suceder es infinita: el movimiento de la materia en el espacio, como hemos visto en el caso de la antigua Unión Sovietica, es reversible en tanto que su movimiento en el tiempo es irreversible. El tiempo constituye, pues, un proceso permanente de autocreación y auto reproducción mediante el cual la materia se transforma en un número infinito de formas. Cuando esta concepción del tiempo irreversible y de cambio penetra en la conciencia humana, nos damos cuenta que dialécticamente la vida surge de la muerte, el orden del caos. Asi pues vemos que el marxismo al aplicarse al más complejo de los sistemas no lineales que es la sociedad humana nos revela por contradicción, como expondremos en los capitulos 2,3 y 4, que la diversidad de formas y posibilidades que es capaz de crear la naturaleza humana es la palanca fundamental del progreso intelectual y social que se resuelve en la transformación diaria y constante de la humanidad, mediante la cual llegaremos quizàs, algún día, a concretar vía el socialismo, la utopía del comunismo (Woods y Grant, 139-162; 395).


Como respuesta a aquellas inquietudes, desde nuestra perspectiva como antropólogo intentamos discutir en este ensayo -en líneas generales- el desarrollo de conceptos como Civilización y Progreso a partir del siglo XVIII como parte de la teoría evolucionista de la Cultura, teoría que ha servido a los países del núcleo capitalista desarrollado como justificación y coartada de su política de dominación imperial mundial. En el capítulo 4 hacemos una crítica científica al paradigma civilizador occidental, el cual sirvió de fundamento a la tesis de Marx y Engels sobre el desarrollo de los modos de producción precapitalistas (Marx y Hobsbawn, 1971; Engels, sf.) Compartimos plenamente la idea de que el socialismo es la solución para los problemas del subdesarrollo o el no-desarrollo capitalista que existen en Nuestra América, pero pensamos así mismo, como explicamos en el capítulo 6, que surgirá por razones históricas diferentes a las propuestas para el paradigma civilizador europeo.


La discusión planteada en este ensayo intenta también demostrar, como se expone en los capítulos 5 a 7, que la construcción del socialismo debe fundamentarse en el conocimiento y el estudio crítico de los diferentes procesos históricos que han vivido los pueblos en los diversos continentes a los cuales también, en un cierto momento, el colonialismo europeo impuso el sistema capitalista. Aunque pueda parecer excesivamente académico, este conocimiento es necesario para construir una teoría general del desarrollo de las sociedades regionales partiendo desde las sociedades originarias hasta las del presente, con base al materialismo histórico comparado. La historia marxista –dijo Vere Gordon Childe- “es materialista porque considera un hecho biológico, material, como la principal clave para descubrir el patrón general que subyace a un aparente caos de hechos superficiales sin relación alguna entre sí” (1981: 364). El método materialista histórico sigue siendo, en nuestra opinión, el único paradigma intelectual lo suficientemente amplio como para vincular en una misma teoría la dialéctica del desarrollo social, el ideal socialista, las contradicciones y movimientos sociales del presente y la influencia que ejercen sobre el mismo las estructuras del pasado.


Compartimos la propuesta esbozada inicialmente por los maestros venezolanos Domingo F. Maza Zavala y Ramón Losada Aldana en la década de los años sesenta del pasado siglo, de formular una estrategia concreta para la transición y un método para alcanzar la meta del socialismo. Dicha estrategia o habilidad para dirigir el proceso socialista pasa por el método del nacionalismo revolucionario, el cual permite a los pueblos profundizar sus propios procesos de acumulación de capitales que le den base material a sus luchas por lograr la soberanía política, social, económica y cultural. De acuerdo con dicha estrategia, la lucha por la liberación nacional debe comenzar con el desmontaje de los enclaves imperiales y oligárquicos y el desarrollo de un sector económico público dominante para lograr nuestra plena soberanía política y económica, etapa imprescindible para lograr la transformación de nuestro pueblo en una nueva calidad histórica como es el socialismo.

La lucha por la liberación nacional de los pueblos de Venezuela y Nuestra América en general, adquiere relevancia en momentos como el actual cuando el Imperialismo Occidental y el neocolonialismo español en particular tratan de construir un bloque ideológico prooccidental capitaneado por la llamada Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) dirigida por el líder del neofascista Partido Popular español José María Aznar. El argumento primordial de la FAES, contrariamente a lo que queremos demostrar en este ensayo, es que Nuestra América es parte sustancial de Occidente, el cual no sería un concepto geográfico sino un sistema universal de valores. En tal sentido, esta argumentación considera, que existiría una izquierda “buena” que se ajusta al socialismo neoliberal europeo (el socialismo chileno de Bachelet y el socialismo brasileño de Lula da Silva, por ejemplo) y una izquierda “mala” antioccidental que trata de implantar el Socialismo del Siglo XXI, de raigambre histórica indoamericana, cuyos exponentes más malévolos serían Fidel Castro y Hugo Chávez (Roitman, 2008).


En una entrevista concedida recientemente al diario español La Vanguardia el 23-02-2008, en la cual el Maestro Maza Zavala expresó también opiniones adversas al proceso de bolivariano de liberación nacional, éste tuvo sin embargo la honestidad de reconocer que:


“…En Venezuela la existencia de un importante sector público de la economía –que comprende las fuentes principales de ingreso nacional en el presente y el futuro previsible- puede considerarse como una circunstancia que facilita la transición al socialismo. El financiamiento más importante de la gestión pública procede de la explotación de un patrimonio nacional y ello da vigencia al concepto de propiedad social y, por tanto, a la posibilidad de un sistema de relaciones sociales de propiedad y producción que sustituya al sistema de relaciones privadas en vigencia".


Las ideas que habían sido sostenidas por Maza Zavala hasta las últimas décadas del pasado siglo, se convirtieron entonces en un patrimonio intelectual compartido por muchos pensadores de izquierda profundamente preocupados por lograr finalmente una patria socialista, independiente y soberana. Por estas razones, reivindicamos hoy las ideas expuestas por Maza Zavala cuando era nuestro maestro progresista y revolucionario.


¿Cómo llegaremos al socialismo?, ¿Existen diversas vías hacia el socialismo?, ¿Cómo será definitivamente el socialismo en Nuestra América? Esas preguntas las están respondiendo nuestros pueblos. Nosotros solamente intentamos aportar argumentos para la discusión que se plantean los ciudadanos y ciudadanas de a pié.


No queremos finalizar este preámbulo sin hacer referencia a la necesidad que tenemos de desarrollar una actitud crítica y autocrítica sobre nuestra labor como antropólogos en los movimientos sociales revolucionarios, única garantía de poder acceder a un cambio histórico verdadero y permanente. En tal sentido, es relevante aludir a al pensamiento de Carlos Marx cuando, al analizar en su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1971:16) los eventos sociales que culminaron en 1848 con la restauración de la dinastía napoleónica en Francia, describe la autocrítica como un proceso que necesariamente tiene que cumplirse en el seno de todas las revoluciones proletarias, las cuales interrumpen su marcha, vuelven a cuestionar lo que parecía ya terminado para iniciarlo de nuevo desde el principio, critican sus errores iniciales y pareciera que le dan armas a los adversarios para que ataquen más fuerte. Sólo de esta manera pueden las revoluciones generar una teoría autocrítica capaz de explicar su génesis y transformación. En ese espíritu creemos necesario revisar el alcance teórico de los contenidos del paradigma de desarrollo de la humanidad expuesto inicialmente por el materialismo histórico, ya que con base a él se han construido y se construyen estrategias para acceder al modo de vida socialista tanto en Venezuela como en el resto del mundo.


Para plantearnos el objeto del presente ensayo, nos inspiramos también en el pensamiento de Antonio Gramsci cuando nos dice que la vida se desarrolla por avances parciales, es decir a través de las diferentes líneas de acción humana que se expresan en procesos civilizadores y modos de vida muchos de los cuales, a pesar de haberse transformado en un obstáculo para el avance de la humanidad es necesario estudiar para preguntarse si en cada proceso o modo de vida particular, existen todavía las condiciones sobre las cuales se fundamentaba la racionalidad de la existencia de los mismos. Precisamente porque los modos de vida y procesos civilizadores se representan como si fuesen naturales, absolutos a quienes los viven, es muy importante demostrar su historicidad, demostrar que aquéllos solo se justificaban cuando existen ciertas condiciones históricas y para lograr determinados objetivos. Por tanto, nos dice Gramsci:


“es objeto del moralista y del creador de costumbres, el análisis de los modos de ser y de vivir y criticarlos, separando lo permanente, lo útil, lo racional, lo conforme a su finalidad, de lo accidental, de lo superficial, de lo simiesco…” (1977: 218-219),


Tal como hemos expuesto en la mayoría de nuestros últimos libros o ensayos, nuestro interés primordial en esta nueva etapa de nuestra carrera intelectual, es producir textos que provoquen en el lector y la lectora, el interés por la reflexión sobre el futuro de nuestra sociedad, sobre la responsabilidad de los colectivos y de las personas en la construcción del socialismo.



PARTE 1: CRÍTICA DEL PARADIGMA OCCIDENTAL DEL PROGRESO



CAPÍTULO 1.

El ideal del progreso y la civilización occidental

La división de la humanidad entre pueblos civilizados y los llamados bárbaros se remonta a la antigüedad europea clásica. Ya en aquella época, los habitantes de las ciudades griegas y romanas se consideraban a sí mismos como el todo culturalmente más desarrollado y civilizado de la humanidad de su tiempo. Dichos focos de civilización se hallaban rodeados por otros que los romanos y griegos consideraban pueblos atrasados, salvajes, a los cuales denominaban bárbaros, los cuales no habían llegado a construir Estados ni ciudades, ni un nivel de cultura y educación similar al que ellos habían logrado acceder.

La conciencia de esta separación de la humanidad entre pueblos civilizados y bárbaros permaneció siempre en el imaginario de los pensadores “civilizados”: historiadores, filósofos, literatos, artistas, políticos, clérigos, etc. La necesidad de explicar la historicidad de esas diferencias comenzó a manifestarse a partir de la conquista de América, Oceanía y Australia entre los siglos XVI y XVII, hecho que puso de relieve la existencia de pueblos que, aunque coexistiendo con los europeos de la época, vivían de maneras totalmente diferentes.

Los estudiosos de la época pudieron apreciar que los componentes de la cultura material de aquellas sociedades originarias que vivían en la periferia de la Europa occidental de entonces, eran semejantes a los poseídos por los pueblos bárbaros descritos por los historiadores de la antigüedad clásica. Sin embargo, el obstáculo que representaban las religiones cristianas y el dogma creacionista bíblico sobre el origen de la humanidad para el desarrollo de la ciencia, coartaba la posibilidad de considerar, científica y racionalmente, si aquellas formas sociales podrían ser el antecedente de los pueblos europeos de entonces. Pero era evidente que la división entre los pueblos europeos “civilizados” y los salvajes o bárbaros de la periferia era una realidad, por lo cual, actuando de acuerdo con la tesis redencionista cristiana, las burguesías europeas consideraron como un deber ético llevar la salvación, la fe y el progreso a los salvajes para rescatarlos de su supuesta “ignorancia”. La conquista y la colonización de los pueblos que no estaban sometidos a la civilización occidental y cristiana se convirtió entonces para la generalidad de españoles, ingleses, franceses y holandeses de la época, en una especie de nueva cruzada para redimir la humanidad salvaje y legitimar así su expansión colonialista.

El siglo XVIII aportó importantes cambios en la percepción de la historia de la naturaleza y la humanidad. El pensamiento positivo que comenzó a consolidarse a partir de la Revolución Francesa y el triunfo de la burguesía, llevó a los filósofos de la naturaleza, la economía y la sociedad a pensar científicamente el origen de las cosas, sobre todo a racionalizar históricamente el triunfo histórico de aquella clase social. David Hume, James Steuart y Adam Smith comenzaron a pensar la historia de la sociedad burguesa en términos de la economía y la política, de la formación del Estado como un elemento regulador de las relaciones económicas entre las personas y entre los Estados, considerando el comercio como el instrumento para incrementar la riqueza de las naciones (Smith, 1981).

A mediados del siglo XVIII, particularmente después de la publicación de El Contrato Social y el Emilio, obras clásicas de Jean Jacques Rousseau, se puso en boga el término civilización, entendido como el estado superior que alcanzaba la sociedad civil y educada mediante la observancia de las leyes, el orden social, la buena educación, la acumulación de conocimientos y la práctica de la industria y el libre comercio.

La estructuración de la escala temporal que legitimaba empíricamente el proceso de la evolución cultural, la civilización y el progreso, se inició en 1812 con la propuesta del arqueólogo danés Vedel–Simonsen sobre la existencia de tres edades tecnológicas en la historia de la Humanidad: la Edad de Piedra, la Edad del Cobre o el Bronce y la Edad del Hierro. Posteriormente, la tesis del progreso y la evolución llegó a alcanzar rango científico hacia mediados del siglo XIX con los trabajos del naturalista francés Jacques de Crèvecoueur Boucher de Perthes, quien demostró que las evidencias materiales más antiguas de la cultura humana conocidas entonces en Europa, se hallaban asociadas con las antiguas capas geológicas del período pleistoceno. De esta manera, los filósofos, historiadores e intelectuales del siglo XVIII comenzaron a darse cuenta que la sociedad que ellos conocían era solamente el acto final de un largo drama vivido por la humanidad, el Progreso, el cual debía ser explicado y reconstruido por la antropología (Lowie, 1946: 34).


Los antropólogos ingleses de la era victoriana, tales como Pitt-Rivers, Lubbock y Tylor, sentaron las bases filosóficas y empíricas de lo que vendría a ser la Teoría Evolucionista de la Cultura. Dichos autores expusieron que la nota dominante de la historia de la especie humana era el movimiento ascendente desde las formas sociales más simples hasta las más complejas, representada esta última por la sociedad británica de la época. Todas las civilizaciones del pasado o el presente –según dicha teoría- habían partido de una infancia bárbara o salvaje, muestra de lo cual eran las razas primitivas que habían sido conocidas entre el siglo XVI y el siglo XIX. Frente a estas afirmaciones, pensamos que si bien el concepto de la evolución histórica de la humanidad es un hecho, no sucede lo mismo con la explicación ideológica de cómo se llevó a cabo esa evolución, objeto de la teoría evolucionista cultural, la cual se transformó posteriormente en la legitimación histórica del colonialismo europeo y del estadounidense.

A partir del siglo XIX, el grupo de ocho países capitalistas más desarrollados impuso el Progreso al estilo de occidente a las elites sociales de aquellos países atrasados que no les habían abierto sus economías, utilizando la fuerza militar, la presión política y económica y la corrupción. El concepto de Progreso perdió su inocencia en el siglo XX y se convirtió no solo en ”la explicación” de la historia de la humanidad, en la racionalidad subyacente a todas las políticas colonialistas de los países capitalistas desarrollados, sino también de toda la ciencia social aplicada al desarrollo social, particularmente en los países subdesarrollados (Wallerstein, 2001: 200-201). Hoy día la acción del capitalismo depredador se presenta como la teoría económica del neoliberalismo, con su estrategia cultural denominada globalización y su expresión instrumental conocida como Tratados de Libre Comercio.

Simultáneamente con la Teoría Evolucionista surgieron también otras teorías como las difusionistas, las cuales, contrariamente a aquella, sostenían que la historia de la cultura humana no podía considerarse como un progreso unitario, que todas las sociedades no atravesaban necesariamente por las mismas etapas. Por el contrario, argumentaban que existían en Asia y en África múltiples centros originarios a partir de los cuales se habían difundido hacia el resto de los continentes y en diferentes épocas, los diversos componentes de la Cultura (Herskowitz, 1952: 546-564).

Los procesos de evolución y la difusión de la cultura, como ha sido comprobado por las investigaciones científicas ulteriores, no constituyen propuestas antagónicas sino complementarias para explicar el desarrollo de la humanidad. La versión, o más bien la visión de los evolucionistas culturales sobre la historia de la cultura universal, por su parte, tiende a presentar el concepto de sociedad clasista jerárquica burguesa como representación de la civilización occidental. La escuela de la difusión cultural pareciera explicar y legitimar la expansión de las “culturas madres” a partir de ciertas regiones privilegiadas del planeta, lo cual es también una manera de fundamentar científicamente los procesos coloniales iniciados por Europa y Estados Unidos en el siglo XIX y el XX y subsecuentemente la supuesta globalización indetenible de los valores de la civilización occidental.

En el siglo XIX, el estudio de la evolución social, el progreso y la civilización no se limitó solamente a las evidencias materiales y a la tecnología, sino que también se extendió al estudio comparado de la evolución de las instituciones sociales tales como el Estado, la familia y las costumbres sociales, el derecho, la religión, la economía, los procesos mentales, el arte, etc. (Lowie, 1946; Díaz Polanco, 1989). Trabajos como los de Morgan (1877), entre otros, contribuyeron a consolidar el Evolucionismo como una teoría sobre la evolución de la sociedad y la cultura, la cual dividía la historia de la humanidad en tres etapas principales: salvajismo, barbarie y civilización, correlacionadas cada una de ellas con determinados adelantos sociales, económicos e intelectuales. El Salvajismo es la etapa anterior al uso de la cerámica; la barbarie es la edad de la alfarería; la civilización comienza con la invención de la escritura.

Mientras la burguesía era todavía una clase social en ascenso, estuvo obligada a disputar su hegemonía política sobre la sociedad europea, por una parte, con los rezagos del orden feudal; para ello blandía la bandera del progreso como emblema del triunfo seguro sobre las estructuras arcaicas de la monarquía absoluta; por la otra agitaba la consigna del orden para contener el ascenso social y las reivindicaciones políticas de la clase trabajadora que había comenzado a desarrollarse con el industrialismo a partir de finales del siglo XVIII.

Aquellos conceptos se encuentran desarrollados en la obra de Auguste Comte (1980) Discurso sobre el Método Positivo, padre de la filosofía positivista, quien sostenía que el desarrollo de la civilización debía estar basado en la noción de progreso, concebido éste como la expansión del orden social. Para que ocurriese el progreso y se consolidase la sociedad que lo producía, era necesaria la existencia del orden social representado por la burguesía. Las clases inferiores de Europa Occidental tendrían, pues, necesariamente que aceptar la subordinación social a la clase burguesa, condición natural que implicaba reconocer la superioridad de sus gobernantes (Patterson, 1997: 44; Díaz Polanco, 1989: 37-41).

La tesis expuesta por Comte proponía igualmente una ley de la evolución de la sociedad, conformada por tres estados teóricos, tres métodos, tres clases de filosofía para explicar los fenómenos sociales, vinculados cada uno de ellos a la existencia de tipos particulares de sociedad:

a) el teológico, que explica los fenómenos como productos de agentes sobrenaturales y se relaciona con un sistema militar.

b) el metafísico, donde los agentes sobrenaturales son sustituidos por fuerzas o entidades abstractas que se asocian con una sociedad transitoria.

c) el científico o positivo donde el espíritu humano se aboca a la tarea de descubrir las leyes o relaciones invariables entre los fenómenos sociales e impulsa la creación de una sociedad industrial, la sociedad burguesa europea u occidental que constituye el ápice del progreso social.

Una vez que la burguesía consolidó su poder hacia finales del siglo XIX y consideró realizado en Europa su ideal del progreso, la historia y el evolucionismo dejaron de ser, oficialmente, el interés fundamental de los pensadores burgueses. En su lugar, lo relevante pasó a estar constituido por el estudio sincrónico y la comprensión de los factores que conforman el orden social para detectar los fenómenos patológicos, como por ejemplo la insurgencia de la clase trabajadora que amenaza la integridad del orden constituido.

Aquella tendencia que experimentó la burguesía, se ilustra en la conocida obra del sociólogo francés del siglo XIX, Emile Durkheim (1956) intitulada Les règles de la Methode Sociologique. En la misma se resume la tradición empirista occidental que se esforzaba sistemáticamente en conformar una ciencia que estudiase la causalidad de las formas de relación social que establecen los individuos entre sí, buscando las determinantes de un hecho social específico en otros hechos sociales antecedentes. Dicha ciencia –la sociología- se fundamentaría en la regularidad con la cual se producen los hechos sociales y en la existencia de un proceso histórico progresista por el cual atraviesan las sociedades, de manera similar al proceso de evolución lineal presentado en las obras de Herbert Spencer y Auguste Comte. Para Durkheim no existía una sociedad única, sino una serie de tipos sociales y culturales cualitativamente distintos que no podían ser juntados todos, de manera continua, en una misma secuencia histórica (1956: 76-88).

La influencia del pensamiento de Durkheim se reflejó en la obra de algunos de sus seguidores como Marcel Mauss y Vidal de La Blache, quienes introdujeron en la etnología y en la geografía humana francesas los conceptos de modo de vida o estilo de vida. Dichos conceptos aludían a la existencia de complejos de actividades habituales que caracterizan la existencia de los grupos humanos. Los elementos materiales y espirituales de la cultura eran vistos como las técnicas y hábitos transmitidos por la tradición que capacitaban a dichos grupos humanos para vivir en ambientes particulares. La persistencia de los mismos estaba asegurada no sólo por las instituciones que mantenían su cohesión, sino también por las tecnologías e implementos para la utilización de las fuentes de energía y las materias primas. La transformación de las sociedades a partir de los modos más arcaicos, los recolectores-cazadores, ocurría como un flujo de procesos de cambio que surgían progresivamente dentro de cada grupo humano, por modificaciones en las condiciones ambientales o en las relaciones entre grupos humanos, cuando se producían entre ellos asimetrías en la estructura (tecnoeconomía), las relaciones sociales o la ideología (Max Sorre, 1962: 393-415).

Este tipo de reflexión podría haber influido también en la formulación de la tesis relativista del neoevolucionismo o de la evolución multilineal de los tipos culturales propuesta por la escuela estadounidense, particularmente por Leslie White y Julian Steward, quienes enfatizaban el estudio de las regularidades interculturales a partir de un concepto de sociedad estratificada sobre una base estructural (tecnologías de subsistencia), a la cual se sobreponían la estructura social y la cultural (ideología) que determinaban el perfil sociocultural de los grupos humanos (Patterson, 2001: 110-112; Sahlins y Service, 1961: 53; Friedman, 1983: 40).

La idea de la civilización y el progreso así como las tesis tanto del evolucionismo clásico como del neo-evolucionismo que surgirán posteriormente en los Estados Unidos, aunque desplazadas académica y epistemológicamente en Europa y Estados Unidos por nuevas teorías sobre la cultura y la sociedad, siguen siendo utilizadas por los gobiernos de los países capitalistas desarrollados para explicar y legitimar la dominación que ejercen dichos países sobre sus colonias en África, Asia, México. América Central, Suramérica y el Caribe, y llevar a cabo lo que consideran como la misión civilizadora del Occidente capitalista.


CAPÍTULO 2.

Civilización y Procesos Civilizadores

En su acepción general, la palabra civilización se asocia con la existencia de determinados pueblos que son considerados –valga la redundancia- civilizados, donde el saber, la ciencia, la tecnología y las virtudes humanas alcanzan su mayor nivel de desarrollo. El concepto de civilización implica que en torno a los pueblos altamente civilizados existen otros que no lo son, considerados éstos como bárbaros. A estos pueblos bárbaros, los civilizados tratan de convencerlos de que nunca llegarán a ser civilizados a menos que se sometan a la voluntad de los pueblos superiores. Considerada desde este punto de vista, la idea de la civilización implica también la existencia de jerarquías de clases sociales, culturas y razas.

En el plano singular, el concepto de civilizaciones específicas se puede definir también como la construcción de identidades culturales bajo particulares circunstancias históricas y sociales, determinadas por un espacio y una cultura particular (Braudel, 1980: 177-198), las cuales están a su vez históricamente contenidas y representadas dentro una Formación Socioeconómica determinada. Tanto la civilización como la cultura aluden igualmente a los modos de vida generales de los pueblos, incluyendo por tanto los valores, las normas, las instituciones y los modos de pensar que han caracterizan en el tiempo el modo de existencia de diversas generaciones (Huntington, 1997: 41).

En el caso de la denominada Civilización Occidental, la pertenencia a la misma está determinada por la aceptación de valores sociales y culturales como el individualismo, el liberalismo, el constitucionalismo, los derechos humanos, el gobierno de las leyes, el libre mercado, la separación de la Iglesia y el Estado. Estos valores fueron proclamados como universales de la cultura a partir del triunfo de la Revolución Francesa o Burguesa, fase de la modernidad que se inició en 1783 (Patterson, 1997: 34-55). Según los que mantienen esta tesis, esos valores sólo podrían existir dentro del sistema capitalista, considerado este sistema como el fundamento de la democracia burguesa. Por esta razón, dicha forma de democracia y el american way of life de la sociedad estadounidense o el european way of life de las monarquías y democracias burguesas parlamentarias de Europa, son consideradas por las elites dominantes de los países capitalistas desarrollados como paradigmáticas para el resto de la humanidad.

Desde el punto de vista heurístico que nosotros sostenemos, una civilización puede definirse también como una construcción histórica y territorial que incluye la cultura, los valores, los ideales, los conceptos sobre la organización social, los factores materiales tecnológicos y económicos. En tal sentido, la civilización es una entidad cultural que como tal persiste, se transforma, se divide o se integra en nuevos conjuntos. Una civilización puede como tal contener Imperios, Ciudades-Estados, Estados nacionales singulares, Federaciones y Confederaciones de Estados nacionales, y llegar a coincidir con una entidad política determinada. Una civilización implica igualmente procesos culturales civilizadores mediante los cuales se reconoce la identidad histórica y cultural, la conciencia de poseer una comunidad de orígenes y de destinos compartidos por todos los pueblos que la integran (Sanoja, 2006: 45).

Una civilización definida de esta manera, se concibe asimismo como un sistema total que se expresa en diversos procesos culturales particulares, los procesos civilizadores cuya existencia –en nuestra opinión- está determinada por la contingencia histórica, cultural y ambiental y el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas alcanzados por los pueblos de una región particular, en un momento histórico determinado. Según nuestra posición teórica, este concepto aludiría también a la diversidad de líneas de desarrollo histórico que caracterizan la construcción de las sociedades, consideradas éstas como producto de la dinámica y las tradiciones culturales singulares que configuran las mismas en el seno de una civilización, las cuales corresponden con secuencias históricas concretas que denomina Darcy Ribeiro procesos civilizadores específicos. Según este autor, los mismos son el vehiculo de propagación de las revoluciones tecnológicas que conducen hacia la actualización histórica de los pueblos (Ribeiro, 1992: 24-25, 36).

La categoría histórica Modo de Vida tal como fue formulada y desarrollada por Vargas-Arenas alude también a líneas de desarrollo histórico concreto que existen al interior de las formaciones sociales. Dichas líneas se manifiestan como particulares y son explicadas por las leyes generales que no solo gobiernan sus procesos y su desenvolvimiento como conjunto sino también en sus etapas, aunque pueden existir otras que tienen vigencia para determinados sistemas sociales. Siendo cada formación económico social un sistema social dado, la categoría Modo de Vida permite entender cómo se cumplen en cada caso las leyes sociales generales y cómo operan y se transforman las leyes específicas hasta el surgimiento de las nuevas. La transformación de las leyes sociales particulares no es azarosa sino el resultado de la actividad humana, ya que son los hombres y mujeres quienes conscientemente permiten el fin o el surgimiento de nuevos sistemas sociales. En este sentido, la categoría modo de vida permite reconocer la existencia de ciertas maneras particulares de la organización de la actividad humana, de ciertos ritmos de estructuración social, de ciertas formas de darse las praxis particulares de una formación social que dinamizan su dialéctica, que nos permiten saber cuándo y cómo pierden vigencia las leyes específicas de una formación social para dar paso a nuevas formas de organización social (Vargas Arenas, 1990: 63-67).

En el caso concreto de la Civilización Occidental, la lógica de considerar los modos de vida europeos como un paradigma civilizador equivalente a un universal de la cultura, sirvió para legitimar el proceso de “actualización” histórica de los pueblos que habitan en regiones como Europa Occidental y Estados Unidos, el cual culminó con la segunda revolución industrial en la segunda mitad del siglo XIX; por el contrario, en otras regiones donde los pueblos no siguieron las mismas líneas del proceso histórico, la concepción civilizadora occidental hizo que éstos pareciesen condenados -en consecuencia- a experimentar solo los efectos reflejos de dicho proceso de “actualización” histórica.

Desde el punto de vista del concepto de civilización sobre el cual se apoya la teoría clásica de la evolución social, los pueblos capitalistas históricamente “actualizados” conformarían el núcleo de pueblos avanzados, civilizados, representados hoy día, como ya dijimos, en el llamado Grupo de los Ocho. Según dicha definición, los otros, nosotros, la periferia de dicho grupo de naciones, solo seríamos supuestos pueblos atrasados en la historia, subdesarrollados, coetáneos del todo capitalista más desarrollado.

Evolución Cultural, Progreso y Civilización

Los evolucionistas sociales clásicos del siglo XIX consideraban que tanto el mundo natural como la sociedad humana estaban sujetos a las leyes inmutables de la evolución. Esa condición histórica se manifestaba en la Ley del Progreso, considerada como la expresión de un cambio direccional que se desarrollaba en una escala global. El cambio social se revelaba en diversas velocidades dependiendo de las etapas en la cual se encontraran los distintos pueblos y de su grado de desarrollo evolutivo. Lo que distinguía a los pueblos civilizados era la existencia de instituciones estatales y estructuras de clase enmarcadas dentro de un contexto de ley, orden y progreso, aseveración que justificaba la existencia de una jerarquía social, cultural y racial entre los pueblos, a la cabeza de la cual se hallaban los países industrializados de Europa, Estados Unidos y Canadá.

Con base a aquel conjunto originario de ideas, se conformó el Darwinismo Social (Patterson, 1997: 47-49), tesis según la cual todas las sociedades humanas progresaban naturalmente desde las formas menos desarrolladas hacia las más desarrolladas. Las formas más adaptadas se hallaban ubicadas en el sector más elevado de esa jerarquía debido a que eran las más perfeccionadas, las que habían avanzado más en la escala del progreso, lo cual les permitía arrogarse por tanto el derecho a dominar y explotar a las sociedades inferiores. Ello ha servido no solamente para legitimar las políticas coloniales, neocoloniales e imperialistas del siglo XIX y las del actual Grupo de los Ocho, países que se consideran ser los más desarrollados del mundo, sino también las jerarquías de clase y las políticas racistas que promueven los enclaves sociales oligárquicos propiciados por el imperio en los países de su periferia, conformados particularmente por sectores de la clase media y la alta burguesía, empresarios y jerarcas de la Iglesia Católica.

Cualesquiera otros sistemas políticos revolucionarios, sean socialistas, capitalistas o nacionalistas, que reclamen para su pueblo un estatus soberano frente a la dictadura mundial que ejerce el Grupo de los Ocho, son considerados Estados hostiles, parias y malvados, sobre los cuales aquéllos consideran es necesario y legal ejercer acciones mediáticas y policiales para eliminar los supuestos delincuentes opuestos al gobierno imperial de los llamados pueblos civilizados.

El Paradigma Civilizador de Occidente y las Raíces del Capitalismo

Para entender cómo se estructuró el paradigma civilizador capitalista occidental, es importante exponer aunque sea de manera muy sucinta sus orígenes históricos. No debemos olvidar señalar que la civilización neolítica originaria que antecedió en Asia Menor el surgimiento de la civilización de Europa Occidental, estuvo caracterizada por la domesticación de los cereales, la invención de los sistemas de regadío, la domesticación del ganado, la invención de la cerámica, de la rueda, la invención del alfabeto, la escritura y, particularmente, el desarrollo de los espacios urbanos y del Estado, rasgos que se originaron en el Asia Menor y en la región mediterránea del continente africano, las cuales después serían llamadas sociedades despóticas por los apologistas de la civilización occidental. Como expuso Gordon Childe (1958: 2): ¨…The prehistoric and protohistoric archeology of the Ancient East is therefore an indispensable prelude to the true appreciation of European Prehistory…” (Childe 1958: 2 (La arqueología prehistórica y protohistórica del Oriente Antiguo es por tanto el preludio indispensable de una verdadera apreciación de la Prehistoria Europea. Traducción nuestra).

Lo anterior demuestra, como ya tod@s sabemos, que la cuna y los orígenes de la civilización humana no se encontraban originariamente en Europa Occidental sino en el Asia Menor y en el norte de África. Como evidencia de lo anterior podemos mencionar, como plantea el historiador y filósofo Martín Bernal, que ya desde 1720 años antes de Cristo, la antigua cultura egipcia había influido grandemente en el surgimiento de la cultura clásica griega seguida posteriormente –hacia 1200 antes de Cristo- por las migraciones de pueblos indoeuropeos hacia la península griega (Bernal, 1987: 20-21). Las investigaciones arqueológicas y filológicas sobre las llamadas altas culturas neolíticas del Asia Menor, han mostrado fehacientemente que los focos de mayor intensidad cultural se localizan principalmente tanto en Irán como en el actual Irak. En la aldea neolítica de Al’Ubaid, localizada en las orillas del río Eúfrates, Irak, las investigaciones arqueológicas permitieron localizar las primeras evidencias de la metalurgia del cobre hacia el año 5000 antes de Cristo.

Para el año 3000 a.C., durante la fase dinástica Temprana, los Sumerios ya habían comenzado a producir instrumentos tanto de cobre como de bronce, tecnología que se expandió a través de los Balcanes hasta el Mediterráneo oriental (Clark, 1977: 75-94). De la misma manera, otras investigaciones arqueológicas y filológicas sobre las altas culturas neolíticas del Asia Menor, cuyos focos se localizan en los actuales Irán, Irak, Siria y Turquía revelan cómo, entre 5000 y 4500 años antes de Cristo (Ehrich, 1971: 344-347), aquéllas se expandieron a lo largo del valle del Danubio y la costa mediterránea hacia Europa Occidental, habitada por antiguas poblaciones mesolíticas nórdicas como las ertebollienses y campiñenses (Childe, 1949: 206-212; Pittioni, 1949: 35-41). Las poblaciones provenientes del Medio Oriente llevaron consigo hacia el occidente de Europa las semillas de la civilización neolítica originada en el Asia Menor dando origen a lo que Gordon Childe denominó como Cultura Danubiense, la cual constituye a su vez el fundamento de la sociedad neolítica del centro y el norte de Europa (Childe ,1949; Ehrich, 1971: 364-365; Cavalli Sforza, 2000: 104-105).

Las investigaciones llevadas a cabo por Arteaga y sus colaboradores en Andalucía han mostrado -con sus proyectos de investigación regional, enfocados desde el punto de vista de la Arqueología Social- la existencia de un proceso civilizador originario de neolitización aldeana en la región atlántica mediterránea de aquella región, el cual habría comenzado posiblemente entre 10000 y 8000 años antes del presente, donde el cultivo de plantas se habría desarrollado en los antiguos rebordes litorales de las zonas gaditanas, sevillanas y onubenses, así como alrededor de los antiguos humedales contemporáneos del estuario boreal del Bajo Guadalquivir. Dicho proceso habría generado un modo de vida calcolítico (agrícola-ganadero-minero-metalúrgico) que culminó posteriormente en la formación de Estados Clasistas Iniciales en dicha región. Este desarrollo de las fuerzas productivas se tradujo en una considerable modificación antrópica del paisaje, coincidente con la consolidación temprana de la minería del cobre y la metalurgia (Arteaga y Hoffman, 1999: 61-67). Esta propuesta geoarqueológica, ambientada desde el punto de vista materialista dialéctico, recoge la importancia que tiene el crecimiento de las fuerzas productivas para impulsar el desarrollo del nivel sociohistórico de los pueblos, pero advierte también sobre la degradación ambiental que puede producir dicho desarrollo, incluso en períodos tan tempranos de la historia de la sociedad europea mediterránea.

La posición de la Arqueología Social Ibero-Latinoamericana permite mostrar, con base a las investigaciones de Arteaga y sus colaboradores, un proceso civilizador estatal atlántico-mediterráneo, con una dimensión histórica euroafricana. (Arteaga, 2000: 6) que habría tenido como centro la región meridional de la península Ibérica a partir del Neolítico Final, durante el V- IV milenio antes de Cristo. De la misma manera, las elaboradas series de dataciones radiocarbónicas obtenidas y elaboradas con base a las investigaciones de Castro, Lull y Micó (1996: 233-254) corroboran el carácter temprano del aquel proceso en relación con otras regiones de Europa Occidental y de la región mediterránea en general (Fig.1). Un indicador arqueológico tal como la metalurgia del cobre arsenicado, marcaría la existencia de la desigualdad social, evidencia de una sociedad clasista inicial en formación sobre la cual emergería posteriormente el Estado (Bate, 1984, Arteaga y Nocete, 1996).

Podríamos considerar que las raíces de la actual civilización europea, los procesos civilizadores mediterráneo y nórdico propiamente dichos se hallaban consolidados en los inicios de la llamada Edad del Bronce (ca. 4000 años a.p.), cuando el marco organizativo de dicha sociedad ya operaba dentro de un cuadro cultural bien definido a nivel local y regional donde se afirmaban sus tradiciones culturales regionales: la nórdica, la atlántica, la mediterránea andaluza, y las alianzas políticas entre las mismas (Kristiansen, 1998).

El bronce fue una innovación tecnológica que permitió reemplazar los antiguos instrumentos de piedra, madera y hueso por nuevas herramientas cortantes así como por armas más eficientes. Como explicaremos en capítulos posteriores, las bases de la industria moderna fundamentada en el desarrollo del movimiento circular comenzaron a consolidarse en esa época con la fabricación de sierras, taladros y similares en metal, herramientas que permitieron importantes avances en el trabajo de la piedra, la madera, el hueso y la concha. El descubrimiento de la reducción y fundición de los minerales utilizando el carbón como combustible, significó el inicio de la teoría científica en la física y la química.

Los artesan@s de la minería y la metalurgia formaban posiblemente comunidades de trabajador@s y comerciantes libres, vinculad@s quizás por intereses tecnológicos y mercantiles, que no producían su propio alimento, sino que dependían en buena parte de los excedentes intercambiados con otras comunidades cuya economía era fundamentalmente agro-pastoril y cuyas relaciones sociales se basaban posiblemente en el parentesco, hecho que facilitó tal vez la concentración de la riqueza en aquella especie de sociedad temprana de empresarios. Puesto que inicialmente los artesanos del bronce eran quizás extraños en una sociedad consanguínea, posiblemente desposeídos de tierras, es posible que ellos y sus mujeres tuviesen una especie de estatus intertribal que les permitía ejercer sus oficios y ganarse la vida en diferentes pueblos y regiones. No sólo manufacturaban y vendían sus productos de bronce, sino que por su capacidad de viajar sobre largas distancias también explotaban y vendían ámbar, alfarería y diversidad de otros bienes destinados al comercio intertribal (Childe, 2004: 185-186).

Quizás como refuerzo de esta aseveración, podemos mostrar la amplia distribución espacial de lingotes metálicos en forma de pieles de buey o de ovejas (Fig. 1.A) utilizados quizás como moneda en ciertas regiones del norte de Europa occidental (Kristiansen, 2001: 498-499, Fig. 192; Demakopoulou, 1999: 37). Ello sugiere que las comunidades vinculadas a la metalurgia del bronce pudieron haber jugado también un papel importante tanto en la ganadería y el pastoreo (género de vida transhumante) como en los circuitos de intercambio comercial entre los pueblos del Mediterráneo Occidental y el noroeste de Europa.

La existencia de estas formas precapitalistas de acumulación de fuerza de trabajo, de bienes suntuarios o de ambos han sido igualmente analizadas por varios autores como indicativas de procesos productivos y mercantiles que caracterizaron también algunas sociedades estratificadas o clasistas iniciales originarias de Asia y América (Ekholm y Friedman, 1979; Sanoja y Vargas Arenas, 2000).

El cobre y el estaño, materias primas necesarias para producir la aleación que se denomina bronce, no son elementos muy comunes; las minas de dichos materiales se encuentran generalmente en terrenos montañosos o desérticos distintos a las planicies fértiles preferidas generalmente por los agricultores neolíticos. Por estas razones, para satisfacer la demanda de materias primas, la metalurgia tenía que ser llevada a cabo por una comunidad de especialistas a tiempo completo en la minería, el transporte, el procesamiento de los minerales, la manufactura y la distribución y el mercadeo de los objetos de bronce que, generalmente, eran insumos de lujo y de prestigio, por lo cual la dicha comunidad mantenía una relación simbiótica con las comunidades a las cuales servían.

El proceso de trabajo de la minería estuvo quizás vinculado también con el panteón de las antiguas religiones indoeuropeas; los minerales moraban en el seno de la tierra, protegidos o asociados posiblemente con divinidades o ninfas del género femenino: el cobre deriva su nombre de la divinidad conocida como Chalcis, y el hierro de la diosa o ninfa Sidérea, por lo cual es muy posible que las mujeres tuvieran una importante participación en la invención de los rituales y asimismo en los métodos para extraer y tratar los minerales. La transformación de los metales en armas para la guerra, el uso del fuego, del martillo y la fragua para moldear los metales podría estar sin duda relacionada -en el caso particular de las sociedades germánicas y nórdicas- con las divinidades del fuego, el trueno y la guerra como Thor y Odín. Esta posible asociación de las artes del fuego tales como la alfarería, la minería y la metalurgia con las divinidades del género femenino del inframundo y las divinidades del género masculino que habitaban el Walhalla, el Olimpo germano, con la forja de armas y herramientas, rodeaba quizás a las comunidades de mujeres y hombres vinculados a la fabricación de un cierto tipo de alfarería -el vaso campaniforme entre otros- y al proceso de trabajo de la minería, de la metalurgia y a la comercialización de sus productos, con una subjetividad particular asociada con la magia que los mantenía -de cierta manera- alejad@s de las actividades cotidianas de las comunidades agropastoriles. De igual manera, podría haber influido en la constitución de la ideología de las elites y dinastías guerreras clasistas iniciales vinculadas a la metalurgia del bronce y el hierro que llegaron a dominar todo el ámbito europeo, estableciendo así una diferencia ontológica con el surgimiento de las sociedades clasistas iniciales orientales subsumidas en el llamado Modo de Producción Asiático, y las americanas. Quizás por aquellas razones, la reproducción de las comunidades de las y los especialistas en minería, metalurgia y forja de metales, si bien dependía de los excedentes agropecuarios producidos por las diversas comunidades de campesin@s, pastor@s y artesan@s que vivían en sus áreas de influencia, facilitaba quizás así su capacidad de intercambio comercial y político con aquéllas y al mismo tiempo dominarlas vía el control de la producción y la distribución de los bienes materiales (Childe, 2004: 177-189).

Las sociedades de la Edad del Bronce, en general, podrían haber representado el proceso de transición de organizaciones sociales de tipo tribal hacia una clasista inicial de tipo estatal, caracterizada por una acentuada división social y económica basada en el territorio. En la región atlántico-mediterránea de Andalucía, las primeras manifestaciones de la sociedad clasista inicial del Cobre y el Bronce son conocidas, respectivamente, como “Cultura de Los Millares” y “Cultura del Argar” (Arteaga, 1992b,). La Cultura de Los Millares supone no solamente la expansión e intensificación de la agricultura y la ganadería, sino también de la metalurgia del cobre (Arteaga y Hoffman, 1999: 67-68, 72-73).

Otros autores como Christiansen sostienen, por el contrario, la existencia final en Europa Occidental, la Oriental y la Nórdica de sociedades tipo Estado, pero sin instituciones burocráticas desarrolladas, correspondiente al tipo denominado sociedad estratificada (Christiansen, 1998: 76, 91). La estructura social de los pueblos de la Edad del Bronce Tardío y la Edad del Hierro del norte de Europa parece –según esta tesis- haber estado constituida por confederaciones de cacicazgos o Jefaturas y Señoríos, gobernadas cada una por un jefe principal o rey. Cada lugar central de los mismos era a su vez el espacio donde se fabricaban o se acopiaban los bienes de prestigio así como las materias primas obtenidas por intercambio comercial. Los vasallos y subjefes que habitaban alrededor de cada centro, pagaban a su Señor tributos en esclavos, hierro, oro, materias primas diversas y bienes terminados. Cada centro subsidiario del lugar central producía igualmente bienes de prestigio para la distribución local y para el comercio regional. Es probable, pensamos, que este rasgo constituya un antecedente remoto de la separación entre ciudad y campo, entre la producción artesanal y comercial burguesa y la producción agropecuaria campesina que distinguen posteriormente la formación esclavista y la formación feudal.

Considerando las posiciones teóricas enunciadas, creemos que durante la llamada Edad del Bronce se habría formado en Europa un tipo de sociedad estatal donde la metalurgia se convirtió -al parecer- en la actividad principal de grupos de especialistas, cuyo poder social y político parece haberse basado en una comunidad dominante de intereses tecno-económicos y comerciales para el control y la distribución de la producción más que en las relaciones de parentesco que habían caracterizado a las antiguas sociedades igualitarias de la comunidad primitiva. Como evidencia de ello se desarrolló en la región atlántica-mediterránea de la península ibérica, un proceso de estratificación social que implicaba desigualdad social en relación a la apropiación de los bienes materiales producidos en aquellos espacios sociales. En dicha región donde ya existían evidencias de un Estado colectivista en el cual se observaban formas de coerción social y ordenamiento territorial, se nota así mismo una creciente proyección estratégica territorial jerarquizada en aldeas fortificadas construidas sobre cerros amesetados, explotaciones mineras, talleres de metalurgia, campos funerarios, etc., rodeados por asentamientos campesinos. El desarrollo de las fuerzas productivas se refleja en la intensa modificación antrópica del paisaje debido a la deforestación, hecho que se evidencia en el aumento de la deposición de limos aluviales tanto en la desembocadura de los ríos como en las bahías litorales (Arteaga y Hoffman, 1999).

En el sur de la península ibérica, el desarrollo de la sociedad clasista inicial de Los Millares estimuló a su vez el de un sistema productivo agrícola, ganadero, minero y metalúrgico que hizo posible la especialización tecnológica de la llamada Cultura de El Argar, una de las más destacadas del Mediterráneo y del Occidente de Europa, de la cual surge el Estado centralizado Argárico (Arteaga y Hoffman, 1999: 73; Artega, 2000: 33; Llul, 1983; Llul y Estévez, 1986; Castro, Lull y Micó, 1996: 238-242). La sociedad clasista inicial de El Argar, sin tener que construir enormes obras hidráulicas como en el Oriente, pudo de esta manera intensificar el desarrollo de las fuerzas productivas mediante la coerción de los sujetos dominados gracias a la administración controlada de los bienes materiales básicos para la reproducción social, particularmente los alimentos (Gilman 1981: 8; Arteaga, 2000: 36-37).

Un proceso similar también se evidencia en el surgimiento durante la Edad del Bronce Tardío en Europa Occidental, Nórdica y Oriental (mapa 1), de los llamados “campos de urnas”, necrópolis o grandes cementerios que se asocian con una vasta red comercial apoyada en pueblos que practicaban la minería y metalurgia del bronce, especialistas en diversas ramas de la producción, incluso en la manufactura vasijas campaniformes asociadas al parecer con la fabricación de cierto tipo de cerveza, red que se extendía desde la región mediterránea de la península ibérica hasta la Europa Central y la Oriental y hasta las islas británicas y desde el norte de Europa hasta el Mediterráneo (Childe, 1949; Clark, 1977 181-198; Martínez Navarrete, 1989:372-387; Christiansen, 1998: 15-18 y 354-400; Martínez, Lull y Micó, 1996; Castro Martínez, 1994; Arteaga, 2000:13 y 26). Según Arteaga (2000), el auge de la Tradición del Vaso Campaniforme, originario de Portugal y Andalucía, asociado con el apogeo de la metalurgia del cobre y el bronce podría representar la proyección estatal del proceso civilizador atlántico-mediterráneo.

Durante el período del Bronce Antiguo, así como en el Bronce Final (siglo VIII a.C.), la presencia de hoces en tumbas y depósitos relacionados con enterramientos de mujeres de bajo rango podría indicar el papel que éstas jugaban en el cultivo y la cosecha de granos como la cebada, insumos que eventualmente podrían ser utilizados para fabricar las bebidas fermentadas (Christiansen, 1998: 258). Salvando las distancias territoriales y cronológicas, podemos observar que también en las culturas originarias suramericanas y caribeñas las mujeres desempeñaban un papel similar en el cultivo y la cosecha de granos y raíces utilizadas en la alimentación cotidiana y en la preparación de bebidas fermentadas como la chicha, fabricada a partir del maíz (Zea mayz) o del jugo extraído del prensado de la harina de yuca (Manihot sculenta). Dichas bebidas eran consumidas -particularmente- como parte de los rituales colectivos que se observaban en las ceremonias públicas (Sanoja, 1997: 105-129).

Hace unos 4000 años, como ya se expuso, poblaciones conocidas como mercaderes de los “beakers”, el vaso campaniforme, fueron también constructoras de las famosas estructuras megalíticas europeas y quienes abrieron las comunicaciones y rutas comerciales que permitieron la difusión de la metalurgia. Se trataba posiblemente -como dice Childe (1949: 248)- de bandas de mercaderes armados de las cuales formaban parte artesan@s que se desplazaban entre la España meridional y el Mediterráneo hasta las islas británicas, la Europa occidental, la central y la oriental hasta el río Vístula. Es interesante preguntarse si la alfarería que alimentaba esta red paneuropea de comercio y artesanía, no era fabricada por las mujeres casadas con los acaudalados comerciantes quienes, a su vez, eran guerreros e intermediarios en la fabricación, el transporte y distribución de los objetos metálicos (Childe, 1949: 247-254; Braidwood, 1967:155-157). Los portadores de los llamados “ajuares campaniformes” estaban adscritos a los grupos dominantes, actuando como intermediarios y agentes de sus respectivas organizaciones que tenían a cargo el desarrollo de las actividades comerciales. Los ajuares campaniformes aparecen tanto en sepulturas individuales como colectivas (Arteaga, 2000: 26).

De manera concurrente, las diferencias regionales expresadas en los diversos modos de vida y niveles de desarrollo en las fuerzas productivas existente entre los pueblos de la Iberia mediterránea, Europa occidental y central, históricamente arraigadas, determinaron la importancia que adquirió el intercambio comercial. Ello determinó luego en gran medida el carácter costero de la civilización clásica y la génesis y ulterior expansión de la civilización griega y del Imperio Romano hacia el este y el oeste.

El comercio marítimo era el único medio viable de intercambio mercantil para distancias medias o largas, por lo cual el Mediterráneo, el único gran mar interior en toda la circunferencia de la Tierra, se convirtió en el privilegio físico de la civilización antigua. Esta característica mediterránea devino en el fundamento del proceso de cambio histórico que culminó con una fase de expansión urbano-imperial durante la cual se desplazó el centro de gravedad del mundo antiguo hacia la península itálica (Sereni 1982: 63-87). Ello le imprimió al modo de producción esclavista iniciado en Grecia un mayor dinamismo que determinó el surgimiento en la península itálica de la República y posteriormente del Imperio Romano.

Los griegos y los etruscos también se insertaron posteriormente en aquellas estructuras regionales de poder, contribuyendo al desarrollo de las redes comerciales mediterráneas y al mismo tiempo a la consolidación de su propio poder político (Castro, 1994: 172). Si la posterior popularización de la metalurgia del hierro jugó un papel importante en la colonización de Europa por parte de los griegos y los fenicios, la adopción y la adaptación que hicieron los pueblos de Europa Central y occidental del alfabeto fenicio alrededor del siglo 8 antes de Cristo hizo posible la creación de un vehículo para el pensamiento abstracto y la literatura que, conjuntamente con las artes visuales, constituyeron un aporte capital a la herencia cultural de la humanidad (Clark, 1977: 187).

Durante el Bronce Final de la Iberia mediterránea, siglos X a IX antes de Cristo, las formaciones sociales se consolidaron en una estructura aristocrática con base a la propiedad privada de las tierras, ganados y minas por parte de la clase dominante que se benefició de los medios de producción que se hallaban bajo su control, dando nacimiento al Estado Tartesio. Aquella región, por sus grandes riquezas productivas, se convirtió en un polo de atracción centrado alrededor del estrecho de Gibraltar. Los centros urbanos tartesios, ahora asociados con el poblamiento fenicio, se convirtieron en verdaderas poleis, impactando en la transformación física del paisaje pre-romano (Arteaga y Hoffman, 1999: 76-80). De la misma manera, el surgimiento temprano de estas sociedades estatales urbanas en la Andalucía Mediterránea, habría facilitado la colonización del oecumene mediterráneo occidental por las culturas clásicas (Kristiansen, 1998: fig.63).

La etnicidad y la identificación cultural fueron procesos que se aceleraron en Europa a partir del año 2000 a.C., ya que los modos de vida de los diferentes pueblos gravitaban en torno a un acervo común de conocimientos metalúrgicos y de tradiciones compartidas en materia de sistemas de valores sociales y religiosos asociados al flujo comercial del bronce. Debido a la naturaleza misma de la tecnología para obtener y procesar dicho metal, se creó una dependencia en cuanto a suministros de metales y conocimientos entre las diferentes regiones, desde la Andalucía mediterránea, la Europa nórdica, la Central y la Occidental hasta las islas británicas, lo cual aportó una dimensión extraordinaria a la sincronía de los cambios culturales y sociales y de las tradiciones tecnológicas (mapa 1).

Para el siglo VII antes de Cristo, toda la región del Mediterráneo occidental se encontraba bajo el dominio de cuatro pueblos que constituían poderes políticos y comerciales: los tartesos, los griegos, los etruscos y fenicio-cartagineses. Los tartesos, los fenícios-cartagineses y los griegos dominaron el comercio marítimo del litoral andaluz y las costas occidental del sur de Francia, en tanto los etruscos y los fenicio-cartagineses, que ya constituían un importante poder económico y político, controlaban el comercio terrestre hacia los Alpes y los Balcanes, utilizando para el transporte de mercancías y la protección de sus líneas de comunicación, una importante flota de naves de guerra y naves mercantes (Kristiansen, 1998: 181-196, 352;Warmington 1983:449-473).

A partir de 600 a.C. ya se había conformado en el Mediterráneo una rica clase media de comerciantes y terratenientes, donde florecieron las artes y los oficios y destacaban los artesan@s especializad@s y comerciantes. La producción artesanal y artística se preservó en la riqueza funeraria presente como ofrendas en las tumbas familiares. Esta tendencia se proyectó también hacia el norte de Europa, hacia las sociedades estatales guerreras como la llamada cultura Hallstat occidental y la de los pueblos célticos conocida como Cultura de La Tène, las cuales caracterizan el modo de vida de las poblaciones europeas de la temprana Edad del Hierro.

Aquel fue el momento cuando tanto el hierro -más abundante y barato- como también el acero comenzaron a reemplazar al bronce y cuando ya aparecen túmulos funerarios donde se enterraban los cadáveres de los personajes de alto estatus social acompañados con una profusa parafernalia ritual. Ello indicaría la existencia de una importante acumulación, comercio y consumo no-reproductivo de la producción excedentaria de carros de guerra, armas, bienes de prestigio de origen foráneo y eventualmente objetos de oro para fines ceremoniales los cuales representaban también una acumulación de valores esenciales para el comercio suntuario entre las diversas elites dominantes (Frank, 1993: 388). De igual manera los centros habitados fortificados, de los cuales son ejemplo los de la llamada cultura Hallstatt, comienzan también a aparecer localizados en áreas estratégicas atravesadas por las antiguas rutas de comunicación del suroeste de Europa. Ello nos revela la naturaleza de las contradicciones que surgen posteriormente entre ciudades como Roma y Cartago o Kart Hadasht (en fenicio: ciudad nueva), ubicada esta última en el golfo de Túnez, Africa del Norte, por el control de los yacimientos de materias primas como el cobre, el estaño, el hierro, el oro, el trigo, etc. (mapa 1), y la apropiación de fuerza de trabajo esclava necesaria para desarrollar las fuerzas productivas de aquellas primeras Ciudades-Estados del Mediterráneo occidental. (Warmington 1983: 451; 457-458)

Lo anterior también nos revela cómo, a diferencia de las sociedades precapitalistas, clasistas e igualitarias americanas --las cuales convivieron en un relativo aislamiento geográfico, cultural y tecnológico-- las sociedades tribales igualitarias y los Estados arcaicos europeos se desarrollaron desde la Edad del Bronce dentro de una extensa red regional de comercio, alianzas políticas e intercambio de tecnologías de punta para la época, que conectaba la Europa occidental y la central con los Estados del Mediterráneo oriental y del Próximo Oriente desde los inicios del segundo milenio a.C.

Las formaciones sociales europeas no siguieron el camino que las habría llevado a la constitución de las sociedades clasistas iniciales similares a las de los llamados Estados despóticos que caracterizaban a las civilizaciones orientales, los cuales se desarrollaron mediante la extracción de la renta de la tierra obtenida por la sobreexplotación de la fuerza productiva constituida por el trabajo humano (Gándara, 1983). En su lugar, a partir de la Edad del Bronce y luego en la Edad del Hierro, las clases dominantes comenzaron a desarrollar una tradición europea de tipo empresarial basada en un desarrollo de las fuerzas productivas, encarnado en un control más refinado de los medios de producción y distribución de bienes materiales y la explotación de una fuerza de trabajo perfectamente condicionada para servir a sus fines, así como a la existencia de condiciones naturales favorables a dicho proceso (Bartra, 1969:16). El mismo se fundamentó inicialmente en la existencia de importantes yacimientos de estaño, cobre y hierro, el flujo comercial de la metalurgia y el ámbar, así como la difusión comercial de tradiciones alfareras de manufactura y decoración como la representada en las vasijas cónicas llamadas “beakers” que se encuentran diseminadas por toda la Europa occidental y central.

Como podemos observar, resumiendo, en Europa Occidental el proceso de desarrollo histórico de la civilización atravesó por varias crisis de crecimiento. A partir de la Edad del Bronce, como se denominó en el esquema evolucionista de las edades tecnológicas sucesivas propuesto por los arqueólogos Vedel Simonsen y Thomsen en el siglo XIX: Edad de Piedra, Edad del Cobre y el Bronce y Edad del Hierro, las sociedades clasistas iniciales, surgidas de la denominada barbarie neolítica cuya economía descansaba en la agricultura, el pastoreo y la utilización de la energía animal, adoptaron formas de organización clasistas iniciales gobernadas por un poder centralizado en elites nobiliarias, pero sin la estructura burocrática de los llamados Estados despóticos originarios que existían en el Asia Menor y en Egipto. Es necesario aclarar que el término despótico es despectivo para sugerir que los pueblos asiáticos que dieron origen a las primeras formas sociales civilizadas, no pueden ser considerados como similares a los de la llamada civilización occidental.

El crecimiento de aquellas formas estatales originarias se llevó a cabo en Europa vía la expansión territorial y la apropiación y acumulación cada vez mayor de la fuerza de trabajo de las poblaciones periféricas más débiles; a éstas sí se les dominó y explotó mediante el sistema de esclavitud generalizada de grandes contingentes humanos, como ocurriría muchos siglos después con las poblaciones originarias americanas; ello fue denominado por Marx, el Modo de Producción Esclavista (Clark, 1977: 151-188; Christiansen, 1998: 101-164).

En el caso de Europa occidental, ciertas sociedades clasistas iniciales o estatales de la Edad del Hierro se transformaron, como sucedió con Roma, en Ciudades-Estado convertidas en res publica, repúblicas patricias gobernadas por una asamblea (o Senado) de representantes de los diversos clanes o linajes dominantes, lo que se extendió sobre un territorio que englobaba todo el Mediterráneo, Egipto, buena parte del Suroeste de Asia, la Europa temperada y las islas británicas ocupadas por pueblos celtas (Sereni 1982: 89-128; Clark, 1997: 199). Cuando el ritmo y el costo social y económico de la reproducción de las res publica ya no pudo mantenerse con sus propios recursos, el gobierno republicano tuvo que apropiarse de materias primas como el oro y plata, prisioneros de guerra y esclav@s, expoliando pueblos y territorios cada vez más lejanos, aumentando de manera desproporcionada la inversión en gastos militares no reproductivos. Ello determinó el fin del gobierno civil del Senado y la instauración de un Estado imperial gobernado por un César o emperador apoyado en el poder militar de las legiones romanas.

Bajo este modo de producción, la utilización masiva de la mano de obra esclava como sustitución de la inventiva tecnológica que habría podido potenciar la producción agropecuaria y la artesanal produjo, por el contrario, un estancamiento del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, por lo cual el Imperio Romano pasó a depender en buena parte de la productividad de la fuerza de trabajo de los pueblos periféricos o “bárbaros”, hasta su colapso definitivo en el siglo VI de la era.

El concepto de Modo de Producción Germánico fue desarrollado por Marx para describir a los pueblos autónomos europeos que habitaban la frontera norte del Imperio Romano. Según autores como Gailey y Patterson (1995: 81-82), tras la caída del imperio los pueblos germánicos heredaron los espacios que antiguamente habían sido conquistados y colonizados por Roma en la Europa occidental, originando un proceso de mestizaje étnico y cultural con otros pueblos “bárbaros” que habitaban la periferia del imperio, el cual habría tenido como resultado el desarrollo de la Formación Feudal.

La Formación Feudal que reemplazó al Imperio Romano aparece como “...una evolución alternativa del comunalismo primitivo germánico, en condiciones de ausencia de desarrollo urbano debido a la baja densidad de población en una extensa región...” (Marx y Hobsbawn, 1972: 19), resultado de la repartición del botín territorial entre los numerosos jefes tribales de la barbarie europea que habían apresurado el colapso de dicho imperio. La consolidación de las nuevas relaciones de producción transformó a las poblaciones de campesin@s y pastor@s en sierv@s del Señor feudal. Las nuevas formas de propiedad territorial permitieron la introducción de importantes innovaciones en la tecnología agraria, tales como el arado con hoja de hierro, nuevos sistemas de arneses para mejorar la tracción animal, el uso de molinos de viento para producir energía mecánica, el uso sistemático de abonos para mejorar la calidad de los suelos y la rotación trienal de los campos de cultivo, lo que se manifestó en la producción de excedentes agrarios, una mejoría de los niveles de vida y el crecimiento de la población, particularmente la población urbana o burguesa donde se había refugiado la producción artesanal y la actividad comercial que servirían de palanca al desarrollo de formas tempranas de capitalismo mercantil hacia el siglo XII de la era cristiana (Pirenne, 1963; Anderson, 1979: 147-200; Braudel, 1992-II: 26-80).

El Capitalismo Mercantil

Durante la Alta Edad Media, los excedentes de producción engrosaron los rústicos centros urbanos o burgos, los cuales se convirtieron en lugares centrales de los mercados regionales y centros de manufacturas artesanales. Dichos excedentes se cambiaban por la mercancía denominada dinero que circulaba sobre grandes extensiones territoriales, generando un proceso de acumulación monetaria burguesa distinto a la acumulación de mano de obra servil o esclava y de productos básicos que generaba la propiedad agraria. En las ciudades crecieron oligarquías de mercaderes y artesan@s que asumieron el control de la producción, del intercambio comercial y monetario, proceso que hacia el siglo XII de la era había ya generado una acumulación considerable de capital mercantil (Pirenne, 1963: 151-159; Braudel, 1992 II: 201). En su obra más reciente el filósofo marxista Istvan Mészáros (2009:83), reconoce también este hecho cuando asienta:

"… El capital ha estado con nosotros por un tiempo muy largo en una forma u otra; en verdad, en algunas de sus formas limitadas, durante miles de años. Sin embargo, solo en los últimos trescientos o cuatrocientos años bajo laforma de un capitalismo que pudiese llevar a cabo la lógica autoexpansionista del capital, sin imprtar lo devastadoras de las consecuencias para la supervivencia misma de la humanidad…"

El mantenimiento de aquella nueva forma de economía burguesa requería el mejoramiento los medios de transporte para comerciar con territorios y pueblos cada vez más lejanos, ubicados incluso en los más remotos confines de Asia. Esta actividad produjo un considerable desarrollo material y social, particularmente de los conocimientos y técnicas relacionadas con la navegación de alta mar.

La expansión mercantil de la sociedad feudal determinó una excesiva deforestación de los bosques y una sobreexplotación de los suelos agrícolas. En consecuencia, descendieron los rendimientos agropecuarios, al mismo tiempo que aumentó la demanda de insumos derivados de dicha producción: lana, tejidos, vinos, granos, carnes ahumadas, etc.; aumentó la natalidad y –al igual que en Roma- la dependencia hacia el trigo importado de Europa Oriental. La producción minera de plata y oro se paralizó por el agotamiento de las vetas o por la incapacidad técnica para explotar nuevos yacimientos y para refinar mejor dichos metales.

Como consecuencia de lo anterior, se produjo una crisis social y económica generalizada en Europa Occidental, caracterizada por el abandono de las tierras cultivadas, guerras y sublevaciones de campesin@s y artesan@s, guerras internacionales, aumento del precio del dinero y de las manufacturas, pandemias como la viruela, la sífilis, y hambrunas que arrasaron con centenares de miles de vidas humanas.

Para finales del siglo XV, el modo de producción feudal había llegado a su fin. El Imperio Mongol había cortado todas las rutas comerciales terrestres entre Europa y Asia, de manera que ciertos reinos como Portugal y luego España comenzaron a explorar rutas marítimas para acceder a Cathay o China y a la India, proceso que terminó con el viaje trasatlántico de Cristóbal Colón hacia las tierras americanas que él suponía eran la India (Sanoja, 1992: 9-10), el cual curiosamente zarpó –como dice la historia oficial- del puerto de Palos de Moguer en el litoral atlántico mediterráneo español (mapa 2).

A partir de aquel momento comenzó la gran expansión colonial del capitalismo mercantil hacia el mundo periférico. Dicho en en palabras de Dussel:

"... la centralidad de Europa en el “sistema mundo” no es fruto sólo de una superioridad interna acumulada en la Edad Media europea sobre las otras culturas, sino también el efecto del simple hecho del descubrimiento, conquista, colonización e integración (subsunción) de Amerindia (fundamentalmente), que le dará a Europa la ventaja comparativa determinante sobre el mundo otomano-musulmán, la India o la China. La modernidad es el fruto de este acontecimiento y no su causa…Aún el capitalismo es el fruto, y no la causa de esta coyuntura de mundialización y centralidad europea en el “sistema mundo”. La experiencia humana de 4500 años de relaciones políticas, económicas, tecnológicas, culturales del “sistema interregional”, será ahora hegemonizada por Europa, que nunca había sido “centro”, y que en sus mejores tiempos sólo llegó a ser periferia…” (1998: 51-52).

El hallazgo en Suramérica y Mesoamérica de enormes riquezas de oro, plata y piedras preciosas, potenciaron el decaído proceso de acumulación capitalista europeo e incluso el asiático. La apropiación de recursos naturales como el maíz, planta americana que era cultivada y consumida por todas las poblaciones originarias americanas, hizo posible su utilización como alimento para los animales: ganado vacuno, caballar, porcino, aves de corral, etc. Este hecho propició la expansión de la ganadería y el consumo de carne por parte de la población y liberó una parte importante de la producción de trigo que se utilizaba como alimento para el ganado, para ser destinado preferentemente a la alimentación de la sociedad burguesa. La apropiación de otros cultivos americanos como los de la papa y el tomate pusieron al alcance de las poblaciones europeas empobrecidas alimentos baratos y abundantes que terminaron con las hambrunas cíclicas que azotaban la fuerza de trabajo europea, determinando una mejoría sensible en su calidad de vida (Sanoja, 1997: 195-202; Braudel, 1992:- I: 104-172).

La importación desde Nuestra América hacia Europa Occidental de mercancías tales como café, cacao, algodón, melazas de caña de azúcar, maderas preciosas, vainilla, zarzaparrilla, etc., y la exportación hacia América de loza doméstica, objetos de vidrio, licores, quesos, jamones, telas, velas de cera, clavos, etc. generó, particularmente entre Europa occidental, el Caribe y la región noreste de Suramérica vastas redes de intercambio mercantil, consolidando la importancia del crédito y el comercio a larga distancia. Para fortalecer dicho proceso, se perfeccionaron instrumentos de cambio tales como los giros o letras de cambio y se establecieron bolsas de comercio en Londres, Ámsterdam, París, Sevilla, etc., para especular con los precios de las mercancías no perecederas (Braudel, 1992; II: 81-114; Sanoja y Vargas-Arenas, 2005: 300-306).

A partir del siglo XVI, la sociedad capitalista mercantil de Europa occidental, gracias a su expansión colonial, entró en una fase de acumulación y concentración de capitales que culminó en el siglo XVIII con el despegue del capitalismo industrial y la disolución definitiva de la Formación Socioeconómica Feudal. Con la toma del poder por parte de la clase burguesa hacia finales del siglo XVIII, el paradigma histórico que legitimó el triunfo de la Revolución Francesa, la noción de progreso convirtió a la Europa capitalista en el paradigma dominante del proceso civilizador occidental, en la conciencia reflexiva, la filosofía moderna de la historia universal, de los valores, invenciones, descubrimientos, instituciones políticas, etc., que se atribuye a si misma como su producción (Dussel 1998: 52). Por esta razón, los conceptos de dinamismo y cambio social adquirieron -desde el siglo XVIII- mayor preeminencia en el pensamiento histórico, político y filosófico mundial de la de la sociedad burguesa que el concepto de estabilidad.

A la par que la noción de progreso, la noción de espacio se había convertido en un elemento importante para el pensamiento de los filósofos del Romanticismo, ya que el suelo, el territorio era esencial para explicar la formación de las naciones, pueblos y razas cuya existencia sustentaba la existencia misma de los pueblos europeos, elegidos por la historia. Una raza podía atravesar diferentes edades, pero retenía siempre una inmutable esencia individual que se transmitía a través de los lazos de sangre y la formación de una herencia cultural común. Por eso el mestizaje, la mezcla de razas era considerada por la filosofía del movimiento romántico europeo como desastrosa: para ser creativa, una civilización debía ser racialmente pura, tal como sostenían etnólogos y arqueólogos racistas europeos como Gobineau (Trigger, 1978:65) y Kosinna (Trigger, 1978: 81-82). Por tal razón, afirmaban, Grecia y Roma, consideradas como el epítome, la infancia de Europa, no podían ser vistas como fruto del mestizaje y la colonización de los pueblos originarios europeos con los africanos y los semitas provenientes del Medio Oriente y el Asia Menor, como efectivamente hemos visto que ocurrió. De ese contexto ideológico derivaron posteriormente las ideas racistas del nazismo, del antiguo apartheid surafricano, del sionismo, y en general todas las tesis discriminatorias y racistas que fundamentan el discurso ideológico de la mayor parte de las clases medias y las burguesías, particularmente de las latinoamericanas.

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Fig. 1. Posible moneda de bronze en forma de piel de ganado

Fig. 2. Cuadro cronológico tomado de Castro, Lull y Micó (1996: 233-254). Colocar en pag. 38.

DEL CAPITALISMO AL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI

Capítulo 3.
El Materialismo Histórico y el paradigma del Progreso
Entre mediados y finales del siglo XIX, auge de la época victoriana en Inglaterra,  momento cuando Marx escribió sus obras Los Grundrisse y El Capital,  Engels su libro sobre El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, y Morgan sus libros  La Sociedad Antigua y Houses and House-life of the American Aborigines, el capitalismo industrial estaba entrando, tanto en Europa como en los Estados Unidos en una fase de intensificación, expresada en el auge de la construcción de fábricas y máquinas que servirían para construir nuevas fábricas y máquinas. Los altos costos que implicaba el desarrollo de esta nueva fase del capitalismo no podían ser  financiados solamente con los beneficios obtenidos de la explotación despiadada a la que estaba sometida para entonces la fuerza de trabajo y los recursos naturales con que contaban las naciones de  Europa y los Estados Unidos. La solución fue iniciar un nuevo y sangriento período de expansión colonial. Estados Unidos se anexaron los territorios del norte de México, país que perdió casi la mitad de su territorio nacional. Inglaterra se apoderó de la India, parte de África, de China y de Oceanía; Francia, Holanda, Austria, Alemania, Bélgica e Italia se apropiaron de todo el resto de África, del Sureste de Asia, de Oceanía,  colonizaron la Europa Central y los Balcanes y casi se apoderan de Nuestra América. Por desgracia para los europeos (y para nosotros también), Estados Unidos, siguiendo su dogma del destino manifiesto, ya había decidido y hecho saber a las potencias europeas a través de la Doctrina Monroe, que  Nuestra América -y Venezuela en particular- era de su propiedad exclusiva.
Casi simultáneamente con las obras de Marx, Engels y Morgan, apareció  en 1859 la de Charles Darwin, Origen de las Especies, donde este autor expuso sus ideas sobre las leyes de la evolución biológica y de la selección natural del más fuerte. En palabras del mismo Darwin:
“…La selección natural tiende a hacer cada ser orgánico tan perfecto como, o ligeramente más perfecto que los otros habitantes del mismo país con los cuales compite. Podemos ver que ésta es la medida de la perfección que se puede alcanzar en la naturaleza…” (1909, vol.11: 213) “…Yo pienso que es inevitable que en el curso del tiempo se formen nuevas especies a través de la selección natural y que las otras se hagan cada vez más raras  hasta que se extingan definitivamente…” (1909, vol.11: 121).  “…La selección natural actúa mediante la vida y la muerte determinando la supervivencia del mejor adaptado y la destrucción de los individuos menos adaptados…” (1909. vol.11: 206). (Traducción nuestra).
La utilización tendenciosa del concepto de la selección natural aplicada a la sociedad, contribuyó a consolidar las ideas sobre el carácter direccional del progreso social,  la evolución de la cultura y la sociedad  como  la justificación ideológica del colonialismo  y de la explotación capitalista de los pueblos “inferiores” por parte de los pueblos escogidos para liderar la marcha del progreso.
Los principales filósofos e intelectuales europeos de la época, Marx y Engels incluidos, así como también numerosos teóricos de la Segunda Internacional, no pudieron escapar a las determinaciones ideológicas que imponía la tesis positivista en boga para la época  en relación a la evolución de la Cultura y  el Progreso Social,  “…de las fases necesarias e insorteables por las que tenían que atravesar las sociedades en el curso de su evolución para acceder al estadio de la civilización plena” (Díaz Polanco, 1989:83-84). De una manera europocéntrica, la línea evolutiva que habían seguido los pueblos de Europa Occidental desde la prehistoria, fue extrapolada por los filósofos positivistas como el paradigma del progreso de la humanidad.
Con base al paradigma occidental de la evolución de la cultura, expresaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista (2007) la teoría del materialismo histórico sobre el desarrollo histórico de la sociedad. La historia de la humanidad  modelada sobre la modernidad burguesa, consideraba el capitalismo como el triunfo final de la burguesía, la etapa superior de la evolución de dicha sociedad. Marx y Engels consideraban que el triunfo de la burguesía europea, cuya condición esencial de existencia era la acumulación de riqueza,  sacudiría los cimientos del viejo orden señorial feudal y llevaría a su más alto nivel el desarrollo de las fuerzas productivas. Aunque nunca expusieron detalladamente como serìa la futura alternativa a la civilización capitalista, a diferencia de los historiadores burgueses de su època ambos filósofos consideraban que el socialismo y el comunismo serían la fase final de dicho proceso evolutivo, período en el cual se sentarían las bases para dar el salto revolucionario hacia la sociedad ideal. El paso al socialismo se haría en aquellos países europeos como Alemania, donde en el siglo XIX existían las que se consideraban las más avanzadas condiciones de civilización.
En el siglo XIX, la mayor parte de los pensadores y filósofos y particularmente toda la burguesía europea y estadounidense, estaban imbuidos con las tesis del evolucionismo cultural, con la idea del progreso lineal que legitimaba la preeminencia de la sociedad europea, particularmente la occidental y la nórdica,  paradigma de la civilización occidental, sobre todos los otros pueblos del mundo. Las propuestas filosóficas de Marx y Engels, como vemos,  no escaparon a esa coyuntura ideológica, por lo cual  el proceso evolutivo que condujo a la sociedad Europea Occidental desde la Comunidad Primitiva hasta el Capitalismo llegó a ser considerado –incluso por los mismos  pensadores marxistas- como un universal de la cultura humana.
Dialécticamente, según el paradigma europeo del progreso que animaba el pensamiento de Marx y Engels, el desarrollo burgués de las fuerzas productivas fortalecería a su vez el poder de la verdadera clase revolucionaria, el proletariado; llegado el momento, la revolución triunfante aboliría  la sociedad burguesa para constituir finalmente en Europa una sociedad libre, sin clases, sin propiedad y sin explotación del trabajo de los proletarios; la sociedad  comunista sería la  fase final de la perfección humana, de la civilización. De esta manera, el pasado quedaría integrado en una línea continua de evolución con el presente, dominado por la civilización occidental capitalista, cuya plena realización produciría, por negación dialéctica, el triunfo de la clase trabajadora,  la derrota de la burguesía, el advenimiento de la futura sociedad socialista y finalmente la utopía de la Sociedad Comunista.
Según Palerm (1986: 50), Marx no proponía una secuencia evolutiva lineal, sino un proceso histórico abstracto deducido no directamente de la historia concreta, sino de las exigencias estructural-funcionales del capitalismo  de su tiempo proyectadas hacia el pasado como posibilidad de explicación del presente. Su obra El Capital –dice el autor- constituye un análisis casi exclusivamente económico de una estructura social cuyos elementos constitutivos responden a una situación de mercado.
Según el análisis que hizo  Rosa Luxemburgo, El Capital  muestra la existencia de un proceso expansivo constante del modo de producción capitalista asumiendo, por razones metodológicas, que no existen en el mundo más que dos clases: capitalistas y obreros. Sin embargo, decía Luxemburgo, la condición colonial no estaba presente en el modelo analítico de Marx, aunque las  guerras coloniales son indispensables para que se cumpla el ciclo de reproducción ampliada del capital. Para su existencia y desarrollo, el capitalismo necesita estar rodeado de formas de producción no capitalistas y apropiarse violentamente de los medios de producción más importantes de los países colonizados, lo cual implica la participación en dichos procesos de otros actores sociales como los campesino@s y pastor@s,  grupos aborígenes, etc., que no son ni obreros industriales ni capitalistas (Luxemburgo, 1967). 
Afirmando lo expuesto por Rosa Luxemburgo, podemos observar que el desarrollo mercantil de la economía colonial en Venezuela  así como en otros países de la vertiente atlántica de Suramérica y del Caribe, se sustentó en la creación de enclaves mono-productivos dominados por el sistema de trabajo esclavista de la plantación, lo cual permitió concentrar la acumulación de tecnología y de capitales para producir bienes de consumo (café, cacao, melazas, tabaco, etc.) cuya distribución era negociada finalmente a través de las bolsas de comercio de Ámsterdam, Londres, París y otras de su género. Las plantaciones habrían equivalido, de cierta manera, a las actuales maquilas implantadas por el neoliberalismo en el Tercer Mundo, donde se utiliza mano de obra nativa sub-pagada, explotada y neo-esclavizada, formas socioeconómicas características del capitalismo periférico. Lo anterior nos indica que la creación de una economía de mercado fue en el siglo XVIII una condición necesaria, pero no suficiente para la formación del proceso capitalista en aquella región (OEA, 1960; Sanoja y Vargas-Arenas, 2005:125- 127; Mintz, 1971).
Fuera de las plantaciones, la mayoría campesina de la población continuó viviendo y practicando hasta las primeras décadas del siglo XX, formas culturales y socioeconómicas  que representaban procesos alternativos al capitalismo mercantil imperante, hecho que los pensadores marxistas de la década de los años sesenta y setenta del pasado siglo denominaban como  sistemas sociales duales, los cuales contrariaban la ortodoxia de la teoría de los modos de producción imperantes para la época. Lo que señalan en verdad dichos procesos, es la necesidad  de desarrollar una teoría específica de las formaciones y modos de producción nuestramericanos y de los venezolanos en particular (Sanoja y Vargas-Arenas, 1992; Amin, 1997-1998; Vargas-Arenas, 2007a).
Lumbreras (2005: 263-264)  aporta también interesantes elementos para el análisis de la polémica sobre la existencia de diversas líneas de evolución de la sociedad, lo que nosotros llamaríamos procesos civilizadores. De acuerdo con  la posición teórica marxista -dice- “…el paradigma unilineal de la historia  que partiendo de la comunidad primitiva se estructura en formas progresivamente más complejas de sociedades clasistas (esclavismo, feudalismo y capitalismo) hasta desembocar finalmente en el socialismo como fase previa a la sociedad comunista sería un camino universal de la historia humana que debería poder aplicarse con carácter de ley en el análisis de la historia particular de los pueblos para explicar las circunstancias concretas de su existencia y poder aplicar el valor predictivo de la ley científica en el diseño de una estrategia hacia el futuro” (Énfasis nuestro). Sin embargo, sigue la polémica. Marx (1972) en sus notas sobre las “Formas que preceden a la formación capitalista” dejó planteada la existencia de varios modos de producción distintos al esclavismo para acceder a la sociedad de clases, entre los cuales destacaba el modo de producción asiático, modos que diferían entre sí por las condiciones de organización de las relaciones sociales de producción, lo que a su vez se traducía  en una explicación multilineal de la historia de la humanidad. En términos de la estrategia política, ello significa que existirían diversos caminos para llegar al socialismo, no necesariamente siguiendo la vía de la “dictadura del proletariado” enunciada originariamente por Marx, Engels y Lenin.
Podríamos preguntarnos como corolario de esta discusión: ¿Se podría justificadamente utilizar de manera acrítica este paradigma evolutivo del progreso para explicar históricamente el surgimiento del socialismo en Nuestra América?  La respuesta sería no, ya que dicho paradigma –como hemos visto- no constituye un universal de la cultura de la humanidad, sino uno de los diversos procesos civilizadores que asume el  desarrollo de la humanidad dentro de un conjunto de diversas relaciones sociales históricamente concretas y determinadas. La sucesión de modos de producción señalados por Marx y Engels describe acertadamente la línea particular de desarrollo del proceso civilizador europeo, y mediterráneo en particular, cuyos componentes, como hemos mostrado en el capítulo anterior, difícilmente pueden ser duplicados en otra situación.  Sin embargo, como afirmara Chesneaux (1969: 116-118),si entendemos que el marxismo y el materialismo histórico pueden efectivamente propiciar investigaciones científicas, no se trata entonces de sustituir el dogmatismo de la universalidad del esclavismo y del feudalismo por un neodogmatismo del modo de producción asiático ignorando las cuestiones fundamentales que se plantean en Asia, Africa y  América, sino de alcanzar un conocimiento de la historia de esos pueblos que permita una práxis revolucionaria más justa y eficaz que oriente adecuadamente la construcción de los nuevos socialismos del siglo XXI. Como analizaremos en las páginas subsiguientes, por lo menos hasta el siglo XVI de la Era Cristiana, el proceso civilizador capitalista europeo-mediterráneo representaba aproximadamente a un tercio de la sociedad mundial. El  restante setenta y cinco por ciento  de dicha sociedad mundial, como ya sabemos, estaba representado por sociedades mercantiles o no capitalistas que podrían asimilarse grosso modo con el denominado" modo de producción asiático" o sociades clasistas iniciales..
Como corolario podríamos dejar establecido que si bien existe una teoría general de los modos de producción capaz de explicar dialécticamente la historia de la Sociedad en su conjunto, dicha explicación debe ser validada mediante la formulación de teorías particulares que contribuyan a explicar la diversidad de procesos culturales civilizadores que conforman la  realidad concreta entendiendo -como dijo Marx en el volumen I de los Grudrisse (1967: 30)- que “…Le concret est le concret parce qu’il es la synthèse de nombreuses deterninations, c’est l’unité de la diversité…” (Lo concreto es lo concreto porque es la síntesis de muchas determinaciones, es la unidad de la diversidad…”. Traducción nuestra).
Lo anterior se refleja concretamente en el desarrollo de las diversas propuestas particulares y concretas de construcción socialista que están tomando cuerpo en distintas naciones de Suramérica y el Caribe, las cuales nos indican que es necesario reevaluar la explicación teórica de la evolución de la humanidad enunciada por el materialismo histórico. Ya no se trata, en el presente caso, de dilucidar una discusión académica pasada de moda que tuvo lugar en las décadas de los años sesenta y setenta del pasado siglo sino, como nos muestra Vargas-Arenas (2007), de clarificar una teoría social particular que fundamente el diseño de una estrategia concreta para construir la sociedad socialista en Nuestra América.  
Para elaborar nuevas tesis teóricas que permitan analizar prospectivamente la historia de la sociedad nuestroamericana, es necesario que exploremos el potencial transformador de  otras líneas de desarrollo histórico que no surgen directamente del paradigma civilizador capitalista europeo, como son las que se desprenden de un paradigma civilizador alternativo como el llamado "Modo de Producción Asiático o "Despótico" Consideramos particularmente importante analizar su concreción histórica nuestroamericana, ya que los actores políticos y sociales llamados a conformar el sujeto histórico de nuestra revolución –como señalábamos anteriormente a propósito del pensamiento de Rosa Luxemburgo- representa una extraordinaria diversidad cultural y étnica. La diversidad y sus consecuencias no son fenómenos pasajeros, son una constante histórica; no podemos prescindir de ellos a voluntad, como quien deja de lado unos detalles sin importancia. Cada vez que ello se ha intentado, se han tenido que pagar altos costos sociales y políticos (Díaz Polanco y Sánchez, 2002: 29).
El Modo de producción Asiático: una  expresión del clasismo inicial
El concepto de despotismo oriental comenzó a ser desarrollado originalmente por Aristóteles. Para este autor, dicho concepto aludía a la existencia de reinos o gobiernos tiránicos y de pueblos que tenían tendencia a la servidumbre, sometidos al yugo del despotismo de los gobernantes. Este carácter despótico –decía Aristóteles- era más acentuado en los pueblos asiáticos que en los de la Europa clásica.  Posteriormente y de distintas maneras, el concepto de despotismo oriental fue desarrollado también por pensadores como Maquiavelo, Hobbes, Montequieu y Stuart Mill y finalmente Hegel (1978:  207-209). Este último contemplaba la existencia de tres formas de despotismo asiático: a) El Despotismo Teocrático o Estado Patriarcal, ejemplificado en los imperios chino y mongol,  b) La Aristocracia Teocrática, ejemplificada por el sistema de castas de La India y c) La Monarquía Teocrática ejemplificada por el régimen monárquico de Persia.
De aquellas fuentes  abrevaron también Marx y Engels para definir la categoría de Modo de Producción Asiático, con la cual trataron de explicar científicamente las causas del “atraso” de los pueblos que no habían podido llegar al nivel de progreso alcanzado por los europeos. Se trataba al parecer de otra u otras formaciones sociales con un modo de producción genérico apoyado en la superexplotación masiva de la fuerza de trabajo, caréntes de desarrollo tecnológico y con una división del trabajo poco compleja. La célula básica de la sociedad estaba constituida por la organización aldeana basada en el parentesco, reservando para el Estado la facultad de acometer las obras públicas utilizando el tributo en trabajo con el que debía contribuir la población de las aldeas
El concepto  modo de producción asiático o despótico caracterizado por la existencia de una sociedad clasista inicial, una forma de gobierno despótico y la ausencia de propiedad privada de la tierra fue -hacia a mediados y finales del pasado siglo- objeto de un intenso debate teórico entre economistas e historiadores, tanto marxistas como burgueses (Varga 1969; Godelier 1969: 13-67; Bartra 1969; Wittfogel 1981). Resumiendo los rasgos institucionales que definirían una sociedad “oriental” o hidráulica, Manzanilla (1986: 246) señala: 1) la capacidad de debilitar la propiedad privada de la tierra, la existencia  de una burocracia monopolista como tipo específico de clase gobernante; 2) la incorporación de la religión (¿o ideología?) dominante dentro de su estructura, donde los funcionarios o sacerdotes de dicha religión actuarían como oficiales del gobierno en tanto que éste sería el administrador de sus propiedades; 3) el Estado sería la entidad que aglutinaría los principales logros constructivos, de organización -es decir, mantenimiento y administración- y adquisitivos: control del trabajo y de los frutos del mismo. La sociedad hidráulica tendería a constituirse como Estado, constituyendo el sistema político más eficiente para integrar los patrones formales de autoridad, permitiendo una utilización más adecuada del agua y la tierra y proveyendo ventajas económicas y de funcionamiento frente a grupos externos.
La diversidad cultural de las sociedades clasistas iniciales o "asiaticas"  y las vías hacia el capitalismo y el socialismo.
El conocimiento es histórico. El pensamiento de los cientificos y en particular de los científicos sociales, esta determinada por el nivel de conocimientos que se tienen en un determinado momento sobre la historia de la humanidad. En este sentido,  la categoría Modo de Producción Asiático fue formulada por Marx y Engels hacia mediados del siglo XIX, cuando no había sido creado todavía el extenso corpus de conocimiento científico que han producido la arqueología, la paleobotánicia, la paleozoología, la paleoecología, la filología, el urbanismo y otras ciencias auxiliares. En el caso particular del Modo  de Producción Asiático, para el marxismo actualmente lo relevante no es tratar de definir el orígen del Estado arcaico sino el surgimiento originario de la sociedad de clases, el clasismo inicial (Bate 2008: 43-45; Gandara 2008: 208). Ello se pone de relieve cuando analizamos comparativamente la diversidad de procesos históricos que han seguido las sociedades consideradas como  paradigmáticas para describir el Modo de Producción Asiático, desde las formas más antiguas hasta su culminación moderna en diversas formas de sociedades capitalistas, capitalistas de estado o ex socialistas. Dicho bloque histórico, considerado por la cosmovisión eurocentrica como  un residuo atrásado de la historia de la Humanidad, representa por el contrario procesos muy dinámicos de cambio social  que hoy día son críticos para la supervivencia del sistema capitalista mundial.
De los pueblos pastores de Eurasia a la revolución soviética.
Desde el IV milenio antes de Cristo, los pueblos pastores de la estepa asíatica y particularmente la euroasiática, ya habían comenzado a domesticar el caballo, el cual se utilizaba como proveedor de carne, animal de tracción y para montar. Para  inicios del Período del Bronce Antiguo, alrededor de 2000 años a.C.,  coexistían entre dichos pueblos dos formas socioeconómicas complementarias: el pastoreo,  la ganaderia y la agricultura, las cuales constituian la base material de una sociedad jerarquica guerrera. Entre los siglos IX y VII antes de Cristo, comenzaron a hacerse presente otros pueblos pastores que, a diferencia de los anteriores, utilizaban el hierro para fabricar sus armas. Ya para el siglo VII antes de Cristo se habia formado estados o imperios arcaicos nómadas clasistas donde interactuaban  los pueblos agricultores ganaderos y los pueblos pastores, por una parte, y las comunidades sedentarias de la Edad del Bronce Final  (Harmatta 1982: 137-148; Kristiansen 1998: 260-751).
A diferencia de aquellas formaciones sociales euroasiaticas que vivían en las dilatadas llanuras que se extienden desde el rio Elba hasta el Don, el territorio europeo occidental albergaba para incios de la Era Cristiana un modo de producción tribal-comunal  basado en la agricultura, la ganadería y la metalurgia, dominado por aristrocracias guerreras, el modo de producción germánico, en simbiosis con un modo de producción que utilizaba procesos de trabajo esclavista dominado por el sistema de Estado Imperial Romano, con amplias estructuras urbanas, vastos latifundios agropecuarios, producción semi-industrial de bienes de consumo y una extensa red de intercambio mercantil a larga distancia. Este  hecho fue determinante del desarrollo desigual entre los pueblos del occidente y del oriente de Eurasia, ya que estos últimos,  a diferencia de los germanicos, nunca llegaron a integrarse con el sistema imperial de Roma (Anderson 1979: 219).
A partir del colapso del Imperio Romano, entre  los siglos V-VI de la era cristiana,  las tribus germánicas que habitaban al este del Danubio,  comenzaron a abandonar sus antiguos territorios para dirigirse hacia el sur y el oeste de Europa, dejando el espacio libre para los pueblos agrícolas eslavos. El  modo de producción de los eslavos se carácterizaba por confederaciones tribales agropastoriles de aldeas nucleares gobernadas por aristocracias guerreras; estas derivaron posteriormente hacia una clase dominante conformada por clanes de terratenientes con una jerarquía social hereditaria, los cuales explotaban al campesinado y a un sector de esclavos domesticos conformado por prisioneros de guerra (Marx y Hobsbawn 1972: 17; Anderson 1979: 219-220; Harmatta 1982: 129-176). Con base a este modo de producción se conformó en siglos posteriores lo que denomina Braudel (1992,III: 441) "...the remote and marginal world of Muscovy..." ( el mundo marginal y remoto de Moscovia.Traducción nuestra) en el siglo XV de la era cristiana, cuando Ivan El Terrible, principe de Moscú, apoyado por la jerarquía nobiliaria moscovita, la jerarquía de la Iglesia Ortdoxa y sus aliados comerciales y políticos, derrotaron el Estado nomádico mongol, denominado la Horda de Oro, emergiendo la Rus de Moscu como líder del territorio de la Gran Rusia. En 1547 Ivan IV fue coronad oficialmente como primer Tsar de todas las Rusias.
Para el siglo XVI, la Rusia de Moscovia se carácterizaba por tener un Estado omnipotente que era propietario de la tierra (Varga 1969: 77), bajo la autoridad autocrática del Tsar apoyado en la Iglesia Ortodoxa y en una clase nobiliaria, los boyardos y los kulaks, quienes explotaban una vasta clase de trabajadores y campesinos sometidos a un régimen de trabajo servil. El Tsar tenía el monopolio de toda la producción y el comercio de bienes manufacturados. La apertura de Rusia a la tecnología del capitalismo industrial de Europa occidental  se aceleró bajo el reinado de Pedro El Grande (1689-1725), aunque  su orientación principal se volcaba hacia el mundo asiático (Braudel 1992 III: 441-466).
Hacia mediados del siglo XIX, la Liga de los comunistas consideraba que existían condiciones para una revolución proletaria en paises  que formaban parte del mundo industrial desarrollado de la época, como Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Suiza y Polonia. Pero la crísis del capitalismo que precipitó la Primera Guerra Mundial, determinó que la primera revolución proletaria tuviese lugar en la Rusia Zarista, con un territorio enorme donde coexistían diversos tiempos históricos, modos de vida de vida que iban desde los recolectores pescadores siberianos, los pastores mongoles y el servaje campesino hasta los trabajadores industriales, pero uno entre los países tecnológica y socialmente más atrásados de la Europa de entonces. La tarea que debían enfrentar los movimientos revolucionarios rusos  no era sencilla: llevar todos esos diversos pueblos hacia el socialismo. Dicha tarea se dificultaba aún más debido, por una parte, a la atomización ideológica y de objetivos prácticos de dichos movimientos (Reed 2007 y, por la otra, a que debían afrontar la construcción del socialismo, no sobre las bases del progreso organizativo que debía haber alcanzado la clase proletaria en su victoria sobre la burguesía capitalista, según el paradigma del progreso de la civilización occidental, sino sobre los despojos de un sistema político despótico e historicamente atrásado (Sanoja y Vargas-Arenas 2008: 294).
La Revolución Rusa de 1917 y la instauración del primer Estado Socialista del mundo, fue la culminanción de una serie de luchas y movimientos sociales que desde el siglo XIX habían tratado de derrocar el regimen tsarista, lo cual lograron finalmente bajo la inspiración y la dirección de Vladimir Ilitch Lenin. Este sostenia la tésis del partido como vanguardia del proletariado para mostrar al proletariado donde estan sus verdaderos intereses de clase y la instauración de una dictadura democrática de los trabajadores y campesinos para garantizar la necesaria derrota de la burguesía y el triunfo de la revolución. El leninismo, según Stalin, "...es la teoría y la práctica de la revolución proletaria en general y la táctica de la dictadura del proletariado en particular...".  Gracias a la aplicación de dicha teoría y su táctica corespondiente, según Trostky:
"...Rusia entró en el camino de la revolución proletaria, no porque su economía fuese la más madura para la transformación socialista, sino porque esta economía ya no podía desarrollarse sobre bases capitalistas... la revolución proletaria fue lo unico que permitió a un país atrásado obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia...." (Trostky 1963a: 17, 15).
Algunos adversarios ideológicos de la Unión Soviética, tales como Karl Wittfogel (1981: 438-440), sostenían que la naturaleza represiva del Estado y el socialismo soviético (el cual Wittfogel consideraba como la Restauración Asiática de Rusia) derivaba directamente de la supuesta condición semi-asiática que –según el autor- caracterizaba el anterior régimen de la Rusia zarista y de la nueva burocracia partidista que estaba conduciendo a Rusia hacia una restauración Asiática. En este sentido, según explica Gándara (2008: 212) en relación a la llamada sociedad asiatica, la hipótesis sostenida por  Wittfogel no esta referidaa cualquier tipo de sociedades ni a cualquier tipo de irrigación, sino que alude claramente a la relación entre un cierto tipo de Estado arcaico y el control de la irrigación compleja. Es una hipótesis destinada originalmente a explicar, en términos evolutivos, el surgimiento del Estado despótico.
En 1993 colapsaron la Unión Sovietica y el bloque socialista. Quince años más tarde el sistema capitalista mundial entra igualmente en una aguda crísis que amenaza con llevarlo al colapso total. El problema, como podemos ver, es de naturaleza eminentemente social. Por tanto, nuestro interés en el presente caso no es tanto discutir con datos empíricos la validez actual del Modo de Producción Asiático referida a una formación social concreta, sino resumir ciertas características de dicho modo de producción precapitalista o no capitalista  que puedan servirnos para esclarecer la importancia que tiene el estudio de esta línea histórica originaria de la sociedad clasista inicial, para la búsqueda de nuevas alternativas que expliquen la factibilidad de otros desarrollos socio-históricos como  el socialismo, diferentes al capitalismo empresarial burgués occidental (Godelier 1969: 60-63).
Mesopotamia: Irak, Iran, Turquía.
Las investigaciones arqueológicas practicadas en vasta la región del Asia Occidental y el norte de Africa en los últimos 40 años, nos  permiten hoy día fijar los orígenes de la vida social organizada en 12.000 años antes del presente y observar los desarrollos culturales posteriores en toda su diversidad y sincronía (Mellaart 1994: 425-426). Podríamos posiblemente sostener, con base a estos conocimientos, que el Asia Occidental habría formado una civilización singular expresada en diversos procesos civilizadores que se prolongan hasta nuestros días, vinculados en diversos momentos cruciales de su  historia moderna  con los de la civilización occidental (Europa-Estados Unidos).
Al analizar comprarativamente la diversidad de procesos sociohistóricos que condujeron a la formación de las sociedades complejas en los diversos continentes, podemos observar que el surgimiento de las sociedades clasistas iniciales no siguió -como bien sabemos- un patrón definido en todas partes del mundo (Utchenko y Diakonoff 1982: 7-22). A diferencia de lo ocurrido en los pueblos agropastoriles de Eurasia, ya analizados, en Asia  el norte de Africa, el Medio Oriente y América, los grandes sistemas de regadío, muchas veces asociados con el surgimiento de las sociedades clasistas, parecen  haber constituido uno de los elementos originarios para la integración y cohesión de la población, controlados por dinastías despóticas, las cuales  se apropiaban de buena parte del excedente producido por la población de las diferentes aldeas sometidas al gobierno de la autoridad central(Childe 1958; Diakonoff: 1982: 23-50; Bate: 1984;  UNAM: 1988.).
En Mesopotamia-(Irak-Turquia), el modo de vida sedentario -ejemplificado por sitios arqueológicos como Hassuna y Hacilar- esta presente desde  el 6° o 5° milenio a.C, apareciendo evidencias tempranas de urbanismo, aldeas amuralladas donde se cultivaban cereales y se domesticaban cabras, ovejas y cerdos. Hacia 4000-3000 a.C  estan presentes agrupaciones urbanas clasistas iniciales como Uruk y Eridu con templos, residencias palaciegas, agricultura con regadío, especialistas artesanales e industriales y utilización de las escritura sobre tabletas de barro. Ya desde el período dinástico, IV milenio antes de Cristo,  puede rastrearse un gobierno centralizado, evidencia de una civilización hidraulica centrada en el Estado (Manzanilla 1986: 247-259; Mellaart 1970; Braidwood 1967: 118-124; Childe 1958: 168; Ehrich 1954: 61)
La contribución mas resaltante de la sociedada dinástica temprana de Mesopotamia se ubica en el dominio de la metalurgia del cobre y el bronce , orientada mayoritariamente hacia la fabricación de armas u  objetos suntuarios  cuyo consumo estaba dirigido mayormente a los gobernantes y los guerreros, al servicio de los templos y de los ciudadnos prosperos (Childe 1958: 156-171.
En la meseta irani, por otra parte, el inicio del modo de vida sedentario está ejemplificado entre el 8° y el 7° milenio antes de Cristo por aldeas agrícolas como Ali Kosh, Bus Mordeh, Jarmo, Güra etc., (Hole et alíi 1969) el cual se extendió hacia regionaes vecinas como Afghanistan, Baluchistan, Asia Central (Rusia) y Mesopotamia, relacionandose también  con otros sitios similares en el valle del Indus a través del comercio a larga distancia de materias exóticas como el lápiz-lazuli, la esteatita y el cobre.
La sociedad dinástica temprana o clasista inicial se consolidó hacia 2700 antes de Cristo, carácterizada por formaciones urbanas amuralladas cuya densidad de población alcanzaba un promedio de 400 habitantes por hectarea, apoyadas en un en una economía agraria con irrigación, estratificación social y artesanos especialistas (Adams 1962: 114-115). La sociedad estaba estructurada  por tres clases  sociales principales: aristocracia guerrera, sacerdotes y campesinos  pastores enmarcadas dentro de una estructura social patrilineal cuyo rey era elegido del seno de una familia o linaje particular de la aristocracia guerrera y rodeado de terratenientes guerreros hereditarios o satrapas, que eran señores tributarios del rey y actuaban como intermediarios para la recolección de los tributos que pagaba la gente del común.
El primer contacto efectivo de estas sociedades orientales  con las sociedades esclavistas de Grecia y Roma ocurrió con la invasión de Alejandro Magno y sus ejercito macedonio entre 336 y 330 antes de Cristo y posteriormente con la invasión de las legiones romanas de Lucullus en 69 antes de Cristo. Posteriormente hacia 630 de la era cristiana cayeron bajo el dominio  de los pueblos arabes y turcos en la expansión del Islam desde el sur de Arabia, sopotando igualmente las invasiones de los pueblos mongoles del Asia Central en 1220.
La modificación sustancial de la sociedad clasista oriental comenzó con las invasiones propiciadas por la expansión colonial  europea, particularmente británica y francesa, a partir de finales del siglo XVIII. quienes de manera paulatina comenzaron a introducir en aquella formas comerciales capitalistas que posteriormente fueron el prolegómeno de la dominación colonial.
En Irán, la penetración capitalista franco-británica y rusa comenzó entre 1797 y 1834, dando orígen al desarrollo de una clase mercantil  poderosa que ya existía en 1890. Sobre esta base, los británicos impusieron en 1925 un gobernante o emperador que les era afecto, el Shah Rehza Palevi, cuya dinastía gobernó al pueblo irani con puño de hierro hastaa 1979, cuando fue derrocada por el Imam Khomeini instituyendose una República Islámica,  un regimen nacionalista, capitalista de Estado, que nacionalizó los principales medios de producción, particularmente el petróleo, el acero, la petroquímica, las comunicaciónes, etc., democratizó la tenencia de la tierra y propició un importante desarrollo autonomo de la educación, la ciencia, la tecnología y la industria.
En el caso de la región Mesopotamica, la primera intervención militar colonial del ejercito británico se  produjo en 1914. Posteriormente a la finalización de la Primera Guerra Mundial el Colonial Office  formalizó el control colonial del territorio irakí, instalando en él monarcas que preservasen sus intereses petroleros (Iraq Petroleum Company), económicos y políticos.  A partir de 1958, surgió un movimiento de jovenes  militares, intelectuales y obreros que abrazaron la causa del nacionalismo y el socialismo arabe reprersentado en el partido Baas, el cual tenía como paradigma el movimiento socialista militar iniciado en la Republica Arabe Unida (Egipto) por el coronel  Gamal Abdel Nasser. El partido socialista Baas gobernó Irak hasta 1983, cuando la salvaje invasión militar del ejercito de los Estados Unidos, ordenada por George Bush derrocó el gobierno de Sadam Hussein, destruyendo los fundamentos materiales y culturales de la Nación Iraquí e imponiendo al pueblo - a sangre y fuego-el remedo del modo de vida capitalista estadounidense.
Egipto,  las sociedades africanas  y el Islam
Continuando con el análisis histórico de la diversas sociades antiguas y su proyección hacia el presente, podemos apreciar que en en Egipto, el proceso civilizador estuvo directamente estimulado por las extraordinarias condiciones para producir riqueza que ofrecían las inudaciones períódicas  del rio Nilo y los sistemas de irrigación  para canalizar sus aguas, así como por  la cercanía  a los centros asiáticos y mediterráneos de alta cultura. Si bien el río era el medio natural que representaba la unidad del Imperio, a pesar de la rivalidad que existía entre las poblaciones del Alto y el Bajo Egipto, el carácter divino del faraón  garantizaba dicha unidad, simbolizaba la soberanía, la estabilidad y la confianza en el gobierno del Imperio. La administración del gobierno la llevaba a cabo una burocracia delegada, cuya principal dedicación era canalizar los excedentes de producción hacia el gobernante y la elite que lo rodeaba.
Como refuerzo de la soberanía y la administración centralizada de la producción, los faraones y los reyes en diferentes regiones, desarrollaron religiones oficiales. En el caso de Egipto, la creencia básica era que el espíritu podría sobrevivir solamente si el cuerpo era debidamente preservado y provisto con los bienes que le permitirían disfrutar la existencia en el más allá. Por tal razón, entre 2132 y 1777 a.C., las tumbas de los miembros más importantes de la comunidad asumieron formas monumentales donde destacan las pirámides,  provistas con un lujoso mobiliario, pinturas y grabados murales (Clark, 1977: 238-239; Abu Bakr: 75-101).
Al igual que en las otras sociedades orientales, el contacto con la sociedad esclavista griega ocurrió entre 332 y 308 antes de Cristo cuando Alejandro Magno y sus ejercitos macedonios conquistaron el Antiguo Egipto, hecho del cual surgio la Dinastía Ptolemaica que transformó dicho país en parte del mundo cultural helénico (Riad 1983 II:183-206). Las luchas intestinas al interior de la Dinastía Ptolemaica determinaron entre 145 y 52 antes de Cristo. la intervención militar por parte de la República Romana. Al entrar en esta orbita de influencia política, la sociedad egipcia se vio envuelta igualmente en las guerras civiles intestinas por el dominio del poder en Roma. El consul Julio César irrumpió en Egipto en persecución de su enemigo Pompeyo, a quien derrotó, relacionandose luego con la Reina Cleopatra (Donadoni 1983 II: 207-225).
El gobierno de los ptolomeo estaba fuertemente centralizado en la figura del monarca, quien gobernaba a través de una extensa y compleja burocracia. La economia del imperio era una mezcla del control monopólico real y de la empresa privada, la cual se hallaba bajo el control del modo de producción mercantil que dominaba la sociedad romana (Riad 1983-II:183-206).
Luego de la caída del Imperio Romano los ejercitos persas de la Dinatía Sasánida invadieron Egipto en 616 d.C. En 6229 d.C. el país paso a ser dominado por los arabes imponiendo así el Islam bajo el gobierno del Califato de Bagdad. Bajo el Islam,  Posteriormente entre 1250 y 1800 d.C. Egipto vivió bajo la infuencia del Imperio Otomano, expandiendo el control egipcio sobre Nubia, al sur, Yemen y Aden sobre el Mar Rojo.
El Islam se extendió rapida y pacificamente hacia el interior del continente africano, fundamentado en el comercio, contribuyendo a la unidad de los pueblos del continente y expandiendo los intercambios de materias primas,  bienes terminados y esclav@s con el Maghreb, Arabia y la India.  El Islam, por otra parte, fue el cemento que unificó la mayoría de las sociedades africanas, particularmente El Mahgreb, Egipto y las sociedades afroislámicas orientales (Niane 1984: 673-686) El Arabico a la par del swahili y otras lenguas africanas se convirtió en un medio de comunicación entre los hombres de letras de las mezquitas y los mercaderes dando nacimiento en el africa subsahariana a los testimonios de la historia escrita (Mateveiv 1984 IV: 469). Desde los siglos X y XI despues de Cristo, bajo el dominio de los Almorávidas ,en  el Mahgreb y el oeste de Andalusia se formaron importantes centros de estudio para la difusión de la ciencia y la filosofía hacia la Europa occidental, hecho que tuvo gran importancia en el renacimiento cultural ocurrido al colapsar la sociedad feudal europea (Niane 1984 IV: 1-14;Garcin 1984 IV:371-397 ).
Los contactos mercantiles africanos con la sociedad atlantica mediterranea  europea, el Medio Oriente y Asia se remontan hasta el siglo XII de la era, culminando en el siglo XV con la intensficación del tráfico de oro y  esclavos negros, principalmente através de  mercaderes portugueses, genoveses  y catalanes.Los portugueses fueron los primeros europeos en tomar contacto con importantes  sociedades estatales yorubas  del Golfo de Guinea tal como el Reino de Benin, pueblos que habian alcanzado un alto grado de especialización económica y  una gran excelencia en la metalurgia del cobre y el bronce (Ryder 1984-IV: 339-370; Devise y Labib 1984 IV: 635-672). El período colonial, particularmente a partir del siglo XIX en adelante, debilitó el poder de los antiguos reinos cuyas poblaciones cayeron bajo la autoridad política de los diversos poderes coloniales europeos. Bajo el proceso de descolonización que se inició hacia mediados del siglo XX, los nuevos estados nación que surgieron representaban divisiones etnicas artificiales, sociedades clasista mayormente multribales con variadas formas de gobierno basadas en el concepto occidental de democracia, el Socialismo Africano o el gobierno militar.
En el Mahgreb, norte de Africa, los fenicios fundaron a partir del siglo VIII a.C alrededor de 300 colonias en la costa de los actuales estados de Argelia, Tunez y Marruecos. Entre los siglos X y XII  fue colonizado por las dinastías bereberes arabizadas. Despues de la caida de la taifa  de Sevilla, España. en 1091 de la era y particularmente al finalizar los reyes cristianos la reconquista de El Andalus, los reinos del Mahgreb recibieron un importantes contingente de población arábica y judia sefardí proveniente del sur de España, los cuales aportaron importantes innovaciones en el campo de la tecnología agrícola y la ciencia. Los reinos bereberes sufrieron al igual que el Egipto la influencia turca y posteriormente, en el siglo XIX, la conquista colonial por parte de diversos paises capitalistas europeos occidentales. Entre 1830 y 1962 Argelia se convirtió en protectorado  y luego en un departamento de la República Francesa, hasta conquistar su independencia en 1962 luego de una cruenta guerra de liberación.  Con una historia originaria muy similar, Tunez y Marruecos se convirtieron en un protectorado de Francia entre 1881 y 1956 cuando obtuvieron su independencia. Hoy dia  Argelia, uno de los mas importantes productores de petroleo del mundo, y Tunez , son repúblicas gobernadas por un sistema político cercano a la social democracia. Marruecos es una monarquía parlamentaria tiránica.
De manera muy similar al Mahgreb, en 1805 Egipto fue ocupado por las tropas napoleonicas y en 1882 se convirtió en protectorado británico bajo un gobierno monarquíco parlamentario. En 1952 un grupo de jovenes oficiales revolucionarios nacionalistas derrocó la monarquía egipcia, declarando la existencia de la República Arabe Unida -cuyo presidente fue el coronel Gamal Abdel Nasser- ambientada dentro del socialismo arabe Baas, la cual se integró temporalmente con Irak gobernada también por elites militares que comprartían los ideales del socialismo nacionalista arabe de Gamal Abdel Nasser. Las potencias occidentales que representaban los intereses del capitalismo occidental en Egipto, Africa del Norte y el Medio Oriente, Estados Unidos, Inglaterra, Francia e  Israel, lograron finalmente derrocar el gobierno socialista arabe e imponer el actual regimen tiránico pro-estadounidense liderado por Hosni Mubarak.
La India y-Pakistan
El desarrollo de la cultura moderna de la India, al igual que las otras ya analizadas en el sur de Asia, es producto de una sintesis de diversos componentes humanos y étnicos aportados por las invasiones persas, particularmente la del emperador persa Dario en 516 antes de Cristo, la griega al mando de Alejandro el Grande en 327 antes de Cristo y la conquista islámica emprendida por los pueblos Arabes y Turcomongoles a partir del siglo VII de la Era Cristiana.
En el valle del  río Indus ya existían entre el 4° y el 3° milenio antes de Cristo una gran multitud de asentamientos sedentarios que disfrutaban de las casi ilimitadas posibilidades para el desarrollo agrícola y la concentración de grandes poblaciones humanas que ofrecia esta extensa planicie aluvial. Con base a estas condiciones, se desarrollaron los primeros asentamientos urbanos que carácterizan la denominada cultura o civilización Harappa (1650 + 110 a.C). Esta representaba un perfecto ajuste de la vida humana a un ambiente específico que constituye el fundamento de la moderna cultura de la India. No obstante sus nexos comerciales con otros procesos civilizadores asiáticos de Mesopotamia, Persia, Egipto y China y posteriormente con las sociedades urbanas de Grecia y Roma, la India representa una cultura  originaria y autónoma.
Los asentamientos urbanos de Harappa fluctúan entre pequeñas aldeas y grandes centros urbanos construidos  con adobes y ladrillos, tales como Mohenho Daro,  Harappä misma y Kalibangan, levantadas en torno a ciudadelas fortificadas. El cultivo de cereales como el trigo y la cebada, el arroz, el sesamo, arvejas, datiles, y de plantas como el algodón estaba asociado con el uso de la irrigación por iundación, asociado con la ganadería de vacunos, bufalos, ovejas, cabras, camellos, asnos, y animales domesticos como el gato y el perro.
Los pueblos de la civilización del valle del Indus desarrollaron la navegación fluvial, la manufactura de objetos de cobre y bronce, de oro, plata y estaño y cobre arsenicado, la cerámica fayence. Ciertos objetos exóticos en lapiz lazuli parecen haber provenido de Iran y existen otras evidencias de relaciones comerciales a larga distancia entre los mercaderes de Harappa y Mohenho Daro con los de Mesopotamia y el Golfo Persico, particularmente los de los puertos de Bahrain y Failaka..
La sociedad Harappa desarrolló un alfabeto y un lenguaje escrito, así como un complejo sistema de pesas y medidas. La expresión artística carácterística eran las figurinas humanas -mayormente femeninas- modeladas en terra-cotta, así como mujeres con niños o representando actividades de la vida cotidiana y representaciones zoomorfas variadas (tigres, rinocerontes, vacas, elefantes, etc.).
La sociedad Harappa o Mohenho Daro, parece estar asociada también con un tipo de sistema estatal clasista inicia, despótico, administrado por un jefe tribal o rey que gobernaba apoyado en un sistema feudal denominado samanta  y funcionarios reales como los mähädjadhiräja  o maharaja encargados de los gobiernos regionales.El gobierno se fundamentaba en la ideología o religión que servía para controlar la mente de los individuos, generando particularmente el sistema de castas que ha permitido hasta el presente la reproducción continuada y estable de las jerarquías sociales de gobernantes, aristócratas y guerreros (Ksatriyas),  sacerdotes y filósofos (Brahmanes), artesanos (Vaysas) y aquellos que se encuentran en la escala más baja de la sociedad (Dasas) (Linton 1959: 507-519; Childe 1958: 172-206; Clark 1977: 268, 285).
Aparte de las invasiones persas y griegas que se produjeron entre el 4 °y el  3° siglo antes de Cristo, las evidencias arqueológica y literarias indican la existencia de una intensa actividad mercantil posterior a dichas fechas con mercaderes del Sur de Arabia que comerciaban bienes traidos de Egipto, así como mercaderes  chinos, griegos y romanos que conectaban a la India con el ambito mediterráneo y el Asia Central.
En 712 despues de Cristo, al igual que ocurió en el sur de Asia y el cercano Oriente, el norte de Africa y el Mediterraneo occidental, los pueblos arabes del Islam conquistaron porciones importantes del subcontinente indio, seguidos posteriormente por los invasores turco-mongoles que fundaron en 1526 el Imperio Mogul en la India.. El choque cultural entre el Islam y el hinduismo contribuyo a cristalizar la estructura social y los valores culturales del pueblo indio y en general el régimen despótico mercantil, clasista, no capitalista que imperaba en la India (Linton 1959: 507-510).
La civilización occidental y el modo de vida capitalista lograron obtener  hacia mediados del siglo XVIII, el control político y económico de la India, gobernada por el Imperio Mighal, a través de la penetración comercial británica ejercida por la East India Company, la cual se instaló en Bengala en 1765 (Wolf 1990: 239-252). Mediante las acciones colonialistas de la  misma desmantelaron la naciente producción industrial del imperio de manera tal que, para el 1° de  Noviembre de 1858 la Reina Victoria fue proclamada por el gobierno británico como Emperatriz de La India. De esta manera los colonizadores  impusieron el dominio del capitalismo industrial europeo, su sistema político, su lengua y sus costumbres, tratando que la población nativa, hindues o musulmanes, quedase confinada a desempeñar los oficios auxiliares de la adinistración colonial. La sociedad india ya había logrado para el siglo XVIII  tener una importante elite ilustrada con un alto nivel de desarrollo político, económico y cultural,  ejemplo de la cual serian posteriormente el Mahatma Ghandi y Ali Jinnah padres -respectivamente- de la India, hoy día una democracia social parlamentaria y de Pakistan, hoy día un regimen militarista dominado por los Estados Unidos, las cuales lograron su independencia del Imperio Británico en 1947 (Sanoja y Vargas-Arenas 2008: 265).
China
En diversas regiones de China desde la llamada cultura Lung-shan, a comienzos del segundo milenio a.C., comenzó a desarrollarse una formación social caracterizada por una combinación de vida urbana, metalurgia del bronce, la  escritura y una sociedad altamente estratificada (Chich Chang, 1977: 217). De manera similar a las ya descritas, el catalizador de los procesos históricos que llevaron a la unificación de China y la formación del imperio Han, no parece haberse debido exclusivamente a causas  económicas sino también al desarrollo y expansión de la ideología religiosa institucionalizada. Desde  la Dinastía Han (202 a.C.-200 d.C.), los monjes  budistas abrieron las rutas comerciales que conducían hasta los más remotos lugares de Asia, particularmente con las civilizaciones que florecían en la India al  mismo tiempo que propiciaban el comercio que fluía en sentido contrario desde Siria, Iran, Egipto y Roma (Clark, 1977: 319). La fusión de las influencias emanadas tanto de la Civilización China como de la India en el sureste de Asia,  estuvo mediada por los mercaderes de las sociedades tribales de esta región, situación que estimuló el surgimiento de nuevas sociedades clasistas iniciales como el llamado Reino de Fou-Nan en el delta del rio Mekong, Camboya, en el siglo 3 de la era Cristiana (Clark 1977: 348).
Por las razones ya enumeradas y a diferencia de las sociedades occidentales de la Edad del Bronce europeo –ya analizadas-  el desarrollo y el funcionamiento de la industria (metalurgia, cerámica, tejidos, etc.) y el proceso de acumulación de capitales se hallaba subsumido dentro del control centralizado de las jerarquías gobernantes. Esta carácterística, señalada generalmente como causa del atráso histórico de las sociedades llamadas despóticas,  produjo por el contrario un proceso de desarrollo de las fuerzas productivas que hizo del Imperio Chino la sociedad más desarrollada del siglo XV de la era cristiana. A diferencia de los reinos de Portugal y Castilla y Aragón, China renunció a ser un imperio marítimo abandonando la intensa actividad naval y el comercio marítimo a larga distancia que había tenido lugar a inicios del siglo XV, concentrandose hasta el presente en su desarrollo interior y en la expansión de sus fronteras terrestres (Fernández Armesto: 1996: 142-145).
A partir del siglo XVII, bajo la dinastía Ch'i ng, el Estado Manchu, basado en un sistema militarista, era una suerte de transición del tribalismo hacia una autocracia monarquica. A partir del siglo XVIII los grandes emprendimientos industriales y mercantiles que comienzan a desarrollarse en China estaban conectados directamente con la oligarquía dominante y funcionaban con el apoyo gubernamental. Gracias a los emprendimientos mercantiles  de la East India Company, entre 1719 y 1833, China obtuvo entre 306 y 330 millones de piastras en plata, 1/5  de la plata producida en Mexico en ese período, a cambio del té que aquella compraba a los comerciantes chinos (Wolf. 1990:295). Como contraparte, en 1797 la East India Company logró el monopolio del tráfico del opio (del narcotráfico), mediante el cual recuperaban parte de la plata que pagaban a China por la venta de las hojas de té, subvirtiendo así el orden social y la salud pública del pueblo chino. El trafico de una droga dura, destructiva, como opi representababa, por otra parte, una de las principales fuentes de ingreso del Imperio Mughal de la India sometido a su vez al dominio del Imperio Británico (Wolf 1990: 258).
A finales del siglo XIX la modernización de la economía china, determinada por una mayor penetración de la tecnología y el capital extranjero, se vió obstaculizada por la corrupción y la incompetencia que existía en la oligarquía dominante. La reacción nacionalista interna contra esta humillación de la nación china, la llamada Rebelión de los Boxers ocurrida en 1900, fue finalmente derrotada por la intervención militar extranjera que culminó con la ocupación de Peking (Beijing) la capital del imperio. En 1911 comenzó una revolución modernizadora republicana comandada por Sun Yat-sen, la cual logró que en 1912 que la  oligarquía manchú de la Dinastía Ch'ing abdicase a favor de la República China. En 1921 comenzó una nueva revolución acaudillada por el Partido Nacionalista (Kuomingtan) derechista, defensor del capitalismo occidental, y el Partido Comunista Chino, también nacionalista, pero que promovía la revolución social china. Las posiciones ideologícas de ambos entraron posteriormente en un conflicto que se convirtió en una guerra civil agravada por la invasión japonesa en 1937. Finalizada la Segúnda Guerra Mundial en 1954, en 1949 el Ejército Chino Popular de Liberación derrotó finalmente a los nacionalistas apoyados por los Estados Unidos y el 1 de Octubre del mismo año Mao Tzedong proclamó en Peking (Beijing), el nacimiento de la República Popular China, culminando el llamado paradigma del Progreso de una manera histórica diferente al  de la Civilización Capitalista Occidental,.
Japón
 Durante el siglo siete de la era cristiana,  en Japón ya existía una sociedad jerarquica gobernada por una clase de guerreros controlada por una variante  religiosa del Budismo, el Shintoismo. Desde antes de esa época, en el período Yayoi (300 años a.C.), el fundamento de la producción agraria era el cultivo del arroz y la utilización de sistemas de regadío, la pesca y la recolección marina, la metalurgia del bronce y en cierta medida del hierro. Ya desde este perìodo se nota la influencia de la Dinastìa Han en la tecnología de la metalurgia del bronce. Posteriormen entre los siglos seis y siete de la era cristiana, la influencia de la cultura china del período Tang se manifestó en la aceptación del alfabeto, los textos budhistas y confucionistas, las convenciones artísticas,  los protocolos burocráticos y cortesanos de la corte imperial establecida primeramente en Nara y luego en Kyoto. El poder efectivo vino a ser ejercido progesivamente por un funcionario, designado jefe de todos los clanes, denominado Seii-Tai Shogun. Sin embargo,  el desarrollo cultural  del pueblo japonés tuvo características muy singulares, centradas en el rechazo a las influencias extranjeras.  En 1541 un junco chino que llevaba pasajeros portugueses encalló en la isla Kyushu, constituyendo así el primer contacto entre Japón y la cultura europea que marcó el inicio de la absorción de la tecnología occidental, más no del capitalismo mercantil de la època (Clark, 1977: 320-337). A partir del siglo XVI y particularmente como consecuencia de la  Revolución Industrial, los paises capitalistas centrales de Europa occidental, trataron --y lograron finamente-- crear enclaves comerciales capitalistas  en el territorio asiático controlado por las antiguas sociedades clasistas y dinastías. Los portugueses se asentaron en Goa, India y en Macao, China. Los ingleses consiguieron la concesión territorial de Hong-kong en China y se infiltraron en la India destruyendo el imperio del Gran Mogul. De esta manera, para mediados del siglo XVII, la Reina Victoria pudo proclamarse emperatriz de La India, nombrando un virrey como su reprsentante.
Los franceses pusieron pie en Indochina y se anexaron los antiguos reinos que habían florecido en la cuenca de los grandes rios como el Mekong: Thailandia, Camboya y Annam. Estados Unidos, hacia finales del siglo XIX, con el poder de su flota naval, obligó al Imperio Japonés a abrir sus puertos al comercio capitalista. Como resultado, Japón se convirtió en una potencia capitalista autónoma gobernada por una agresiva casta militar, con una flota naval que rivalizaba con las escuadras de los países capitalistas occidentales, la cual fue capaz de conquistar durante la Segúnda Guerra Mundial el Sureste de Asia, Korea, Manchuria, Formosa (Taiwan), buena parte del territorio de China continental, Filipinas y la mayor parte de las islas del Pacífico, poniendo en jaque el poder militar y naval de los Estados Unidos.
El Imperio Japonés solo puedo ser vencido por un horroso crimen de guerra que conmovió la Humanidad toda: las bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 ocasionando centenares de miles de victimas civiles, para renacer posteriormente como uno de los paises economicamente más poderoso del G8, el núcleo duro del capitalismo. China Popular es hoy dìa un país socialista, la mayor potencia económica del mundo, después de triunfo de la Revolución Comunista China en 1949 bajo la conducción del Presidente Mao Zedong (Bettelheim, Rosanda y Karol: 1978).  Vietnam (el antiguo reino de Annam) es igualmente hoy día un pais socialista desde 1972, después de haber derrotado militarmente a los ejércitos imperialistas  de Francia y Estados Unidos.  La India, después de su liberación y de su partición en dos paises, India y Pakistan, es uno de los paises capitalistas más avanzados del mundo y al mismo tiempo – por contradicción- la sede los movimientos populares anticapitalistas y maoístas más extensos del mundo capitalista. El gobierno militarista de Pakistan ha terminado por convertirse en un enclave del imperio estadounidense, al mismo tiempo que de fuertes y organizados movimientos fundamentalistas islámicos anticapitalistas y antiimperialistas.
Como podríamos concluir de la presentación anterior, el capitalismo constituye hasta hoy la culminación del  proceso civilizador milenario que carácteriza particularmente la historia de los pueblos de Europa Occidental .Hacia de 1000 d.C., Europa occidental bajo el Feudalismo era una región marginal al Mediterraneo, el Cercano Oriente Islámico y el Oriente (Wolf 1990:267). Su expansión fuera de ese núcleo originariol fue consecuencia, como hemos visto,  de la conquista y la colonización armada de las sociedades no capitalistas de su periferia., proceso que comienza en fuerza  en el siglo XVI y  que hoy día se carácteriza por el intento de neocolonizarlas destruyendo o fagocitando sus fuerzas productivas, sus recursos humanos, sus materias primas, sus capitales financieros, sus recursos naturales, su biodiversidad, para tratar de darle un segúndo aire al imperialismo hegemónico decadente de los Estados Unidos y Europa .Esta expnsión fuera del núcleo originario del Capitalismo, que podría entenderse también como la reestructuración de las relaciones sociales y políticas dentro de las relaciones capitalistas de producción de la región europea  atlántica mediterranea, parecería  corresponder grosso modo  con los denominados ciclos largos de Kondratieff que habrian tenido lugar entre 1450-1600 y 1750-1950 de nuestra era (Paynter 1988: 422).
El "Modo de Producción Asiatico" y el germen del socialismo
A partir de 1922,  siguiendo la tésis de Stalin (1961), la revolución sovietica escogió desarrollarse en un solo país contrariamente a  la de Trostky, la Revolución Permanente (1963b: 31), la cual propiciaba la socialización de los medios de producción de acuerdo con la ley del desarrollo combinado de los países atrásados: "...La revolución socialista empieza dentro de las fronteras nacionales; pero no puede contenerse en ellas..." (Trotsky 1963: 33), ya que como vemos hoy día en el caso de la Revolución Cubana, la Bolivariana, la Boliviana y la Ecuatoriana, la única garantía de triunfo contra el Imperio y contra la restauración de las relaciones sociales burguesas, solo es posible en el plano internacional  vía la victoría del socialismo en varios países.
La mayoría de las sociedades  que han sido consideradas de alguna manera  como representaciónes modernas del Modo de Producción Asiatico, la actual Federación Rusa incluida, constituyen hoy día el fermento de una nueva versión de socialismo donde, de manera general, los principales medios de producción han sido y son controlados de alguna manera por el estado o estan socializados coexistiendo diversas formas de propiedad estatal, social y privada, de forma que las ganancias y las perdidas estan -en general- igualmente socializadas. Este tipo de socialismo que podría corresponder con lo que se denomina el socialismo del siglo XXI ha comenzado a tejer redes de intercambio y cooperación  acordes con el desarrollo desigual y combinado que vinculan hoy diversos países antes tan alejados política y culturalmente como China, Rusia, Bielorusia, Vietnam, Iran, Venezuela, Cuba, el Caricom, República Dominicana, Nicaragua, Honduras, Ecuador, Bolivia, Argentina y Brasil, cuyas sociedades originales, de una manera u otra, se fundamentaron también en diversos tipos de sociedades  jerarquicas o clasistas iniciales.
Vista la perspectiva histórica anterior podríamos decir -resumiendo- que el llamado modo de producción asiático alude, pues, a diversas formas originarias de la sociedad clasista inicial que se definian fundamentalmente por la manera cómo era apropiado el producto excedente, la cual corresponde a una división social del trabajo entre trabajador@s y no trabajador@s, y la ausencia de propiedad privada de la tierra, donde los derechos de propiedad de la tierra, principal medio de producción, recaían en el Estado como representación del colectivo. Los impuestos por la posesión y uso de la misma formaban la renta que aquél percibía. La propiedad estatal de la tierra era una norma jurídica que imponía el Estado a los productor@s directos organizad@s en comunidades campesinas (Hindess y Hirst, 1979: 183-224).
El concepto de modo de producción asiático, como ha dicho Gándara (1983), “…ha sido históricamente importante; su discusión destruyó la lista “oficial” de modos de producción, y abrió paso a líneas múltiples de desarrollo…sin embargo dista de ser la explicación marxista del origen de las clases o del estado…”  Como ya explicamos, dicho concepto suscitó, particularmente en los momentos más críticos de la Guerra Fría, agudos debates entre intelectuales y científic@s de izquierda y de derecha. A este respecto es necesario exponer también que la concepción tan rígida de la evolución de la humanidad planteada por la historiografía marxista clásica convirtió en universal de la cultura una secuencia de etapas se escalonaban mecánicamente desde la comunidad primitiva, pasando por el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo hasta el socialismo. No todos los pueblos siguieron esa línea evolutiva y no todos llegaron al nivel de desarrollo material que caracteriza a la civilización europea, cuyos logros materiales y culturales son considerados por la ciencia social burguesa como paradigmáticos del progreso social.
Las burguesías del núcleo capitalista central, racionalizando para su beneficio esta característica del desarrollo desigual de la sociedad, explicaron las causas de tal atraso material de los pueblos de su periferia postulando que la incapacidad de esos pueblos y sociedades para emular a la civilización europea evidenciaba su condición de pueblos inferiores  (Hegel, 1978: 191) por lo cual, para que pudiesen progresar tenían que ser fustigados por el amo europeo (¿ahora estadounidense?). En nuestra opinión, si aceptamos el razonamiento inverso de que todos los pueblos son iguales, habría que buscar las causas de dicho retraso en la extracción de plusvalía de los países de la periferia vía la dominación colonial y neocolonial, proceso que ha permitido el crecimiento de las sociedades capitalistas nucleares, y en  las estructuras socioeconómicas y las particulares características del movimiento histórico que dicho proceso de expoliación ha generado en las sociedades de la periferia: las regresiones, el estancamiento y la lentitud de los procesos de cambio (Bartra, 1969:12).
En momentos cuando se interrumpe el proceso de expoliación ampliada de la plusvalía para beneficio de las sociedades capitalistas nucleares, como ocurre en el actual, debido al surgimiento de diversos procesos de acumulación emergentes en las sociedades de la periferia, el capitalismo central -en nuestra opinión- comenzará a languidecer si es que carece efectivamente del vigor necesario para emprender una recolonización violenta de dicha periferia.
Los modos de producción de las sociedades americanas.
En el caso específico de las civilizaciones americanas, la persistencia de las comunidades consanguíneas características del llamado modo de producción de la comunidad primitiva, es decir, el modo de producción de las formaciones preclasistas, como estructura básica de la sociedad clasista inicial,  impidió ciertamente el crecimiento cualitativo y cuantitativo de la sociedad más allá de un cierto límite. Ésa parece haber sido una de las razones por la cual la historia de las mismas se ha expresado en ciclos repetitivos: cuando una formación social alcanzaba el  límite de su desarrollo material, colapsaba para ser reemplazada por otra similar sin llegar a la disolución de las comunidades consanguíneas y su reemplazo por comunidades seculares de especialistas en la producción material que asumiesen la dirección del proceso social. La acumulación era fundamentalmente de fuerza de trabajo. Su valor se expresaba en la cantidad de tributo extraído por la comunidad de linajes dominantes organizada como el Estado y en las obras públicas que servían de refuerzo al dominio que éste ejercía sobre la población general (Sanoja y Vargas-Arenas 2000:61-84).
En las sociedades clasistas iniciales americanas los linajes dominantes, que asumían la representación del Estado, poseían la tierra y organizaban su usufructo personal en nombre de la comunidad: controlaban la actividad y la distribución de los productos de la agricultura, la caza, la pesca, la producción artesanal y los procesos de intercambio intra e intercomunitarios vía la aplicación del código de ley consuetudinaria que constituían las relaciones de parentesco, las relaciones sociales de producción y las sanciones y restricciones que a nivel de la conciencia representaban los medios imaginarios de producción: los mitos, las creencias y los tabúes. Los y las especialistas en la producción de bienes materiales, particularmente las mujeres, estaban subsumidas dentro de la organización de las diversas unidades domésticas consanguíneas que constituían el fundamento de la sociedad. Dentro de la división social del trabajo, las mujeres aportaban una proporción importante de la producción de bienes materiales en la rama del cultivo, de la recolección de alimentos y plantas medicinales así como la recolección preparación de materias primas para la elaboración de textiles, la manufactura de tejidos de telar, cestas, preparación de los cueros y manufactura de artesanías, elaboración de la alfarería, cuentas y pendientes de concha y hueso, arte plumario, entre otras actividades.
Una parte de la producción femenina estaba destinada al consumo directo, cotidiano, pero otra parte --no menos importante-- se destinaba al consumo no reproductivo, vinculado a fundamentar la acumulación de bienes intangibles como el prestigio y el poder. Lo imperfecto de los sistemas de intercambio a larga distancia de bienes terminados o materias primas, limitó la posibilidad de crear y ampliar el sector de producción artesanal especializado en la producción de dichos bienes y de profundizar la división social del trabajo, dado el bajo nivel de consumo individual de bienes no esenciales para la reproducción cotidiana de la vida social. Ello determinó también procesos de acumulación de fuerza de trabajo femenina, mujeres jóvenes en la edad productiva y reproductiva óptima, vía por ejemplo la poliginia, así como el sacrificio ritual de mujeres jóvenes para disponer, también por la vía ritual, de los excedentes de mano de obra femenina. De esta manera, las trabajadoras, productoras y reproductoras eran mantenidas bajo el control de la organización consanguínea patriarcal, ideología que parece haber tenido también un peso específico importante en la limitación general del desarrollo de las fuerzas productivas (Sanoja y Vargas-Arenas, 2000; Vargas Arenas 2006: 199-206).
De la misma manera, el medioambiente impuso a las sociedades clasistas iniciales americanas serias limitaciones, tales como ausencia de caballos y asnos, animales domesticables de tiro y de carga, de ganado vacuno y de bueyes para tirar las carretas y los arados,  de ganado caprino,  lanar y ovino, de aves de corral, etc., carencias que se sumaron a las limitaciones sociales que imponía la llamada “esclavitud generalizada”. No obstante, las sociedades originarias de los Andes Centrales, el sur de Suramérica, la región amazónica-caribeña, Mesoamerica, Centroamérica y Norteamérica ya habían comenzado desde 5000-4000 años antes de Cristo, mucho antes de los inicios la Edad del Bronce en Europa a desarrollar y planificar procesos civilizadores caracterizados por la construcción de sitios urbanos con arquitectura de piedra o bahareque desde 5000-4000 años antes de Cristo, lo cual implicaba que poseían desde mucho antes sólidos conocimientos de diseño estructural y espacial, cálculo matemático de las cargas y su distribución en las estructuras construidas, resistencia de suelos, resistencia de materiales,  sistemas mnemónicos o ideográficos para codificación y archivo del tiempo social, escultura, frescos y pinturas murales, textiles, alfarería metalurgia, modelado de la piedra por percusión y abrasión, sistemas de escritura, comunicación social, astronomía y sistemas calendáricos complejos para el cálculo del tiempo, diseño de vías de comunicación, diseño y construcción de embarcaciones para la navegación fluvial y de altamar,  sistemas hidráulicos, regadío y diseño de estructuras agrarias, domesticación de plantas y creación de nuevas especies de maíz y de yuca, etc.
Un elemento causal del rezago material de las sociedades clasistas iniciales americanas en ciertas áreas de la tecnología y la mecánica en particular, fue la ausencia de un concepto para la utilización práctica de la rueda y el escaso desarrollo del movimiento circular, salvo el alterno utilizado en los husos para hilar el algodón o en los taladros para producir perforaciones en sólidos estables como la piedra, la madera, la concha y el hueso. Existen testimonios arqueológicos que indican la existencia de juguetes o figurinas animales con ruedas –posiblemente perros- provenientes de diferentes sitios arqueológicos mexicanos como el de Pánuco, en la Huasteca, y Tres Zapotes, Veracruz (Ekholm, 1964; 495, Fig.2), aunque nunca desarrollaron, al parecer, el principio para utilizar el movimiento circular para el transporte. En términos tecnológicos, la ruptura con las fuerzas productivas materiales de la comunidad primitiva se lograría solo cuando el movimiento rectilíneo que ejercen naturalmente la fuerza humana, los animales de tiro o de carga, el agua, el viento, etc., se transformase en movimiento circular y a su vez éste, amplificado, se convirtiese otra vez en movimiento rectilíneo, adaptado a usos particulares que conforman el fundamento de la llamada  “mecánica primitiva”.
Es a partir de máquinas como la rueca para hilar el algodón, la lana o la seda, del viento para mover la maquinaria del molino o del agua para mover la rueda hidráulica, etc., que surgió en la civilización capitalista occidental **l la invención  del movimiento circular en las máquinas de vapor y los motores de explosión, así como otras tecnologías auxiliares como las manivelas, los pedales, las correas de transmisión, los engranajes, los volantes, en fin, la multiplicación de la fuerza del movimiento circular en lineal que hizo posible  la primera revolución industrial (Leroy-Gourhan, 1943: 98-100).
La llamada “esclavitud generalizada”,  es decir, el uso extensivo y forzado de la energía humana, el crecimiento por adición de fuerza de trabajo, ofrecía muy pocas posibilidades para un crecimiento objetivo de la tecnología que permitiese el ahorro en la utilización de la mano de obra por lo cual, en todas las épocas y países donde predominó dicho modo de trabajo, la expansión de la economía agrícola y el desarrollo social en general se mantuvieron dentro de límites rígidos (Anderson,1979: 76-77).
Esa situación es explicada por la tesis fundamental del marxismo,  la cual nos dice que los factores que determinan el crecimiento social, son los cambios sociales revolucionarios. Una revolución es un cambio fundamental y cualitativo provocado en las relaciones de producción de una sociedad dada, debido al desarrollo de las fuerzas productivas las cuales, al llegar a un nivel cuantitativo determinado, entran en contradicción con el orden sociopolítico existente. La evolución y el cambio acelerado se deben a la misma presión de las fuerzas productivas y relaciones de producción que forman una unidad indisoluble. Es el ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas, lo que determinará que la evolución sea lenta, que se produzca un cambio acelerado o un estallido revolucionario. En el caso de las sociedades originarias  americanas, las condiciones objetivas materiales  pusieron límites para que se diera una línea de desarrollo de las fuerzas productivas similar al de  las sociedades del mismo tipo en Europa, a un tipo de desarrollo de las fuerzas productivas que aquéllas no pudieron llegar **sobrepasar o revolucionar antes del siglo XVI de la era. Podríamos decir que por  las razones anteriormente expuestas, la línea general de desarrollo histórico de nuestras sociedades originarias se constituyó como una forma civilizadora alternativa a la europea, llegando a superar sus logros en muchos aspectos.
Por tales razones, con el objeto de explicar el atraso y el estancamiento de los pueblos asiáticos en relación a la sociedad capitalista europea, Marx y Engels formularon, como ya expusimos, la categoría de Modo de Producción Asiático como constituido por comunidades aldeanas sometidas a un régimen de “esclavitud generalizada”, controlado por un gobierno despótico. A juicio de Bartra (1969:16), el grado de retraso de las llamadas sociedades despóticas radicaba fundamentalmente en el tipo de relación cualitativa existente entre  la fuerza de trabajo y los medios de producción. El Estado tipo asiático o despótico -dice el autor-  surgió entonces como consecuencia del bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. No destruyó el “régimen de comunidad primitiva” existente en las aldeas, sino que lo utilizó e incorporó a la sociedad clasista. El sistema de explotación que ejercía el Estado no intervenía directamente en el sostenimiento de la fuerza de trabajo, excepto en los regímenes hidráulicos cuando se utilizaba el tributo en trabajo para la construcción de canales, caminos y edificios, creando una sociedad clasista inicial que tenía como base las unidades sociales  basadas en el parentesco características de la formación social y el modo de producción de la anterior comunidad primitiva (Bartra, 1969: 17; Godelier, 1969: 30).
La existencia de redes hidráulicas no puede considerarse como el elemento causal del origen de la sociedad clasista y del Estado, ya que aquéllas muchas veces anteceden su aparición por milenios y centurias. La existencia originaria de los sistemas de riego para la agricultura está demostrada en diversos continentes y pueblos de la costa del Perú (Moseley, 1975: 50;), el Valle de México (MacNeish, 1967-I: 308. 3), y en el Noroeste de Venezuela (Sanoja y Vargas-Arenas, 1999a: 44). Los sistemas hidráulicos comenzaron a existir como parte de un complejo de técnicas de subsistencia y sistemas de producción en aquellas antiguas sociedades aldeanas y cacicales, muchas de las cuales no llegaron a alcanzar el carácter de formación estatal (Manzanilla, 1988: 293-308).
Según Bate (1984: 47-86), la categoría Modo de Producción Asiático constituye una formulación muy ambigua que no da verdadera  cuenta de la complejidad de procesos que caracterizan a las sociedades incluidas bajo la misma. Bate prefiere considerar la existencia de una Formación Socioeconómica Clasista Inicial con su respectivo modo de producción que caracteriza el paso de una sociedad no clasista  hacia una forma estatal clasista.  A tal efecto dice: “…el modo de producción de la sociedad clasista inicial puede originarse como efecto del desarrollo histórico de cualquier forma de comunidad primitiva, sea antigua, germánica, eslava, “andina” u otras y que su origen en comunidades de tipo oriental solo representaría una modalidad particular del proceso histórico de génesis de sociedades clasistas “primarias” o “secundarias” (Bate, 1984: 71).
La centralización de la fuerza de trabajo, como ocurrió en las llamadas sociedades “prístinas” o “primarias” no sería, pues, requisito universal y necesario para  la ejecución  y control de un sistema de obras hidráulicas que condicionaría el desarrollo de la estratificación de la sociedad en clases. En muchos otros casos, la revolución clasista se produjo como un proceso secundario o derivado de la relación de comunidades primitivas con sociedades clasistas ya conformadas, como en el caso de Vietnam ya mencionado, sea porque las comunidades primitivas fueron incorporadas a nuevos sistemas socioeconómicos clasistas  por imposición colonial o por conquista (Bate, 1984: 71).
A diferencia de los contenidos corporativos que se atribuyen al llamado modo de producción asiático, el clasismo inicial de tipo empresarial, como hemos discutido en páginas anteriores, fue un fenómeno histórico característico de la sociedad europea occidental desde la Edad del Bronce, que se inició hace 4000 años antes de ahora. Aquella forma originaria de organización de la producción metalúrgica y artesanal, propició el desarrollo de la sociedad clasista inicial en Europa, como lo evidencian las costumbres funerarias ejemplificadas en los llamados campos o necrópolis de urnas que comienzan a aparecer por toda la Europa Occidental y Central hacia el año 1100 antes de Cristo. En estos campos de urnas, la riqueza de la parafernalia ritual, particularmente objetos metálicos: armas, joyas, vasijas, carros de  guerra, etc., asociados con determinados enterramientos indica que ya existían profundas diferencias de rango social entre los pobladores de las diferentes aldeas. La pirámide social estaba dominada por diversas comunidades superiores o estamentos conformados por  jefes rituales y guerreros. El factor básico que mantenía cohesionado todo el sistema social era el don, el bien como regalo entre las familias reales que mantenían vínculos dinásticos. En líneas generales, la economía de subsistencia de estas sociedades que se inician con la Edad del Bronce se fundamentaba en la metalurgia, la ganadería, el pastoralismo y la agricultura que constituían como  especies de empresas controladas, no por un Señor despótico, sino por cada una de aquellas comunidades superiores (Christiansen, 1998: 258-267).
En el siglo XIX, la particularidad histórica de aquel paradigma evolutivo del progreso que animó el desarrollo de la sociedad europea, siguió gravitando en el aura de la visión eurocéntrica que tenían los maestros del marxismo sobre la historia de la humanidad, la misma que sustentaba también el darwinismo social y  la política colonial  de los países capitalistas. En tal sentido, pero con una intención humanitaria, aquéllos consideraban necesario elevar al nivel de la civilización occidental la cultura de aquellos pueblos que todavía conservaban sus formas de vida originarias o la de aquéllos que se consideraban sin historia por no poseer un nivel organizativo del Estado y no tener, por tanto, capacidad para hacer la revolución (Bartra, 1969: 32-39).
Como veremos en el siguiente capítulo, el análisis del paradigma civilizador americano contrastado con el europeo  muestra que si bien existen principios generales y  ciertas determinaciones constantes comunes en ambos  procesos de desarrollo histórico, los contenidos particulares de cada uno de ellos han determinado en  ciertos momentos de la historia universal la expresión de la forma de desarrollo desigual y combinado que permiten y sustentan la expansión mundial del sistema capitalista a partir de la Europa Occidental. **
Hacia comienzos del siglo XX, pensadores como Max Weber expresaron igualmente  que el capitalismo industrial era un fenómeno social de raíces exclusivamente europeas, cuyo desarrollo estaba influido por la ética de movimientos religiosos tales como el calvinismo. (Weber, 1969). Gunder** Frank, apoyándose en los conocimientos arqueológicos sobre la Edad del Bronce, sostiene tambièn que:
“…We all agrèe, moreover, that there is an unbroken historical continuity between the central civilization/World system of the Bronze Age and our contemporary capitalist World system…” (Gunder Frank 1993: 387) (Todos estamos de acuerdo en general que existe una continuidad histórica ininterrumpida entre la civilización central/sistema mundo de la Edad del Bronce, y nuestro sistema mundial capitalista contemporáneo. Traducción nuestra).


PARTE 2: CRÍTICA DEL PARADIGMA CIVILIZADOR Y DE LOS PROCESOS CIVILIZADORES AMERICANOS
CAPÍTULO 4.

El paradigma civilizador americano y la Arqueología Social

Las civilizaciones originarias de Nuestra América

Nuestra América o Nuestra América, como ha reconocido Huntington (1997: 46), tiene una identidad diferente a la de la llamada civilización occidental. En nuestra opinión, la causa fundamental de su expresión particular, es que incorpora procesos culturales civilizadores indígenas, originarios,  que no existieron ni en Europa, ni en Asia ni en África. A pesar de la influencia depredadora del capitalismo, esos procesos civilizadores postergados e ignorados durante cinco siglos por las oligarquías nacionales hegemónicas, no sólo han vuelto a cobrar una fuerza sorprendente sino que muchos antiguos pueblos originarios están formado parte del sujeto histórico de la revolución social que sacude los fundamentos del régimen capitalista necolonial.

El carácter singular de las civilizaciones originarias americanas fue reconocido en el siglo XIX por nuestro Libertador Simón Bolivar, quien nos describió como un pequeño genero humano: ni europeo, ni indígena ni africano. La fundamentación de dicha singularidad ha sido expuesta y analizada en extenso en multitud de obras enciclopédicas. Entre ellas podemos destacar el Handbook of South American Indians (1948?), el  Handbook of North American Indias,  La Historia General de América, de la cual tuve el honor de coordinar el Período Indígena y ser autor de uno de sus volúmenes (Sanoja 1982), tratados como los escritos por  Gordon Willey (1966. 1971), James Ford (1969) Laurette Sejournè (1971),  Richard Konetske (1971),  Darcy Ribeiro (1973), entre muchos otr@s. En las mayoría de las obras que extienden su análisis  hasta la historia posterior al siglo XVI, la mayoría de los autores exhiben, sin embargo un sesgo eurocentrista que considera la cultura de nuestros pueblos como parte de la cultura  grecolatina y la civilización occidental, por el simple hecho de hablar  lenguas romances como el castellano, el portugués y el francés, o lenguas germánicas como el inglés y tener que aceptar una religión, la católica, que nos impusieron por la fuerza de las armas. Sobre este prejuicio eurocentrista nuestras oligarquías locales construyeron historias  nacionales oficiales donde se exalta la visión hispanofascista de nuestra vinculación con la España Imperial, el anticomunismo y el fanatismo oscurantista de la derecha católica  franquista, caldo de cultivo donde han navegado a sus anchas tanto el imperialismo estadounidense como  el europeo (Vargas Arenas, 2007a).

En las  civilizaciones originarias nuestramericanas, el desarrollo de procesos territoriales particulares de desarrollo sociocultural habría comenzado, en nuestra opinión, desde el momento en que aparecieron las primeras formas de vida sedentaria basadas en la agricultura, la caza, la pesca y la recolección. Como hemos analizado en obras anteriores (Sanoja, 2008. 49-54), con base a los hechos históricos ocurridos en el territorio americano entre 5000 años antes de ahora y el siglo XVI de la era cristiana, es posible plantear en América la existencia de dos grandes civilizaciones originarias: la norteamericana y la suramericana-caribeña, cuyos todos más desarrollados culminaron en imperios o sociedades estatales o clasistas iniciales. La primera tuvo su área de influencia original en un territorio que abarcaba el norte de Centroamérica (actuales Nicaragua, Salvador, Honduras, Guatemala), México, el suroeste,  el sureste  y el noroeste de Norteamérica. Esta civilización se expresó en, por lo menos, cinco grandes procesos civilizadores: la Cultura Olmeca, los imperios Maya y Azteca en Mesoamérica, la  Cultura Hohokam-Anasazi en el suroeste de los actuales Estados Unidos y las diversas culturas originarias que se integraron en las tradiciones arqueológicas Woodland y Missisipi (mapa 3).

La diversidad de modos de vida y de niveles de desarrollo de las fuerzas productivas que se manifiestaron en las sociedades originarias de Suramérica, el Caribe, Mesoamérica y la América Central, se presentaba, no como una estructura piramidal en el vértice de la cual estaban los imperios prístinos, sino como una extensa red transversal de pueblos y procesos de desarrollo sociohistórico donde lo  cultural y socialmente simple se complementaba  e interactuaba con lo  cultural y socialmente complejo. A diferencia de las sociedades clasistas que caracterizan en Europa a la Edad del Bronce, la célula fundamental de las sociedades clasistas originarias americanas era la comunidad social consanguínea, ejemplo de lo cual son el ayllu en los Andes Centrales  o el calpulli en Mesoamérica, los cuales servían de sustento a las estructuras socialmente más complejas como linajes, tribus, cacicazgos y señoríos que funcionaban en unos casos de manera autónoma o en otros subsumidas en imperios como el Inka y el Mexica (Sanoja, 2007: 46-51).

El desarrollo de las fuerzas productivas que tanto  la sociedad inka como la tecnochca habían alcanzado en el siglo XVI, se vio limitado, no por la inferioridad física y mental de las poblaciones originarias, sino por una serie de condicionamientos y carencias materiales que no podían ser resueltas en aquellas condiciones; por otra parte, cada una de dichas sociedades representó  la cúspide de un proceso cultural civilizador que ocurrió en medio de enormes extensiones territoriales, habitadas por pueblos cuyo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas estaba muy por debajo del alcanzado por otras sociedades clasistas. Los procesos de expansión militarista, si bien podían propiciar la conquista de nuevos pueblos, territorios y recursos  materiales, ello no significaba la apropiación de nuevas y mejores tecnologías que transformasen cualitativamente el estatus de las sociedades expansionistas. La ausencia de ganado vacuno o caprino, de animales de tiro, del conocimiento de la rueda, de la metalurgia del hierro y el bronce, de los elementos básicos de llamada “tecnología primitiva”, impidieron  el desarrollo de los medios e instrumentos de producción,  de las tecnologías y procesos de trabajo,  que habrían permitido desarrollar al máximo las fuerzas productivas  de las sociedades inka y tecnochca.

La civilización suramericana caribeña: procesos civilizadores del Atlántico y el Pacífico-

La gran civilización suramericana-caribeña habría comenzado a integrarse desde por lo menos el año 3000 antes de Cristo (5000 años antes del presente). Dicha civilización estaría conformada, en líneas generales, por dos grandes procesos civilizadores: a) uno que se desarrolló a lo largo de la vertiente pacífica de Suramérica, el cual podríamos denominar grosso modo como andino, a lo largo de un eje territorial y cultural que se extiende sobre las actuales repúblicas de Costa Rica, Panamá, Ecuador, Perú, Bolivia, el norte de Chile y Argentina. Su fase final, la más compleja política y culturalmente, fue el Imperio Inka (Sanoja, 2007: 51-52). b) Un proceso civilizador  que ocurrió a lo largo de la vertiente atlántica suramericana, región dominada por las formaciones selváticas, sabaneras y montañosas que se hallan en la cuenca del  Orinoco, del Amazonas, la del Paraguay-Uruguay, y las formaciones de pampas y sabanas que se extienden desde Venezuela hasta Tierra del Fuego, el cual culminó en diversas regiones, con la estructuración de sociedades complejas, cacicales o señoríos tipo estado (Sanoja, 2007: 53-54). 

Los pueblos arawako y caribe que integraban el proceso civilizador amazónico- orinoquense se difundieron hacia 2000 años a.C. hacia el norte, vía el arco antillano que comienza en las islas de Margarita y Trinidad, Coche y Cubagua, masas terrestres que estuvieron unidas al continente hasta finales del Pleistoceno. Durante este período, cuando el nivel del mar se encontraba unos ciento cincuenta metros  bajo el actual, el Caribe insular podría haber sido efectivamente una prolongación territorial del continente suramericano, permitiendo el desplazamiento de las antiguas bandas de recolectores, cazadores tanto litorales como del interior, que habitaban la ribera atlántica desde por lo menos 14000 años antes del presente (Boomert, 2000; Veloz Maggiolo, 1991; Sanoja, 2006: 53-54; Sanoja y Vargas Arenas, 1995: 95-103, 1999ª: 143-156; 1999b; 1999c ; 2006: 49-65; 2008: 9-33; Sanoja, 2007: 54).

El proceso civilizador clasista andino-pacífico

Desde períodos tan tempranos como 8000 años antes del presente, los pueblos recolectores, cazadores, pescadores del litoral pacífico suramericano comenzaron a desarrollar procesos de recolección y protocultivo de plantas útiles que culminaron, hacia 5000-4000 años antes del presente, en sociedades aldeanas agroalfareras. Estas transformaciones en los modos de vida del proceso civilizador de la costa pacífica, se dieron de manera concurrente con la llegada de nuevas poblaciones humanas originarias braquicéfalas neomongoloides, muy parecidas a las poblaciones modernas del noreste de Asia que entraron a América por Alaska y ya, para 9000-7000 años antes del presente, estaban colonizando el litoral pacífico y la región andina desde la actual Colombia, el litoral ecuatoriano ecuatoriano, el peruano hasta el norte de Chile y Argentina, imponiéndose a las poblaciones humanas que ya estaban asentadas en la región desde por lo menos 30.000 años antes del presente. Los  descendientes  de aquellos últimos colonizadores son conocidos modernamente como quechuas, aymaras, manteños, huancavilcas muiscas,  chibchas, arawak, entre muchas otras etnias  (Sanoja, 2007: 30-36).

Después de una larga ocupación por poblaciones precerámicas y arcaicas que se inició entre 8800 y 5500 años antes de Cristo (Sanoja y Vargas-Arenas 1999d: 208; Lumbreras  1983: 26-28; Bischoff 2008: 40-66), desde  3370 años a.C., la aldea de Real Alto, Peninsula de Santa Helena, Ecuador, revela ya la presencia de los primeros centros ceremoniales o comunidades centrales donde  existía división social del trabajo, rodeados de otras comunidades subsidiarias de agricultores, pescadores y recolectores (Meggers, et alíi. 1965; Marcos 1998). El proceso de desarrollo sociohistórico continuó con la aparición de modos de vida cacicales jerarquicos entre 1500 antes de Cristo y 500  despues de Cristo, Fase Chorrera, período coincidente con la aparición de modos de vida similares en el Valle del Cauca y el Macizo Colombiano (Meggers 1966: 55-66; Rodríguez 2002: 61-166; Rodríguez 2005: 125-169), culminando con la formación de Señoríos, sociedades jerarquizadas de tipo clasista inicial, donde  destaca  la existencia de una casta dirigente sacerdotal que tenía el poder y la capacidad para apropiarse de la producción excedentaria de bienes terminados y materias , un cambio sustantivo en la forma y el contenido de la propiedad y el control de los medios de producción y un control acentuado sobre la fuerza de trabajo. La organización y el diseño del espacio territorial estan dominados por los centros ceremoniales y administrativos de importante magnitud donde resalta la construcción de templos, edificios públicos y viviendas domésticas sobre plataformas de tierra.

Sitios arqueológicos como Cochasquí (850-1560 d.C) son la evidencia concreta del largo proceso urbano originario del Ecuador que –como hemos dicho- comenzó desde hace por lo menos 4000 o 5000 años antes del presente, como atestiguan los asentamiento de Real Alto y Valdivia sobre el litoral pacífico(Meggers el alíi 1965;Meggers 1966: 142-148); Marcos 1988; Ortiz 2009; Museo Bco. Central 2008). Ello nos da una  clara idea de lo que representa el pueblo originario de la región ecuatoriana para entender la historia social del norte de Suramérica, puesto que los procesos urbanos no son solamente indicadores del desarrollo material y tecnológico sino, principalmente, del desarrollo de sociedades complejas tipo estado.

Tanto en Cochasqui, señorio Cara, como en los señoríos de la cultura  Manteño del Ecuador destacan la mineria, la metalurgia y la orfebrería utilizando técnicas de fusión, laminación a martillo, cera perdida, repujado, soldado, etc., utilización de aleaciones de cobre y  y de plata y oro para dorar objetos de metal.  Los señorios ecuatorianos conservaron una vida independiente hasta el año 1438 de la era, cuando fueron sometidos por los ejercitos incaicos e incluidos en el Tahuantisuyu, la organización político territorial del imperio de los Incas. (Sanoja y Vargas Arenas 1999d: 208-213; Ortíz 2009: 124-125).

Según los datos arqueológicos (Lumbreras, 1990: 100; Patterson, 1991: 20-26; Shady Solis, 2007), hacia 3000 años antes de Cristo (5000 años antes del presente) los centros ceremoniales que caracterizaban la estructura territorial de los Andes Centrales durante el Período Formativo, albergaban grupos de personas altamente especializadas, sacerdotes y sus servidores, en la medición, el cálculo y la previsión del tiempo, categoría abstracta cuyo conocimiento era fundamental para controlar anualmente las estaciones de lluvia y sequía, la capacidad de disponer de agua para los sistemas de regadío y preparar los campos para el cultivo.

Los instrumentos de medición del tiempo para elaborar los calendarios se hacían con base a los observatorios donde se analizaban y codificaban los movimientos del sol, la luna y las estrellas, los cuales se convirtieron en los parámetros matemáticos de la temporalidad. Quienes controlaban dichos conocimientos controlaban también el proceso productivo del cual dependía la reproducción social del grupo humano. Por esa razón, los sacerdotes y sus asistentes estaban dispensados del trabajo directo. Tal fue el origen de las clases sociales, de las nuevas formas de poder que pasaron del control de la comunidad doméstica a las de una elite que regulaba el crecimiento de las fuerzas productivas. Su poder creció tanto que, hacia finales del Periodo Formativo, 500 años antes de la era cristiana, ya se había transformado en una nueva formación social de carácter clasista,  núcleo originario de un poder o Estado teocrático andino (Lumbreras, 2005: 252). Sin embargo, el núcleo fundamental de la sociedad incaica siempre fue y ha seguido siempre en general el ayllu, lo cual determinó su carácter basicamente comunal y autosuficiente considerado por algunos autores como socialista (Baudin, 1961 : 103)

Al consolidarse la revolución urbana en los últimos siglos del primer milenio antes de Cristo, el Estado teocrático y los centros ceremoniales fueron  reemplazados por un Estado mercantil cuyo fundamento eran los pueblos y ciudades de carácter administrativo que servían de asentamiento a los funcionarios estatales como el curaca principal y tutricut (gobernador puesto por el Inca) enviado y nombrado desde el Cusco con grandes poderes legales, políticos, administrativos y militares,  encargados de la gerencia y planificación de las actividades productivas agropecuarias y artesanales que debían ser ejecutados por los mitmaes yuncas o mitimaes.  Se alude con este nombre  a los enclaves o colonias de trabajo colectivo obligatorio que debían los hombres y mujeres de los diferentes ayllus en las tierras del Estado (Espinoza 1978: 299-328).

En la ciudad de Chan-chán, por ejemplo, capital de la sociedad Chimú, en los llamados “barrios populares” constituidos por la aglutinación de pequeños recintos de habitación, habitaba la gente común: artesan@s, mercaderes y servidor@s de diferentes oficios que no disfrutaban del nivel de vida de la clase nobiliaria que habitaba en palacios construidos en el centro del área urbana. Fuera de la ciudad vivían los campesin@s, pescadores, trabajador@s no-urbanos e incluso funcionarios de la burocracia estatal.

El proceso de trabajo metalúrgico se orientaba principalmente hacia el cobre y la plata. Existían grupos de trabajador@s que se ocupaban de explotar las minas de oro, plata y cobre y fundir el mineral que era transformado en lingotes. Para manufacturar los productos del cobre, la plata y sus aleaciones se utilizaban técnicas complejas como la soldadura, la cera perdida, el vaciado en moldes y el enchapado, el estampado, el repujado, el dorado y el plateado, productos que eran monopolizados por la elite nobiliaria al igual que otros bienes exóticos como las turquesas, los mantos de plumas, las maderas exóticas, etc. (Lumbreras, 1999: 379-390). El bronce, la aleación de cobre y estaño, aparece también en el altiplano andino asociado inicialmente con las culturas Tiwanako y Chavín. El trabajo del bronce se desarrolló técnicamente durante el Imperio Incaico, esto es, a partir del siglo XII de la era cristiana, y se propagó tardíamente sobre todos los territorios ocupados por el mismo. Las técnicas metalúrgicas utilizadas fueron el martillado, la fusión y el moldeado y el repujado, con las cuales se fabricaron principalmente adornos, cuchillos en forma de medialuna denominados  “tumi”, agujas, anzuelos y armas de guerra (Rivet y Arsandaux, 1946: 179). 

En la fase de consolidación del proceso urbano, el estamento de jefes político-militares desplazó a los especialistas en controlar el tiempo poniendo fin a la teocracia. El Estado, supremo conductor del proyecto de vida de los habitantes de un territorio, convirtió el antiguo modo tributario en la renta que el campo,  los trabajador@s artesanales y sus señores nobles debían pagar a las ciudades en nombre del rey o Inka. El Estado centralizado del Imperio Incaico, que comenzó a formarse en el siglo XII de la era cristiana, alcanzó su apogeo alrededor del año 1430 de la Era, hasta colapsar definitivamente hacia 1540 con la conquista española.

En la actual Colombia y en el noroeste de Venezuela la vida sedentaria y la domesticación de plantas comenzó a darse desde 4000-3000 años antes de Cristo. Para inicios de la era cristiana ya existían complejas sociedades de linaje que, para el siglo XVI, habían devenido de tipo Estado, pueblos  que habitaban aldeas de regular tamaño asociadas con regadío, cultivo en terrazas, arquitectura en tierra o  piedra. En los casos colombiano y panameño la metalurgia del oro y la tumbaga llegó a alcanzar altos niveles de excelencia (Rodríguez  2002, 2005; Sanoja y Vargas-Arenas, 1999d: 201-219).

Al sur del territorio ocupado por las sociedades clasistas iniciales de los Andes Centrales, la extensa región bordeada por el Pacífico y el Atlántico que se extiende hasta la Tierra del Fuego, estaba habitada para el siglo XVI por una gran diversidad de pueblos recolectores, cazadores y pescadores, canoeros litorales y del interior y agricultores aldeanos, muchos de los cuales estuvieron fuertemente influidos por las culturas andinas centrales: guaraní, araucano, diaguita, ona, yahgan, alakaluf, etc., que parecen haber conservado para la época e incluso hasta el presente, rasgos culturales que recuerdan a los de los pobladores ancestrales de la América del Sur (Steward y Faron, 1959: 262-283; Estévez y Vila, 1996, 1998).

El proceso civilizador amazónico- orinoquense 

Sobre la vertiente atlántica suramericana  se desarrolló otro proceso civilizador que podríamos llamar en líneas generales como amazónico-orinoquense (Sanoja, 1982: 137-211, 2006: 53-54), cuyas influencias culturales irradiaron hacia las Antillas Menores y Mayores. Hacia 4600 años antes del presente (2600 años antes de Cristo), los pueblos arcaicos litorales de la ribera atlántica, los pueblos litorales de cultura tipo arcaico del golfo de Paria, Venezuela, y la costa noroeste de la actual Guyana, parecen haber iniciado el proceso de  domesticación ciertas raíces y tubérculos tropicales como la yuca (Manihot sculenta), el ocumo (Xanthosoma sagittifolium) y el ñame (Dioscorea alata), entre otros,  sobre los cuales se fundamentó la formación de sociedades sedentarias agricultoras en el noreste de Suramérica (Sanoja, 1997: 119-126). Entre 1500 y 1000 años antes de Cristo hay evidencias concretas de la migración de pueblos ligados a las culturas formativas andinas de la vertiente amazónica y el altiplano, particularmente Kotosh y Chavín, hacia el litoral atlántico del noreste de Suramérica y el Bajo Orinoco que se hallaba para entonces ocupado por grupos humanos recolectores cazadores (Sanoja, 1979, 1982). La excelencia de la manufactura ceramista del formativo andino, dio origen a  hermosas tradiciones culturales locales conocidas como Tradición Barrancas (Sanoja, 1979:254-290; 1982: 166-170) y Tradición Marajoara (Sanoja, 1982:149-154), entre otras, pero que no reprodujeron en las extensas sabanas y selvas de galería que bordeaban el cauce de grandes ríos como el Orinoco y el Amazonas, las complejas pautas de la organización social ni de la vida urbana de las sociedades formativas andinas (Sanoja, 1979. 2006: 40-41). Sin embargo, los pueblos y la cerámica barranqueña, de tradición andina, se difundieron desde inicios de la Era Cristiana a lo largo del arco antillano, constituyendo el fundamento de la Sociedad Taína que se desarrolló posteriormente en las Grandes Antillas (Sanoja, 1982: 217-238).

A diferencia del proceso civilizador andino, los pueblos originarios de la ribera atlántica estaban organizados en una diversidad de formas sociales: comunidades aldeanas igualitarias, cacicazgos y señoríos, las cuales no se transformaron en sociedades estatales o clasistas iniciales. Los desarrollos culturales de los pueblos cultivadores arawak, caribe, tupí y guaraní confluyeron para formar una macro-región histórica  que engloba el piedemonte andino amazónico, la cuenca amazónica, la cuenca del Orinoco y el litoral atlántico-caribe del noreste de Suramérica, región que hoy corresponde grosso modo con el espacio geográfico del MERCOSUR. Este hecho inhibió posteriormente la formación de oligarquías coloniales cerradas similares a las del área andina, que más tarde se transmutaron a partir del siglo XIX en  oligarquías republicanas, enclaves defensores de los intereses económicos y de la cultura de dominación del imperialismo y finalmente de los Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos. Por el contrario, las sociedades igualitarias o las estratificadas características de la ribera atlántica, propiciaron la posibilidad de constituir de sociedades republicanas más igualitarias, más dinámicas y revolucionarias que han podido en ciertos casos frenar el poder de las oligarquías republicanas representantes del poder imperial europeo y estadounidense (Sanoja, 2007: 55-61).

El proceso civilizador caribeño

Los pueblos cazadores, recolectores y pescadores del noreste de Suramérica comenzaron, desde 5000 años antes del presente, a navegar las rutas oceánicas que llevaban desde el continente suramericano hacia la región insular del caribe oriental. Desde 2200 años antes del presente, los pueblos arawakos y luego los caribes comenzaron a colonizar las Pequeñas y Grandes Antillas absorbiendo las poblaciones originarias de recolectores, pescadores cazadores, determinando el surgimiento de un proceso civilizador antillano donde confluyen también otras influencias culturales emanadas del formativo originario mesoamericano (Sued Badillo, 1978; Alegría, 1983). En las actuales islas de Puerto Rico, Haití-República Dominicana y Cuba, las poblaciones originarias de origen suramericano culminaron en sociedades muy estratificadas como la Taina. Esas poblaciones se mestizaron localmente con otras preexistentes o tuvieron influencias emanadas de la cultura Maya u Olmeca (Veloz Maggiolo, 1972; Cassá, 1974; Alegría, 1983: 149-156; García Goyko, 1984), dando lugar a un proceso civilizador caribeño donde tuvieron cabida, tanto las culturas arawakas y su expresión en las Grandes Antillas, la Cultura Taína, como la Cultura Caribe. Los tres procesos civilizadores, el andino, el amazónico y el caribeño se desarrollaron a lo largo de cursos históricos mayormente paralelos, aunque complementarios, los cuales continúan influyendo en la  moderna comunidad de las actuales naciones suramericanas y caribeñas.

La Civilización Norteamericana
 
El proceso civilizador clasista mesoamericano

Los grupos humanos que habitaban las ciudades-Estado y/o sujetas a la dominación de los imperios mesoamericanos, estaban estratificadas en clases sociales y éstas a su vez en unidades sociales organizadas de manera consanguínea, al igual que en el Imperio Inka. La primera formación estatal mesoamericana estuvo caracterizada por un desarrollo simultáneo de diversos centros político-religiosos, constantemente interconectados, los cuales aglutinaban en su derredor diversas aldeas y poblados subordinados. Una formación clasista originaria, la Olmeca, se concentró durante el Período Preclásico Temprano y Medio en las tierras bajas del sur de México que se extienden desde Veracruz hasta Centroamérica, dominada posiblemente por estamentos de guerreros y de mercaderes misioneros. Existe evidencia de obras de drenaje en pantanos, de represamiento y canalización de ríos, de redes de distribución de agua en las ciudades o centros ceremoniales, y de edificaciones públicas y religiosas cuya construcción debe haber requerido la movilización de grandes contingentes humanos. En la opinión de los arqueólog@s especialistas en el área olmeca, ésta no se consideran propiamente como sociedad estatal, aunque es en ella donde se encuentran las semillas de la formación estatal mesoamericana (Piña Chan, 1967: 49-75).

Desde el Período Formativo se habría originado una teocracia caracterizada por la presencia de centros ceremoniales y grandes necrópolis, ejemplo de lo cual serían Teotihuacán, Monte Albán, Kaminaljuyú y Tzakol. Ya en el Período Clásico, existiría un urbanismo desarrollado y una sociedad estratificada en una nobleza sacerdotal con sus servidores y una masa de campesin@s aldean@s, cultivo intensivo utilizando riego, terrazas y chinampas, la manufactura y distribución comercial de bienes suntuarios. En Tikal, Guatemala, durante el Período Clásico, las familias extendidas basadas en el parentesco ya habían llegado a conformar unidades de producción y consumo, rasgo bastante común entre las clases productoras de la sociedad (Patterson, 1997: 186-196).

Hacia la cuarta y quinta centuria de la era cristiana, ya existían en la ciudad de Teotihuacán, valle de México, áreas de talleres donde se fabricaban diversos tipos de herramientas de obsidiana y de piedra, de concha, cerámica, cestas, petates, madera estucada, papel de amáte,  tejidos, arte plumario, etc., así como comunidades de albañiles, estucadores, artistas muralistas, dibujantes de códices, etc. Parte de dicha producción se dedicaba a satisfacer las necesidades locales y regionales, en tanto que otro volumen importante era distribuido a través de redes comerciales para satisfacer las necesidades de unos cinco millones de consumidor@s en toda Mesoamérica. Artefactos fabricados con esta clase de obsidiana han sido hallados desde 1000 años antes de Cristo en el centro olmeca de San Lorenzo, sur de Veracruz y en otros centros similares como La Venta. El acceso de los trabajador@s a las minas de la valiosa obsidiana verde, ubicadas en el actual Estado de Hidalgo, estaba posiblemente bajo control estatal. Los talleres de producción y los artesan@s mismos, organizados en barrios de especialistas o localizados en los palacios de la elite, estaban al parecer controlados por las unidades sociales que integraban la clase nobiliaria y guerrera. Los mercaderes estaban organizados de manera corporativa y actuaban como agentes comerciales de los reyes o gobernantes, particularmente cuando cumplían misiones comerciales ante señores extranjeros. Los Señores obtenían como tributo la mayor parte de los productos que luego se canalizaban a través de las redes comerciales. Ello restringía el capital disponible entre los mercaderes privados para la reinversión, limitando así sus posibilidades de acumular riquezas independientemente del Estado y de la clase nobiliaria (Millón, 1972: 230-235; Patterson, 1997a: 131-132 y 263-265; Carrasco, 1976: 230-235).

En el Estado tecnochca que existía en el valle de México durante el Postclásico Tardío, las antiguas instituciones gentilicias de gobierno encarnadas  en la antigua forma de propiedad comunal representada por el calpulli, coexistían también con la forma de propiedad nobiliaria y la administración burocrática centralizada. Aparecen en el segmento nobiliario y el burocrático, formas de acumulación de riqueza particularmente vía la adscripción de tierras y la apropiación, bajo la forma de tributos, de los excedentes de producción obtenidos por las comunidades gentilicias.

La clase dominante de la sociedad tenochca asumió un carácter de oligarquía militarista y teocrática bajo el poder absoluto de un rey o emperador, el cual llegó a someter bajo su autoridad, vía la conquista armada, la casi totalidad de los otros pueblos mesoamericanos. Según las funciones que desempeñaban, la sociedad tecnochca estaba estratificada en: guerreros, sacerdotes y funcionarios que atendían la organización administrativa de los templos o palacios y aseguraban la apropiación de los excedentes de producción; mercaderes o pochtecas  que daban respuesta a la demanda popular de bienes suntuarios y, finalmente, los productor@s primarios como los artesan@s y campesin@s. Según la condición social, existían personas privilegiadas, personas libres, sierv@s agrari@s y esclav@s. Parte de los artesan@s independientes agrupado@s en barrios y los campesino@s, podían ofrecer libremente su producción de bienes terminados y alimentos en los mercados (Olive Negrete, 1958: 116-117; Carrasco, 1982).

La propiedad y el control del agua así como de los sistemas hidráulicos del valle de México tuvieron gran importancia en las relaciones políticas y económicas y  en la estrategia de poder existente entre los distintos  señoríos del valle de México. Por otra parte, todo el sistema lacustre de la cuenca del valle de México y las regiones colindantes constituía el sustento material de una gran unidad geohistórica cuyo funcionamiento estaba determinado por la fluidez del transporte acuático (Rojas et alíi, 1974).

El proceso civilizador de la costa este de Estados Unidos

En la costa sureste y noreste de los actuales Estados Unidos,  la civilización norteamericana se desarrolló a partir de un largo y complejo proceso civilizador que arranca desde las sociedades primordiales de recolectores-cazadores cuya antigüedad parece remontarse por lo menos a 30.000 años antes de ahora, a los pueblos arcaicos y a las tradiciones culturales Adena y Hopewell y que finalmente desemboca en las complejas sociedades posiblemente de tipo Estado como las que se desarrollaron en la Cultura Missisipi y finalmente diversos grupos tribales entre los cuales destacan los conocidos Iroqueses (Willey, 1966: 310; Griffin, 1978: 256-264, 272). No deja de llamar nuestra atención en esta hora cuando el capitalismo está viviendo una de sus peores crisis estructurales, quizás la final de dicho sistema, el hecho de que haya sido precisamente a partir del estudio de la gens iroquesa hecho por el antropólogo estadounidense Lewis H. Morgan (1965), que se hayan sistematizado las características generales del comunismo primitivo, de la utopia comunista.

Como resultado de la intensificación del cultivo en una de las regiones con suelos que presentan el mayor potencial agrícola de los actuales Estados Unidos y el desarrollo de un sector de especialistas en la producción alfarera, así como del trabajo de la concha y la piedra y la metalurgia del cobre martillado hacia 500 años antes de Cristo  (Willey, 1966: 292-294; Fowler, 1988:105-107) se creó un sistema de ocupación territorial fundamentado en la existencia de  sitios de habitación jerarquizados, siendo uno de ellos más grande y más complejo que era la unidad de control de toda la unidad política.

La comunidad más importante de cada una de aquellas unidades, como son los casos de Cahokia y Moundville, entre otras, podía ser un centro ceremonial ocupado cíclicamente o un centro administrativo. Cada sistema regional comportaba un centro fortificado dentro del cual se construían edificios públicos, casas y un área de plaza. Estas comunidades controlaban un número de asentamientos satélites más pequeños que constituían centros de producción diseminados en los campos vecinos. El gran centro administrativo de Cahokia, Illinois, sugiere la existencia de una sociedad clasista con acceso diferencial a la riqueza social, gobernada por un Señor y una corporación de jefes menores (Fowler, 1988:231-247). 

Todos estos hechos sugieren la presencia de influencias culturales mesoamericanas en las poblaciones originarias del valle del Alto Missisipi (Willey, 1966: 293; Brennan, 1970: 321). De igual manera, otros autores como Riley, Eging y Rosen (1990: 525-542) han planteado la posibilidad de que ciertas especies  de plantas tropicales tales como  el maíz (Zea mays), el tabaco (Nicotiana rústica), los frijoles (Phaseolus vulgaris) y los quenopodios hubiesen podido difundirse desde Sur América a través de las antillas caribeñas. Ello es consistente con los movimientos tempranos de poblaciones arcaicas paleoguarao que se  produjeron desde el noreste de Venezuela a lo largo de las islas del Caribe oriental  desde  6000-5000 años antes de Cristo (Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 375-377). De la misma manera, las evidencias linguísticas aportadas por Granberry (1989) parecen indicar que ciertas lenguas habladas en la península de la Florida como la timucua podría estar relacionada con las lenguas andino ecuatoriales o de la phyla macro-chibcha, en tanto que su estructura gramatical tiene una base guaroide, afín con la lengua paleoguarao que hablaban las  antiguas poblaciones arcaicas del noreste de Venezuela (Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 380).

El proceso civilizador del suroeste de Estados Unidos

En el suroeste de los actuales Estados Unidos, autores como Di Peso (1983: 177-194) han planteado la existencia de una macroregión geohistórica, la Gran Chichimeca, la cual se constituyó originalmente sobre la base de desarrollos culturales locales que fueron luego muy influidos por las sociedades provenientes del actual México, como la huasteca y la maya, cuyas poblaciones utilizaban el nahuatl como lengua franca. Los datos arqueológicos y etnohistórico indican que alrededor del año 1.060 despues de Cristo, grupos de mercaderes mesoamericanos entraron al valle de Casas Grandes e inspiraron a los nativos chichimeca la construcción de la gran ciudad de Paquimé, un impórtante centro comercial cuya influencia se hizo sentir hasta el Valle de México, dando nacimiento a lo  que posteriormente vendría a ser la cultura Azteca del Valle de México (Di Peso 1974 II: 290,622). Entre la diversidad de grupos humanos de la Gran Chichimeca destacan, particularmente, los Anasazi, agricultores que habitaban grandes pueblos construidos con adobe, y los Apache, quienes hicieron una considerable oposición primero a los españoles y luego a los colonizadores angloamericanos del siglo XIX.

El proceso civilizador  de la región noroeste de Estados Unidos y Canadá.

En el momento de los primeros contactos con los europeos, la regiones sub-ártica y ártica de Norteamérica eran el hogar de pueblos adaptados a la dura existencia en las costas, bosques y llanuras que permanecían heladas durante los largos inviernos: Esquimales, Tlingit y Haida, Kwakiutl, Nootka y otros, los cuales formaron parte -para ese momento-  de la llamada Cultura de la Costa Noroeste. Esta cultura se caracterizó por su  organización social en rangos, su énfasis en la acumulación de propiedad personal y su especialización en la explotación de los recursos marítimos o litorales. (Jennings, 1978: 46).

¿Centroamérica, proceso civilizador autónomo?

Dentro de este breve panorama que hemos dibujado del paradigma civilizador precapitalista sur-americano y mesoamericano, el sur de la América Central podría ser considerado como un proceso civilizador de naturaleza muy sui géneris, ya que para el momento del contacto con los europeos, las poblaciones originarias que habitaron el actual territorio de las repúblicas de Panamá y Costa Rica parecen haber constituido, de cierta manera, una extensión de culturas como la Tairona del noroeste de Colombia. De la misma manera, tuvieron posiblemente nexos muy estrechos con la sociedad Olmeca, así como con las culturas Maya y Mexíca del sur de mesoamérica que se desarrollaron en las actuales  repúblicas de Nicaragua, Salvador, Honduras y Guatemala (Sanoja, 1982: 89-135). Por su posición geográfica, la América Central  es como un puente, no solamente terrestre sino también cultural bordeado por los dos grandes océanos, el Pacífico y el Atlántico, tendido entre la civilización norteamericana y la suramericana-caribeña. Esa posición particular geográfica y cultural, parece haberle conferido a partir del siglo XIX características muy particulares a su inestable desarrollo histórico como región, fuertemente intervenida por los intereses políticos de México, Estados Unidos y Europa (Sanoja, 1996. Vol. III: 582-586; Sanoja, 2007: 49).

La técnica de la metalurgia del oro y su aleación con el cobre se extendió sobre una extensa región que comprende principalmente el Ecuador, el litoral y el altiplano de Colombia, Panamá y Costa Rica. Con la aleación denominada “tumbaga”, fabricaban verdaderos objetos de prestigio de uso ritual, funerario o ceremonial que podían adquirir la apariencia y la inalterabilidad del oro puro, los cuales eran al parecer distribuidos mediante intercambio sobre aquellas vastas extensiones  (Rivet y Arsandaux, 1946; Pérez de Barradas, 1966; Helms, 1979: 78-97; Legast, 1980; Rodríguez, 2002: 208-216, 330). 

La imposición forzada del capitalismo

La imposición forzada del capitalismo y la religión, la católica y la protestante, a las sociedades nuestramericanas por los invasores europeos, interrumpió la concreción de los diferentes procesos  civilizadores originarios. Para inicios del siglo XVI –como hemos expuesto- las sociedades urbanas originarias de la vertiente pacífica, que poseían un alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, habían vivido durante miles de años sujetas a un riguroso sistema de dominación política, encuadradas dentro de procesos de tributación cuyo producto era apropiado y redistribuido por la autoridad central. Por estas razones,  tanto el proceso civilizador  inka como el azteca, sirvieron de base para la implantación de virreinatos coloniales, calco  a su vez del poder absolutista de la monarquía española. Los virreinatos conservaron casi intactas las antiguas estructuras regionales de poder y el funcionariado imperial, las cuales fueron colocadas  bajo el control del virrey y de la nueva nobleza o burguesía colonial agraria y comercial. 

En la ribera atlántica, los conquistadores y colonizadores españoles tuvieron, por el contrario, que comenzar a construir desde cero su sistema colonial, ya que el nivel  de desarrollo de las fuerzas productivas de las sociedades originarias, organizadas en un complejo sistema social de bandas de recolectores-cazadores, comunidades aldeanas, cacicazgos y señoríos dispersos sobre tan extenso territorio (Sanoja, 1982; Vargas 1990) impidió que los colonizadores se insertasen en las sociedades originarias locales o que los indígenas se incluyesen en el grupo colonizador, como  ocurrió en  las sociedades clasistas originarias de la región pacífica (Sanoja,  2007: 57-58).

Las repúblicas que se constituyeron a partir de la Civilización Suramericana- Caribeña y de la Civilización Norteamericana sometidas al Imperio Español, a partir de su independencia de la metrópoli, pasaron a ser  controladas por las oligarquías políticas heredadas de la colonia o de las guerras de independencia como en Nuestra América, o controladas en el caso de Norteamérica por grupos financieros o empresariales europeos o estadounidenses, los cuales sustentaban respectivamente su poder en la monoproducción y la exportación de materias primas o bien en la producción y exportación de bienes terminados. La tarea fundamental de los ejércitos en las diferentes repúblicas latinoamericanas era –y sigue siendo en muchos casos- mantener y defender el régimen de explotación que garantizaba  los privilegios culturales, sociales, políticos y económicos de los latifundistas, mineros y comerciantes locales y de sus amos europeos o estadounidenses. Estas estructuras de poder, con sus variantes y sus cambios formales, siguen todavía vigentes en la mayoría de las repúblicas americanas hispanas.

En las regiones al norte de Norteamérica, los colonizadores británicos, franceses y españoles construyeron desde inicios del siglo XV diversos enclaves coloniales, con los cuales se creó el Estado nacional estadounidense en 1783. A partir de ese año, la comunidad originaria de angloamericanos recibió el soporte de inmigrantes provenientes de las islas británicas, la Europa central, la  mediterránea y la escandinava, quienes aportaron importantes conocimientos tecnológicos que propulsaron la agricultura avanzada, la industria, la navegación y el comercio internacional. Con ese apoyo, los angloamericanos iniciaron la conquista de tan vasto continente hasta entonces ocupado por los grupos originarios, empresa que culminaría hacia finales del siglo XIX con la creación de una formación capitalista industrial muy avanzada, la eliminación casi total de las poblaciones indígenas originarias y la consolidación de un proceso civilizador capitalista  autónomo, vinculado económica, política y tecnológicamente con el europeo. La llamada Conquista del Oeste permitió a Estados Unidos en 1848 -mediante la conquista armada- apoderarse de las antiguas provincias mexicanas de Texas, Arizona, California, Colorado, Nevada y Nuevo México, las cuales constituían más de  la mitad norteña de los Estados Unidos Mexicanos (Britto García, 2007: 51-52). Entre finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, a  través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte  (conocido por sus siglas TLCAN o NAFTA) y los TLC firmados con las republicas centroamericanas, Estados Unidos se  anexó virtualmente todo el territorio meridional que quedaba del antiguo Virreinato de la Nueva España, o de la antigua civilización norteamericana  que tuvo su epicentro en el Valle de México.

La Civilización Latinoamericana o Nuestra América

Los procesos de conquista y colonización iniciados en el siglo XVI por los europeos portadores de la civilización occidental, alteraron las líneas históricas y las fronteras culturales que permitían diferenciar las civilizaciones y los procesos civilizadores originarios americanos. El territorio de Norteamérica controlado principalmente por Inglaterra y Francia, pasó a convertirse en una colonia de cultura anglófona y francófona. El resto, Mesoamérica, América Central,  el Caribe y Sur América, exceptuando los posteriores enclaves coloniales ingleses, franceses, holandeses y daneses, devino en lo que el imperialismo ha dado por llamar América Latina  y que nosotros denominamos Nuestra América. Ciertos pensadores liberales latinoamericanos eurocentricos del siglo XIX también propiciaron la inmigración europea como "medio de  progreso y de cultura para la América del Sur" (Alberdi 2005: 99-110). Los países del cono sur, particularmente Argentina, recibieron grandes contingentes de inmigrantes europeos de diversa procedencia, hecho que impactó fuertemente el estatus etnico, cultural, político, económico y tecnológico de los países. Este proceso abrió una profunda brecha cultural entre estos y los pueblos del norte de Suramérica y el Caribe, la cual ha comenzado a ser reducida por el movimiento de integración regional que comienza a despuntar en el siglo XXI.

Las sociedades de tradición igualitaria de la ribera atlántica suramericana, que habían ocupado un lugar secundario en los intereses estratégicos de los imperios español y portugués hasta el siglo XIX se convirtieron, a mediados del siglo XX, en componentes vitales para las transnacionales y el dominio imperial sobre Nuestra America. La ribera atlántica es un emporio de materias primas necesarias para el desarrollo de las tecnologías de punta que han contribuido a potenciar el desarrollo científico-técnico y la acumulación de capitales de las transnacionales del Imperio. Si bien ésto sirvió para enriquecer a las oligarquías locales y las corporaciones transnacionales, no ha contribuido a resolver las condiciones de injusticia social, pobreza y atraso en la cual viven todavía millones de suramericanos y caribeños, al contrario las han agravado. No nos queda, pues, otro camino que la revolución social (Sanoja, 2006: 64).

Las luchas de resistencia de nuestros pueblos contra la colonización ibera, española y portuguesa, y luego contra el neocolonialismo estadounidense y europeo, nos están volviendo a reunir como una sola y nueva civilización, cual un nuevo género humano como decía Bolívar. A diferencia del pasado, hoy día nuestros pueblos son cada vez más dueños de sus enormes recursos naturales, particularmente los hidrocarburos, los gasíferos, minerales, acuíferos y la rica biodiversidad que existe en nuestros territorios;  así mismo, somos cada vez más dueños de nuestros recursos humanos, tecnológicos y financieros, hecho que nos está convirtiendo en un nuevo bloque de poder mundial. Como asentaba Mariátegüi (1952: 375): “Por los caminos universales, ecuménicos, que tanto se nos reprochan, nos vamos acercando cada vez más a nosotros mismos…”, a pesar de que el Imperio tanto estadounidense como europeo está enfrascado en una guerra de cuarta generación que tiene como fin aniquilar nuestros procesos de liberación nacional y mantenernos sumisos a sus designios. En esta guerra, lamentablemente, también participan del lado del enemigo latinoamericanos mentalmente disociados y alienados que defienden su estatus colonial, patología alimentada y mantenida por la campaña mediática que sostienen las transnacionales de la comunicación aliadas al Imperio, agrupadas en la denominada Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) que reúne a los empresarios apátridas y colonialistas que conspiran contra la integración de nuestros pueblos en la Patria Grande Latinoamericana. 

¿Feudalismo en América?

Para responder esta pregunta es necesario tener en cuenta aquellas características ya descritas del proceso histórico precapitalista de Nuestra América. En  las décadas finales del siglo XX, uno de los temas  sobre el cual debatieron científicos sociales marxistas como Godelier, Bartra, Kossock, Gunder Frank, Puigrós, Laclau, Cardoso, Dobbs, entre muchos otros, trataba sobre la necesidad de clarificar si la secuencia histórica europea: comunidad primitiva, sociedades esclavistas o modo de producción asiático, formación medieval y  finalmente capitalismo, podría aplicarse a la comprensión del origen del Estado y el desarrollo histórico de las modernas sociedades iberoamericanas (Assadourian et alíi: 1974). Tal discusión -se pensaba- era relevante para dilucidar el tema de la dependencia y el subdesarrollo y la posibilidad de llevar a cabo una revolución social en Nuestra América que permitiese a nuestros pueblos nivelar su desarrollo socioeconómico con el alcanzado por los países del llamado Primer Mundo.  Hoy día diversos autores concuerdan en afirmar que el Feudalismo en tanto que Formación Social -como expusimos en capítulos anteriores- es una etapa histórica que en sentido específico está vinculada con el desarrollo de la línea de civilización europea occidental (Sahlins y Service, 1961: 31-32), en tantos que otros como Braudel argumentan la utilización en América Latina de modos o formas de trabajo de tipo feudal en explotaciones agropecuarias como la encomienda, el hato y la plantación (Braudel 1992-2: 272-280).

Diversos teóricos de la dependencia y el subdesarrollo se apoyaron en tales discusiones para proponer, como hizo luego la Comisión Económica para Nuestra América (CEPAL), la necesidad de lograr un desarrollo capitalista endógeno o de sustitución de importaciones junto con el fortalecimiento de las burguesías nacionales para emular el desarrollo de los países capitalistas más avanzados y superar la brecha histórica existente  entre dichos países y los llamados subdesarrollados.

Para acortar la discusión, diremos que en Nuestra América, desde nuestra perspectiva, no hubo feudalismo sino modos de trabajo servil o esclavizado que fueron utilizados por el capitalismo mercantil para explotar la fuerza de trabajo de los indígenas, esclav@s negros y mulat@s, utilizando en ese caso el concepto modo de trabajo tal como fue definido por Vargas-Arenas (1990: 67).

Nunca podremos saber si aquellas sociedades imperiales originarias tales como la Azteca, Maya e Inka  hubiesen podido por sí mismas devenir con el tiempo en capitalistas; posiblemente no. Es probable que algunas de las sociedades originarias, igualitarias o desiguales, que poblaban la mayor parte de Centroamérica, Suramérica y el Caribe hubiesen podido, con el tiempo, llegar a convertirse en Estados con una estructura sociopolítica comunal-mercantilista, pero difícilmente habrían llegado a ser capitalistas. La conquista española cortó de raíz todas aquellas experiencias y sólo conservó –como en el en el caso de Inkas y Tenochcas- la infraestructura administrativa y las relaciones de explotación que ya existían en las sociedades imperiales o complejas, como basamento político de  sus propios virreinatos y Capitanías Generales.

Otro de los temas de debate, relacionado con el anterior, era el de la existencia de sociedades duales en las naciones modernas de Nuestra América, en las cuales los procesos de trabajo característicos de las sociedades originarias heredados por la sociedad criolla, formaban un tiempo histórico distinto al del sector capitalista de la misma. Dichos procesos de trabajo, según proclamaban ciertos teóricos desarrollistas de izquierda, debían ser eliminados para dar paso a relaciones de producción y formas culturales plenamente capitalistas,  para desterrar así el pasado y el “atraso” y promover el “desarrollo”, nuevo eufemismo para denominar el viejo concepto de progreso.

Es evidente que, contrariamente a los supuestos de la tesis dualista, los conquistadores españoles o portugueses no sólo asimilaron a la cultura mestiza los procesos de trabajo precapitalistas que encontraron en nuestras sociedades  originarias o indohispana que se estaba construyendo en Nuestra América dando orígen a la nueva estructura de clases sociales,  sino que aquellos fueron esenciales para consolidar la presencia europea en nuestro continente. Es en este sentido que escribimos uno de nuestros libros ya mencionado, considerado por la crítica como seminal para entender aquel tema, publicado por primera vez en 1974,  intitulado Antiguas Formaciones y Modos de Producción Venezolanos (Sanoja y Vargas-Arenas, 1992). En el mismo tratamos de explicar precisamente el proceso mediante el cual las culturas de las sociedades originarias se fundieron progresivamente desde el siglo XVI con la de los esclav@s negros venezolanos y con la de los españoles, produciendo finalmente una sociedad nueva que, como decía El Libertador Simón Bolívar, no es ni indígena, ni africana ni europea sino un nuevo género humano.

Al revisar comparativamente los procesos civilizadores de Nuestra América, observamos profundas diferencias entre los hechos que llevaron a la constitución de la sociedad de clases y los Estados modernos en ella, y  los que condujeron al capitalismo, la sociedad de clases y los Estados nacionales de Europa. En este sentido, como  intelectuales del campo revolucionario creemos necesario, como ya expusimos, profundizar en la crítica del paradigma civilizador europeo en la cual fundamentaron su análisis histórico Marx y Engels para concluir en el capitalismo como paso necesario  hacia el socialismo y el comunismo.

Según Godelier (1969: 58), la línea de desarrollo histórico europeo occidental constituiría un evento singular, ya que solo ella ha desarrollado las formas más puras de lucha de clases, así como las condiciones para su superación -representadas por el socialismo- tanto para ella como para las demás sociedades. Dicha línea ha dado -dice dicho autor- la base práctica (economía industrial) y la concepción teórica (socialismo) para salir de ella misma y hacer salir a las otras sociedades de las formas más antiguas de dominación del hombre por el hombre. Esta formulación de Godelier obviamente no toma en cuenta que el fortalecimiento y la expansión del sistema capitalista europeo u occidental a partir del siglo XVI y hasta el presente, sólo ha sido posible gracias a la expoliación del trabajo y las riquezas materiales del todo el resto del mundo periférico para favorecer el bienestar del núcleo de naciones capitalistas desarrolladas.

Hoy día podemos hablar de un proceso universal de desarrollo de la humanidad en el cual el capitalismo, que culmina la línea de desarrollo occidental como sistema socioeconómico, corresponde sin duda a una era de importantes desarrollos materiales e intelectuales. Sin embargo, la implantación, expansión y desarrollo de los valores egoístas que sustentan y justifican al sistema capitalista han llevado a determinados gobiernos de países del primero, segundo, tercer y cuarto mundo a actuar con tal grado de irracionalidad, que la existencia y la reproducción ampliada del capitalismo está poniendo en riesgo la supervivencia misma de la especie humana.

El pasado y la interpretación revolucionaria del presente: la arqueología social
El desarrollo histórico de los países nuestroamericanos refleja la intersección de un conjunto de fuerzas que deben ser comprendidas en términos de cómo éste afecta el desarrollo de la sociedad humana en general, el desarrollo de la región como una entidad históricamente constituida y el desarrollo de cada país en particular. Por esa razón es esencial también desarrollar una comprensión teóricamente bien informada de los cambios sociales que subyacen la formación de la nación misma y ponen en movimiento diversos proceso civilizatorios nacionales únicos,  históricamente contingentes que han afectado, por ejemplo, a Venezuela de una manera y a México o Perú de otra. Esta exigencia tiene muchas implicaciones importantes para la ciencia, como por ejemplo que los análisis arqueológicos y antropológicos deben tomar en cuenta los procesos sociohistóricos que llevaron a la formación de las naciones y Estados particulares en los nuevos contextos regionales, cual es el objeto de estudio de la Arqueología Social (Vargas-Arenas, 1995: 50-51; 2007b).

Los fundamentos teóricos y metodológicos de la Arqueología Social comenzaron a esbozarse desde  la década de los años treinta del siglo pasado, cuando el discurso marxista  se trasladó a la reinterpretación de los orígenes de la sociedad,  de la cultura y de las civilizaciones  tanto en Europa, como en Asia, África, América y  Oceanía. Los datos obtenidos por la arqueología, la historia, la filología y otras ciencias que estudian los pueblos del pasado, comenzaron a ser interpretados como expresiones y símbolos del pensamiento y la voluntad humana, de las ideas y propósitos que trascienden no solo cada manifestación particular del dato sino también a cada actor o pensador individual, puesto que son sociales (Childe, 1981a: 349). Se comenzó a construir así una historiografía marxista que tenía como fundamento analizar la causalidad material del desarrollo social y cultural,  extraña a las teorías esencialistas y racistas que habían predominado en la antropología y la arqueología hasta aquel momento. A partir de la obra seminal del arqueólogo inglés Vere Gordon Childe comenzó  una reconsideración del estatus y la significación global del pasado:
“…Una sociedad puede progresar, y por consiguiente sobrevivir únicamente en la medida en que las relaciones de producción –es decir, todo el sistema económico y político- favorecen el desarrollo de la ciencia, el progreso de las invenciones y la expansión de las fuerzas productivas…” ( Childe 1981b: 136).

A partir de aquel momento, la historia de las sociedades antiguas dejó de ser considerada  como parte de un proceso diferenciado del presente o el futuro, para convertirse en un nivel de explicación de toda la historia, del presente, de su porvenir, de la vida cotidiana de los pueblos. Los arqueólog@s, los antropólog@s y los historiador@s marxistas comenzaron a darle preeminencia en sus análisis a cuestiones que habían sido generalmente ignoradas hasta entonces, tales como  la economía, los procesos sociales, culturales y políticos. De esta  manera, la teoría social devino en historia y, viceversa, la historia se transformó en teoría social. Para los pueblos de la periferia del núcleo capitalista desarrollado, considerados por éste como el Tercer Mundo, la historia y particularmente la arqueología y la antropología en general, se convirtieron en parte del pensamiento estratégico  para lograr  la descolonización y la liberación nacional de los pueblos colonizados o neocolonizados por el Imperio. Cuando son los pueblos, no las elites ni los individuos, quienes conforman el sujeto de estudio  de aquellas disciplinas, sus resultados pueden servir como base para una ideología de su liberación, para la consolidación de su soberanía sobre los recursos naturales y medios de producción de los cuales depende  su integridad como naciones (Vargas-Arenas y Sanoja, 1999: 59-75).

Mientras en la década de los años 70 del pasado siglo –como vimos en páginas anteriores- ya se hablaba en Europa occidental de una crisis general del marxismo, en Nuestra América por el contrario se iniciaba una discusión crítica del paradigma de la evolución de modos de producción y, consecuentemente, de la génesis de las sociedades modernas de la región,  de la pertinencia  del capitalismo como solución al problema de la pobreza y del denominado subdesarrollo de los pueblos latinoamericanos sometidos a la explotación y la dominación por las metrópolis coloniales de Estados Unidos y Europa (Lorenzo, Pérez y García-Bárcenas, 1976).

El surgimiento de la corriente de pensamiento llamada Arqueología Social Latinoamericana  hacia la década de los años setenta del pasado siglo tuvo como uno de sus objetivos estratégicos esenciales explicar y demostrar cómo los pueblos originarios y las sociedades mestizas surgidas a partir del siglo XVI se convirtieron en el sujeto histórico de los procesos nacionales y de la lucha de clases por el control  político del poder para deslegitimar el orden social burgués. Por esta razón la Arqueología Social se transformó en un campo de estudio donde convergen no solamente arqueólog@s, sino también antropólog@s sociales, lingüistas, antropólog@s físicos, historiador@s sociales, economistas, literat@s, biólog@s, filósof@s, sociólog@s, etc., unidos no solamente por interés académico de construir un episteme de la ciencia social, sino también para la elaboración de  una estrategia común para hacer la Revolución Social partiendo del Materialismo Histórico y del pensamiento crítico  marxista (Bate, 1998, 2008: 17-23; Vargas-Arenas, 1995, 2008b; Vargas-Arenas y Sanoja, 1999: 59-75; Navarrete, 2007; Gandara 2008).

Como parte de este movimiento, como ya explicamos, el año de 1974 se publicó la primera edición de nuestra obra escrita a cuatro manos con la Dra. Iraida Vargas: Antiguas Formaciones y Modos de Producción Venezolanos (1992). Con la misma intentamos hacer la crítica científica a la sucesión histórica de los modos de producción enumerada por Marx (1972), Engels (SF) y Morgan (1943) argumentando que si bien aquella denota la existencia de procesos generales de cambio de la historia de la humanidad, no podría considerarse totalmente válida para expresar todas las particularidades que afecta la misma en las diferentes sociedades y culturas del mundo ni tampoco el actual surgimiento de los sujetos históricos de la revolución social en Nuestra América.

Tal como expresamos al respecto en el prólogo a la segunda edición de nuestra obra Antiguas Formaciones y Modos de Producción Venezolanos:

“...Cuando Engels formuló sus estadios de desarrollo histórico de la sociedad, se le criticó por presentar una imagen parcializada de dicho proceso sin reparar en que él estaba simplemente reconociendo empíricamente la existencia de determinados momentos de clímax histórico y formulando conceptos que, evidentemente, tenían carácter experimental. Igual podríamos decir de Vere Gordon Childe, a quien no se le recuerda por haber resuelto la problemática del estudio de la historia de las sociedades precapitalistas antiguas del Viejo Mundo, sino por haber formulado experimentalmente categorías analíticas que tuvieron un gran impacto en el proceso de exploración del conocimiento social. El mismo Marx en El Capital, proporcionó un modelo de análisis del desarrollo de las contradicciones partiendo del estudio de las experiencias de una sociedad concreta. Haber olvidado estos ejemplos, llevó al materialismo histórico a convertirse en muchos casos en una especie de metafísica social divorciada de la realidad sensible que nutrió su nacimiento...” (Sanoja y Vargas, 1992: 21).

Aquella propuesta fue posteriormente re-estudiada y reformulada por Iraida Vargas-Arenas en su obra –ya clásica- Arqueología, Ciencia y Sociedad, fruto de las discusiones teóricas estimuladas por nuestra propuesta  de 1974 en el Grupo Oaxtepec, las cuales Vargas-Arenas aplicó al estudio concreto de las formaciones originarias venezolanas. Aquel grupo transdiscplinario de arqueólog@s, antropólog@s sociales, etnólog@s,  historiador@s, economistas y sociólog@s, cuyo núcleo duro lo conformaron para la época notables científicos sociales como Agustín Cueva, Sergio de la Peña, Felipe Bate, Manuel Gándara, Héctor Díaz Polanco, Luis Lumbreras, Marcio Veloz Maggiolo, Manuel Gándara, Iraida Vargas y nosotros,  se concentró en la tarea de elaborar los fundamentos teóricos y metodológicos de la Arqueología Social, con base a las propuestas filosóficas del marxismo y del materialismo histórico. Posteriormente, Bate, en su obra El Proceso de Investigación en Arqueología (1998) sistematizó y  elaboró científicamente la propuesta teórica metodológica general de la Arqueología Social.

La creación en 1984 de otro grupo de estudios regionales en la Fundación de Arqueología del Caribe auspiciado por Paul Caron, la Dra. Betty Meggers y el Dr. Clifford Evans (Smithsonian Institution, Washington D.C),  permitió la celebración de  reuniones anuales, tres celebradas en la Isla de Vieques, Puerto Rico y una en la ciudad de Rio Caribe, Venezuela,  de un grupo de arqueólogos sociales, profesores y estudiantes, de universidades tanto de Venezuela, Colombia, Panamá. Costa Rica, Honduras, Mexico, Luisiana (USA), República Dominicana, Puerto Rico. Las ponencias presentadas y las conclusiones de las mismas se resumieron en tres volúmenes: Hacia Una Arqueología Social (1984), Revisión Crítica de la Arqueología del Caribe (1985) y Relaciones entre la Sociedad y el Ambiente (1986).

Una de las motivaciones políticas centrales de los arqueolog@s sociales muestroamerican@s desde los inicios,  fue la de construir teorías, diseñar la estrategia y los métodos para comprender críticamente y transformar la realidad social en nuestros respectivos países, considerando la historia social como un campo unificado de todas las acciones humanas anteriores y posteriores a la inserción forzada del capitalismo  en las sociedades originarias de Abi Yala o Nuestra América.

Desde aquella época ya remota de finales del siglo pasado, las discusiones teóricas sobre la proyección histórica de los análisis de la Arqueología Social hacia la realidad contemporánea de Nuestra América, se concentraron en el potencial de cambio revolucionario  que ofrecía la Revolución Cubana, la Revolución Sandinista y movimientos como Sendero Luminoso en el Perú. Nadie podía sospechar que la historia de la Revolución Social en Nuestra América tomaría un curso tan radicalmente diferente luego de la rebelión popular venezolana contra el neoliberalismo ocurrida el 27 de Febrero de 1989, seguida por la rebelión militar antiimperialista liderada por el comandante Hugo Chávez que estalló el 4 de Febrero de 1982; posteriormente, ocurrió triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998. Esta victoria electoral popular que fue seguida en 2002 por el fracasado golpe de Estado pro-imperialista y posteriormente la recuperación de Petróleos de Venezuela por la nación venezolana, representaron  la primera derrota del Imperio y su representación local, la oligarquía partidista-empresarial contrarrevolucionaria. Posteriormente a dicha derrota, los movimientos sociales revolucionarios venezolanos proclamaron luego de 2004 la necesidad de construir -por la vía electoral y democrática- la sociedad socialista del siglo XXI en Venezuela, camino que fue también seguido posteriormente, por los movimientos sociales de otros países como Bolivia y Ecuador (Sanoja y Vargas-Arenas, 2005a; Sanoja, 2006: 63-74).

Para continuar este análisis de manera  consecuente con nuestra visión de la Historia, diremos que con la utilización en este caso de conceptos tales como modo de vida,  queremos aludir antropológicamente a las categorías de formación social y modo de producción tomando en cuenta la importancia del espacio geográfico y todas sus determinaciones, las relaciones sociales de producción y la ideología (la cultura) mediante la cual el ser social se percibe  e interpreta tanto a si mismo como a los otros y a las condiciones materiales donde se desenvuelve su existencia cotidiana vía la cultura, proceso que legitima los sistemas de valores que sustentan la conciencia social. En tal sentido, el modo de producción viene a representar la forma de producir y reproducir las condiciones materiales de la existencia de los hombres y mujeres, dentro del conjunto de determinaciones culturales o ideológicas  –habituales y reflexivas- que conforman su conciencia social y definen finalmente su modo de vivir, su modo de vida.

Tenemos la opinión de que en Venezuela, una  cierta percepción del marxismo y del materialismo histórico -quizás ortodoxa- dentro del proceso revolucionario bolivariano le haya dado más peso al desarrollo de las condiciones materiales que a la cultura y la ideología. Los resultados del referendo del 2007 y de las elecciones del 2008, indican que un alto porcentaje de venezolan@s no percibe como suficiente las innegables mejoras del sistema de salud, de educación, de vivienda, de trabajo, la recuperación de la soberanía nacional, etc., porque su conciencia de clase, su conciencia social, a falta de una verdadera política cultural revolucionaria, sigue estando determinada y mediatizada por la ideología dominante de la burguesía contrarrevolucionaria. A este respecto es oportuno recordar a los maestros Marx y Engels cuando nos dicen en su obra la Ideología Alemana:

“... la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al  mismo tiempo, su poder espiritual dominante... Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas. Los individuos que forman la clase dominante... se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión... como pensadores, como productores de ideas, que regulen la producción y distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean, por ello mismo, las ideas dominantes de su tiempo...” (Marx y Engels,  1982: 48-49).

Estamos convencidos que la construcción de los modos de vida socialistas del siglo XXI en Nuestra América,  debe ser explicada y comprendida a la luz de la historia de las ideas y de las prácticas que sustentan las tesis del marxismo, del materialismo histórico y del materialismo dialéctico. Para lograr tal objetivo, es necesario desarrollar propuestas históricas, estrategias culturales o ideológicas concretas que fundamenten ideológicamente tanto los movimientos sociales de descolonización y liberación nacional como la creación de sociedades socialistas del siglo XXI. En tal sentido es imprescindible también conocer, estudiar y asumir como referencias causales las propias experiencias históricas de nuestros pueblos para diseñar  la estrategia política, social y cultural/ideológica y el método para la construcción concreta del socialismo, en nuestro caso particular el proceso civilizador socialista  bolivariano, como ha mostrado Vargas-Arenas en su estudio Resistencia y Participación. La saga del pueblo venezolano (2007a) y Sanoja y Vargas-Arenas  en nuestra obra La Revolución Bolivariana. Historia, Cultura y socialismo (2008).   

Vargas-Arenas (2007a) analiza la manera como el pueblo venezolano, desde el siglo XVI, fue construyendo un proyecto de sociedad cuyas claves fundamentales eran la resistencia a la opresión y la participación en los  diversos movimientos políticos que tenían como objetivo lograr un cambio revolucionario en su condición de pueblo dominado por la oligarquía mantuana representante de la metrópoli colonial. La nueva oligarquía republicana que insurge  en Venezuela luego de su independencia  de España y de la separación de la Gran Colombia, se apoderó del mismo y lo convirtió en su proyecto político, vaciándolo de todo contenido revolucionario y  sometiendolo a la dependencia del imperialismo estadounidense. En palabras de Vargas-Arenas:

“...Como ocurrió con AD, la burguesía apeló a los símbolos populistas o populacheros para significar ante las clases populares una solidaridad, una identidad con los oprimidos que ella misma produjo...” (AD=Partido Acción Democrática. Aclaratoria nuestra)** El proyecto popular de resistencia y participación, el poder constituyente, siguió adelante hasta que el 27 de Febrero de 1989, la rebelión popular contra el ajuste neoliberal que intentó imponer el gobierno de Acción Democrática logró resquebrajar las bases del  capitalismo vernáculo construido por la burguesía venezolana conjuntamente con sus partidos Acción Democrática y COPEI  abriendo así, con las elecciones  celebradas en 1998, el camino a la Revolución Bolivariana y la liberación nacional. De esta manera nació un nuevo proyecto social de país, un proyecto socialista, anticolonial, fundamentado en la propiedad social de los medios básicos de producción y motorizado por el poder constituyente.

Con base a esta experiencia, discutiremos en el capítulo siguiente por qué, como hemos venido discutiendo en las páginas de este libro,  la construcción de un modo de vida socialista requiere conocer la teoría social, elaborar una teoría sustantiva sobre la historia de la sociedad a intervenir y desarrollar una estrategia, un método y una práctica concreta para alcanzar la meta socialista.
Fig.5: expansion del capitalismo mercantil hacia américa. Siglo XVI.






PARTE 3:

PRÁCTICA PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL MODO DE VIDA SOCIALISTA

Capítulo 5.

La estrategia  para llegar  al  Socialismo

Para avanzar en la formulación de una propuesta concreta que nos lleve al socialismo, existe un supuesto que debería ser teorizado y analizado para Nuestra América, y es que los procesos socialistas no surgen siempre como consecuencia del desarrollo pleno de las fuerzas productivas del capitalismo al menos en los casos de Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia, como esperaban Marx y Engels que sucediese en Alemania e Inglaterra,  sino precisamente por todo lo contrario, por el atraso y la pobreza centenaria que indujeron en nuestros pueblos, primero la depredación de nuestros recursos naturales, humanos y financieros que han hecho el colonialismo español y luego el neocolonialismo europeo y  el estadounidense. Como apuntaba el presidente Fidel Castro en 1984 en relación a la deuda externa impuesta a Nuestra América por la comunidad de países industrializados:

“... A un continente cuya población se duplica prácticamente cada 25 años, que tiene una cantidad  colosal de problemas sociales, educacionales, habitacionales, sanitarios, de empleo, le están privando de 45.000 millones de dólares ilegítimamente de un total de recursos emigrados, sumando los intereses supuestamente normales, de más de 70.000 millones de dólares...” (Castro, 1985: 161).

En estas condiciones de sobreexplotación, la posibilidad real de los desarrollos capitalistas nacionales  dentro de la economía mundo-capitalista, como dice Wallerstein (1998: 169),  es una meta sencillamente imposible  de lograr por todos los Estados. Para que alguno de los países periféricos al grupo hegemónico capitalista mundial llegase a alcanzar un nivel suficiente de acumulación de capitales, sería necesario que se convirtiese por ejemplo en la economía dominante de un sistema jerárquico regional de Estados, donde la plusvalía se distribuyese de manera desigual tanto en el espacio geopolítico como entre las clases geográficas. Dentro del sistema capitalista, incluso en la misma Nuestra América, cualquier  nivel preponderante de desarrollo que obtenga una de las partes de la economía mundo es el reverso de un proceso inverso, el llamado subdesarrollo, en la parte contraria. De allí se deduce  la importancia estratégica que revisten mecanismos financieros  solidarios y de cooperación internacional tales como el ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas), el Banco del Alba y el Banco del Sur, promovidos por el gobierno bolivariano de Venezuela  para consolidar una futura unión de naciones suramericanas la cual compense las asimetrías económicas y sociales entre los diversos países.

En las condiciones ya enunciadas, es necesario exponer con claridad que la solución a los problemas que plantea a nuestros pueblos la pobreza,  la injusticia y la marginación social  no pueden ser resueltos, como plantean los partidos políticos de derecha con más capitalismo y más y mejor mercado, situación que solo contribuirá a aumentar el subdesarrollo y la dependencia, a ampliar la brecha entre las minorías ricas y las mayorías desposeídas. Pero al mismo tiempo es también necesario hacer entender que -como hemos analizado en capítulos anteriores- el socialismo será producto de una lucha larga, que no es simplemente el estadio final de un proceso histórico al cual llegaremos por inercia,  una utopía que nos está esperando en el horizonte, sino un campo de fuerzas culturales y políticas, un movimiento  ideal, pero también concreto de valores y principios que tiene ya casi dos siglos de antigüedad el cual requiere de una estrategia para lograr las condiciones concretas de realización, que debe estar apuntalado y  ser socialmente construido a partir del debate activo y abierto de las ideas, de la lucha ideológica, para que podamos finalmente consolidar su existencia.

Para abrir el camino que nos lleve al socialismo del siglo XXI es necesario también -como ya hemos tratado de exponer en capítulos anteriores- sobrepasar la  antigua discusión académica y ortodoxa sobre la  existencia a priori de una línea universal del desarrollo histórico, y entender que si bien hay principios y leyes generales de la historia, la concreción del socialismo se lleva a cabo con base a gente que es histórica y culturalmente diversa. No se trata de construir el socialismo siguiendo todos la misma receta, traficando el mismo camino; no se trata de construir un socialismo y una libertad en abstracto, sino una libertad y un socialismo histórico en concreto**:

Como nos dice una conocida antropóloga feminista inglesa

"... queramos o no, el pasado es siempre parte del momento del presente"(Rowbotham 1981: 25, 35).

Para construir el socialismo del siglo XXI necesitamos, pues, identificar nuestros  sujetos del cambio histórico,  estudiar y entender la historia de los pueblos desde sus formaciones sociales originarias, como método para  conocer a esos sujetos que desmontarán, en su momento, las estructuras objetivas de dominación, para identificar los agentes sociales determinados, enraizados en dichas formas históricas específicas de producción que servirán de palanca para la meta de crear los hombres nuevos y las mujeres nuevas, la sociedad nueva (Sanoja y Vargas-Arenas, 1992, 2005, 2008; Vargas-Arenas 2007ª, Vargas-Arenas y Sanoja, 2006).

Conscientes de la nueva correlación de fuerzas que se está creando en la sociedad mundial y particularmente en Nuestra América, los intelectuales orgánicos del imperio han comenzado a maquillar y actualizar las viejas ideas sobre el progreso y el desarrollo social bajo nuevos conceptos como los de la globalización, la modernización y la convergencia. Según Sanoja :

“…En esta nueva literatura, la globalización es entendida como un conjunto de cambios en la economía internacional que tiende a producir una economía global única para bienes servicios, capital y trabajo que  hace imposible entender los determinantes de la política económica únicamente en el ámbito doméstico… La hipótesis de trabajo  de esta nueva literatura es que, si los mecanismos de manejo de la economía convergen, entonces los mecanismos políticos que se enlazan con la economía (y posteriormente todos los mecanismos políticos) tenderán a converger…” ( Sanoja, Pedro 2007: 34)

La teoría de la Convergencia –según otros autores- permitiría que  políticas coloniales como la globalización puedan ser utilizadas  por los científicos sociales que integran los enclaves del imperio en los países neo-colonizados, sin sentirse señalados  como antipatriotas.  Como modernización entienden los filósofos del imperio no solo la expansión del capitalismo industrial sino también la transformación  y el reemplazo de las normas y prácticas tradicionales de las sociedades consideradas periféricas o del Tercer Mundo. La Teoría de la Convergencia,  de la cual parecieran participar algunos gobiernos suramericanos, plantea, por su parte, que  estructuras similares de la economía, la  política y la cultura pueden coexistir dentro de diferentes regímenes políticos y culturales, siempre y cuando se puedan crear contextos culturales dominados por la cultura y los valores capitalistas.  Para lograr estos objetivos, el imperio, los sectores de la clase media y la gran burguesía de los países que le  sirven cuentan  con el concurso activo de los medios de comunicación social,  la industria cultural y los organismos gubernamentales o privados que formulan políticas culturales que les sirvan de sustento (Patterson, 1997: 52-55)

Otra propuesta teórica que debería ser revisada desde la perspectiva actual, es bueno insistir, es la llamada teoría de la dependencia y el subdesarrollo de los pueblos de Nuestra América  la cual –según nuestra visión de antropólogo- se apoya o se explica a su vez en la teoría evolucionista del progreso social, versión del capitalismo desarrollado. Según esa teoría, sería necesario consolidar el Estado nacional liberal, promover en nuestros pueblos un crecimiento cuantitativo de tipo capitalista que nos permita modernizar nuestras estructuras económicas, para igualar el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado por los países capitalistas del Primer Mundo. Simultáneamente, habría que reestructurar nuestra relación con el sistema capitalista mundial para propiciar y estimular en los nuestros las inversiones de sus compañías transnacionales (Ríos et alíi, 2002).

La tesis de la “modernización” que constituye la racionalidad subyacente en esta propuesta implica –como ya dijimos en páginas anteriores- el desarrollo de un proceso destinado a disolver las bases socioeconómicas y los fundamentos culturales y psicológicos de las sociedades tradicionales  (Patterson, 1999: 118-121), método aplicado en Venezuela por el Imperio con el apoyo activo de las instituciones educativas, culturales y económicas tanto privadas como las de los gobiernos de la IV República. En el mismo sentido, el control que ejercen las corporaciones transnacionales sobre las tecnologías industriales y comerciales permitió y estimuló que los industrialistas y empresarios locales -para poder sobrevivir- tuviesen que pactar negocios conjuntos con las transnacionales. El resultado de ese proceso fue la desnacionalización de la industria y el comercio tanto en Venezuela como en el resto de Nuestra América, la apertura de los mercados nacionales a las mercancías extranjeras, la alteración de la relación de fuerzas dentro de las clases dominantes locales, el aumento de la exportación de capitales hacia las economías dominantes, la disminución de capitales locales disponibles para la inversión en las diversas economías nacionales y el empobrecimiento general de las sociedades (Patterson, 1999: 122; Lander, 2000: 91-128).

Refutando la tesis de la modernización,  el economista venezolano Ramón Losada Aldana (1967:105-106) observa que -contrariamente a las propuestas de la modernización- el capitalismo exterior se incorpora a las zonas subdesarrolladas  sólo para transformarlas en fuentes de superbeneficios, para cuyo fin las transnacionales del Imperio necesitan  mantener o acentuar, que no superar, el atraso y el subdesarrollo, a fin de fortalecer su posición monopolística y frenar el desarrollo de las fuerzas productivas nacionales de nuestros países. Cuando todavía en el siglo XVIII no estaba consolidado el  imperialismo mundial hegemónico, pudo quizás haber llegado a existir algún tipo de desarrollo nacional independiente por la vía capitalista en Nuestra América, como intentó lograr el experimento social de las Misiones Capuchinas Catalanas de Guayana, Venezuela, entre los siglos XVIII y XIX (Sanoja y Vargas Arenas, 2005b: 295-306) o el proyecto agroindustrial de la Argentina en las primeras décadas del siglo XX. 

El estado de subordinación existente hoy día entre los países periféricos y el núcleo de países capitalistas más desarrollados, hace casi imposible el desarrollo de nuevos procesos capitalistas autónomos y auténticos, antagónicos al núcleo capitalista central. Ello demuestra una vez más  la razón por la cual es  igualmente imposible conciliar los intereses del imperialismo con un desarrollo soberano por la vía burguesa. Por tanto, es necesario comenzar por proponer una nueva estrategia política y económica que apunte hacia la creación de una base social antiimperialista, soporte de los movimientos de liberación nacional y descolonización. Es en este sentido, que las políticas de Estado para combatir la pobreza y el atraso que han emprendido países como Venezuela,  aunque moderadas, debilitan los mecanismos de dominación que utiliza al Primer Mundo capitalista y facilitan, por esa razón, la promoción de la vía hacia el socialismo. Por razones opuestas, el imperio estadounidense y europeo y sus oligarquías subordinadas tales como la colombiana y la peruana tratan de destruir, detener o degradar los procesos de liberación que avanzan los pueblos de Venezuela, Bolivia y Ecuador.

La base para construir una sociedad socialista son los colectivos sociales. Esta obviedad alude al hecho que dichos colectivos tienen que estar en capacidad material e intelectual para participar protagónica y conscientemente en la construcción de dicha sociedad  fundamentada en valores básicos como la solidaridad  y la reciprocidad social,  el respeto por los otros y otras, en una nueva cultura laboral  que asuma como valores la disciplina y la creatividad, el estudio como un logro que contribuye a mejorar las condiciones generales de vida de toda la sociedad y no solamente las individuales. Para lograr esa meta, es necesario plantearse una estrategia para vencer la pobreza, la desigualdad y la injusticia social, el individualismo y el egoísmo que son secuelas del capitalismo.

La abolición de la propiedad burguesa

El proceso de instauración de la propiedad social, elimina la principal fuente de la desigualdad social: la explotación de los trabajadores y trabajadoras por una minoría capitalista. Hay quienes proponen que la primera decisión que se debe tomar en el proceso de construcción el socialismo es la de abolir de un plumazo la propiedad burguesa. Much@s de los proponentes de dicha idea parecen creer que esa decisión puede ejecutarse por decreto, sin haber creado antes las condiciones no solo para establecer las  nuevas relaciones de propiedad, sino también  para propiciar un modo de vida socialista alternativo, una nueva cultura socialista. Para abolir la propiedad burguesa, que no la personal,  en las actuales condiciones impuestas por la hegemonía mundial del Imperio, es imperativo formar  primero y consolidar en los colectivos humanos, mediante políticas culturales y educativas revolucionarias, la conciencia social y política de que el socialismo es necesario,  que la pobreza, la desigualdad y la injusticia social son una condición social derivada del capitalismo. Es preciso lograr que la burguesía acepte, como nos dice Theotonio Dos Santos, que:

“...La socialización de la propiedad privada y del proceso de trabajo es la única forma posible de persistencia  de la propiedad privada, colocada ante un proceso de producción cada vez más socializado...” (Dos Santos 2007: 85)

La eliminación drástica de la propiedad burguesa fue posible en las primeras revoluciones socialistas del siglo XX hasta el fin de la Guerra Fría, incluida la Revolución Cubana, porque el dominio mundial del imperialismo no era todavía totalmente hegemónico y luego,  como ocurrió en el caso cubano, debido a la presencia protectora de la Unión Soviética y del antiguo campo socialista. Por esa razón, las vanguardias revolucionarias, después de derrotar a las burguesías respectivas, pudieron asumir el poder, como fue el caso de la antigua URSS, China o Vietnam, o luego de que la misma o buena parte de ella huyese al exilio como en el caso cubano. Una vez concretada la toma del poder, los revolucionari|@s decretaron de una vez la abolición de la propiedad burguesa y se dedicaron luego a mejorar las condiciones de vida de la sociedad. Para poder defender la existencia de las respectivas revoluciones del acoso bélico del imperialismo mundial, fue entonces necesario imponer regímenes represivos que controlasen tanto la contrarrevolución externa como la interna. Pero una vez desaparecida la URSS, el imperialismo hegemónico quedó en libertad de imponer a los países periféricos condiciones y trabas en las luchas para llevar a cabo sus procesos de liberación.

Para que los procesos de liberación nacional puedan tener éxito dentro de la ética política democrática que reivindican hoy los pueblos de  Nuestra América y que los países puedan garantizar su soberanía, es necesario contar primero con la solidaridad, la fidelidad y la conciencia revolucionaria de los colectivos sociales, es necesario diseñar políticas públicas destinadas a mejorar el nivel de vida de la población en todos los aspectos y a crear una cultura socialista que le sirva de sustento. Simultáneamente,  es necesario también romper la hegemonía que ejerce la propiedad burguesa en las relaciones de propiedad, creando otras formas alternativas: la propiedad social, la propiedad comunitaria, la propiedad cooperativa y cualquier otra, que acompañen a la propiedad burguesa y la propiedad personal hasta crear  nuevas relaciones que garanticen la justicia social para todos los ciudadan@s siguiendo el concepto universal de la unidad de los contrarios, fuerza motríz de todo desarrollo y movimiento en la naturaleza. El socialismo en sí  mismo- como expresión del movimiento del cambio universal de la sociedad-   implica una contradicción que es resultado de tendencias en conflicto: las tensiones internas que la presente crísis esta generando en el pasado y el presente capitalista y las tensiones internas que la misma produce  tanto en el presente como en el el futuro socialista (Woods y Grant 1991: 64-68).

La coexistencia temporal de diferentes formas de propiedad en un período pre-socialista o de transición al socialismo pleno con predominio de la propiedad social, es coherente con la propuesta que hace Marx en la Crítica de la Economía Política cuando nos dice:

“En todas las formas de sociedad existe una determinada forma de producción que asigna a todas las otras su rango e importancia: las relaciones esenciales tienen una importancia preponderante en las actividades que cada una de ellas desempeña en función de las otras. Se obtiene así  una iluminación general en la que se bañan todos los colores y que modifica las tonalidades particularidades de cada una de aquellas. Es como un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman vida” (Marx, 1967: 36.Traducción nuestra).

En una fase ulterior,  plenamente socialista, aquella  forma de economía mixta se distinguiría del capitalismo monopólico de Estado característico del antiguo Socialismo Real en el hecho que no sería utilizado para beneficio del Estado mismo sino para promover el desarrollo de las fuerzas productivas de una nueva sociedad, donde el poder constituyente no debe reposar en el Estado sino en los colectivos sociales (Vargas, 2007a: 275-295), lo que tambien denomina Giordani como Modelo Productivo Socialista (Giordani 2009: 117-118). La propiedad individual seguiría existiendo: las casas y su mobiliario, las cuentas bancarias, etc., pero dejarían de ser el privilegio de una clase social minoritaria para devenir  un rasgo general de la distribución justa de la riqueza en la sociedad socialista venezolana del Siglo XXI. El desarrollo de los medios colectivos de transporte: trenes eléctricos, metros, aviones, autobuses, etc., haría superflua la posesión de vehículos, considerados hoy día como un símbolo del estatus social, facilitaría la redistribución demográfica  y la integración regional dentro de Venezuela, abarataría los costos del transporte de personas y mercancías, y reduciría los niveles de consumo de combustibles fósiles y de contaminación ambiental (Sanoja, 2008).

Para preservar la existencia de los procesos revolucionarios, es preciso contar también con la solidaridad de otros países de la región o fuera de ella que compartan, por lo menos, una posición antiimperialista como la de la ALBA, ya  que el apoyo que puedan brindar dichos países está determinado por condiciones políticas internas y externas que median sus niveles de compromiso con revoluciones radicales (Sanoja, 2008). Sin embargo, a pesar de aquel escenario difícil y complicado, diferentes gobiernos progresistas de Suramérica y el Caribe tales como Venezuel Cuba, Honduras y Nicaragua,  algunos países del Caricom, Ecuador y Bolivia, dentro de sus condiciones sociohistóricas particulares, han tomado la vía de la justicia social, de los movimientos de liberación nacional y del socialismo del siglo XXI no como una utopía lejana, sino como una posibilidad histórica concreta al alcance de nuestros pueblos.  


CAPÍTULO 6.

El método nacionalista revolucionario para construir el socialismo

El capitalismo originario, como hemos discutido en páginas anteriores, fue un fenómeno histórico prístino característico de la sociedad europea occidental. No surgió en el resto de los continentes como consecuencia del desarrollo histórico autogestionado de los pueblos, sino que les fue impuesto por la expansión colonial de las naciones europeas a partir de los siglos XVI y XVII.

A los fines de entender y explicar las consecuencias que tuvo la imposición del capitalismo sobre las sociedades precapitalistas clasistas o igualitarias, creemos interesante destacar la tesis de Wittfogel (1981: 434-449), quien consideraba el capitalismo  de Estado como una versión moderna de las antiguas sociedades despóticas asiáticas. Según dicho autor, el capitalismo de Estado, conocido también como Socialismo Real, surgió en la Rusia zarista y en China, por ejemplo, debido a la incapacidad del capitalismo empresarial privado para promover el desarrollo soberano de las fuerzas productivas de esos enormes países. Ello explicaría –dice aquel autor- el carácter industrialista que asumen ambas revoluciones bajo la dirección de líderes como Stalin y Mao Ze-dong.

En otros países como La India, otro de los ejemplos paradigmáticos del  modo de producción asiático, la invasión colonial inglesa instauró el capitalismo empresarial en el siglo XIX. En la misma Inglaterra, según Wolf (1990: 266-267), el paso definitivo del Capitalismo Mercantil al industrial se operó en la segúnda mitad del siglo XVII, gracias al desarrollo de la industria textil del algodón que tuvo inicialmente su centro en Mombay, India. El centro de de manufactura del tejido  fue trasladadó posteriormente a Manchester, donde hacia mediados del msmo siglo sirvió para consolidar la hegemonia mundial, industrial y comercial del imperio británico, fomentando asi mismo la formación de un importante sector del proletariado industrial inglés..

No obstante los impresionantes logros tecnológicos y el crecimiento económico actual del sector capitalista (¿despótico?) de la sociedad hindú, la mayor parte de la misma continúa sumida en la miseria, la pobreza y el atraso. Igual podríamos decir de Pakistán, contraparte islámica de La India, donde el éxito logrado por la comunidad capitalista militarista gobernante al construir un arma nuclear, contrasta con la profunda situación de injusticia social, dictadura y despotismo que sufre la sociedad de dicho país.

El despotismo, como vemos, no es un método de dominación y explotación de la fuerza de trabajo privativo de un sistema político. En la época histórica contemporánea, tanto en Asia como África y Nuestra América, el capitalismo europeo y estadounidense ha intervenido e interviene para propiciar la instauración de regímenes despóticos que defiendan las inversiones de capital foráneo y desalienten el desarrollo de formas productivas capitalistas nacionales salvo en el sector comercial. Un ejemplo trágico de este proceso son la  Colombia y el Peru actual , donde las transnacionales europeas y estadounidenses han implantado un sistema de gobierno despótico que, mediante el terror militar y paramilitar, está expulsando a los campesin@s e indigenas de sus tierras para desposeerl@s e implantar complejos agroindustriales para luego,  mediante el llamado “Tratado de Libre Comercio” con Estados Unidos, terminar de apoderarse de todas inversiones y negocios locales. Estas acciones responden a la definición de la llamada empresa privada como núcleo  del Estado capitalista neoliberal, cuyo crecimiento y desarrollo se realiza mediante la apropiación de las finanzas, la industria, el comercio, la cultura y los medios de comunicación por el capitalismo de Estado transnacional burgués que asume, a su vez, formas políticas despóticas en los Estados más débiles.

El Estado como práctica socialista

Como consecuencia de la actual correlación de fuerzas que domina actualmente el panorama internacional y de la profunda crisis estructural que sacude los fundamentos del capitalismo hegemónico del núcleo de países del primer mundo, consideramos que el Estado nacional tendrá que seguir existiendo todavía por mucho tiempo más. En los países capitalistas desarrollados las elites gobernantes, actuando de manera pragmática para capear la grave crisis que sacude al  sistema en el momento actual, han actualizado las funciones del Estado interventor, autoritario, que surgió en la sociedades mercantilistas del siglo XVI y dominó hasta bien entrado el siglo XX (Dos Santos, 2004: 85-93) haciendo a un lado la ortodoxia neoliberal del libre juego de mercado, culminando en diversos casos con la nacionalización abierta o velada de las instituciones bancarias o grandes corporaciones industriales.

Los gobiernos del G8 han asomado como solución a la crisis actual del capitalismo en sus países, apoderarse de los recursos naturales y del capital financiero acumulado en los países de la periferia y en particular de Nuestra América, para inyectar liquidez en su sistema financiero y apropiarse  así mismo de los activos energéticos y otros minerales, de los suelos agrícolas, de los alimentos, el agua y la biodiversidad; intentan así  reeditar lo que hicieron con nuestros pueblos las mismas potencias coloniales en el siglo XV, para remontar la crisis estructural de la sociedad feudal y fomentar el desarrollo del capitalismo mercantil. Para ello necesitan  desestabilizar los gobiernos progresistas y nacionalistas que se oponen al despojo de sus recursos y debilitar los Estados nacionales.

Los países periféricos como Venezuela en la actualidad resisten y se esfuerzan por independizarse de la tutela colonial del imperio estadounidense y europeo occidental, quienes intentan socavar la estabilidad del  gobiernos revolucionario. Es por ello que, por ahora, el reforzamiento de nuestro Estado nacional es  una garantía para la preservación de nuestra soberanía.

En el caso venezolano no nos referimos al reforzamiento del Estado burgués heredado de la IV República, el cual ha sido y sigue siendo fuente de calamidades para nuestra sociedad: nos referirnos al papel del Estado nacional  como práctica social de la resistencia antiimperialista, como un organo de poder completamente subordinado a los intereses colectivos de la sociedad socialista (Marx 1963: 241). En este sentido no estamos aludiendo a su función como representante hegemónico del capital monopolista, sino al “dispositivo reputado como social o de interés general  del Estado, que supuestamente corresponde por excelencia a la socialización de las fuerzas productivas...” como condición necesaria para las intervenir la economía y en general las relaciones sociales de producción,  cuando un movimiento revolucionario progresista y nacionalista –como sería el caso de nuestra revolución bolivariana- acceda al poder (Pulantzas, 1980: 238, 231. Énfasis nuestro).  El  verdadero Estado socialista revolucionario debe ser concebido entonces como una práctica social “donde se sustituye una relación de sumisión despótica por una relación entre personas con igual  poder de decidir, es decir, una relación que respete la soberanía de todos los participantes” (Del Búfalo, 2005: 30), esto es, un Estado que reconozca que el poder constituyente está en manos de la gente, que es propiedad de los colectivos sociales organizados tales como nuestros consejos comunales, como garantía para superar las trabas que surgen del tecno-burocratismo (Harnecker 2008). Como ha expresado también Pérez Pirela (2008: 17,)  “...ya no será el pueblo quien transfiera su poder al estado, sino que el pueblo mismo gestionará parte del poder a través de formas de autogobierno... “ entendiendo como tal “... el pueblo político como una figura de resistencia frente al poder instituido, sea este Estado Central, Gobernación, Alcaldía, Banca, Religión, Medios de Comunicación, Partido, Imperio, etcétera... quien transfiere el poder a otro lo hace porque, en realidad, lo tiene...”, A este respecto es oportuno y muy relevante citar  también el pensamiento de Samir Amìn (1989: 222) sobre la construcción del socialismo en las sociedades perifèricas al  grupo de países  capitalistas centrales, en las cuales  existen  conglomerados humanos heterogéneos que han sido y son victimas del capitalismo, capaces de rebelarse y resistir, pero que necesitan actuar dentro de un espacio històrico propicio, apoyadas por una fuerza social capaz de organizar a las clases populares, que sirva como catalizador de un proyecto social alternativo al capitalismo y dirija la acción antiimperialista. Una propuesta similar es la de Vargas Arenas (2007a: 287-295; 2007b), quien señala concretamente el papel que juegan o deberían  jugar en la experiencia revolucionaria bolivariana los consejos comunales como un proceso creativo de auto-organización popular, enraizado en nuestras formas de organización comunal pre-colonial, organizaciones populares  a partir de las  cuales  se podrìa construir, de abajo hacia arriba un tejido social, una estructura de poder popular caracterizado por la emergencia de nuevas subjetividades colectivas enfrentado al poder constituido (Harnecker 2006). Un ejemplo concreto es la victoria popular del Partido Socialista Unido Venezolano al obtener en las elecciones de Diciembre 2008 el 77% de las gobernaciones de estados y el 80% de las acaldías a nivel nacional; esto último refleja, a nuestro juicio, que el poder popular constituyente, representado en este caso por las comunidades y consejos comunales, escoge mayoritariamente a los candidatos socialistas para gestionar los asuntos que estan más cerca de su vida cotidiana. Este hecho afirma la opinión de Vargas Arenas según la cual, ésta sería la única manera, como el pueblo venezolano podría romper  con la relación capitalista representada en el Estado burgués gestor de dichas relaciones, creando así la nueva hegemonía cultural –en el sentido gramsciano- que nos permita construir una sociedad socialista. En este sentido, citando de nuevo a Samir Amìn, podrìamos decir: que:

“…las revoluciones socialistas son, entonces, revoluciones nacionales populares que han logrado su objetivo mediante una desconexión basada en un poder no burgués, mientras que los movimientos de liberación nacional, dado que han quedado bajo a dirección de la burguesía, no han  realizado todavía su objetivo…  La revolución nacional popular es por ello una necesidad objetiva cada vez más importante y la exclusión de la burguesía da una responsabilidad histórica creciernte a las clases populares y a la inteliguentsia susceptible de organizarla…” ( Amín 1989: 225, 227).

Los diversos procesos de descolonización y liberación nacional que están teniendo lugar en diversos países de Suramérica bajo el impulso de los movimientos sociales, muestran claramente la veracidad de las propuestas anteriores, ya que los Estados nacionales en dichos países están pasando y deben pasar de ser un  simple instrumento para la  reproducción del capitalismo, a devenir una práctica social que representa los intereses de los diferentes colectivos sociales que voluntariamente quieran participar en la construcción de naciones soberanas, liberadas de la dominación de las transnacionales y los gobiernos del Imperio. Es oportuno recordar  a este respecto que el Libertador Simón Bolivar en su mensaje a los legisladores del Congreso de Angostura en 1819, le  señaló un  nuevo rumbo al Derecho Público Americano: no más imitaciones subalternas de instituciones exóticas para la realidad del Nuevo Mundo. Simón Bolivar ofrecía a la inteligencia americana la oportunidad histórica de independizarse de la inteligencia europea de la misma manera como se estaba emancipando de su dominio político" "... las leyes deben ser propias para el pueblo que se hacen..." "¡He aquí el código que debíamos consultar y no el de Washington..." (Lievano Aguirre 1988: 248)

Diversas opiniones expresadas tanto por sectores de la “izquierda neoliberal” como de la derecha imperialista más retardataria, han enfatizado  el carácter negativo de las supuestas tendencias neo-estatistas e intervencionistas. Sin embargo, creemos necesario aclarar  que el término estatismo autoritario se ha empleado para aludir a la confiscación estatal de todas las esferas de la vida económica social articulada con la decadencia de las instituciones democráticas, la libertad y los derechos humanos correspondiente a la actual fase imperial del capitalismo monopólico transnacional (Poulantzas, 1980: 248-249) tal como ocurre en  Estados Unidos, o en las sociedades imperialistas delegadas actuales tales como Chile, Colombia, Perú, entre otras. Dicho término no se corresponde con las intervenciones  en la economía que han tenido que asumir los gobiernos revolucionarios de Venezuela, Bolivia y Ecuador, frente a la ofensiva desestabilizadora emprendida por Estados Unidos,  la Comunidad Europea  y el gobierno de Colombia, las cuales no pueden compararse con las intervenciónes de la burocracia política o político-empresarial, como fue el caso en Venezuela durante la IV República, que tenían como fin apropiarse de la plusvalía producida por las empresas del Estado (Vargas-Arenas y Sanoja, 2006: 282-284).

La agenda de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), ya mencionada (Roitman, 2008), sostiene  que “…el neoestatismo es una amenaza ideológica ya que culpa al neoliberalismo de todos los males de la región…” (nuestramericana), culpa que ha sido fehacientemente establecida por el fracaso del proyecto neoliberal en promover el bienestar de los pueblos, donde quiera que se haya aplicado en Nuestra América. Sin embargo, se puede constatar que el Estado, entendido esta vez como práctica social de resistencia al imperialismo, está resurgiendo igualmente en  Suramérica y el Caribe como consecuencia del fracaso histórico del capitalismo empresarial privado para preservar la soberanía nacional, para dar solución a los problemas de la pobreza y el subdesarrollo que creó su imposición violenta y forzada a nuestros pueblos originarios. El desarrollo autónomo de las fuerzas productivas en los países subdesarrollados,  sólo es posible vía el Estado cuando éste se  organiza como práctica social de resistencia al imperialismo a través del método del nacionalismo revolucionario que es, a nuestro juicio, la etapa inicial del camino que nos llevaría hacia la sociedad socialista.

La urgencia de construir una sociedad socialista del siglo XXI en Venezuela, como también en otros países de Suramérica, se origina en un hecho incontrovertible: mientras los procesos socialistas tienen como meta lograr el desarrollo pleno de los hombres y mujeres como seres sociales, el capitalismo, particularmente en su presente fase neoliberal, persigue un objetivo contrario; al privilegiar la preeminencia del capital  sobre el trabajo ha degradado el medio ambiente, las condiciones materiales del trabajo, provocando igualmente  la devaluación de las condiciones culturales y sociales de los pueblos. Por las razones antes expuestas,  el  capitalismo neoliberal dejó de ser un medio de desarrollo de las fuerzas productivas para convertirse en un gigantesco freno al desarrollo económico y social de los pueblos (Vargas-Arenas, 1999: 53).

El socialismo del siglo XXI es una fase histórica de transición en el proceso de desarrollo democrático participativo de los pueblos, de la construcción de una nueva Formación Económico Social Socialista, caracterizada por la planificación, el desarrollo orgánico de las fuerzas productivas, la información sobre todas las necesidades de la sociedad sistemáticamente  investigadas y divulgadas, la satisfacción de las necesidades colectivas elevada al rango de  objetivo esencial de la gestión pública, la administración de las cosas al servicio de todo el pueblo, la desaparición  o reducción en intensidad de los antagonismos de clase, de la injusticia social. Bajo el socialismo se puede orientar la espontaneidad  social hacia la reconstrucción de una democracia participativa donde, sin aplastar la conciencia privada, domine la conciencia pública y política, la conciencia de los ciudadan@s integrad@s en colectivos que reflejen la voluntad trasformadora del pueblo (Lefebvre, 1959: 47-51). En este sentido, la democracia socialista sería diferente a la democracia burguesa la cual fundamenta su existencia en la desigualdad social, que trata no con colectivos sociales sino con individuos aislados, explotados por  leyes del mercado  controladas por una minoría de capitalistas. ¿Hacia dónde va el socialismo del siglo XXI?  Hacia una sociedad donde todos los hombres y las mujeres alcancen la plena conciencia social, la libertad de realizar el potencial de sus vidas (Sanoja, 2008).

Consideramos que el socialismo es la única alternativa que garantiza la resolución definitiva del subdesarrollo; así mismo, creemos que el socialismo es una construcción social que necesita asentarse sobre bases sólidas si queremos que sea históricamente viable. A este respecto, el maestro Maza Zavala proclamaba en 1967 como condición imperativa para llegar a un modelo de desarrollo socialista, la necesidad que tenía Venezuela

“…de un nacionalismo revolucionario que apuntase hacia la liquidación del enclave capitalista extranjero, la liquidación del régimen agrario latifundista, la pérdida del poder de la oligarquía interna, el desarrollo de un poderoso sector público de economía básica, con el dominio de todos los mecanismos estratégicos del proceso de distribución y la convivencia con un sector privado limitado en cierta gama de actividades productivas y de servicios, dentro de la esfera puramente económica…” (1967: 29).

En una obra posterior, Maza Zavala concretó el desarrollo de aquel concepto, que consideramos importante citarlo en su extensión:

En una época como la presente, tan conmovida por las múltiples manifestaciones de la crisis que afecta a los patrones esenciales del modo capitalista de producción y de vida y por los procesos de renovación y crítica que toman impulso en el mundo socialista, hasta el punto de que formas y contenidos se confunden y se llega a poner en duda la validez de las leyes históricas y del cambio del orden social, se hace indispensable establecer prelativamente el principio orientador de la crítica social y de las transformación revolucionaria de la realidad: este principio, para nosotros fuera de toda duda, es la democracia socialista. Perseguimos la liquidación de la dependencia a que está sometida la nación venezolana, del subdesarrollo que bloquea las fuerzas del crecimiento orgánico de nuestra economía y del bienestar social, de la alienación de nuestra cultura y de nuestra identidad de pueblo; y porque perseguimos eso, planteamos la exigencia de la liquidación del capitalismo que ha adquirido en nuestro país sus características más negativas, más deformantes, más destructivas, más desnacionalizadoras y más destructoras de la calidad de vida… cuya característica dominante es la expansión y la profundización del supermonopolio, la concentración creciente del poder de acumulación y de extracción de ganancias “ (Maza Zavala 1985: 70-71).

Consideramos necesario, desde este punto de vista, profundizar el análisis de la función que cumpliría el Estado como praxis de resistencia antiimperialista en la fase nacionalista revolucionaria del proceso socialista, entendiendo que se trata de una nueva forma de organización política, económica, cultural y social que asumiría el Estado, en la fase de transición hacia  la construcción  del socialismo, particularmente en países periféricos al núcleo de países desarrollados donde el modo de producción capitalista dependiente se convierte en una traba para el desarrollo de las fuerzas productivas. Ello es consistente con lo expuesto por Borón sobre la naturaleza dialéctica del Estado el cual, dice dicho autor:

no es una entidad metafísica  sino una criatura histórica, continuamente formada y reformada por las luchas de clases, sus formas difícilmente puedan ser interpretadas como esencias inmanentes flotando por encima del proceso histórico…” (Borón 2002: 108).

Para comprender más claramente la diferencia que proponemos entre el Estado como práctica de resistencia social y cultural en Nuestra América y  sus otras manifestaciones fenoménicas en la actualidad, tratamos en este ensayo de establecer tentativamente, con vistas a una discusión futura, tres tendencias históricas actuales del  Estado relacionadas con el  antiguo socialismo real, la antigua social-democracia latinoamericana (pre-neoliberal) y el socialismo del siglo XXI:
     A) Un tipo de capitalismo de Estado que podría definirse como un sistema redistributivo centralizado de la plusvalía socialmente producida, el cual tendría como característica la reproducción de  una sociedad jerárquica con una clase política-burocrática dominante. Ejemplo dela primera serían la antigua URSS y la República Popular China que podrían considerarse como expresión del socialismo burocrático  del siglo XX.

      B) Un sistema capitalista centralizado, expropiador de la plusvalía socialmente producida para redistribuirla principalmente entre una clase política minoritaria burocrática-empresarial dominante y, colateralmente con la mayoría de la población,  reproduciendo un Estado opresor, socialmente injusto y proimperalista. Ejemplos emblemáticos de esta alternativa en Nuestra América serían el  antiguo régimen del Partido Revolucionario Institucional de México y, en Venezuela. la IV República o régimen bipartidista de Acción Democrática y COPEI.

     C) La existencia de un tipo de Estado socialista que podría definirse como un sistema redistributivo-generativo, participativo y descentralizado de la plusvalía socialmente producida vía las instituciones de poder popular, como las misiones, comunas y consejos comunales en el caso venezolano, que apuntaría hacia la disolución de las estructuras jerárquicas de la sociedad burguesa para crear  una sociedad igualitaria estructurada en redes sociales solidarias transversales.  Ejemplo de lo anterior serían el modelo nacionalista revolucionario bolivariano considerado como la fase inicial del socialismo venezolano del siglo XXI, el modelo socialista desarrollado por la  Revolución Cubana y lo que podrían devenir los procesos revolucionarios de Bolivia y Ecuador.

Para comprender a cabalidad la diferencia entre el Estado como expresión del socialismo del siglo XXI y aquel que es expresión de los intereses del  capitalismo burgués, es importante  volver a citar Borón, quien  nos ofrece una acertada descripción de lo que consideramos el tipo 2 y las políticas represivas que desarrolla el Estado nacional capitalista dependiente en Nuestra América (e igualmente en otras partes del mundo) para apuntalar la organización de regimenes capitalistas cada vez más injustos y desiguales. Dichos regímenes, que tienen como finalidad la reproducción ampliada de la pobreza y la exclusión de la mayoría de las poblaciones para enriquecer cada vez más las oligarquías locales y a sus amos metropolitanos, estarían caracterizados por un modelo de políticas regresivas y antipopulares que podría caracterizarse por:

concesión de subsidios directos a las empresas nacionales; gigantescas operaciones de rescate de firmas y bancos  costeadas, en muchos casos, con impuestos aplicados a trabajadores y consumidores; imposición de políticas de austeridad fiscal y ajuste estructural encaminadas a garantizar mayores tasas de ganancia de las empresas; devaluar o apreciar la moneda local a fin de favorecer algunas fracciones del capital en detrimento de otros sectores y grupos sociales; políticas de desregulación de los mercados; ´reformas laborales´ orientadas a acentuar la sumisión de los trabajadores al tiempo que se facilita la ilimitada movilidad del capital; ´ley y orden´ garantizados en sociedades que experimentan regresivos procesos sociales de reconcentración de riqueza e ingresos y masivos procesos de pauperización; la creación de un marco legal adecuado para ratificar  con todas la fuerza de la ley la favorable correlación de fuerzas de que han gozado las empresas en la fase actual; establecimiento de una legislación que ´legaliza´ en los países de la periferia, la succión imperialista de plusvalía y que permite que las superganancias de las firmas transnacionales puedan ser libremente remitidas a sus casas matrices…” (Borón 2002: 112).  Cualquier lector avezado en el estudio de nuestra historia contemporánea podría identificar sin vacilación los gobiernos venezolanos de la IV República entre 1958 y 1998 y el actual gobierno de Estados Unidos de América.
Definición del método nacionalista revolucionario
En los países subdesarrollados y dependientes, las oligarquías antipatriotas locales forman el núcleo duro de los enclaves transnacionales que reproducen  el atraso y la dependencia. Para enfrentar esa situación, Losada Aldana (1967: 188-189) propuso la formulación concreta del modelo llamado revolucionario nacional, fase inicial de la sociedad socialista, el cual correspondería con el tipo 3 o Estado socialista ya mencionado, igualmente comprometido con los procesos revolucionarios mundiales. Dicho modelo (o método según nuestro razonamiento) se fundamentaría en la nacionalización total o parcial de los medios básicos de producción, particularmente los dedicados a la producción de energía, el mantenimiento de la soberanía financiera, de la producción de alimentos para sostener la soberanía alimenticia, a la producción de servicios en el área de la comunicación, la información, la cultura y la educación y, finalmente, en nuestro caso particular, a la nacionalización del enclave capitalista extranjero, excluido el capitalismo interno. Esta última condición, que podría ser tachada de reformista, se explica por el hecho que este método supone como condición la existencia de una fase o frente político de lucha por la liberación nacional dentro de la lucha de clases, donde pueden tener cabida igualmente los capitalistas nacionales patriotas y honestos, frentes que facilitaron la lucha por la liberación nacional en países como Argelia, Vietnam, Iran, Nepal, China, Nicaragua, EL Salvador, etc., entre otros. Los movimientos sociales tienen que organizarse como clase en su propio país ya que este es la palestra inmediata de sus luchas, aunque esta lucha es nacional, no por su contenido, sino por su forma (Marx 1963: 237).

De lo anterior se asume que la vía democrática hacia el socialismo designa un  proceso largo, cuya primera fase implica la impugnación de la hegemonía del capital monopolista, mas no la subversión radical de todo núcleo de las relaciones de producción, a riesgo de que las oligarquías subsidiadas por el imperialismo estadounidense puedan y logren efectivamente sabotear los procesos revolucionarios (Poulantzas, 1980: 242).

La política cultural socialista: método ideológico para el cambio revolucionario

La condición esencial para garantizar la transición de esta fase de nacionalismo revolucionario hacia la sociedad socialista, es la formulación de un proyecto cultural educativo destinado a formar los valores sociales y culturales, la conciencia crítica y reflexiva que debe animar a los ciudadan@s  para que construyan y hagan crecer el  socialismo. Como hemos expuesto en otra de nuestras obras dedicada a análizar  los contenidos històricos, culturales y sociales de la Revoución Bolivariana:

“… Todo Estado nacional incluye en su proyecto político, pues, la producción y reproducción institucionalizada de una cultura, lo que equvale decir, que todo proyecto político es en sí mismo cultural y posee una expresión cultural. Una nación, entonces, como proyecto político, es un hecho cultural…”  (Sanoja y Vargas-Arenas, 2008: 167).

La construcción del socialismo es parte consustancial de la lucha de clases, de la movilización ideológica donde deben prevalecer los sujetos políticos revolucionarios. Esta movilización ideológica es condición necesaria para que el pueblo pueda identificar aquel objetivo decisivo como una conclusión que se impone racional y culturalmente a partir de la educación, para que logre definir claramente lo que es posible lograr en esta fase de la lucha y –particularmente- cómo se podría dar la construcción del socialismo (Lenin 1976: 132).,

La ideología es el medio a través del cual opera la conciencia del ser. La ideología incluye tanto la cultura como las experiencias de la vida cotidiana, las doctrinas intelectuales, la conciencia de los actores sociales, los sistemas de pensamiento y los discursos institucionales de una sociedad dada (Therborn, 1987: 2). Solo es posible crear una cultura de la Revolución, si se crean los medios educativos para conocer con precisión y objetividad el acervo de conocimientos conquistados por la humanidad bajo el yugo de la sociedad capitalista (Lenin 1976: 129). De alli se deduce, como hemos señalado en otros trabajos (Vargas Arenas y Sanoja 2006: 185-2008) la importancia que tienen los Museos de Historia, Ciencia y Tecnología para la formación de la conciencia histórica en los colectivos sociales. La elaboración de políticas culturales revolucionarias para ganar la mente y el corazón de los ciudadan@s, distintas a las de la cultura burguesa, es el componente más estratégico para la construcción del socialismo. De ellas depende, “si se actúa con buena decisión y dirección, que se logre humanizar los grupos de venezolan@s e igualmente a los ciudadan@s de otros países que han sido deshumanizad@s por el capital extranjero, alejándolos simultáneamente de sus tradiciones, de su pasado histórico y cultural, haciendo que su medio social y natural, su lengua, sus costumbres, sus valores morales y sus ideales sean extraños a esos pobres seres, cuya mente ha sido disociada sicóticamente por las campañas mediáticas traidoras para que acepten como suyos los del colonizador extranjero” (Quintero, 1968:112).

Si esa condición no se cumple, el Estado como práctica social de resistencia podría tornarse en una forma regresiva de capitalismo despótico burgués del tipo 2 ya descrito. Las movilizaciones ideológicas tienen un definido carácter existencial que se apoya a su vez en la movilización de la subjetividad individual de los hombres y mujeres comprometid@s con el socialismo. El objetivo de una política cultural revolucionaria es el  de crear en los colectivos sociales una ideología revolucionaria que se concrete a su vez en una ideología de clase, sin la cual el asalariado se deshumaniza, zozobra en el pragmatismo y pierde la conciencia social  y política sobre la necesidad de resolver los problemas que retardan o impiden el desarrollo soberano de su nación y de su clase social.

Como observó Engels (1975: 148-151), el mejoramiento y la resolución definitiva de las carencias que limitan la calidad de vida material,  proceso que impacta las dimensiones culturales que conforman la subjetividad humana, es una condición necesaria para construir el socialismo, pero no es la meta final del mismo. Ello cobra particular importancia en los procesos revolucionarios que tienen  como tarea -tal es el caso de Venezuela, Bolivia y Ecuador- resquebrajar regímenes capitalistas que se encuentran en crisis. En estos casos, la ejecución de acciones directas e inmediatas son las que tienen mayor urgencia e importancia.

La movilización ideológica de la sociedad con base a las experiencias, valores y símbolos del pasado,  es un componente de la movilización nacionalista entendida como práctica social antiimperialista. Sin embargo, es igualmente necesario movilizar el futuro contra el presente: el logro de una sociedad justa como garantía de la victoria final sobre la injusticia presente. El imperialismo, como hemos visto, adopta también medidas preventivas contra el futuro utilizando el miedo como mecanismo de dominación, lo que se denomina movilización por miedo anticipado (Therborn, 1987: 99), tal como ocurre en Venezuela con la ofensiva mediática externa e interna, armada por las transnacionales de medios de comunicación privados, contra el movimiento bolivariano que lidera nuestro presidente Hugo Chávez.

El sistema ideológico de las sociedades nunca es estático, sino que cambia constantemente según las prácticas y condiciones históricas. Cuando aquel no constituye una amenaza seria para el régimen dominante, puede derivar en un  simple cambio formal de los diferentes agentes políticos, de las condiciones que inciden en la formación de las nuevas generaciones, cosa que ocurriría, particularmente, en  aquellos regímenes muy condicionados todavía por coyunturas dramáticas del pasado. Dichas coyunturas pueden influir también en los nuevos agentes políticos revolucionarios, desplazando el viejo discurso de los dominadores, determinando una nueva correlación de fuerzas diferente a la que existía en la sociedad anterior o en otras sociedades que experimentan similares procesos de cambio histórico. Esto puede llevar también –como en el caso de nuestra revolución bolivariana- hacia un tipo de movilización ideológica por el ejemplo que puede inspirar también contra-ejemplos en el discurso de las antiguas clases dominantes del propio u otros países, como es el caso en Bolivia y Ecuador en relación al proceso bolivariano venezolano. Las ideologías son un arma de doble filo, ya que así como pueden consolidar los sistemas de poder,  mal concebidas pueden ser también la causa de su hundimiento y su desviación. Ésta es la tarea teórica y políticamente decisiva… pero la tarea no ha hecho más que comenzar (Therborn, 1987: 99-101).

El Estado como praxis  antiimperialista: motor del desarrollo revolucionario

Tanto el capital transnacional como el sector de la burguesía que representa sus intereses en los países, como ya se dijo, son parte orgánica de las estructuras del   subdesarrollo y el atraso, incluyendo la dependencia cultural de los centros metropolitanos del Imperio. Para entender la razón de la fase revolucionario nacionalista, como se ha explicado, baste considerar la diferencia neta que existe generalmente entre el bajo nivel de inversiones que hacen las transnacionales en los países dependientes y subdesarrollados, el enorme volumen de capitales repatriados hacia sus casas matrices en las metrópolis imperiales, así como el fortalecimiento de las diversas formas de dependencia y penetración cultural. Por el contrario, corroborando la eficacia de la estrategia revolucionaria nacionalista, podemos ver cómo se  recuperan las formas culturales de los pueblos y se intensifica y orienta racionalmente el proceso nacional de acumulación de capitales en los países que han nacionalizado todos o parte de los medios básicos de producción, como es el caso de Venezuela, Cuba, Bolivia y Ecuador. Como señaló el antropólogo venezolano Rodolfo Quíntero (1968:112):

“… La liberación de las masas populares implica la liberación de la personalidad. Las culturas nacionales, al abrir a todos los venezolanos el camino hacia la ciencia, los conocimientos y la actividad política, minan las bases del individualismo fomentado por la colonización y sienta las bases de la combinación orgánica de los intereses personales y los colectivos, sin lo cual no es posible un desarrollo multilateral de la personalidad…”

Este “mal ejemplo”  es el  que el Imperio se apresta a obstaculizar y castigar para impedir que otros países lo imiten, ya que la liberación de las masas populares para que éstas se hagan dueñas efectivas de su riqueza nacional,  reduce el volumen de la renta imperial  que los pueblos dominados deben pagar anualmente a los bancos del Imperio por concepto del pago del capital y los intereses de la deuda externa para mantener la liquidez del sistema financiero transnacional. Como estamos viendo en la coyuntura actual, el proceso de gran acumulación de capitales existente en Brasil, Argentina y Venezuela parece haber causado, en buena parte, el descalabro de la banca imperial, particularmente del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Puesto que el objeto del Estado como praxis de resistencia antiimperialista es  promover la acumulación de capitales para la inversión productiva y la creación de una nueva sociedad, de una nueva cultura  que nos conduzca hacia la independencia nacional, hacia  el socialismo, el Estado debe ser el factor más dinámico del desarrollo social, sustituyendo en este caso el papel que cumple la burguesía en el  modelo capitalista “puro”. Esto se explica porque al controlar el flujo y el proceso de acumulación de capitales y crear los nuevos valores de la cultura socialista, se fortalece la soberanía nacional frente a la voracidad del Imperio y sus transnacionales; se explica igualmente porque, como acotamos en párrafos anteriores,  las revoluciones socialistas ocurren en aquellos países dependientes de la periferia capitalista donde las burguesías nacionales no son capaces de superar el estancamiento del subdesarrollo, debido fundamentalmente a la interferencia negativa de las estructuras capitalistas externas o transnacionales que son factores del subdesarrollo mismo. Si la nacionalización ha sido parcial, como sería el caso actual de Venezuela, el método nacionalista revolucionario debería tender a movilizar los capitales privados hacia la inversión productiva que requiere el desarrollo social nacional (Losada Aldana, 1967: 190).

Los Estados nacionales de nuevo tipo

Tal como podría ocurrir en Suramérica si se dan las condiciones políticas adecuadas, las economías  revolucionarias nacionales podrían fusionarse o relacionarse dentro de contextos regionales más amplios, en la medida que ello suponga la creación de un Estado multinacional de nuevo tipo, soportado en el modelo nacional revolucionario o antiimperialista. Ello alude a un tipo de Estado multinacional, desregulado en su interior, donde el actual Estado nacional no desaparecería, sino que reconstituiría y generaría nuevas formas de regulación orientadas hacia la lucha contra la dependencia y la dominación neocolonial, en términos de colectivos más amplios y organizados que los primigenios Estados nacionales individuales, englobando mercados solidarios más amplios y organizados, con mayor capacidad de  intercambio  y consumo de bienes materiales y culturales (Vargas, 2007a).

En el caso de Suramérica y el Caribe, es posible crear estructuras, étnicas y culturales, así como de intereses estratégicos económico-políticos y económico-sociales comunes (Sanoja y Vargas-Arenas, 2005a:152). En este caso, la lucha contra el subdesarrollo, la dependencia, la pobreza y el atraso serían una meta común a lograr de manera conjunta por los diferentes Estados asociados. Como ha dicho Lefebvre, es el reflejo de aquellos problemas y necesidades en la vida cotidiana, lo que determinará la formación de un vínculo entres los miembros de aquellas sociedades:

“...Aquellas necesidades en la vida cotidiana son una fuerza cohesionadota para la vida social, aún en la sociedad burguesa y ellas, no la vida política, son el vínculo real...”. (Lefebvre 1991: 91, enfasis nuestro).

De la misma manera, un proceso regional armónico de acumulación de capitales, de desarrollo cultural socialista, permitiría la conformación de un polo de desarrollo alternativo al del Imperio, capaz de mantener relaciones de complementariedad con otras formaciones nacionales revolucionarias o  no imperialistas que existen en otras partes del mundo. 

En los actuales momentos, 2009, el capitalismo está viviendo una de sus crisis estructurales más severas, la cual puede  llegar a comprometer inclusive la hegemonía mundial que detenta la cabeza del Imperio, Estados Unidos. Esta crisis sistémica generalizada del capitalismo, podría acentuar aún más el carácter belicista y colonialista del gobierno transnacional estadounidense, ya que a la crisis financiera especulativa se suma otra de mayores proporciones: el deterioro de la economía productiva y el agotamiento de las reservas petroleras mundiales. Como discutiremos más adelante, en la actual coyuntura mundial las mayores reservas mundiales de hidrocarburos líquidos o gaseosos no se encuentran en el espacio territorial de los países capitalistas desarrollados, sino precisamente en naciones que forman parte de su periferia como Rusia, Arabia Saudita, Venezuela, Bolivia e Irán, todos los cuales, excepto Arabia Saudita, están enfrentados en mayor o menor grado al poder hegemónico de Estados Unidos. Este hecho tiene una relevancia especial para comprender el futuro y las posibilidades de triunfar o permanecer que tienen los movimientos socialistas de los países periféricos.

En el pasado, los movimientos socialistas exitosos ciertamente no se produjeron como consecuencia de las crisis productivas del capitalismo empresarial. Los bolcheviques tomaron el poder en la extinta URSS; Mao y el Partido Comunista triunfaron en China; los vietnamitas derrotaron a Estados Unidos, y en Cuba triunfó la Revolución Cubana, todos durante períodos de intenso crecimiento del núcleo desarrollado de países capitalistas (Katz, 2007: 10). Estos períodos de auge económico lo alcanzaron esos países forzando un decrecimiento similar del desarrollo de las fuerzas productivas de la periferia neocolonizada como fue el caso particular de Venezuela, de Bolivia y Ecuador. En la presente coyuntura  mundial, el despertar del socialismo del siglo XXI coincide con una severa crisis financiera y productiva del sistema capitalista internacional. Ello podría llevarnos, en el mejor de los casos, hacia una solución negociada de los conflictos o a provocar una nueva escalada de violencia militar contra los países petroleros con consecuencias imprevisibles para la humanidad.

Para garantizar la fluidez de la expoliación de recursos, el Imperio siempre ha tratado de destruir los movimientos antiimperialistas de liberación nacional en Nuestra América mediante invasiones militares, dictaduras militares o dictaduras de partidos pseudo-democráticos que representan los intereses de las oligarquías nacionales y transnacionales, como es el caso concreto de Colombia, Perú y México, entre otros. Pero es también posible que por  la acción de diversos factores que determinan la coyunturas histórica, la fuerza del Imperio no logre derrotar los movimientos populares y pueda triunfar  el antiimperialismo de liberación nacional que han conquistado el gobierno y buena parte del poder en Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia, apoyando su lucha para lograr la soberanía plena de sus países en la propiedad estatal de los principales medios de producción, particularmente el petróleo y el gas.

Prueba evidente de la nueva correlación de fuerzas antiimperialistas que se está creando en Nuestra América  es la condena contundente de la reciente agresión bélica lanzada por el sector fascista del  gobierno y el ejército colombiano contra la República del Ecuador en Marzo del 2008, acción destinada a torpedear el proceso de integración nuestroamericana, gracias a la actitud coherente y valiente que mostraron todos los presidentes nuestroamericanos que integran el Grupo de Río el día 6 de Marzo de 2008, con la excepción del de Colombia, Álvaro Uribe, quien representa los intereses del  Imperio. Otra demostración concreta de dicha nueva correlación, es la inclusión en Diciembre de 2008, por unanimidad, de Cuba Socialista en el Grupo de Río y en la Comunidad de Naciones Suramericanas y Caribeñas,  la exclusión de los gobiernos de Estados Unidos y Canadá y el fortalecimiento de los vínculos entre Venezuela, Cuba, Brasil, Bolivia, Ecuador y Argentina con Rusia y China. Finalmente, la condena internacional al golpe oligarquico-militar contra el gobierno democrático de Manuel Zelaya, Honduras ocurrido en Junio de 2009, aún si el régimen de facto no entregase el poder a las autoridades electas por el voto popular,, representaria una victoria ideológica del nuevo proceso civilizador que comienza a significar para nuestros pueblos el modelo geoestratégico de la Alianza Bolivariana para América Latina  (ALBA). Esto constituye la demostración evidente de nuestra argumentación en la presente obra: la única posibilidad de lograr la verdadera liberación y la independencia nacional en Nuestra América del coloniaje estadounidense y europeo, es la conformación de nuevos procesos civilizadores socialistas dentro de un bloque histórico nuestroamericano independiente que diseñe su propia meta y sus objetivos políticos, dentro del contexto multipolar de bloques históricos que comienza a conformarse en esta nueva era que vive la humanidad. Podríamos decir que la antigua relación centro-periferia que  expresa el proceso histórico de dominación ejercido por el bloque de países capitalistas desarrollados, la llamada civilización occidental, sobre el resto del mundo, pudiera estar llegando a su fin.

La alocución del presidente Hugo Chávez el 2 de Febrero de 2008 para presentar los logros de los primeros nueve años de gobierno bolivariano, no deja duda sobre los resultados positivos del método  nacionalista revolucionario y del Estado tipo 3, entendido éste como una práctica social para promover el poder popular y la justicia social en democracia. Todos los indicadores sociales y económicos: salud, educación, vivienda, empleo, alimentación, precios, seguridad social y personal, autoestima, soberanía y respecto internacional, etc., indican de manera fehaciente que en el breve lapso de nueve años se ha logrado corregir buena parte de las distorsiones que introdujo el capitalismo en la sociedad venezolana durante 500 años de dominio hegemónico. Falta todavía profundizar la creación de la cultura revolucionaria que sustente la sociedad socialista. Todo lo anterior ha sido posible gracias a la nacionalización de los principales medios de producción, particularmente el petróleo, el gas, la petroquímica, las telecomunicaciones, parte de la banca y a la creación de nuevas formas de propiedad no burguesa, la lucha por la soberanía alimentaria y las políticas monetarias que han racionalizado la exportación de capitales fuera de Venezuela. Ello ha permitido profundizar el proceso interno de acumulación   de capitales, profundizar la inversión social para mejorar la calidad de vida de todos los venezolan@s, incluyendo aquellos que son enemigos de la Revolución Bolivariana, y proponer  a la comunidad de UNASUR la creación de nuevas instituciones financieras internacionales como el Banco del Sur y el Banco del Alba. Una nueva estrategia económica y financiera planteada en la reunión de presidentes del ALBA  del 23 de Noviembre de 2008 por el presidente del Ecuador  Rafael Correa, es la creación de un Fondo de Estabilización de de Intercambios Comerciales,  utilizando para ello una moneda contable que se denominaría SUCRE (Sistema Unitario de Compensación Regional). Un elemento importante es la posibilidad de que Rusia se una al ALBA y al Fondo de Estabilización, lo cual permitiría la transferencia de tecnologías de punta, mercancías y capitales hacia los países del ALBA. La creación de estas instituciones está diseñada para revertir las políticas intervencionistas perversas del Fondo Monetario Internacional  y el Banco Mundial, cuyo único fin es mantener la hegemonía del mundo capitalista desarrollado sobre los países de su periferia.

Iguales resultados se están obteniendo en países suramericanos como Bolivia y Ecuador, donde en un tiempo todavía menor la estrategia del Estado como práctica de resistencia antiimperialista está resolviendo los problemas seculares de la pobreza y la exclusión de la mayoría de la población, acumulados también luego de 500 años de capitalismo burgués, como manera de establecer la condiciones fundamentales para construir el socialismo. .

Enfrentados a esta nueva –y quizás final- crisis sistémica del capitalismo burgués, los paladines del neoliberalismo reunidos en la última conferencia celebrada en Davos,  Suiza, en 2008,  han caído finalmente en cuenta que el modelo de economía neoliberal que proponen, solo los lleva al caos financiero. Decía Adam Smith (1958: XXV-XXVI):

“…Los ricos escogen del montón sólo lo más preciado y agradable. Consumen poco más que el pobre, y a pesar de su egoísmo y rapacidad natural, y lo único que se proponen con el trabajo de esos miles de hombres a los que dan empleo es la satisfacción de sus vanos e insaciables deseos, dividen con el pobre el producto de todos sus progresos. Son conducidos por una mano invisible que los hace distribuir las cosas necesarias de la vida…”  (Énfasis nuestro).

Los defensores a ultranza del neoliberalismo, enfrentados a esta severa crisis financiera del capitalismo, habrán quizás comprendido, amargamente, que aquella célebre frase de Adam Smith era simplemente… una metáfora  literaria, no un principio económico…



CAPÍTULO 7.
La soberanía sobre los recursos naturales, es la puerta de entrada al otro futuro
(Rayuela. Diario La Jornada. 24-08-2008 México)

El Neo-evolucionismo y la energía: legitimación ideológica del neocolonialismo

Debido a causas naturales y geológicos lo que queda de los principales recursos energéticos, materias primas y recursos naturales  que mueven y mantienen la vida del bloque de  dichos países se encuentran hoy día –con excepciones- fuera del ámbito territorial del denominado Primer Mundo o “civilizado”, en países donde vivimos los pueblos que aquéllos consideran como “bárbaros”., recursos que se encuentran al borde su  agotamiento por la utilización irracional que han hecho de ellos los países capitalistas desarrollados. Esto es particularmente cierto con relación al petróleo y el gas, los  principales suelos agrícolas, el agua y la biodiversidad, recursos energéticos y vitales que mueven y sostienen la economía, la industria, las finanzas, la cultura y la calidad de vida en general de la sociedad del Primer Mundo (Britto-García, 2007: 79-105). Pensando en términos de futuro, las fuentes de energía alternativa y el futuro sustento de la vida los pueblos en la era pos-petrolera, el sol, el agua e incluso las extensiones de tierra para producir eventualmente el etanol, los fármacos que producen fabulosas ganancias a las transnacionales farmacológicas, la mano de obra barata, etc., se hallan también en la región tropical del planeta habitada por  los pueblos denominados “bárbaros” o subdesarrollados.

Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, el mundo capitalista desarrollado se autoabastecía en su territorio de  los recursos energéticos que necesitaba para su desarrollo industrialista. Durante esa época, los extensos bosques de pinos, robles,  olmos, encinas, etc., que cubrían las llanuras y las montañas de Europa Occidental y Oriental, proporcionaron primero la madera para fabricar los barcos, la leña para alimentar los hornos, calderas y motores movidos a vapor, las arcillas y los minerales para la industria alfarera y la cerámica, la piedra, la arena, los químicos y todos  los materiales constructivos para reconstruir las antiguas ciudades medievales y los enseres mobiliarios para servir las viviendas,  empresas, fabricas, oficinas, etc., y las pieles, los cueros y la lana para uso doméstico e industrial y otro, y luego, en la fase capitalista industrial, el hierro y el carbón de hulla  para la siderurgia y la fabricación de maquinarias industriales. Ello determinó el surgimiento de una clase trabajadora que se convirtió en la contraparte histórica de la burguesía europea creando una nueva forma de  división del trabajo y de distribución desigual del capital y de la renta del capital.

A partir del siglo XX,  con el auge de los motores de explosión, el petróleo y sus derivados comenzaron a desplazar la utilización del carbón de hulla, gran parte de cuyos mayores depósitos naturales se encuentra principalmente en Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos y Rusia. De manera concomitante, se crearon grandes corporaciones para la explotación del petróleo, particularmente estadounidenses y angloholandesas, cuyo desarrollo dio inicio a una nueva expansión imperialista del mundo desarrollado que aumentó los mecanismos del subdesarrollo, la pobreza y la dominación de los pueblos periféricos al Primer Mundo.

La necesidad de controlar las fuentes de energía necesarias para mantener  el ritmo expansivo del sistema capitalista occidental, determinó que a partir de los años treinta del pasado siglo, ciertos grupos de antropólog@s y filósof@s neoevolucionistas de la academia estadounidense comenzasen  a reformular el paradigma del progreso, del evolucionismo y el darwinismo social para explicar y legitimar esta nueva fase de la expansión colonial capitalista.  Como lo explicaba John D. Rockfeller, dueño de la Standard Oil Co., quien fue un convencido darwinista social, el crecimiento de las grandes corporaciones o transnacionales se explicaba como la supervivencia de los mejores, como lo mandan las leyes naturales y la ley de Dios (Patterson, 1997a: 48). En términos de la nueva versión elaborada por la escuela culturológica estadounidense, la ideología del progreso pasó de ser una cualidad etérea determinada por la excelencia ética e intelectual de un pueblo escogido, a convertirse en una calidad concreta y en una magnitud relacionada con la capacidad que tenga un pueblo determinado para: a) aumentar la energía (equivalente actualmente al petróleo) controlada apropiada y consumida per capita y por año y b) por el aumento de la eficiencia o la economía de los medios para controlar la energía o ambos (White, 1959. 40, 56).

Según aquella propuesta,  una sociedad (civilizada) progresa en la medida que aumente su consumo de energía no humana (petróleo, gas, agua, aire). En tal sentido,  el grado de progreso se evaluaría: a) como la relación existente entre el producto y el trabajo humano invertido para lograrlo (costo beneficio) y b) según como se incremente la cantidad de bienes y servicios que sirven para satisfacer las necesidades,  producidas por  o extraídas de cada unidad de trabajo humano (mayor plusvalía). Dicho en otras palabras, lo que se persigue es aumentar el nivel de explotación del trabajador y la trabajadora. El progreso social se aceleraría, pues, en la medida que, disminuyendo la cuantía del capital invertido, se pueda incrementar la plusvalía extraída de cada trabajador o trabajadora (White, 1959: 47).

Los teóricos de la escuela estadounidense de la Culturología consideraban que el sistema cultural (Nación) que sea capaz de explotar más efectivamente las fuentes de energía  de un ambiente determinado, tenderá a expandirse  en dicho ambiente a expensas de los sistemas menos efectivos (Shalins y Service, 1961: 75). Según estos mismos autores, un sistema cultural (nación)  de carácter progresivo, en vez de desarrollarse en profundidad, tenderá a expandirse lateralmente hacia otros tipos de ambiente (op.cit: 70), absorbiendo a los sistemas menos avanzados que resistan su política de dominación (op.cit 88). La evolución cultural, según estos autores, es considerada entonces como el proceso mediante el cual  la utilización de los recursos del planeta por parte de la materia viviente tiende a hacerse más y más eficiente, determinando que se produzca un flujo máximo de la energía  total (petróleo y gas, aire y agua) extraída del ambiente, utilizando al máximo la capacidad de la fuerza de trabajo.

Los teóricos modernos de la escuela culturalista expresaron igualmente en 1961 que si bien la evolución de la materia y del universo márchan hacia un aumento en la organización y la concentración de la energía (hegemonía imperial), la cultura y la vida se encaminan hacia una situación de creciente heterogeneidad. Ello implicaría la posibilidad de que llegue a desarrollarse a nivel mundial, no un sistema cultural hegemónico, sino un conjunto de diversos sistemas sociales no hegemónicos, tal como está ocurriendo actualmente.

Analistas internacionales como Alfredo Jaliffe-Rahme (2008),  han destacado que en la actualidad las transnacionales petroleras privadas ocupan alrededor del 23% del negocio petrolero mundial, mientras que Petrochina, Gazprom y las otras empresas petroleras estatales –incluida nuestra PDVSA- controlan  el 70%  de dicho negocio. Ello podría representar en el mercado mundial una capitalización aproximada de 1.500 millones de millones de dólares. Este hecho se está materializando efectivamente en la gestación de un mundo multipolar cuya tendencia se intensificará en la medida que se agrave la actual crisis financiera del capitalismo mundial (mapa 3).

En el escenario inmediato que nos plantea este análisis, los pueblos y países considerados subdesarrollados están más que justificados para proteger su autonomía y su soberanía, a promover políticas para  nacionalizar sus principales medios de producción, particularmente el petróleo, el gas, la petroquímica, el hierro, el acero y el aluminio, los suelos agrícolas, el agua, la electricidad, la energía atómica, la producción de alimentos,  la cultura, las comunicaciones y los medios imaginarios de reproducción de la ideología. Esto, para aquellos que son partidarios de la hegemonía mundial del capitalismo del Grupo de los Ocho que podría ser considerado como totalitarismo, es la única manera no sólo de preservar la soberanía y la independencia de nuestros pueblos, sino de crear y conservar una sociedad y una cultura mundial diversa y democrática. En tal sentido, el  modelo revolucionario nacional viene a ser para nuestros pueblos y particularmente para países como Venezuela, Ecuador y Bolivia una necesidad estratégica para, vía nuestro desarrollo independiente, superar el subdesarrollo que nos ha sido inducido por el capitalismo europeo y el estadounidense.


Capitulo 8.
 Desarrollo socialista vs. Subdesarrollo Capitalista

  
Los pueblos de Nuestra América que fuimos forzados a incorporarnos dentro del sistema  mundial capitalista mercantil como consecuencia de la expansión colonial europea que se inició en el siglo XVI, hemos sido considerados en el imaginario del capitalismo como el segmento atrasado de la civilización occidental, cuando en realidad las condiciones de pobreza y el supuesto atraso de nuestros pueblos fueron causados por las formas de explotación y  dominación  impuestas por la estructura colonial capitalista (mapa 4).

Como consecuencia de la expansión colonial del capitalismo, en el seno de nuestras propias sociedades los sectores de la clase media y la gran burguesía se han constituido como enclaves  dependientes del capitalismo desarrollado europeo y estadounidense, participantes de la ideología de progreso, desarrollo y discriminación social  sostenida por las oligarquías transnacionales de los países capitalistas desarrollados (Vargas, 2007a). Debido a la crisis energética y financiera que amenaza el futuro de los países capitalistas más desarrollados, la conservación de los privilegios sociales, culturales y económicos que garantizan la supervivencia del modo de vida capitalista solo será posible si las oligarquías transnacionales  logran mantener marginada  en la pobreza a la mayoría de personas tanto de sus propios países como del Tercer Mundo. Ello solamente podrá realizarse mediante la instauración de Estados despóticos, policiales y represivos como el que se está dando en Estados Unidos, o como los que ya existen en México, la mayor parte de América Central, Colombia, Perú y Chile.

Para poder sobrevivir, el Imperio tendrá que invertir cada vez más en el desarrollo del complejo militar industrial y de ejércitos privados para invadir y controlar a nivel mundial las fuentes de energía fósil, los recursos hídricos, las fuentes de  minerales radioactivos, el comercio, la producción agrícola y pecuaria, los medios de comunicación de todo tipo, la industria cultural, la cultura, la historia y las relaciones sociales de las poblaciones, en fin, para lograr la hegemonía total, sin disidencias, sobre la vida de los pueblos del mundo. Felizmente, el logro de ese objetivo totalitario del Imperio no parece estar garantizado ni en el corto ni en el mediano plazo. 

Cuando analizamos las relaciones existentes actualmente entre los países capitalistas del Primer Mundo y los nuestros que ellos consideran como su periferia, observamos que  contrariamente a lo que han sugerido las teorías, sobre todo las de la dependencia y el subdesarrollo, no es cierto que estemos viviendo una etapa anterior a la fase  evolutiva de los pueblos económicamente “más desarrollados”, sino que hemos sido hasta el presente  su contraparte, la condición necesaria para que ellos puedan existir y evolucionar gracias a la expoliación de nuestras riquezas.

Por esas mismas razones, nuestros pueblos muestroamericanos, africanos o asiáticos han sido ubicados por los historiadores y apologistas de la civilización occidental  en un estatus histórico, político y cultural que va del colonialismo abierto hasta las formas más sutiles de neocolonización. De allí se infiere que, debido a las carencias educativas-culturales acumuladas gracias a la complicidad de las elites políticas que nos han gobernado desde el inicio del proceso de  expansión colonial europea en el siglo XVI,  los pueblos periféricos, en particular los de Nuestra América, difícilmente podrían absorber actualmente la tecnología moderna en sus procesos productivos -aunque sea parcialmente- lo cual les impide emular los modos de vida, los procesos civilizadores de las naciones capitalistas industrializadas.

Contrariamente a lo anterior,  los componentes ideológicos del Imperio se difunden con más facilidad y a mayor distancia por medio de la industria cultural, los medios de comunicación como la televisión y la radio, cuya función es la de  prevenir o retardar en lo posible  el desarrollo industrial o de sistemas políticos nacionalistas o socialistas que constituyan una disidencia del pensamiento único neoliberal. El actual Imperio, ningún imperio ha permitido a sus colonias el desarrollo libre de la industria; por esa razón el componente ideológico que maneja el núcleo capitalista de países desarrollados está sólidamente atrincherado en las transnacionales de la comunicación que controlan la televisión, la radio, la Internet y la prensa escrita, tanto en las metrópolis como en su periferia.

Por aquella circunstancia que ya expusimos, las elites sociales de  Nuestra América ubicadas hasta ahora en las clases medias y las grandes burguesías de los respectivos países solo pueden integrarse con las burguesías transnacionales de las metrópolis, cuando logran constituirse como  enclaves neocoloniales de las transnacionales y adoptan la cultura del dominador, en detrimento de las condiciones de pobreza y exclusión que genera en nuestros pueblos el neoliberalismo. Un ejemplo claro de esta mentalidad enajenada, es la manera como las elites sociales neoliberales venezolanas apoyan hoy día, Marzo de 2008, la transnacional Exxon Mobil que trata de apoderarse de los bienes de nuestra empresa nacional petrolera PDVSA que son propiedad de la nación venezolana. Esta situación podría ser  considerada por los teóricos del subdesarrollo y del desarrollismo, como una secuela de “nuestro atraso histórico”; por tanto, para explicarlo debemos comenzar por definir lo que nosotros consideramos como equivalente a “atraso histórico”. Atraso, porque debido a las mismas razones antes enunciadas, nuestros procesos de cambio internos no se pueden  equiparar con los occidentales.  Histórico, en tanto se trata de procesos truncos, no autónomos, que “detuvieron” a estas sociedades en una fase de su propio devenir en el siglo XVI.

Dado que el término “atraso” connota al de desarrollo, debemos concluir que en este caso la solución a los problema derivados del colonialismo y del neocolonialismo sólo podrá  surgir no de la emulación de los procesos civilizadores del mundo capitalista desarrollado, sino de la destrucción del orden social neocolonial y la construcción de un orden de justicia social que no podrá ser el capitalismo, ya que es éste el que engendra la injusticia y la desigualdad que acogotan a nuestros pueblos. La solución solo podría provenir del socialismo y la justicia social. No se trata de repetir las experiencias ya vividas por los llamados pueblos desarrollados del Primer Mundo con sus consecuencias traumáticas. Por el contrario, ello supone como condición necesaria para el cambio una revolución social interna.  Como concluyó el economista estadounidense André Gunder Frank en su obra Capitalism and Underdevelopement in Latin America publicada en 1967:

¨…the only way out of Latin American underdevelopement is armed revolution leading to socialist developement(“…la única manera como Nuestra América puede salir del subdesarrollo, es mediante una revolución armada que la conduzca al socialismo…” Traducción nuestra).
Aquel juicio de Gunder Frank  es reflejo – en nuestra opinión- del principio expuesto por Mao Ze-toung sobre la naturaleza de las contradicciones específicas a cada uno de los grandes sistemas de formas de movimiento de la materia y de la esencia condicionada por esas contradicciones:

“…la contradicción entre el proletariado y la burguesía se resuelve por el método de la revolución socialista… La contradicción entre las colonias y el imperialismo se resuelve por el método de la guerra revolucionaria nacional…” (Mao Ze-toung 1959: 378. Traducción nuestra).  

Ese cambio histórico significa la pérdida de los privilegios tanto de  las corporaciones transnacionales como de su representación local, las oligarquías nacionales, privilegios  obtenidos y sostenidos con base a  la profundización de nuestra situación de desigualdad social.  Ésta a su vez se deriva de un proceso histórico interrumpido por la conquista y la colonización ibera, situación que ha sido -por el contrario- el motor del progreso cultural y social de los pueblos que conforman el llamado Primer Mundo. Pero el Imperio occidental, como ya estamos viendo en el drama que viven los pueblos de  Afghanistán e Irak, invadidos y humillados por los ejércitos de Estados Unidos y la OTAN, no está dispuesto a entregar sus privilegios                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               sin luchar, así les cueste la destrucción de su propia civilización.

De mantenerse esas condiciones, podríamos concluir que la confrontación definitiva entre los movimientos revolucionarios de Nuestra América, Asia y el Oriente Medio y los imperios anglo-norteamericano y europeo y sus enclaves sociales, las oligarquías nacionales que representan sus intereses como representantes locales de la civilización occidental ocurrirá con seguridad más temprano que tarde si es que ya no ha comenzado, como se puede entrever en la presente crisis estructural que sacude los cimientos de los modos de vida capitalistas.

Fig.6: El imperio capitalista.(Siglo XX).
Fig. 7: El anti-Imperio. Alianzas energéticas del siglo XXI.


CAPÍTULO 9.
Condiciones necesarias para construir la democracia socialista

La crisis del marxismo en Europa

A partir de las discusiones que hemos llevado a cabo en este ensayo sobre  la teoría de la evolución como estrategia política del capitalismo, podemos concluir que si bien en el campo epistemológico y académico surgieron nuevas propuestas filosóficas que aparentemente  derrotaron al  evolucionismo clásico,  la ideología del progreso y la civilización nunca fue abandonada por la elites  intelectuales que manejan las relaciones de los países capitalistas desarrollados con los que ellos consideran su periferia.

Este hecho reviste mucha trascendencia, no sólo para la historia de la cultura, sino también para el análisis de procesos políticos, económicos y culturales que tratan de destruir nuestras sociedades nacionales soberanas,  tales como el neoliberalismo y la globalización. Ambos procesos coparon la escena mundial luego del colapso del  llamado socialismo real y de los partidos de izquierda en Europa, abriendo el camino para la legitimación histórica y cultural de la teoría del mundo unipolar.

La crisis de marxismo en Europa Occidental fue un tema fue analizado por el filósofo e historiador Perry Anderson en  su obra Tras las Huellas del Materialimo Histórico (1986: 14). En dicha obra, el autor sostiene que el discurso marxista decayó  por la incapacidad de sus teóricos para desarrollar una estrategia política concreta que pudiese conducir la transición de la democracia burguesa hacia una democracia socialista realizable. En su lugar –dice- se instauró un discurso filosófico post-moderno, centrado principalmente en problemas del método, el cual era  de carácter más epistemológico que sustantivo. Corroborando la afirmación de Anderson podemos citar como ejemplo el caso particular del actual Partido Laborista inglés, donde encontramos igualmente una ausencia de estrategia política para llevar adelante un verdadero programa socialista revolucionario. Durante los últimos treinta años la política de Estado laborista, si bien a veces de tipo más intervencionista en la economía o animada de un criterio más social, no se diferenciaba particularmente de la de los otros gobiernos conservadores (Wainwrigth 1981:216, 223). La racionalidad de dicho discurso se fundamentó en una premisa según la cual:

“si el sistema parece no sólo inexpugnable sino también opresivo, el abandono de una teorización “moderna” como la marxista  no deja otra escapatoria que recurrir a su negación puramente imaginaria” (Borón, 2007: 138)

En el caso particular de Nuestra América, parte de las discusiones teóricas sobre este tema se orientaron a demostrar la validez histórica  universal de la sucesión evolutiva de los modos de producción europeos señalados por Marx y Engels. Un gran espacio de debate fue dedicado a analizar la naturaleza universal del modo de producción asiático, a la supuesta existencia de modos de producción esclavístas y feudales en Nuestra América. Esas discusiones y reflexiones teóricas contribuyeron a profundizar la  crítica científica y a ampliar el alcance de la teoría que fundamenta el desarrollo de la historia humana, el materialismo histórico, opuesta a las concepciones idealistas que habían prevalecido incontestadas desde el siglo XIX. De cierta manera, ello incidió también en la gestación  de una  teoría revolucionaria nuestroamericana.

Anderson plantea igualmente, en su obra ya mencionada, que el discurso teórico del marxismo fue derrotado, particularmente en Europa, por el  del estructuralismo. En nuestra opinión lo que sucedió realmente fue que los estrategas del capitalismo descubrieron la manera de vitalizar su viejo  recurso de dominación del mundo reviviendo el discurso victoriano del derecho de los autoproclamados como  “pueblos elegidos” a gobernar el planeta. Para ello enmascararon sus designios bajo el eufemismo del Mundo Unipolar concretado en instituciones como el Grupo de Los Ocho, el Club de París, el Grupo de Davos, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio, el Tribunal Internacional de la Haya, los Tratados de Libre Comercio,  la deuda externa, el discurso antiterrorista y otras tantas  fachadas de su estrategia neocolonial.

Para consolidar y enmascarar su proyecto de mundo hegemónico, utilizaron las teorías estructuralistas,  post-estructuralistas y post-modernistas sobre el papel del lenguaje, los símbolos y los signos para la construcción de una historia contingente, virtual; utilizaron así mismo el papel de la lengua y la palabra para trazar las relaciones entre estructura y sujeto, para subsumir la producción  bajo una rúbrica común derivada de la comunicación (Adorno, 1991; Habermas, 1990). Estos  elementos teóricos fueron utilizados para fortalecer la estrategia mediática neocolonizadora que sirve al Imperio de punta de lanza para las tácticas de dominación mundial, soportadas en el fondo por las ideas decimonónicas de la Civilización, el Progreso y el Darwinismo Social.

No podemos dejar de mencionar también el vasto y costoso programa secreto de propaganda cultural que desde 1947 llevó y sigue llevando adelante la Agencia Central de Inteligencia, destinado a comprar  las conciencias y las lealtades de los intelectuales en Europa, Nuestra América, África y  Asia. Desde aquella fecha la “Compañía” comenzó a invertir millardos de dólares en su campaña para apartar sutilmente a la intelectualidad de su fascinación por el marxismo y acercarla a considerar positivamente el punto de vista de la cultura capitalista, la visión del mundo fomentada por el gobierno y las transnacionales de Estados Unidos, para facilitar el triunfo de los intereses de la política estadounidense en el extranjero (Saunders, 2001:13-14). Ello explicaría la voltereta ideológica derechista de conocidos intelectuales como Mario Vargas Llosa, ahora defensor a ultranza del neoliberalismo y Carlos Fuentes, famoso novelista mexicano que terminó escribiendo la biografía del archiempresario Gustavo Cisneros (Fuentes, 2004),  socio del ex-director de la CIA George Bush (padre) y villano que dirigió en 2002 el fallido golpe de Estado contra nuestro Presidente  Hugo Chávez. Ello explicaría también los raudos cambios de conciencia operados en antiguos intelectuales comunistas y socialistas venezolanos  desde 1968 hasta el presente, quienes han terminado apoyando abierta o solapadamente las políticas neoliberales y las políticas culturales que influyen negativamente en el éxito de la revolución bolivariana.

La situación anterior puede ser también entendida dentro de la coyuntura histórica que vivieron los pueblos de la Europa Occidental  una vez  finalizada la contienda mundial,  cuando encontramos que la mayoría de ellos estaban gobernados por partidos socialistas y laboristas (socialdemócratas) o por alianzas políticas de socialistas, laboristas, comunistas y democristianos.

Los gobiernos de países como Inglaterra, Francia, Holanda y Bélgica que conservaban todavía un extenso sistema de colonias en Asia y África, se vieron envueltos en guerras de contrainsurgencia para eliminar los movimientos sociales que pugnaban por la independencia en las antiguas colonias. En el ámbito nacional, los gobiernos reformistas europeos entraron en confrontación con poderosos movimientos sindicales comunistas que demandaban la instauración de gobiernos de izquierda o centro-izquierda con participación de los trabajador@s

Ese proceso se desarrolló dentro del ámbito de la guerra fría declarada entre la Unión Soviética, quien apoyaba y financiaba los movimientos de independencia y descolonización, y  Estados Unidos cuyo gobierno, al mismo tiempo que apoyaba y armaba  los ejércitos coloniales, financiaba y asesoraba la política anticomunista y antisocialista de los gobiernos europeos y compraba la conciencia de los intelectuales progresistas.

Los gobiernos socialistas se vieron obligados –de mal grado o de buen grado- a financiar y tratar de ganar militarmente dichas guerras para defender a las oligarquías dominantes en sus países,  sus propios intereses económicos y su presencia política en las distintas colonias. Para defender los onerosos presupuestos militares y el desgaste político de los partidos socialistas o socialdemócratas en aquellas tambaleantes democracias parlamentarias, la dirigencia de los partidos socialistas o de izquierda tuvo que plegarse a la hegemonía de Estados Unidos, a aliarse con la derecha para poder conservar la estabilidad de sus respectivos gobiernos, haciendo cada vez mayores concesiones, particularmente en lo atinente a la privatización  de las empresas del Estado, el desmantelamiento del sector público de servicios y el recorte de las políticas sociales  en el campo de la salud y la seguridad social.

Puesto que la descolonización era y es un proceso indetenible que amenaza con derrumbar los modos de vida y la buena marcha de las economías capitalistas nacionales, tanto europeas como estadounidenses, construidas sobre la explotación colonial de los pueblos sometidos, los gobiernos socialistas “neoliberales” o socialdemócratas consideraron y siguen considerando de manera egoísta  que, para conservar los privilegios de la legitimidad burguesa que ellos representan, así como el poder y la preeminencia mundial de su bloque de países capitalistas, era necesario lograr un acuerdo con la derecha o subsumirse en ella. Para tal fin remozaron las viejas ideas sobre el Progreso y la Civilización que tan buenos resultados les habían producido desde el siglo XIX, utilizando como plataforma los  ajustes neoliberales y los llamados “Tratados de Libre Comercio”. De esta manera, los europeos y los angloamericanos nos impusieron otra vez sus valores culturales y políticos –definidos otra vez como valores universales- para afirmar su propia dominación y sus intereses materiales sobre el resto del mundo.

La creación posterior de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y de la Comunidad Europea  se expresó en la aparición de grandes empresas transnacionales asociadas con las estadounidenses, las cuales asumieron el papel  económico de la metrópoli colonial desempeñado políticamente por los Estados  nacionales europeos occidentales y Estados Unidos. Sin embargo, la razón social de las mismas continúa estando en Nueva York, París, Londres, Madrid, Ámsterdam, Berlín, Bruselas, Roma, etc., contando con el apoyo irrestricto de sus respetivos gobiernos nacionales (Borón, 2006: 62-63).

Actuando como el componente ideológico y cultural de aquella estrategia, las tesis del llamado Progreso Social, la ideología neoliberal y de la globalización sirven como instrumentos para orquestar el desmantelamiento tanto de las estructuras económicas y tecnológicas nacionales como de los movimientos de independencia nacional en el llamado Tercer Mundo (Britto Garcia, 2007). De esta manera han logrado inducir en muchos intelectuales, políticos y profesionales de Nuestra América la ficción de una cultura universal cuyo desarrollo sería ineluctable, cuando en verdad se trata simplemente de eso, de una estrategia neocolonizadora del Imperio desplegada a escala mundial. Dicha estrategia apunta hacia la destrucción de los particularismos culturales nacionales o a utilizarlos para destruir la unidad nacional de los países que quieren dominar, como ocurrió con la extinta Yugoslavia, como ocurre con la Federación Rusa, con Bolivia y Palestina, como han intentado hacer también con Venezuela.

El método cultural  de dicha estrategia política se expresa en la creación de enclaves neocoloniales en los diferentes países periféricos a los países capitalistas industrializados, utilizando la ofensiva mediática para inducir en las culturas nacionales valores consumistas que potencien los vínculos de lealtad con las transnacionales productoras de  mercancías y servicios. Dichos enclaves neocoloniales se conforman utilizando las clases medias y las altas burguesías de los países del Tercer Mundo, sectores donde se concentra la mayor capacidad adquisitiva, al mismo tiempo que, vía la educación privada y religiosa, desnacionalizan la personalidad cultural de los jóvenes de esas clases medias y les inyectan una ideología patriarcal, machista, fascista y racista que desvaloriza particularmente a las mujeres y hombres mulat@s, negr@s o indígenas de la poblaciones pobres (Sanoja y Vargas-Arenas, 2005ª: 9-18; Vargas-Arenas, 2006: 249-271; 2007a:221-240). 

Utilizando también dicha estrategia cultural, la burguesía española --con su dirigente José Maria Aznar (España, país que como consecuencia de la dictadura de Francisco Franco había quedado a la zaga de Europa), aprovechó aquella coyuntura para neocolonizar sus antiguas posesiones en Nuestra América. El Partido Socialista Obrero Español, con base a sus vínculos con los líderes corruptos de la socialdemocracia y la democracia cristiana de Nuestra América promovió la captura -por parte de los capitalistas españoles- de la mayoría de las compañías nacionales de petróleo, electricidad, de las comunicaciones, del agua, de los servicios de salud, del sistema financiero de los países hispanoamericanos, reviviendo la ideología colonial que comenzó a ser desarrollada a partir del reinado de Carlos V en el siglo XVI, ahora conducida por los líderes del PSOE y del actual movimiento neofalangista: El Partido Popular. Estos ideólogos neoliberales, muchos de ellos agrupados en la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), como ya expusimos, proclaman que el futuro de los países del Tercer Mundo está hoy estrechamente amarrado a los Estados capitalistas industriales del Primer Mundo que forman parte de la tradición de valores políticos occidentales y europeos, particularmente. Para dicho grupo, el objetivo es disolver cualquier alternativa socialista viable tales como la cubana o la venezolana, y lograr mediante la ofensiva mediática internacional, que el potencial revolucionario representado por la vasta mayoría de campesinos y pobres del Tercer Mundo no sea capaz de organizar acciones políticas colectivas sino actos individuales de resistencia contra el poder de las oligarquías nacionales, reacias a concederles la mínima satisfacción de sus necesidades para la supervivencia como seres humanos (Patterson, 1999: 180).

Otra  estrategia del capitalismo eurocéntrico es la de promover la influencia del posmodernismo en la enseñanza de las ciencias sociales en las universidades y centros de formación de profesor@s para la enseñanza media de Nuestra América, utilizando también la televisión, la radio y los medios impresos para deformar la conciencia social  de los pueblos. El objetivo es presentar la historia de las sociedades como un proceso contingente, indeterminado que engendra un estado de escepticismo sobre la viabilidad de los cambios sociales, sobre la coherencia de las identidades culturales y nacionales de los pueblos, vaciando la realidad de sus contenidos, convirtiendo todas las nociones fundamentales en meros envoltorios formales. De esta manera se cuestiona la posibilidad de que exista una vinculaciòn orgànica entre el pasado y el presente,  se anula la capacidad de un determinado grupo social para comprender la causalidad de las acciones del capitalismo,  del imperialismo y de las burguesìas nacionales subordinadas que inciden negativamente  sobre su vida en el momento actual (Dussel, 1998: 267: Vega Cantor, 2007: 398-429).

Las experiencias políticas, tanto del  viejo socialismo real del Bloque Soviético como del eurosocialismo neoliberal culminaron, por las razones antes expuestas, cooptando este sistema de ideas conservadoras, finamente construidas por las antiguas elites progresistas para exaltar el neoliberalismo, antítesis de todo verdadero progreso social.

La utilización del Darwinismo Social, del concepto de Civilización Occidental y de pueblos elegidos como sinónimo del régimen capitalista y del proceso de  globalización como un universal de la Cultura, constituye una puesta al día de la estrategia de dominación colonial, elaborada y utilizada por los países capitalistas desarrollados en el siglo XIX. Como dijese el famoso intelectual ecuatoriano Agustín Cueva (1987), el éxito del capitalismo europeo y el del estadounidense, así como de la caricatura de socialismo que él mismo produjo:

…no parecen pues traducirse por grandes logros económicos de orden general, sino más bien por resonantes triunfos de la burguesía como clase, tanto en el nivel propiamente político como en el ideológico…¨

La resurgencia del marxismo en Nuestra América

En Nuestra América, desde 1945, el imperio colonial de Estados Unidos se ha visto igualmente envuelto en diversos conflictos originados por la descolonización y los procesos de liberación nacional  emprendidos por los pueblos de Brasil, Argentina, México, Guatemala, Haití, Cuba, Nicaragua, Costa Rica, El Salvador,  Honduras, Guatemala, Panamá,   Colombia, Perú, Chile, Uruguay, Paraguay, Venezuela, Bolivia y Ecuador. En casi todos esos países, el Imperio estadounidense impuso a los pueblos sanguinarias dictaduras militares, seguidas por los llamados Tratados de Libre Comercio y los ajustes neoliberales, que constituyen un verdadero instrumento de intervención colonial, con la complicidad de los enclaves racistas constituidos por los partidos políticos y los empresarios, las clases medias, la mayoría de la oficialidad de los ejércitos nacionales y los jerarcas de la Iglesia Católica. Ello, ha permitido al Imperio contener, por ahora, el auge de los movimientos sociales de resistencia en ciertos países, contribuyendo también a la quiebra de los viejos partidos de izquierda o de derecha.

En la actualidad, en ciertos países, los movimientos sociales de resistencia han logrado conquistar los gobiernos, como es el caso de Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador; sin embargo, en la mayoría de ellos buena parte del poder sigue todavía en manos de las oligarquías neocoloniales. Para lograr el objetivo de transformar dichos países en sociedades plenamente soberanas,  se están creando nuevas alianzas para la cooperación entre Estados tales como el ALBA y el Banco del ALBA y el previsto Banco del Sur, que promueven procesos emergentes de acumulación de capitales en esta parte de la periferia, le confieren carácter institucional a la  nueva fase de integración e independencia nacional que despunta en Nuestra América.

Los casos de Nicaragua, Chile,  Bolivia y Colombia nos ilustran sobre cómo utiliza Estados Unidos y en general los 8 países capitalistas más desarrollados, la tesis del progreso Cuando ellos hablan del progreso se refieren solamente a su propio progreso,  el que beneficia a sus oligarquías financieras, no al  progreso de nuestros pueblos cuyo deber –según ellos- es mantenerse sometidos a la dictadura de sus enclaves neocoloniales nacionales, obedientes -a su vez- a las transnacionales del Imperio.

En Nicaragua, el Frente Sandinista de Liberación Nacional,  movimiento progresista dirigido originalmente por intelectuales de la clase media y sectores progresistas de la iglesia católica nicaragüense, con el apoyo mayoritario del pueblo, logró  derrocar  en 1979 la sangrienta y larga dictadura de Anastasio Somoza, impuesta por el gobierno de Estados Unidos luego de la invasión a Nicaragua el año de 1926.

La estampida de buena parte de la clase media y la alta burguesía nicaraguense hacia Miami, guarida de todos los fascistas y genocidas escapados de Nuestra América, permitió a la Revolución Sandinista organizar una estrategia para recuperar la soberanía nacional y construir una sociedad que tendía hacia la realización del ideal ético cristiano: confiscar latifundios y empresas abandonadas por sus dueños para confiarlas a cooperativas obreras y campesinas, lanzar programas sociales de salud, alfabetización, educación y reforma agraria, así como de reforma de la organización social y política nicaragüense  que apuntaban hacia la instauración de una sociedad socialista cristiana.

A pesar del apoyo brindado a Nicaragua por el entonces Bloque Socialista y por Cuba, así como por sectores católicos y evangélicos de todo el mundo ligados a la Teología de la Liberación, el Imperio de Estados Unidos logró aislar, bloquear la empobrecida economía nicaragüense e imponerle, con el apoyo activo de los otros gobiernos títeres centroamericanos y suramericanos, una costosa guerra contra-revolucionaria que determinó finalmente el colapso de la Revolución Sandinista. El resultado fue la restauración del sistema capitalista corrupto que, a partir de 1990, profundizó la explotación y el sometimiento del pueblo nicaragüense, condenado a una situación de miseria generalizada que sólo puede compararse con la de Haití. Dicha situación de miseria se agravó con la imposición, sin consulta popular, de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos que ha terminado por arruinar a los pequeños productores y al pueblo en general de ese país. La inclusión de Nicaragua en el ALBA y el desarrollo de nuevos vínculos de cooperación con Irán, China y Rusia, ayudarían a dicho país a romper con las cadenas de dependencia y chantaje político con las cuales intentan maniatarla los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea.

Al caso de Nicaragua podemos añadir el ya conocido del derrocamiento del gobierno socialista de la Unidad Popular en Chile para imponer un régimen neoliberal, planificado por la Escuela de Chicago y apuntalado por la grotesca dictadura militar de Pinochet, así como el grotesco golpe de Estado de Junio 2009 en Honduras contra el gobierno democrático de Manuel Zelaya promovido por la CIA y el Pentágono, el cual tiene como objetivo  controlar toda la región del Caribe que hoy día los pueblos de la ALBA le disputan al   imperialismo estadounidense. De igual manera podemos agregar en esos mismos terminos la imposición de un Tratado de Libre comercio a Centroamérica y al pueblo peruano, de un plan de intervención militar, un régimen neoliberal y un Tratado de Libre Comercio a Colombia (¿reemplazado  ahora por un convenio financiero con China?), el cual está apuntalado con la toma del poder por el régimen asesino y sanguinario de la parapolítica y la narcopolítica colombiana. A esta cadena de catástrofes sociales podemos agregar el colapso de la agricultura y la alimentación de la mayoría pobre en México y América Central provocada por la apertura comercial a la que los obliga el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Todos ellos constituyen  ejemplos patéticos de los daños sociales, culturales, económicos y ambientales que ocasiona la reversión de los procesos de descolonización y liberación producida por las acciones contrarrevolucionarias del imperio estadounidense, tal como ocurrió también en diversos países africanos. Igual situación contrarrevolucionaria está siendo promovida en este momento por el imperio estadounidense en Bolivia para derrocar  el gobierno progresista de Evo Morales y desestabilizar así los movimientos socialistas de liberación nacional de Venezuela y Ecuador.

La estrategia política neocolonial, como observamos en el caso de Venezuela, país cuya cultura está todavía altamente intervenida por la ideología del american way of life, se facilita por la existencia de un modo de vida consumista, desnacionalizador, hecho que no ha sido enfrentado, todavía, con una política cultural que de manera orgánica estimule el surgimiento de un modo de vida humanitario y  socialista. Esta circunstancia  facilita la penetración de los mensajes transmitidos por la ofensiva mediática transnacional, dirigidos a remachar en la población valores consumistas que consolidan vínculos de lealtad con las transnacionales productoras de mercancías y servicios (Vargas-Arenas, 2007a: 256-260). Dichos mensajes refuerzan la desnacionalización y la disociación psicótica de la alta burguesía, la clase media y las clases populares de los países del Tercer Mundo. Como ya hemos dicho en páginas anteriores, la educación privada totalmente controlada por la Iglesia Católica y el Opus Dei actúan como el medio de reproducción de la ideología neocolonial sobre la cual se sustenta la penetración política y económica de las transnacionales(Vargas-Arenas, 2007ª).

Esa estrategia política neocolonial que está siendo aplicada por el Imperio a los pueblos “…da lugar a transformaciones vertiginosas, impide la estabilidad emocional y psicológica de los venezolanos y produce buen número de desajustados. Con estímulos que se hacen medios absolutos, sin fines colectivos e integradores. La pugna de estilos de vida incide sobre los individuos; crea ansiedades y conflictos. El choque exagera la arbitrariedad en el uso de los poderes coercitivos para imponer un estilo sobre otro… contribuye … a consolidar la dependencia; descartar demandas de libertad y desarrollo autónomo… cambia la manera de ser del hombre venezolano y pone en entredicho la identidad y la libertad del pueblo, su capacidad de poseerse a si mismo…” (Quintero, 1972: 208 y 220).

En el caso de Bolivia en 2008, por ejemplo, la utilización de la misma estrategia del Imperio debe enfrentar problemas muy complejos. Por una parte hallamos el carácter étnico reivindicativo de la mayoría indígena aymara y quechua que habita  el altiplano boliviano y de la mayoría étnica guaraní que habita el oriente boliviano, opuesta al proyecto de apartheid fascista y racista que intenta consolidar la burguesía de Santa Cruz con el apoyo abierto del gobierno de Estados Unidos, y por el otro un ejército nacional  que debe estar profundamente dividido al igual que el resto del pueblo boliviano. Estos son los componentes básicos que podrían llegar a precipitar  una sangrienta guerra civil como la que campea en Colombia desde hace 60 años si el movimiento revolucionario no derrota la burguesía fascista que domina las provincias de la llamada Media Luna. La magnitud de este hecho se vería agravada  por las estrechas redes que vinculan el movimiento étnico liberador boliviano con similares de Perú, Ecuador, Colombia y particularmente el Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, quienes combaten el proyecto imperialista neoliberal de apropiarse todas las tierras agrícolas de Suramérica. Todos aquellos movimientos sostienen como premisa común, no aceptar el papel paternalista y tutelar que asumen las metrópolis imperiales -con base al falaz discurso victoriano de los Pueblos Elegidos- sobre la supuesta incapacidad natural de los pueblos indígenas y mestizos de Nuestra América  para gobernar sus propios países.

Los contenidos políticos esenciales del neoliberalismo, la globalización y sus instrumentos de intervención, los Tratados de Libre Comercio, etc.,  se apoyan en aquellas premisas neocoloniales que expresan la asimetría existente entre el país dominante que se considera civilizado y el país que se somete a la voluntad del dominador, considerado incivilizado. Por esta razón colonialista, para poder firmar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, el supuesto pueblo incivilizado debe cambiar prácticamente su sistema constitucional, jurídico, cultural, social y económico para permitir la penetración del país dominante y convertirse en una  inerme marioneta del poder imperial.

Los tratados de libre comercio están diseñados para convertir la brecha histórica existente entre los países que se consideran desarrollados y los que éstos llaman subdesarrollados, en un atraso estructural permanente que se manifiesta en la proliferación creciente de las condiciones de  pobreza y marginación. Esta relación colonial se manifiesta simétricamente al interior de los países neocolonizados, donde existen también enclaves territoriales urbanos de supuesto progreso material y cultural donde habitan las clases medias y altas de Nuestra América, alienadas al american way of life. Dichos enclaves, sean éstos los barrios de clase media y clase media alta de Chacao, Baruta o Cumbres de Curumo en Caracas, los estados Zulia, Carabobo, Táchira y Nueva Esparta, Venezuela, las alcaldías de Santa Cruz en Bolivia, de Guayaquil en Ecuador, por nombrar solamente algunos, actúan como instrumentos delegados del Primer Mundo, del Imperio, para la explotación de las mayorías empobrecidas y apropiarse como han hecho tradicionalmente de mayor cantidad de riqueza del PNB que producen las poblaciones pobres de los barrios y regiones campesinas.

A los fines de poder comprender y transformar todas estas condiciones de apartheid existentes al interior de nuestros propios países, los antropólog@s  y científic@s sociales revolucionarios en general, debemos buscar, tratar de encontrar  en el materialismo histórico nuevas formas de teorizar y explicar los procesos de transformación social que plantea la transición hacia la democracia socialista que se están produciendo actualmente en Nuestra América. Dichos procesos de transición  no son exactamente iguales. Las circunstancias históricas, sociales y culturales que los determinan, son muy variadas. La constante en todos los casos  es que la dirección de los procesos es asumida por los movimientos sociales  que actúan en sentido transversal formando nodos de gran intensidad de tensión e interacción social.

Ciertamente el crecimiento de aquellos nodos  sociales va desde sociedades menos organizadas hacia sociedades más organizadas, pero la jerarquía entre los mismos  debe estar determinada por su capacidad para formar redes sociales, no  para constituir pirámides de poder cuyo vértice esté ocupado por la elite dominante. Las diferencias y asimetrías  en el crecimiento social, cultural y tecnológico se llenan en este caso por la colaboración solidaria entre pueblos tal como han acordado Cuba, Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia y Ecuador entre  2004 y 2008, no por la imposición de modelos de dominación (Sanoja, 2008; Sanoja y Vargas-Arenas, 2008; Vargas Arenas, 2007a).

Tal como fue  planteado en 2007 en Venezuela por el fallido (¡por ahora¡)  proyecto de reforma de la constitución bolivariana,  todo lo anterior nos conduce a la necesidad de saber y establecer cuál debe ser la estructura política y social de una democracia socialista; definir por ejemplo cuáles deben ser las formas concretas de la representación y la participación social de los consejos comunales en el  gobierno de la nación, la participación periódica en los referenda electorales para la toma democrática de decisiones políticas que articule los principios del centro de trabajo (empresas de desarrollo endógeno, consejos obreros, consejos estudiantiles, etc.,) con el de residencia (consejos comunales, mesas técnicas, etc.),  para que éstos influyan en la manera como el poder ejecutivo debe gobernar obedeciendo al interés de las mayorías.

Dentro de los problemas a enfrentar y resolver con carácter de urgencia está el de la desigualdad y la marginación social de las mujeres que constituyen en Venezuela y en la mayoría de países de Nuestra América el motor del socialismo,  y el de normar la relación de las comunidades con el medio ambiente, secularmente agredido y degradado por el capitalismo, del cual depende la existencia del estilo de vida de buena parte de las clases populares, particularmente las  mujeres (Vargas-Arenas, 2006: 259; 2007a: 213-220; Vargas-Arenas, 2007b: 33-47; Sanoja, 2008).

Las tendencias del cambio social revolucionario que se observan en Nuestra América deberían ser el objeto de estudio primordial de las Ciencias Sociales. Se está produciendo un fenómeno social y cultural inédito como es el surgimiento de nuevas formas societarias y culturales, de nuevas estrategias destinadas a hacer  posible la construcción de sociedades socialistas donde participe libremente la  mayoría del pueblo, no como sujeto paciente sino como sujeto activo y protagónico que permanentemente imprime su sello particular en la construcción del nuevo presente.

Para enfrentar la poderosa ofensiva intelectual y mediática del neoliberalismo y la globalización es necesario revitalizar el estudio del marxismo en Nuestra América, sistema de pensamiento interesado en conocer y estudiar la naturaleza y dirección de los procesos de cambio y transformación de la sociedad en su conjunto. Ello tiene como finalidad crear un paradigma científico que nos permita estudiar la historia de los pueblos de Nuestra América  como integrada por  procesos civilizadores socialistas que son factores determinantes tanto del presente como del futuro de los mismos. Como asentaba el antropólogo mexicano Héctor Díaz Polanco (en Vargas, 1990: XV):

”…no se puede postular (sin caer en el misticismo, en lo religioso)  que el marxismo es ni será eterno; aunque no puede negarse que es una concepción transitoria en tanto es histórica y que, por ello mismo, algún día dejará de ser vigente y tendrá que ser superada; es indudable que en la actual época histórica (o sea, mientras estén vigentes las condiciones que lo hicieron posible) el marxismo es insuperable…”

Para abrir el camino del Socialista del Siglo XXI como estrategia del cambio histórico, es necesario sobrepasar la discusión académica sobre la  existencia de una línea universal del desarrollo y el progreso de la humanidad. Es necesario –como plantea la Arqueología Social- estudiar y entender la historia de los pueblos desde sus formaciones sociales originarias,  como fundamento de la estrategia para identificar los diversos agentes sociales y conocer cuáles son los sujetos históricos, los agentes subjetivos que desmontarán las estructuras objetivas de dominación, enraizados en dichas formas históricas específicas de producción, que servirán de palanca para crear la Humanidad Nueva, la Sociedad Nueva.

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